Ocho:
"Adiós Brittany."
Cuando regresé a clase, las mejillas aún me ardían y el corazón todavía me latía con fuerza. Quinn entró un poco más tarde con papeles bajo el brazo, como si hubiese ido a buscar algo. No sé cuánto tiempo estuvimos en el lavabo, pero fue bastante.
— Aquí tienen el esquema que quiero que sigan cuando analicen las siguientes obras de arte. Para la semana que viene quiero que escojan dos de las que aparecen en el tema que acabamos de empezar y que las analicen. Contará para la nota final —informó mientras iba repartiendo los papeles por cada pupitre, aun con el cabello alborotado. — Ahora empezaré a hacerles las preguntas sobre el resumen de hoy.
Tenía ganas de contarle todo a Brittany esa tarde. Seguro que se emocionaría muchísimo y me haría preguntas inapropiadas, pero quería verla para poder compartir todas las cosas maravillosas que me estaban pasando, y así de paso preguntarle unas cuantas dudas sobre relaciones que seguro ella dominaba. No se creería jamás todo lo que me estaba pasando, y aún menos tratándose de mí.
Justo cuando Quinn se giró, un papelito llegó volando hasta mi mesa. Venía de la parte de atrás, así que seguramente sería de Santana. Parecía que había algo escrito, así que lo tomé y lo abrí. Había un dibujo de una chica que se suponía que era yo (porque ponía mi nombre encima de la persona, no porque se me pudiese reconocer) sentada en el wáter.
Debajo ponía: "van a tener que destruir el instituto entero de la peste que va a salir de ese sitio después del tiempo que estuviste fuera. Si tu culo se parece a tu cara, el wáter estará intentando suicidarse". No podía negar que la frase tenía su ingenio, pero la verdad es que no me importaba lo más mínimo. De mí podían decir lo que quisieran que no me iba a quitar el sueño.
Quinn estaba dando algunas preguntas sobre el tema a los alumnos que parecían más despistados. Al cabo de pocos minutos me llegó otra carta hasta la mesa. La volví a abrir sólo para ver que habían ingeniado esta vez, pero lo que vi ya no me hizo tanta gracia. En realidad no me hizo ninguna. En el papel había un dibujo de un hombre en una camilla que parecía de hospital y una mujer que lo agarraba por el cuello, enfadada.
De entre las piernas de la mujer salía una especie de excremento en forma de bebé. El excremento llevaba mi nombre, encima de la mujer ponía 'Tu madre' y en el hombre ponía 'Tu padre'. Debajo ponía otra nota. "cuando tu padre te vio salir de tu madre, tu madre debió matarlo por haberte hecho con cara de mierda".
Eso ya no tenía ninguna gracia, y podía notar como empezaba a hervirme la sangre de la rabia. No pude evitar imaginar a Leroy siendo empujado por mi madre y dándose con el bordillo de la escalera, y eso me enfurecía. Entonces empezaron a tirarme trozos de goma. Quinn estaba atendiendo a uno de los alumnos al otro lado de la clase y no se enteraba de nada. Por mucho que lo intentara, no podía quitar la vista de esa nota, y los horribles flashes seguían viniendo a la cabeza. Intenté respirar y tranquilizarme, pero me estaba resultando muy difícil. Contra más pedazos de goma me tiraban, más rabia se me iba acumulando. Entonces, como si ya no fuese dueña de mi cuerpo, me levanté, y apretando los puños de la rabia, me dirigí hasta el pupitre de Santana, que mostraba una sonrisa de triunfo en su cara de malcriada. Escuché como Quinn decía algo, pero su voz me llegó como si estuviese muy lejos, distorsionada.
— Aléjate Hobbit si no quieres que te pise —se burló Santana levantándose de la silla quedando casi a mi altura.
Me miró desafiante durante unos segundos, y entonces me empujó tirándome al suelo.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Me levanté, poco a poco, sin dejar de mirarla directamente a los ojos, y con una sonrisa en mi cara, como si estuviese medio loca, apreté el puño y le pegué con todas mis fuerzas en la cara.
No recuerdo bien lo que ocurrió después. No pude más que concentrarme en los gritos de sus amigas, la sangre que salía de la nariz de Santana, y la sensación de victoria y poder que se adueñaba de mí. Recuerdo a las amigas de Santana gritando y ayudando a que se levantara. Había caído hacia atrás cuando le pegué el puñetazo, cayendo primero en la silla, y ésta, por la inercia del movimiento, siguió hacia atrás haciéndole dar una voltereta al revés. Los demás alumnos se habían acercado, y para mi sorpresa, podía ver rostros de satisfacción en varios de ellos al ver a Santana en una posición tan inferior.
Supongo que después de todo no era yo la única que sufría sus abusos.
Lo siguiente que recuerdo es estar sentada en el despacho del director Figgins, junto a Santana, que empezaba a tener un ojo morado, pero con peor aspecto todavía. El director estaba rellenando una sanción disciplinaria. En otra circunstancias, un parte disciplinario me hubiese parecido lo peor del mundo para mi posible entrada a NYADA, pero cuando me lo entregó creo que incluso sonreí de la satisfacción. Me parecía más un premio a mi valentía que un castigo por mis hechos. Santana empezó a lloriquear mientras el director rellenaba el suyo.
— No puedo ir a casa con una advertencia. Por favor, señor director, no me lo dé. Castígueme con lo que quiera, pero una advertencia no —le suplicó entre sus habituales falsos llantos.
— Lo siento, pero su conducta señorita López merecería más que algo simple e, así que dé gracias que sólo es eso —le contestó sin dudar.
Saliendo del instituto, por los pasillos, me pareció que mis compañeros me miraban de otra manera. Algunos incluso me sonreían. El grupo de Santana me evitaba atemorizado, guardando una distancia más que prudente, y la verdad es que me parecía bien así. Me gustaba verlas tan aterrorizadas. Arthie se acercó a mí.
— Gracias Rachel—agradeció tímidamente y se fue sin darme ni siquiera tiempo a hablar con él.
Me sorprendió también la reacción de Quinn, que no perdió la calma en ningún momento. Aunque evidentemente no lo demostró en clase, sé que estaba orgullosa de mí.
Esa tarde Quinn tenía un par de horas de reunión, así que tardaría un rato, la cual cosa me iba bien porque tenía que ir a ver a Leroy y a Brittany.
'¿Quieres que pase por el hospital a buscarte? Y luego podemos ir a dar una vuelta por algún lugar' —me escribió, cuando iba de camino a la estación de tren.
'Ajam. Tú avísame cuando estés allí y bajaré a la entrada'
'Deacuerdo, mi luchadora personal' —y puso un emoticono sonriente que guiñaba el ojo.
Cuando llegué, la primera que visité fue a mi padre, como de costumbre. Seguía igual, ni mejor ni peor, tumbado, con la mirada fija en el techo, ausente, sin la más mínima expresión. Me quedé a su lado un rato tomándole la mano. Me preguntaba cómo de diferente hubiese sido mi vida si lo hubiera tenido junto a mí. Me hubiera encantado que conociera a Quinn, que viera que era una educada y buena chica y que me trataba como una princesa, como él siempre me llamaba. Y sobre todo me hubiese encantado que hubiera podido ver el puñetazo que le había dado a Santana. De todos modos, se lo conté todo, por si acaso, mientras él se quedaba allí, inexpresivo. Cambié las flores y salí.
Los nervios iban aumentando a medida que me iba acercando a la habitación de Britt.
Me podía imaginar la cara que pondría cuando le contara todo lo que había pasado.
Cuando oyera lo del puñetazo, seguro que me hacía una fiesta y todo. Llevaba el parte disciplinario para demostrar mi proeza.
— No te vas a creer lo que ha …. — dije con emoción mientras entraba por la puerta entusiasmada, pero me di cuenta de que en la habitación no había nadie, sino otra mujer mayor acompañada de un hombre. —Perdón, me equivoqué de habitación.
Salí de la habitación confundida. Observé bien el número por segunda vez y me aseguré de que aquella habitación fuera en la que Britt siempre había estado. Me dirigí al mostrador, donde había una secretaria, para preguntarle por ella. Me miró mientras me acercaba y soltó un suspiro de irritación. Estaba jugando con su teléfono a algo que no parecía que requiriese mucha capacidad intelectual.
— Hola. Quería saber si usted sabe si han cambiado de habitación a la chica que estaba en la habitación 255, por favor —pregunté educadamente.
— No lo sé –contestó mientras seguía jugando con una voz más bien repelente.
Respiré, intentando no enfadarme por la incompetencia de aquella secretaria.
— ¿Podría investigar, por favor?
Soltó un suspiro todavía más fuerte y, como si fuese casi una misión imposible, dejó el teléfono a un lado y se puso a mirar en el ordenador. Tecleó durante un rato.
— ¿Brittany Pierce? —preguntó.
— Sí —contesté.
— Falleció el pasado martes. Fue enterrada esta mañana en el cementerio de su pueblo.
Aquellas palabras se clavaron en mi pecho como cientos de cuchillos afilados. Recuerdo como de repente parecía que alguien me hubiese puesto un peso enorme encima que me hacía el cuerpo increíblemente pesado y que me oprimía el pecho, impidiéndome respirar. La secretaria volvió a su posición original, reanudando el juego.
— ¿Có—cómo que falleció? —Conseguí preguntar a duras penas con un susurro — Hace una semana estaba bien.
— No lo sé. Eso tendrá que hablarlo con el doctor que llevaba el caso— contestó sin apartar la mirada de su absurdo juego.
— ¿Quién es? —le inquirí cada vez más enfadada.
— No lo sé.
La rabia volvía a arderme en las venas. Apreté los puños con fuerza para intentar controlarme.
— Dígame quién es, por favor —exigí apretando los dientes y marcando cada palabra por separado.
La secretaria se quedó mirándome como si fuese a protestar, pero cuando se fijó en la expresión de mi cara decidió volver a mirar en el ordenador.
— Es la doctora Stone. Vaya a la sala de espera y le diré que vaya en cuanto pueda.
— Gracias —agradecí con rabia y fui a la sala de espera.
El dolor seguía aumentando, junto con la desesperación y la impotencia. No podía ser que Brittany estuviese muerta. El domingo pasado estaba bien. Tosía mucho, pero estaba bien. ¿Y si hubiese habido un error? Seguro que era eso. Seguro que se habían confundido con los nombres y las habitaciones. Seguro que había otra Brittany Pierce.
Cuando la doctora llegó me dirigí a ella. Llevaba una carpeta bajo el brazo.
— Hola doctora. He venido a ver a Brittany, pero la secretaria me dijo que había fallecido, pero debe de haber un error porque el domingo pasado estaba bien. Seguro que usted puede decirme dónde está —le pedí sin poder evitar el tono de desesperación de mi voz.
— Hola. Perdona, ¿cómo te llamas? —me preguntó amablemente.
— Rachel.
— Hola Rachel, soy la doctora Stone. ¿Eres familia de Brittany? —se interesó y seguidamente me hizo un gesto para que me sentase en una de las sillas.
Ella se sentó a mi lado en otra silla. La sala de espera estaba vacía.
— No, pero como si lo fuese. Hace un año que vengo cada jueves y cada domingo a verla. Es como si fuese mi hermana mayor. Por favor, dígame que está bien —le pedí desesperada.
La doctora me contemplo apenada.
— Rachel, sabrás que Brittany tenía un cáncer de pulmón y otras enfermedades varias degenerativas en lo que refiere a todo el sistema respiratorio. Estas últimas semanas la salud de Brittany había empeorado muy rápidamente y aunque hicimos todo lo que pudimos para salvarme la vida, falleció este martes de madrugada.
Los ojos se me llenaron de lágrimas sintiendo un enorme dolor en el pecho.
—Pero si estaba bien… hace ni siquiera una semana... —conseguí susurrar mientras lloraba afligidamente.
— Brittany siempre había sido una chica muy fuerte. Incluso a nosotros nunca nos dejó ver lo grave que estaba hasta el final. Era una gran luchadora. Le preguntamos si quería que llamáramos a alguien cuando se puso peor pero nos dijo que no. Lo único que nos pidió es que te entregáramos esto cuando vinieras.
Abrió la carpeta y me entregó un sobre un poco abultado en el que ponía 'Para mi querida Rachel Barbra Berry' escrito a mano. Seguía llorando sin poder imaginarme que Britt ya no estaba.
— Fue enterrada en su pueblo esta mañana. Lo siento mucho, de verdad. Britt se había ganado un sitio muy especial en el corazón de todas las personas que trabajaron con ella —me dijo dolida.
— Gracias —consentí como pude.
Cuando la doctora se fue, me quedé unos instantes llorando en silencio en la sala de espera, sujetando el sobre de Brittany sin abrir en mis manos.
Sentía un vacío enorme en mi pecho, pero lo que más rabia me daba era que jamás sabría lo que había ocurrido con Quinn, no por mí, pero por ella, porque no podía dejar de pensar en la ilusión que le hubiera hecho saberlo. Me daba rabia que nadie me hubiera avisado. Sé que ella no quería a nadie mientras moría, pero aunque hubiera sido para despedirme en condiciones, o para poder ir al entierro. Seguramente la habrían enterrado completamente sola y eso sí que me dolía.
Aprisioné el teléfono para escribirle a Quinn.
'Cuando quieras ya puedes venir a buscarme'
Pocos segundos después me contestó.
'Llego en 5 minutos. Ya estoy de camino'
Intenté secarme un poco las lágrimas. Fui hasta la entrada del hospital y esperé a que llegara.
— ¿Estás bien? —me preguntó agitada cuando entré en el coche.
— No —le contesté triste mientras las lágrimas me volvían a nublar la vista —Britt murió.
Se quedó un momento callada intentando procesar la noticia. Me abrazó.
— Lo siento muchísimo Rachel.—me consoló apenada mientras lloraba desconsoladamente en su hombro.
— No lo entiendo, si estaba bien… el domingo pasado estaba bien —le expliqué como pude. —Era como mi hermana. Ella era la única que me hizo compañía. La única que estuvo a mi lado.
— Lo siento de verdad Rach, no sabes lo mal que me sabe —contestó triste mientras me abrazaba con más fuerza.
Me quedé unos minutos allí, en su hombro, llorando. Sólo podía pensar en Britt.
— Siento mucho que sea hoy justo el día de tu cumpleaños cuando me tuve que enterar —me disculpé triste por ella, por la situación en la que se veía envuelto por mí.
— Escúchame Rachel, mi cumpleaños me da igual. Esto es mucho más importante que cualquier cosa. No pidas perdón por ello, ¿Sip? —me susurró dulcemente mientras me secaba las lágrimas de la cara con su pulgar.
Fuimos directamente a su casa, y aunque intenté estar un poco animada para no amargarle el día a Quinn, no pude hacer gran cosa. Ella estuvo a mi lado todo el tiempo, dándome ánimos y apoyándome.
Estuvimos tranquilas, junto al fuego, con la televisión encendida. Estaba como en estado de shock, y no podía quitarme la idea de Britt en una caja de madera junto a cientos de otros muertos. No había abierto la carta aun. No me veía con fuerzas. De alguna manera, era como si la carta fuera la última parte de ella que aún quedaba viva, y una vez la abriera, ya no quedaría nada.
Apenas pude dormir, y cuando lo hacía, me despertaba empapada en un sudor frío, llorando, sin saber si aún estaba en mis peores pesadillas o si ya me había despertado.
Quinn me abrazaba e intentaba tranquilizarme con sus palabras y sus caricias, pero cada vez que me dormía, las pesadillas volvían a aparecer. Y si eso no fuese poco, se sumaban mis dudas sobre lo que Quinn me ocultaba. Su madre la llamó para felicitarla por su cumpleaños, pero volvió a salir ese "tema" del que yo no tenía ni idea y del cual Quinn insistía en que no era más que una simple disputa familiar. Cada vez sentía más y más que Quinn me ocultaba algo que tenía más importancia de lo que ella quería darle.
Y la idea que Quinn me estuviera ocultando algo no me hacía ninguna gracia.
Me desperté con una idea fija. Tenía que pedirle a Quinn que me contara la verdad. Si no lo quería hacer, tendría que irme y dejar de estar con ella aunque eso me matara. Con Britt muerta ya no podía dejar que nadie me hiciera daño.
Si Quinn seguía sin decirme la verdad, esa no era la vida que yo quería. Tal y como decía Britt, nunca hay que mentir. La observé mientras dormía con las primeras luces de la mañana. La observé con pena, contemplando su perfección, sabiendo que podría ser el último día que la viera dormir y que la tuviera tan cerca de mí. Si alguien me hubiera pedido que cuantificase el amor que sentía por ella, hubiera sido imposible, pero tenía que protegerme. Si no me decía la verdad, me tendría que ir.
Treinta minutos fueron los que me pasé contemplándola, intentando memorizar cada parte de su rostro para que quedase grabado en mi memoria para siempre. Cuando despertó, deseé con todas mi fuerzas que hubiera seguido dormida por lo menos treinta minutos más.
— Buenos días cielo, ¿cómo estás? —se interesó dándome un beso en la frente.
— Bien.
— ¿Quieres que te prepare algo? ¿Un té o un chocolate o algo? —me preguntó cariñosamente.
— No, gracias, estoy bien —le dije un poco nerviosa. — Lo que me gustaría es… poder hablar contigo un momento.
Quinn se quedó unos momentos extrañada.
— Deacuerdo dime, ¿qué pasa?
Me levanté y me senté en la silla que había al lado de la cama. Me puse de lado para no tenerla justo delante. Me sentía muy mal por lo que iba a decir, y no mirarla directamente hacía la tarea un poco más llevadera.
— Antes de todo, quiero que sepas que te quiero y que jamás pude imaginar que llegaría a querer a nadie tanto como te quiero a ti —pude decir antes de que mi voz empezara a quebrarse, —Pero sé que hay algo que me ocultas y, ahora que ya no está Brittany, no puedo dejar que nadie me haga daño. Ella era la única persona que me apoyaba y me ayudaba cuando me encontraba mal, pero ahora que ya no está, si tú me haces daño, no tendré a nadie que me ayude.
— Rachel, jamás te haré daño y lo sabes. ¿Por qué dices que te estoy ocultando algo? — repuso también con la voz entrecortada y nerviosa.
Su tristeza y desesperación se reflejaban en sus preciosos ojos avellana.
— Porque sé que lo que hablas con tu madre es algo más que una simple disputa familiar —confesé llorando, intentando reprimir mi impotencia.
La observé implorando. Quinn apartó la mirada. Parecía desesperada, hundida en su tristeza.
— Rachel, tienes que creerme cuando te digo que no te voy a hacer daño —me pidió intentando encontrar en mi mirada un poco de comprensión que no encontró en mí. — Hay cosas en mi pasado que no puedo cambiar, de la misma manera que las hay en el tuyo. Todas esas cosas las quiero dejar atrás, aunque algunos quieran seguir llevándome allí. Quiero empezar de cero contigo sin que nada de lo de antes empañe lo de ahora.
Sus palabras eran honestas y cada una de ellas cargadas de dolor. Yo le creía, pero aun así quería saber la verdad. No podía seguir adelante si ella no era sincera conmigo. Yo le había contado lo de mi pasado, había confiado en ella, así que ¿por qué no podía ella hacer lo mismo conmigo?
— Si no me dices la verdad, si no eres sincera conmigo, tendré que irme —advertí, como si cada palabra fuese una sentencia que me enviaba bajo tierra.
— ¿Pero no entiendes que lo que estoy haciendo es para nosotras? ¿Para tener un mejor futuro sin preocuparnos por el pasado? —resopló exasperada y lleno de dolor.
— Lo que yo no entiendo es por qué no confías en mí como yo confié en ti —contradije enfadada mientras empezaba a llorar de nuevo.
— Rachel, yo te quiero, y haría cualquier cosa por ti. ¿No es eso más importante que lo que pasó antes en mi vida? —me imploró con lágrimas en sus ojos.
— Por supuesto que lo es, pero creo que merezco que seas sincera conmigo. Merezco saber la verdad —observé con exasperación por la ventana. —Lo siento Quinn, pero no puedo, si no confías en mí, tendré que irme.
Se quedó callada, tan callada que parecía que había parado de respirar. Sus ojos desprendían mucho dolor.
— Por favor Rachel, no te vayas ¿Qué haré yo sin ti?—suplicó desesperada.
— No puedo Quinn. Tengo que protegerme.
En silencio y llorando, sin mirarla, tomé mis cosas y me fui. Quinn no intentó impedírmelo. Se quedó allí, abatida, hundida en el dolor, viendo como me iba.
