Las vacaciones pasaron rápido, más de lo que Tom hubiera querido. Había pasado con la familia Sant más de la mitad de éstas, habían ido por los materiales al Callejón Diagon -la familia de Henry había pagado más de lo que le gustaría admitir- y, como había predicho su amigo, Webster había ido de visita por una semana.
Se esforzó mucho y, gracias a eso, la familia de Henry parecía adorarlo. Su tía Louise también llegó a ir y, si bien era una señora estupenda, vaya que sabía lastimar a alguien con un simple jalón de mejillas.
También conoció al famoso Fave, quien lo había jalado tienda adentro y le había pedido -por no querer decir "ordenado"- que fuera su modelo. Henry se rió ante eso mientras que, de igual forma, hizo la función de modelo. A cambio, el señor Fave les regaló una que otra prenda, aunque Henry terminó regalándole las suyas, argumentando que no tenía espacio ni en su armario, ni en el baúl.
Aprendió más francés de lo que había aprendido en toda su estadía en Hosttlov, lo suficiente para sobrevivir esas vacaciones sin tener que crear ningún conflicto, Henry era un gran maestro si se lo proponía, aunque Webster tuvo una pequeña disputa con el señor del crucero -al cual sí pudieron ir- al pensar que le decía estúpido.
Lo más hermoso del viaje y, joder que sí fue hermoso, fue haber podido oír la melodiosa voz de Henry hablando el idioma común de Francia. Si antes su voz era hermosa, con el acento francés era completamente adorable.
Lo pésimo fue llegar al orfanato, los niños del lugar aprovecharon ese pequeño momento para molestarlo, habían entrado a su habitación e intentado abrir su baúl, aunque, antes de que llegaran, Henry le había insistido en que sus padres le dieran uno que otro hechizo para mantener la seguridad de su baúl intacta, decía que le serviría en Slytherin y que, lamentablemente, él no podía hacer dichos encantamientos.
Faltaban pocos día para que las vacaciones terminaran cuando una lechuza, que él conocía a la maravilla, se posó en la ventana de su habitación, picoteando repetitivamente hasta que se dignara a abrirla.
Dejó el gran paquete que la pequeña traía con un hechizo peso-pluma en su escritorio y agarró la carta para empezar a leerla.
" Querido Ridls:
Una buena y otra mala. Ahora empezaré con la buena: Tía Louise te manda este regalo, le había comentado que te gustaba mucho leer, así que espero que te guste.
Bueno, cambiando de tema, no sé si sabías, pero ella tenía una fascinación muy rara con tener muchos animales, su casa era como un zoológico, a lo que se le suma la mala noticia, la cual es que, como te pudiste dar cuenta al decir que mi tía "tenía" una rara fascinación, acaba de fallecer el viernes pasado. Había conseguido un occamy y, bueno, acababa de poner huevos y pensó que mi tía era una amenaza.
Tom, me heredó todo, ¿qué carajos haré con medio zoológico? ¿Quién, en su sano juicio, le hereda un zoológico a su sobrino de 12 años?
También me dejó una carta, pero no la he querido abrir. No puedo.
Espero verte pronto:
Henry Sant-Sayre. "
Tom suspiró, cuando estuvo con Henry las vacaciones pasadas pudo notar cómo éste adoraba a su familia. Era lo más preciado que tenía, no sabía cómo estaba pasando por eso.
Agarró el paquete y lo vio. Eran demasiados libros para que una sola caja de veinte por quince centímetros los tuviera, otra clase de hechizo, supuso Tom.
La mayoría de libros eran de criaturas mágicas, sus cuidados y todo lo que necesitaban para poder vivir cómodos, seguido por unos cuantos libros de todo tipo de temas. Tom debió haber hecho algo muy bueno para que la señora lo hubiera apreciado tanto en tan poco tiempo.
Después de haber sacado todos los libros de la caja, una nota cayó sobre el feo suelo de madera, era una letra diferente a la de Henry, por lo cual supuso de quién era la carta. La leyó de forma veloz. Era de la difunta Louise Sant antes de su muerte, pidiéndole que apoyara a Henry en lo que fuera y que se verían en las próximas vacaciones. Bueno, mínimo una de las dos cosas se iba a cumplir.
Él siempre estaría para su niño, sin importar qué pasara.
Llegó a la estación demasiado temprano, justo como el año pasado. Se subió al tren y se colocó en uno de los vagones finales, guardando su baúl después de haber sacado su nueva lectura del día, esperando que Henry llegara lo más pronto posible.
Trató de leer un poco, pero el nerviosismo le ganó, no podía leer más de dos palabras cuando se sentía perdido y no sabía en dónde se había quedado... ¿Cómo se sentiría Henry? En la carta no podía distinguirlo, parecía que era el mismo de siempre, hasta el final de ésta. Lo peor de todo es que el menor no contestó su carta, Henry siempre contestaba sus cartas, principalmente porque no solía mandarlas.
Después de varios minutos metido en sus pensamientos notó el constante zumbido que hacían las conversaciones ajenas dentro de la plataforma. Miró a un lado y encontró con la mirada a los señores Sant, quienes veían un punto del tren, Tom supuso que la entrada, antes de que sus miradas se encontraran con la del ojiazul.
La señora Sant fue la primera en darle una sonrisa con cariño, aunque se notaba lo difícil que le era hacer eso, y le mandó un saludo con la mano. Tom contestó el saludo y, dejando su libro a un lado, dispuesto a salir para encontrarse con aquella familia. Abrió la puerta después de asegurarse que sus cosas estuvieran a la vista para que los demás estudiantes se dieran cuenta que el compartimento ya estaba ocupado, pero, antes de poder salir, unos suaves brazos rodearon su cintura y un pequeño rostro se escondió en su pecho, haciendo que un calor se colara por todo el pecho con cariño al notar los cabellos negros, aunque, por alguna razón, tenía más reflejos azules de lo normal.
—Henry...
—Hola, Ridls —susurró el menor restregando su cara en la ropa del mayor. Tom se imaginó a su pequeño como un lindo gato deseoso de mimos—. Te extrañé mucho.
—Yo también, pequeño —contestó acariciando la cabeza el menor con tranquilidad—. Iba a salir para saludar a tus padres...
—No, tú eres mío —interrumpió Henry abrazándose más a su amigo—, puedes saludarlos desde la ventanilla.
En ese momento pudo notar la pequeña ruptura en la voz de Henry. Agarró su mejilla y levantó su barbilla para poder verle a los ojos, notando que éstos se encontraban cristalizados, preocupando al mayor de sobremanera. Nunca había visto así a Henry en todos los años de conocerse.
Tom cerró la puerta con rapidez cuando notó que seguía abierta, luego corrió las cortinas para que nadie se diera cuenta de eso. Antes de que la visibilidad del andén desapareciera después de esa acción, el ojiazul pudo notar la sonrisa cariñosa de la madre de su amigo.
—Ridls —llamó Henry una vez que Tom se acomodó en el asiento con el Sant-Sayre recargado a él—, tú nunca me vas a dejar, ¿verdad? —preguntó mirándolo a los ojos.
—Nunca en toda mi vida, Henry.
Y eso era cierto, no porque el menor se lo pidiera, ni porque él no dejaría que Henry se separara de su presencia, sino porque el universo quería verlos juntos, y ellos no se iban a resistir.
El tiempo volvió a pasar después de eso, ya se encontraban en clases y a punto de tener el festejo de Halloween, cosa que detestaba. Henry había estado mejor que a inicios de año, en los cuales estaba más callado y serio de lo habitual, pero se fue soltando conforme el tiempo y los abrazos de Tom iban transcurriendo.
Tom siempre estuvo a su lado, había veces que llegaban a dormir en la misma cama, cuando el menor no podía conciliar el sueño y se ponía a pensar en su tía, para luego pensar en su tío Areu y empezar a lagrimear. Odiaba verlo así.
No pasó mucho para que el estúpido festejo muggle pasara para darle la bienvenida a las vacaciones navideñas, las cuales Henry decidió pasar en el colegio, el ojiazul sabía que, la razón exacta para eso, era el no querer ver el espacio vacío en la mesa cuando regresara a casa.
No hubo tiempo para penar cuando los exámenes llegaron y Abraxas decidiera juntarse con ellos en las horas estudio, repasando y obteniendo ayuda de ellos. Avery también se encontró a un lado, y, para terminar el año, Achilles Lestrange y Eryx Mulciber se habían unido al extraño cuarteto.
Si bien todo iba aparentemente extraordinario, eso no era lo que podían pensar Tom y Henry, quienes se habían acercado aún más después de ese año. No había razón aparente, simplemente no podían estar tan alejados el uno del otro y, cuando estaban juntos, su atención sólo se podía centrar en ellos, haciendo que su corazón empezara a latir más de lo normal. El mayor consideró que, tal vez, le empezaba a dar pequeños ataques de taquicardia, aunque eso no quita que Tom fuera el menos obvio de los dos, logrando contener muchos sonrojos y sonrisas cuando el menor decía o hacía cosas demasiado tiernas. En cambio, Henry llegaba a parecer un tomate en algunas ocasiones, ganándose burlas de Avery, quien terminaba hechizado después de algunos susurros hechos en el oído del menor, ¿qué era lo que le decía? Tom nunca pudo escuchar nada de eso.
Las vacaciones habían iniciado y, con ellas, otra invitación de pasar con la familia de su mejor amigo, ésta más corta que la anterior porque se iban a ir a Estados Unidos por cuestiones familiares y no podían llevarlo con ellos.
Claro está que, después de esas vacaciones, las miradas discretas entre ellos dos sólo hicieron más que incrementar.
