Recomendación musical: Bright lights, 30 seconds to mars.


Decisión imparcial

Luego de entrar al castillo, no vislumbro a nadie en los corredores ni en el hall del castillo, caminó con prisa al despacho del profesor Dumbledore. Sentía un mal augurio después de lo que las arañas habían dicho, no tenía idea de la clase de misión que podrían haberle pedido a Malfoy, pero debía cumplirla, negarse era delatarse o peor, perder prestigio en las filas enemigas. No podían permitir algo así, no ahora que se le había encomendado algo tan difícil de hacer como era el hecho de asesinar a Dumbledore. Tarea que seguía siendo prioridad para ella al querer recrear un hechizo fidedigno de muerte. Algo que no les hiciera dudar.

Cuando llego a la entrada del despacho de Dumbledore, miro alrededor y al darse cuenta que no había nadie husmeando, dijo la contraseña y espero que la gárgola se volteara para ella, abriendo el camino.

Tenía que apurarse, no quería llegar tarde a la primera clase con Snape. Una hora tenía exactamente para convencer al profesor Dumbledore que algo estaba ocurriendo con Draco y tal vez por eso mismo Harry le había visto la noche anterior salir del despacho.

¿Y si Dumbledore ya lo sabía? Hermione negó con la cabeza, si las arañas se lo habían dicho es que el rubio no había dicho absolutamente nada al director.

- Profesor Dumbledore. – Dijo impaciente al entrar al despacho y verlo detrás de su escritorio leyendo un pergamino. – Necesito hablar con usted urgentemente. – El director levantó su mirada a la castaña y aceptando aquel gesto como afirmativo, Hermione comenzó a hablar apenas respirando. – Creo que Malfoy puede estar en peligro y debemos ayudarle, parece que no quiere cumplir una misión encomendada por usted sabe quién y eso haría que le torturen, que lastimen a su madre o desconfíen de él, no podemos permitir que Malfoy deje de hacer cualquier otra misión que le encomienden. – Culminó con apenas aire en sus pulmones, el director la miro con sus expresivos ojos azules detrás de sus lentes de media luna y le sonrió dulcemente.

- ¿Cómo se encuentra señorita Granger? – Preguntó. Pareciendo no haber escuchado sus palabras.

- ¡Profesor! – Se quejó ella impaciente. Él sonrió más abiertamente. No fue cuando escucho el carraspeo detrás de ella que se dio cuenta que no había inspeccionado el despacho antes de haber hablado como una idiota. Lentamente volteó su cabeza para darse cuenta de que estaba delante de Draco Malfoy y Severus Snape. Ella sonrió con vergüenza y apretó sus manos en ambos puños, sintiendo como la sangre iba a sus mejillas, ruborizándola por la metida de pata que acababa de cometer.

- ¿Quién? – Preguntó Draco con el entrecejo arrugado. Su mirada clavada en ella y los labios en una línea tensa. Hermione lo miró de arriba abajo y volteó su mirada nuevamente para mirar al director. Ignorando las palabras de Draco. El grandísimo idiota que le había llamado sangresucia hacía unas horas atrás.

- ¿Cómo lo sabe? – Preguntó Dumbledore con delicadeza. Hermione balbuceo palabras incomprensibles para los presentes y Dumbledore repitió su pregunta una vez más.

- Adelantare la primera lección. – Dijo Snape. – Unas arañas. – Dijo Snape como si nada, ignorando el pequeño grito que emitió Hermione al sentir una intromisión en su cabeza. Una excavadora que consiguió lo que necesitaba luego de quitar un poco de tierra.

- ¡Merlín! – Exclamó la castaña, colocando la mano en su cabeza y fulminando con la mirada a Snape.

- Siempre atenta, señorita Granger. – Un bufido fue su respuesta.

- Chismosas. – Dijo Draco. Sabiendo que habían sido Krul y Litz las que le habían informado.

- Están preocupadas. – Espetó. Notablemente molesta y sintiendo como palpitaba su cabeza todavía debido a la interrupción de Snape en ella. – Saben que eres un idiota. – Susurró. Él la fulmino con la mirada al haber escuchado bien sus palabras. - ¿Qué no quieres hacer? – Preguntó ella. Regresando al tema por el cual había ido al despacho del director. Los 3 rostros en el lugar se endurecieron, borrando cualquier tipo de humor de ellos. Ella los miró atenta y divago en cada rostro, esperando una respuesta. - ¡Hola! – Exclamó. Volteó su mirada a Dumbledore y lo encaro con una autoridad que sabía no tenía. – Dijeron que esto era entre los 4, ¿por qué todos han decidido excluirme del plan? No soy débil, estúpida o inocente. Puede ser que no maneje las artes oscuras, ni la magia profunda, pero podré hacerlo. La guerra se viene encima de nosotros y ustedes prefieren ocultarme información; todos saben que podría ayudarles. – Desafió ella a que la contradijeran.

- Señorita Granger, estamos trabajando en el asunto. – Contesto cortésmente Dumbledore. Hermione rodo los ojos.

- ¿Por qué no puedo ayudarlos? – Preguntó furiosa. Fue la voz de Snape quién llamo su atención.

- No. – Intervino Draco antes que Snape lograra articular cualquier palabra.

- Lo sabrá, así que es mejor decirle y que ella decida. – Hermione levanto una ceja confundida y volteó a ver brevemente el semblante del director, él simplemente bajo su mirada nuevamente al pergamino que había estado leyendo al principio.

- ¡Joder! – Escupió Draco.

- ¿Qué sucede? – Preguntó con decisión la castaña, encarando a Snape.

- Este sábado hay visita a Hogsmeade, supongo usted irá. – Hermione asintió. Draco carraspeo incómodo. – Le han ordenado al señor Malfoy que le dé un ultimátum a Potter. – Hermione abrió los ojos de par en par, asintiendo con lentitud.

- ¿Cómo? – Preguntó. Snape sonrió, sabiendo que ella entendería que significaba un ultimátum.

- Que lastime a Potter. – Dijo Snape. Hermione miró a Draco unos momentos antes de volver a mirar al profesor y asentir con solemnidad.

- ¿Tiene que ser a Ron o a mí? – Preguntó ella con decisión. Si le hubiera preguntado a los presentes de ese despacho que describieran a la mujer en el medio de ellos, los 3 hubieran corroborado que se trataba de una mezcla semihumana de leona con mujer, definitivamente. Snape asintió, no se podía negar su ingenio y capacidad de análisis, sin ninguna información casi entregada, ella había llegado a la conclusión correcta.

- A usted. – Corroboró Snape. Hermione sonrió, masajeando una de sus manos con la otra. Respiró unas cuantas veces antes de volver a enforcar su mirada.

- ¿Qué plan tienen hasta el momento? – Preguntó ella decidida. Draco boqueo internamente. Snape paso su mano por su cabello y se acercó a Dumbledore, sentándose frente a él.

- ¿Estás loca? – Preguntó Draco con énfasis. Fuera de sí. Ella le miró por un momento y luego, con una lentitud felina se volteó, dándole el frente a los dos hombres que de una u otra forma tenían todo su respeto.

- Creo que sería suficiente un ataque conciso, que no me de oportunidad de responder y tampoco le de la oportunidad a los chicos de querer vengarse, sino que se centren en ayudarme. De esa manera, él podría huir. – Comenzó ella. – Es una manera para afirmarle a Harry que somos su punto débil, sobre todo yo por siempre ser la que le ayuda en cualquiera de las hazañas.

- ¿Es que eres loca, Granger? – Intervino Draco sin contenerse más. Ella levantó su ceja hacía él.

- Si no lo haces, serás un traidor o peor, un cobarde. – Dijo ella. – Estamos en una maldita guerra, además no te dijeron que me matarás, dijeron que le dieras un ultimátum a Harry. – No quería hablarle, podía jurarlo. Pero cada vez que quería ir por encima de ella era inevitable encenderse y querer partirle el rostro de nuevo. – No puedes simplemente decir que no o prolongar la situación, no puedo faltar al pueblo, todos saben que voy siempre con los chicos, así que la idea de hacerme quedar está descartada, además, podrían exigirte algo peor.

- Te lo dije. – Intervino Snape. – El problema, señorita Granger, es que le han ordenado usar una imperdonable. – Hermione trago grueso. Mantuvo su mente en blanco e hizo que la lógica volviera rápidamente a ella luego de haber huido al escuchar imperdonable de los labios de Snape.

- Entiendo. – Dijo asintiendo. – Un cruciatus. – Snape asintió. - ¿Es bueno en eso? – Preguntó. Snape asintió. Ella sonrió con dolor reflejado en sus ojos. Draco la miraba como si estuviera escuchando a un demente. – Podría tomar antes de irme una poción para el dolor, sé que no es completamente funcional, pero evitará que entre en shock o que pierda el conocimiento por días.

- No lo haré. – Intervino Draco, sintiendo que todos estaban perdiendo la cordura que él pensaba no tenía, pero que ahora era el único poseedor. La mirada que recibió de la castaña fue sumamente tenebrosa, más pesada que la de su mismo Lord.

- Lo harás. – Finiquito, como si tuviera la ultima palabra.

- Es una imperdonable.

- Pues te perdono. No es lo peor que has hechos. – Draco torció los ojos, sintiéndose realmente expuesto por lo que había dicho en el invernadero. Sabiendo que había cruzado un limite que habían impuesto tiempo atrás. – No podemos evitar esto, es necesario, profesor Dumbledore, ¿qué opina? – Preguntó.

El director Dumbledore la observó por intervalos de minutos, donde pasaba su vista a Draco y ella sin disimulo, analizando realmente la situación que tenía presente. Cuando el joven Draco se presentó en su despacho noches atrás, diciéndole la misión que le habían impartido a causa de los nuevos planes del Lord, él había meditado bastante sobre el asunto, intercalado una serie de estrategias para determinar cual podría funcionar sin comentarle ninguna a la señorita Granger, pues el mismo joven Malfoy no quería involucrarla en más situaciones y menos una tan riesgosa.

Draco le miraba impasible, nunca se le había parecido y al mismo tiempo diferido de su padre. Tenía el porte, pero cada vez su temple se forjaba de una manera sin igual.

- Señorita Granger, sé que su valor es inigualable, pero hemos estado tratando de solucionar este asunto sin que usted corra un riesgo innecesario. – Dijo él con una sonrisa en los dientes. Hermione miro por el rabillo del ojo como Draco expandía sus costillas al espirar todo el oxigeno contenido, ella en cambio chasco la lengua. Querían excluirla de todo, pero estaba segura que en el momento donde los ejércitos estuvieran formados, allí si la necesitarían.

- Con todo respecto, profesor Dumbledore. – Comenzó ella, con la misma sonrisa que él había emitido para ella. – No estoy en gryffindor solo por ser valiente, lo estoy porque soy una leona, usted lo sabe y hasta el profesor Snape en su afán de menospreciarme no puede negarlo. – Aseguró ella. Snape se recostó en su asiento con los brazos cruzados, ansioso de escuchar lo que ya empezaba a parecer interesante. – Pero usted más que nadie sabe que no fue la primera opción del sombrero, él quería colocarme en Ravenclaw, yo presione para estar junto a los leones, así que allí tiene dos facultades, valor e inteligencia, pero no se equivoque, profesor, no se equivoque ninguno de ustedes, puedo ser una despiadada serpiente también, lo he tenido que ser desde primer año cuando supe que impartiría clases con Malfoy, lo he sido desde que sé que para enfrentarme a las serpientes de Slytherin debía ser letal, sin piedad. El mismo Malfoy puede corroborarlo con las acciones que tuve que tomar el año pasado, cuando estuvo en la brigada inquisitorial de Umbridge. – Hermione cerro los puños y levantó la ceja de forma retadora a Dumbledore. Tenía que funcionar lo que había dicho.

- No soportarías una maldición cruciatus. – Intervino Draco y ella sintió una bofetada de menosprecio, así que carcajeo fríamente.

- No tienes idea de todo lo que soy capaz de soportar. – Escupió con todo el desdén que florecía en su interior. – No estoy diciendo que lances tu mejor maldición, estoy diciendo que lances una aceptable, que me haga daño. Aquí tenemos la atención necesaria para mi recuperación, en cambio no creo que después de tu castigo al haber fallado podamos sanarte. – No permitió que la interrumpiera Dumbledore cuando carraspeo. Así que continuo. – Profesor, - llamó su atención. – Siempre ha dicho que busquemos la luz en estos momentos de oscuridad, pues no me lance en la oscuridad tratándome como una idiota, porque sabe que puedo ser muchas cosas, pero eso no. – Dumbledore asintió con retención y observo inflexible a Draco. El rubio chasco su lengua contra sus dientes, nunca pareció una serpiente como en ese preciso momento. Hermione no se movió de su lugar, esperando que su pequeño e improvisado discurso funcionara.

- Ella tiene razón. – Luego de siglos de silencio o eso le pareció a la castaña, fue Snape quién abrió sus labios para emitir unas palabras que a ella le sonaron a gloria. No disimulo su sonrisa, pero tampoco celebro su pequeña victoria, sabía que no era algo que mereciera celebrar, iba a recibir una maldición en pocos días.

- ¿Qué dices? – Inquirió el rubio sin poder creérselo.

- Es verdad lo que dice, aunque parezca insensato es lo más razonable. No puedes negarte a una orden directa del señor Oscuro, así como tampoco podías hacerlo sin mencionárselo. A fin y al cabo, y aunque la señorita Granger sea de lo más molesta, es un cerebro fresco que piensa mejor que el nuestro, Dumbledore. Y mucho mejor que el tuyo Draco, ella no tiene tu presión, todo lo ve desde una perspectiva más… - pensó la palabra correcta y miro directamente a los ojos dorados de la castaña. – fresca y lógica.

- ¿Qué piensas que sería lo apropiado? – Preguntó Dumbledore, aceptando las palabras de Snape como las finales. Hermione podía sentir la tensión en el rubio tras ella, podía sentir su mirada asesina caer sobre su nuca e imaginar todos los planes mentales de matarla mientras dormía que pasaban por su mente en ese momento, al parecer no tendría problemas en invocar la maldición para ella después de todo.

- Le daré a la señorita Granger una poción de relajación muscular y otra para el dolor, debe tomarla antes de salir al pueblo. Cuando salgan del lugar donde van…

- Las 3 escobas. – Dijo ella para completar las palabras de Snape.

- Luego que salga de las 3 escobas, será atacada. Le recomiendo no beber alcohol, eso hará una reacción negativa con las pociones. – Ella asintió. – Sus amigos la traerán y se recuperara. No verá ni escuchará nada. ¿Entendido? – Ella volvió a asentir. - ¿Draco? – Preguntó el profesor, pero Draco solo la fulmino con la mirada y sin ninguna palabra, se marcho del despacho, no sin antes balbucear un: malditos. Hermione respiro profundo y asintió para ella misma, había hecho lo posible.

- ¿Está preparada algo como la maldición cruciatus? – Preguntó Dumbledore con seriedad.

- No, no estoy preparada, pero he tomado mi decisión. Él no puede ganarnos. No importa lo que cueste lograr la victoria. – Dijo ella y con una sonrisa suave, giro sobre sus pies, decidida a irse. - ¿Lo espero en las mazmorras, profesor? – Preguntó al llegar a la puerta.

- Si. – Dijo. Hermione tomo el pomo y se marchó.

- ¿Estás loca? – Escucho decir con fuerza al salir de la gárgola del despacho del director. Estaba detrás de una estatua, viéndola desde las sombras. – Lo que estás pidiendo es una completa locura.

- También lo es no hacerlo, así como también lo es haber querido asesinar al director. – Ella no se inmutó por su mirada, así como tampoco por la frialdad de sus palabras. – ¿Quieres saber que es difícil? ser un equipo contigo cuando me destierras a cada momento. O saber que efectivamente soy una maldita sangresucia, aunque no se tenga que decir, pero ¿sabes qué? No necesitas hablarme, Malfoy, mi decisión ha sido tomada, así como aprobada. Deja de quejarte. – Iba a pasar por delante de él cuando sintió las manos de Draco tomarla por el codo y pegarla contra la pared detrás de la estatua donde se escondía, intentó tomar su varita, pero en un rápido movimiento él la inmovilizo. Tomo ambos brazos y los elevo por encima de su cabeza, presionándolos con su mano. Hermione no pudo evitar dejar escapar un quejido de dolor cuando sus nudillos impactaron contra la pared. Ella lo encaro, mirándolo hacía arriba. Nunca había observado lo alto que era en comparación a ella. - ¿Quieres asustarme? – Preguntó irónica. Él se acercó a ella, colocando su otra mano en el cuello de la castaña, presionando su cabeza a la pared con fuerza. Ella jadeo. Maldición, no podía mover sus brazos; intentó mover sus piernas, patearlo con fuerza, pero él de nuevo fue más rápido y metió su rodilla en el centro de las de ella, obligándola a pegar su cuerpo por completo a la pared.

- ¿Sigues jugando a la guerra? – Preguntó con desdén. Ella trago con dificultad. Él presiono un poco más su garganta. Sus ojos incontrolables se humedecieron. Pero para sorpresa de él mismo, ella sonrió.

- Yo también estoy asustada. – Balbuceó con dificultad. Intento respirar por la boca todo lo que podía absorber del entorno. Él se pego más a ella.

- ¿Quién dice que tengo miedo? – Escupió.

- Serías un idiota si no lo tuvieras. – Él aflojo levemente su mano de la circunferencia de su cuello, pero no se alejó. – Estamos en guerra, una guerra que quiere aniquilar a los sangresucia. – Él palideció al escucharla decir aquella palabra. – A las personas como yo. – Dijo ella solemne. Derramando una sola lagrima de su ojo izquierdo, no dejando de verlo y mostrarle que hiciera lo que hiciera, no retrocedería.

- Granger, ¿No puedes solo alejarte? – Su ira había menguado. Ella sonrió dulcemente, demasiado para la situación en la que se encontraba.

- ¿Y después? – Preguntó. – ¿Qué haría después? – Y esa pregunta hizo que Draco aflojara por completo su agarre, pero no se separó. Ella tenía razón, apartarla no la salvaría. La guerra que comenzaba era para aniquilar a las personas como ella y quién sino ella podría intentar parar la demencia que se propagaba rápidamente por todo el continente. Huir solo alargaría la pesadilla porque siendo quién era, nadie descansaría hasta asesinarla.

- Entiendo. – Dijo él.

- Necesito irme, tengo clases. – Dijo ella. Tosiendo y masajeando su cuello. Él la miro inquisitivo. – Oclumancia con Snape. – Confesó. – Y no vuelvas a ponerme una mano encima. – Amenazó. Con un tropezón en el hombro salió de donde estaba y camino a toda prisa por los pasillos, tenía que ser la mejor, ahora tenía motivos de sobra para serlo, ahora entendía que si la guerra no salía como esperaba, moriría o peor, la torturarían hasta que deseara la muerte.

oOo

- En el segundo gabinete a su derecha está la poción para relajar sus músculos y en el mesón frente a usted está un analgésico. Tiene que tomarlo 1 hora antes. – La voz de Snape era igual de férrea que siempre y ella simplemente asintió y tomo los dos viales que había indicado. – Trate de relajar su mente ese día, mientras más resistencia otorgue a la maldición, más fuerte la sentirá. – Ella volvió a asentir.

- Se la teoría sobre la maldición. – Interrumpió ella. Snape asintió con desgana. - ¿Qué haremos? – Preguntó ansiosa. La mueca sardónica que vio en el rostro del profesor le helo la sangre. Había olvidado lo sádico que era ese condenado profesor.

- Voy a visitar su mente, - advirtió él. – y usted va a intentar mostrarme solo lo que desee que vea. – Ella asintió dudosa. – Si quiero ver por ejemplo su primer día de colegio muggle, usted va a mostrarme solo eso.

- ¿Cómo lo ordeno? – Preguntó ella. – Es decir, ¿Cómo evito que pueda ver más allá del primer día? – Él se levantó de su asiento y rodeo el escritorio.

- Ordena todos tus pensamientos. Mantén un libro de bienvenida, un pequeño sumario de tu vida. Lo más superficial posible y desarrolla una sección prohibida, una sección donde solo tú puedas ingresar. – El mejor ejemplo que podía ofrecerle a la castaña era uno donde la biblioteca fuera el centro del asunto. Ella asintió entusiasmada. – La sección prohibida no vas a catalogarla por orden alfabético sino por orden de peligro. Algunas mentes son extremadamente peligrosas, así que tal vez puedan llegar a la sección prohibida, pero mientras más profunda sea está, menos podrán buscar los libros indicados.

- ¿Qué debo presentarles en el sumario de Bienvenida? – Preguntó ella. Anotando mentalmente toda la información que estaba recibiendo.

- Lo que no esperan ver, algún secreto. – Ella levanto la ceja. – Mostrar solo tonterías solo implica que sabes oclumancia, delatarte sería lo peor que hicieras porque si lo descubren comenzaran a torturarte de forma despiadada hasta lograr destrozar todos los estantes de libros. – Tenía toda la lógica del mundo.

- ¿Qué clase de secreto?

- Uno que sea mentira. – Hermione volvió a levantar su ceja. Confundida. Snape rodo los ojos. – De nada sirve que confieses un secreto, la idea es evitar entregarlos. Pero puedes crear un recuerdo falso y entregarlo como carnada.

- Mentir es otra de las bases de la oclumancia. – Él asintió.

- Mentir en la guerra es la forma de salvar a las personas. – Afirmó él. Y por extraño que fuera, nunca se sintió tan en sintonía con el profesor Snape.

- Mentir salva personas. – Repitió ella suavemente. Aceptando que era verdad, ella lo estaba haciendo. Le estaba mintiendo a sus mejores amigos para poder tener un mañana, para evitar que Harry se hundiera más en la oscuridad que lo perseguía desde su nacimiento, para no complicar la calma que rodeaba a Ron últimamente.

- Ahora. Prepare su mente. – Hermione sintió la intromisión de algo en su cabeza, buscando en los recuerdos de un pasado que no le agradaba, mirando el primer día del colegio, el primer día que se sintió como un bicho raro.

Estaba en un jardín, grande y alumbrado por la luz del sol, en el epicentro del jardín estaba una rueda de jugar y ella se acercó. Era el primer día del colegio y su papá le había dicho que enamorara a todos sus compañeros, así como él la amaba a ella.

Ella estaba emocionada, desde que tenía memoria siempre había ansiado aprender, así que cuando su madre le dijo que iría al colegio por primera vez, no recordó un momento más feliz que ese.

- ¿Puedo jugar? – Preguntó con una radiante sonrisa. Dejando ver sus dos incisivos de par en par. Una de las niñas detuvo el juego que tenía con todos los demás niños de su salón y se paró frente a ella con los brazos en jarra.

- ¡No! – Exclamó la niña. Una niña con una trenza en su cabello que le llegaba hasta su cintura, ojos azul profundo y una sonrisa radiante. Hermione formo el indicio de un puchero.

- ¿Por qué? – Preguntó confusa. Ahogando las lágrimas que se había arrimado en sus ojos. Volviendo sus manos puños y levantando su barbilla con vigor.

- Porque no queremos que dañes nuestro juego con tus dientes gigantes. – Le dijo la niña carcajeando. Todos los demás niños acompañaron sus risas y Hermione negó levemente con la cabeza.

Ese día volvió del jardín y fue a la biblioteca, comenzó a leer los grandes clásicos, los libros con dibujos le parecieron demasiado aburridos y sencillos. Así que comenzó con Dickens, Shakespeare y Hugo.

Cuando su padre le pregunto sobre su primer día, solo pudo contestar un… aceptable.

Los únicos testigos del dolor fueron sus ojos de peluche y su almohada, quién la consoló hasta que se quedo dormida. Soñando en que nadie la trataría mal por como se veía su cuerpo o como luciera su ropa, sino por el inigualable valor que guardaba su alma.

Snape salió de su mente con sigilo y la vio respirando con dificultad. Enmascaro la empatía que sintió por ella, aceptando que se parecían más de lo que deberían. Hermione Granger era el blanco de los brabucones, la incomprendida bestia que resultaba ser la gran obra.

- Hermoso día. – Dijo cínico. Hermione sonrió triste. Nunca había mostrado o contado ese día a nadie, ahora Snape lo había visto y ella no pudo evitarlo.

- ¿Cómo hago para que nadie más lo vea? – Preguntó decidida.

- Realice los libros. – Dijo él. – Mañana a la misma hora tendrá su evaluación. – Hermione asintió con desgana y recogió su mochila del piso, guardando en ella las pócimas que la ayudarían a soportar una maldición. – Puede marcharse. – Snape escuchó un leve adiós y se sentó detrás de su escritorio mirando por un largo tiempo la puerta que se cerraba, la castaña se había marchado sin bombardearlo a preguntas. Ella sabía que ese día había sido horrible, pero no difirió cuando él le avisó lo que intentaría ver. Ella iba en serio. Estaba preparándose para la guerra. Eso le hizo sonreír. Tal vez los estereotipos no debían ser seguidos otra vez, él había sido victima de ellos toda su vida, aún seguía siéndolo. Era momento de parar y construir algo diferente, algo como él vio en la mente de una brillante e insoportable alumna, un mundo donde la gente viera las cosas guardadas en el alma y no en la ropa, bóvedas o sonrisas falsas. Carraspeó suavemente y saco una pluma de la gaveta de su escritorio.

-HJG- Escribió. Por encima de esas letras se podía ver otras 6.

-HJP- DAM- Tres iniciales para tres nombres.

Tres personas que significaban algo invaluable para él. Tres personas que podían ser el nuevo giro del mundo que él en su momento ayudo a destruir y que ahora no dejaba de intentar salvar.

Tres nombres.

oOo

Hermione camino por los pasillos del colegio en silencio. Abstraída por los recuerdos que había vuelto a florecer en su memoria. Habían pasado años y aún así, ahora que los recordaba le dolía igual que el primer día. Despertar aquel recuerdo le hizo recordar también sus primeros días en el castillo, señalada como la cerebrito, como la insoportable sabelotodo. Quiso llorar, pero sus ojos se negaron ardientemente a dejar escapar el líquido de ellos. Los sentía arder, tanto que le quemaba la garganta.

Necesitaba llegar rápidamente a su sala común, a la nueva torre que la protegería de las miradas curiosas y las preguntas fastidiosas.

Pero su camino fue detenido cuando observó cerca de la puerta de su sala común a cierto rubio tragándose con una chica que no identificaba con claridad. Hermione carraspeó y observó como la joven se arreglaba la falda con vergüenza y prisa.

- Draco. – Dijo la joven entre risas nerviosas. Hermione pudo admirar que pertenecía a Slytherin, al igual que Draco y rodo los ojos. Que numerito.

- Permiso. – Dijo ella sin reparo. No quería ver una escena como esa, pero tampoco pretendía entablar una discusión con él en esos momentos, no en esos momentos.

- Granger. – Dijo él con extrañes. Ella lo miró directamente a los ojos y paso de largo. Ni siquiera en sus pesadillas hubiera imaginado encontrar a Malfoy besándose con una jovencita, menor que él, porque, aunque no sabía quién era, si sabía que no era del sexto curso. No tenía tiempo para prestar atención a Malfoy en esos momentos, tenía demasiados remolinos en su interior. Tampoco tenía tiempo para mirar a la colegiala que la veía con cara de pocos amigos, con el rostro enrojecido y la falda sin arreglar por completo.

Hermione entro a la torre y dejo su mochila a los pies de la cocina, no tenía ánimos de tomarla, tampoco quería pasar a su habitación, suponía que Malfoy se iría a un lugar sin molestias ahora que lo había encontrado. Caminó lentamente hacía el centro del salón y con desgana se quito los zapatos y se arrincono en el sillón central, encendiendo con un toque de varita la chimenea y recibiendo el calor.

- Accio manta. – Conjuró. Una manta suave y felpuda cubrió su cuerpo y se quedó hipnotizada mirando el fuego crepitar. Sentía un vació en el centro del pecho. Así que esos eran los efectos de la legeremancia, sentir el pasado en el ahora. No podía ni siquiera imaginar lo que significaría entregar secretos que pusieran la vida de otros en peligros. Se acurrucó aún más. Temía seriamente ser el eslabón débil de Harry. Ella sabía más sobre él que Ron, por eso ella era el blanco, era una amenaza inminente. Voldemort lo sabía, todos los mortífagos lo sabían. La inmunda sangresucia que tenía un cerebro privilegiado. Ni siquiera Skeeter había podido alguna vez tergiversar al mundo mágico la importancia y relevancia de ella.

Cada hora que pasaba era una hora más cerca a la guerra. Saberlo le helaba la sangre. No era cobarde, pero tampoco era estúpida. El enemigo si notaba el valor de su alma y en su caso, el cerebro, sería un peligro para sus propias filas.

- ¿Qué te sucede? – Escuchó tras el mueble donde estaba recostada. Volteó suavemente su cabeza para encarar un ceño fruncido en unos ojos grises oscurecidos. Ella volvió su mirada hacía la chimenea.

No valía la pena ser sincera con él. Era algo sobre su pasado, las cicatrices que se abrían al saber que siempre había sido una paria de ambos mundos. Lastimada por los muggles y menospreciada por muchos magos, pensando que no merecía estar allí. ¿Para que contarle algo así a uno de los magos que pensaba exactamente eso?

- Granger. – Volvió a escuchar ella. Esta vez ni siquiera volteó a mirarlo. - ¡Joder! – Masculló con fastidio. colocándose frente a la chimenea y mirándola con el ceño fruncido. - ¿Qué te sucede? – Le gritó frente a frente.

- ¿Cuál es tu maldito problema? – Espetó ella con los ojos rojos. El cumulo de lagrimas irritaba sus ojos y ahora la presencia de él empeoraba todo. ¿Por qué no se había ido con la victima que había visto fuera de la sala? – No es tu problema, ¿recuerdas? – Siguió escupiendo con fastidio. – Tú te preocupas de tus asuntos y yo de los míos.

- Tú te has metido en uno de mis asuntos. – Dijo él con altanería.

- Donde yo era protagonista. – Menosprecio ella. – Además, la guerra es otra cosa. – Él se acerco de forma peligrosa, como una pitón lista para estrangular a un búfalo.

- ¿Qué paso con Snape? – Preguntó él. Arrastrando cada palabra. Ella le miro con odio. ¿Por qué las serpientes tenían que ser intuitivas?

- ¿No deberías irte con tu chica? – Desvió ella la pregunta. Él sonrió con suficiencia.

- Yo no tengo chicas, Granger. – Aseguró. Ella chisto.

- Eso no es lo que vi.

- El placer no implica compromiso. – Ella levantó su ceja ante aquel comentario tan desvergonzado.

- El compromiso debería ser un placer. – Draco carcajeo ante aquellas palabras cargadas de inocencia.

- Joder Granger, con esa virginidad tuya. – Hermione se enderezo en su asiento y lo miro con el ceño fruncido.

- Ser virgen no me hace casta. – Espeto. – Simplemente me hace entender que no quiero acostarme con cualquier cabrón.

- Vocabulario, Granger. – Hermione lo fulmino con la mirada y se levantó del asiento. - ¡Por fin! – Exclamó él. La tomo por el antebrazo bruscamente y la jalo hacía la puerta que daba hacía el balcón.

- ¿Qué haces? – Preguntó ella en un grito agudo. Intento tomar su varita, pero ya era tarde. La varita estaba en el extremo del sofá donde había estado recostada, despreocupándose de ella al pensar que Draco jamás entraría a la torre. Se había acostumbrado a su ausencia.

- Las primeras lecciones de oclumancia siempre son una mierda, nos hacen caer en el pozo de los recuerdos dolorosos y como Snape no es sutil, imagino que estás vuelta mierda. – Afirmarle aquellas palabras no valía la pena. Tenía razón en cada cosa que decía. Hermione aclaro su garganta, pero las palabras quedaron ahogadas allí, al darse cuenta que Draco tomaba su escoba del balcón y la colocaba frente a ambos.

- ¿Qué piensas hacer? – Preguntó en un tartamudeo muy poco común en ella.

- Vamos a liberar esa mierda. – Dijo con una sonrisa que hizo erizar todo el cuerpo de Hermione.

- Me dan miedo las alturas, Malfoy, gracias por el gesto. – Dijo ella, intentando liberarse de su agarre, pero la mano del rubio la afianzo aún más. - ¡Malfoy! – Gritó ella colérica. – No es broma, le tengo pavor a las alturas.

- Lo sé. Por eso lo harás. – Dijo solemne. Ella lo miro incrédula.

- Ni loca.

- Granger, supera este miedo.

- Ni siquiera se montar bien la escoba, así que no es que no quiera, es que no puedo. – Quiso usar la inteligencia para convencerle, pero Draco chisto.

- La montarás conmigo. – Dijo. Hermione le miro aterrorizada. – No voy a dejar que dañes mi escoba. Te montarás delante de mí.

- ¿Consumiste algún hongo en el invernadero? – Preguntó ella escéptica. – Ya lo he intentado, ¿vale? – Dijo malhumorada. – Harry lo ha intentado centenar de veces y Ron también. Soy pésima en las alturas.

- Granger, ni siquiera intentes compararme con esos mequetrefes. – Se quejó él con fastidio. – Ven o te juro que te hechizo con un imperius. – La amenaza parecía fidedigna, de forma automática, se acercó un poco a él. Las manos le sudaban y podía sentir las piernas temblarle. Estaba asustada, como hacía mucho tiempo no lo estaba.

- Es una venganza. – Susurró ella con temor. Él carcajeo fríamente.

- No, no lo es. – Respondió. – Te estoy ayudando.

- Esto no me parece ayuda. – Dijo ella. Él tomo su escoba y la coloco frente a él, haciendo que levitara a la altura de sus muslos. – Además, tener contacto con una sangresucia, ¿no te parece peligroso? – Allí estaba de nuevo ese veneno que tenía guardado desde el invernadero. Draco rodó los ojos.

- Siéntate en ella. – Hermione lo miro alarmada. Quería huir a toda velocidad de allí. – Siéntate como si fueras a manejarla. – Ella obedeció con lentitud, ofuscado ante sus órdenes que no parecían ablandarse. Podía hacerlo, el año pasado había volado en algo mucho más terrorífico que unas escobas, se repitió una y otra vez. – Relaja las manos cuando la tomes, no estrangules a la pobre escoba. – Dijo él. Ella volteó sus ojos y lo fulminó con la mirada. Le odiaba, en esos momentos le odiaba como nunca antes. Lo sintió sentarse tras ella con lentitud. Manteniendo una distancia prudente, aunque en esos momentos estaba segura que agradecería sentirlo mucho más cerca para poder aplacar su miedo.

- Vamos a elevarnos suavemente nada más, ¿verdad? – Él paso sus manos por entre los brazos entendidos de ella y tomo la escoba justo por encima de sus manos, las cuales aferraban con desespero la escoba.

- Relájate. – Dijo él. La escoba comenzó a elevarse con suavidad. Superando la altura de la puerta del balcón.

- Creo que ya es suficiente. – Dijo ella con una risa nerviosa. La escoba siguió elevándose. El cielo estaba viéndose cada vez más naranja, regalando destellos azules marinos. – Malfoy. – Le llamó ella nerviosa. Él no le prestó atención. Ella volteó su mirada alarmada hacía sus ojos y le observo sonriéndole con malicia. – No me mates. – Suplico con un puchero. Draco carcajeo. Demasiado extasiado por volar sobre su escoba como para responderle.

De repente la sensación de vértigo se intensifico cuando la castaña se dio cuenta que estaban por encima de las torres más altas del castillo. Podía ver el lejano horizonte, el lago, el bosque, podía ver absolutamente todo. Y cuando pensó que el vértigo la haría vomitar, se relajó, quedo extasiada de la vista que tenía en frente, quedo absorta de los escasos rayos solares que iluminaron y calentaron su rostro. Dejo de aferrarse con tanta fuerza de la escoba y dejo que su respiración se nivelara, liberando también las lágrimas que no había querido derramar.

- Puedes gritar. – Dijo él cerca de su oído. Ella negó con la cabeza. ¿Gritar? ¿Para qué? Parecía una niña estúpida allí, pensando que había sufrido algo horrible por el simple hecho de revivir una experiencia de un pasado que ya no la definía. Ahora era una mujer, una chica que se preparaba para una guerra y aún así, con toda esa lógica navegando en su cabeza, gritó con fuerza.

Gritó porque sabía que el pasado había definido muchas cosas de su vida, el aislamiento, el no querer conectar con la mayoría de las personas, el preferir estar en la biblioteca encerrada a tener que estar con personas de su edad.

Gritó porque había aceptado una maldición en su piel para evitar que el mundo se fuera más al infierno que recién conocía. Lo hacía porque no podía dudar, no podía ser menos que los enemigos que amenazaban todo a su paso.

Gritó porque estaba mintiéndole a sus mejores amigos, porque seguía haciéndolo y tendría que hacerlo para protegerlos, para evitar que conocieran la oscuridad antes de tiempo, para evitar que Harry se ofuscara aún más, sabía el peso que cargaban sus hombros y ella quería ayudarle, quería cargar algunas piedras, quería hacerlo porque sabía que podía.

El dolor sanaba, las heridas de guerra lograban cicatrizar con el tiempo; en cambio, la esclavitud, la masacre y extinción ¡NO!

- Gracias… - susurró. Avergonzada por haber gritado como una histérica. Sin embargo, la plenitud que ahora sentía parecía haber llegado justo con las estrellas que comenzaban a iluminar el cielo oscurecido.

Draco asintió. No había ninguna palabra para responderle.

Cuando la vio en los pasillos la maldijo entre dientes, había conseguido calentar lo suficiente a la chica de Slytherin como para llevarla a la cama con rapidez, pero no espero que Granger hubiera salido tan rápido de la clase con Snape. Iba a decirle que se esfumara, algún comentario incomodo que la desestabilizara hasta que noto sus ojos, su caja torácica moviéndose con dificultad y los dientes que mordían con afán sus labios. Algo le había pasado y él sabía perfectamente que había sido.

La oclumancia era difícil de aprender, porque en el camino te mostraba el dolor que tratabas de ocultar; ocultar de ti mismo.

No sabía que era lo que había revivido y tampoco preguntaría. Pero algo en él se incendio hasta el punto de no prestarle atención al brasier de encaje de su compañera sino pensar en una leona convertida en gato de felpa. Así que la despacho, le dijo que tenía cosas que hacer y entro a la sala común, no se había equivocado; cuando la vio, encontró una mirada perdida, unos labios mordidos y ojos irritados por aparentar ser fuertes.

El primer paso había sido hacerla molestar, el segundo era drenar y el tercero era…

- ¡Libérate! – Gritó en su oído. Hermione se tensó y sintió la escoba inclinarse en línea recta hacía abajo. Iban a descender.

- No. No. ¡No! – Gritó escandalizada. Todo el viento golpeo su rostro de manera brutal, sus pulmones dejaron de mover el oxígeno y sus manos se aferraron a los brazos del rubio.

- No cierres los ojos. – Dijo él. El tono de voz que uso fue grueso, llegando directamente a sus oídos. Hermione trago grueso, llenándose de un valor que no aparecía cuando de alturas se trataba.

Con el corazón latiéndole a mil por hora abrió los ojos y se encontró volando horizontalmente por encima del lago, la fragua solar se difuminaba del cielo, dejando que las primeras estrellas adornaran el cielo manchado de tonalidades varías. El viento ya no golpeaba su rostro, lo acariciaba con suavidad, inundando sus pulmones también de oxígeno.

Miro hacía los lados. Sintiendo la calma, la paz que brindaba el viento al romperse con la escoba, el sonido del lago mientras danzaba constantemente, ondeando con suavidad el agua en su centro; el cielo estrellado, el sol desaparecido, el silencio que los rodeaba y embargaba.

Solo escuchaba la respiración de él sobre su oreja, el ondeo constante de su cabello por el viento y los latidos de su propio corazón acompasarse y entonces fue allí, en ese momento, cuando él se movió suavemente sobre la escoba y lo sintió rozar su espalda que se dio cuenta de todo.

Libertad.

Levantó los brazos hacía ambos lados de su cuerpo, enderezo su espalda y gritó; gritó como hacía mucho tiempo no lo hacía; vació sus pulmones de todo el aire que había sido contaminado con dióxido de carbono.

- Toma el control. – Dijo él. Ella se tensó al instante.

- No sé manejarla. – Se defendió ruborizada. Aunque había recibido clases de vuelo, no podía ocultarle a nadie que realmente era mala en esa actividad. Aún cuando siempre quiso ser buena en todo lo que hacía.

- De nada vale que intente aparentar que podre alejarte de la guerra cuando rotundamente tú te acercas a ella. – Comenzó a decir él. – Así que vamos a retomar las clases, la primera es vuelo en escoba. – Ella suspiró cansada. Le agradaba escuchar aquellas palabras de él, saber que entendía que alejarla no lograría más que acercarla a la fuerza para poder luchar, pero también le molestaba que usara la escoba como primera lección. – Lamento lo del invernadero. – Fue apenas un susurro. Pero ella lo escuchó con claridad, no hacía falta aceptar las disculpas, tampoco recriminarle nada. El tiempo del reloj corría y la arena nunca se detenía, no eran tiempos para perderse en paradojas absurdas. Ella asintió y colocó sus manos por encima de las de él.

- Vale. – Dijo ella. Dándose el animo que sabia necesitaba para lo que venía a continuación.

- La escoba es como una varita, dejas fluir tu magia en ella y así ambas son una. – Parecía muy fácil cuando lo decía, pero todas las veces que lo había intentado en el pasado, había sido, ligeramente catastrófico. – Has fallado porque piensas que la escoba te traicionará, no lo hará. Confía.

- ¿Leíste mi mente? – Preguntó ella al notar que él había concluido la misma línea de pensamiento que ella había tenido.

- Eres un libro abierto, Granger. – Afirmo él. – Puedo ver a través de ti, no hace falta leer tu mente. – Ella bufó ante sus palabras, negando con vehemencia. – Enfócate. – Dijo él. Ella asintió.

- No dejes que caiga, Malfoy.

- Al parecer, si tú caes, yo también lo haré. ¡Hazlo! – El presagió de aquellas palabras hizo que Hermione se aferrará más a la escoba. Sintiendo que las responsabilidades de la guerra eran tan grandes como los que había tenido siempre para aprobar sus exámenes con un gran EXTRAORDINARIO. Las palabras de Draco eran ciertas. Si ella caía, él también lo haría. Pero las palabras que no estaban incluidas y aún así Hermione pudo entender fueron la formula contraría. Si él caía, ella también.

- Ninguno caerá. – Afirmó. Manejar la escoba era algo más complejo que solo confiar, era ordenarle que si fallaba ambas se irían a la mierda.

Bastó solo eso para que la energía fluyera de manera continua por ambas, una escoba que se conectaba con su magia como si siempre hubiera sido su propietaria. Acoplándose a las secuencias de su energía de la misma forma que lo hacía con Malfoy.

- ¡Yei! – Gritó eufórica. Sintiendo que el control no la abandonaba. - ¡Malfoy! – Gritó de nuevo. Fue el turno del rubio para expandir sus brazos a ambos lados de su torso y aullar con anhelo. Ansiando que las sombras lo abandonaran de una vez por todas.

Cada buena acción que hacía conllevaba dos enredos más.

El poder que conseguía se complicaba con más dolor para sus allegados.

Ahora ni siquiera sabía donde estaba su madre. La tenían "protegida". Una amenaza silente que resonaba sus oídos. Si no asesinaba a Dumbledore. Ella moriría.

Hermione inspiró profundo. Sintiendo el palpitar de su corazón detenerse por breves momentos. El grito desgarrador de Draco emitía un dolor que ella no sabía lo estaba embargando tan a fondo. Era absurdo pensar que haber recibido la ayuda de Dumbledore y de ella misma había sanado sus males. Él era quien caminaba por la cuerda floja constantemente.

Era quien tenía que torturarla, bien sabía que el secreto de una imperdonable era exactamente el deseo que se implantara al invocarla.

Malfoy caminaba por el limbo de lo desconocido. Sabedor que si fracasaba todo por lo que había luchado sería destruido y ella sería tan responsable como Voldemort de aquello. Lo había empujado a ese lugar, ella era quien lo había convencido de tener esperanzas. Pero ¿y si ya no había esperanza?

Sabía muy bien lo despiadado que podía ser un mortífago, así como también sabía que su tía era una de las dementes más temibles entre sus filas, saber que su sobrino era un infiltrado la haría perder la poca cordura que dudaba aún tenía, Hermione estaba segura que Bellatrix sería capaz de asesinar a su propia hermana si los planes que todos estaban tratando de llevar a cabo a cabalidad fallaban.

Si Draco fallaba, caerían muchas personas.

oOo

Nos vemos la semana que viene. Un abrazo gigante a todos.