17 Celestial


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Las siguientes semanas fueron una serie de miserables días mientras íbamos desde Otogakure hasta Takumigakure y Olympia, el interminable paisaje urbano manteniéndome al borde.

Por la noche, la mayoría de las casas en las que Peste y yo hacemos el refugio están vacías, pero en una, un muerto reciente todavía acostado en la cama, su cuerpo un páramo de llagas.

Mientras Peste y yo viajamos a través de los interminables centros urbanos, me cruzo con más y más personas muertas o moribundas, queda claro que el jinete está acostumbrado a dejarme después de que me duermo para correr y propagar su maldita plaga. No lo dice, pero no lo necesita, la prueba está delante de mí.

No es hasta que dejamos atrás Olympia y los campos y los bosques reemplazan los edificios ruinosos que siento que puedo respirar de nuevo.

Esa noche, la cabaña en la que nos establecemos es obviamente un piso de soltero. Hay carteles de equipos deportivos, mujeres medio desnudas y marcas de cerveza por todas partes.

Peste lo observa todo con una mezcla de curiosidad y repugnancia.

Al menos, el propietario hizo una maldita desaparición. Puede que le guste que las tetas parezcan dispositivos de flotación, pero el hombre tiene el suficientemente sentido común para salir de la ciudad como alma que lleva el diablo antes de que la muerte venga a golpear tu puerta.

Literalmente.

Después de encender las pocas velas y lámparas de aceite que puedo encontrar, me dirijo a la cocina. Desafortunadamente el chico universitario solo tiene un tarro de remolachas (En serio tío, ¿remolachas? ¿remolachas?), algunas sobras grasientas en la nevera que definitivamente me darían una intoxicación alimentaria, salsa tabasco y cerveza.

Montones y montones de cerveza. Moonshine, cervezas de lujo, cervezas embotelladas, e incluso algunas con abre fácil.

Bueno, creo que ya sé lo que voy a cenar.

Mientras miro alrededor, Peste renuncia a encender un fuego y en su lugar se dirige a la parte posterior de la casa, donde un gran balcón tiene unas vistas a los espesos árboles de hoja perenne que bordean la propiedad.

Mantengo un ojo en el jinete mientras agarro cosas de la cocina.

No ha dicho mucho durante todo el día. De hecho, si no lo supiera diría que Peste está un poco… melancólico.

Es difícil compadecerse de la fuerza que está arruinando tu mundo, sin embargo, eso es exactamente lo que siento. Se sienta en el borde del balcón, dejando que sus pies cuelguen a través de los barrotes. No puedo leer sus emociones, basándome en su amplia espalda, pero tengo la sensación de que son turbulentas.

Agarrando los bienes que he reunido, me dirijo afuera. Un viento helado mueve mi pelo, llevando consigo el aroma a pino. Me siento junto a Peste y le doy una cerveza, las tapas ya están quitadas. Ha sido un largo día. Las cervezas son buenas para este tipo de cosas.

—No te gusta matar gente, ¿verdad? —pregunto.

Es un pensamiento casi incomprensible, pero, no sé, Peste parece… molesto.

Frunce el ceño hacia la línea de árboles.

—No se trata de lo que me gusta.

Se trata de la tarea que le enviaron a completar.

—No tienes que hacerlo —digo, muy, muy suave.

—¿Y qué sabes acerca de mis elecciones? —Se vuelve hacia mí, su expresión es tumultuosa.

—Sé que las tienes —digo.

Todos las tenemos. Incluso yo las tengo. Ese es el motivo por el que llevo esta culpa a pesar de la situación que tengo ante mí. Porque he sido autocomplaciente cuando no necesitaba serlo.

—¿En serio? —Peste lo dice desafiante, como si yo tuviera ni idea de las elecciones que tiene en este asunto. Mira hacia la botella en su mano, como si se acabara de dar cuenta de que estaba allí—. ¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? —pregunta, levantándola.

Levanto un hombro.

—Bébetelo, tíralo, sopla una melodía con el borde de la botella. No me importa —respondo, llevándome mi propia cerveza a los labios.

No más darle consejos a Peste; solo falla de todos modos.

La ira desaparece de su expresión, dejándolo con aspecto sombrío.

Me mira con esos tristes ojos azules antes de volver a mirar hacia adelante. Después de un momento, se lleva la cerveza a los labios y toma un trago largo de ella. Hace una mueca ante el sabor y luego toma otro trago aún más largo de la botella.

Lo baja.

—No puedo permitir que mis sentimientos se interpongan en mi tarea.

Claro que no puede.

—Pero es agradable de tu parte preocuparte por mis sentimientos, sin importar los motivos —agrega.

El sonido del viento que silba entre los árboles llena el silencio que sigue. Froto mi pulgar sobre el borde de vidrio de mi cerveza.

—¿Quién eres en realidad? —pregunto, levantando mi mirada hacia la de él.

El jinete tiene razón, me importan sus sentimientos. Me preocupo por él, y quiero llegar a conocerlo y comprender por qué no puede vacilar en su propósito. Quizás entonces tenga sentido para mí. Quizás entonces dejaré de presionarlo.

Peste frunce el ceño.

—Esa es una pregunta extraña, Hinata.

Siempre dice mi nombre con una inflexión tan extraña, y siempre me emociona un poco.

—Soy Peste —responde finalmente.

—No, eso no es quién eres, eso es... —Me cuesta encontrar las palabras correctas—, tu tarea.

Esos labios carnosos tiran hacia abajo por las esquinas.

—No funciono como crees que lo hago —dice, con expresión de preocupación—. Mi pasado es una serie de impresiones completamente eliminadas de este cuerpo y experiencia. Y ya que vine a la tierra de esta forma, bueno, soy mi tarea y soy... es la suma total de mi existencia.

Pero no es cierto, y no lo ha sido por quién sabe cuánto tiempo. Probablemente desde que el jinete me recogió y comenzó a probar las mismas cosas que está destruyendo.

Y eso me hace pensar: ¿Es Peste inmune a la ira de Dios?

Desde que Kurenai planteó el tema, sigo volviendo a esta pregunta. Quiero decir, Peste está llevando a cabo la tarea del Gran Tipo, por lo que debería ser así, y sin embargo... sus acciones pesan sobre él.

Puedo verlo ahora más que nunca. Hay incertidumbre allí, como si ya no estuviera seguro de si lo que está haciendo es correcto. A pesar de que Dios lo debe haber decretado, y que ha sido marcado en su piel, Peste está vacilante.

Por un capricho, tomo su mano y la aprieto, entrelazando mis dedos con los suyos.

Él mira nuestras manos unidas y luego deja escapar un suspiro. Sus ojos se encuentran con los míos.

—Mi posesión favorita es mi corcel.

Al principio, no entiendo lo que dice realmente. Pero luego, hace clic.

Se está suavizando. Lo está intentando, trata de hablarme de sí mismo.

—¿El corcel al que no le has puesto nombre? —pregunto.

—El corcel al que tú le pusiste nombre —corrige—. Y le has dado un nombre terriblemente innoble. —Toma un trago de su cerveza, claramente agitado por tener una opinión y expresarla.

—¿Y por qué Kyūbi es tu cosa favorita? —pruebo. Baja su cerveza.

—Porque es un compañero fiel, preparado y constante.

—Esas son buenas razones —digo.

—Estás hablándome de forma condescendiente —dice, entrecerrando los ojos.

—No. —Realmente no lo estoy siendo.

Debe ver la verdad en mí porque su atención se dirige hacia la vista delante y continúa:

—Me encanta el amanecer, el nacimiento del día. La nieve hace que todo sea más fácil para los ojos. La comida humana es sorprendentemente terrible o sorprendentemente buena… —Levanta su cerveza—, aunque a veces, admitiré, que puede ser las dos cosas

»Encuentro que la ropa humana es tosca, me gusta hacer fuego, quedarme dormido es una experiencia problemática, pero es extrañamente agradable cuando tienes a alguien a quien aferrarte...

El color sube a mis mejillas.

—…y mi persona favorita eres tú.

Ahora mi cara está ardiendo en la oscuridad.

—Soy la única persona que conoces —respondo. Podría ser la persona más cutre de por ahí, y aun así sería su favorita.

—He conocido a muchas personas. Te aseguro que no has ganado el título por defecto.

No sé qué decir frente a ese tipo de adulación. Sin mencionar que cada vez que Peste admite algo así, mi cuerpo se vuelve loco.

Odio tener un enamoramiento.

Pero esto es más que un simple enamoramiento, y no hay forma de fingirlo. Me gusta la forma en la que habla Peste, la forma en la que piensa. Me gustan sus elogios, me gusta su consideración. Me gusta su valentía, su dulzura. Me gusta, a pesar de que está trayendo el fin del mundo, y eso es inmensamente problemático.

Baja la mirada a su bebida.

—Ya no quiero hablar de mí —dice. Su enfoque se dirige hacia mí.

—¿Qué? —digo.

—Es tu turno de hablarme sobre ti.

Rayos, me está poniendo en el punto de mira. Froto mi pulgar sobre el cuello de mi botella de cerveza.

—Ya sabes mucho sobre mí. —Hablo de mí todo el tiempo cuando estamos en la silla de montar, a menudo simplemente para llenar el silencio—. ¿Qué más podrías querer saber?

—Háblame más de tus poemas favoritos. Cuéntame más de tu vida. Es todo fascinante.

Verás, ahí está la prueba de que este tipo necesita salir más.

—No es tan fascinante. Yo no soy tan fascinante.

Incluso en la oscuridad, veo a Peste entrecerrar los ojos mientras me examina.

—¿De verdad crees eso?

¿Lo hago? Claro, tenía un buen trabajo como bombera, pero, ¿qué era lo que realmente había en mi vida aparte del trabajo y mi humilde colección de libros?

Dejo escapar una risa áspera.

—Sí, lo creo.

—Entonces estás equivocada —Peste lo dice con tal certeza—. Eres compasiva incluso en la peor de tus suertes. Ayudas a los moribundos. Te preocupas ferozmente, tan ferozmente. Esas no son hazañas comunes. Y eso sin tocar lo que significas para mí.

Mi respiración se detiene.

—Has logrado lo que nadie más ha hecho: has despertado mi corazón. Así que, no, Hinata, de todas las palabras que usaría para describirte, fascinante sería definitivamente una de ellas.

Has despertado mi corazón.

Ahí está, al descubierto, de lo que desesperadamente he huido. Un escalofrío me recorre cuando veo la forma de Peste. No es el único que ha sido afectado por la presencia del otro.

Empiezo a inclinarme hacia él, lista para hacer todo tipo de cosas estúpidas y desaconsejadas porque estoy tan cansada de luchar contra esto.

Antes de tener la oportunidad, el jinete se levanta y me pasa una mano por el brazo.

—Tienes frío —dice—. Perdóname, Hinata, el clima no me afectan de la misma manera. —Se pone de pie, y luego estira el brazo hacia mí.

Agarrando mi cerveza, dejo que me ayude y lo sigo adentro, mi cuerpo duele con anticipación. No se disipa, ni siquiera cuando Peste se va de mi lado para encender un fuego, ni siquiera cuando muevo las velas y las lámparas de aceite a la sala de estar.

Lo único que parece tener algún efecto en mi nerviosismo es mi cerveza... y no diría tampoco que está ayudando exactamente con la situación.

No es que me impida tomar otras dos de la nevera, una para mí y otra para Peste. Para cuando regreso a la sala de estar, el fuego está encendido.

Le paso al jinete una de las bebidas, sintiendo una punzada de culpabilidad por darle el gusto por esta cosa. Pero luego mis ojos se encuentran con los suyos y mi nerviosismo aumenta y alabo a Dios en toda su gloria iracunda porque exista el alcohol.

Tomando un trago largo, me siento al lado del fuego. Peste se encuentra frente a mí, apoyando su peso en uno de sus antebrazos, su nueva cerveza está intacta junto a él. Su mirada se mueve desde el fuego hacia mí, las llamas bailan en sus ojos.

—¿Alguna vez deseaste que las cosas fueran diferentes? — pregunto—. ¿Que tú y yo no fuésemos enemigos mortales?

—¿De qué sirve desear, Hinata? —dice.

Quiero decirle que desear hace la diferencia, pero suena demasiado cursi, como algo que la gente solía decir antes de que los Cuatro Jinetes aterrizaran, cuando el mundo tenía sentido. El deseo no llena tu barriga o evita que tu casa se queme. No hace que su auto se mueva o te salve de la plaga.

—No sé —digo finalmente—. Solo quiero dejar de sentirme así. — Odio esta culpa que me está devorando—. Cuando te miraba, veía un monstruo… —Un monstruo hermoso, pero un monstruo de todos modos—, pero ya no.

—¿Qué ves ahora cuando me miras?

En lugar de responderle, me inclino hacia adelante y rozo mis labios suavemente contra los suyos. Parece contento con eso y su mano se acerca a mi mejilla. Suavemente, empujo su hombro hacia atrás hasta que cae al suelo.

Me arrastra con él, nuestros cuerpos se presionan juntos.

Mi boca encuentra la suya una vez más, y de repente, el fuego no estás implemente en mi espalda. Está debajo de mí, dentro de mí, ardiendo en mis venas.

Me detengo para pasar un dedo por la cara del jinete. Realmente es problemáticamente hermoso, con sus pómulos altos, mandíbula afilada y sus ojos inocentes.

—En este momento —le digo, finalmente lista para responder a su pregunta—, veo a un hombre.

Un hombre para besar, tocar, perderme.

—No tengo edad, Hinata.

Si se supone que tiene algún sentido, entonces no lo tengo en cuenta. Tal vez esa es su manera de protestar ante mi respuesta. Lo que sea.

Regreso a sus labios y me hundo en el beso. Puede que no tenga edad, puede ser una fuerza de la naturaleza en vez de un humano, pero al final, descubro que realmente no me importa. Peste es Peste, y eso es todo lo que realmente me importa en este momento.

Las formas duras de su cuerpo encajan perfectamente contra las mías, y su toque se siente como si estuviera hecho para mí.

Busco las correas de su armadura, desesperadamente confundida acerca de cómo quitarla. Su mano cubre la mía, y por una fracción de segundo, mi estómago cae en picado.

Va a detenerme.

En cambio, Peste mueve mi mano y se quita la coraza de metal. Hace un trabajo rápido con el resto de la armadura, hasta que todo está esparcido por el suelo a nuestro alrededor.

El problema con la armadura, me he dado cuenta ahora, es que incluso después de toda la fanfarria de quitársela, todavía está la ropa. Por otra parte, cuanto más tiempo lleva desnudarlo, mayor es la anticipación...

Me mira con asombro mientras agarro el borde de su camisa y la deslizo sobre su cabeza.

Hombre glorioso. Podía mirarlo durante horas, tratando de memorizar cada centímetro de su piel extraña y hermosa. Tentativamente alcanza mi chaqueta, y lo ayudo encogiéndome de hombros.

Los dos hacemos trabajamos rápido con mi ropa hasta que estoy solo en sujetador y pantalones vaqueros. Me quito las tiras de los hombros y luego extiendo la mano y rápido desabrocho los ganchos.

Peste se queda mirando mi pecho desnudo, y una parte de mí se muere por saber lo que está pensando. Extendiendo la mano, pasa sus manos tentativamente por mis pechos. El calor llena su expresión. Puede decir que no es un hombre, pero se excita como todos los demás.

Me inclino y presiono un beso en su pecho, justo sobre una de las marcas angelicales.

—¿Qué significa esta? —pregunto, mi aliento abanica la extraña palabra.

Me da una mirada extraña.

—Peste.

Su nombre.

Muevo mi atención hacia abajo, donde otra banda de marcas doradas cae por debajo de su cintura. He visto antes destellos de su extensión, pero nunca he tenido la oportunidad de mirar realmente estos caracteres bajos. Incluso ahora, están ocultos a la vista.

Mi mano se mueve a sus pantalones. Peste me atrapa la muñeca, su pecho sube y baja con obvio deseo.

Creo que sabe que esto es diferente. Esta noche es diferente. Una cosa es besarse y admirarse—incluso tocarse—pero otra cosa es perseguir esto.

Me mira por lo que parece una eternidad. Luego, tomando una decisión, se pone en pie. Pienso que aquí es donde me rechaza. Solo que nunca sucede.

Coge sus botas y se las quita. Después las manos del jinete se dirigen a sus pantalones. Duda un instante antes de desatarlos. Todo el tiempo sus ojos están puestos en mí.

Peste se quita la última de sus ropas, dejándolo tan gloriosamente desnudo como el día en que nació... em, fue creado.

Es físicamente difícil mirar su perfección a la luz del fuego. Hace que su piel brille como oro apagado y que sus marcas brillen aún más. Me mira con tanta intensidad.

—No te dije toda la verdad, Hinata.

Lo miro con curiosidad.

—¿Qué quieres decir?

Por un momento, todo lo que oigo es el crujido del fuego. Pareciendo como si llegara a una gran decisión, Peste toma aliento.

—Ese día en el bosque, el día que te encontré, tenía la intención de matarte.

Una buena dosis de mi deseo se amortigua ante su admisión. No hay nada como escuchar a tu novio post-apocalíptico que alguna vez quiso asesinarte para quitarte las ganas Me siento en cuclillas.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? Se arrodilla ante a mí.

—La luz que se filtró a través de los árboles esa noche proyectaba extrañas sombras en tu tienda, y una de ellas era esta. —Toma mi mano y la mueve hacia abajo sobre su pelvis, justo sobre uno de los caracteres curvos. Me cuesta muchísimo mirar la palabra brillante en lugar de dejar que mis ojos continúen hacia abajo.

Acaricio la piel suavemente.

—¿Qué significa eso?

— Misericordia —susurra.

Algo supersticioso me recorre la espalda y me pone la carne de gallina.

—Y entonces no me mataste —le digo, mi mirada encuentra la de él.

—Y entonces no te maté —concuerda, el fuego brilla en sus ojos. Todo este tiempo he estado odiando a Dios, cuando Él (o Ella, vamos a tener igualdad de género aquí) fue lo que impidió que el jinete me matara hace unas semanas.

Y ahora aquí estamos.

Sus manos van a mis pantalones. Duda, probablemente esperando que cambie de opinión. Y tal vez, después de esa admisión debería cambiar de opinión.

Pero no lo hago.

Levanto mi pelvis, inclinando mi cuerpo para ayudarlo a quitarme los pantalones.

Peste lo hace, observando reverentemente cada parte de mi piel expuesta a medida que se revela. Traza un camino con el dedo a lo largo del borde de mis bragas mal ajustadas.

—Deseaba estar convencido de la depravación humana... —dice en voz baja—, pero en cambio, esto.

Sus dedos se enganchan en la ropa interior, y luego me la quita. Y con eso, la última prenda de ropa entre nosotros se ha ido.

Moviéndose agónicamente lento, Peste cubre mi piel. Casi suspiro ante la sensación de su peso y calor contra mí. Mis manos rodean su espalda, deslizándose sobre sus duros músculos. Lo acerco más a mí, sintiendo la presión de su pene atrapado entre nosotros.

Peste El Conquistador no ha probado la conquista en su forma más carnal. No, hasta ahora.

Pone un brazo alrededor de una de mis piernas y la levanta indecentemente. Baja la mirada entre nosotros, y aunque estoy segura de que simplemente tenía la intención de ver cómo se alineaba nuestra anatomía, su mirada se fija en mi centro, y se queda ahí.

Lo que sea que ve hace que su pene se sacuda.

Envuelvo mi mano alrededor de ello, sacando un gruñido de él.

—Hinata, esto está... más allá de las palabras.

Y aún no hemos llegado a la mejor parte.

Lo guío hacia mi apertura. Durante varios agonizantes segundos, se queda allí, inmóvil, absorbiendo el momento.

—Por favor —digo finalmente. Mis manos se mueven hacia la parte baja de su espalda y lo insto a continuar.

— Por favor —repite, dejando escapar una risa dolorida—. Debería negarte, pero no puedo.

Sus respiraciones son cada vez más rápidas, sus ojos azules me penetran incluso mientras su pene comienza a abrirse camino hacia dentro.

Suelto un suspiro ante la sensación de él llenándome. Se siente...sublime.

Peste solo se ha metido parcialmente cuando hace una pausa, su frente cae sobre mi hombro.

Suelta una respiración temblorosa y luego levanta la cabeza una vez más para mirarme a los ojos mientras entra, su expresión es puro éxtasis. Su mirada continúa iluminándose hasta que está completamente dentro de mí.

—Esto es sufrimiento —dice—. Un sufrimiento exquisito.

Dios, tiene razón. Este es el lugar donde el dolor y el placer se encuentran.

Lo alcanzo. Mis dedos rozan su corona, que de alguna manera se las arregló para permanecer sobre su cabeza todo este tiempo.

Suavemente, la dejo a un lado.

Sigue todos mis movimientos pero no protesta.

No puedo creer que esté dentro de mí.

Si antes era impresionante, ahora, tan cerca de mí, es casi insoportable de ver, como intentar mirar hacia el sol.

Lentamente se separa de mí, luego se empuja hacia adelante. Un gemido se escapa de él.

—No puedo ignorar esta sensación... seguramente me perseguirá por todos mis días.

Comienza lento, saboreando cada golpe de sus caderas como yo hago con un buen chocolate. Pero como un buen chocolate, el sabor da paso a la indulgencia. Su ritmo se acelera, y pronto no me acaricia suavemente, sino que me folla con frenesí, sus manos se encuentran con mis caderas y me acercan más y más.

Me mira como si nunca hubiera experimentado algo tan maravilloso.

—Hinata, estoy... estoy en ti. En una parte de ti.

Trago saliva con fuerza.

La idea de que Peste puede estar dentro de mí y tocar algo profundo e íntimo—aunque solo sea en el sentido más físico—debería molestarme, pero definitivamente no me molesta.

De hecho, todo esto se siente dolorosamente correcto, como si este fuera el lugar donde siempre ha pertenecido. Ahueco su mejilla.

—Lo estás.

Trago un gemido cuando su grueso contorno se desliza dentro y fuera de mí, nuestros cuerpos emiten sonidos resbaladizos cuando se juntan.

Inclina su cabeza contra la mía.

—He querido tanto estar así, cerca de ti —dice—. Tan cerca como para sentir tu corazón latir contra mi piel.

Presiono mi mano contra su pecho, justo sobre su propio corazón. Debajo de mi palma lo siento palpitar.

Cierra los ojos ante la sensación. Cuando los abre, brillan con demasiadas emociones.

—No quiero irme nunca.

Yo no quiero que lo hagas tampoco.

Le brindo una suave sonrisa.

—No tienes que hacerlo todavía.

Me mira maravillado mientras me retuerzo debajo de él. Lo aprieto con fuerza, forzando cada uno de sus golpes a ir más profundo mientras mi núcleo se aprieta a su alrededor.

Peste gime ante la sensación, el sonido profundo aumenta mi placer.

Me siento a punto, tan cerca…

—Oh mi Dios —susurro. Quería aguantar más tiempo—. Oh mi Dios, oh mi Dios.

El jinete hace una pausa, mirándome con preocupación.

— No… pares —suplico.

Reanuda con otro empuje tras otro poderoso empuje tras…

Oh. Dios. Mío.

Grito mientras mi orgasmo me toma de repente. Mi espalda se arquea mientras me azota, cegándome brevemente.

Los golpes de Peste se profundizan, hasta que él también llega. Sus cejas se alzan, mirándome con una gloriosa sorpresa mientras se acerca a su clímax.

Siento que su pene se pone grueso, y con un profundo gemido, se viene dentro de mí. Mi cuerpo tiembla ante la sensación.

Me mira, embelesado, mientras sus golpes disminuyen gradualmente.

—Eso fue... —Dice una palabra que susurra a lo largo de mi piel, y es como si Dios estuviera en la habitación con nosotros por un breve instante.

Angelical, cualquiera que fuese la palabra, se habló en idioma Angelical.

—¿Qué significa eso? —pregunto, consciente de lo reacio que ha estado de compartir su lengua materna conmigo.

Peste me da una mirada profunda.

— Celestial. Eso fue celestial.

La Historia tiene la Finalidad de Entretener.

Continuará...