Invaluable


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«Naruto»

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No podía creer que Shion me hubiera pedido salir en una cita.

No estaba tan seguro de salir con una compañera de trabajo. Usualmente — de acuerdo, ¡bien! siempre— tenía problemas de compromiso y terminaba enojando a las mujeres que querían más de mí. Si enojaba a Shion, realmente apestaría cuando tuviéramos que trabajar juntos de nuevo.

Además, era casi imposible para mí el concentrarme. ¿Y si se suponía que la cita de Hinata fuera esta noche? Fui capaz de usar el razonamiento deductivo a través de algunas preguntas astutas durante la semana para descubrir que esta era la noche que no tenía libre por un rato. Y si no se encontraba libre, probablemente se hallaba ocupada con él.

Dios, era tan jodidamente extraño pensar en ella con otro chico.

Cuando me contó que estaba interesada en salir a citas desde que al menos tenía dieciocho, tomó todo dentro de mí no demandar el por qué nunca estuvo interesada en salir conmigo.

Pero, ella tenía razón. Solo éramos amigos. Además, con los años, gané un gusto por ciertas... cosas. Estaría demasiado horrorizado en intentarlas con Hinata, incluso si estuviera interesada en mí de esa manera.

—Entonces, ¿a dónde vamos? —preguntó Shion, regresándome al presente.

Maldición. Estuve ignorándola. No era bueno.

—¿Te gusta el pollo frito? —pregunté, mirando en su dirección.

Me devolvió la mirada y arqueó una ceja.

—¿Crees que soy de las que comen frito?.

—Oh, mierda —dije rápidamente, mis ojos creciendo con horror y mi cara calentándose mientras me daba cuenta de lo mal que interpretó mi pregunta—. No me refería...

Con una risa, tocó mi brazo.

—Estoy jugando contigo. Lo siento, no pude resistirlo. Eres demasiado dulce cuando te sonrojas.

Y ella era locamente cruel cuando bromeaba. Jesús. Casi tuve una falla cardíaca, con miedo de insultarla. Poniendo una mano contra mi pecho, le envié una mirada que prometía venganza mientras dejaba escapar mi respiración.

—Maldición, eres malvada — dije, en realidad apreciando su encanto demoníaco.

Solamente se rió más fuerte, así que una risilla reticente salió de mí.

—Es mi mejor rasgo —coqueteó.

—Interesante —murmuré.

Llegamos a una manzana de su apartamento, y simplemente decidí que esta noche podría no ser un fracaso después de todo, cuando mi teléfono me alertó de un mensaje entrante. Apenas miré en su dirección, en donde se hallaba en su compartimento entre nuestros asientos, cuando la pantalla se encendió mostrando el nombre de Hinata y las distintivas letras SOS.

Olvidando la propiedad y lo grosero que era hablar, escribir mensajes o hacer búsquedas en tu teléfono mientras estabas en una cita, lo agarré y abrí el mensaje mientras me detenía en una luz roja.

Todo lo que Hinata dijo después de su SOS, fue una dirección que debía ser un edificio de apartamentos porque también tenía un número de cuarto: 5A. No tenía idea lo que pasaba en el 5A, pero estaba a punto de averiguarlo.

—Rápido desvío —dije, arrojando el teléfono de nuevo a su compartimento y apretando el acelerador tan pronto como la luz cambió a verde.

Shion agarró la puerta cuando doblé una esquina demasiado rápido pero no me regañó. Todo lo que dijo fue—: ¿Todo bien?

—Eh... —Me rasqué la nuca y le envié una mueca de disculpa—. No estoy seguro. Mi mejor amiga me acaba de enviar un SOS, así que voy a hacer una parada rápida para comprobar. —Tardíamente, me di cuenta que ella no podría estar bien con eso, así que rápidamente pregunté—: Si eso está bien contigo — cuando honestamente, no importaba lo que pensara de mis planes. Nada iba a mantenerme alejado de Hinata cuando me envió un SOS.

Pero Shion fue sorpresivamente genial.

—Oye, no hay problema. He tenido que rescatar a amigos en problemas demasiadas veces para contar. Está bien.

Le sonreí justo antes de encontrar la calle que necesitaba.

—Gracias.

Cuando me acerqué a la acera en la dirección y miré por la ventana al edificio de apariencia inofensiva, fruncí el ceño en confusión. No estoy seguro de lo que esperaba, pero no había ninguna ambulancia, autos de policía o camiones de bomberos ahí. No existía conmoción, en absoluto. Eso alivió mi ansiedad algo, pero la aumentó en otras maneras.

¿Y si de verdad estaba en su cita? ¿Y si él terminó siendo un imbécil y...?

Maldición, ni siquiera podía hacerme considerar escenarios peores. Mi piel ya picaba con todo tipo de temores.

—Vuelvo enseguida —apenas le dije a Shion mientras abría mi puerta y salía de la camioneta.

Fue una hazaña en sí el que no corriera a la puerta principal, pero me contuve a una marcha rápida. Una vez dentro, encontré el ascensor, y cuando no abrió tan pronto mientras presionaba el botón de la puerta, me lancé por la escalera cercana, trotando hasta el quinto piso. El departamento que quería se encontraba localizado al otro extremo del pasillo, pero lo alcancé en un par de segundos.

Deteniéndome en el 5A, me esforcé a escuchar algo sucediendo adentro: gritos, maldiciones, llanto. Pero no había nada.

Llamé a la puerta. Cuando pasos se acercaron, mis músculos se tensaron y mis manos se curvaron hasta formar puños a mis costados.

El pestillo giró, y la puerta se abrió. El chico que apareció se veía totalmente inofensivo, como si quizá pudiera ser un contador en entrenamiento. Sin músculos tonificados, sin bronceado, con entradas en el cabello.

Parpadeé, odiándolo incluso aunque no sabía absolutamente nada de él. Pero, en serio. ¿A Hinata de verdad le gustaba este tipo de idiotas?

Su ceño se arrugó cuando me vio.

—¿Quién eres?

Ningún cortés: "¿Puedo ayudarte?" o "¿Qué sucede?" Solo un directo: "¿Quién eres?"

Sí, ya no me gustaba este cretino. Sin encontrarme de humor para responder su pregunta, dije—: ¿Hinata está aquí?

Se apartó en sorpresa.

—¿Quién quiere saber?

Acabada la charla con él, miré por encima de su hombro dentro del apartamento.

—¿Hinata?

El inepto se movió para bloquear mi visión. Levantando la mano hacia mi pecho, abrió la boca, probablemente para derramar algún otro comentario idiota cuando la voz de Hinata llamó—: Justo aquí.

Eso fue todo lo que necesité escuchar. Entré, haciendo que el imbécil balbuceara y se tambaleara, saliendo de mi camino. Cuando la vi, aspiré aire y me detuve de golpe.

Maldición.

Shizune obviamente se ocupó de ella porque su cabello se encontraba rizado en los más pulcros bucles. Su maquillaje hacía sus labios brillantes y demasiado increíblemente besables, y sus mejillas parecían más altas de lo usual. Llevaba un vestido negro que no había visto antes que se detenía justo sobre sus rodillas, y sus pies estaban recubiertos en los tacones más altos que alguna vez la noté usar.

Hinata lucía tan malditamente hermosa que hizo que mi estómago se apretara. Odiaba que se hubiera vestido para él. Lo que me hacía odiarlo, y luego odiarme a mí porque no podía estar feliz por ella de la forma que quería que lo estuviera. Pero no podía evitar el querer matar al tipo por el que ella se veía tan linda.

Así que, me forcé a volver a escanearla como el amigo preocupado que era. Básicamente, se veía... bien. Sin moretones, sin sangre, ni ropa rasgada o incluso arrugada. Infiernos, ni siquiera lloraba, aunque se veía todo menos feliz.

Arrastrando su bolso a su regazo, avanzó con su silla en mi dirección.

—Me encuentro lista para irme.

—¿Qu-qué? —Aliento de idiota se puso entre nosotros para interceptarla—. ¿De qué hablas?

Lo aparté del camino.

—La escuchaste. Está lista para irse.

—Pero... —Frunciendo el ceño con mucha confusión, avanzó de nuevo, excepto que creo que supo que era mejor no meterse entre Hinata y yo una vez más porque titubeó cuando vio mi expresión. La irritación cruzó su rostro—. ¿Qué demonios está pasando? ¿Quién eres? ¿Su hermano?

—Soy quien la lleva a casa, al parecer.

Hinata no se molestó en decirle adiós a Inepto. Me pasó sin siquiera mirar en su dirección. Y eso me dijo todo lo que necesitaba saber. Inepto tenía que morir.

—Oye, no puedes simplemente entrometerte y llevártela así.

—Acabo de hacerlo, amigo. —Miré en su dirección, deteniéndolo cuando intentó seguir a Hinata al pasillo—. No sé qué carajos hiciste para hacerla enviarme un mensaje pidiéndome que la recogiera, pero podrías considerar empacar tu mierda y mudarte, porque si decido que no me gusta lo que tiene que decirme una vez que sepa la verdad, voy a regresar por ti.

Miedo y quizás incluso un poco de culpa se filtraron en su rostro. Pero solo sacudió la cabeza.

—No sé de lo que hablas. No hicimos nada. —Entrecerré los ojos y me acerqué más, haciéndolo graznar—: Nada.

—Ya veremos —murmuré, manteniendo un agudo contacto visual en él mientras salía de su departamento y cerraba la puerta entre nosotros.

Hinata ya se encontraba a mitad de camino por el pasillo y esperando en la entrada del ascensor. Para el momento en que la alcancé, las puertas se habían abierto y ella se movía al interior. En silencio, me deslicé junto a ella.

Ninguno habló hasta que las puertas se cerraron y empezamos a descender, y entonces, incapaz de contenerme más, miré directo a su reflejo en las puertas espejadas, y silenciosa y calmadamente, aunque apenas contenido, pregunté—: ¿Te tocó?

—No —dio la fría respuesta a medida que giraba la cabeza lejos de mí.

Resoplé con incredulidad.

—Entonces, ¿todo esto es porque no te tocó? Sí, cierto. No me lo creo.

—No me tocó —repitió con los dientes apretados justo cuando la primera lágrima bajaba por su mejilla.

—Hijo de puta —gruñí y golpeé la pared del elevador con mi puño—. Voy a matarlo.

Al fin, Hinata me miró.

—No. Déjalo.

—Al infierno con eso. Estás llorando.

—Naruto.

—Me contactaste, Hinata, pidiéndome ayuda. Bueno, así es como lidio con ello. Ese mierda te lastimó, así que muere.

Más lágrimas empezaron a caer. Su mano se sacudió locamente mientras trataba de limpiarse las mejillas, lo que me dijo cuán molesta estaba; su Parálisis Cerebral estaba apareciendo porque sus emociones eran intensas.

—No hizo nada malo. Quizá yo no estaba de humor y me encontraba lista para ir a casa.

Sacudí la cabeza.

—Pura mierda. Eres demasiado educada para dejar plantado a un chico a mitad de una cita. Si no estuvieras de humor, seguirías atascada ahí hasta el final de la noche. Te conozco, Hinata. Así que sé que la razón por la que no le dijiste adiós a ese bastardo o siquiera miraste en su dirección cuando te fuiste fue porque él hizo algo mal.

—Estoy exagerando, de acuerdo —gritó—. Así que, por favor, déjalo.

Resoplé.

—Bueno, como que creo que tratas de bajarle el perfil.

—Bueno, no quiero hablar de ello. —Tan pronto como el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, salió disparada al recibidor del primer piso.

Maldiciendo, la aceché, debatiéndome entre regresar al quinto piso a patear algún trasero o verla a salvo en mi camioneta. Sus lágrimas me hicieron quedarme con ella. Se movió tan rápido que ya se encontraba a seis metros más delante de mí para el momento en que salí.

—Hinata —grité, apresurándome a alcanzarla.

—Maldita sea, Naruto. —Alzó la mano, alejándome—. Dije que no...

La corté para tomarla de su silla, en mis brazos. Sin decir una palabra, la llevé el resto del camino a mi camioneta. Así de silenciosamente, envolvió los brazos alrededor de mí y giró la cara hacia mi cuello mientras empapaba mi camisa con lágrimas.

Descansando la mejilla contra su cabello, cerré los ojos y tensé mi agarre en ella, manteniéndola cerca. Odiaba cuando lloraba. Cuando salía lastimada, me lastimaba. Sentir sus temblores de tristeza me cortaba en pedazos.

Un par de pasos antes de que llegáramos a mi camioneta, la puerta del lado del pasajero se abrió, sorprendiéndome porque olvidé por completo a Shion. La preocupación inundó sus rasgos mientras aparecía en la acera con nosotros.

—¿Qué pasa? ¿Está bien?

Ante la pregunta, Hinata levantó la cara de mi hombro y parpadeó ante Shion antes de cambiar su atención a mí.

—¿Estás en una cita?

—Creo que acaba de posponerse. —Encontrando la mirada de Shion, hice una mueca—. ¿Te importaría sentarte atrás? Es mas difícil maniobrarla...

—No, está bien —respondió Shion con rapidez—. Lo que sea que necesite. —Incluso fue a ayudar para mantener la puerta abierta para nosotros mientras deslizaba a Hinata en el asiento del pasajero. Entonces, se apresuró a traer la silla de ruedas.

—Gracias —dije antes de plegarla y levantarla para dejarla en la cama de mi camioneta.

Cuando regresé, Shion aún se encontraba ahí, retorciéndose las manos mientras observaba a Hinata tirar de su cinturón de seguridad a través de la puerta abierta.

Abrí la boca para disculparme, pero lo que salió sonó más como—: ¿Puedes quedarte aquí con ella por un segundo? Volveré enseguida.

Mientras Shion empezaba a sentir, Hinata sacó la mano y atrapó mi brazo.

—No.

Mi bíceps se tensó bajo su agarre.

—Hinata —empecé.

Pero sacudió la cabeza.

—No vuelvas ahí.

—No me digas qué hacer —me enfurecí—. Ese cabrón tiene que pagar por lo que hizo.

Soltó una incrédula risa y sacudió la cabeza.

—Ni siquiera sabes lo que hizo.

—No lo necesito. Estás molesta, y eso es suficiente para hacerme querer romperle la cara.

—Naruto, por favor. —Un sollozo se le atascó en la garganta y más lágrimas se derramaron por sus mejillas—. Solo quiero ir a casa.

El dolor se enroscó con tanta fuerza a través de mi pecho que apenas podía respirar. Lo único que jamás podía manejar eran sus lágrimas. Rara vez lloraba, así que cuando finalmente permitía que cayeran, era mucho más devastador para mí. Una frustración sin esperanza rugió a través de mí hasta que quería golpear mis puños contra la camioneta.

Todavía deseaba salir disparado de regreso al quinto piso y vengarla, pero hice caso a sus deseos y esperé hasta que las señoritas se encontraban encerradas en el interior antes de moverme hacia el lado del conductor y subir tras el volante.

Nadie dijo una palabra cuando encendí el motor y me incorporé al tránsito. Pasó otro minuto. El único sonido venía de Hinata mientras resollaba a través de sus silenciosas lágrimas. Finalmente, una garganta se aclaró desde el asiento trasero.

—Yo... soy Shion.

Ella giró la cabeza lo suficiente para reconocer el saludo.

—Hinata — murmuró.

—Es un placer conocerte. He oído mucho de ti. Naruto dice que eres su mejor amiga.

Miré sobre mi hombro hacia ella, preguntándome de lo que hablaba. No había escuchado "mucho" de Hinata. Konohamaru la mencionó una vez alrededor de Shion, y eso fue todo. Sin embargo, cuando encontré su mirada, solo se encogió de hombros, haciéndome saber que no estaba segura de qué más decir. Entonces, agregó—: Trabajo en Shinobi's con él.

Hinata asintió.

—Nuestros hermanos solían trabajar juntos ahí. Así es como nos conocimos.

Esa fue toda la charla amistosa que pude soportar.

—¿Te importaría si paso a dejarte primero, Shion?

La mirada que me lanzó me dijo que era un imbécil grosero, pero no podía evitarlo. La violencia burbujeaba bajo la superficie de mi piel. Agradable no se encontraba en mi vocabulario por el momento.

—Está bien —respondió Shion, a pesar de su irritación.

Asentí.

—Gracias.

El interior de mi camioneta quedó en silencio una vez que llegamos al apartamento de Shion y la acompañé hasta su puerta.

Cuando volví, Hinata miraba por la ventana del acompañante, ignorándome. Me enojó. Ella tenía que comenzar a hablar. Ahora.

Subí a la camioneta, encendí el motor y volvimos a la carretera, rechinando los dientes hasta que no pude soportarlo más.

—Esta —gruñí cuando di vuelta en su calle—, es exactamente la razón por la que quería saber más sobre él antes de que salieran.

Me miró sobre su hombro, suspirando.

—En verdad, no me siento de humor para un "te lo dije".

—Eso no es lo que hago. —Traté de mantener la calma, pero aún seguía molesto por verla llorar y no poder acabar con ese bastardo por ello... o al menos saber qué hizo para causarlo. Pero no pude enmascarar la burla en mi voz cuando murmuré—: Discúlpame por preocuparme por ti.

—Bueno, discúlpame por querer salir en una cita como una mujer normal, sin todo el drama que conlleva que averigües sus antecedentes, o lo sometas a un interrogatorio o quizá lo amenaces para que me trate bien.

Dios, odiaba cuando tenía razón.

—Tal vez no habría hecho eso.

Excepto que lo habría hecho, porque no era una mujer común y corriente. Era lo más preciado de mi vida. Sabía que era ilógico lo mucho que daba por sentado que estaría ahí para mí cuando necesitara una amiga, pero no me importaba. Hinata era irremplazable para mí. No podía dejar de sobreprotegerla, y gruñir a todo lo que se le acercara.

No sabía cómo decirle algo sobre estos sentimientos, y parecía dispuesta a despertar mi mal humor.

—Eso es exactamente lo que habrías hecho —despotricó—. Maldición, eres tan predecible que ya no es gracioso. Me encanta que me cuides, pero lo llevas demasiado lejos.

¿Demasiado lejos? ¡No hice nada! Y en realidad no apreciaba recibir la peor parte de lo que sea que comenzó el comemierda de Utakata. Lo haría sufrir tiempo extra solo por eso.

Apretando la mandíbula, estacioné en la esquina de su casa, intentando calmarme porque discutir sobre lo que podría haber sucedido no nos llevaría a ningún lado. Tan pronto como apagué el motor, la enfrenté y exigí—: ¿Puedes decirme qué te hizo de una vez?

—Qué te jodan. —Abrió la puerta y se bajó dando un portazo. Pero no podía ir demasiado lejos, quedarse fuera de su casa no era una opción, y no tenía la fuerza necesaria para quitar su silla de mi camioneta.

Me tomé un segundo para apretar mi agarre en el volante y cerrar los ojos. Cuando me bajé y fui a la parte de atrás de mi camioneta para bajar su silla, se hallaba apoyada a un lado, esperando con impaciencia. Abrazándose todo el tiempo, moviéndose como loca y evitando todo el contacto visual, con la barbilla levantada con terquedad.

Desplegué la silla y la dejé en la acera, asegurándome que se encontrara preparada para que se sentara.

—Su carruaje —le dije.

Lanzándome una mirada asesina, murmuró—: Bastardo —y se deslizó hacia abajo, sentándose.

Me reí.

—Dicho sea de paso; de nada. Es en verdad un honor salvarte de tu maldita cita.

Hinata me ignoró mientras rodaba la silla por el camino sin un adiós o un púdrete o una mirada hacia atrás.

Mis manos se cerraron en puños. Oh, esto no había terminado. No la dejaría sola hasta no descubrir qué hizo el viejo y querido Utakata.

Debió saber que la seguía, porque una vez que abrió la puerta principal y entró a la casa, intentó cerrarla de un portazo en mi cara.

La atrapé antes de que me rompiera la nariz y vi como pasaba a toda velocidad frente a su hermano, que se encontraba en el sofá mirando la televisión y usando nada más que pantalones de pijama.

—¿Qué demonios? —le gritó, poniéndose de pie y quedando con la boca abierta, luego de que su hermana apenas mirase en su dirección.

—Me voy a la cama. Buenas noches —fue todo lo que murmuró.

Tokuma se volteó con lentitud hacia mí con una mirada confusa en su rostro. —¿Por qué vino a casa contigo y no con...?

—¡No tengo ni puta idea! —grité, harto de toda esta mierda. Quería golpear algo. Fuerte.

Pero Tokuma me miró y levantó su mano para silenciarme.

—Shh. Shizune y los niños ya se durmieron.

—Mierda. —Apoyé las manos en mis caderas y dejé escapar un largo suspiro—. Perdón. Ella... me envió un mensaje de texto preguntando si podía ir a buscarla. Ahora no me cuenta qué sucedió, y demonios, eso me molesta.

El rostro de Tokuma se llenó de preocupación.

—¿Algo malo sucedió? ¿Con su cita? —Se volvió como si quisiera seguirla a su habitación y descubrir el problema él mismo, pero salté para interceptarlo, ya que no iba a dejar que eso sucediera. Si entraba, yo ya no sería necesario, y no había una maldita posibilidad de que me quedara fuera.

Ella me contactó. Entonces aquí estaba.

—Bien —dije—. Voy a averiguar que sucedió. Yo me encargo.

Tokuma por un momento pareció dudar sobre dejarme acercar a su hermana, y el pánico llenó mi pecho.

Si él decía que no, ¿qué haría? No podía pasarlo por arriba y entrar en su habitación a la fuerza. Y tenía la sensación de que no ayudaría que intentara hacer eso.

Mirándolo directo a los ojos, dije—: Puedo hacer que hable conmigo.

Él sabía que debía creerme porque antes lo había conseguido. Sabía que podía confiar en mí con Hinata, probablemente por eso me dio un asentimiento reacio y se movió, como si me dejara el camino libre. Avancé con premura hacia el pasillo cuando me llamó—: También quiero saber qué le hizo ese tipo.

Ya que no podía prometerle eso, simplemente actué como si no lo hubiese escuchado.

Cuando llegué a la habitación de Hinata, me sentí aliviado al ver que no bloqueó su puerta. Deslizándome en el interior, la encontré fuera de su silla, ya sentada en la cama con los pies descalzos en el suelo y los dedos aferrados al borde de la cama mientras me miraba.

—Y tampoco le contarás todo sobre mi vida a mi hermano.

Suspiré y cerré la puerta tras de mí. Sin decir nada, me acerqué a ella y tomé asiento a su lado, ambos mirando a la puerta cerrada.

—No le iré con cuentos a tu hermano —contesté por fin, sintiéndome lo suficiente calmado para actuar de forma racional—. Simplemente intenté calmar las aguas, sabes que él podría haber entrado aquí exigiendo respuestas. Pero no se encuentra aquí ahora, ¿o sí?

Su barbilla tembló mientras miraba a la puerta, pero su hermano nunca intentó entrar. Al final, dejó escapar un suspiro y dijo en un murmullo—: Lo siento, estoy descargando mi mal humor contigo, pero no lo mereces.

Me encogí de hombros.

—No hay razones para disculparse. Si estás enojada, tienes permitido ser irritable.

Sorbiendo, limpió su nariz.

—No contigo, no cuando dejaste todo para ir a ayudarme.

—Oye, para eso estoy. —Pasando las manos por mi cabello, deseé saber cómo obtener las respuestas que quería. Pero Hinata era un caso obstinado. Cuanto más lo intentara, más se cerraría.

Debería esperar a que se sintiera lista para hablar. Por lo que solo me senté allí, esperando. Volviéndome loco.

Un minuto más tarde, se limpió la mejilla y dijo—: Sé que es egoísta querer cosas, pero... solo quería saber qué sentía tener una cita. Besar a alguien. Tener... tener sexo.

—¿Tener qué? —No esperaba que dijera eso.

Me miró, sin rastros de disculpas, vergüenza o arrepentimiento.

—Lo siento, pero tengo curiosidad, de acuerdo. Todo el mundo va a citas, se besa, y... y tiene relaciones sexuales. ¿Por qué yo no? No quiero morir como una anciana mohosa y virgen.

—Ah, lo que sea. Solo tienes veintidós años, eso no es exactamente...

—La forma en que mi vida se ha desarrollado —continúo hablando por encima de mí—, sin sexo, nunca, parece ser la forma en que continuará siendo. Daría lo que sea para saber qué se siente tener un orgasmo que no sea inducido por mis dedos.

En ese momento fue cuando mi mente quedó en blanco. Llámenme un chico simple, lo que sea, pero pensar en Hinata tocándose hasta llegar al orgasmo logró hacerlo.

No fui capaz de escuchar nada después de eso, mi mente se convirtió en una fiestita porno. Todo lo que podía imaginar eran sus labios separados, la cabeza inclinada hacia atrás en su almohada, exponiendo su garganta mientras su pecho se arqueaba en el aire y su propia mano deslizándose pecaminosamente entre sus piernas.

Mierda.

Estaba duro como una roca. La idea de Hinata masturbándose... Sí. Solamente... mierda.

Nunca antes la imaginé de ese modo. En fin, de acuerdo, si la imaginé de ese modo, seguro. Soy un chico, es una chica, tuve un montón de fantasías sexuales sobre ella durante años. Pero nunca se me ocurrió que también ella pensara en eso. Nunca dijo chistes subidos de tono, hizo comentarios sexuales o chequeó a otros chicos. Supuse que era completamente ajena a lo que dos personas podían hacer estando juntas, desnudas y solas.

Saber qué pensó de esa manera e incluso se masturbó, me dolió un poco. Me refería a que si por fin se evidenció su interés en el sexo, ¿por qué no podía interesarse en tener sexo conmigo?

Y, mierda ¿por qué mi cerebro seguía yendo hacia allí? Existieron otras razones por las que siempre me mantuve al margen en ese sentido. Me hallaba demasiado jodido para ser algo más que su amigo.

Era más del tipo de ponerla y quitarla. Uno y listo.

"Bim, bam, bum" y gracias, señorita.

Cuando pensé en eso, me di cuenta que básicamente era un idiota cuando se trataba de sexo, así que por lo general intentaba no pensar en ello, porque no me sentía exactamente orgulloso de ser un idiota. Es así como era.

No tenía citas, esa era la razón número uno por la que me incomodaba salir con Shion. No tenía novias. Follé con mujeres que se sentían interesadas en follar conmigo, y no me hice amigo de ninguna de ellas. Tenía a Hinata para todo lo que no era sexual, así que no servían para nada más que pasar un buen rato.

Esa era la razón que me iba a mantener lejos de las partes sexuales de Hinata. Se merecía lo mejor, y yo no tenía ni una maldita pista de cómo ser algo parecido a un novio.

Pero imaginarla saliendo con otro, saber que podría sentir cómo era estar dentro de ella, y darle su orgasmo tan anhelado, no me llenaba exactamente de alegría. Honestamente, me hacía enloquecer.

Hinata no estaría con un chico hasta que se sintiera cómoda con él, lo que significaba que tenía que estar unida a él, y debía gustarle. No quería que fuera cercana a ningún otro idiota como lo era conmigo. No quería a algún maldito extraño ocupando mi lugar en su cama.

Ella era mía.

Excepto que no podía reclamarla como mía, lo que era un problema que nunca podría contarle porque probablemente me golpearía en las pelotas por pensarlo. Pero no podía evitarlo. Y aún no quería que tuviera citas. Durante todo ese tiempo debía aguantarme y actuar como un buen amigo, apoyarla e incluso, tal vez, ayudarla con algo sobre el sexo. No podía respirar bien.

Tenía un tonto sentimiento sobre que la perdería a causa de su reciente deseo de experimentar una vida sexual.

De repente odié al sexo.

Mierda. No, no lo odiaba.

—¿Naruto?

—¿Eh? —Levanté la mirada y la vi frunciendo el ceño con preocupación.

Sus cejas se levantaron cuando dijo—: ¿Te sorprendió lo que dije?

Demonios, ¿de qué hablábamos? Ah, sí: ella y su masturbación.

Joder. Aún me encontraba duro, y aún no estaba dispuesto a odiar al sexo, ni un poco.

Aclaré mi garganta y negué con la cabeza.

—Sí, yo... no sé qué decir sobre eso.

—Crees que no debería tener esa clase de necesidades, ¿o sí? —Sus ojos se encontraban abiertos y lucían tristes, como si de verdad creyera que quería que no tuviera sexo.

De acuerdo, tal vez lo quería. Pero era por razones egoístas, porque no podía estar con ella y desde luego no soportaría la idea de que estuviera con alguien más. No era porque quisiera que fuera infeliz.

Con un suspiro, me dejé caer hacia atrás en la cama y miré el techo con desaliento. Hablar de sexo con ella era una situación sin salida.

—Ahora, lo único que quiero saber es porque tuve que cancelar mi cita para ir a recogerte de la tuya.

Abrazándose a sí misma, balanceándose hacia atrás y adelante, murmuró—: No quería que cancelaras tu cita. Podías simplemente dejarme en casa y continuar con tus planes. O mejor aún, podrías haberme dicho que estabas ocupado. Lo hubiese entendido.

—¡Me enviaste un maldito SOS! —grité y me arrepentí porque recordé que había otras personas durmiendo en la casa—. ¿Crees que podría seguir con mi cita después de eso? A la mierda con la cita. Dime qué sucedió.

—¡Exageré! —susurró entre dientes—. ¿De acuerdo? Lo siento. No debí molestarte, y me disculpo por eso.

—A la mierda con tus disculpas. Solo... ¡dímelo ya!

—No.

—Hinata —gruñí, sintiendo una vena en mi cuello latir peligrosamente—. Lo juro, estoy a un segundo perder el control.

—No te lo diré.

—¿Por qué? —Me senté para estar más cerca de ella.

—Porque me siento una idiota. —Inclinó la cabeza y sorbió un sollozo que le hizo mover todo el pecho—. Debería haber sabido que el que Utakata quiera salir conmigo porque le gustaba era demasiado bueno para ser verdad. Y soy una tonta por caer en sus mentiras.

Dios, lloraba otra vez. Puse mi mano en su espalda.

—No eres una idiota, no importa que haya pasado. Y voy a matarlo, sin importar qué. Entonces deberías decirme por qué lo haré.

—Bien.

Después de limpiar las lágrimas de sus mejillas, buscó dentro de su bolso y tomó su celular.

—Su amigo le envió un mensaje de texto mientras nos servía unas bebidas. Y esto es... bueno, esta es la conversación que han tenido en su grupo estos últimos días.

Seleccionó la galería de fotos que contenía capturas de pantalla que tomó de algunos mensajes de texto. Frunciendo el ceño mientras me pasaba el teléfono, vi cómo su cara palidecía, y me pregunté qué sería tan incriminatorio en un mensaje de texto.

Fruncí el ceño.

—¿No tenía un código de bloqueo en su teléfono? —Después de que Fûka encontrara mi teléfono en la escuela, siempre lo tenía con un código. Rodó sus ojos. —Peor. Su código era 1-2-3-4.

—Ah. —Listo para leer lo que quería mostrarme, bajé la vista y leí el final, el último mensaje primero.

Decía: No lo olvides, idiota. Necesitas pruebas para que te paguemos.

Eso no tenía sentido para mí, por lo que fui a un mensaje anterior.

¿Aún no la has clavado?

—¿Qué? —exhalé, expulsando todo el aire de mi pecho.

Necesitando empezar desde el principio, encontré el primer mensaje y las náuseas se hicieron cada vez peor con cada mensaje que leía hasta llegar al final.

Al parecer, Hinata fue objeto de una apuesta. Un par de amigos lo retaron a que la invitara a salir y durmiera con ella esa noche. Él no quería, pero insistieron, incluso ofreciéndole pagarle hasta que la oferta subió a más de doscientos dólares. Por fin, se vio obligado a hacerlo, para salvar su culo.

—¿Qué demonios? —Negué con la cabeza, incapaz de creer lo que veía.

¿Qué...? ¿Por qué...? ¿Cómo alguien podía hacerle esto a Hinata?

Ni siquiera la conocían. No tenían idea de lo increíble, dulce y enérgica que era. Solo vieron algo para ridiculizar y... y la lastimaron.

Esos bastardos lastimaron a Hinata.

Alcé la mirada, sintiendo como si un camión de carga me hubiese golpeado directo en el pecho. Los ojos de Hinata se ampliaron cuando vio mi expresión. No sabía cómo me veía; me sentía demasiado aturdido para que me importara. Pero tomó mi mano y susurró—: Por favor, no enloquezcas.

Por alguna razón, esas cuatro palabras activaron un interruptor dentro de mí. Cambié del dolor por ella a la furia.

—Hijo de perra —susurré, sosteniendo con fuerza el teléfono ante esas horribles palabras sobre mi Hinata, hasta que juraba, que escuché cómo el plástico se rompía.

Ese maldito idiota pagaría por esto. Iba a sangrar, gritar y llorar por lo que le hizo. Y entonces sangraría, gritaría y lloraría una y otra vez. No podía creer que lo hubiera dejado intacto en su departamento. Era un grandísimo idiota.

Moviendo el brazo hacia atrás para triturar esas odiosas palabras en su teléfono tan fuerte como pudiera contra la pared, me detuve cuando Hinata se estremeció y se agachó, cubriendo su cabeza con los brazos.

Mierda.

Congelado, con mi brazo en alto, dije—: No perderé el control. —Me encontraba en completo, absoluto y asesino control.

Después de colocar el teléfono con gentileza en su regazo, me levanté, murmurando—: Debo irme.

—¡No! —Saltó de la cama tras de mí, y tuve que sostenerla o se hubiese caído al piso.

—¡Hinata! —Tomándola por los brazos, la abracé contra mi pecho y nos acomodé en la cama—. ¿Qué demonios?

Se aferró a mí como pegamento.

—No vayas allí. Por favor. Puedes resultar lastimado.

Cuando hice una mueca por lo que dijo, volvió a hablar con tono más firme.

—Te puedes meter en problemas.

Era más que probable, pero no me importaba.

—No puede salirse con la suya, haciéndote esto. —Y tampoco sus amigos, que lo incentivaron a que lo llevara a cabo. Tan pronto como pagara por ofender a Hinata, averiguaría las direcciones de los idiotas de sus amigos y los acabaría.

Pero por mucho que hice por salirme de su abrazo, mi mejor amiga se negó a moverse.

—Déjame ir —ordené.

—No. —Sacudiendo su cabeza, enterró la cara en mi pecho y mojó mi camisa con sus lágrimas. Lo juro, cada lágrima que derramaban sus ojos se sentía como ácido quemando en mi alma. Odiaba su dolor—. No me dejes —dijo con voz entrecortada—. Por favor, te necesito. Aquí, en este momento. No te vayas.

Cerré los ojos e incliné mi rostro hasta que mi nariz se enterró en su cabello, y pude sentir su familiar esencia.

—Maldita seas —murmuré, levantándonos así podíamos acomodarnos en la cama, con mi cabeza sobre las almohadas y ella con la mejilla en mi pecho. Pasando un brazo alrededor de su cintura y sosteniendo su nuca con la otra, besé su cabello y recé para que cesara su dolor.

Siempre podía regresar mañana al apartamento 5A en la calle Locust. Ahora, Hinata me necesitaba, entonces era donde debía quedarme.

Continuará...