17
CAMINO DE ESPINAS
SE DIRIGIERON A CASA de los Uzumaki al caer la tarde de Nochebuena. Empezaba el crepúsculo, y cuando salieron de la ciudad se puso a nevar ligeramente, cubriendo la carretera llena de tránsito con una delgada capa blanca que la hacía resbaladiza y se arremolinaba alrededor de los faros.
La nieve se hizo más copiosa y el tráfico menos denso cuando salieron al campo, y a cierta distancia Naruto se detuvo ante un vivero con una ristra de luces de colores intermitentes a lo largo del aparcamiento. Hinata y Shion se quedaron en el coche mientras Naruto y Hiruzen desafiaban el mal tiempo, arrebujándose en sus abrigos para protegerse del viento, y dieron algunas vueltas entre varias hileras de abetos y pinos amontonados en bancos de madera. Al fin se quedaron con un pino balsámico y tres coronas de acebo.
Naruto pagó al empleado y se pusieron de nuevo en marcha, el maletero de su Jaguar coupé cargado con los vegetales atados con cuerdas. El avance lento bajo la nieve, y la carretera estrecha y llena de curvas que conducía a la finca de los Uzumaki era traicionera y apenas transitable cuando llegaron a ella. Naruto se abrió paso diestramente y al fin detuvo el coche ante la fachada de la casa, lo que provocó un audible suspiro de alivio de los pasajeros que viajaban detrás.
Hiruzen dio unas palmadas en el hombro de Naruto.
—Bien hecho.
Naruto aún tenía levantado el cuello de su gruesa parka de piel de oveja, y le rozó la nuca cuando miró sonriente por el espejo retrovisor.
—Gracias. Tú vas a conducir de regreso.
Hinata, sentada al lado de Naruto, se volvió hacia atrás. No necesitaba ver la expresión de Hiruzen para leer su reacción, y se echó a reír.
—Creo que está bromeando, Hiruzen. Pero no habría problema si tuviéramos tu pequeño trineo de cuatro ruedas, ¿verdad? O quizá Shion podría echarte una mano.
Hizo la observación despreocupadamente, pese al tenso silencio que se había entablado entre Hiruzen y Shion, y que había sido muy embarazoso durante todo el trayecto. Shion no había dicho apenas nada, ni siquiera en el apartamento, cuando Hinata hizo cuanto pudo para explicar las circunstancias de que incluyeran a Hiruzen.
Finalmente abandonó su intento al ver el rígido silencio que mantenía su hermana. Tendría que demostrarle a Shion que todavía le importaban mucho sus sentimientos. Con todo, era innegable que Hinata se alegraba de que Hiruzen hubiera ido con ellos.
Shion no reaccionó a la observación, y Hiruzen respondió dubitativo. Todos descendieron del coche al sendero nevado y empezaron a descargar el equipaje y las decoraciones bajo la brillante luz en la fachada de la casa.
Mientras las dos hermanas se dirigían a la puerta principal, ésta se abrió de repente para revelar a Chiyo, su figura silueteada contra la luz del enorme vestíbulo iluminado por magníficas lámparas de cristal. Tuvieron lugar las presentaciones y Manning recogió sus abrigos, pero Chiyo continuó mirando a Naruto y Hiruzen, que extraían el pino atado del maletero.
—Naruto ha traído un árbol —observó, y sonó como una acusación.
Hinata permanecía a su lado, ataviada con un vestido color limón, que contrastaba vivamente con el color espliego del vestido de Chiyo. En seguida sonrió; no iba a permitir que acusara a Naruto por lo que había hecho.
—Ha sido idea mía, señora Uzumaki.
—Nosotros no hacemos eso —dijo en tono desaprobador Chiyo —. Aquí la Navidad es un tiempo tranquilo, y hemos guardado las decoraciones que usábamos en el pasado. No habrá nada con qué adornarlo.
—Hemos traído los adornos y todo lo necesario. —Como la mujer parecía más bien molesta que otra cosa, no parecía oportuno insistir; pero Hinata ya no podía echarse atrás—. Son muy bonitos, de verdad. Todos los viejos adornos que Shion y yo teníamos en casa.
—No hay daño alguno en ello, abuela —dijo Sasori, que estaba en el centro del vestíbulo con un vaso en la mano—. Podemos ponerlo en la sala de estar, donde no estorbará, porque ahí cabría un estadio de fútbol.
Chiyo no replicó y miró a Hinata, la cual sonreía y tenía el mentón un poco alzado, a la manera de quienes no pueden ver y deben confiar en su oído para comprender lo que ocurre a su alrededor.
—Haced lo que queráis —dijo Chiyo bruscamente, de mala gana —. Pero dile a tu hermano que procure dejar los muebles intactos.
Entraron el árbol y lo colocaron ante una de las dos altas ventanas de la sala. Shion y Sasori no participaron en aquella actividad, sino que desaparecieron escaleras arriba, para hacer el recorrido de la casa. Hablaron brevemente con Ashina, al pasar por el lugar donde se encontraba.
Este se reunió con Hiruzen, el cual había dejado a Hinata en el arco que separaba la sala de estar del vestíbulo, y con ellos tres como espectadores Naruto cortó las cuerdas del árbol. Observando críticamente las ramas que se extendían, asintió satisfecho y se acercó a Hinata. Tomó su mano y la aproximó al árbol.
—¿Qué te parece?
Ella tendió la mano y la pasó ligeramente por las ramas.
—Es tan fragante.
—Lo sé. Por eso lo he comprado. —Irguió la cabeza al ver su expresión pensativa—. ¿Algo va mal?
—Oh, no, nada, de verdad. —Le dirigió una breve sonrisa y siguió pasando distraídamente el dedo por las ramas del árbol—. Me preguntaba por qué hemos tenido que traerlo, después de todo.
Naruto se sorprendió un poco, pero comprendió enseguida. Recordó que Hinata había estado con su abuela en el umbral cuando sacó el árbol del coche.
—Ya veo. La abuela ha tenido que decir algo.
—Más o menos —sonrió Hinata.
—Ya te lo advertí —dijo Naruto, exhalando un suspiro.
—Lo sé. —Hinata bajó la voz; nadie más tenía que oír aquello—. Y fui yo quien insistió. La próxima vez recuérdame que escuche lo que los demás tienen que decir.
Naruto se había sentido obligado a expresar el incómodo recordatorio, pero no tenía intención de seguir alimentando su desaliento.
—Bien, olvídalo. No importa si los demás no quieren participar. Lo haremos nosotros, ¡eh!
—Sí, claro —sonrió ella. Cuando todo estuviera hecho, quizá los demás podrían apreciarlo. Después de todo, eso era lo que había esperado en principio, junto con el deseo de que Shion tuviera la Navidad que quería. Y entonces, como dándose cuenta de algo, dirigió a Naruto una expresión inquisitiva y preguntó—: Por cierto, ¿dónde está Shion?
—Se fue con Sasori escalera arriba cuando entramos.
Hinata se volvió hacia el árbol.
—Bueno, comencemos. Estoy segura de que volverá pronto.
—Claro —dijo Naruto en tono neutro. Se dirigió a Hiruzen, que seguía junto al umbral—. Vamos. Traigamos las cajas.
Pronto transfirieron la mayor parte de las cajas de cartón a un lugar cerca del árbol. Naruto cogió la última para colocarla en el montón que llegaba hasta el pecho, y notó la mano de su abuelo en el hombro.
—Quiero hablar contigo.
Naruto le miró y luego contemplo el árbol, al otro lado de la sala. Parecía fuera de lugar, enmarcado por la ventana con celosía, aquel árbol desnudo contra los ricos colores de la sala que lo albergaba. Hinata estaba arrodillada a un lado, la falda de su vestido amarillo desparramada a su alrededor en el suelo, mientras abría la tapa de una caja.
Vio que Hiruzen se reunía con ella, impecable con su habitual conjunto de chaqueta cruzada y chaleco. Se arrodillo a su lado y murmuró algo que la hizo reír. Aquello sólo aumentó la impaciencia que Naruto sentía por la interrupción de su abuelo, y miró a Ashina por encima de la caja.
—Luego —le dijo.
La mirada decidida de Ashina no vario.
—Ahora, Naruto.
Era evidente que no había más remedio que obedecerle o discutir, y Naruto no tenía ganas de hacer ninguna de las dos cosas; pero la última era la menos atractiva, por lo que capituló a regañadientes.
—De acuerdo. Déjame terminar con esto.
—Estaré en la biblioteca —dijo Ashina, y se dirigió a la puerta.
Cuando Naruto se reunió con él unos minutos más tarde, Ashina estaba ante una de las estanterías, contemplando los lomos descoloridos de los libros encuadernados en piel. Naruto le miró y se encaminó a la mesa de madera de roble colocada diagonalmente en un ángulo. Se sentó en un extremo, observando cómo Ashina se acercaba a la puerta y la cerraba con firmeza. Naruto arqueó una ceja.
—Abuelo, hoy es Nochebuena. No estoy de humor para hablar de negocios.
—No se trata de negocios —replicó Ashina, enfrascándose de nuevo en la contemplación de los volúmenes. Parecía como si estuviera leyendo los títulos, pero Naruto sabía que no era así; había leído todos los libros de la biblioteca por lo menos una vez, probablemente dos.
—¿Qué deseas, abuelo?
Esta vez Naruto no pudo evitar la impaciencia de su tono y su expresión.
Ashina se volvió entonces.
—Sasori me ha dicho que tienes intención de casarte con Hinata.
De modo que era aquello. Naruto pensó que debería haberse prevenido.
—Creí que ya lo había dejado claro. No sé por qué Sasori se ha creído obligado a remacharlo.
—No seas petulante.
Él no reaccionó, y se limitó a exhalar un suspiro inaudible.
—¿Qué es lo que deseas, abuelo? —repitió con calma.
—No puedes casarte con ella. Eso es incuestionable.
—¿Ah, sí? —replicó Naruto, con una sonrisa engañosamente despreocupada.
—Naruto, había confiado en que no tuvieras intenciones serias, en que tal vez sería un capricho y lo superarías, junto con esa otra tontería sobre la escuela de equitación. ¿Sabes que su ceguera es permanente, que no se puede hacer nada por ella?.
Al oír esto, Naruto enarcó las cejas.
—Sí, claro que lo sé. —Entonces frunció el ceño, observando a su abuelo con una mirada sombría y especulativa—. ¿Por qué tienes que hacer esa observación? Como si hubieras investigado el asunto.
—Lo he hecho —dijo Ashina llanamente.
Naruto alzó el mentón.
—¿Con qué objeto?
—Para ver si era posible alterar las circunstancias —le dijo, y prosiguió antes de que Naruto pudiera decir nada más—. Hay varias cosas que he de tomar en consideración. Comprendo que esa muchacha es interesante a su manera, nunca lo he puesto en duda, pero tienes que pensar en las apariencias. No es una mujer adecuada para esta familia. Francamente, no la aceptaré.
Naruto contemplaba la punta de su zapato, y cuando su abuelo terminó de hablar le miró con expresión severa.
—Me tienen sin cuidado las apariencias. Eso en primer lugar. En segundo lugar, me molesta que te hayas puesto a fisgar en cosas que no son de tu incumbencia. En tercer lugar, no tienes nada que objetar al respecto.
» Y en cuanto a tu comentario, la apariencia de Hinata Hyûga está muy por encima de la que presenta cualquiera en esta familia, excepto tal vez la mía. Si he de serte sincero, cuando me miro en el espejo, me alegro de que mi rostro no tenga el sello de los Uzumaki.
—Eso es un insulto —dijo Ashina.
—En efecto, lo es. —Naruto se levantó con brusquedad y se volvió de espaldas a Ashina. Se frotó la frente levemente y luego bajó la mano y se volvió—. Ahora vas a escuchar lo que tengo que decir, y luego esta conversación no va a repetirse jamás. —Hizo una pausa, estudiando a su abuelo. El viejo seguía en pie, enmarcado por los estantes llenos de volúmenes lujosamente encuadernados, las manos en los bolsillos de la chaqueta, y Naruto prosiguió.
» Hemos venido aquí porque Hinata lo ha querido, porque quería que tuvierais alguna versión de la Navidad, aun cuando le dije que no valía la pena ese esfuerzo. Pero ella creyó que sí, porque, tanto si lo puedes comprender como si no, resulta que se preocupa por la gente y quiere intentar llevarse bien con vosotros.
» Bien, parece que eso no va a ser posible, al margen de lo que hagamos, y me parece muy bien.—Entonces se acercó a Ashina, y cuando estuvo ante él se metió las manos en los bolsillos de los pantalones—. Tengo intención de casarme con Hinata, y no hay nada que tú puedas decir o hacer al respecto. Simplemente, las cosas son así. Y mientras estemos aquí, espero que todos cuantos viven en esta casa se porten amablemente con ella. Procura que la abuela reciba el mensaje. Ya me ha irritado una vez.
Dirigió a Ashina una última mirada y luego pasó por su lado y se encamino hacia la puerta.
Ashina le miraba rígidamente.
—¿Y qué me dices de los niños?
Naruto tenía ya la mano en el tirador de latón, y se volvió.
—¿Qué quieres decir?
—¿Pensáis tenerlos?
—No creo que eso sea asunto tuyo.
—Te equivocas. Todo cuanto tiene que ver con esta familia es asunto mío. Todo. —Se dirigió a la mesa y al llegar a ella se volvió, con expresión súbitamente suave—. Naruto, hasta ahora has llevado una vida muy cómoda, sin ningún esfuerzo por tu parte. Si persistes en esa actitud hacia Hinata... bueno, tal vez podrías encontrarte con que esa clase de vida se terminaría de un modo automático.
Era un palo de triunfo, naturalmente, pero aunque lo mostró, no tenía intención verdadera de jugarlo. Sus demás cartas no eran tan buenas.
Naruto podía sospecharlo, pero no tenía manera de estar seguro. Miró a su abuelo con curiosidad.
—En otras palabras, ¿si me caso con Hinata tienes intención de desheredarme?
Ashina cogió el abrecartas de plata y lo contempló, dándole vueltas en sus manos. Respondió sin alzar la vista.
—Deberías pensar en lo que te he dicho.
—Te he hecho una pregunta directa.
Entonces Ashina alzó la cabeza, mirando a Naruto al otro lado de la estancia.
—Tal vez podría hacerlo —dijo evasivamente, con una ligera sonrisa —. ¿Y qué harías entonces?
Naruto sonrió abiertamente.
—Conseguir un trabajo —dijo en tono afable, y salió de la habitación.
CUANDO NARUTO REGRESÓ a la sala de estar, Hinata y Hiruzen se dedicaban a poner los adornos en el árbol. El viejo sostenía una guirnalda de luces de colores, cuyos cables estaban enredados, y trataba de separarlos.
Hinata estaba arrodillada bajo él, las manos entrelazadas en el regazo, y parecía haberse recuperado de su anterior desaliento, pues sonreía divertida. Naruto contempló aquel cuadro en silencio por un momento, y luego se acercó.
—¿Cuál es el problema? —le preguntó a Hiruzen, pero mirando a Hinata; se agachó y la besó antes de que pudiera responder.
Ella rió tímidamente.
—¿Por qué me has dado ese beso?
Él le acarició el cabello.
—Por todo. —murmuró. Al ver su expresión inquisitiva, la besó de nuevo y volvió su atención a Hiruzen—. ¿Necesitas ayuda?
Hinata se echó a reír y buscó el brazo de Naruto, apoyando la cabeza en él cuando lo encontró.
—Todos los años enrollo cuidadosamente esas luces y las envuelvo, de modo que todo lo que hay que hacer es estirarlas de nuevo, y cada año Hiruzen se las arregla de algún modo para enredarlas. —Su risa se convirtió en una afectuosa sonrisa, y ladeó la cabeza—. Creo que lo haces a propósito, Hiruzen.
El viejo tenía una expresión furiosa, y miró primero las luces y luego a Hinata y Naruto; eran una buena pareja, y a ambos les costaba contener la hilaridad a expensas suyas. Sonrió, pese a todo, y tendió a Naruto el rollo de cables.
—Para esto se necesita un ingeniero, no un erudito —murmuró—. Tendrás que hacerlo tú.
Naruto rió y se puso en pie. Al cabo de un momento había desenredado el amasijo de bombillitas y cables, y ayudo a Hiruzen a extender las luces alrededor del árbol. Hinata continúo en su puesto entre las cajas, levantando cuidadosamente un adorno tras otro, y escuchando a los dos hombres que trabajaban y charlaban en tono amigable.
Al cabo de un tiempo le llegó la voz de Shion desde el otro lado de la sala, y se volvió de inmediato, pues había pensado en atraer a Shion hacia aquella actividad en cuanto regresara, segura de que eso la complacería.
—¿Shion?
Extendió la mano y sonrió cariñosamente.
Chiyo se había reunido con la pareja mientras efectuaban el recorrido de la casa. Las encantadoras maneras de Shion y su patente interés por la casa atrajeron de inmediato sus simpatías, y mostró hacia ella una cordialidad desacostumbrada.
Los tres se dirigían a los sofás colocados ante la chimenea, y al oír la llamada de su hermana, Shion interrumpió la conversación con su anfitriona y la miró con gesto de impaciencia.
—Sigue tú. Yo pondré luego el hilo de plata o alguna otra cosa—dijo vagamente y se volvió hacia Chiyo para reanudar su conversación.
La naturaleza humana es inexplicable, se dijo Hinata. ¿Dónde había escuchado antes aquellas palabras? En mil lugares y en un millar de contextos, naturalmente. No se dio cuenta de que fruncía un poco el ceño hasta que Naruto la llamó por su nombre, haciéndola salir de sus cavilaciones. Ni siquiera se le ocurrió preguntarse si lo había hecho a propósito.
Así era, en efecto. El breve intercambio no se le había escapado ni sorprendido. Y si la fría indiferencia de Shion no hablaba con suficiente elocuencia por sí misma en aquel momento, lo haría algún día. Como si Hiruzen hubiera leído su mente, le dirigió una mirada significativa, que le impulsó a mirar hacia el extremo de la sala, donde su abuela, Sasori y Shion estaban enzarzados en una animada conversación.
Ashina había reaparecido y se sentó en su sillón, las manos unidas y con las puntas de los dedos apoyadas en la barbilla, mientras observaba en silencio la actividad a su alrededor. Naruto pensó que era la estampa del eterno patriarca, y se preguntó qué estaría pensando aquel hombre, aunque al instante se dio cuenta de que le tenía por completo sin cuidado. Se volvió hacia Hinata y observó cómo sacaba varios adornos más de la caja antes de agacharse de nuevo a su lado.
—¿Qué viene ahora? —le preguntó.
Ella abarcó con un gesto los numerosos objetos esparcidos a su alrededor.
—¿Necesitas preguntarlo? Yo te los iré dando, y tú y Hiruzen los colgáis.
Cuando terminaron, Naruto contempló el producto acabado con satisfacción.
—Es una obra de arte —comentó, y miró a Hiruzen, no menos satisfecho de su trabajo, y a Hinata.
Ésta sonreía con indulgencia y cierto misterio. Cambió de posición para abrir la última caja.
—Una obra de arte, sin duda, pero no está terminada. Siéntate, señor Uzumaki, porque ésta es mi parte, con un poco de ayuda de mi amigo Hiruzen, claro.
Hiruzen parecía saber lo que sucedía, y se acercó para ayudarla, alzándose los pantalones hasta las rodillas para agacharse con cierta dificultad. Naruto dio varios pasos atrás y se sentó en el brazo de un sillón. Cruzándose de brazos observó con abierta curiosidad cómo buscaba en la caja abierta.
Empezaron a extraer objetos, uno tras otro, y mientras lo iban disponiendo todo con cuidado bajo el árbol, supervisados por Hinata, una lenta sonrisa de comprensión apareció en el rostro de Naruto. Trabajaron durante algunos minutos, y cuando al fin terminaron y dieron la luz, se rió encantado.
Debajo del árbol brillante con sus luces y sus adornos de fantasía, y alrededor del mismo borde del faldón de fieltro rojo sobre el que se asentaba, corría una locomotora en miniatura, con todo un paisaje de arbustos diminutos y todos los aditamentos de una línea férrea. Al tren sólo le faltaba el furgón de cola, y a cada vuelta que daba emitía un silbido leve pero auténtico. Naruto estaba cautivado, y se acercó a Hinata.
Ella notó su proximidad y buscó su mano.
—Es la sorpresa especial de Hiruzen y mía. Nos dio esta idea la decoración de un escaparate, hace años, y desde entonces cada año montamos el tren al pie del árbol. ¿Qué te parece?
Él deslizó una mano sobre sus hombros, cubiertos por el sedoso pelo.
—Creo que es maravilloso, como tú.
Hinata no respondió, sino que se limitó a permanecer sentada, escuchando el rumor de la ruedecitas en las vías. Era consciente de que Hiruzen estaba cerca de ella, y también del murmullo de voces al otro lado de la sala. Sin embargo, no llamó a ninguno de ellos, ni siquiera a Shion.
Había hecho lo que quería, mostrar aquello que tenia tanto sentido para ella; y ahora tocaba a los demás encontrarlo placentero o no, como quisieran. En cuanto al despego de Shion, dio por cierto que era una defensa contra emociones que su hermana no podía dominar. Suspiró para sus adentros por todas aquellas cosas que impulsaban a Shion a refugiarse en una conversación alegre y superficial.
Junto a la chimenea, Shion volvía a reírse de una de sus propias observaciones, al tiempo que se llevaba a los labios una copa de coñac. Cogía a Sasori del brazo, como había hecho ostensiblemente desde el principio, y miraba a Chiyo, la cual sonreía, encantada por las anécdotas que le contaba. Al oír el pequeño silbido, la sonrisa desapareció en seguida, y dirigió una mirada desaprobadora hacia el grupo que estaba junto al árbol.
Shion reaccionó de inmediato. No había olvidado la observación despreocupada de Sasori acerca de la antigua novia de Naruto: «Buena familia, buen aspecto; ya sabes, buena dentadura».
No había calculado hasta dónde podría llevarla aquella actitud, pero no sería perjudicial. Se trataba de aprovechar las actitudes que percibía en Chiyo. Soltando el brazo de Sasori, se colocó en el borde del sofá y dejó el vaso sobre la mesita de café antes de decir en voz baja:
—Intenté decirle que deberíamos dejarlo todo en casa, pero...
Su tono daba a entender que era poco lo que podía hacerse, y dejó que su mirada siguiera a la de Chiyo hasta los tres agrupados al otro lado de la habitación. Naruto se puso en pie y murmuro algo a Hiruzen; éste asintió y ambos salieron juntos un momento. Shion miró de nuevo a Chiyo.
—Los placeres de Hinata son... poco complicados. Han de serlo a la fuerza, claro.
Chiyo estaba mirando al otro lado de la sala, y habló con brusquedad.
—A Ashina y a mí nos gustaba mucho Shizuka.
Shion se quedó un momento desconcertada, y entonces dirigió una mirada de soslayo a Hinata. La vio arrodillada junto al árbol, al parecer perfectamente relajada, excepto que tenía una mano sus pendida a unos centímetros por encima de la rodilla, como si hubiera estado a punto de posarla allí y la hubiera detenido bruscamente, para escuchar.
Shion reflexionó con rapidez y al final decidió que no sería perjudicial insistir un poco más. Después de todo, una nunca sabía. Alzó su propia voz al nivel conversacional de Chiyo.
—Puedo comprender por qué. Sasori nos presentó una vez. Es encantadora.
—Sí, todos los creíamos así.
Sasori miró a Shion cautelosamente ante el giro que había tomado la conversación, pero se relajó mientras se deslizaba a su lado y le dirigía una sonrisa luminosa. Entonces Chiyo guardó silencio, y en aquel intervalo Shion recorrió con la mirada la sala, valorando apreciativamente los muebles tapizados de terciopelo y satén, las alfombras orientales extendidas de un lado a otro de la habitación, los retratos colgados de las paredes, enmarcados lujosa mente en estilo rococó.
Admiró durante algún tiempo el que pendía sobre la chimenea, bajando finalmente la mirada a los objetos colocados en la repisa de la chimenea. Le atrajo uno en particular y al cabo de un momento se levantó para mirarlo más de cerca.
Estaba directamente debajo del retrato, entre varios ejemplos impresionantes de porcelana. Era un leopardo negro de unos veinticinco centímetros de longitud, su fina cabeza orgullosamente alzada y vuelta hacia un lado, como si observara la sala ante él. Se acercó, pasando un dedo ligeramente sobre la superficie de porcelana.
—Qué animal tan exquisito —murmuró sin dirigirse a nadie en particular.
Fue Ashina quien respondió. Apenas participaba en la conversación que tenía lugar a su alrededor, sino que había permanecido silencioso la mayor parte del tiempo, mientras continuaba arrellanado en su sillón, observando. Al oír el comentario de Shion, su rostro de halcón adoptó una expresión suave, y alzó la vista.
—Lo es, en efecto. Ha pertenecido a la familia de Chiyo durante varias generaciones, como muchas de las cosas de esta casa.
Shion ladeó la cabeza mientras estudiaba el objeto desde otro ángulo. Al cabo de un momento le dirigió una mirada inquisitiva por encima del hombro.
—Es de Meissen, ¿verdad?
—Sí —sonrió él, apoyando los codos en los brazos del sillón y entrelazando las manos sobre el regazo—. Y es una pieza única, realizada a mediados del siglo XVIII.
Shion no parecía poder apartar la vista del objeto.
—Hummm. Imagino que no tiene precio.
La aguda mirada de Ashina había adquirido un brillo intenso mientras miraba a aquella encantadora mujer que estaba de pie, arrobada, ante la repisa.
—Veo que sabes mucho de antigüedades.
—Sí —dijo Shion sin volverse, y sonrió al leopardo—. Me encantan.
Ashina sonrió también, como si de repente hubieran encajado las últimas piezas de un rompecabezas. Apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, sin dejar de sonreír.
—Sí, querida, te creo —y repitió en voz baja para sí mismo—:Te creo sinceramente.
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Continuará...
