La Propuesta


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Capitulo 9

-Creía que me había deshecho de todos los novillos. El señor Nara dijo que los había reunido a todos en septiembre.

Hinata estaba en el establo, fruncía el ceño mientras observaba cómo Naruto alimentaba a los caballos.

-Es una suerte que se me ocurriera dar una batida por el bosque. Una de dos, o el señor Nara tenía prisa, o no fue lo bastante lejos. He encontrado otras quince cabezas y un par de vacas con terneros.

-¿Qué vamos a hacer con ellos? Casi es Navidad. ¿No es demasiado tarde para venderlos?

Naruto la contempló. Nunca dejaba de sentirse intrigado por la fuerza que demostraba la mujer con la que se había casado. Había luchado sola por mantener a flote aquella granja y el intento había estado a punto de llevarla a la tumba. Incluso ahora, con un hombre para hacerse cargo de todo, estaba dispuesta a compartir las preocupaciones y problemas del trabajo. Se dio cuenta de su expresión preocupada y se sorprendió ante el impulso irrefrenable que sentía de hacer que desaparecieran las arrugas de su frente. Se merecía mucho más que lo que la vida le había dado hasta el presente.

-¿Naruto? -insistió ella sin disimular su impaciencia-. ¿Podemos venderlos todavía o tendremos que esperar a la primavera?

-No puedo dejarlos en las ciénagas, Hina. Tienen que ganar peso o no valdrán mucho, pero no te preocupes- añadió, aun a sabiendas de que sus palabras eran inútiles-. Yo me ocuparé de ellos. Me preocupan más las vacas y sus terneros. Tendré que traerlas al pastizal cuando haya acabado con los novillos. No me gusta la idea de que estén tan lejos de los establos cuando empiece el mal tiempo. Y también tendré que hacer algo con un par de ellos. Hay una ternera, pero los otros dos... Bueno hay que... A estas alturas, ya tendrían que estar...

-Lo comprendo. El señor Nara siempre ayudaba a mi padre en esa faena.

Y ella siempre se mantenía bien alejada de aquellas operaciones, cuando los toros jóvenes se convertían en novillos mediante un instrumento de aspecto repulsivo.

-Quizá lo avise para que me eche una mano. Con la horquilla cargada de heno, Naruto se dirigió al siguiente pesebre. La yegua que había dentro relinchó saludándolo.

-¿Qué tal se han adaptado? -preguntó ella.

-Bien. Creo que la alazana está lista para el garañón. Y él también lo cree - añadió con una sonrisa ladeada-. Lleva todo el día sacudiéndose, olisqueando y resoplando.

-¿Y la baya?

Hinata había superado su reticencia a hablar de la cuestión del apareamiento con su padre. Sin embargo, con Naruto, suponía nuevos problemas. Y aquel apareamiento tan cerca de la casa hacía que se sintiera incómoda. Parecía que las vacas se las apañaban por su cuenta, que el toro se encargaba de aquello sin ayuda de nadie. Nunca se sabía cuáles iban a tener un ternero en primavera, aunque había algunas en las que siempre se podía confiar.

-La baya fue cubierta ayer -dijo Naruto, cuidando de evitar su mirada-. No estaba muy seguro de que quisieras saberlo, Hinata. Aceptó al semental bastante bien. Creo que será un buen apareamiento. Hinata le dio la espalda.

-¿Devolverás el garañón cuando acabes con él?

-Sí, he quedado con el dueño en los establos de la ciudad el lunes.

-¿Quieres que te ayude? Puedo llevar la carreta mientras tú lo montas.

-No se me había ocurrido, quizá sea una buena idea. Había pensado en atarlo al coche, pero creo que será mejor montarlo.

Hinata asintió, ansiosa de librarse de una vez de aquel semental. Veía en aquel animal un peligro, un riesgo que la hacía sentirse vulnerable. Estaba deseando no volver a verlo. Vio a Arashi al otro extremo del granero con dos gatitos en los brazos.

-Ha escogido quedarse con esos dos -dijo, contenta de poder cambiar de tema-

. No te importa, ¿verdad, Naruto?

Naruto le pasó un brazo por los hombros.

-No, mientras los mantenga fuera de la casa. Ya sabes, no pierde la esperanza de que le dejes entrar.

Hinata sintió que se le aceleraba el corazón, pero aceptó su gesto despreocupado. Se mordió los labios y bajó la cabeza, absorta en la contemplación de sus respectivas botas que como viejos compañeros, permanecían juntas. Hizo una mueca al darse cuenta de lo absurdo de sus pensamientos.

-Hacemos una bonita pareja, Hina.

Hinata se sobresaltó. Era como si él leyera sus pensamientos y fuera capaz de expresarlos en voz alta. Naruto la apretó contra su costado.

-Eres una buena esposa y has sido aun mejor para los niños.

-Pero Misuke...

Hinata respiró hondo y él tensó los dedos en torno a su brazo.

-Se tranquilizará, ya lo verás. Sólo está tanteando el terreno.

-No dejes que esté aquí cuando aparees la yegua, ¿quieres?

Naruto lanzó una carcajada sonora.

-Tendré una larga charla con él si se le ocurre asomarse. Claro que, por otro lado, quizá ya sea el momento. Está a punto de cumplir ocho años, los niños granjeros maduran pronto.

-También las niñas -replicó ella-. Pero hay cosas que no tienen por qué aprender inmediatamente.

Hinata estaba rígida y Naruto la estrechó contra sí, haciendo que cambiara de postura.

-Vamos, Hina. Sólo te estaba haciendo rabiar. Le mantendré ocupado lejos de aquí -dijo con ojos maliciosos-. ¿Y tú? ¿No te apetece echarme una mano con ese trabajo?

-¡Naruto!

Adecuadamente escandalizada con su proposición, Hinata se apartó de él y se fue derecha a la casa, perseguida por sus risas. Pero, por dentro, la curiosidad la consumía y jugueteó con la idea de ver cómo aquellos dos magníficos ejemplares se apareaban. En su mente, forjó una imagen del alto y musculoso garañón, alzándose sobre los cuartos traseros, con las crines flotando, los cascos cortando el aire mientras que la yegua aguardaba sus atenciones.

Llegó a la casa congestionada y jadeante. Entró sin mirar atrás. Pero entonces sí que se asomó subrepticiamente para ver la figura alta que la observaba desde el establo.


-Papá ha salido a echarle un vistazo al ganado que trajo de los pastos junto al bosque -dijo Misuke hoscamente-. Me ha encargado que te dijera que no llegará tarde a cenar.

El niño proyectaba hacia delante el labio inferior y abría un agujero en el polvo con el zapato mientras hablaba.

-Se fue montado en una de las yeguas nuevas, pero no me ha dejado acompañarlo.

Hinata resistió el impulso de acariciar los rizos dorados de su pelo. Deseaba tanto ser una madre para Misuke, que a veces, aquel impulso le parecía insoportable.

Sólo el convencimiento de que su gesto no iba a ser bien recibido evitaba que lo hiciera. Eso y que tenía las manos metidas en la masa del pan.

-Estoy segura de que tu padre tendría sus razones.

Naruto montaba a pelo sobre los dóciles animales que había traído de Sunagakure. El padre de Hinata tenía un caballo pequeño que utilizaba para reunir el ganado desperdigado, para lo que solía pedir la ayuda de un par de vecinos.

-Quizá te lleve la próxima vez, Misuke. Creo hoy no va a estar fuera mucho tiempo.

-Dentro de muy poco podré montar -dijo el niño, seguro de sí-. Sólo me hace falta un poco de práctica.

-Tu padre siempre cumple su palabra. Ya verás cómo se ocupa de que montes.

-No, hasta la primavera no lo hará.

-¿Y tú? ¿No tienes nada que hacer esta tarde, Misuke? ¿Dónde anda Arashi? Creía que vuestro padre os había dicho que deshojarais las cañas para los cerdos.

El niño le lanzó una mirada airada y oscura, pero enderezó los hombros al reconocer la autoridad en su voz tranquila.

-Arashi está en el pajar del establo, con esos estúpidos gatos.

-Bueno, ve a buscarlo y haced lo que os ha dicho vuestro padre. Se está bien allí, os encontraréis a resguardo del viento.

El montón de maíz menguaba conforme la familia iba pelando los tallos secos. Era una faena tediosa que se hacía en ratos perdidos, pero necesaria antes de que cayera la nieve y la convirtiera en algo peor. Hinata se ablandó al ver el gesto obstinado del niño.

-Yo iré a echarte una mano en cuanto deje la masa a reposar.

El niño se encogió de hombros, lo que no era una respuesta, pero se puso el chaquetón y salió. Hinata dividió la masa en porciones y las metió en los moldes engrasados. Luego, los puso ordenadamente sobre la cocina antes de cubrirlos con un trapo limpio. Rehogó la carne con cebolla, le añadió unas hojas de laurel y agua y la dejó a fuego lento.

Había sido la expresión infeliz de Misuke lo que la había impulsado a ayudarlo. Se puso un chaquetón y la bufanda, sin olvidarse de los guantes. Sabía por experiencia lo que aquellos malditos tallos podían hacerle a sus manos.

En el patio no había señal de los niños. Arashi llevaba toda la semana cuidando los gatitos y Misuke tenía dificultades para que se interesara por las tareas de la granja. Una razón más para ayudarlo. Hacía tiempo que el sol había fundido la ligera capa de nieve que había caído durante la noche. Misuke no estaba junto a las cañas.

-¿Misuke? ¿Dónde estás?

Hinata se protegió los ojos con la mano para echar vistazo a su alrededor. ¡El garañón! El hermoso alazán ocupaba el cercado y constituía una tentación para cualquier muchacho. ¿De verdad iba Misuke a arriesgarse a provocar el enfado de su padre?

Sí. Lo vio en cuanto dio la vuelta al granero. Estaba subido en el último tablón de la cerca y trataba de engatusar al caballo para que se acercara con un puñado de heno en la mano. El animal, consciente de su atractivo, se exhibía ante su público, tenía las orejas echadas hacia delante. Desnudando los dientes, trató de alcanzar la paja que el niño le ofrecía. Misuke retiró la mano sobresaltado cuando el morro suave se la rozó. Dejó caer el heno para mantener el equilibrio. El gran semental bajó la cabeza y dio cuenta de la golosina.

-Ven aquí, bonito -dijo él con voz trémula. Misuke se metió la mano al bolsillo mientras se sujetaba con la otra al travesaño. Sacó una manzana que ofreció al caballo en la palma, inclinándose hacia él.

-¡Mira lo que te he traído, muchacho! -dijo, mientras forzaba su postura.

-Creo que deberías bajarte de ahí.

Hinata habló con voz serena, dispuesta a entrar en acción, consciente del peligro que corría el pequeño. El caballo podía tomar la golosina con delicadeza o, con la misma facilidad, morder la mano del niño y provocar su caída. Todo el mundo sabía lo taimado que puede llegar a ser un garañón, sobre todo cuando estaba excitado con el olor de la yegua al otro lado del establo.

-A mi padre no le importa que le dé una manzana al caballo -dijo Misuke, testarudo, sin variar su postura-. No voy a montarlo ni nada de eso.

Hinata cerró un momento los ojos para apartar la imagen de Misuke saltando a la grupa del caballo. La preocupación le infundió autoridad a su voz.

-Misuke Namikaze, baja de ahí ahora mismo. No quiero oír ni una palabra más.

Misuke sabía cuándo tenía que obedecer. Dejó caer la manzana al suelo y se bajó de la valla, con una expresión de rabia contenida en el rostro.

Contemplo como él caballo masticaba la fruta con sus fuertes dientes, dejando caer un hilillo de baba. Entonces, con un relincho, se puso a galopar alrededor del cercado, la cola en alto, golpeando los cascos rítmicamente contra el suelo.

-Vamos a las cañas, Misuke. Te echaré una mano.

-No necesito ayuda, puedo hacerlo solo. Hinata sabía que no había necesitar de irritarlo más. Que hubiera impedido sus imprudencias con el garañón ya era bastante malo. No tenía intención de obligarlo a pasar la tarde en su compañía.

Volvió a la cocina, pero no le apetecía estar en la casa. Tras un rápido vistazo, se echó el chal por encima y decidió ir a ver en qué andaba Arashi. El día anterior se había quedado durmiendo sobre el heno en su vigilancia continua de los gatitos.

Los gritos de alarma de Sheba hicieron que apretara el paso. Entonces oyó los gritos del menor de los hermanos. De repente, el niño apareció a todo correr, llamándola a gritos.

-¡Señorita Hinata! Ven, deprisa. Misuke va a... Ven a parar a Misuke.

Hinata también echó a correr hasta agacharse delante de él y tomarle de las manos.

-Cuéntamelo, Arashi. ¿Qué pasa? El niño se soltó y le tiró de la falda.

-Quiere cabalgar las vacas. Dice que necesita practicar.

-¡Dios mío, no!

Los novillos eran unos animales tranquilos, pero, por buenas razones, se les había advertido a los niños que se mantuvieran lejos de ellos.

Mientras corría, vio que efectivamente Misuke estaba rodeando a un novillo receloso, uno de los que había estado vagando por los bosques y las ciénagas durante un año. Junto a la cerca, Sheba avanzaba y retrocedía, ladrando y lanzando tarascadas a sus pezuñas para apartarlo de Misuke.

-¡Misuke, basta!

Hinata dejó caer el chal al suelo para pasar entre los alambres espinosos de la cerca. Pero, al separarlos, uno de los alambres se partió con un chasquido agudo. Hinata sólo tuvo tiempo de contener el aliento mientras el alambre se enrollaba en torno a su cuerpo al retroceder hacia el poste donde estaba tensado. Se estremeció al sentir las púas, aunque sabía que era una estupidez hacerlo.

Metros de alambre de espino la rodeaban, las púas se clavaban en la ropa y en su carne mientras ella trataba de evitarlas con movimientos instintivos.

-¡Misuke, socorro!

El grito de Arashi resonó en sus oídos. Hinata cayó al suelo y también gritó, un grito agudo y desgarrador que acabó en un gemido mientras apretaba los brazos contra el cuerpo, pensando únicamente en esquivar aquellos pinchos lacerantes.

-¡Misuke ha ido a buscar a papá! -dijo Arashi llorando y arrodillándose a su lado-.

No sé qué hacer -añadió angustiado.

-No me toques -suplicó ella en un jadeo. Había descubierto que si no respiraba hondo podía soportar el dolor de docenas de heridas. Por suerte, el sol la calentaba piadosamente. Notaba la frialdad del suelo bajo su cuerpo y maldijo en silencio por haberse quitado el chaquetón. Las heridas hubieran sido menos severas, no tendría tanto frío y tampoco habría echado a perder su vestido de diario. Se avergonzó por concebir aquellos pensamientos triviales en medio del dolor. Sin embargo, Arashi se inclinó hacia ella y le dio un beso en la mejilla.

-Ojalá pudiera besarte la herida para que no te doliera, señorita Hinata.

Tienes mucha sangre en el brazo y todo el vestido mojado de sangre.

Hinata notó que el sol se oscurecía, aunque faltaban horas para el anochecer. Desorientada, pensó que era extraño. Pero entonces se le cerraron los ojos y cayó inconsciente.


-¡Trae las cizallas del granero, Misuke! Arashi, tú ve a la casa y tráeme un trapo de cocina mojado.

De rodillas junto al cuerpo inerte de Hinata, Naruto impartía órdenes con voz dura, cerrando los puños para obligarse a esperar.

El alambre había dado varias vueltas alrededor de ella, clavándose en los brazos y en el cuerpo. Manchas de sangre afloraban en numerosos lugares del vestido y parecía que se había desgarrado el brazo. De puro milagro, la cara y la cabeza se habían librado de las púas. Naruto dio las gracias en un murmullo mientras empezaba a rezar.

El Dios al que ella adoraba debería ser más misericordioso, no era justo que una mujer tan bondadosa recibiera aquel castigo. Aunque no corría peligro de

desangrarse hasta la muerte, las múltiples heridas le habían hecho desmayarse. En el fondo era una suerte. Las lágrimas secas de sus mejillas, evidencia de su desesperación, provocaron en él una mueca de dolor. Anhelaba abrazarla contra su pecho, aunque sabía que no podía tocarla hasta que cortara el alambre.

-¡He encontrado las cizallas!

Misuke corría desaforadamente, tropezando con las desigualdades del terreno. Arashi llegó pisándole los talones, llevando el trapo húmedo en sus manos extendidas. Naruto lo retorció antes de ponérselo a Hinata en la frente. Sus pestañas temblaron y él contuvo el aliento.

-No te muevas, cariño -susurró viendo cómo se estremecía.

Cortó el primer trozo de alambre. Un gemido de dolor surgió de Hinata, haciendo que Naruto apretara los dientes.

-Quédate quieta, Hinata. ¿Me oyes? Estoy cortando el alambre. Voy a soltarte en un momento. Con infinito cuidado, cortó otro bucle, el que se había clavado sobre sus pechos. Hinata empezó a sollozar.

-Sólo un poco más, Hina. No te muevas.

-¡Ah! ¡Ay, Dios mío!

Hinata gemía tan débilmente que Naruto apenas podía oírla. Naruto le hablaba como si tratara de lavar sus heridas con ternura y ella respondió. Su respiración se tranquilizó y tan sólo el pequeño estremecimiento que acompañaba a cada corte indicaba que Hinata era consciente de sus esfuerzos.

Cuando los alambres se abrieron a ambos lados, Naruto consideró el problema que planteaba moverla. Las púas seguían clavadas bajo su cuerpo.

-Misuke, cuando yo la levante, quita con mucho cuidado el alambre de su espalda.

¿Crees que podrás hacerlo?

-Sí.

Como si fuera consciente de que aquella situación era consecuencia de sus tonterías, Misuke se preparó para hacer lo que decía su padre. Parpadeando para ver a través de las lágrimas, arrancó los alambres cuando Naruto alzó a Hinata.

Contemplando su cara, Naruto esperó a que estuviera libre de alambres para estrecharla contra su pecho y besarla en la mejilla.

-Hinata, lo siento mucho. Tendría que haber asegurado esa cerca. Es culpa mía, lo siento mucho -repetía como una penitencia mientras la llevaba a la casa.

Misuke los seguía. Arashi echó a correr para abrir la puerta.

-Misuke, busca las tijeras de Hinata. Creo que están en la cocina, por algún sitio

-dijo Naruto mientras subía las escaleras-. Arashi, llena la palangana con agua caliente para que Misuke pueda traérmela. Tú súbeme un par de toallas.

Por primera vez, Naruto pudo depositar a su esposa en mitad de su cama. Torció los labios al reparar en la ironía de todo aquello mientras sus dedos empezaban a desabrochar botones.

-Me duele... mucho.

Hinata pronunciaba cada palabra en un estertor distinto. Naruto se inclinó y la besó en la mejilla. -Ya lo sé, cariño. Ya lo sé. Creo que voy a tener que cortar el vestido, Hina -dijo al darse cuenta de que no avanzaba nada desabrochándola-. Detesto echarlo a perder, pero no quiero que te muevas hasta ver cómo son las heridas.

-Un fastidio.

El tono de voz, gruñón y malhumorado, estuvo a punto de hacerle reír, pero pensó que era una buena señal que ella pudiera mostrarse sarcástica.

Los niños subieron lo que había pedido. Misuke salió de la habitación, pero Arashi se acercó a la cama con los ojos fijos en ella.

-¿Está bien, papá?

La pregunta evidenciaba toda la ansiedad que sentía. Naruto levantó una mano para acariciarle el pelo.

-Lo estará, Arashi. ¿Por qué no te vas abajo con tu hermano? Cierra la puerta cuando salgas.

Naruto sólo empezó a cortar cuando oyó la cerradura. Abrió primero una manga y después la otra, avanzando hacia el corpiño. Con una mirada aprensiva a sus ojos cerrados, siguió cortando hacia abajo, camisa, enaguas y ropa interior.

Con cuidado, suavemente, apartó las capas de tela, dejando al descubierto la piel, hasta que sólo quedaron las medias, sujetas con ligas por encima de las rodillas.

Su mujer tenía la piel clara, el sol únicamente había tostado las manos y los brazos. Sus pechos eran redondos, rosados y firmes. Un corte surcaba el izquierdo, casi rozando el pezón. Naruto dejó escapar un suspiro de alivio al darse cuenta de que podía haber sido mucho peor. Tenía los brazos acribillados con numerosas incisiones pequeñas, la sangre había comenzado a brotar de nuevo al moverla.

Naruto la hizo girar para examinarla, fijándose en cada herida, donde las caderas formaban la curva atractiva de las nalgas había más desgarros. Ninguno parecía demasiado serio, el más grave estaba en el brazo.

Una vez más hizo que se tumbara boca arriba. Hinata suspiró mientras un estremecimiento sacudía todo su cuerpo menudo. Parecía tan fuerte, tan sólida cuando iba vestida, que Naruto se asombró al comprobar la fragilidad que escondían las ropas de algodón, la delgadez de los brazos y las piernas que ella se había empeñado en ocultarle.

Sentía codicia por verla. Y también vergüenza de dejarse invadir por el deseo, humedeció la toalla y lavó delicadamente las heridas. Con ternura, limpió el desgarrón del pecho, notando cómo ella se encogía de dolor bajo la más leve presión.

-Lo siento, Hina no quiero hacerte daño.

Y era verdad. Deseaba con todo su corazón poder cambiarse por ella, hacer suyo aquel tormento.

-No importa -dijo ella al fin. Naruto la miro a la cara. Abiertos y lúcidos, aquellos ojos grisáceos lo contemplaban suplicantes.

-No quiero que me veas, Naruto.

-Lo sé, pero tengo que hacerlo, cariño. Ahora voy a acabar de lavarte por aquí antes de darte la vuelta y hacer lo mismo con la espalda.

-Puedo hacerlo yo sola -dijo ella, recuperando poco a poco la firmeza en la voz.

-No -dijo él en un tono aún más firme-. Tú no te muevas. Acabaremos enseguida y luego te pondré ungüento en las heridas.

Enjuagó la toalla otra vez y se dedicó a la cintura, avanzando hacia la curva suave del vientre. Y allí los dedos estuvieron a punto de detenerse, la toalla se demoraba un momento en el aire mientras la movía de un punto a otro.

Sobre la curva de sus caderas, por encima del vello oscuro y rizado entre sus piernas, corrían unas cicatrices lívidas y antiguas.

-¿Hina?

Volvió a mirarla mientras cubría con la toalla la evidencia delatora.

-¿Hina?

¿Cómo era posible? Sacudió la cabeza sin dar crédito a sus ojos y, sin embargo, seguro de lo que veía. Su primera mujer había dado a luz dos hijos y había tenido aquellas mismas estrías plateadas sobre el vientre y las caderas, la evidencia muda de su maternidad.

-Por favor, deja que yo lo haga.

El susurro de Hinata era una súplica, sus ojos reflejaban miedo cuando se aferró a la toalla que él mantenía sobre su vientre.

-No pasa nada. No hables -dijo él serenamente.

Naruto se obligó a guardar en un rincón oscuro de su mente lo que acababa de descubrir. Ella necesitaba sus cuidados y eso estaba por encima de todo lo demás. Prosiguió con el lavado. Ella dejó caer las manos a los costados y cerró los ojos mientras derramaba lágrimas de miseria muda que resbalaban por sus sienes y empapaban sus cabellos.

Y, mientras trabajaba lavándola y aplicándole ungüento, la mente de Naruto volvía a las estrías lívidas que habían traicionado su secreto.

Hinata había tenido un hijo.