Siete:


Déjame Enseñarte


Estaba en un baile, de pie en una terraza, con Naruto observándola desde las sombras. Le pedía que fuera a reunirse con él, pero ella tenía miedo de adentrarse en la oscuridad. Seguía mirándolo de reojo, incapaz de abandonar todo aquello que le resultaba conocido.

Pero los ojos azules de Naruto brillaban entre las sombras, y él le tendía la mano, prometiéndole placeres que nunca había imaginado...

—Buenos días, princesa.

Hinata se despertó sobresaltada y vio que Naruto la llevaba en brazos, al interior de una habitación a oscuras. La miraba... con ojos brillantes.

—Suéltame. —Se movió para ponerse en pie. No quería que le volviera a hablar con aquella voz tan profunda y sensual, no cuando acababa de soñar con él. Su subconsciente era tan sutil como un martillazo en mitad de la cabeza. —¿Dónde estamos? ¿Por qué me llevas en brazos?

Él la dejó sobre la cama, encima de un mullido edredón.

—Estamos en un hotel, a un día del norte de Suna, y te llevaba en brazos para ver si podía acostarte sin que te despertaras.

—¿Acostarme? —Se frotó los ojos y miró la habitación. Parecía ser un hotel de categoría. No era que ella hubiera estado en muchos, ni de categoría ni de ninguna otra clase, en la úlKibaa década. Tal vez el sitio estuviera bien, pero a Hinata le bastaron aquellos pocos segundos para detectar un montón de cosas que podían estar más ordenadas. Para empezar, las sillas que había alrededor de la mesa...

—Sí, acostarte —contestó él, quitándole las gafas para dejarlas encima de la mesilla de noche. Luego se agachó para desabrocharle las botas.

—Estoy segura de que podré apañármelas sola —dijo, incómoda al ver su amabilidad. —Ya puedo hacerlo yo —insistió, pero Naruto la ignoró.

Se quedó mirándole los pies y esbozó una tierna sonrisa.

—Tienes los pies muy pequeños, princesa. —Una vez libre de las botas, dijo: —Y ahora el jersey. Antes de que ella pudiera detenerlo, él cogió el extremo de la prenda y tiró hacia arriba.

—¿Te has vuelto loco? —exclamó Hinata, dándole golpes en las manos para que se apartara, y agachándose al mismo tiempo para irse al otro lado de la habitación.

—No veré nada que no haya visto antes.

—Avísame treinta minutos antes de la hora en que quieras salir y estaré lista —dijo ella con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Yo dormiré aquí contigo.

Hinata se puso tensa. ¿Compartir habitación con el mismo demonio de voz sensual que había protagonizado sus sueños durante el trayecto? No iba a salir bien.

—¿Y cómo quieres que se lo explique a mi novio?

—¿Qué vas a contarle sobre todo esto? —contraatacó él.

—No voy a contarle nada. Si consigo dar marcha atrás al proceso de transformación, nunca tendrá que saberlo.

—Buena respuesta. Va en contra de las leyes de la Tradición contarles a los humanos cosas sobre nuestro mundo.

—¿Por qué tenemos que compartir habitación?

—Porque todavía estamos demasiado cerca del último lugar donde te atacaron. Los vampiros podrían habernos seguido.

—Sé cuidarme sola.

—Eso es verdad —contestó él con naturalidad. A Hinata le gustaba, y al mismo tiempo le disgustaba, que él confiara tanto en su capacidad. —Pero no podrás defenderte si estás dormida, y ahí es donde entro yo.

El estómago de Hinata eligió ese instante para rugir de un modo nada elegante.

El sonrió.

—Si te ves capaz de permanecer veinte minutos más despierta, podría ir a por comida. Es demasiado temprano para llamar al servicio de habitaciones, pero hay una cafetería aquí cerca.

Hinata asintió.

—¿Podrías traerme una botella de zumo de naranja? No me gusta la comida que preparan por ahí. —«Ni la que cocino yo.»

—Lo intentaré. Date una ducha, si te apetece. —Junto a la puerta, añadió: —Y, Hinata, no te quites las perlas. O estaremos de mierda hasta el cuello.

Hinata todavía estaba en la ducha cuando Naruto regresó, lo que significaba que tenía que ir acabando. El demonio aferró el pomo de la puerta del baño y lo giró un poco hasta romper el pestillo; entonces abrió de par en par.

—El macho ha vuelto de cazar —gritó, sonriendo al ver que ella se asustaba.

—¡Sal de aquí! ¡Cierra la puerta!

Ya que debido a la mampara translúcida de la ducha sólo podía ver su silueta, Naruto obedeció sus deseos y salió.

Se encaminó hacia la sala y dejó una bolsa de comida encima de la mesa. Encontrar algo que Hinata pudiera comer se había convertido en una cacería en sí misma; ella tenía unos criterios muy estrictos. La había estado observando el tiempo suficiente como para conocer sus hábitos alimentarios.

Se preguntó por qué Hinata no había corrido a meterse bajo la ducha tan pronto como él salió de la habitación, pero tras echar un vistazo a su alrededor descubrió el motivo; no había sido capaz de dejar las cosas como estaban, y había tenido que ordenar todo lo que no estaba clavado en el suelo.

Tres de las cuatro sillas estaban metidas completamente bajo la mesa. La cuarta la había colocado de espaldas, apoyada sólo en las patas traseras. Había vuelto a hacer la cama y había recolocado los cojines que había en el sofá, que había empujado unos centímetros hacia otro lado.

El reloj que había en la mesilla de noche lo había pegado a la pared, para que no se vieran los cables, y el mando a distancia del televisor formaba un ángulo recto con el reloj en cuestión. La papelera estaba justo en el otro extremo del vestidor, la maleta en la pared opuesta. El portátil y el móvil descansaban encima del escritorio, con los extremos completamente en paralelo con el borde de la mesa.

Naruto tenía que revisar su e-mail, mirar los resultados de unos partidos y consultar los mapas de la ruta que iban a seguir al día siguiente, así que conectó el ordenador de Hinata e inició la sesión como usuario invitado. Después de navegar por la web, buscó un par de cosas en Google, y no le sorprendió ver que ella tenía un filtro de seguridad para los contenidos de Internet.

Se apoyó en la silla y trató de imaginarse una vida vacía de todo lo relacionado con el sexo.

«Una vida que no valdría la pena vivir.»

Maldición, y eso que él no era nadie para dar lecciones sobre el tema. No se había acostado con ninguna hembra desde el día en que conoció a Hinata, el período más largo de abstinencia desde su despertar sexual. Unos meses atrás, cuando se convenció de que nunca podría estar con Hinata, trató de iniciar una desganada relación con una bruja, pero ella escogió a otro.

Y ahora se alegraba de ello.

Dejó el portátil y desvió la vista hacia la maleta. Se moría de ganas de echar un vistazo a la carta de Mito. Llegó a la conclusión de que aquél era un buen momento para espiar, así que se agachó junto a la maleta y la apartó de la pared para poder abrirla.

Después de inspeccionar faldas y jerséis abrió un compartimiento lateral y enarcó las cejas al ver su contenido.

—Vaya, ropa interior provocativa —murmuró.

Naruto se consideraba a sí mismo un hombre de gustos sencillos. Desde luego, no necesitaba ropa interior provocativa para excitarse. Pero sólo de imaginarse a la recatada Hinata con aquellos retales de seda, su entrepierna tembló de emoción...

Entonces apareció ella, tapada de la cabeza a los pies con un albornoz.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó enfadada.

—Buscando la carta de Mito.

—¡No puedes revolver mis cosas como si nada!

—Nunca me habría imaginado a la recatada señorita Hyuga con esto. —Sujetó un tanga con un dedo y se lo enseñó.

—¡Dame eso! —Hinata le arrebató la prenda. —¡Es cosa de Mito! Se deshizo de mi ropa interior y de mis medias, y compró esta nueva.

Naruto se lo creyó al instante, pero no pudo evitar seguir provocándola.

—Sí, ya. ¿Y por qué iba a hacer tal cosa?

Cuando Hinata terminó de ordenar la maleta, se puso en pie, en busca de más cosas que arreglar. Si al descubrir a Naruto con su ropa interior en las manos se había puesto histérica, ver el ordenador abierto y fuera de su sitio casi hizo que se desmayara.

—No... tú... ¿mi portátil?

Hinata lo miró del mismo modo que él miraría a un perro que se hubiera comido sus entradas para asistir a la Super Bowl. Cogió el ordenador y lo miró del derecho y del revés para asegurarse de que estaba bien.

—¡Tenías las manos pegajosas! ¡Oh, Dios!

Bueno, se había comido uno o dos donuts mientras esperaba a que le preparasen lo que había pedido.

Hinata cogió una de sus toallitas antibacterianas y se sentó en la cama, de espaldas a él, para limpiar el portátil.

Naruto no podía dejar de mirar fascinado lo que Hinata estaba haciendo, el subir y bajar de su espalda con cada bocanada de aire que tomaba para tratar de calmarse.

ras ver que el demonio no había estropeado nada, volvió a dejar el ordenador en el escritorio, en línea recta con el móvil, y luego eliminó las arrugas del edredón en el lugar donde se había sentado.

—Mira, Naruto —dijo ella, desviando de nuevo la vista hacia el ordenador. Corrió hacia allí para moverlo un milímetro hacia la derecha y volvió a empezar. —Mira, Naruto, ayer por la noche estaba demasiado atónita como para reaccionar entre la mitad de cosas que hiciste. Ahora ya no. No podrás seguir tratándome como hasta ahora.

—Ah. ¿Te refieres a lo de salvarte la vida y conducir toda la noche mientras tú dormías?

—Me refiero a lo de tocar mi ordenador. Eso no... no ha estado bien. No estoy diciendo que no puedas usarlo, no me importa dejártelo, pero tengo que darte de alta como usuario, y asegurarme de que sabes utilizarlo como es debido.

—No me he descargado webs porno ni nada por el estilo. —«Ni se me ha pasado por la cabeza». —Sólo he buscado en Google un par de cosas y he revisado la ruta siguiente.

—Bueno, lo del portátil no es lo único que quería comentarte. No puedes seguir desvistiéndome mientras duermo, ni tampoco puedes entrar en la ducha cuando yo estoy en ella. Ni llamarme con todos esos nombres machistas.

—¿Te refieres a mis motes cariñosos? ¿Qué tienen de malo?

—Son insultantes.

El negó con la cabeza con convicción.

—Ah no, eso sí que no. Es sólo una costumbre. Así es como los machos de mi especie hablan a las hembras. Les ponemos motes específicos.

—¿Como cuáles?

—Como princesa o cariño. Yo sólo llamo así a las hembras que me gustan. —A la hembra que le gustaba de verdad, a la que consideraba suya. En otras palabras, nunca antes había utilizado esas palabras. —Si una no me interesa, no la llamo de ningún modo.

—¿Y eso hace que esté bien? ¿Se supone que tengo que sentirme honrada de que me llames «princesa»?

—Yo confiaba en que te sintieras halagada, pero ya veo que eres dura de roer, princesa.

—Me sentiría mucho más halagada si respetaras mi intimidad.

—Vamos a pasarnos juntos al menos dos semanas. Lo de respetar la intimidad requeriría demasiado esfuerzo para ambos, y terminaría por ser absurdo.

Ella se mordió el labio inferior al ver que no podía discutir tal afirmación.

—Está bien, ¿y qué me dices de los tacos? ¿Es necesario que seas tan mal hablado?

—Llevo utilizando esas palabras desde antes de que los humanos decidieran que eran «tacos». —Empezó a sacar la comida de la bolsa.

—Son expresiones que resultan muy ofensivas para los que hemos aprendido a no utilizarlas...

—Se quedó a medias. —¿Eso son rollos dulces?

—Sí.

—¿de canela?

—Por supuesto.

Naruto sabía que a Hinata se le estaba haciendo la boca agua. —¿No tenían zumo de naranja?

—Sí tenían.

El demonio cogió otra bolsa y sacó un paquete de cereales, una cucharilla embolsada, un tetrabrik de leche y uno de zumo de naranja.

—Todo empaquetado —dijo ella frunciendo el cejo. —¿Durante cuánto tiempo me has estado observando exactamente, Naruto?

—Durante el suficiente como para saber qué es lo que te gusta comer, y lo que vas a comer ahora...

—Supongo que tenía menos hambre de la que creía. —Hinata apartó el plato que tenía delante después de dejar la comida a medias.

—Es por la transformación —explicó Naruto. —Las valquirias no comen.

—¿Cómo es eso posible?

—No lo sé. ¿Cómo es posible que los mutantes se conviertan en animales, o que las brujas muevan objetos con la mente?

Tan pronto como Hinata tiró las sobras a la basura, se dio cuenta de lo cansada que estaba. Tampoco la ayudó demasiado que Naruto hubiera bajado la luz y hubiera corrido las cortinas.

Se sentó en el borde de la cama. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente seguía despierta, inquieta. ¿Hipersensibilidad? Sin duda alguna. Estaba encerrada en una habitación, a oscuras, con un demonio con el que tenía sueños nada sutiles.

En un principio, había creído que los cuernos le harían decaer la libido, por no mencionar lo de los tacos, pero no era así. La verdad era que Hinata se sentía extrañamente atraída por el demonio. Y empezaba a costarle controlar dicha atracción.

Tenía que conseguir sus pastillas, no sólo para ver si así lograba frenar el impulso que sentía de abalanzarse sobre él, sino también para tratar de frenar el proceso de conversión.

¿Proceso? ¿Acaso podía ir a más?

Recordó la conversación que sus padres habían mantenido con aquel psiquiatra tan pomposo, el «mejor» del Estado. El tipo se había pasado horas elucubrando sobre el delicado estado mental de Hinata...

—Estamos ante un caso claro de trastorno obsesivo-compulsivo. El paciente muestra un miedo persistente a cualquier cambio —les dijo a sus pobres padres. —Su hija siempre tendrá miedo a cambiar, y eso la hará actuar de manera imprevisible. Estos comportamientos compulsivos pueden a su vez crearle mucha ansiedad, entonces es cuando el enfermo contraataca con el orden obsesivo. Cuanto mayor sea el impulso, más fuerte será la reacción para tratar de dominarlo.

Oh, y también les había hablado de ciertos desequilibrios químicos.

—Seguramente heredados de sus padres biológicos —prosiguió el médico con un suspiro de resignación, como si ya hubiera visto aquello antes. —Todo ello, exacerbado por la inseguridad que Hinata siente por ser adoptada.

Ella jamás se había sentido insegura por eso. Sus padres habían sido increíblemente pacientes, cariñosos y comprensivos. Sin embargo, en seguida empezaron a sentirse culpables por las rarezas de su hija, y buscaron algún fallo, algo que hubieran podido hacer por ella y no hicieron, o al revés.

Su madre incluso le pidió perdón antes de morir...

Ante ese recuerdo, enterró el rostro entre las manos.

—Alto ahí, princesa. —Naruto se sentó a su lado en menos de un segundo. —¿Qué te pasa? — Cuando ella no respondió, añadió: —Mira, no soy de esos a los que se les da bien este tipo de cosas... consolar, me refiero. Pero si... quieres contarme lo que te preocupa...

Hinata tardó un rato en responder.

—Es que todo esto es demasiado. Quiero decir, anoche me drogaron, me secuestraron, y luego... —Se quedó a medias.

—¿Y luego qué? Cuéntame lo que te pasó.

La voz de Hinata se transformó en un susurro.

—Fue horrible. Me desperté y... y estaba... desnuda, atada a un altar para una especie de ritual. Todos aquellos demonios estaban mirándome. Traté de razonar con ellos, les supliqué que me soltaran, pero se limitaron a reírse de mí e ignoraron mis súplicas. Luego, cuando todo iba a empezar, grité.

—El grito de las valquirias.

Ella asintió.

—Fue el grito más agudo que he oído jamás. El cristal de la cúpula que había encima de mí se rompió. Y un rayo me cayó justo en el pecho, y luego otro, y otro. No recuerdo demasiado después de eso. De lo único que me acuerdo es de que estaba furiosa, y tenía una necesidad incontrolable de hacer daño a alguien.

¿Cuándo había empezado Naruto a acariciarle la espalda? Tenía la mano grande y áspera, y la movía despacio arriba y abajo.

—Has pasado por muchas cosas. Es normal que reacciones así.

—¿Normal para una humana o para una valquiria? —preguntó ella casi llorando. —No sé cómo reaccionar, pues yo nunca he sido del todo ni la una ni la otra.

En ese preciso instante, Hinata comprendió que aquella frase era completamente cierta. Y eso significaba que tenía que replanteárselo todo. ¿Quién era ella en realidad? Ya no se reconocía a sí misma.

Tal como Mito había dicho.

Y Hinata sabía que ante la ausencia de una constante que pudiera tomar como ejemplo, introducir una nueva variable sólo conseguiría crear el caos más absoluto.

—No me gusta alterar mi rutina. No me gustan las sorpresas. No suelo reaccionar nada bien, ni siquiera cuando tengo un buen día.

—Tal vez no reaccionas bien porque no tienes práctica.

—No, tengo una enfermedad...

—Te gusta ordenar cosas. ¿Qué hay de malo en eso?

Hinata frunció el cejo. Había oído a su padre decirle esa misma frase a su madre cuando el doctor Pomposo quiso recetarle unas pastillas.

—Haces que parezca insignificante —contestó, negando con la cabeza. —Pero hubo una época en que no salía de mi casa porque tenía miedo de que me pillara una tormenta, o ver una joya y quedarme embobada mirándola. Y ahora no tengo ni idea de cómo reaccionar. Naruto, lo que es normal para una valquiria quizá no sea normal para mí. —Sabía que sonaría frívolo, pero no pudo evitar añadir: —Y no quiero tener colmillos y orejas puntiagudas.

—Ya sé que eso no te hará cambiar de opinión, pero a mí me encantan las orejas puntiagudas. Ella lo miró incrédula.

—No, en serio. Para los hombres de la Tradición, cuando una mujer posee esas orejas, señal de que es una furia o una valquiria, y ambas especies son conocidas por su increíble belleza.

—Aun en el caso de que no me hicieran parecer un monstruo, me causarán problemas con los humanos.

—No, qué va. Lo único que tienes que hacer es tapártelas con este pelo tan precioso que tienes. He visto a valquirias ocultárselas con trenzas, y otras se las cubren con diademas. También he visto a algunas llevarlas al descubierto y decir que hacen de extras en una película y que todavía no se han quitado el maquillaje. A Mito no parecía que le preocupara demasiado enseñarlas.

—¿Y qué me dices de los colmillos?

—Son muy pequeños, Hinata. —Naruto sonrió y se le arrugaron las comisuras de los ojos. —Los humanos ni siquiera les prestarán atención.

—Pero yo sí, y seguro que empezaré a hacer cosas raras.

—No, aprenderás a convivir con ellos. Lo de evitar que se fijen en uno es también cuestión de actitud. —¿Su voz sonaba ahora más profunda?

—Si conseguimos llegar al escondite de ese hechicero, entonces... —Hinata se interrumpió y levantó las cejas. —Naruto, ¿me estás oliendo el pelo?

Sin importarle lo más mínimo que ella le hubiera pillado con las manos en la masa, él le cogió un mechón y se lo acercó para inhalar.

—Pero ¿se puede saber qué te pasa? —exclamó Hinata poniéndose en pie.

—¿Qué? Sólo neces... quería oler tu pelo.

—Dices que estás dispuesto a escucharme, pero no te importa lo más mínimo lo que estoy sintiendo.

—Eso no es verdad, princesa.

Hinata fue en busca de su móvil y lo arrancó del cargador.

—¿A quién vas a llamar?

—¡Al hombre en el que debería haber confiado desde el principio, en vez del demonio mercenario al que le importa más el olor de mi pelo que mis sentimientos!

—¿Visitando a unos parientes? —Preguntó Kiba incrédulo. —¿En Amegakure? Pero si a ti no te gusta viajar. Hinata se cambió el móvil de oreja.

—Fue una emergencia. Ahora todo está solucionado, pero creo que tendré que quedarme unos cuantos días. —Para cambiar de tema, dijo: —Dime, ¿cómo van las conferencias? ¿Es bonito California?

Naruto paseaba nervioso por la habitación.

«Está bien, ya no podía seguir fingiendo que no lo veía. El demonio le había tirado los tejos, y ahora parecía estar celoso... pero, ¿por qué?»

Hinata era exponencialmente mucho más joven que él, y no era ninguna belleza como Mito. Ella era guapa en sentido intelectual. No en plan femme fatale inmortal.

Ella y Naruto hacían muy mala pareja. Hinata no era de su mundo y le había dejado claro que no tenía intención de pasar a formar parte de él de un modo permanente...

—Nuestro artículo tuvo muy buenas críticas —contestó Kiba. —Buenísimas. Ojalá pudieras estar aquí.

A Hinata le dio un poco de rabia pensar que él había recibido todos los elogios. Ella era la mejor matemática de los dos, y ambos lo sabían.

Se quedó atónita. ¿De dónde había salido eso? Nunca antes se había sentido tan irascible con Kiba. Ya tenía otro ejemplo de cómo la estaba afectando aquel proceso de cambio.

—Te echo de menos —dijo él, haciéndola sentir todavía más culpable por haberse enfadado.

—Y yo a ti —respondió ella.

Al oír esas palabras, Naruto se sentó para levantarse en seguida y volver a pasear de un lado a otro.

—¿Sigues trabajando en lo del código? —Preguntó Kiba. —No he visto que hayas colgado ningún cambio. —La pareja compartía una cuenta de Internet en la que tenían una copia de todos sus trabajos, y que actualizaban religiosamente cada noche.

—Mañana mismo vuelvo a ponerme.

—Cuanto antes lo hagas...

—Lo sé, lo sé. Antes tendré el doctorado... —Su novio siempre la había apoyado en todo, animándola a que luchara por sus sueños.

En voz más baja, Kiba dijo:—Tengo muchas ganas de verte, nena.

«Nena». ¿Por qué no se había dado cuenta antes de que Kiba la llamaba de ese modo tan a menudo? —Lo sé, yo también.

Naruto entró en el baño y dio un portazo. Salió segundos más tarde, con la cara empapada de agua.

—Cuelga —soltó antes de que ella pudiera tapar el auricular.

—¿Quién era ése? —preguntó Kiba.

—Un... primo mío.

—No sabía que tuvieras primos.

Ni yo, hasta hace un par de días. Al parecer, hay una rama de la familia que aún no conocía. —Cuando vio que Naruto se le acercaba, se apresuró a añadir: —Tengo que colgar. Te llamaré luego.

—Sí, claro. Ve con cuidado...

Naruto le arrancó el móvil de la mano antes de que le diese tiempo a colgar, y esquivó los manotazos que ella trató de darle.

—Aquí el primo lejanísimo de Hinata —dijo Naruto. —Lo siento, pero la nena no volverá a llamarte hasta dentro de una o dos semanas.

—¡Cómo te atreves! —Exclamó Hinata tan pronto como el demonio colgó el teléfono. —Se supone que lo único que tienes que hacer es mantenerme a salvo, para eso te pagan. ¡Explícame por qué es peligroso que hable con él!

—No es peligroso —contestó, acercándose a ella hasta quedar pegado a su nariz.

Ambos tenían la respiración acelerada. Naruto parecía hacerse con todo el aire que Hinata necesitaba para respirar, haciendo que le fuera imposible concentrarse.

—Entonces, ¿por qué?

—Quizá porque me he pasado el suficiente tiempo observándote como para saber que estás desperdiciando tu pasión con un hombre como él.

—¡Eso no te corresponde a ti decidirlo! Mito me dijo que te había contratado para que me llevaras hasta el hechicero, nada más.

Él le rodeó la cintura con un brazo, y la sujetó con firmeza cuando ella empezó a golpearle el pecho con los puños.

—Tal vez tengas razón, pero eso no implica que no pueda decirte que creo que estás cometiendo un error.

—De acuerdo. Tomo nota —replicó, sin dejar de moverse. —¡Suéltame de una vez!

—Creo que no lo entiendes. Tal vez ha llegado el momento de que te demuestre cómo se supone que tienen que ser las cosas entre un hombre y una mujer.

Antes de que Hinata pudiera reaccionar, Naruto le cogió el rostro y agachó la cabeza, devorándole la boca con la suya. El calor que emanaba de los labios del demonio hizo que la muchacha se estremeciera. Estaba demasiado atónita para moverse, para respirar. Tras unos instantes... lo hizo.

Naruto acarició con su lengua la de ella de un modo tan sensual que Hinata cesó de tratar de soltarse. Se dio cuenta de que dejaba de golpearlo y descansaba las dóciles palmas contra aquel poderoso torso.

Jamás hubiese imaginado que el beso de un rudo mercenario pudiera ser tan erótico, tan tierno, tan cálido. Y no pudo evitar devolvérselo. Naruto gimió contra los labios de ella, así que Hinata volvió a besarlo, y se perdió en la caricia.

Cuando, fascinada, le apretó los músculos del pecho, él la empujó con delicadeza contra la pared, atrapándola con su cuerpo. Profundizando el beso sin ningún esfuerzo, la excitó hasta un punto sin retorno.

Naruto se apartó, pero sólo para poder recorrerle el cuello con los labios.

—Eso es, princesa —le susurró, lamiéndole la piel. —Deja que te bese, lo haré hasta conseguir que te estremezcas entera.

Ya lo estaba. En especial en los pezones. Hinata sentía una humedad entre las piernas, y el anhelo de que él la tocara precisamente allí...

Sin previo aviso, Naruto le abrió el albornoz hasta la cintura, dejando al descubierto el camisón de seda negra que llevaba. Cuando le pellizcó los pezones por encima de la tela, Hinata casi perdió el control, y el grito que salió de su garganta se transformó en un gemido.

—La seda es lo único que debería cubrir unos pechos tan perfectos.

Deslizó las manos por sus costados, acariciándole las puntas de los senos con los pulgares una y otra vez, hasta que ella arqueó la espalda en busca de más. Hinata se mordió el labio inferior, esforzándose por controlar los gemidos.

—Eres tan sensible... Podría hacer que llegaras al orgasmo en cuestión de segundos. ¿Quieres que lo haga? —le preguntó, besándola de nuevo.

Mientras él le recorría la lengua con la suya de aquel modo tan perverso, Hinata se dio cuenta de que sí quería que lo hiciera. Con desesperación. «Demasiado rápido... estoy perdiendo el control.» Pero no podía dejar de besarlo.

«Oh, Dios, lo estoy perdiendo.»

¿Por qué no podía dejar de besarlo?

A esas alturas, apenas podía dominar las ganas que tenía de hundir las uñas en el cuerpo de Naruto, de apretarlo contra sí para que no pudiera apartarse.

Estaba a punto de decirle que podía hacer con ella lo que quisiera cuando él empezó a moverse despacio, presionando su erección contra su entrepierna.

La parte racional del cerebro de Hinata le decía que aquello no podía estar bien, pero otra parte no paraba de imaginarse cosas de lo más perturbadoras. Se veía a sí misma arrancándole los vaqueros para que su pene le acariciara la piel desnuda. Después, lo tumbaría en la cama y lo guiaría despacio hacia el interior de su cuerpo. Con él hundido en su sexo, por fin podría acariciar tranquila los fuertes músculos del torso del demonio...

Cuando se vio deslizar las manos hacia abajo para desabrocharle los pantalones, Hinata se asustó. Esos impulsos no eran propios de ella. Abrió los ojos como platos y lo empujó por los hombros.

—¡Para... no!

Naruto se apartó, tenía la respiración entrecortada, los cuernos erguidos. Parecía peligroso, excitado... tentador.

—Sabía que ibas a detenerme. —Sonrió de un modo que la dejó sin aliento. —Pero has llegado más lejos de lo que creía.

—¿Qué sucede? —preguntó, dando un paso atrás. Estaba hecha un lío, su cuerpo le exigía llegar hasta el final. —¿Por qué lo has hecho? ¿A qué ha venido esto?

—Deseaba estar contigo.

Ella se cerró el albornoz hasta el cuello.

—¿Deseabas estar conmigo? —repitió. —¿Por qué? ¿Para darme una lección, o porque te sientes atraído por mí?

—Tal vez por ambas cosas.

—¿Por qué ibas a sentirte atraído por mí? No tiene sentido.

—No sólo les gustas a los cuatro ojos, ¿sabes?

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que me pareces muy sexy. Sobre eso no te voy a mentir.

—¿Sexy? —preguntó con la voz estrangulada. —Pero... pero si a ti te gusta otro tipo de mujeres. Más tetas, menos cerebro, ¡eso fue lo que me dijiste! ¡Y yo no he hecho nada para llamar tu atención! Ni siquiera llevo maquillaje, ni escotes...

—¿Crees que porque no lo intentes no resultas atractiva?

—Pues... sí.

—Asúmelo, Hinata, eres una belleza.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza.

—Basta de besos, Naruto —le dijo señalándolo con un dedo. —No forman parte del trato. Tengo novio.

—No, tú no tienes novio. Como mucho, tienes un amigo. Ustedes dos no duermen juntos ni hacen nada de lo que hacen las parejas. Y eso es porque no tienes ni idea. No tienes ni idea de lo que te estás perdiendo.

Ella no pudo rebatir esas palabras.

—Durante el poco tiempo que nos queda juntos, voy a tratar de seducirte —le advirtió él. — ¿Por qué no aprovechas para satisfacer tu curiosidad? Puedes tomártelo como unas vacaciones de tu aburrida vida, un modo de exorcizar de tu cuerpo toda esa locura y poder volver así a la normalidad.

Hinata dudó, ladeando la cabeza... y luego se riñó a sí misma. ¿De verdad se estaba planteando en serio aceptar la sensual proposición de Naruto? Una invitación al lado oscuro. Lo mismo que en su sueño.

Abrió los labios para responderle, pero él dijo:—No hace falta que lo decidas ahora. Piénsatelo. Y una cosa más, te prometo que lo que suceda con el demonio, sólo lo sabrá el demonio. —Qué considerado.

—Así soy yo. Siempre pensando en los demás.

Lo miró con suspicacia. Parecía emocionado, incluso... feliz de estar con ella.

—Me voy a la cama. —Con el albornoz firmemente cerrado, se metió entre las sábanas.

—Ah, vamos, princesa, no tienes que utilizar ese albornoz como si fuera una armadura.

—Sí tengo que hacerlo, y más cuando hay tiburones a mi alrededor.

—Puedes confiar en mí. No te haré nada. Te doy mi palabra de mercenario.

Ella soltó un bufido.

—¿Dónde vas a dormir? —le preguntó.

Naruto se acercó al sofá y se sentó en él, estirando los brazos a su espalda.

—Aquí, a no ser que quieras compartir la cama conmigo.

—¡Ja! —Apagó la luz. —Sigue soñando, demonio.

—Eso haré, princesa —farfulló Naruto a oscuras.

.

.

Continuará...