"Luz de neón, tarde gris, y los minutos duran una eternidad.

(...) Mientras tu fantasma se me inclina, deteniendo la pared que da al desván.

(...) ¿Cómo fue? Yo no sé...

El pasado no quiere salir de aquí".


Niña Buena

Parte II

Capítulo 4

El traslador dejó a Severus y su equipo directamente en la oficina presidencial de MACUSA. Los grandes ventanales imponían a primera vista, justo detrás de un ostentoso escritorio de caoba con terminaciones en oro. Severus no tuvo mucho más tiempo para fijarse en otra cosa, pues una mujer ataviada con una esplendorosa túnica blanca y dorada se levantó del escritorio donde se encontraba hasta entonces.

—Un placer, caballeros— saludó la bruja, con una sonrisa elegantemente comedida—. Cassandra Holloway, presidenta de MACUSA.

Lo primero que pensó Severus de ella fue que parecía extremadamente joven para tal cargo, debía tener su edad o menos. Sin embargo, luego de verla caminar hacia ellos con desenvoltura y seguridad, advirtió que era una bruja poderosa (si no, sumamente astuta, para hacérselo creer).

Cassandra era alta, de piel morena clara y ligeramente bronceada, como si pasara gran parte del día al aire libre, ojos grises y cabello lacio y oscuro, amarrado en un firme rodete, bajo un sombrero blanco en punta. Y aunque su rostro en forma de corazón resultaba armonioso a la vista, su mirada era un tanto fría y dura al momento de mirarlos.

Severus supo enseguida que era una mujer de la que debía cuidarse. No tenía la expresión bondadosa de Hermione, y mientras caminaba hacia ellos, sus movimientos daban la impresión de ser premeditados.

Sumado a todo lo anterior, Cassandra se hallaba sola en su oficina, señal inequívoca de la confianza que poseía en sí misma y del poder que ostentaba. Severus recordó a Fudge y sus continuos parloteos nerviosos, y pensó que esta bruja se lo habría comido vivo. Ahora entendía por qué Kingsley hablaba de ella con tanto respeto.

—Es un honor que hayan decidido trabajar junto a nosotros— expresó Cassandra, con ese tono de voz fino y formal que instaba a prestarle máxima atención—. Estoy segura que serán un extraordinario aporte para el Magicongreso Único de la Sociedad Americana.— Los magos, aparentemente embelesados ante la grandilocuencia y evidente belleza de la bruja, sólo atinaron a asentir solemnemente con la cabeza. De pronto, la mirada de Cassandra se posó en Severus, que permanecía impasible en comparación a sus compañeros—. En especial usted, señor Snape.

—Gracias, presidenta— dijo él, inclinando la cabeza levemente. Cassandra seguía viéndolo a los ojos, como si esperara ponerlo nervioso, pero Snape era un experto en miradas directas, y no se dejó intimidar.

Cassandra pareció satisfecha luego de unos momentos, asintió de forma casi imperceptible y se dirigió al resto del equipo:

—Permítanme hacerles un breve recorrido por las instalaciones. Espero que su nueva estación de trabajo resulte... satisfactoria para sus necesidades.— Lo último lo dijo mirando a Severus.

Los pocionistas se removieron con emocionada anticipación, al tiempo que la presidenta los conducía con gracia y extrema amabilidad hacia la puerta a sus espaldas.

Salieron a un pasillo amplio, de piso de madera pulida. Continuaron el camino, y Cassandra los guió por los diferentes pisos y Departamentos. Severus no sabía si era por la impresión de conocer un lugar nuevo, pero no podía dejar de admitir que MACUSA era impresionante. A primera vista, se notaba que habían avanzado mucho más que el ministerio Británico, tanto en infraestructura como en la implementación de hechizos. Aunque también era decididamente más caótico.

Finalmente, llegaron a los laboratorios donde trabajarían, y las expresiones de asombro no se hicieron esperar; incluso Severus se permitió abrir los ojos con sorpresa. Jamás en toda su vida había visto algo similar. Hasta el último detalle parecía sacado de una novela futurista; los mesones, calderos y utensilios relucían por doquier y, pese a que había una gran cantidad de magos y brujas trabajando, no se percibía ese aire denso y caliente que era característico de un laboratorio de pociones. Los trabajadores se movían con una sincronía perfecta, nunca estorbándose unos a otros, hablando lo justo y necesario. Era lo más parecido al paraíso para Severus.

—¿Y bien?— inquirió Cassandra con un aire de suficiencia, sacándolos de su aturdimiento.

—Aceptable— dijo Snape, anticipándose a sus compañeros, que daban la sensación de querer postrarse a los pies de la presidenta.

Cassandra le dio una mirada ladina y una sonrisa conforme.

—Me alegra oír eso de usted, señor Snape.— Se observaron meticulosamente durante unos segundos, hasta que la bruja rompió el contacto y se irguió—. Los dejo para que se familiaricen con su nuevo entorno, caballeros. Chad, el muchacho de allá.— Señaló a un joven mago moreno que trabajaba afanosamente al otro extremo del laboratorio—, les ofrecerá toda la información que necesiten. Asimismo, cuando acaben de resolver sus asuntos y dudas, los transportará a sus domicilios, para que se instalen y estén listos para comenzar mañana.— Cassandra los miró uno por uno, mientras Severus y su equipo asentían de manera respetuosa—. Siéntanse como en casa, señores, y bienvenidos nuevamente a MACUSA.— Dicho esto, revoleó su túnica con un movimiento grácil y se retiró.

Estuvieron ocupados el resto del día, pues ninguno deseaba abandonar aquel laboratorio de ensueño. Severus descubrió entonces lo verdaderamente atrasados que estaban en Gran Bretaña: las técnicas de elaboración de pociones de MACUSA sobrepasaban incluso sus más atrevidas imaginaciones. Aun así, no fue complicado para él entender los procesos. Tomó minuciosas notas de todo lo que pudo, no escatimó en preguntas ni cuestionamientos, y pronto, los trabajadores del Departamento comprendieron con quién estaban tratando.

Severus no era tan reconocido allí como en Inglaterra, pero sí habían escuchado hablar de él, y eso, sumado a su presencia imponente y su agudo intelecto, le hizo ganar rápidamente el respeto del equipo.

Al llegar la noche, Chad, el muchacho que los había recibido y orientado, los llevó mediante aparición a sus nuevos hogares. Si Severus había estado perplejo antes en el laboratorio, ahora no cabía en sí mismo: se encontraban en un condominio, al parecer, en las afueras de Nueva York. Las casas, aunque no eran lujosas, eran enormes, de dos pisos, revestidas con piedras claras y un jardín delantero en el que bien podría estacionar tres automóviles (si los necesitara, claro).

—Aquí tienen un juego de llaves con sus respectivas copias y el número que les corresponde— informó Chad uniformemente, con un deje de aburrimiento. Severus recibió la suya, que indicaba el número 84.

El equipo le agradeció a Clifford, tomaron sus maletas y se encaminaron a sus hogares. Sin embargo, Severus no se movió. Esperó a que los demás se alejaran para hablarle al joven:

—¿No hay una más pequeña?— No quería parecer malagradecido, pero, pese a que la casa era magnífica, era demasiado solamente para él—. La verdad, no necesito tanto espacio.

Chad le dirigió una mirada gélida con sus ojos grises, pero habló con cortesía.

—Cualquier cambio o arreglo que desee realizar, deberá conversarlo con la presidenta, o bien, con su secretaria. Por ahora, esta es su casa.— Snape reprimió un suspiro entre sus labios tensos.

—Bien— dijo de forma cortante. Había tomado su equipaje y se disponía a avanzar, cuando recordó algo de suma urgencia. Se volteó justo antes de que Chad desapareciera—. Oye, muchacho... ¿cómo puedo enviar una carta a Londres?

—Tiene que dirigirse al Departamento de Redes y Comunicaciones. Si lo desea, puedo acompañarlo mañana temprano.— Severus observó por un momento al otro mago, que parecía absolutamente fastidiado, pero lo disfrazaba muy bien.

—No hará falta, puedo ir por mi cuenta.

—Estoy a su servicio. Buenas noches, señor Snape— se despidió Chad, sacó su varita y desapareció.

Entonces, Severus se quedó solo en el pasaje de césped bien cuidado, con el sonido de los grillos como única compañía. Sujetando su maleta, fue en busca de su nueva casa.

El número 84 se hallaba en una esquina, sin rejas o barandillas que delimitaran los terrenos. Era exactamente igual a todas las otras: excesivamente grande para su gusto... Aunque si Hermione estuviese con él... quizás... se habría planteado seriamente, por una vez en su vida, ocupar las habitaciones que sobraban con sus hipotéticos futuros hijos.

Tragó saliva, intentando rechazar la amargura que trepó por su garganta... pero un pinchazo de dolor logró atravesar su pecho.

Sacudió la cabeza y se armó de valor para ingresar. Cruzó el jardín y utilizó la llave, forzando su pulso para no temblar. Un interruptor en el vestíbulo sugería que la casa contaba con electricidad, a pesar de ser un barrio mágico. Encendió la luz y su mandíbula casi cayó al piso: estaba maldita y completamente amueblado... así que podía ir metiéndose sus propios muebles por donde le cupieran. El salón estaba equipado con sillones de cuero, una mesa de café, estanterías (por suerte, vacías), una suntuosa alfombra de pelo largo y, para colmo, un jodido televisor.

Por primera vez ese día, se sintió totalmente fuera de lugar.

"¿Qué estoy haciendo aquí?", se preguntó, abrumado. No era que la casa le desagradara, al contrario, sólo que lo hacía sentir... vacío, como si algo dentro de él le estuviera criticando el poseer tantas cosas y no disfrutarlas. ¿Qué mierda haría él con una vida así? ¿Cómo era que se había desacostumbrado a estar solo?

Lo único que quiso en ese instante fue tener a Hermione a su lado. No quería nada más... Podían irse al cuerno los laboratorios modernos, su investigación, MACUSA y la presidenta... sólo necesitaba a Hermione...

Apartó esa agobiante sensación y continuó adelante. Le echó un rápido vistazo a la cocina, sólo para confirmar sus sospechas de que estab tan bien abastecida como el salón. Lo mismo fue con un estudio, una sala de limpieza, un dormitorio y baño de invitados y con los tres dormitorios y dos baños del piso superior. Evidentemente, querían que se quedara permanentemente e hiciera una vida allí.

Con los ánimos destrozados, dejó su parcialmente inútil equipaje en el dormitorio principal y se dejó caer a peso muerto en la cama con dosel.

Si por fin, después de años de arduo esfuerzo, había conseguido el trabajo de sus sueños... ¿por qué se sentía tan mal?

De acuerdo, una razón era obvia: le faltaba la mujer que amaba... la mujer con la que ya había empezado a proyectarse... la mujer que lo amaba a él.

Se pasó las manos por la cara, suspirando hondamente. Hermione le reprocharía su actitud si pudiera verlo, le diría que no se dejara vencer por la melancolía y luchara por sus metas... como lo había hecho ella.

Severus sonrió ante la ironía. Al final, perseguir los sueños no era tan fácil como él había pregonado esa noche en la cantina.

Su yo joven estaría decepcionado y avergonzado. Estaba consiguiendo lo que siempre quiso: notoriedad, abundancia. ¿Dónde habían quedado sus ambiciones? ¿Y por qué no lo satisfacían como había esperado?

Como no encontró respuesta a ninguna de sus preguntas, decidió que era hora de dormir. Desempacó únicamente su pijama y una botellita con poción para dormir, la cual bebió de un sorbo, se cambió de ropa y se metió a la cama.

El último pensamiento que cruzó su mente antes de que la poción hiciera efecto fue la tremenda falta que le hacía el cuerpo de Hermione apoyado en el suyo.


Se presentó en el Magicongreso a primera hora de la mañana, y se dirigió sin demora al Departamento de Comunicaciones. Necesitaba imperiosamente decirle a Hermione que había llegado bien y también preguntarle cómo estaba ella. Sabía que su bruja era fuerte... el problema era él.

Contra lo que había esperado, el proceso para enviar una misiva al extranjero resultó absurdamente burocrático. Tuvo que llenar varios formularios sin sentido, ir y venir por distintas oficinas y presentar su credencial de empleado, para que, al fin, le permitieran enviar la dichosa carta. Después de eso, estuvo más tranquilo y pudo ir a su primer día de trabajo.


Hermione bebía su segunda taza de café cargado de la mañana, cuando una majestuosa lechuza se posó en el alféizar de la ventana. Debido a su noche en vela, se demoró un par de segundos en asimilar lo que estaba viendo, y cuando lo logró, corrió hacia el animal y le arrebató el sobre de la pata. La lechuza ululó con molestia, dio un picotazo al aire y batió las alas en retirada.

Conteniendo la respiración, Hermione rasgó el sobre y desdobló la carta. Su entusiasmo se evaporó en una exhalación al ver las pocas líneas.

Hermione,

Todo anda bien por acá. Anoche me instalé en mi nueva casa y hoy comenzaremos el trabajo. Estoy seguro que te agradarían los laboratorios.

Espero que te encuentres bien.

Cuídate.

Severus.

¿Eso era todo? ¿Para eso había esperado tan ansiosamente? ¿Ni siquiera un "te quiero", "te extraño", "cariños"?

Bien, se suponía que habían acordado no seguir juntos, pero... ¿de verdad? Detrás de esas breves líneas, le pareció ver de nuevo a quien fue su profesor, al hombre distante y frío que le dio clases, pues inclusive el "Severus jefe" le habría dedicado más sentimientos, algún sarcasmo propio de él, o un comentario insultante. No era que esperara insultos, pero sí algo más de emoción.

Sintió lágrimas agolparse en sus ojos y se enfadó consigo misma. Lo que él estaba haciendo era lo más lógico, lo racional: estaba soltando el pasado... y, le gustara o no, ahora ella formaba parte de éste.

Reprimió la angustia y el latente ataque de ansiedad. Respiró concienzudamente hasta que logró controlarse. No tenía sentido ni justificación enojarse con él. En realidad, debería sentirse orgullosa y feliz... y lo hacía... pero también dolía su indiferencia, aunque fuese fingida.

La suerte ya estaba echada, y no iba a ser ella quien pusiera las cosas más difíciles de lo que ya eran.

Tomó pergamino y lápiz y se sentó a escribir una respuesta. Arrojó los sentimentalismos al fondo de su mente y redactó una carta similar a la de él, en la que decía que ella estaba bien, que sacara provecho de cada día y que se cuidara también. Se tragó cualquier "te amo" y selló el sobre.

Sus impulsos tiraban de sus piernas para correr al Ministerio cuanto antes y enviar la carta, pero tenía trabajo que hacer, y ahora mismo no estaba de humor para nada más que sentarse frente a su máquina de escribir y teclear con furia lo que saliera de su mente.


Severus guardó la carta de Hermione en la mesita de noche de su nuevo dormitorio, no porque fuese especialmente afectuosa, sino porque, para él, significaba el último trazo de su relación. Las últimas palabras que ella le dedicaría siendo... "suya". Luego de eso, ya no más.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas, en meses. Estableció una rutina que lo mantenía ocupado la mayor parte del tiempo, incluidos sus días libres. Era el primero en llegar al laboratorio y el último en irse, y procuraba llevarse generosas cantidades de trabajo a casa. Necesitaba distraerse con eso, alejar su mente de las descabelladas fantasías que insinuaban que mandara todo a la mierda y regresara a Londres. Ya había descartado un par de maquinaciones bien fundamentadas en las que convencía a Hermione de irse a América con él. No sería justo para ella y todo lo que se había esforzado por cumplir sus objetivos.

No. Lo que debía que hacer era enfocarse en su trabajo y olvidar que pudo haber sido plenamente feliz con la mujer de su vida. Todavía podía ser feliz. Tenía un empleo por el que matarían cientos de pocionistas, una oportunidad que deseó con desesperación en sus años más oscuros.

Debía enfocarse.


El otoño sacudió Londres con aguaceros ocasionales y vientos colmados de hojas secas.

Hermione celebraba ese día su vigésimo sexto cumpleaños. Leo la había sorprendido temprano por la mañana con un pastel, y desayunaron juntos, antes de que cada uno tuviera que ir a trabajar.

Por la tarde, tuvo una reunión para ultimar los detalles de la portada de su próximo libro, y luego, un simposio de literatura inglesa, que terminó al anochecer.

Los últimos meses, se había inscrito en cuanta charla, conferencia y taller pudo hallar. Se decía a sí misma que era necesario para continuar aprendiendo y mejorando, pero lo cierto era que no quería tener demasiado tiempo libre para pensar.

Iba a diario a diferentes bibliotecas, en donde leía volúmenes de cualquier tema que llamara su atención o simplemente se dedicaba a escribir durante horas.

Eludía las reuniones con sus amigos, dando excusas vagas y poco creíbles y visitaba a sus padres lo estrictamente necesario para no preocuparlos.

Sin embargo, ese día no podría escapar de la invitación de Ginny a beber unas copas. La pelirroja le había hecho jurar que esta vez no la dejaría plantada, además de recalcar que no pensaba permitir que pasara sola su cumpleaños. Hermione accedió con la condición de reunirse en su apartamento, porque era más barato que ir a un bar... Cuando en realidad, no quería darle la oportunidad a su amiga de sugerir hablarle a algún sujeto desconocido.

Así que regresó a su casa, se dio un reparador baño de tina y, pocos minutos después, llegó Ginny, con cervezas de lata y una botella de vino.

Pese a las constantes quejas internas de Hermione, la compañía de Ginny le hacía bien. Después de todo, habían sido amigas durante largos años, confiaban ciegamente la una en la otra y, estando con ella, nunca faltaban las risas.

Conversaron por horas, bebiendo y riendo, escuchando música y cantando a todo pulmón cuando el vino se les subió a la cabeza. Fue tanto el alboroto que armaron que Leo y Yancey no pudieron evitar las ganas de unírseles: llegaron con botellas de ron y las sacaron a bailar en el salón.

A ninguno pareció importarle que fuera un día de semana, ni la resaca que tendrían, ni el ruido estruendoso que estaban haciendo en plena madrugada.

Hermione, durante esas escasas horas, olvidó todo lo que la aquejaba, su corazón se hinchó del amor y gratitud que sentía por sus amigos.

Estaba amaneciendo, cuando se despidieron y fue a acostarse. La cabeza le daba vueltas y tenía la boca pastosa, pero lo único que se sentía capaz de hacer en esos momentos era dormir. Suerte que no tuviera ninguna obligación al día siguiente.

Recordando los instantes previos con sus amigos, sonrió, se abrazó a una almohada y cayó en un sueño profundo.


Con el tiempo, Severus consiguió que su estabilidad emocional se mantuviera alta. Costó unas buenas noches en vela (se había obligado a dejar las pociones para dormir), cantidades insanas de trabajo y un sinfín de cuestionamientos y autorecriminaciones por ser tan patéticamente débil, pero lo había logrado.

Su primera prueba de fuego fue el día del cumpleaños de Hermione. El calendario parecía haberse burlado de él esa mañana de septiembre. Dos meses sin ella. Quiso mandar todo al carajo y regresar a Londres, pero se contuvo. Sus emociones reprimidas desembocaron en una pequeña crisis de ansiedad en el laboratorio. Sus compañeros, ajenos al conflicto interno que vivía, notaron lo mal que se encontraba y sugirieron que se tomara el día libre. Sin embargo, Snape descartó esa opción, se controló y continuó con su trabajo. Sería peor si lo mandaban a casa, solo con sus pensamientos.

Esa noche, al caer en cuenta que no sería capaz de conciliar el sueño, tuvo que recurrir nuevamente a una poción. Se dijo que sería la última vez. No era un mocoso que se dejase vencer por sus emociones. Él era Severus Snape, doble espía de la Segunda Guerra Mágica, un mago extremadamente poderoso y uno de los mejores pocionistas en la actualidad. No lo iba a derrotar un simple enamoramiento, ni aunque su corazón se rompiese un poquito más cada día, ni aunque pudiera deshacer todo y volver junto a la mujer que amaba.

No. No podía. Se arrepentiría... ¿verdad?


No era que llevara la cuenta, pero Hermione, al abrir su agenda una fría mañana de noviembre, notó que ya habían pasado cuatro meses desde que Severus se había ido. Tampoco era que no lo hubiera superado, pero sujetó con añoranza la fotografía de él que usaba como marcador de página; ni mucho menos que las lágrimas se agolparan en sus ojos cada vez que se detenía a pensar en él, solamente eran sus síntomas premenstruales.

Mordiéndose el labio y luchando por mantenerse serena, contempló la fotografía por largos minutos. Recordaba como si hubiese sido ayer cuando encontró la foto en una de las estanterías de Severus, una tarde cualquiera, curioseando por su casa. Era él de niño y, según lo que le había contado, yendo a su primer año en Hogwarts. A todas luces, su túnica era de segunda mano, pero su expresión era de ilusión, una sonrisa retraída y tímida, unos ojos negros brillantes de inocencia.

Severus se la había regalado sin más, como si no tuviera especial valor sentimental para él, y ella comprendía sus razones... pero quiso conservarla para no perder nunca esa imagen del niño lleno de esperanzas que un día fue.

Algunas veces, mirando la fotografía, Hermione fantaseó con que sus hijos se verían así de adorables... y deseó tenerlos. Pero ahora debía desechar esas fantasías, asumir su presente y dejar de pensar en lo que pudo haber sido.

Lo pensó un momento y tomó la decisión. Se puso un abrigo, guardó en su cartera la fotografía y salió de su departamento.

Unos minutos después, se encontraba en un barrio residencial al sur de Londres, frente a una estrecha y modesta casa de dos pisos con un bonito jardín de abundante vegetación y distintos tipos de flores. Había estado solamente una vez allí antes, así que estaba un poco nerviosa, pero no se echaría atrás.

Atravesó el jardín y, dando un respiro profundo, llamó a la puerta suavemente. Después de una espera que le pareció larguísima, la puerta se abrió, revelando a su suega... o ex suegra.

—¡Hermione!— exclamó Eileen, sorprendida. Hermione esbozó una ligera sonrisa.

—Hola, Eileen— saludó ella a su vez. La madre de Snape había sido categórica a la hora de expresar su reticencia a que Hermione la tratara de "usted" o le dijese "señora", y la joven acabó por acostumbrarse a su trato informal con ella.

—Qué sorpresa.— Eileen no supo cómo reaccionar por unos segundos, pero luego abrió completamente la puerta y extendió su brazo, invitando a la Gryffindor a ingresar—. Ven, pasa. ¿Te ofrezco un café?— Hermione dudó en su sitio. Planeaba que fuese una visita corta—. No me vas a negar un café— insistió amablemente la mujer, sonriendo.

—Eh... De acuerdo... Gracias— accedió Hermione, cruzando el umbral de la puerta.

La casa de Eileen era pequeña y acogedora, de mobiliario antiguo, maceteros con plantas por todas las esquinas y algunos colgando del techo y un permanente olor a comida casera. A Hermione le recordaba a la casa de su abuela, pese a que la madre de Severus no aparentaba la edad que tenía, debido a sus genética mágica.

—Toma asiento— ofreció solícitamente Eileen, mientras movía su varita y hacía aparecer dos tazas humeantes con café.

Hermione se sentó frente a una mesa de patas torneadas, cubierta por un mantel de hilo que reforzó la idea de hallarse en la casa de sus abuelos. Rechazó el pensamiento y se concentró en sus propósitos.

—¿Qué te trae por aquí?— preguntó Eileen, observándola con interés.

—Yo... vine a entregarte algo.— Sin querer perder más tiempo, Hermione sacó de su cartera la fotografía del Severus niño y se la dio a la mujer, que la recibió con un gesto de extrañeza en el rostro—. La encontré en la casa de Severus y él me la regaló... pero supuse que te gustaría conservarla.

El gesto de Eileen se suavizó hasta la ternura mientras contemplaba la imagen, acariciándola inconscientemente entre sus manos. Una sonrisa conmovida curvó sus labios y sus ojos brillaron con afecto.

—Mi niño...— murmuró la mujer, embelesada. La sonrisa de Eileen se reflejó en la cara de Hermione—. Gracias— murmuró después de unos instantes de silencio. Se miraron y Hermione aceptó el agradecimiento con un movimiento de cabeza. La mirada de Eileen volvió a enfocarse en la fotografía—. Tengo muy pocas fotos de él... Era tan lindo...— De pronto, frunció el ceño y chasqueó la lengua—. ¿Qué le pasó?

Hermione rió ante el comentario, pero no opinaba lo mismo. Para ella, Severus era perfecto. Pese a sus defectos, no cambiaría nada de él.

—Tiene sus encantos— repuso de forma divertida.

—Claro, debe tenerlos, si logró enamorar a una chica tan bonita como tú.— Eileen la miró con cierta picardía, causando que Hermione se ruborizara—. ¿Lo has visto?

—No...— Bajó la vista y le dio un sorbo al café, por el sólo hecho de hacer algo. Suspiró y volvió a mirar a Eileen—. Pensamos que era lo mejor...

—Sí, por supuesto.— En la cara de la mujer mayor cruzó una expresión de desilusión—. Pensé que te habría ido a ver, como estuvo aquí el mes pasado.— Los ojos de Hermione se agrandaron.

—¿Cómo?— preguntó, con la voz frágil.

—Oh... ¿no lo sabías?— Hermione se limitó a responder con su silencio—. Bueno, fue una visita bastante apresurada... Me dijo algo de una reunión y de horarios ajustados. Estimo que debió estar aquí unos cinco minutos, como máximo. Ya lo conoces, siempre con sus prisas.— La explicación de Eileen fue atropellada y nerviosa, como si quisiese restarle importancia al hecho de que Severus hubiera regresado a Londres sin habérselo mencionado a Hermione.

—Sí— dijo ambiguamente la joven, perdiendo la mirada en sus propias manos. No sabía cómo sentirse al respecto. Es decir, se sentía francamente mal, aunque su lado racional le decía lo contrario, porque, a fin de cuentas, ellos ya no eran nada más que amigos... o conocidos o lo que sea que fuesen. Pero si bien Severus no tuviera ninguna obligación con ella... le habría gustado verlo de nuevo.

—Lo siento... Creo que metí la pata.— Hermione forzó una sonrisa y sacudió una mano con un ademán desinteresado.

—No, no te preocupes.— A pesar de sus palabras, Eileen seguía mirándola con culpa y, Hermione pensó, con algo de lástima—. Seguro que no tuvo tiempo...— La joven miró su reloj de pulsera y agregó: —. Como yo ahora. Me tengo que ir volando.— Hizo el amague de ponerse de pie, pero la mano de Eileen sobre su brazo la detuvo.

—¿Me das dos minutos?— inquirió, con aires de misterio y urgencia a los que Hermione no se supo negar. Eileen se enderezó en su silla, se tomó un tiempo para reflexionar sus palabras y, después, miró a Hermione directamente a los ojos—. Sé que, probablemente, ya sabes esto... pero te lo diré de todas formas.— La castaña tragó saliva, sin saber qué esperar—. A pesar de las apariencias, Severus es una persona muy sensible... Cuando él ama, se entrega por completo. Por eso mismo, es tremendamente difícil ganarse su confianza... y su cariño aún más.— Los labios de Eileen se estiraron en una breve pero significativa sonrisa.

《Mira, no sé cómo será contigo, pero con el resto de nosotros, él es... ya sabes, reservado, de pocas palabras.— Hermione asintió levemente con la cabeza, sintiéndose incapaz de dejar de mirar los ojos oscuros de la mujer—. A pesar de eso, pude notar que está perdidamente enamorado de ti... y veo improbable que deje de estarlo.— Esta vez, la joven bruja se sintió tan repentinamente culpable que tuvo que bajar la mirada. Sin embargo, Eileen sujetó sus manos entre las suyas con profundo afecto, haciendo que sus ojos volvieran a encontrarse—. Hermione... Severus te ama tanto que lo único que quiere, lo único que le importa es que seas feliz... aun si aquello implica que lo seas sin él, que sigas adelante... o que te vuelvas a enamorar.》

—No sé si pueda.— El murmullo escapó de sus labios antes de que pudiera pensarlo bien.

La mano delgada y de largos dedos de Eileen la sujetó del mentón y levantó su cabeza.

—Podrás— aseguró, sonriendo de manera reconfortante—. Eres joven, linda, inteligente... Tienes todas las armas para lograr lo que sea que te propongas.— Hermione volvió a tragar saliva, mientras luchaba contra sus lágrimas. No quería llorar otra vez—. No te estoy diciendo esto para que lo esperes por la eternidad... Al contrario, es para que continúes con tu vida, para que seas feliz.— Eileen se inclinó hacia adelante—. No te aferres a nada ni a nadie, mi niña, vive, disfruta...— Hizo una pausa, y una sonrisa triste adornó sus labios—. Es lo que Severus querría... pero hazlo por ti, solamente por ti. Hazle caso a las palabras de esta vieja que desperdició los mejores años de su vida detrás de un hombre que no la apreciaba.

De pronto, a Hermione le faltó el aire, tanto por el potente consejo de su ex suegra como por su última declaración.

Severus nunca le habló de su padre, y ella nunca preguntó. Sabía, por lo poco que Harry le contó luego de ver sus recuerdos, que fue un hombre tosco, agresivo y huraño; que lo violentó durante su infancia y que le hizo la vida imposible a él y a su madre mientras vivió con ellos. Hermione no sabía qué había sido de él finalmente, pero no deseaba saberlo. Era la primera vez que alguien lo mencionaba en su presencia.

—Lo haré— dijo, después de unos segundos de silencio. No sabía qué más decir. Estaba abrumada.

Las manos de Eileen apretaron con más fuerza las suyas.

—Por último— continuó la mujer—, tengo que darte las gracias.— Hermione frunció ligeramente el entrecejo, confundida—. Por hacer feliz a Severus— explicó, sus ojos estaban brillantes de emoción—. Yo estuve ahí cuando Lily Evans murió... y creí que lo había perdido para siempre...—La voz de Eileen se fue apagando gradualmente y su mirada se oscureció por un segundo—. Hasta que llegaste tú a su vida... Gracias por devolverme a mi hijo.— Eileen acunó la cara de Hermione entre sus manos, y sólo entonces, la joven se dio cuenta de que dos lágrimas mojaban sus mejillas.

Hasta ese momento, nunca había pensado lo que significaba ella para Severus realmente. Sabía que la amaba, que se preocupaba por ella, que le importaba... pero jamás aquello que Eileen acababa de decirle. Y aunque entendía que lo hacía para animarla a superarlo y seguir adelante, el poseer ese conocimiento la hizo desear aún más estar con él.

Cerró los ojos y se concentró en regular su respiración. Cuando volvió a abrirlos, las manos de Eileen seguían en su rostro, y sus ojos estaban fijos en los suyos.

—Eres una gran mujer— dijo Eileen en voz baja. Limpió la humedad que quedaba en la cara de Hermione y apartó las manos—. Cuídate, mi niña.

—Gracias, Eileen... Tú también— fue la pobre respuesta que pudo dar Hermione. Se sentía agobiada ante tantos sentimientos, por lo que se puso de pie y, dándole una última sonrisa a su ex suegra, se marchó.


A medida que finalizaba el mes de noviembre, los días se volvían más fríos, con persistentes ventiscas y aguanieve.

Hermione hubiese querido quedarse arropada bajo capas y capas de cobertores, tomando chocolate caliente y leyendo en la calidez de su hogar. Sin embargo, el deber llamaba y el dinero escaseaba, así que era preciso salir del confort del departamento para reunirse con su editora y programar las siguientes publicaciones.

Amaba su trabajo, pero, a veces, era imposible no preguntarse si había sido una buena idea depender solamente de eso. Si bien el dinero no hacía la felicidad, ayudaba a pagar las cuentas.

Una tarde, luego de una agotadora reunión en la que le sugirieron cambiar por completo el giro argumental de su novela, iba de camino a su casa, entre callejuelas húmedas y resbaladizas. Su abrigo apenas le ayudaba a mantener algo de calor corporal, y sus manos, escondidas en los bolsillos, estaban heladas. Se subió la bufanda hasta la nariz y se tapó las orejas con el gorro de lana.

Sus ojos no se despegaban del asfalto mojado, mientras su cabeza daba vueltas a la nueva trama que debía construir para que su libro fuese "atractivo" para el público. Detestaba la idea de tener que escribir un cliché adolescente, pero, al parecer, no le quedaba otra opción.

Sumida en sus pensamientos, ideando a la chica nerd y al chico malo de preparatoria que se enamorarían en insípidas circunstancias, subió las escaleras de su edificio. Llegó al último piso, molesta por lo que tendría que empezar a escribir, cuando una figura parada afuera de su apartamento hizo que se detuviera y olvidara abruptamente lo que estaba pensando.

Con un impecable abrigo de viaje negro, la cara pálida y los ojos añorantes, Severus la observaba en el mismo estado de perplejidad que ella.


Aquí estamos de nuevo.

Este fue un capítulo mayormente psicológico, en el que quería expresar la versión de Severus luego de su partida, también cómo lo va llevando Hermione, y un poco de Eileen, para sus fans. (¿No querríamos todos una suegra así? xD)

Y, al final, como ya es costumbre, un cliffhanger para mantener la expectación xD

Una última cosa: debido al capítulo anterior, me llegaron unos mensajes de distintas personas que decían que la historia las había tocado profunda y personalmente, otras que de verdad habían sufrido. Perdón por lo último, y gracias por su confianza para contarme sus vivencias, son un amor. En realidad, cuando planeé este drama, lo hice pensando en una situación que estoy viviendo ahora, pero nunca pensé que los iba a afectar de verdad, imaginaba que sería otro drama más (o que no tendría este impacto). Es conmovedor que haya llegado al corazón de tantos de ustedes.

Saben cómo soy con los sevmiones, siempre busco un final feliz, y esta historia lo tendrá, confíen en mí.

Por ahora, espero que disfruten el capítulo :)

De todo corazón, muchas gracias por leer y siempre estar presentes.

Besos metafóricos.

¡Nos vemos el próximo viernes!

Vrunetti.