—Mamá, mami, mamaaaaa despierta tengo hambre —hablo una pequeña de unos 3 años o un poco más

—Moroha —despertó somnolienta— mamá tiene sueño, me das cinco minutos más, ve con la abuela

—la abuela no está tengo hambre —se quejo

—es cierto, lo olvide —hablo dulcemente— vamos mamá te prepara un delicioso desayuno

Ambas bajaron a la cocina, la madre puso a la niña en la silla de bebes, mientras la comida se cocinaba paso el peine por sus cabellos oscuros haciéndole dos coletas con un listón rojo, le limpio el rostro, tenía algo de baba en la comisura de sus labios rosaditos.

—te babeaste —acuso

—no, claro que no, ya soy grande

—sí, si lo que digas mi niña

Y quien fuera Kagome para tener su suerte, la niña con sus cortos tres años y medio, podía parlotear muy bien, algunas palabras no eran pronunciadas como debía, pero gracias a su familia había desarrollado un excelente vocabulario y dicción, pero lo más increíble, es qué, era nada más ni nada menos que el vivo reflejo de su padre, no sabía si Dios la amaba o la odiaba, cada gesto, cada mueca de la pequeña eran una fiel copia, y pues de ella, ¡ja! de ella heredo sus ojos, el color de su cabello y la apariencia humana, menuda parte que le toco, así que como se dice popularmente, cerca de ocho meses en su vientre y tenía que parecerse al padre.

Esa pequeña azabache de grandes ojos, tenía una energía envidiable, otra vez herencia del padre, no se cansaba de correr, saltar, jugar en fin era un desborde de energía, literalmente desde que nació no le dejo mucho tiempo a su madre para qué siguiera pensando en cosas tristes, a sus corta edad empezó a ir al nido, convivir con pequeños niños, su maestra a cargo la había felicitado, era una niña tan hábil, amiguera y muy bondadosa, además de tener una valentía admirable, es que la niña había defendido a sus compañeritos de salón, era difícil de asustar y algo, solo algo "rebelde", no creo que sea preciso recalcar la combinación de genes que tenía.

Kagome se había graduado hace poco, sin embargo, ya había redactado algunos relatos, escritos y composiciones, sobre todo lo vivido tiempo atrás, que resultaron tener una gran aceptación, se decidió entonces en ser escritora, curiosamente mientras redactaba se desahogaba y se permitía soñar, además de ser un trabajo que le dejaba tener tiempo con Moroha en casa, era perfecto para ella, pero su fama fue en aumento, ahora estaba empezando a ser conocida en el rubro, y su vida estaba más agitada, como en estos precisos momentos.

Termino de preparar los hotcakes con fruta para la pequeña espectadora, se sentó en la mesa con ella, trozando su comida para que pudiese comer, ya que la pequeñeja esa insistía en que ya es grande por ende podía comer sola, cosa que divertía a su madre a la vez de enternecerla enormemente, el solo ver su carita sucia como ahora, la llenaba.

—Kagome hija lo siento, el médico se demoró en su turno —entro apurada la madre

—no hay problema mamá, soy yo la que debería disculparse por molestarte —se disculpó la segunda de las higurashi

—no digas eso, mi pequeña nieta jamás sería una molestia, además es la niña más tranquila que conozco —corrió a abrazar a la aludida

—si, si, tan tranquila como una tormenta —burlo a su pequeña

—mamá es tarde —se defendió la pequeña, tragando un bocado de frutilla

—si, si, menuda forma de botarme Moroha —se quejó— bien, ya me voy, no le des tantos problemas a tu abuela

—claro mami —respondió risueña

La joven madre corrió escaleras arriba, tomo un baño se cambió de inmediato, puso labial en sus labios y un poco de maquillaje, ligero por supuesto, sujeto su cabello en un recogido medio en la parte trasera de la nuca, dejando parte de cabello suelto, largo que cubría el escote en la espalda de su vestido blanco, tal vestido llevaba delicadas mangas estilo griego de encaje y cintura ceñida, el vuelo era hasta la rodilla, discreto pero femenino, llevaba zapatos altos, esta sería su primera presentación a todo el equipo de trabajo, ya lista bajo, cogió el pequeño bolso de mano camino escaleras abajo, se despidió con un tierno beso de la pequeña y de la madre

—Deséenme suerte —dijo dejando a ambas mujeres madre e hija

—suerte mamá —sacudió sus manitas la pequeña

—suerte Kagome-chan —dijo la mayor— también tiene tanta energía— mascullo.

—este es el último Inuyasha —grito el monje a su compañero

—estas seguro —refuto el aludido— lo mismo dijiste hace rato

—perdón, lo siento me equivoque

—como sea, solo apúrate para regresar a la aldea

—si ya lo sé

Aquellos años antes de que Kagome regresara, volvieron al presente, Inuyasha acompañaba a cazar demonios a su amigo, los días después de aquel suceso que pareciese sucedió ayer, fueron interminables para el hanyo en cuestión, una idea que sus amigos soltaron en una reunión dio vueltas en su mente, parecía tener una esperanza, tal vez es que el pozo se abría cada cierto tiempo, entonces conto las lunas, y espero con ansias la misma cantidad que paso la última vez, estaba por cumplirse los tres años, los nervios se apoderaban de él, así como la ansiedad, diez días antes estuvo vigilante del pozo, pero no hubo resultado, llegado el día no aparto su vista de la salida del lugar, rogaba por verla salir pronto de allí, pero nada, tal vez calculo mal los días, tal vez no sumo correctamente, tal vez demoraría un poco más, excusas, pero tenía que darse ánimos a sí mismo, estuvo vigilante de aquel lugar por un mes más, con el mismo resultado, el pozo permaneció intacto.

Su esperanza se desmoronaba día a día, estaba a punto de volver a encerrarse en su mundo, cuando escucho de unos monjes que fueron al pozo, para investigar los rumores sobre una miko que cruzaba el tiempo y su posible relación con un clan, el clan Jikū, Inuyasha presto especial atención en la búsqueda de ellos, pero al saber que su intención era destruir a tal mujer, el pánico se apodero de él y los amenazo, no había forma de que alguien se acercase al pozo, el hanyo que lo vigilaba no lo permitía, por tal razón era que no se separaba mucho tiempo de la aldea, el tan solo pensar que si ella regresaba le harían daño lo estaba martirizando, entonces él tendría que estar allí para defenderla, así paso poco más de un año, en total cuatro largos años esperando, y esperando...

La presentación estaba transcurriendo satisfactoriamente, tendría una cena después para convivir mejor con el equipo de trabajo, muchos se sorprendieron al ver lo joven y hermosa que era, especialmente los muchachos notaron el segundo punto, como era de esperarse no se explicaban por qué no hablaba de su vida privada, en ese punto era bastante reservada, evadía las preguntas de los presentes disculpándose, y es que la pequeña Moroha tenía apariencia humana, cierto, pero hace poco noto unos pequeños colmillos, obviamente también heredo la sangre demoniaca de su padre, y esto le preocupo, no quería exponerla, no hasta que ella supiera sus orígenes, que más podía hacer,.

El sonido de su teléfono la trajo a la realidad, tal llamada la dejo desconcertada, en sus rostro se reflejó el pánico, se paró de inmediato, se disculpó y salió corriendo sin dar mayor explicación, corrió de tal forma que sus piernas estaban cansadas, «Kagome, hija, no encuentro a Moroha por ninguna parte» recordó lo que su madre le dijo por teléfono, su corazón estaba agitado por su cabeza pasaron mil y un cosas, cogió un taxi con dirección al templo, subió las ahora interminables escaleras, se encontró con su madre, estaba parada fuera del templo, el abuelo y su hermano también estaban allí

—mamá —grito Kagome

—hija, Moroha, lo siento, no me di cuenta en que momento —se disculpó la madre

—hermana tranquilízate —ínsito Sota

—cómo quieres que lo haga —dijo alterada

—Kagome el templo, el pozo, no tiene el sello que pusiste —revelo la que llamo,

Esas palabras hicieron eco en su cabeza, esos sellos, estaba segura, eran poderosos, no había forma de ser roto por humanos, ella se había encargado de que así fuese, había entrenado basándose en los conocimientos heredados por sus antepasados y un escrito que curiosamente encontró mientras buscaba pergaminos que su abuelo guardaba como reliquias, esos escritos describían rituales, estrategias y métodos de canalizar y perfeccionar su poder, era casi imposible que ahora un simple humano promedio pudiese romper sus sellos, a menos que... no, era imposible, no puede ser él ...