Este Fic es una adaptación del libro "Conspiración en la noche" de Jezz Burning la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Troll mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 18
El cómo llegaron hasta aquel lugar era algo que le sería totalmente imposible de explicar. Su
mente y su cuerpo sólo respondían a las urgentes demandas de Ichigo. Ni siquiera supo el
momento en que el motor dejó de rugir y los jadeos de ambos reinaron en aquel espacio
cerrado y oscuro.
Los ojos del sueco parecían iluminados y la desesperación con que la acariciaba encendía en
ella la ardiente necesidad de complacerlo. Los dedos se convirtieron en garfios que arrancaron
las ropas que los cubrían. Y llevados por aquella tempestad que los envolvía con un hambre
voraz se abrazaron, abandonando la montura de cualquier forma.
Ichigo la alzó sin esfuerzo y ella rodeó su cintura con las piernas, anclándose a él con firmeza,
como lo haría alguien arrastrado por una fuerte corriente a una roca. Los alientos se mezclaron
y confundieron. Los labios danzaron con un rápido y complejo ritmo, saboreando la
anticipación del placer que deseaban ofrecerse mutuamente. No hubo victorias ni rendiciones,
sólo una acuciante necesidad de agotar cualquier recurso para satisfacer al animal que rugía en
el interior de ambos.
Ichigo lamió con aspereza el cuello de la hembra y la levantó un poco más para capturar uno de
sus pechos con la boca, succionando sin delicadeza. La llevó en volandas hasta una pared
cercana. El deseo era tan salvaje que no calculó el impulso y Rukia se golpeó la espalda
contra ella. No había tiempo para la ternura ni los mimos, ni ninguno de los dos los quiso. Allí,
ayudado por aquel punto de apoyo, el licántropo pudo mantenerla en alto con un solo brazo y
dedicó el otro a reanudar el trabajo de dejarla completamente desnuda. Un destello verde
escapó de sus ojos por una décima de segundo cuando por fin consiguió tenerla a su merced.
Rukia cerró los puños entorno al cabello del sueco mientras éste apretaba la mandíbula con
fiereza y, lanzando un rugido gutural, se hundió en ella con ferocidad. El latido que sentía en el
vientre se intensificó, amenazando con hacerla explotar de placer. El sonido de sus jadeos los
envolvió como música. Las lenguas se acariciaron con intensidad tratando de extraer el sabor
más íntimo de cada uno. Sus cuerpos se agitaron con fuertes espasmos, buscando la cúspide
de aquella escarpada montaña, en una alocada carrera sin aliento, tratando de llegar hasta la
cima en primer lugar.
Un rumor apenas perceptible entre aquel dúo magnífico de gemidos se coló subrepticiamente;
un insignificante ruido deslizante; un siseo casi inaudible causado por la velocidad de la garra
de Ichigo, proyectada para hacer diana en el pecho del licántropo que creían huido, no
interrumpió en ningún momento la tremenda sucesión de suspiros entrecortados que
emergieron de la garganta de ambos cuando llegaron al orgasmo.
Rukia se desplomó sobre él, jadeando, notando todavía pequeños y placenteros estallidos en
forma de leves convulsiones en el sexo, totalmente ajena al ataque repelido por su amante. Sólo
cuando hubieron cesado, Ichigo arrancó el corazón del sibilino licántropo. El cuerpo del muerto
cayó sobre el pavimento adoptando una forma grotesca que apenas mereció una mirada de
desprecio.
XXX
—¿Qué? —La potente voz de Ichimaru acompañada del estrepitoso puñetazo que descargó sobre
la mesa, estalló en los oídos de los pocos licántropos que habían vuelto con vida de la
persecución.
—Señor, hicimos... —comenzó uno de ellos, aunque interrumpió sus explicaciones ante la
mano alzada de su comandante.
Ichimaru rodeó la mesa para eliminarla como obstáculo entre ellos. Los ojos le escocían
terriblemente y las uñas comenzaron a alargarse tomando el aspecto de garras con rapidez.
Dándoles la espalda, apoyó las manos en la superficie intentando calmarse. No podía perder el
control delante de sus subordinados, pero...
El charlatán volvió al ataque interpretando el gesto como una invitación.
—Es muy astuto y...
El desdichado no pudo terminar la frase. La garganta se le llenó con la sangre espesa que brotó
inmediatamente por entre sus labios gorgoteando espeluznantemente antes de caer al suelo
con el pecho abierto.
Ichimaru miró al resto mostrando el aún palpitante corazón del soldado en su zarpa.
—Éste es el destino que le espera al próximo que se atreva a contravenir mis órdenes —
sentenció mientras dejaba caer el sangrante órgano a los pies de los dos licántropos que lo
observaban con el rostro imperturbable.
Caminó alrededor de ellos lentamente. Pensando cada palabra. Su primera intención había sido
matarlos a todos, terminar con quienes habían fracasado en la misión encomendada.
Licántropos buenos para nada. Hubiera sido mucho más honorable para ellos terminar muertos
durante la operación, caer en combate. Era evidente que él mismo tendría que tomar las riendas
para terminar con el maldito sueco del demonio. Sus entrañas se retorcieron como tocadas por
el ácido de aquel pensamiento corrosivo. Odiaba al sueco con todo su ser y jamás encontraría
el descanso hasta cumplir con su venganza. Debió matarlo con sus propias manos horas antes,
cuando lo había tenido frente a frente, en lugar de respetar el código militar y dejar el trabajo
para aquel atajo de inútiles. No volvería a ocurrir. Se encontrarían de nuevo. Y entonces, se
encargaría de dar muerte al insurrecto y a su putita.
—No voy a tolerar excusas. No voy a permitir que algo como lo que ha sucedido se vuelva a
repetir. No quiero perros rastreadores, ¡quiero guerreros! ¡Quiero lobos que ejecuten un ataque
efectivo! ¡Mi unidad debe ser de exterminadores! ¡Y este edificio, infranqueable! ¿Está claro?
—¡Sí, señor! —exclamaron.
—No volverá a mencionarse ni una sola palabra sobre esto. Nuestra derrota, ni el asalto del que
hemos sido objeto, deben ser conocidos fuera de las alambradas que rodean este complejo —
ordenó.
Ichimaru volvió a tomar asiento frente a su mesa, intentando centrarse en los documentos que
tenía ante él.
—¡Lárguense antes de que cambie de parecer y mande cocinar sus hígados para comer! Y
llévense ese despojo —bramó sin molestarse en mirarlos.
Mantuvo la postura a fuerza de determinación hasta que estuvo seguro de estar solo. Entonces
y sólo entonces, dio rienda suelta a la rabia generada por la impotencia que bullía en sus venas
y lanzó la mesa metálica contra la pared opuesta con la furia de un ciclón. Después cogió el
abrigo del colgador y se marchó rumbo a su guarida. Debía contactar con el ingeniero. El arma
que había diseñado acabaría con la plaga sueca que amenazaba su destino de riqueza y poder.
XXX
Dejó atrás las máquinas dormidas después de la jornada laboral, acercándose a la puerta mal
disimulada al final de la sala. Nada más abrirla, un olor a tierra húmeda asaltó su olfato
provocándole un ataque de estornudos que se obligó a contener. Echó un vistazo. Allí todo
estaba en silencio.
Se había encargado de dos guardias que rondaban la planta superior, y estaba segura de que
allí habría más. El más mínimo ruido podría alertarlos. Haciéndose con una pequeña bobina de
hilo gastada, de todas las que había por el suelo, se coló por el hueco lenta y silenciosamente,
usando el cilindro de plástico para interponerlo en el cierre. No podía permitirse el lujo de dejar
que la puerta se cerrara sin saber si después podría abrirla para escapar. Un colgador del que
pendían trajes, guantes y máscaras negras le dio la bienvenida al dejar ir el batiente con
cuidado. Las examinó detenidamente, había todo lo necesario para ocultar la identidad de quien
las vistiera además de evitar un posible contagio o intoxicación. En el suelo, una bombona
provista de una pequeña manguera de aspersión casi la hizo caer.
La expectación por saber qué demonios había allí dentro era tan acuciante que casi prescinde
de ponerse aquellas ropas. La impulsividad jamás era buena consejera. Se tomó el tiempo
necesario para enfundarse traje, guantes y máscara antes de continuar. Ya lista, se adentró en
el pasillo que discurría a su izquierda.
Lejos de allí, tras la puerta que había cruzado, todo estaba bien iluminado, pero no podía decir
lo mismo de aquel lugar; alicatado en gris y con pequeñas bombillas mal colgadas cada muchos
metros. Caminó por el estrecho corredor alerta ante cualquier posible sorpresa. Justo cuando
comenzaba a pensar que todo estaba desierto, el chasquido de una cerradura aceleró el ritmo
de su corazón.
Trató de abrir una puerta contigua sin conseguirlo. Aprovechó la buena distancia entre el techo
y el marco superior de las puertas para saltar y quedar suspendida en el aire sólo por la fuerza
de sus brazos y piernas, apuntalados contra las paredes. Desde su elevada posición, observó la
salida de un humano. Éste se entretuvo en cerrar la puerta a su espalda. «Bien», pensó, nadie
más había dentro. Probablemente era el último en retirarse.
Cuando el hombre hubo dado los primeros pasos hacia la salida, pareció cambiar de opinión y
se detuvo. Rukia se preparó para atacar, deseando que el tipo continuara su camino sin más.
Jamás le había gustado segar vidas innecesariamente, pero si dejarlo vivo significaba un
peligro para ella, no dudaría en arrancarle el corazón. Además encontrar un humano trabajando
para licántropos sólo podía significar una cosa: debía de ser la clase de desgraciado que
vendería su alma al diablo por un poco de poder en forma de maldición. Si no lo mataba
terminaría convertido en uno de aquellos inmundos Infectados. En el mismo instante en que ese
pensamiento cruzaba por su mente, recordó la puerta que había dejado entreabierta para
facilitarse la huida.
«Mala suerte, tío», se dijo antes de saltar sobre él y partirle el cuello rotándoselo con un
movimiento seco.
Eliminada la amenaza, continuó hacia delante. En el último giro encontró una nueva puerta, esta
vez equipada con una cerradura de seguridad por láser. Volvió sobre sus pasos hasta el cuerpo
del caído y rebuscó entre sus ropas. Los ojos risueños del hombre la miraron desde la
fotografía de una tarjeta identificativa, provista de un código de barras.
—Está bien, doctor Larsson —murmuró girando la tarjeta entre los dedos—. Espero que no
tengas el acceso restringido.
De nuevo frente a la puerta pasó la tarjeta por el lector. El pequeño diodo continuó mostrándose
rojo durante un segundo más, antes de cambiar al verde intenso. ¡Bingo!
Si había pensado que el olor a humedad era fuerte varios metros atrás, ahora resultaba
insoportable y se alegró de que la mascarilla filtrara considerablemente el aire que respiraba.
Bajó por una escalera interrumpida varias veces por descansillos con más puertas a ambos
lados. La curiosidad por saber qué escondían en las entrañas de la tierra era mayor con cada
paso que daba. Por fin los escalones terminaron en una nueva puerta y Rukia realizó el mismo
ejercicio de enseñar al lector el código de barras de la tarjeta.
«Buenas noches, doctor Larsson. Recuerde no violar la distancia de seguridad.» La inesperada
grabación hizo que Rukia llevara la mano hacia el arma que colgaba de su muslo, extrayéndola
de la cartuchera en el acto. Abrió la puerta con el dedo sobre el gatillo. El martilleo de sus
latidos casi le impedía oír algo más. Agachada y totalmente concentrada examinó el lugar antes
de entrar.
La mala iluminación continuaba también allí, además del penetrante olor a humedad. No
obstante, el color grisáceo que reinaba atrás daba paso al blanco más impoluto. A la derecha
pudo entrever un enorme foco y, bajo éste, una camilla de grandes dimensiones armada en
grueso acero y unos buenos kilos de cadenas a los pies. Junto a todo ello, sobre una mesa del
mismo material, descansaban varios instrumentos quirúrgicos y tubos de ensayo.
Anonadada ante el inesperado quirófano giró la cabeza hacia la izquierda para encontrar una
nueva camilla de igual tamaño sobre la que descansaba otro montón de cadenas. No podía ver
el fondo de la sala pero sí oír un constante goteo y bajo éste, lo que se le antojó una respiración
lenta y entrecortada. Sin soltar el arma, empleó la mano libre para encender la linterna. Barrotes.
¿Una celda? En el suelo una línea roja marcaba la distancia de seguridad.
Ignorándola, se acercó despacio, iluminando cada recoveco. El calabozo estaba excavado a
metro y medio por debajo del nivel de la sala y no había sido alicatado como el resto. De allí
provenía el fuerte olor. Sólo cuando estuvo junto a la jaula pudo ver lo que contenía, esa visión
la horrorizó. Su interior se revolvió asqueado, rechazando aquello.
Allí había un licántropo, o lo que una vez fue un licántropo, pues a primera vista parecía más
muerto que vivo. Lo observó, recorriendo todo su cuerpo con el haz de luz. Sus pies estaban
hinchados y amoratados por la mala circulación sanguínea. Los tobillos y muñecas sujetos con
gruesos grilletes. El cuerpo estirado sobre un manto pedregoso que la humedad se había
encargado de cubrir ligeramente con el verdín herrumbroso del moho. Sucio y descuidado, el
rostro de un hombre de avanzada edad, encubierta su identidad por una espesa barba,
descansaba en una esquina cercana a los barrotes. Una gruesa argolla rodeaba su cuello y un
goteo constante de agua le caía sobre la frente. ¿Qué horrendo pecado había cometido el
licántropo para ser castigado de aquella forma espantosa? Sin duda era preferible morir. Habría
sido un piadoso descanso para semejante tortura.
Creyéndolo de todos modos al borde de la muerte, Rukia le apuntó al corazón para otorgarle el
reposo definitivo. Ningún licántropo merecía terminar el resto de sus días sufriendo aquel
calvario.
—Hazlo. —El susurro llegó hasta ella cuando acariciaba ya el gatillo del arma para disparar.
—¿Puede hablar? ¿Puede moverse? —preguntó abandonando la idea y, apartando el punto de
mira del cuerpo, lo enfocó con la linterna.
Rukia, segura de no correr riesgo biológico, se quitó la máscara para mirar sin estorbos al
licántropo. Tenía abiertos unos ojos oscuros que la miraban con una dulzura que la impactó.
—No... —respondió con dificultad.
Algo se removió dentro de ella. Era necesario apartar aquel inclemente goteo de su cabeza. Si
llevaba tanto tiempo allí metido como aparentaba, debía estar al borde de la locura. No
imaginaba lo que suponía estar sometido a aquel tormento.
Recordando los utensilios que había visto en la sala, echó un vistazo a su espalda, buscando
algo que recogiera el agua.
—Vuelvo enseguida —le dijo.
Vació un recipiente que contenía bisturíes y pinzas sobre la blanca sábana que cubría una de
las camillas y lo miró con ojo crítico. Eso serviría. Volvió nuevamente junto a él, colocando la
linterna de modo que alumbrara el interior de la celda y pasó los brazos entre los barrotes para
llegar donde se iniciaba el goteo. Se estiró todo lo que pudo, incluso clavó las puntas de los
pies en el suelo para apretarse contra la celda ganando así algunos milímetros más, tanteando y
buscando un lugar donde colocar el receptáculo. Sus dedos rozaron un saliente en la pared. La
postura le dificultaba la visión pues, para poder alcanzarlo, la obligaba a mantener la mejilla
aplastada contra las barras y los brazos completamente estirados. Sus ojos giraron para echar
un rápido vistazo al preso que le devolvió la mirada con una mezcla de gratitud e impotencia.
Con un último empujón, que produciría más tarde una fea rojez en el rostro, consiguió poner el
recipiente en el lugar adecuado. Se sentó, apoyando la espalda un momento contra los barrotes
y soltó el aliento que había contenido durante la penosa maniobra.
—Gracias —murmuró el prisionero.
—No las merece —respondió.
Un millón de preguntas se agolpaban en su cerebro, exigiendo respuestas. Quién era ese
licántropo, por qué lo mantenían preso y ¡en esas condiciones! Qué imperdonable falta había
cometido para merecer aquel tratamiento. Pero sobre todo, a qué se debía el secretismo y las
altas medidas de seguridad que rodeaban al recluso.
—¿Quién eres? ¿Por qué te encerraron de este... —la repulsión que sentía ante la tortura logró
que le costara terminar de formular la pregunta— ...modo?
—Mi nombre es Isshin.
No. No podía ser. Isshin había muerto junto a su esposa hacía siglos, antes de que ella misma
naciera, en el asalto al castillo de Skokloster organizado por Infectados. Aquel hecho produjo
grandes desastres entre la organización de los licántropos.
El Consejo tuvo que reunirse de forma urgente y extraordinaria para hacer frente a la tremenda
situación y buscar soluciones. Fue entonces cuando se crearon las cámaras que velarían por el
bienestar de los licántropos y regularían mediante comisiones de estudio e investigación, la
economía y cada uno de los ámbitos necesarios para mantener una estructura sólida que
ofreciera a la raza la seguridad que necesitaba para subsistir con el secreto que los rodeaba.
—Mientes. Isshin murió.
—Eso os hicieron creer... —el licántropo hablaba con muchísima dificultad, pero pudo ver en
sus ojos que comenzaba a recuperar parte de su energía—, pero no es cierto. Ellos son los que
mienten.
—¿Quiénes son ellos?
—Aizen y los suyos.
—No puede ser. Aizen es un alto cargo del Consejo que...
—Que se alzó en su posición justo cuando se anunció mi muerte —terminó. Rukia trató de
buscar una explicación—. ¿Acaso mostraron el cuerpo? ¿Se tomaron la molestia de investigar
el crimen? ¿Ofrecieron pruebas?
—No. Pero...
—No hay peros, muchacha. Mataron a mi esposa, mi dulce Masaki. —Isshin sollozó al
mencionar el nombre—. Todo por no hacer caso a mi hijo. Él me avisó y yo no quise escucharlo.
Cuando supe lo que se fraguaba a mis espaldas ya fue demasiado tarde para mí y mi esposa.
Intenté protegerlo otorgando a mi súbdito, Einar, un salvoconducto para que llevara lejos de
estas tierras los documentos que hablaban sobre su nacimiento y poder. Sólo agradezco a los
dioses que permitieran a mi hijo huir antes del desastre, eso lo mantuvo con vida.
Mientras el preso trataba de recuperar el aliento por el esfuerzo de ofrecer tantas explicaciones,
Rukia apenas daba crédito a lo que oía. Algo le decía que cuanto le contaba aquel torturado
licántropo contenía algo de verdad. Era imposible saber en qué proporción, pero ciertamente la
versión ofrecida por el Consejo sobre la muerte de Isshin y Masaki cojeaba en varios
aspectos. Y su alcurnia y palabras daban respuesta a las medidas tomadas para mantener en
secreto aquel secuestro. No obstante, jamás había oído hablar de ese hijo al que mencionaba.
—Ningún escrito o documento menciona que tuvieras un hijo —afirmó aún reticente a creer.
Isshin cerró los ojos por un segundo.
—Sí lo hay, pero como he dicho lo mandé lejos de las manos de Aizen. Así es como
mantuvimos el secreto de su nacimiento al grueso de la raza. Pero algunos miembros del
Consejo, ese maldito Aizen, lo acabaron descubriendo —se lamentó.
—Si es cierto que eres Isshin, es imposible que tengas un hijo. Tu pureza y la de tu esposa lo
impedían.
—Fue un regalo de los dioses concedido durante el único momento en que los licántropos
pierden su poder y así su maldición queda inactiva, un eclipse. —Rukia abrió los ojos como
platos ante la revelación—. El único descendiente entre dos Puros. El Hati. Él es la clave.
Terminará con el reinado en la sombra de ese tirano. Y logrará la unión de toda la raza para
hacerla poderosa e invulnerable.
»(...) El sol no calentará más, y la tierra se sumirá en un frío y violento caos. Tres inviernos
seguirán sin sus veranos, y los hermanos se matarán entre sí por envidias y las batallas estarán
a la orden del día. No se respetará ni al padre ni al hijo, ni en las matanzas ni en el incesto —
recitó Isshin.
—... Después de la persecución perpetua, que se ha llevado a cabo desde la creación del
universo, el lobo Skoll y su hermano Hati finalmente devorarán a la diosa Sol y a Mani, la luna.
Las estrellas desaparecerán de los cielos, sumiendo a la tierra en oscuridad. Y en estos tiempos
cuando toda unión se romperá, la cadena y cada uno de sus eslabones serán destruidos —
continuó Rukia.
—Es agradable saber que los jóvenes también conocen la leyenda.
Ichigo la contempló durante más de una hora mientras Rukia se agitaba en sueños. Pronto
obtendría los datos que necesitaba, ella los guardaba en su cerebro para él. Para entregárselos.
Supo que había encontrado a Isshin desde el momento en que tuvo su primera pesadilla.
Echó un nuevo vistazo a la cicatriz que la Pura mostraba en el costado. Sanaba perfectamente y
con rapidez. La última mirada fue hacia la puerta, cerrada a cal y canto para impedir la entrada al
pequeño «gremlin» que había viajado en la alforja de su moto.
Trece ya lo molestó bastante mientras se deshacía del cuerpo del tipo que consiguió seguirlos y
colarse en su guarida sin invitación. Ahora, arañaba la puerta repetidamente mientras Rukia
dormía. Por más que pensara en ello, jamás entendería la razón por la que Rukia se mostraba
tan protectora con esa mutación perruna.
Puso los ojos en blanco por un segundo y relajándose sobre la almohada, cruzó las manos bajo
la cabeza. Se permitió cerrar los ojos cuando Rukia abandonaba la inquietud de sus recuerdos
tan arduamente desenterrados y trató de dormir un poco antes de enfrentarse a lo que vendría
unas horas más tarde, con su despertar.
