No poseo os derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Jasmin Wilder. Yo solo me divierto un poco.

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Encontré a Anthony bebiendo de una taza de porcelana china, sosteniendo un delicado plato en su mano. La taza y el plato tenían un aspecto tan pequeño y delicado que era casi una imagen cómica. Quiero decir, yo sabía muy bien la fuerza de sus manos; podía aplastar la taza y el plato con facilidad si quisiera, pero de alguna manera parecía totalmente natural, a gusto. Estaba sentado en la mesa desayunando, mirando el horizonte de Manhattan mientras el sol se levantaba para arrojar su luz dorada sobre los rascacielos.

Tenía una pierna cruzada sobre la rodilla, el pelo rubio mojado y peinado hacia atrás a un lado. Llevaba un par de pantalones vaqueros oscuros con una camiseta blanca debajo de una chaqueta de color gris pizarra, zapatos Tommy Bahama en sus pies. Las mangas de la chaqueta terminaban justo por debajo sus codos, sus antebrazos musculosos mantenían las mangas en su lugar. El efecto era uno de casual piedad.

Tuve que recordarme a mí misma seguir respirando mientras me deslizaba en la silla a su lado.

—Hola. —Respiré, e inmediatamente me odié por sonar tan patética.

Había sonado entrecortada, coqueta. Como si debiera ser alguna puta cabeza hueca con un solo nombre. Veronica. Bambi, con un corazón sobre la "i".

—Buenos días Isabella. ¿Sintiéndote refrescada? —Me sonrió, cálido y acogedor, sin embargo, sus ojos delataban la diversión, la promesa, el recuerdo de lo que había hecho con él hacía menos de una hora antes.

—Sí, gracias. —Me incliné para darle un vistazo a su taza—. ¿Té? ¿O café? —Hizo girar el líquido de color caqui en su taza.

—Té. Earl Grey, con un toque de leche. —Levantó la taza y el plato hacia mí. —¿Te apetece una taza? —El hecho de que él era un bebedor de té sirvió como un recordatorio de que en realidad era de Inglaterra. Era fácil olvidar, su acento era tan débil. Nunca había probado el té al estilo Inglés.

—¿Puedo probar un sorbo del tuyo? Nunca he probado té antes. No de la manera que lo estás bebiendo, por lo menos.

Colocó la taza en el plato y me lo ofreció.

—Los viejos hábitos tardan en morir. Nunca he sido capaz de entrar en el consumo de café en la mañana. Realmente no hago todo lo de "té de la tarde", pero tengo que tomar una taza de Earl Grey para empezar el día.

Tomé un sorbo de su té, sorprendida por lo mucho que me gustó.

—Mmmm… esto está bastante bien, realmente. Voy a probar una taza, justo como lo tienes. —Le di su té de nuevo, esperando que convocara a Sue para hacer el mío—. Olvido que eres de Inglaterra a veces. No lo parece, la mayoría del tiempo.

—Es intencional. He trabajado bastante duro para erradicar mi acento. —Se levantó y fue a la cocina, abrió un armario y sacó una taza y plato como el suyo, tomó un litro de crema de la nevera, puso un poco en la taza de té y luego sirvió té de una olla en la estufa—. Aquí tienes —dijo, poniéndolo delante de mí.

—Gracias —dije, un poco desconcertada. No había esperado que preparara mi té él mismo. —Yo podría haber hecho eso, ya sabes. Pensé... —Anthony habló sobre mí.

—Sue no es mi sirviente personal, Isabella. Sólo hago que ella sirva comidas en ocasiones especiales. Por lo general, ella sólo deja comida para mí, ya que yo trabajo largas e irregulares horas. Me valgo por mí mismo la mayor parte del tiempo. Sólo porque soy rico no significa que soy incapaz de hacer las cosas por mí mismo, sabes.

—No quise decir eso, Anthony. —Tomé un sorbo de mi té. Estaba bien, pero no pensé que esto sustituiría alguna vez mi necesidad de café. — De todos modos. Dijiste que teníamos un día ajetreado hoy. ¿Qué vamos a hacer?

Me sonrió.

—Bueno, ya que hemos descartado la venda, pensé que nos gustaría hacer algo divertido juntos. ¿Alguna vez fuiste a navegar?

Negué con la cabeza, sintiendo la emoción correr a través de mí.

—No, no lo he hecho. Siempre he querido, sin embargo.

Los ojos de Anthony se iluminaron.

—¡Maravilloso! Esto debería ser un momento agradable, entonces. —Echó un vistazo a mi atuendo—. Esto debería estar bien para ir s navegar, y tengo un traje de baño en el barco. Desayunamos, y entonces partiremos. ¿Qué te gustaría comer?

Me encogí de hombros.

—¿Un Bagel? No como mucho en las mañanas. —Quité mi silla, pero Anthony hizo que me sentara de nuevo.

—Siéntate Isabella. —Ordenó—. ¿Qué tipo de bagel? Tenemos una gran variedad.

—¿Sésamo?

—¿Tostado? ¿Queso crema?

Asentí, y lo observé mientras cortaba dos baguels gruesos por la mitad, y luego puso las mitades en una tostadora de cuatro ranuras.

—¿Por qué haces mi desayuno por mí?

Se apoyó contra el mostrador, sorbiendo su té.

—Porqué puedo. Y porque quiero —Miró más allá de mí, por la ventana—. Esta casa ha estado deshabitada, excepto por Sue y por mí. Tenerte aquí es un cambio maravilloso.

—Sue dijo algo muy similar.

Anthony me miró sorprendido.

—¿Lo hizo?

—Sí. Dijo que se sentía muy sola, y tenerme alrededor era agradable. Me agrada. Creo que podríamos ser amigas.

—Eso es sorprendente. Sue es... muy privada y reservada. Al igual que yo. Por eso nos llevamos tan bien, creo. —Hizo un gesto hacia mí con la taza y el plato—. Que a ella parezca que le agradas es una buena señal. Confío en su juicio en muchas cosas, especialmente para las personas. —Los bagels aparecieron en ese momento, y él untó queso crema sobre cada una de las mitades con una cuchara y luego volvió a la mesa, poniendo el plato entre nosotros. Cada uno tomó la mitad y comimos en silencio. Era sumamente extraño, estar desayunando con este hombre, compartir algo tan íntimo, doméstico como un bagel y queso crema. Se sentía natural, como si siempre hubiera hecho esto. Una vez más, sentí un rayo de miedo de lo mucho que me gustaba esta sensación, esta fácil comodidad con un hombre que apenas conocía. Cuando terminamos, Anthony limpió por ambos y luego tomó mi mano. —¿Lista para irnos? —Asentí—. ¿Necesitas algo? ¿Un bolso? —Me encogí de hombros.

—En realidad no.

Anthony parecía sorprendido por esto.

—Muy bien, entonces. Vámonos. —Me trajo a la puerta de sus cuartos privados, puso su dedo en la placa y entonces empujó la puerta abriéndola.

Más allá había un amplio pasillo con techos altos, una espesa alfombra color crema y paredes con paneles de madera oscura, las cuales estaban llenas de fotografías en blanco y negro. Hice una pausa para examinar las fotos. Eran increíbles, artísticas, claramente definidas. Los temas iban desde retratos a paisajes, la mayoría de ellas tomadas en Asia. Había una foto de una vieja mujer china, un pañuelo cubriendo su cabeza, mechones de pelo gris saliendo alrededor de sus orejas, su sonriente boca sin dientes, y sus ojos arrugados.

Había una alta y curva pagoda, un campo de arroz, un buey con piel peluda y ojos funestos, y luego varios retratos más. No fue hasta que me di cuenta de que Anthony me miraba examinar las fotos con una expresión en blanco que pensé en mirar en la esquina inferior derecha. Allí, escrita en marcador negro o pluma, era la misma firma garabateada "CA" de los cheques.

—¿Tú las tomaste? —pregunté. Él asintió.

—Una afición, se podría decir. Algo para lo que no he tenido mucho tiempo últimamente, muy a mi pesar.

—Son increíbles —dije, sinceramente impresionada—. Esa primera, la anciana, es como algo que te gustaría ver en National Geographic. Eres muy bueno, Anthony.

Me sonrió.

—Gracias, Isabella. —Tomó mi mano y tiró de mí hacia adelante, y lo seguí, aunque había varias fotografías que quería ver. Más tarde, tal vez. Si tenía suerte. Pasamos un par de puertas abiertas, una que conducía a un medio baño, y otra a lo que parecía una sala de seguridad, monitores que muestran vistas de las cámaras de seguridad del vestíbulo, la cocina, la biblioteca, el garaje principal, dos ascensores, otro garaje, y el techo. Sin la vigilancia de mis habitaciones, sin embargo, pero había monitores tapados, por lo que era difícil de decir. Anthony siguió mi mirada a la sala de seguridad. —No hay cámaras en tus habitaciones, te lo prometo. Tienes tu privacidad allí. —Sólo me encogí de hombros.

No me habría sorprendido si me hubiese visto con una cámara mientras dormía, y me pregunté, si estaría demasiado cabreada si hubiera habido cámaras en mis habitaciones. Es decir, si me había visto orinar, eso sería un poco raro, pero no lo esperaba de él. Era un paranoico de la seguridad, pero no escalofriante.

Otra puerta mostró una oficina grande, la misma alfombra gruesa color crema, un enorme escritorio oscuro con una masiva iMac, y una pared desde el piso al techo cubierto de ventanas. Había una sala de ejercicios, un pasillo que terminaba en una puerta y, enfrente, un par de puertas francesas, más allá de la que era la habitación de Anthony.

Alcancé a ver de paso, y me di cuenta que era probablemente la habitación más impresionante en la casa. Era una habitación en la esquina, así que dos paredes enteras eran de vidrio, con un balcón en el vértice de la esquina. La cama, por lo que vi, era enorme, oscura, y construida en una plataforma. No vi mucho más antes de que Anthony me guiara al final del pasillo sin salida hasta la puerta.

—Te voy a dar una vuelta por mi habitación más tarde —dijo Anthony, su voz zumbando en mi oído. Me volví, a mitad de camino hacia la puerta.

—¿Me lo prometes? —Sus ojos se estrecharon, se movieron hacia mi escote y regresaron hacia arriba.

—Sí, Isabella. Te familiarizarás muy bien con mi habitación. —Me estremecí, sentí mis pezones endurecerse.

—Ir a navegar puede esperar, ¿no te parece? —La sonrisa de Anthony era depredadora.

—Ansiosa de repente, ¿cierto? —Su mano se cerró alrededor de mi cintura y me tiró contra él. Mi respiración salió en un silbido. Fue asaltada por el olor picante familiar de su colonia, la amplitud de su duro pecho—. ¿Me estás tentando? ¿Tratando de conseguir el control de esta situación?

—Ansiosa... —Respiré, apenas capaz de balbucear la palabra.

Sus ojos eran intensos, caliente azul pálido, con su mano extendida en mi cintura y la comisura de mi culo, aplastándome hacia él.

—¿Ansiosa, hmmm?

—Sí —respondí, mirando hacia él, mis ojos muy abiertos, mi respiración superficial y corta. Su otra mano acarició mi cabello lejos de mis ojos, luego se deslizó por mi espalda. Encontrando la cremallera de mi vestido—. Creo que estás tratando de demostrar algo.

—No lo hago.

—El poder de tu belleza seductora es innegable, Isabella. — Sus dedos señalaron a la cremallera, la áspera yema de la punta de sus dedos trazado mi columna vertebral ahora desnuda. —Tú me haces perder el control cuando comienzo a tocarte. Cuando pones tus manos sobre mí, me olvido de mí mismo. —Arregla las mangas, y el vestido ondea hacia el suelo, agrupándose alrededor de mis pies—. Pero no creo que tú puedas controlarme de esa manera, Isabella. Te deje tener tu momento esta mañana. Hacía mucho tiempo que no había sentido el toque de una mujer. Me había estado guardando para ti. Pero no creo que puedas manipularme con tu cuerpo.

—Yo no...

—Dime la verdad, Isabella.

Tragó.

—Tal vez lo estaba, solo... tratando de ver el efecto que tenía en ti. Eso es todo. No controlar, sólo... evaluando. —El calor en sus ojos, la ira débilmente velada me aterro. No me lastimaría, ¿pero qué iba a hacer?

—Evaluando. —Abrió mi sostén, sacándolo. Lo dejo a un lado. Enganchado un dedo en el elástico de las bragas en mi cadera, tirándolas alrededor de mis muslos—. Quítala. Te quiero desnuda.

Salí de ella, parándome delante de él totalmente desnuda. Sin aliento, esperando. Cerró la puerta, poniéndose detrás de mí, y empujándome a través del pasillo hasta su habitación.

Situado en el centro de la habitación, me llene de una paz de la brillante luz del sol de media mañana. Me quedé quieta, espalda recta, forzando mi respiración a ser normal, a verse confiada, sin miedo.

—¿Así que ahora no estás deseosa? —Anthony se movió detrás de mí, sin tocarme, pero cerca. Tan cerca. Demasiado cerca, aún demasiado lejos, demasiado vestido—. ¿Quién tiene el control, Isabella?

Sentí la rebeldía dispararse en mi estómago. Apreté mis dientes. No iba a jugar a este juego. No esté.

—Buscando castigo, ¿no? —Su voz retumbó en mis oídos—. Voy a preguntarlo una vez más. ¿Quién está controlando? ¿Quién te controla, Isabella? Respóndeme.

Tú. Esa era la respuesta. Lo sabía. Él lo sabía. Pero me negué a decirlo. ¿Rebeldía, o curiosidad? Ambos, tal vez. Partes iguales de desafío y deseo.

—¿No vas a responder? —Oí una sonrisa en su voz—. Tenía la esperanza de que te negaras.

Su pie se deslizó entre las mías y empujo mis pies así que estaba repentina y reaciamente parada con mis pies separados al ancho de mis hombros. Otro empujón, y mi postura se amplió un poco más. Antinatural, incómodo, vulnerable. Me mordí el labio y me obligué a mantener la calma. Había pedido esto, después de todo.

—En cualquier momento, responderás a mi pregunta, y vamos a salir a navegar. Esa realmente era mi intención, ya sabes. Pero nos has desviado. —Desliza su mano sobre mi cadera, doblando palma de su mano sobre mi vientre, tiro mi trasero contra su entrepierna así sentía su erección—. No vas a conseguir lo que quieres, ya sabes. No voy a cambiar mis planes. Ahora mismo voy a torturarte, sólo un poco. Nada doloroso, claro está. Sólo un poco de... provocación.

Se apartó, tomó un puñado de mi pelo, agarrando mi nuca, y empujó mi cabeza hacia abajo por lo que estaba doblada a la mitad.

—Las manos en tus rodillas. —Tenía que prepararme para el equilibrio, así que no tuve más remedio que hacer lo que él dijo—. Ahora, voy a preguntártelo de nuevo, Isabella. ¿Quién tiene el control?

Permanecí en silencio. Se echó a reír, y deslizo un dedo por los nudos de mi columna vertebral, entre los globos de mis nalgas, sobre la yema del músculo. Vaciló allí.

—¿No hay respuesta? —La punta de su dedo me tocó, y me estremecí, tensándome—. ¿Me pregunto si puedo hacer que te corras, con sólo tocar aquí? Descubrámoslo, ¿de acuerdo?

Una pausa, y lo oí escupir. Humedad tocándome; la presión se incrementó ligeramente. Sentí el nudo dar un poco, y la punta de su dedo lubricado deslizarse dentro. Contuve un grito de asombro, forzando a mis caderas permanecer inmóviles. Él no recibiría ayuda de mi parte, no esta vez. La punta del dedo de Anthony se contorneo, y sentí una tensión en mi interior, calor creándose. Apreté los ojos cerrándolos, mordí mi labio, tratado de contener la excitación de placer de su toque. No debería gustarme esto. Pero lo hacía. No podía dejar que él lo supiera, sin embargo. Retiró su dedo un poco, por lo que estaba sólo el muy pequeño borde quedando en mí.

Su otra mano liberó mi cabello y se deslizó hacia abajo para acunar mi pecho, apretándolo, sosteniéndolo y entonces lo dejo ir para pellizcar mi pezón. Sentí el calor y la presión subir a su toque y yo sabía que era solo cuestión de tiempo antes de que consiguiera lo que quería de mí. Me correría, pero no admitiría lo que él quería.

Anthony empujó sus dedos más profundamente y un jadeo fue arrancado de mí. Me sentí completa, sentí su grueso dedo penetrándome, creando un pozo de ebullición por la presión ardiente en mi núcleo. Un débil matiz de desesperación me tocó. Dio golpecitos a mi pezón, jaló sus dedos y los músculos de mi estómago se contrajeron, mis caderas rodando en su propio acuerdo. Otro empuje, más profundo. La mayoría de su dedo debía de estar dentro de mí ahora. Apreté mis dientes para retener los jadeos y gemidos que amenazaban en mis labios. Se retiró casi todo el camino y entonces se deslizo adentro de nuevo, repitiendo el movimiento y yo tuve que sacar cada onza de voluntad para detenerme de moverme con él. Su dedo jodió mi trasero en suaves, movimientos lentos y su mano acariciaba, amasaba, pellizcaba mi pecho y pezones y me estaba volviendo necesitada, sintiéndome frenética.

Necesitaba más de esto. Lo necesitaba. Necesitaba que pusiera sus dedos en mi vagina, necesitaba su polla, necesitaba su boca, necesitaba algo. Aunque, lo que obtuve fue desesperación fluyendo a través de mí, su dedo en mi trasero llevándome al borde de un clímax oscuro y primario. Y entonces... paró.

Empujó sus dedos fuera de mí, me dejo encorvada a la mitad de su dormitorio. Me enderece y empuje mis pies juntos, jadeando, frenética y enojada con mi necesidad, frustración, vergüenza, dolor y lo vi irse a través de la puerta, donde escuche el agua correr mientras se lavaba sus manos. Sacudí todo, el pelo desordenado, el labio palpitante donde casi muerdo a través de él. Trate de juntarme a mí misma, para recomponerme, pero era un esfuerzo en vano. Anthony se paseó hacia mí, una sonrisa ligera curvando sus labios. Se detuvo en frente de mí. Esperando, sus ojos buscándome.

—¿Algo que decir? —preguntó. Solo pude sacudir mi cabeza—. ¿No?

Necesitaba que me terminara, pero no lo haría y yo lo sabía. Esta era su táctica. Yo también está enojada, sintiéndome degradada. ¿Encorvada en medio de su habitación, una jodida de dedo por el trasero, todo para admitir que él estaba en control? ¿Dejarme colgada? Me volteé lejos de él, arrodillada para agarrar mi ropa.

—Oh, no lo creo. —Escuché a Anthony decir detrás de mí—. No te vas a ir tan fácilmente.

Envolvió un brazo debajo de mí cintura, me levanto, recogió su otro brazo de mis rodillas y me volteo a mi espalda, atrapando mi cabeza con la curva de su brazo. Me retorcí en su muñeca, cabreada ante su comportamiento y ahora ante su manoseo descarado de mí.

Me calmé, dándome cuenta que luchar era inútil, aceptando más bien mirarlo, escupiendo fuego por mis ojos. Solo me sonrió, cargándome a su cama. Me arrojó como a una muñeca y rebote en el suave colchón. Antes de que pudiera siquiera pestañear, él estaba encima de mí. Sostuve mi aliento cuando su boca chocó con la mía. Me olvide de pelear cuando el sorprendente calor y ternura del beso me tomaron desprevenida. Mis manos subieron a su espalda, se agarraron a él, pero las alejo y atrapo mis muñecas en una mano, sostuvo mis manos sobre mi cabeza y entonces continúo con el beso.

—¿Aquí es donde querías estar Isabella? ¿Desnuda, debajo de mí, en mi cama? —susurró, sus labios moviéndose contra los míos—. Bueno, aquí estás. Unos pocos movimientos y estaré dentro de ti.

Mi boca tembló contra la de él.

—Sí... —Maldita estúpida zorra desesperada, me castigué.

Estaba exactamente donde quería estar y exactamente en donde él me quería. Sonrojada, excitada, desesperada, desnuda. Pero pasó en sus términos y él estaba ganando.

—Si dejo ir una de tus muñecas, ¿Harás lo qué te diga? —Asentí y liberó una de mis manos—. Bien. Baja el cierre.

Desabroché sus pantalones, me estiré para alcanzar debajo de su ropa interior y liberé su pesada polla. Casi me vine solo por el sentimiento de su grueso eje en mi mano, sabiendo que estaba a pulgadas de mi entrada, a segundos de satisfacerme en la manera que necesitaba.

—Empuja mis pantalones abajo. —Lo hice, empujando sus pantalones y ropa interior abajo alrededor de sus muslos.

Retuve mi respiración mientras él bajaba sus caderas, tocó la ancha cabeza de su polla a mi entrada. Mordí mi labio, viendo su expresión apretarse, endurecerse, ojos entrecerrados y entonces empujó dentro. Quería llorar. Fue solo la punta, pero me separó, ya llenándome. Jadeé en alivio, ensartando mi mano entre nuestros cuerpos para agarrar su erección por su origen, mis nudillos contra su cuerpo, sosteniéndolo, empujándolo hacia mí.

—Isabella... —Gruñó—. Estás tan jodidamente apretada.

—Carlisle... Dios... más.

Gruñó de nuevo, un rumor sin palabras en su pecho. Agarró mi mano y la empujó lejos, atrapó mis dos manos en una suya de nuevo. Y entonces se empujó fuera de mí, sentándose en cuclillas.

Entonces si llore.

—¡NO! Carlisle, por favor... —corte mis palabras, dándome cuenta de su juego.

—Dilo Isabella.

Cerré mis ojos. Me dolía. Lo tuve dentro de mí y ese breve momento de plenitud había sido glorioso, un destello fragmentado de lo que sería tenerlo dentro de mí. Lo quería. Lo necesitaba. Sentí algo dentro de mí ceder, rindiéndose.

—Tú, Carlisle. Tú tienes el control.

Se recostó contra mí, me besó.

—Bien. No lo olvides. —Y entonces estaba rodando fuera de la cama, poniéndose sus pantalones de nuevo.

—¡Espera! Pensé...

Se volteó para verme.

—No todavía Isabella. No eso, no todavía. —Puso su mano en su bolsillo y se acomodó—. Me estoy torturando tanto como tú, sabes. ¿Pero te acuerdas de lo que te dije cuando me conociste por primera vez?

Cerré mis ojos.

—Qué te rogaría por ello. —Abrí mis ojos y lo inmovilicé con una mirada enojada—. Lo hice Anthony. Justo ahora. Anoche. Te lo pedí. Te dije que lo quería, he jugado tu juego. Si me conocieras en lo absoluto, sabrías que tan difícil fue para mí. Pero tú todavía estás jugando malditos juegos.

Tomó un paso hacia la cama.

—Tú trataste de hacer que pasara en tus términos cariño. No es así como esto funciona. —Sus ojos vagaron sobre mi cuerpo desnudo—. Estás frustrada, ¿No es así?

Asentí, presionando juntos mis muslos.

—Sabes que lo estoy.

—Tienes dos opciones en este momento. Puedes pedirme que te haga venir, justo ahora, con mi mano. O puedes esperar hasta que esté listo. Esta noche, si todo va bien. —Se movió para sentarse en la cama a lado de mí.

Me senté. Presionando mis rodillas juntas y doblando mis piernas hacia un lado, usando mi brazo como sostén.

—¿Por qué esta noche? ¿Qué tiene de especial esta noche?

—Nada en particular. —Se encogió de hombros, trazando la línea de mi pierna desde mi talón a mi cadera con un dedo—. He soñado con ese momento Isabella. El momento en que te tome. ¿Te gustaría escuchar el sueño?

Asentí.

—Sí, dime por favor.

Dejó salir una larga respiración.

—Es de noche. El cuarto esta oscuro, iluminado por velas. Tú tienes lencería puesta. Algo rojo y sedoso. Te tengo atada. No apretada, solo un trozo de encaje alrededor de tus muñecas. Estas recostada aquí, justo en donde estas y me estás viendo con esos ojos tuyos azul suave. Eres tan malditamente hermosa Isabella. Toda envuelta como un regalo. Solo rogándome con tus ojos que te quite la ropa. No te puedes estar quieta porque me quieres. Aunque te hago esperar. Y cuando ya no puedes soportarlo, abres esos dulces labios gruesos y hablas y tu voz musical llena mi cuarto. Me pides que te haga el amor. No ruegas porque eso está por debajo de ti. Simplemente... lo pides. Y llegas a mí. Eres rápida, pequeñas manos suaves quitan mi ropa, me empujas abajo hacia ti y me besas. Y cuando deslizo mi polla dentro de tu apretado coño mojado. —Su voz baja, rasposa y yo jadeo a la manera en que enfatiza esa sucia palabra inesperada—. Haces tales pequeños dulces sonidos. Te envuelves alrededor de mí con tus piernas y brazos y no me dejas ir hasta que este enterrado dentro de ti.

Me sacudo toda, ojos cerrados, imaginando la escena que está planteando con sus palabras. Presiono mis muslos juntos apretadamente, buscando presión, buscando alivio, caliente y mojada por su provocación y ahora hizo todo más desesperado por su sexy, expresiva voz murmurando en mi oído, describiendo exactamente lo que había previsto.

—Estas tan apretada Isabella. Casi puedo sentirte, cerrada alrededor de mi polla. Te sientes tan bien Isabella. Casi demasiado apretada. Apenas puedes tomarme, pero lo haces, y nos vuelve locos. —Su voz apenas en audible y su acento parece un poco más grueso, más notable—. He tenido este sueño miles de veces Isabella, cariño. He imaginado sentir tu pequeño apretado coño alrededor de mi polla y... sentirlo entonces, sé que será incluso más perfecto de lo que los sueños jamás mostraran. Me tientas Isabella. Sentada aquí, desnuda, tan compuesta. Te quiero justo ahora. Desnuda, piel contra piel. Apenas estaba dentro de ti. Te tenía. Pero... quiero hacer ese sueño realidad. Quiero ver la luz de la luna en tu piel. Quiero quitar esa lencería de tu cuerpo. Quiero lamer cada dulce curva de tu cuerpo hasta que estés loca de deseo. Por eso estoy esperando Isabella.

Estaba tensa, en el borde de venirme solo por sus palabras. Estaba ahí, justo ahí, solo del sonido de su voz, la promesa, la imagen que puso en mi mente. Si él fuera a tocarme, deslizar un dedo dentro de mí, explotaría. Empuje mi orgullo y rebeldía, me estire para alcanzar su mano. Rodé a mi espalda, dejé que mis piernas se separaran. Lleve su mano a mis pliegues mojados.

—Por favor...

Gimió.

—Isabella... me tientas. Me vuelves tan loco. —Él, parecía inconscientemente, acaricio mi labio con un dedo—. Si te toco, no seré capaz de parar. —Retrocedió varios pasos lejos de mí, deslizó sus manos por su cabello. —Te deseo desesperadamente, Isabella. —Me miró, su pecho agitado. —No pienses que es fácil para mí. No lo es.

Me deslice fuera de la cama y junte mi ropa, las aventé en la cama. Conseguir vestirme de nuevo solo tomó un momento. Cuando mi vestido estaba cerrado me sentí de alguna manera compuesta, me volteé hacia él.

—Vamos a navegar, Carlisle. —Sostuve mi mano para él, entrelacé mis dedos a través de los suyos. Pero los jalé de regreso cuando comenzó a caminar, encontré sus ojos—. Más te vale que lo termines.

—¿Qué quieres decir?

Gesticule a su cama.

—¿Lo que acabas de describir justo ahora? Más te vale que me des eso.

Me empuja contra él.

—Te lo prometo. Eso... y algo más.

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¡Holi! Como algunas pudieron ver en el grupo de FB, hoy habrá doble actualización de alpha c: no olviden dejar un comentario!

¡Nos leemos pronto!