Hola. Quisiera explicarles por qué el capítulo quedó tan corto. Lo que sucede es que empecé a trabajar y ahora cuento con menos tiempo. Pero tranquilos ustedes, esos quince usuarios que no se pierden los capítulos, yo tengo el borrador de unos 20 capítulos más, así que, aunque sea corto, yo sigo subiendo.
Nos vemos el otro sábado.
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Pobre Artemis, ojalá lo pueda manejar, deseó en su mente Billy, amordazado y amarrado, en la cajuela de un coche de Gotham. Era tarde, demasiado para un niño de 13 años, pero eso a Billy no le afectaba en lo más mínimo. La misión iba bien, fue bastante simple dejarse capturar por los secuestradores de niños, se limitó a caminar a la media noche por una calle baldía donde habían ocurrido los últimos cuatro secuestros. El inconveniente con ese tipo de misiones era que la probabilidad de ser capturado por una entidad o persona diferente a la que buscaba rastrear era alta, aunque a Batman eso le importaba poco. «No dejan de ser pedófilos», le decía a Billy.
Sin poder precisar el tiempo que estaría en aquel auto, el muchacho se puso en acción. Al ser atado de manos por uno de los hombres que iba adelante en el auto, Billy apretó los puños, de tal forma, al aligerar los músculos, el amarre de tela que tenía impidiéndole el movimiento de sus extremidades superiores no le ajustaba tanto, otorgándole un espacio de maniobra lo suficientemente amplio para sentir los dedos y poder, con estos, sacar uno de los mini chips de rastreo guardados en el bolsillo trasero de su pantalón. Billy tomó el objeto metálico entre sus dedos e hizo su mejor esfuerzo por sentarse o incorporarse, los chips ya estaban activos y emitiendo pulsaciones; tenía que ubicar uno en una parte de la cajuela que lo ocultase de los ojos de los secuestradores y del acceso de los niños que pronto entraran en aquel estrecho compartimiento. La mejor zona, le aconsejó alguna vez Nightwing, era debajo de la tapicería. Billy se arrastró igual que un gusano, tanteando con sus dedos el final de la tapicería barata de plástico del auto. La encontró con una posición especialmente dolorosa que le dejaría marcas en las muñecas, a pesar de la suavidad general de la tela de franela envuelta en sus muñecas.
Con el primer chip ubicado, a Billy le bastaba esperar a llegar al lugar donde los demás niños estaban siendo trasladados. En el archivo que le entregaron constaba con evidencia que los infantes no estaban siendo vendidos o explotados de inmediato, que les permitían estar con vida por unos días en pésimas condiciones mientras sumaban la cifra adecuada que solicitó el comprador.
Tras tantos años en el mercado infantil, Billy aprendió a relajarse en los secuestros. Él nunca sería Batman o uno de los Robin, no tenía tal capacidad de sangre fría en una misión, pero el pequeño se consideraba veterano en violaciones y palizas, conocía el dolor del hambre, el ardor que provocaba el miembro de un extraño enterrado en su pequeño cuerpo y la sensación palpitante de su carne mallugada. Todo lo anterior le daba igual, se concentraba en la perspectiva de que al sufrirlo él la Liga estaría un paso más cerca de dar con los criminales, así menos niños tendrían que vivir su infancia. Si, el dolor que padecía tenía un fin honorable.
—Hogar, dulce hogar —dijo uno de los secuestradores, latino y de camisa de cuadros azules, al detenerse el auto y abrir la cajuela.
La luz le picaba a Billy en los ojos.
—Me agrada este niño, no montó pataleta —comentó el otro, encendiendo un cigarro. El de la camisa de cuadros tomó a Billy y lo depositó sin cuidado en el suelo, donde Billy tropezó y cayó. El chico se quejó, pero la mordaza apenas filtró algunas de sus palabras distorsionadas. Sus ojos azules rebotaron en las diferentes partes de donde estaba. Era un almacén gris, le olía a mar, un almacén en los muelles repleto de jaulas para perros, la una sobre la otra. El hombre de la camisa de cuadros lo cargó sobre su hombro y caminó hasta una de estas celdas, el otro se montó en auto y aun fumando salió; la puerta de entrada para vehículos era automática.
El olor en el almacén era fuerte, los niños orinaban y defecaban allí donde estaban, consumidos en terror y hambre, recibiendo unos sorbos de agua al día y trozos sueltos de pan. Billy notó a los dos cuidadores, lacayos sin nombre detrás de un golpe que los tapase en dinero. Los hombres jugaban en una mesa a las cartas.
Fue un alivio ser soltado de los amarres de manos y pies, pero al retirársele la mordaza de la boca Billy sintió que ese deje de inseguridad ahuecando en su estómago se esfumaba. Siempre que su voz estuviera a su alcance él estaría bien.
—Tengo sed —le dijo al secuestrador.
—Has silencio.
Billy intentó negociar.
—Me he portado bien, ¿puedo tomar unos sorbos de agua, por favor?
El hombre lo observó. A diferencia de los demás niños, este no le hacía la vida imposibles, estaba ahí, de pie, esperando que le abriese su jaula, ignorando la posibilidad de huir o al menos intentarlo.
—¿Te han secuestrado antes?
—Si.
Se nota.
—Adentro mocoso.
Conste que lo intenté. Lo encerraron en la jaula. Los niños en las demás jaulas de perro temblaban y se estremecían al pasarles a su lado el secuestrador que jamás volvió a darle agua, no que a Billy le importase, su boca seca podría esperar. Con sus manos libres el chico pudo haber sacado otro de los chips y fijarlo debajo de su jaula, pero no lo hizo. En su experiencia los matones que secuestraban niños no los usaban para su placer personal, eran peones meramente y, como tal, no se molestarían en permanecer con los niños cada hora del día, ellos tenían sus propias vidas, no esperaban que uno de los pequeños debilitados pudiese fugarse, no contaban con ello y con ese descuido contaba Billy. Sería el momento de escapar.
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El titular de la prensa en el comedor de los Wayne mostraba una foto a color de Artemis. Dick se mordió los labios y continuó machacando sus huevos con su tenedor. Sus hermanos se habían marchado a la escuela, la señora Wilson y la señorita Miller reacomodaban sus maletas de viaje empleando el espacio de sus grandes carteras.
—Bruce.
—¿Mmm?
—Podríamos meter media mansión en el bolso de una mujer —dijo con jocosidad señalando a la señorita Miller que reacomodaba una secadora de cabello portátil en su cartera. Las mujeres rieron entre dientes, Bruce sonrió impedido del habla dado que tenía un bocado en su boca.
—Y aun tendríamos espacio, amo Richard —agregó Alfred con su usual sarcasmo.
—No les vendría mal a sus hijos una presencia femenina, señor Wayne —comentó la señora Wilson.
Bruce tragó.
—Considero, en lo personal, que Dick tiene de sobra presencias femeninas en su vida —a los hombres les causó gracia que la doctora desviase la mirada, limpiando un polvo imaginario de su manga —, pero gracias por su consejo, señora Wilson.
La mujer entrecerró los ojos, la duda en su mente ante los extraños comentarios que venían ocurriendo desde la noche anterior.
—Papá, ¿por qué debo ir a la oficina contigo? —pidió Dick por cuarta vez en la mañana con un quejido.
—Hoy no tienes vacaciones, Dick. Fuiste suspendido, no esperarás que te premie.
—No fue mi culpa, no me habrían visto si hubiese ido sin el guardaespaldas.
—Nadie te mandó a desactivar la seguridad del colegio.
Y dejar pistas en tu camino, agregó con los ojos. Dick rodó los suyos.
En lo que los adultos se encargaban de los detalles finales para la retirada de las mujeres, Dick se escabulló escaleras arriba tocándose el cuello. Su padre fue muy claro con los tres, debían permanecer con el amuleto siempre que fuesen de civiles y no arriesgarse a que fueran descubiertos en su engaño. Con las influencias de Batman y de Gordon el juicio de los chicos se estableció para el miércoles en la tarde, ocho días después de la batalla contra Larry, quien, Dick se enteró, tuvo que ser operado en repetidas ocasiones en un intento de recuperarle la movilidad de las piernas. Los médicos no daban muchas esperanzas, pero el muchacho reconocía a los guerreros, Larry estaría de pie en un año.
Dick se metió en la habitación de su padre y con sigilo, no deseando que él lo pillara, se coló en el armario del hombre. Entre la ropa y las cosas había una cesta de mimbre que en un inicio no llamaba la atención, pero que por dentro contenía chips rastreadores, inhibidores de señales satelitales y tecnología de bajo alcance, elementos esenciales para cuando Bruce Wayne hacía el trabajo sucio de Batman. Tomando uno de cada uno, Dick se sonrió con un plan entre manos.
No debiste pasarte de lista conmigo, Helena.
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La escuela de Wally era un hervidero de chismes, él solo atinaba a deslizarse en su pupitre en un intento de desaparecer. No fue agradable cuando las fotos del Instagram de Artemis se hicieron virales, Wally West se hizo un nombre de interés al ser reconocido como el novio de la arquera rubia.
—¿Una chica de Gotham y un joven de Central City? Me huele a que pescamos a Kid Flash —se burlaba uno de los comentaristas.
Wally se encogió más en su puesto, observando a su tía en las noticias arrugar los labios.
—Iris, es tu sobrino, ¿verdad?
—Si.
Los compañeros de la mujer pelirroja la encararon.
—¿Tu sobrino es Kid Flash?
La mujer permaneció en silencio alisando con sus manos los papeles sobre el escritorio.
—¿Conoces a Flash?
—Ey, West, ¿qué tal es Flash? —no fue en el estudio, sino en el salón de clases.
—No lo conozco —musitó Wally —. Profesor, estábamos estudiando la cultura gótica europea.
—Si, supongo que ya es hora de empezar la clase —respondió el docente, pero no apagó el televisor. Las teorías conspirativas no se detuvieron en la pantalla, lanzando ideas sueltas y mal formadas sobre la conexión entre Artemis y la mafia, considerando a sus padres súper criminales.
«KF, ¿sigues en la escuela?»
Era Dick.
«Si. Dime que hay una solución.»
«Artemis se está manejando con la escolta de Batgirl, no podemos otorgársela sin antes confirmar su identidad.»
«La desenmascararon anoche, ¿por qué la tardanza?»
—No sé permiten los teléfono en clases, West —le recordó el maestro.
Wally lo miró y bajó los ojos a la pantalla, ignorando al hombre.
«Van a confirmar la tuya. Lo siento amigo.»
«Esto iba a ocurrir tarde o temprano. Estaremos bien.»
—West, te estoy hablando.
—Si, si —respondió monótonamente guardando el celular en su bolsillo. Soltando un suspiro, Wally abrió su libro de texto, usándolo como escudo contra los ojos curiosos; nada, sin embargo, protegía sus oídos.
—Es un perdedor, no creo que Flash lo considere digno de ser su compañero.
—Tropieza cada dos pasos, es imposible que sea un héroe.
—Bueno, Kid Flash es bastante idiota, si podría ser él.
La charlas al menos se detuvieron cuando Superman entró en escena. A los ojos de Wally el hombre de acero lucía inquieto y molesto, debía ser difícil para él ser el ejecutor, por nombrarlo de alguna manera, de los miembros de la Liga de la Justicia y del Equipo. El pelirrojo recibió la noticia con los ojos cerrados, igual que si fuera un balazo.
—Confirmamos a Artemis Crock como Artemis, la arquera compañera de Green Arrow y a Wallance West como Kid Flash, compañero de Flash.
El siguiente mensaje en el teléfono de Wally pitó, aunque el aparato se encontrase en vibración, lo que significaba que era un mensaje proveniente de la liga y clasificado como urgente. Era Batman.
«Sal de ahí.»
El globo de conversación iba anexado a una hoja de permiso firmada por la Liga y por Kaldur, dado que él era el líder del Equipo. Con esa hoja el podría irse de la escuela sin inconvenientes. A un ritmo normal Wally depositó su libro y su cuaderno dentro de su mochila.
—¿A dónde crees que vas? —le dijo el docente con una ceja alzada. Wally se sentaba al frente en esa materia, así que bastó extenderle el teléfono al hombre —. ¿Y quién me garantiza que es un documento legal? —dijo tras leer por encima el permiso.
—Nadie —le sonrió con saña antes de correr. Sus compañeros vieron únicamente un flash azul, el color de su camiseta.
«¿A dónde?», le escribió a Batman.
«A la cueva. Aun no te siguen, usa el tubo zeta más próximo.»
No respondió, el tubo zeta más cercano estaba en su casa, a dos millas de distancia de la escuela.
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Esto es un asco, gruñó Dick mentalmente, observando a la multitud rodeando la escuela de KF desde la oficina de su padre; los curiosos y periodistas no tardaron sino unos minutos en inundar el lugar.
—Wally ya se encuentra en la cueva, Iris está con la seguridad en la GBS —le anunció Bruce al menor.
—Central City ama a Flash, incluso sus maleantes —comentó Dick con positivismo —. Los Pícaros son los más peligrosos y son más inofensivos que un bebé durmiendo.
—No dejan de ser criminales, pero si, tienes razón. ¿Quién crees que sea le siguiente?
—¿De la Liga? No me atrevo a señalar, aunque el Equipo está muy unido entre sí, todo él peligra —razonó intentando suprimir su culpa burbujeante.
El día en general transcurrió bien para Dick, las visitas a Wayne Enterprise eran agradables, le permitían comer lo que quisiera de cafetería, ver televisión y recostarse en la sala de entretenimiento que su padre les habilitó a él y a sus hermanos, aunque gran parte de su mañana la pasó en el cómodo sofá de la oficina de Bruce durmiendo mientras el mayor se reunía con algunos socios, entre esos Lucius y sus abogados. Al despertar pasada la una de la tarde, vio a Bruce almorzando con una ensalada de pollo y jamón, papás fritas y una malteada de chocolate, leía de su ordenador.
—¿Qué tenemos de la organización que secuestra niños? —pidió estirándose. Su espalda crujió placenteramente.
—Billy se fugó a las ocho, los rastreadores están en su lugar. Su informe es lo más interesante.
—¿Qué dice?
—En dos días los niños serán empacados en un contenedor, viajan por mar hasta África, de ahí se distribuirán.
—¿África? —dijo con conmoción —. ¿Y esperan que lleguen vivos?
—No lo mencionaron.
—Hay que sacar a esos niños ya —exclamó —. Olvidémonos de la organización, saquémoslos antes de que llegué el barco o se armará una balacera.
—Dick, el inconveniente es que aun estamos en juicio —intentó explicarse.
Dick alzó las cejas y abrió la boca, anonadado.
—¡¿A quién le importa el juicio?! Hablamos de casi 100 niños.
—No podemos pasarnos por la faja a la ley, no justo ahora.
El muchacho se agarró al cabeza hundiendo sus dedos en su cabello.
—El juicio es el mismo día que a ellos se los llevan y ni siquiera van a deliberar el miércoles. No podemos decirle a la organización esa que nos otorgué una semana, hay que movernos Bruce.
El hombre suspiró. No era Dick no tuviera razón, pero convencer al juez de permitirles actuar a los Robin y a Nightwing como justicieros no era factible.
—Ningún juez lo permitiría Dick, pondríamos sus carreras en pique si cometemos un solo error.
—Háblale de los niños, pero haz algo —dijo con un toque de desesperación en la voz, soltándose el cabello —. El juez nos permite actuar en emergencias.
—Pero no es una emergencia, es una redada.
—¡Son casi 100 niños! Clasifica como emergencia —insistió.
Bruce se recostó en su mesa, ojeó el informe detallado de Billy y el rostro inquieto de Dick.
—Lo intentaré.
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Lo intentaré. ¿Y si no resultaba? ¿Qué pasaría con esos niños? Dick no es iba a quedar de brazos cruzados aguardando a que los jueces y trabajadoras sociales deliberaran. Yendo contra todo lo que creía, Dick formó en su mente un plan de respaldo a escondidas de Bruce, una salida a la que echaría mano si los mayores, que se creían tan listos y sabios, no priorizaban.
—¿Qué tan preparado te sientes para luchar mano a mano? —dijo con el teléfono en el oído, hablando por llamada.
—¿En qué? —la infantil voz del Capitán Maravilla sonó interesada.
—Necesito formar un Equipo para un misión que, puede, no se dé.
—Ya hay un equipo —le señaló; Billy masticaba algo crujiente.
—No, esto sería de incógnito, al menos los primeros quince minutos, Batman luego se enteraría, pero en un inicio es de incógnito.
—Explícate, por favor.
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—No, rotundamente no.
Bruce se alegró de que en su oficina no estuviera Dick ni la señora Wilson, porque él no habría sido capaz de contener al niño de intentar despedazar a la mujer luchando contra sus propias ganas de romperle la cara.
—Son 93 niños y contando. Yo no puedo entrar solo.
—Para eso está la policía, es el trabajo de ellos —la imagen a video de la mujer lucía exaltada. El juez parecía más sereno agarrándose la mandíbula pensativamente.
—No. La redada tiene que realizarse cuando el auto desde el cual están secuestrando a los niños se encuentre a dentro. La seguridad promedio es de cuatro hombres, incluyendo al dúo en el auto. Los cuatro van armados con pistolas, si la policía entra lo hará disparando, se armará una balacera y las principales victimas serán los niños.
—Señor Wayne —intervino el juez —. ¿Cuál sería la diferencia de permitir a sus hijos participar?
—¡Señor juez! ¿Lo está considerando? —como respuesta el hombre soltó su mandíbula y extendió la mano, pidiendo silencio.
—El enfrentamiento. Nosotros abordamos el problema de una manera distinta a la que los policías no tiene acceso. En este caso yo ya localicé las fuentes de entradas alternas al edificio, como lo son los túneles de aire y una puerta trasera cerrada con candado que podemos desbloquear. Ingresaremos en silencio y apagaremos la luz, en la confusión, en aproximadamente 10 segundos, desarmaremos e inmovilizaremos a los cuatro hombres en el interior. Volveremos a prender la luz y daremos la señal para que la policía y los servicios sociales entren.
—¿Eso es todo? ¿Diez segundos?
—Si, señor juez.
—Señor juez —retomó la señora Wilson —. El señor Wayne ya lo dijo, habrá pistolas involucradas, introduciremos a menores de edad en un edificio cerrado y sin luces que puede convertirse en zona de guerra.
—Las máscaras que usamos tienen luz nocturna, los criminales no nos verán, nosotros a ellos sí.
El juez volvió a sobarse la mandíbula.
—¿Cuántos niños secuestrados?
—93 menores entre 4 y 13 años.
El juez se recostó en su silla analizando la situación.
—¿Y a qué hora se realizaría la redada?
—Entre las once de las noche y las dos de la mañana, ese es el lapso de tiempo promedio en el que el auto de los secuestradores actúa.
—¿Qué seguridad hay de que hoy en la noche estén cazando niños? —preguntó la señora Wilson —. Los hijos del señor Wayne podrían desvelarse por nada.
—El buque de los contratadores parte en dos días con 120 niños en un contenedor, los secuestradores tenían 93 menores esta mañana, los secuestradores deben moverse si quieren reunir la cifra estipulada.
—¿Quién es el contratador?
—No tengo idea —admitió Bruce —, íbamos a aguardar unos días más para averiguar el dato, pero nos enteramos de la llegada de la fecha límite de entrega.
La señora Wilson frunció levemente el ceño.
—¿En qué estado se encuentran los niños?
Bruce apretó los labios.
—Encerrados en jaulas de perros defecando y orinándose encima, Suponemos que los alimentan, pero no sabemos si la carga debe de ser entregada viva.
—¿Qué? —la conmoción fue patente en los dos trabajadores públicos.
—Van a introducirlos en un contenedor y hacerlos viajar de Estados Unidos a África —se encogió de hombros con un rostro pétreo—. Aun si tuvieran comida la mitad de la carga va a llegar muerta, sin contar el riesgo de que el contenedor se volteé en altamar y se ahoguen.
El juez tomó un respiro.
—¿93 niños?
—120 si completan la carga.
—Daré la autorización.
—¡Señor Juez!
—¡Señora Wilson! Son matemáticas, no puedo arriesgara 120 niños por solo 3 menores.
—La ley debe protegerlos a todos —insistió.
—En la teoría sí, señora Wilson, pero en la práctica, usted como trabajadora social sabe que no se puede salvar a todos.
Bruce asintió, completamente de acuerdo.
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—Cuenta conmigo Nightwing.
—Gracias capitán.
Colgaron y Dick llamó a Kon, repitiéndole la historia. Por último, llamó a Tim, era su hora de lengua. Su hermano contestó en el último timbre.
—¿Puedes escaparte de tu casa esta noche?
—¿Para qué? Estoy en clase, tuve que pedir permiso y ya sabes cómo es esto.
—En dos días parte un buque con 93 niños secuestrados a bordo. Hay que hacerles la redada hoy, todo está organizado, pero no sabemos si el juez autorizará que participemos.
—No puede ir la policía, esos brutos los matarían a todos.
—Lo sé. Si no nos dejan iremos en secreto, sin símbolos.
—¿Nosotros dos?
—Si, con el capitán en pequeño y Superboy. ¿Te apuntas?
—¿Sabes el lío en el que nos meteremos con Batman?... hazme un lugar.
Dick sonrió.
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Kon entró a su salón de clases guardándose el teléfono en la mano. Ahora se sentaba adelante con Marvin, esquivaba a Megan lo mejor que podía y sus compresivos amigos civiles le colaboraban. Aunque esos días habían sido movidos para la Bati familia, para él tampoco fue un jardín de rosas. La proposición de Luthor no se le iba de la mente.
Kon era consiente que su universidad sería pagada por la Liga y que él tenía acceso a una beca por buenas calificaciones, pero, mientras sus compañeros ya rellenaban las formas y se preparaban para sus nuevas vidas como graduados universitarios, él continuaba sin decidirse. La oferta de Luthor era tentadora, demasiado, porque a él no le gustaba ser una carga y preferiría no hacerle gastar dinero a Batman con el coste de la universidad, a pesar de saber que al hombre la cifra le daba igual. Por otra parte, era Luthor…
—Esto es terrible —comentó el profesor Carr observando la pantalla de su celular. Kon intercambió una mirada con el hombre, lo cual lo dejó intranquilo. Tras estudiar los archivos de la Liga descubrió que su inofensivo profesor de historia fue en alguna ocasión un colaborador cercano de la Liga de la Justicia y que el hombre era perfectamente conocedor de quienes eran él y Megan.
—¡Amigo! —gritó Marvin a su lado —. ¡Eres Superboy!
Inhala, exhala.
Kon rapó el teléfono de Marvin, el resto de la clase estaba observando en sus celulares lo más reciente de la GBS: el historial de Instagram de Wally, el cual estaba cargado de fotos del Equipo. Kon leyó la declaración recién subida.
En las fotografías fueron etiquetados Megan Morse y Conner Kent, dos adolescentes sin ningún tipo de conexión con Central City o la escuela secundaria de Wally West, alias Kid Flash, pero que, sin embrago, encajan con la apariencia física de Superboy y la Señorita Marciana. Según fuentes oficiales, tanto Megan Morse como Conner Kent viven y estudian en Happy Harbor, siendo alumnos de la escuela pública local, y ambos son mayores de edad.
Una nueva llamada interrumpió a Kon, era un número craqueado, pero cuyo logo de imagen era una S.
—Lo estoy viendo —le dijo a Superman.
El salón permaneció en silencio, Megan obtenía la mayor parte de miradas, después de todo era la marciana.
—Hermanito, tiene que irse de inmediato a la cueva.
—¿No hay forma de negarlo?
—Lo lamento, se formará una bola de nieve, será simple darles la razón y no ganarnos de enemigos al público, en estos momentos, con el juicio de Batman y sus compañeros, necesitamos el mayor apoyo posible.
—Está bien —colgó. Inhala, exhala —. Megan, tenemos que irnos.
Kon miró a su profesor, este le asintió dando su autorización. A una velocidad que sorprendió a sus compañeros, ambos héroes empacaron sus mochilas y salieron por las dos puertas del aula.
—¿A dónde?
—La cueva… joder, ¿quién nos va a quitar de encima a Nightwing con el «se los dije»? —se burló. Dick había sido muy insistente en no subir fotos del Equipo en civil, negándose a aparecer en ellas —. Tenía razón el cabrón.
—No uses ese vocabulario Conner.
Kon le alzó una ceja desafiante antes de recordar que seguían en un pasillo escolar.
—Vamos marciana, si nos atrapa la prensa demoraremos horas en salir de aquí.
