Capítulo 7

NA: Me disculpo por quizás serias faltas de ortografía en este capítulo, pero no le di las revisadas necesarias (los "perreos" intensos de mis vecinos apenas y me dejan pensar).

¡Disfrútenlo!

En las noches insomnio es cuando casi siempre nacen excelentes ideas para iniciar o ya sea continuar un libro, para darle el arranque o punto final a algún proyecto laboral, también para empezar un logro personal, amoroso o familiar.

Esa noche mientras su familia dormía a su lado en esa pequeña habitación de motel, Sam tenía un insomnio que ni aun así contase mil ovejas se haría de una pizca de sueño. Así que, plagado de insomnio y con una mente muy hiperactiva tuvo la idea de hacer contar cada momento de lo que le quedase de vida.

Quizás el no dormir no era lo peor, no, lo peor era estar despierto para escuchar por más de dos horas los ronquidos de su padre y el traqueteo de la cama de su hermano mayor.

Sam tenía dieciocho años y se percató que había hecho tan poco con su vida que era alarmante, y más aún si estaba a cuatro años de colgar los tenis.

Sin saber porque, Sam no se había permitido salir de los límites de la vida de cazador, y en ese momento de vela sintió que necesita más en su vida. El sintió que necesita vivir antes de morir.

Dean siempre se burlaba de su manía de hacer listas para todo. Listas para el supermercado, listas para llevar mejor un caso, listas para clasificar sus pertenecías.

La lista que tenía planeado hacer no podría ser del conocimiento público, ya que, levantaría una que otra pregunta difícil de responder.

Cada una de sus listas siempre estaban nombradas, pero esta se vería tétrica y deprimente si tuviese un nombre.

Conforme el cielo oscuro se iba aclarando con los tenues colores del amanecer, Sam se dio cuenta que no quería morir sin haber realizado algunas cosas, algo así como sus sueños o propósitos por cumplir, solamente que ahora el tiempo estaba en su contra, y eso había sucedido gracias a su obsesión por encontrar una salida del infierno.Había desperdiciado tanto tiempo valioso buscando una salida a algo inevitable.

A eso de las cinco de la mañana dejó de rogarle al sueño por su llegada y se vistió y salió a conseguir el desayuno de su durmiente familia. Además, esa salida la necesitaría para despejarse la cabeza.

Era curioso cómo se apreciaban más las pequeñas cosas de la vida cuando se sabe que vas a morir. A pesar de estar muchas madrugadas en vela por la investigación y la cacería, Sam nunca se había detenido a mirar como el cielo nocturno era desplazado por las tenues luces de una débil mañana. Una pequeña sonrisa surcó su rostro al percatarse que había dejado la chaqueta en la habitación y que el viento helado de la madrugada le hacía sentir más vivo que nunca ante cada estremecimiento.

Con un delicioso desayuno de café, beicon, huevos y unos panecillos de una repostería muy pintoresca, Sam decidió volver al motel, después de todo ya había pasado una hora y no quería imaginarse que pasaría si Dean despertase y no le viese por la habitación.

Tenía razón, lo que necesitaba era despejar la mente. Al volver a la habitación encontró todo como lo había dejado. Sam colocó la bolsa de los desayunos sobre la mesa, la dejaría cerrada, así conservaría calor.

La idea era volver a la habitación y sentarse en la cama a esperar a que su familia fuese despertando para llenar el silencio de su cabeza. Se desvistió hasta quedar en ropa interior y una camisa, luego se acostó y optó por cerrar los párpados unos segundos, no es como si fuese a dormirse.

—Hey, Sammy! ¿Estás bien? —Dean no se pudo contener y se vio en la necesidad de despertar a su hermano, necesitaba verlo despierto sin importar que tal acción le pusiese de mal humor.

—Sí, ¿por qué? —intentó levantarse pero su cuerpo aún se encontraba aturdido por el sueño y solamente logró inclinarse sobre un codo y luego dejarse caer de espaldas.

—¿Quieres dormir más? —preguntó viendo el obvio cansancio de Sam.

—¿Más? —frunció el ceño algo dormido—. ¿Cuánto dormí? ¿Qué hora es?

—¿Café? —ofreció Dean.

—Eso no se pregunta —Sam se sentó automáticamente en la cama y tomó la taza ofrecida y dio una profunda inhalación al vapor—. Extrañaré el café cuando me vaya.

—¿Irte, a dónde? —Dean preguntó mirando brevemente a la bolsa de lona de Sam, tirada en una esquina de la habitación. Por un segundo el recuerdo de la carta de aceptación acudió a su cabeza y temió que Sam hubiese cambiado de decisión.

—Es solamente una expresión —comentó con un leve encogimiento de hombros, la verdad es que extrañaría muchas cosas además de su droga favorita.

Sam dio un rápido vistazo a la habitación y se dio cuenta que su padre no estaba a la vista y que además era mucha la claridad que se filtraba por la ventana.

—¿Dónde está papá? —preguntó Sam algo distraído mientras bebía su café.

—Salió a comprar el almuerzo.

—¿Almuerzo, pero si yo traje el desayuno o lo habré soñado? —murmuró, levantándose de la cama para ir a dejar la taza a la pila.

—Es medio día, dormilón —Dean sonrió ante el gruñido que soltó su hermano ante el mote—. Y con respecto al desayuno, ¿por qué diablos sales a esas horas de la madrugada? ¿acaso no te das cuenta que es peligroso, de cuantos monstruos hay allí afuera?

—Siempre es peligroso, Dean, ya sea de día o de noche —Sam le restó importancia al comentario de su hermano, cosa que Dean lo tomó con enfado.

—No te lo tomes a broma, Sam. Es estúpido exponerse más aún si se conoce la existencia del peligro allí afuera —dijo Dean con el rostro serio.

—De acuerdo, este es el momento de apagar tu radar de madre preocupada. Fue solamente un desayuno y no era media noche. Además, ¿recuerdas que yo también soy un cazador y que se defenderme?

Dean tuvo la decencia de parecer un poco avergonzado por su arrebato de madre gallina, pero era algo que no podía evitar, estaba escrito en su ADN el cuidar y preocuparse por su hermano pequeño.

—Lo sé, y lo siento —Dean suspiró—. Solamente me preocupo algunas veces de más por ti.

—¿Algunas veces? —bufó con burla.

—Bueno, casi siempre ¿feliz?

—Mucho —Sam sonrió victorioso, pero antes de entrar en el cuarto de baño para tomar una ducha se sintió en la necesitada de agregar algo más—: Mira, sé que te preocupas, pero tienes que dejar de hacerlo, no siempre lo conseguirás.

—¿Conseguir que? —inquirió Dean desconcertado.

—Protegerme —respondió como si fuese lo más obvio del mundo, ganándose una mirada de desaprobación de su hermano.

—¿De qué hablas? Sabes que mientras yo viva nada malo te sucederá —Y allí estaba otra vez, Sam y sus pensamientos extrañamente deprimentes y maduros.

—La vida no funciona así, Dean. Cosas malas pasan solamente porque si y no se pueden evitar, y sin importar cuanto te esfuerces no hay manera de cambiar el curso, y a veces únicamente nos queda la resignación —dicho eso Sam se metió al baño.

Dean se quedó de pie mirando la puerta del baño, un sentimiento extraño se instaló en su pecho. Algo le decía que esa charla se había desviado del tema inicial del de la salida en la madrugada. Por un segundo, tuvo la impresión que Sam se estaba refiriendo a su propia vida a un destino final en su historia, y Dean temió lo peor por el tono en el cual su hermano menor decía que era inevitable el poder protegerle.

Conforme los días seguían su curso, la lista de cosas por hacer de Sam había crecido exponencialmente desde pequeñeces sin importancia hasta cosas grandes y descabelladas. Sin darse cuenta esa hoja de papel se había convertido en su segunda adicción.

No fue un secreto para su familia el hambre de mundo que Sam expresaba esas últimas semanas, John lo atribuyó a la edad, al espíritu adolescente de su hijo. En cambio Dean se lo tomó con cierto recelo, no que no le gustase ese Sam espontáneo, feliz y despreocupado, pero era muy bueno para ser cierto.

Las ideas de su hermano menor llegaban como gotas de lluvia, una tras otra. Y ese fin de semana no había sido la excepción. Ciertamente Sam había estado muy caprichoso y Dean siempre había estado feliz de complacer sus peticiones, pero esa petición estaba de más.

—¿Qué quieres que? —Dean miró entre alarmado y sorprendido a su hermano menor.

—Ya me oíste, quiero ir un bar a beber algo —volvió a explicar como si su hermano fuese lento y no entendiese algo tan sencillo—. Así que, ¿por qué no nos vamos ahora?

Sam preguntó tentativamente aunque el ceño fruncido en el rostro de Dean le anticipaba la respuesta. Afortunadamente su padre estaba en una caza con Bobby, porque si no ya podría imaginarse el alboroto que hubiese armado su pequeña y completa familia, seguramente los gritos y las réplicas se hubiesen escuchado hasta el siguiente estado.

—¿Si recuerdas que eres menor de edad? —mencionó Dean, devolviendo a Sam al presente.

—¿Y eso cuando te detuvo? —Mucho antes de contestar, viró los ojos en blanco, riendo divertido ante el comportamiento de Dean.

—Es distinto —Se escudó el mayor, deseando que las cosas fuesen como antes y que su palabra de hermano mayor volviese a ser la ley.

—¿Porque es distinto? —Sam se cruzó de brazos, sabiendo que seguramente se veía como un chiquillo remilgoso.

—Porque sí y porque lo digo yo. Además, ya es tarde y mejor que te vayas metiendo en la cama en vez de andar pensando tonterías —casi estuvo tentado de decirle que se fuese a acostar porque el día siguiente tendría clases, pero su hermano ya se había graduado de la secundaria.

—Pero, Dean —Sam fue interrumpido a media protesta.

—Nada de peros, Sam —sentenció Dean, cortando de lleno cualquier posible suplica.

—Estas siendo injusto conmigo —Sam protestó con enfado.

—Entonces deja de ser tan infantil —Dean subió su tono de voz al ver que Sam aún seguía insistiendo y protestando. ¿Es que acaso Sam no se daba cuanta que el únicamente quería lo mejor para su vida? Y estaba claro que ir a desperdiciar una noche en bar no era lo mejor.

—¿Infantil? —Sam soltó con aire indignado.

—Sí, infantil al querer ir a un maldito bar.

Dean sabía que estaba siendo un hipócrita en toda ley, ya que, desde que él había cumplido los diecisiete años ya estaba yendo a bares y teniendo sexo con cada camarera que viese dispuesta, pero una cosa muy distinta era él y otra era su hermano menor. Sam era mejor que esa vida de moteles baratos e hígados cirrosos.

—Corta ya el cordón, Dean, que si no te das cuenta ya no soy un niño, tienes que dejarme crecer —insistió Sam, queriendo cortar la extrema dependencia que se tenían entre ellos. Quería que fuese menos difícil su partida.

—Y aquí viene otra charla de existencialismo de vida por Samuel Winchester —bufó Dean. Ciertamente su hermano había estado muy expresivo con respecto a la vida y la muerte.

—Jódete —le gritó Sam. Optó por darle la espalda a su hermano e irse a la cama.

Si tan solamente Dean supiese que esas "charlas" se las daba para irlo preparando poco a poco a una vida sin él, a que su existencia no dependiera de que su hermano menor lo necesitase o no. Si Dean supiese el porqué de sus charlas y peticiones seguramente correría como pollo sin cabeza.

Dicen que la ignorancia es felicidad, claro que Sam no cree que sea así, pero viendo a Dean haciendo rabietas por insignificancias era mejor que verlo seguramente sumido en un pozo de dolor y desesperación al saber que su hermano iría al infierno sin posibilidad de poner freno a su destino.

La noche cayó y Sam optó por ignorar a su hermano, y Dean estaba bien con eso, sabiendo que a la mañana siguiente los rencores absurdos serian olvidados como siempre.

Dean debió de haberlo previsto, su hermano era tan terco como su padre y todos saben que esos dos tenían la cabeza tan dura como el acero y no se tomaban con facilidad una negativa.

La única razón por la que se percató fue por la necesidad de vaciar su vejiga, a oscuras pasó frente a la cama de su hermano, pero no le tomó importancia al montículo de sábanas. No supo si fue por un presentimiento o una acción básica de su rutina de madre gallina, pero al encender la luz para comprobar que todo estuviese bien fue que supo que nada lo estaba.

—¡Maldición, Sam! —profirió al ver que solamente habían sábanas en la cama de su hermano.

Una sonrisa despreocupada salió del rostro del castaño al recordar que una vez había escuchado a uno de sus tantos compañeros de clases decir que en lo referente a la autoridad familiar era mejor pedir perdón que pedir permiso. Además, él ya tenía dieciocho años y lo seguían tratando como a un niño de ocho.

Su fuga había resultado la mayor adrenalina de su vida, mas allá de las cacerías raras y peligrosas, ya que, escapar a media noche de su celador era algo serio. Una vez que hubo salido de la habitación no se detuvo a saborear su victoria sino que trató de poner la mayor distancia posible entre él y su hermano.

Al llegar al bar había pedido una cerveza, no sin tener que mostrar su identificación falsa donde decía que tenía veintiún años, cosa que si fuese verdad se estaría chamuscando el trasero en vez de estar bebiendo.

Los minutos habían pasado, transformándose en horas rápidamente. Sam no tenía idea exacta de cuánto había estado en ese sitio ni de cuánto había bebido, solamente comprendía de primera mano el por qué su padre, Bobby y todo aquel cazador que cargarse con una pérdida a sus espaldas bebía tanto.

El alcohol trabajaba como una curita mágica, distorsionaba tanto la mente que todo problema desaparecía. Quizás no es que en el mundo hubiese muchos alcohólicos, sino muchas personas buscando unos minutos lejos de sus propios pensamientos dolorosos.

Sam decidió que era tiempo de parar de beber cuando la realidad empezó a girar en torno suyo. De hecho era increíble que a esas alturas Dean no hubiese irrumpido en el bar para ponerlo sobre su hombre y cargarlo al motel como un costal de papas.

Sam sabía que su pequeño acto de rebeldía era estúpido y arriesgado, pero no podía no sentirse bien al estar allí, lejos de cualquier persona que le conociese, siendo solamente un adolescente que se había pasado de listo con unas cuantas copas. Era liberador poder quitarse el título de cazador y menor de la familia, era reconfortante darse unos minutos de olvido de su destino, irse a dormir la borrachera sin el temor de que un día se despertaría sabiendo que ese sería el último.

Después de pagar su último trago se dirigió con paso tambaleante hacia los sanitarios, podia sentir que en cualquier momento su vejiga terminaría cediendo a la presión, y la idea de mearse en su primera borrachera era tan vergonzosa que le dio igual que en una esquina por los urinarios hubiesen dos hombres follando como si la vida se les fuese en ello. Sin tratar de irrumpir sus negocios de placer, Sam se metió en uno de los baño y cuando su vejiga estuvo vacía se lavó las manos y salió de allí con toda la rapidez que sus piernas le permitieron.

La idea de salir a refrescarse sonó tan bien que cuando el aire fresco de la noche le dio en la cara supo que entre su estupor alcoholizado que su idea había sido como una bofetada para sus pocos sentidos sobrios. Todo el alcohol que había ingerido se acumuló y lo revolcó como un fuerte oleaje.

Quizás, Dean si había tenido razón al decirle que no era buena idea, pero ya era tarde para arrepentirse. Y por nada del mundo le daría a su hermano el gusto de que saborease ese tan amado "te lo dije". Seguramente su orgullo estaba por algún rincón de su cuerpo, quizás era minúsculo pero seguía allí y por eso no se mostraría miserable ante su hermano.

Estaba totalmente ebrio, tanto que apenas y podía mantenerse de pie, y entre su aturdimiento sabia con toda claridad que en ese estado no podría conducir y si así lo hiciera, Dean le pondría un grillete al tobillo de por vida, bueno, por lo que le quedase de vida.

Con un suspiro sonando más como un bufido, Sam tomó su teléfono y después del quinto intento de marcar fue que logró dar con el número correcto. El teléfono timbró de forma tortuosa, con cada tono perdido deseó que Dean no contestase, sin importar que eso significase que tuviese que dormir a la intemperie.

Tal y como lo había sospechado, Dean no estaba enojado, no, su hermano estaba hirviendo en furia. Tanto era el enfado de su hermano que al contestar la llamada habló calmadamente y solamente le dijo a Sam que no se moviese de donde estaba y sin más colgó.

Sin darse cuenta en un segundo estaba hablando con su hermano mayor y en el minuto siguiente se encontraba tropezando con su propio desequilibrio y cayendo de bruces al suelo. Por suerte la caída no había sido tan mala como había temido. Después de unos segundos se levantó con una sonrisa tonta en su rostro al pensar en lo arrepentido que estaría el día siguiente, pero eso podría importarle poco en esos momentos mientras se sacudía la suciedad de sus vaqueros.

Mientras esperaba a su hermano, Sam se sentó en el suelo con la espalda pegada a un paredón en el estacionamiento del lugar. La noción del tiempo se le fue mientras miraba el cielo estrellado y mientras su mirada se perdía en esos miles de puntos muertos nació un sentimiento desesperado de querer vivir, de detener el tiempo y nunca tener que escuchar el aullido infernal de los perros del infierno.

Sintiéndose abrumado y un poco mareado por los temores de su futuro ya marcado y el alcohol sobrepasando sus sentidos, cerró los párpados por un segundo, tratando de mantener la bebida en su estómago y no en sus pies. Claramente fueron más que unos segundos los que se había desconectado del mundo, ya que, antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, una mano lo sujetó del brazo con la fuerza necesaria para levantarlo del suelo.

—Tranquilo, soy yo —Dean calmó a su hermano al ver el pánico escrito en su mirada—. ¡Con un demonio, Sam! ¿Acaso te bebiste todo el maldito bar?

—Me asustaste —logró balbucear Sam. Ignorando la pregunta de su hermano, solamente podía pensar en que casi se le salía el corazón a causa del susto y bueno, que sus ganas de vomitar habían aumentado.

—Conozco el sentimiento —gruñó, arrastrando a su pesado, torpe y borracho hermano menor.

Con gusto Dean lo arrastraría de ese bien cuidado cabello, pero la última vez que se había metido con la cabellera del menor se había desatado una serie de venganzas entre ambos que había durado casi un mes.

—¿Estás enojado? —Sam preguntó ante el inusual silencio de su hermano.

Dean bufó con indignación. Tal parecía que Sam lo hacía aposta. Claro que él estaba enfadado, pero de nada le serviría discutir con su hermano estando en ese estado, mejor le echaría la bronca en la mañana cuando definitivamente se sintiese miserable.

—No en este momento, Sammy —dijo lo más tranquilo que podía al estar prácticamente cargando con el cuerpo de Sam, mientras este se detenía a hacer preguntas obvias y tontas.

—Bien —dijo el menor con una sonrisa para detenerse nuevamente antes de entrar en el auto—. Porque no quiero que te enojes conmigo, mucho menos después de irme.

—¿Si sabes que nos iremos juntos? —Dean bufó con cansancio, no queriendo lidiar con desvaríos de borrachos.

—Oh no, donde yo voy no puedes ir —Sam rio con diversión, quizás el tema no fuese de risa pero en ese momento todo era de risa y felicidad absurda. En ese momento el miedo era un bufón y él era el rey.

—¿Y a donde iras, hermanito? —comentó con desinterés, luchando por meter a su tozudo hermano en el asiento del copiloto—. ¿Y cuándo planeas volver?

Sam se rio un poco antes de centrar su mirada en Dean, y sin saberlo logró que al rubio se parasen los bellos del cuerpo ante la lucidez y el dolor que encontró allí.

—Cuando me vaya ya no habrá vuelta atrás para mí, pero no te preocupes que estoy bien con eso —Y de nuevo se encontraba sonriendo y seguramente era así porque si no se echaría a llorar y eso no sería nada lindo.

—Deja de hablar así que pareciera que hablas de morir —Dean regañó a su hermano, ebrio o no, no le gustaba que tocase esos temas. La sola idea de perderle y que este se lo tomase con tanta calma le crispaba los nervios.

Y como única respuesta Sam le dio una sonrisa triste y rota, una sonrisa cargada de pena y dolor. Una sonrisa con la que pedía más del perdón que alguna vez podría pronunciar.

—¿Sam?

Sam se acurrucó contra el frío cristal de la ventana, mirando hacia ningún punto en específico. Toda la alegría que había plagado su rostro se había evaporado y solamente quedaba la amarga resignación fundida en una capa de alcohol.

Al parecer no había cosa, momento o persona que no le recordase minuto a minuto de su día que iría al infierno, por eso, cuando la ebriedad lo sucumbió al sueño cerró los ojos feliz de tener un momento de paz.

Dean conducía rumbo al motel con la mirada fija en la carretera, y no es que fuese por plena seguridad vial. No se atrevía a mirar a su hermano menor, Sam desprendia dolor por donde se le mirase, era algo en su voz, en sus acciones, en su resignada mirada. Y Dean tenía miedo de mirar y encontrar que su hermano estaba roto y que él no podría pegar los pedazos.

Esa era la segunda vez que su hermano se ponía tétrico y misterioso con referencia a irse a algún lado, y algo muy en el interior de Dean le decía que se refería a algo más allá de este mundo y le ponía los pelos de punta al pensar que tales pensamientos azotaban la cabeza de su hermano menor.

Al llegar al motel se dio cuenta que su suerte no era ni por asomo la mejor, ya que el auto de su padre se encontraba parqueado una puerta más debajo de la de ellos. Y como si fuese poco, a los segundos de apagar el motor la puerta de la habitación de su padre se abrió.

Los problemas se aproximaban y su hermano se hallaba tan cómodo durmiendo como si no estuviese metido en problemas hasta el cuello.

Dean tuvo que tragarse toda la regañina de su padre, y bueno no es como si fuese a echar al agua a su hermanito en su primera borrachera, y también dudaba que su padre le creyese que todo había sido idea de su hermano. Sam se había forjado una vida de niño bueno, y ahora era imposible que los más viejos de la "familia" lo viesen con otros ojos.

Sam despertó desorientado y sintiendo que el mundo había muerto en su boca. Tras unos segundos de haber despertado tuvo que salir corriendo al baño a vomitar sus tripas en el escusado.

—Buenos días, solecito —pronunció Dean, sentando con una mueca de asco en el borde de la tina—. Así se hace, Sammy. Sácalo todo.

—Arg, cállate —Sam gruñó entre arcadas de muerte.

—Hazle caso a tu hermano y sácalo todo, Sammy —dijo John con algo de humor e indiferencia, que todo aquel le conociera sabría que era una forma de contener su enfado.

Y como si fuese la cura mágica el escuchar la voz de su padre le contuvo el asco y el dolor de cabeza, es más hasta la respiración se le detuvo al saber que su padre estaba a escasos metros de su patética imagen.

—¡Maldición! —se quejó antes de lanzar un último escupitajo al váter. Su proceso de levantarse del suelo fue digno de una película de zombies.

—¿Quieres decirme que fue lo que sucedió anoche, muchacho? —John preguntó sin levantar la mirada del periódico.

—Ya te dije que fue lo que sucedió, papá. Decidí invitar a Sammy a unos tragos y…

—Le pregunté a tu hermano, Dean. Así que quiero escucharte, Sam —John hizo una leve pausa para pasar la hoja del periódico—. ¿Qué sucedió anoche?

Estaba muy claro para Sam que Dean como siempre se estaba echando la culpa de sus estupideces, quizás eso de sacrificarse por la familia terminaría siendo la muerte de todos los Winchester.

—Bueno, mis recuerdos están un poco revueltos. Así que no creo que sea algo interesante que decir —Sam miró a su hermano que le asentía con la cabeza, dándole a entender que iba por buen camino.

Lo malo de John Winchester era que no sabía darse por vencido.

—Dime lo último que venga a tu mente —siguió sin inmutarse con su lectura matutina, seguramente buscando alguna cacería o preferiblemente como técnica de crisparle los nervios a sus hijos.

Lo último que recordaba era desear desesperadamente no morir por las fauces de los perros del infierno, no querer ir al infierno, pero claramente no podía decir semejante cosa. Así que, con el cerebro aun aturdido dijo lo segundo que recordaba de la noche anterior, y no fue hasta que lo pronunció en voz alta que se dio cuenta que su temor al infierno no era tan malo.

—Pues recuerdo a dos tipos haciéndolo en los baños—dijo Sam, dirigiéndose hacia la pequeña cafetera, suplicando que hubiese algo de café en su interior.

El sonido del periódico arrugándose rompió el silencio que se había formado segundos después de pronunciar su gran recuerdo. Tanto Dean como John miraban perplejos al más joven de la familia.

—¡¿A qué tipo de bares llevas a tu hermano?! —John miró a Dean de una forma tan escandalizada que Sam no pudo contener la risa que escapó de forma grata de sus labios.

Lo que sucedió después fue digno de una telenovela, las reprimendas iban y venían hacia Dean y Sam. Y entre intervalos Dean le miraba con cara de "estas en serios problemas"

Sin lugar a dudas Sam tacharía con mucha satisfacción ese deseo de su lista de cosas por hacer.

Dean miró con detenimiento a su hermano, no es que estuviese haciendo algo extraño. Sam se encontraba sentado en la cama con la espalda pegada a la pared y las piernas cruzadas, mientras leía un libro. Pero ese no era el mismo título que había visto dos noches atrás.

—Deberías de darle un descanso a ese cerebro tuyo, Sammy —Dean hizo un cálculo rápido con los dedos de la mano y luego volteó a mirar a Sam con cara de asombro—. Mira que ese es el tercer libro en la semana.

—Hay muchos libros por leer, Dean —Sam comentó sin despegar la mirada de su lectura. Al fin había llegado a la mejor parte del libro y a Dean se le daba por hablar.

—También hay tiempo para ello —con gusto Dean le quitaría el dichoso librito de las mano y le haría prestarle atención.

—Con el futuro nunca se sabe, así que leeré como si no hubiese un mañana. Avísame si hay una cacería —y sin más se largó a leer larga y tendidamente, ignorando al mundo, inmerso en la batalla que explotaba en el papel.

Y allí estaba otra vez esa nota pesimista en la voz de su hermano menor. Era como si cada cuanto se acordase que el mundo era un lugar horrible y la alegría de su mirada muriese.

Las rarezas en el castaño continuaban y Dean no sabía si lanzarse al campo de juego a intervenir o quedarse sentado a esperar a que los puntos se fuesen acumulando para poder apreciar el panorama completo.

Una vez descubrió un paquete de cigarrillos en la chaqueta de Sam. Eso era lo que le faltaba, que su hermano menor se estuviese haciendo del vicio del humo, pero antes de que lo pudiese acorralar y sacarle el sentido común a punta de zarandeadas se encontró en la papelera el mismo paquete menos un cigarrillo adentro.

Dean estaba inquieto por las acciones nada comunes de su hermano, y realmente se empezó a preocupar seriamente hasta que trataron un caso que en los que aparentaban ser simples y desafortunados suicidios, pero siempre con rastros de azufre en las escenas. Ante los ojos de las personas comunes era algo extraño, pero centraban su dolor en la pérdida y no en unos cuantos residuos. A los ojos de los Winchester era más que claro que un demonio se estaba pasando de listo.

Esa tarde Dean tenía que ir a la casa de la madre de la víctima más reciente. Dean había pensado en decirle a su hermano que lo acompáñese, pero al entrar en la habitación que compartían lo encontró inmerso en uno de sus tantos libros.

Entrevistar a los familiares de las víctimas era la segunda peor cosa en el trabajo de un cazador. La primera era no poder salvar a las personas.

Dean también odiaba los casos en los que no había un mal sobrenatural, donde solamente eran psicóticos, violadores y como en este caso un auténtico suicidio. Con las otras dos víctimas habían acertado con el demonio, pero ese era una tragedia en la que una madre lloraba esmorecida por la pérdida de su amado hijo.

—Disculpe la pregunta, señora Mollins, pero ¿cómo sabe que realmente fue un suicidio?

Dean ya tenía claro que había sido un suicidio al no encontrar rastro alguno de un demonio u alguna otra criatura, pero su padre pediría más detalles y mejor ni llegar sin ellos.

—¿Por qué pregunta eso? —preguntó confundida la madre de la víctima.

—Tenemos que cubrir todas las posibilidades —Dean se aclaró la garganta luciendo sinceramente apenado por tener que martirizar más a la pobre mujer—. Lamento tener que recordarle lo sucedido, pero prometo que será rápido.

—Lo entiendo —comentó la devastada madre después de un largo suspiro—. Dani mostraba todas las señales.

—¿A qué se refiere con señales? —esta vez Dean estaba intrigado y no se pudo contener ante su curiosidad.

—Bueno, después de que Dani muriera me obsesione con el suicidio y busque en cada sitio web sobre ese tema, los porqués y allí también aprendí que habían claras señales. Si tan solamente las hubiese sabido detectar y no achacarlas a la adolescencia, seguramente aún tendría a mi hijo al lado mío.

Dean cumplió con su palabra al decirle a la mujer que serían una cuantas preguntas y luego la dejaría en paz con su dolor. Mientras conducía de regreso al departamento tenía el ceño fruncido y no era para menos al escuchar las como la señora Mollins le narraba cuales eran las señales que ella en un principio no supo apreciar.

Algunas de esas descripciones se le hacían tan familiares que el miedo empezó a carcomer su corazón. Él pensó que Sam simplemente estaba actuando un poco rebelde, un poco loco, ¿y si realmente no era tan sencillo como él lo quería ver, y si su hermano estaba a punto de convertirse en otra estadística de suicidios?

Sintiéndose un completo idiota por dejarse llevar por el dolor de una pobre madre, Dean decidió que el mismo se sacaría esas preocupaciones absurdas de la cabeza. En vez de dirigirse hacia el departamento decidió ir a algún café internet.

La intensión había sido sacarse de la cabeza que su hermano pudiese tener ideas suicidas, pero ahora se encontraba más que preocupado. Tal parecía que de todos los artículos que había leído Sam cumplía al menos con nueve de esas señales.

Ciertamente Sam no hablaba sobre la muerte a cada segundo, pero si hablaba sobre un incierto futuro, como si no fuese a estar en ese futuro y por dicha razón empezaba a mostrar un comportamiento temerario, haciendo cosas peligrosas y actuando como si las consecuencias no le importasen.

También estaba ese aislamiento en su lectura. Leyendo como si no hubiese un mañana, como si tuviese que aprovechar cada segundo de su tiempo.

Los cambios repentinos de humor del castaño acudieron a él cómo una descarga eléctrica. Algunas veces Sam estaba feliz y tranquilo, para luego pasar a tener un semblante de destellos de tristeza. La ansiedad y la fatiga también lo acompañaban ocasionalmente y aunque tratase de disimularlo fracasaba en el brillo opaco de su mirada.

Agobiado por tanta información decidió cerrar el sitio web y pagar su cuenta para ir a hablar con Sam. Si Sam estaba pasando por un mal momento Dean se encargaría de actuar a tiempo antes de perder a su hermano menor. Si tan solamente Sam tuviese la confianza de contarle qué era aquello que le agobiaba tanto hasta dejarlo sumido en un estado de depresión y desesperanza.

Al llegar lo primero que hizo fue ir a la habitación a buscar a Sam, pero a medio camino del pasillo escuchó el agua de la ducha.

Mientras esperaba a que Sam terminara de bañarse, Dean se sentó en la cama de su hermano y se puso a curiosear sin razón alguna entre los libros que Sam tenía sobre la mesita de noche. Al tomar el segundo libro una hoja doblada por la mitad cayó al suelo. Al echarle un vistazo a lo que estaba en el pedazo de papel se encontró con una lista de últimos deseos.

Rápidamente recordó leer en una de las tantas páginas sobre una de las señales, la cual trataba de poner los asuntos en orden, completar asuntos pendientes antes de morir.

—¿Qué haces revisando mis cosas?

Sam sintió que se le helaba la sangre al ver que Dean tenía en su poder la lista de sus últimos "deseos", la lista de sus más recientes disparates.

—¿Sam, has pensado en el suicidio? —pronunciar tales palabras significaron una gran fuerza de voluntad para Dean.

Después de unos escasos segundos, Dean se pateó por preguntar eso, ya que, una vez que las palabras habían escapado de su boca se dio cuenta que no estaba preparado para una temida afirmación.

—¡¿Qué?! No —En el suicidio era en lo último que Sam pensaría, el sentía que el tiempo se le escurría entre los dedos como para querer apresurar su llegada al infierno—. ¿De dónde sacas una idea así?

—No lo sé, quizás de tu comportamiento últimamente. Sam, no has estado siendo tú mismo, y siempre estás con ese pesimismo ante un futuro, siempre hablas como si tuvieras la certeza que vas a morir al día siguiente, y ahora que encuentro esta lista solamente puedo pensar que es un último y único intento de vivir —Dean se relamió los labios, podía sentir la desesperación brotando de su pecho—. Estoy asustado, Sam. Trato de entenderte pero no puedo pasar la muralla que me pones, y me quita el aliento pensar que pueda perderte y todo porque no supe reaccionar a tiempo.

Las palabras se había atorado en la garganta del menor, a miles costos lograba sacar aire de sus pulmones. Dean estaba destrozando su corazón y no se daba cuenta. El propósito de vender su alma a la tierna edad de doce años había sido tener a Dean de vuelta, devolverle la vida que le había sido arrebatada sanguinariamente, darle una segunda oportunidad de vivir y ser feliz, pero lo único que había logrado era causarle preocupaciones, dolores de cabeza y mucho más dolor del que le había causado el wendingo que le había destrozado el cuerpo.

En su afán de querer ser realista y no hacerse vanas esperanzas sobre un futuro que nunca llegaría para él, se había olvidado que Dean no tenía conocimiento de su trato, de su ida al infierno, de que ya no habría un "nosotros" ni mucho menos un "nosotros contra el mundo" ya que su mundo moriría a los veintiún años.

Sam no podía culpar a Dean de ponerse paranoico a tal punto de pensar que el suicidio estaba rondando su cabeza. Después de todo, él era un hombre muerto caminando y quizás el saber que tienes hasta los segundos contados pondría un poco deprimido a cualquier persona.

—No tienes por qué preocuparte, Dean. Quizás si estoy actuando raro y quizás también este un poco deprimido, pero no es para que me haga querer morir. Jamás te dejaría solo si por mi fuese —Sam miró a su hermano mayor y dio una sonrisa de esas sonrisas que tanto había ensayado frente al espejo cuando se sentía desesperado y sin salida—. Estoy bien, estamos bien.

Todo estará bien, hermano, y lo seguirá estando cuando me haya ido. Eres fuerte y papá también lo es. Estarán bien y yo lo estaré porque sabré que ustedes lo están.

Gracias por leer.