Alma Gemela
La Respuesta a la Pregunta
Naruto la llevó de vuelta a la cabaña, pero no le dirigió la palabra. No estaba seguro de lo que debía decir. A Hinata no parecía importarle que le hubiera mordido, cosa que pintaba bien. Sin embargo, él no podía sacárselo de la cabeza. Su sabor. Sus sentimientos. Su amor.
Lo atormentarían durante toda la eternidad.
Hinata se metió en el cuarto de baño para refrescarse mientras él encendía el flexo. Unos segundos más tarde alguien llamó a la puerta. Naruto sacó su srad de la bota. No solía tener muchas visitas.
—¿Quién es?
—Soy Jiraya, celta. Que no te dé un infarto.
—¿Jiraya o Madara?
—Soy Ero-sennin y no llevo mis gafas de sol.
Preparado para cualquier artimaña, Naruto abrió la puerta despacio. No había duda de que se trataba del viejo don Ojos Espeluznantes y no parecía nada contento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Naruto.
—Luchar contra los daimons. ¿Y tú?
Naruto captó el sarcasmo y la censura en la voz de Jiraya.
—¿Había daimons aquí? ¿Dónde?
—Atacaron la guarida de los katagarios y vine para ayudar a Itachi y a Shisui.
Naruto compuso una mueca al escuchar las noticias. Debería haber estado allí para ayudar en la lucha. Joder, había metido la pata hasta el fondo.
—¿Están bien?
—No. Su hermana y sus cachorros fueron asesinados durante la batalla.
A Naruto se le puso el corazón en la garganta. Conocía ese dolor de primera mano. Ambos hermanos estarían destrozados por la pérdida.
—Hombre, lo siento.
—Y ¿dónde estabas?
Antes de que pudiera responder, Jiraya se le adelantó.
—Espera, que ya lo sé. Estabas en el Santuario mostrándoles tus poderes a un autocar repleto de turistas japoneses armados con cámaras digitales y videocámaras. Felicidades, hombre, acabamos de darnos a conocer a todo el mundo.
Naruto se cubrió la cara con la mano.
—Joder, ¿es en serio?
—¿Te parece que estoy bromeando?
No, parecía estar muy cabreado.
—No puedo creerlo —replicó Naruto.
—¿¡Tú!? ¿Que tú no puedes creerlo? Soy yo quien tiene que presentarse ante Artemisa para salvarte el culo. Ya se puso histérica con lo de Sasuke, ¿cómo diablos voy a explicarle que don Calma y Tranquilidad en la Tempestad estaba imitando a Spiderman en un bar lleno de turistas y que acabó siendo la primicia en los noticiarios de Tokio como muestra de lo perniciosa que es la cultura norteamericana?
»Pregunta: ¿cuántas reglas rompiste en menos de un minuto?
»Y lo peor de todo es que ahora Konohamaru no deja de llamarme para saber por qué tiene que mantenerlo todo en secreto cuando todos ustedes van por ahí mostrándose al público. El muy pendejo incluso quiere un aumento de sueldo por ser capaz de mantener un secreto al contrario que todos ustedes.
—Puedo explicarlo.
—Muy bien, estoy esperando.
Naruto intentó encontrar un motivo que explicara su comportamiento. No había ninguno.
—Muy bien, no puedo explicarlo. Dame un minuto.
Jiraya entrecerró los ojos.
—Sigo esperando.
—Me lo estoy pensando.
Hinata salió del cuarto de baño y su rostro perdió el color en cuanto vio a Jiraya. Cogió una de las barras de Naruto de la pared y se abalanzó sobre él.
Jiraya la atrapó en una mano cuando ella hizo ademán de golpearle la cabeza.
—¡Oye!
Hinata se giró hacia Naruto.
—¡Es el que me secuestró!
—No fui yo —protestó Jiraya enojado cuando le quitó la barra de la mano.
—Es mi jefe, Hinata. Jiraya.
Ella abrió la boca por la sorpresa.
—Itachi me dijo que se parecían. No bromeaba. Aunque ahora que estoy un poco más tranquila, el parecido no es exacto. Él daba miedo, pero tú... tú aterrorizas.
—Si dispusiera de más tiempo, me sentiría halagado. —Le tendió la barra a Naruto—. Afuera, celta, para que podamos terminar nuestra charla.
A Naruto no le gustaba que le dieran órdenes, pero en esa ocasión no le quedaba alternativa. La había cagado de lo lindo y Jiraya tenía derecho a desahogarse. Los había dejado a todos en la cuerda floja. Se dirigió al embarcadero donde Jiraya lo esperaba con los brazos en jarras.
El rostro de Jiraya estaba cubierto de motitas debido a la furia.
—No sé si sabrás que he pasado una noche fantástica. Fui a decirles a Chõji y a Shikamaru que Gaara estaba en la ciudad y me pasé, no sé, como tres o cuatro horas intentando que no fueran a cargarse al romano. Justo después, cuando creía que podría relajarme y hacer mi trabajo, descubro que hay daimons en el pantano y ni rastro de Naruto para matarlos.
» Y ¿por qué no está Naruto? Porque Tarzán estaba saltando por una barandilla para salvar a Jane de la mona Chita. Lo único que puedo hacer es quedarme aquí plantado y decir: siguiente desastre, por favor, estoy esperando.
Naruto le dirigió una mirada furibunda.
—No tienes que ponerte tan sarcástico. Sé que la he cagado, ¿ok?
—No, «cagarla» es que te pillen con los pantalones bajados en el apartamento de Hinata. Esto es un poquito más serio que cagarla.
—No voy a disculparme por mis acciones.
En el mentón de Jiraya apareció un tic nervioso mientras apartaba la mirada de Naruto.
—Todavía quedan muchas cosas en el aire con respecto a mañana por la noche. Desconocemos muchos factores. Y lo que sí sabemos no es nada bueno. Shikamaru y Chõji quieren meter a Gaara en una caja de pino. Gaara no mueve un dedo para ayudar, a no ser que esté involucrado alguien con ascendencia romana. Tenemos dos lobos cabreados que buscarán venganza por lo que ha sucedido esta noche.
»Sasuke que está tarado en sus mejores días y que ahora está en busca y captura por la poli de Nueva Konoha. Konohamaru no deja de gritar que va a dimitir porque está harto de limpiar la mierda que dejan los psicópatas. Una diosa furiosa va a pedir la cabeza de todo el mundo por esto. Y el único Cazador Oscuro con el que puedo contar eres tú. —Jiraya se detuvo y le dirigió una mirada gélida—. Y hombre, no te lo tomes a mal, pero llevas días sin que se pueda contar contigo.
—Estoy bien, Ero-sennin.
—No, Naruto, no lo estás. Te lanzas desde una primera planta para darles de puñetazos a unos humanos inocentes por culpa de Hinata. No solo arriesgaste tu seguridad, sino también la de todos nosotros y la de los Senju, y todo para que no hirieran los sentimientos de una mujer. ¿Dónde tenías la cabeza?
La furia se adueñó de Naruto.
—No soy un niño, Jiraya. Sé cuáles son mis prioridades.
—Por regla general es así. Pero ahora piensas con el corazón, no con la cabeza, y eso acabará por matarnos a todos. Somos Cazadores Oscuros, Naruto, no tenemos sentimientos.
En cualquier otro momento habría estado de acuerdo con sus palabras, pero en ese instante Naruto estaba sintiendo una cantidad ingente de rabia y frustración. No necesitaba ese sermón. Conocía los peligros y riesgos incluso mejor que Jiraya. Sabía perfectamente lo que estaba en juego.
—Lo tengo bajo control.
—¿En serio? —preguntó Jiraya—. Porque yo no lo veo así. Te ordené que mantuvieras a Hinata aquí y me desobedeciste. Pactaste con los katagarios y con Eros cuando no te correspondía. No tienes derecho a contraer semejantes deudas. ¿Tienes la más ligera idea de lo que puede acarrear eso?
—Tenía que hacerlo. Tengo que proteger a mi esposa. Cueste lo que cueste.
—¿Tu esposa? —Jiraya sacudió la cabeza—. Naruto, mírame.
Naruto obedeció.
Jiraya clavó la mirada en él con una expresión distante y severa.
—Tu esposa está muerta. Murió hace quince siglos y fue enterrada en tu tierra. Hinata no es Nahi.
Naruto dejó escapar un rugido de dolor y rabia. No era verdad. Hinata era su esposa. Podía sentirlo. Lo sabía. Era lo único que le importaba en el mundo.
Lo único que le importaba.
Antes de pararse a pensar, atacó a Jiraya. Rodeó la garganta del atlante con las dos manos y comenzó a sacudirlo para que entrara en razón.
—¡No está muerta! —masculló—. Maldito seas, no está muerta.
Jiraya se zafó de sus manos y utilizó sus poderes para inmovilizarlo.
Naruto siseó y gruñó en su intento por liberarse, pero le resultó inútil. Y en ese preciso instante se dio cuenta de hasta dónde había llegado. He atacado a Jiraya, pensó. Semejante pensamiento le aclaró las ideas. Jiraya tenía razón. Si no se tranquilizaba y recuperaba el control, acabaría por matarlos a todos.
A todos.
Jiraya respiró hondo y lo soltó.
—Naruto, tienes que tomar una decisión. Los Cazadores Oscuros no tienen esposas. No tenemos familias. Al final del día, no hay nadie más que nosotros. Nuestra responsabilidad, la única responsabilidad que tenemos, es hacia los humanos que no se pueden defender de los daimons. Tienes que aclarar tus ideas.
—Lo sé. —Naruto respiraba de forma entrecortada.
Jiraya asintió y al instante sus ojos adquirieron un extraño y profundo tono plateado.
—Dime lo que quieres hacer. ¿Quieres que le pida tu alma a Artemisa?
Naruto lo meditó. En ese instante se encontraba al borde de un precipicio al que jamás creyó posible enfrentarse. Ni una sola vez durante su existencia como Cazador Oscuro se había atrevido a soñar que Nahi volvería. Que ella podría... Cerró los ojos y se echó a temblar. Nahi no había vuelto. Jiraya tenía razón. Nahi estaba muerta.
La mujer que había en su cabaña no era su esposa. Era Hinata. Una mujer cariñosa y llena de vida que poseía fuego y coraje.
Podría tener el alma de su esposa, pero era una persona diferente. Alguien sin cuya presencia no quería vivir. Alguien a quien no se atrevía a mantener a su lado.
Sintió que se le desgarraba el corazón. Hinata era humana. Con el tiempo se olvidaría de él y construiría otra vida. Encontraría a otra persona a quien amar. La idea lo atravesó como un cuchillo, pero tenía que hacerlo. De otro modo acabaría perdiéndola. Al menos de esa forma ella tenía una posibilidad de ser feliz que no la llevaría a la tumba.
—No —respondió Naruto en voz baja—. No quiero reclamar mi alma sabiendo que perdería a Hinata bajo la ira de Orochimaru. No quiero mi libertad a ese precio.
—¿Estás seguro?
Asintió para luego negar con la cabeza.
—Si te digo la verdad, Ero-sennin, ya no estoy seguro de nada. —Lo miró a los ojos—. ¿Has amado alguna vez a alguien?
Jiraya aguantó su mirada sin flaquear, pero no respondió a su pregunta.
—¿Sabes? El problema con la vida y el amor es que son dos factores que cambian de modo constante mientras que la gente apenas lo hace. Si conoces a esta mujer y la quieres de verdad, ¿no merece la pena aprovechar la oportunidad de ser libre para seguir a su lado?
—Pero si la pierdo...
—Eso es un «si», celta. En mi opinión, lo único que sabes con certeza es que si no lo intentas al menos, la perderás de verdad.
—Pero si la dejo marchar, al menos seguirá con vida.
—¿Para tener la misma vida que tú has tenido desde que Nahi murió?
—Eso no es justo.
—No me pagan para ser justo. Me pagan para patearles el culo a los daimons. —Jiraya dejó escapar un suspiro de cansancio—. ¿Sabes? Hace siglos conocí en China a un místico que me dijo: «Aquel que permite que el miedo lo gobierne, convierte al miedo en su amo».
—¿Confucio?
—No, Min-Quan. Era un pescador que solía vender el mejor zong zi que jamás se ha hecho según tengo entendido.
Naruto frunció el ceño ante el inesperado comentario. Ese era el problema con Jiraya, que nunca se sabía lo que ibas a sonsacarle.
—Eres un hombre raro, Jiraya Partenopaeo. Dime, ¿qué harías en mi lugar?
Jiraya cruzó los brazos a la altura del pecho.
—Jamás imaginaría ocupar el papel de otro que no fuera yo mismo, Naruto. No seré yo quien tenga que enfrentar las consecuencias de tus actos. Te corresponde a ti afrontarlo, solo.
Naruto suspiró.
—¿Es posible enfrentarse a un dios y vencerlo?
Los ojos de Jiraya perdieron el brillo. Naruto lo observó con curiosidad. Su pregunta había rozado algo del pasado del atlante. Algo enterrado y sombrío a juzgar por la expresión de su rostro.
—Los dioses celtas y los griegos se parecen mucho a las personas. Cometen errores. Y esos errores son los que terminan por fortalecernos o por quebrantarnos.
—Ahora pareces un Oráculo.
—Delirante, ¿no?
—Delirante no, solo un poco irritante. —Naruto comenzó a alejarse.
—Naruto.
Se detuvo y se dio la vuelta para mirar a Jiraya.
—En respuesta a tu pregunta, sí, se puede vencer a un dios. Pero es mucho más fácil negociar.
El tono de Jiraya le decía que hablaba por experiencia.
—¿Cómo negocias con un dios que desea hacerte sufrir durante toda la eternidad?
—Con mucho cuidado. Con mucho, mucho cuidado. — Jiraya desvió la mirada hacia el pantano—. ¿Sabes? Creo que podrías estar pasando por alto algo muy importante.
—¿Y de qué se trata?
—A muy pocos se nos concede una segunda oportunidad para recuperar lo que perdimos. Si Nahi regresó a ti, tal vez haya algún motivo. — Jiraya dejó caer los brazos—. Tienes mi teléfono, celta. Si cambias de opinión con respecto a lo de tu alma, házmelo saber. Pero tienes que decidirte pronto. Necesito que tengas la mente despejada para mañana por la noche.
—¿Por qué me das la oportunidad de elegir cuando no lo hiciste con Chõji? Le pediste su alma a Artemisa y se la entregaste a Karui sin que él lo supiera.
Jiraya se encogió de hombros.
—Chõji no tenía alternativa. Sin alma, Desiderio lo habría matado. Tu vida no corre peligro si no recuperas tu alma, Naruto. Es tu corazón el que lo hace. Y como muy bien sabes, puedes vivir sin corazón. Pero ¿es eso lo que realmente quieres?
Había ocasiones en las que de verdad deseaba ser como el mas antiguo cazador oscuro un sabio de once mil. Esa era una de esas ocasiones.
—Me llevo a Hinata de vuelta a la ciudad.
—No —replicó Naruto de forma automática—. Se queda aquí, donde puedo protegerla.
—No era una pregunta, celta. Necesitas separarte de ella un tiempo para pensar. Para aclararte la mente antes de mañana por la noche.
Estuvo a punto de discutir la decisión, pero se dio cuenta de que Jiraya tenía razón. De todas maneras iba a tener que dejarla marchar. Bien podría hacerlo en ese momento.
Sería más fácil para los dos.
—Muy bien, iré a por ella.
Hinata supo que algo andaba mal en cuanto Naruto entró por la puerta. Tenía una expresión atormentada en el rostro y sus ojos se habían oscurecido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Jiraya va a llevarte de vuelta a tu casa. —Su tono de voz resultaba tan desapasionado que Hinata sintió un nudo en el estómago.
—Ya. ¿Y tú estás de acuerdo?
—Sí. Creo que es lo mejor.
Pero ella no quería irse. La intensidad con la que deseaba quedarse la sorprendió.
—Ya.
Comenzó a recoger sus cosas con expresión serena. Sin embargo, por dentro... por dentro se estaba muriendo.
Naruto no soportaba verla de esa manera. Deseaba abrazarla y huir con ella a un lugar donde nadie pudiera encontrarlos. Mantenerla a salvo.
El único problema era que nadie podía esconderse de un dios. Tarde o temprano, Orochimaru los encontraría y ella moriría.
Naruto cogió la mochila de Hinata cuando ella hizo ademán de levantarla.
—La llevo yo.
Ella asintió con los ojos brillantes.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra mientras Naruto la acompañaba hasta el lugar donde esperaba Jiraya. Le tendió la mochila a Jiraya.
—Ha sido... bueno, ha sido divertido, Naruto —dijo ella—. ¿Volveré a verte?
Él miró a Jiraya, que lo observaba con una ceja arqueada como si también quisiera una respuesta para esa pregunta.
—No —respondió Naruto despacio.
Ella carraspeó, pero no dijo nada. En cambio, se acercó a Jiraya.
—Estoy lista.
Jiraya dio un paso atrás para que ella encabezara la marcha hacia el catamarán.
—Naruto —dijo—, si cambias de opinión sobre lo que hemos hablado, llámame.
Naruto asintió.
Con el corazón desgarrado, observó cómo Hinata se abrochaba el cinturón de seguridad. Jiraya puso en marcha la embarcación y se alejaron por el pantano.
Se había terminado.
Ella se había ido.
«Soy la Oscuridad. Soy una Sombra.
Soy el Soberano de la Noche.
Yo, en solitario, me interpongo entre la humanidad y aquellos que la quieren ver destruida. Soy el Guardián. El Protector sin alma.
Ni humano ni apolita, existo más allá del reino de los vivos, más allá del reino de los muertos. Soy un Cazador Oscuro.
Y soy Inmortal... hasta que encuentre un corazón puro que nunca me traicione. Aquel cuya fe y cuyo valor puedan devolverme mi alma y me devuelva a la luz.»
Si no fuera por Orochimaru...
«A muy pocos se nos concede una segunda oportunidad para recuperar lo que perdimos. Si Nahi regresó a ti, tal vez haya algún motivo.»
Destrozado, le dio la espalda a la imagen de Hinata mientras lo abandonaba y se encaminó de vuelta a su cabaña. Cerró la puerta de golpe y miró a su alrededor.
El vacío era inmenso sin Hinata. Ella había llenado su hogar de felicidad. Y lo más importante: lo había llenado a él de felicidad.
Su mirada recayó sobre el neceser rosa que había sobre el escritorio. Se lo había dejado olvidado junto con el cepillo y las gomas del pelo. Pobre
Hinata, siempre dejándose cosas atrás...
—¿Narr?
Se giró de forma abrupta para encontrarse con Honoka a su lado.
—Honoka, ¿también tú vas a juzgarme?
—Nae, mi bràthair, estoy aquí para hablar contigo.
—¿Sobre qué?
Extendió la mano hacia él antes de dejarla caer al recordar que no podían tocarse.
—Solo quería decirte antes de marcharme que he acordado mi renacimiento con el dios Bran.
Naruto se quedó sin aire. No podía moverse. No podía respirar. ¿Que Honoka se marchaba? ¡Nae! La palabra lo atravesó. No podía dejarlo. No en ese momento. No después de tanto tiempo. Era el único solaz que le quedaba.
Y al mismo tiempo, no podía decírselo. Era incapaz de hacerle saber lo mucho que deseaba que se quedara. Lo mucho que necesitaba que se quedara. Si lo hacía, ella haría lo que le pedía y renunciaría a su futuro... Jamás podría comportarse de forma tan egoísta.
—¿Qué te ha hecho aceptar esa opción por fin? —preguntó, con mucho cuidado por mantener la voz firme y serena.
—Ya es hora, Narr. Quiero vivir de nuevo. Quiero descubrir todas las cosas que no tuve la última vez. Amor. Hijos. Incluso un trabajo y una hipoteca.
Naruto no pudo sonreír ante la broma, no cuando el dolor que sentía era tan intenso. Tan extenuante.
Sin embargo, en el fondo sabía que Honoka tenía razón. Ya era hora de que tuviera las cosas que le habían negado tantos siglos atrás.
Quería que su hermana tuviera eso y mucho más. Se merecía toda la felicidad que la vida pudiera ofrecerle.
—Te echaré de menos.
—Y yo a ti, mi bràthair.
Le ofreció una sonrisa que sabía que era falsa.
—Te deseo lo mejor. Mi corazón estará siempre contigo.
—Lo sé, Narr. Yo también te quiero, pero ahora tienes a Nahi. Ya no estarás solo sin mí.
Sí, lo estaré. Porque tampoco puedo quedarme con ella, pensó.
Asintió con estoicismo.
—Siempre te recordaré, Honoka.
Su hermana exhaló un sentido suspiro, con los ojos rebosantes de tristeza.
—Será mejor que me vaya. Adiós, Narr.
Las palabras de despedida se le atascaron en la garganta. No podía pronunciarlas. Resultaba demasiado doloroso. Pronunciar esas palabras sería como aceptar la realidad, y deseaba con toda desesperación que nada de aquello fuera real.
Quería que todo fuera una pesadilla de la que acabaría despertándose. Aunque no lo era. Era real. Todo.
Hinata se había ido.
Honoka se había ido.
No tenía a nadie.
Con una sensación de total desamparo, observó cómo Honoka se desvanecía.
Cayó de rodillas al suelo con el corazón destrozado e hizo algo que no había hecho desde el día en que enterrara a Nahi: lloró.
En su cabeza vio cómo su padre caía bajo la espada de los sajones mientras que el niño, Narr, mantenía a su madre y sus hermanas a salvo de los sanguinarios guerreros.
Vio a su madre y a su hermana caer enfermas por una cruenta viruela. Se vio a sí mismo trabajando tan duro como podía para la vieja mientras que la anciana gozaba haciéndolo sufrir. Por la noche, se ocupaba de sus hermanas. Y durante esos últimos meses de la vida de su madre, cuando esta ya no podía valerse por sí misma, también la había cuidado a ella.
Vio a Honoka como un bebé inconsolable mientras hacía todo lo que estaba en sus manos para cuidar de ella. Recordaba cómo la anciana los había echado en mitad de la noche cuando no tenían ningún lugar al que ir.
Aquella noche nevaba, pero él solo pensaba en mantener viva a su hermana. Ella era lo único que tenía. Así que la había llevado en brazos en mitad de la tormenta de nieve, mientras ella gritaba y lloraba. Había atravesado leguas de tierra congelada hasta dar con el pueblo de su madre.
Por el bien de su hermana había implorado y rogado y permitido que lo golpearan hasta que no pudo mantenerse en pie. Jamás había pedido nada para él mismo.
No hasta que encontró a Nahi.
La había reclamado y la había hecho suya, y la había perdido a causa de su propia estupidez. Nunca podrían estar juntos. Jamás.
«Soy la soledad.»
«Soy el dolor.»
Naruto rugió por la furia.
De repente le llamó la atención algo a su derecha. Naruto frunció el ceño. Algo sobresalía por debajo de la cama. Se acercó y lo sacó.
Su corazón se detuvo un instante y después volvió a la vida.
Hinata las había dejado para él. Eran tres pinturas de su cabaña, del embarcadero y de la vista desde el porche. Contempló los intensos y exuberantes colores con los que había capturado la escena a la luz del día.
Eran hermosas, aunque ni de lejos tan hermosos como la mujer que se las había regalado. Una mujer que le había dado el mayor regalo de su vida. Encontró una nota metida entre dos de las pinturas. La abrió y sintió un nudo en el estómago.
Este es el pantano visto por mis ojos, pero no logro reflejarte a ti tal y como yo te veo. Ningún pincel ni ningún color podrían mostrar jamás el héroe que eres. Jamás seré capaz de pintar el sonido de tu voz cuando susurras mi nombre. La forma en que mi piel se eriza cuando me tocas.
La pasión que despiertas cuando estás dentro de mí.
Te amo, Naruto. Sé que no puedo retenerte. Nadie podría domar a un animal salvaje.
Tú tienes trabajo que hacer y yo también. Solo me queda la esperanza de que cuando pienses en mí, tus labios esbocen una sonrisa.
Te amaré siempre,
HINATA
Releyó la nota cuatro veces.
Había amado a Nahi durante siglos. Sin embargo, lo que sentía por Hinata era mucho más intenso.
«Sí, se puede vencer a un dios.» Las palabras de Jiraya resonaron en su cabeza.
Naruto inspiró de forma entrecortada. Sí, podía ganar. Saldría la noche siguiente y cubriría el Mardi Gras por Jiraya. Pero en cuanto los festejos llegasen a su fin...
Invocaría a Orochimaru y acabaría con todo aquello de una vez por todas. Cuando saliera el sol el miércoles, uno de los dos, ya fuese Orochimaru o él, estaría muerto.
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Continuará...
