Solo sexo
Luster está todavía dormido cuando Michael despierta. El pelo le cae sobre la cara y Michael se lo aparta con delicadeza para no despertarlo. Luster sonríe en sueños y se acurruca contra su pecho. Permanece así unos minutos antes de apartarlo con suavidad y levantarse de la cama. Se pone la bata y sale de la habitación. La cabeza le duele horrores. La resaca de esa mañana va a ser tremenda.
En el baño encuentra las pastillas que toma cada vez que se encuentra en esa situación. No quitan la resaca del todo, ni los capitolinos pueden con ella, pero ayudan bastante. Luster sigue dormido cuando vuelve a la habitación. Lo observa por unos segundos. Es guapo. Tiene esa belleza clásica de los hombres del distrito uno: pelo rubio, en su caso largo y liso, ojos verdes y labios carnosos. De todos modos Michael no sabe si se acuesta con él porque es guapo o simplemente porque está ahí, dispuesto a ofrecerle un hombro en el que llorar y un poco de diversión para olvidar los malos tragos de los juegos.
Tampoco sabe por qué Luster se acuesta con él. Nunca han hablado de eso. En realidad casi nunca hablan de temas serios. Luster le cuenta anécdotas de su distrito y a veces chismorreos del Capitolio o de los otros vencedores y Michael se empapa de sus historias para evadirse de sus propios problemas. Algunas veces le cuenta lo que le preocupa y Luster lo escucha e intenta aconsejarlo, aunque no se le da muy bien. Normalmente uno de los dos va en busca del otro y salen por ahí. Al principio solían acabar borrachos en cualquier parte, aún lo hacen a veces, como anoche, pero en los últimos años eso ocurre cada vez con menos frecuencia. Michael lo llama cuando está triste o estresado y Luster acude si está disponible. Él llama a Michael sin explicarle el por qué, quizá solo porque sí, porque le apetece verlo o porque no tiene nada mejor que hacer, y Michael va si puede. Salen a cenar o a dar una vuelta y Michael piensa que no les va mal así, aunque Sabrina cree que Luster querría algo más y Matthew alguna vez le ha insinuado que él está recibiendo de Luster más de lo que le da. Quizá sea cierto, pero nunca le ha dado muchas vueltas. Siempre tiene algo más en lo que pensar.
Se dirije al salón y pone la tele. Quiere ver que ha pasado esa noche. Aemilia Chase está de pie emocionada como una niña el día de su cumpleaños. Al parecer ha habido una pelea grande. Pasa el resumen y Michael observa sorprendido la pelea que todo el mundo estaba esperando.
El resumen termina con la imagen de Alejandría Marsh dándole a su compañero de distrito el dichoso anillo con veneno. La noche anterior había acabado preguntándole a Luster si él sabía de su existencia. Contestó que no y Michael se sintió aliviado, pero luego añadió que de haberlo sabido tampoco se lo habría quitado. Es un profesional y Michael no puede ni debe olvidarlo por muy simpático que sea con él.
Se levanta y vuelve al dormitorio. Luster se está desperezando en la cama.
–Buenos días –dice mientras se levanta.
Está sonriendo y Michael lamenta tener que arruinarle la mañana contándole lo de Alejandría, pero no le queda más remedio que hacerlo.
Luster se queda desconcertado. Claramente no esperaba que ella muriese tan pronto.
–Maldito crío traidor y tramposo.
–No creo que Alejandría Marsh pueda acusar a nadie de tramposo.
Lo siente por la chica, pero lo que ha dicho es cierto. No obstante, a Luster parece que no le ha gustado oírlo.
–Alejandría Marsh está muerta.
–Tú la mandaste ahí. Sabías que esto podía pasar.
La voz de su conciencia que suena como Sabrina le dice que está siendo un gilipollas, que Luster lo ha consolado cada vez que ha perdido a un tributo y que él debería hacer lo mismo, pero no puede. Nada de lo que le ha dicho a Luster es mentira y ambos lo saben por mucho que Luster lo esté mirando como si acabara de matar a la chica él mismo.
Recoge su ropa del suelo y comienza a vestirse. Michael se siente mal por él, pero en verdad prefiere que se vaya porque no sabe qué decirle. La voz de su conciencia ahora es Matthew y lo regaña por ser un capullo egoísta.
–Yo escogí a Alejandría para morir, pero eso no significa que disfrute viéndola hacerlo, a diferencia de otras personas.
Michael tampoco lo ha disfrutado, pero no se molesta en corregirlo. Lo deja marchar sin decir una palabra. Después se siente un estúpido. Algo le dice que esa será la última vez que Luster lo llame o que acuda a su llamada y el pensamiento le hace sentirse más triste de lo que pensaba que se sentiría. Al fin y al cabo, lo suyo es solo sexo, un sexo estupendo, pero nada más.
Solo que Michael recuerda su cabeza apoyada en el hombro de Luster en un bar cualquiera del Capitolio, él apunto de llorar por algún tributo mientras Luster le acariciaba el pelo y le murmuraba palabras de consuelo. Recuerda todas las veces que lo ha llamado llorando para encontrarlo a su lado en cinco minutos dispuesto a sacarlo por ahí hasta que se olvidara de todo lo malo que hay en su vida.
Quizá Matthew y Sabrina hayan tenido razón todo este tiempo. Luster no es un santo, es cínico hasta el cansancio, pragmático de más, frío y calculador como solo un profesional puede serlo, pero ha estado ahí para él cuando lo ha necesitado y él no ha sido capaz de hacer lo mismo.
Unas horas más tarde vuelve al edificio de control. Es la hora de comer y no hay mucha gente: Sabrina, Matthew, Mark, Alisa, Felicity, Enea y Luster. Los otros o bien han perdido a sus tributos o bien se han tomado un descanso. Se sienta junto a Matthew, que observa a sus chicos bajar por la pendiente.
–¿Cómo va todo?
–Tranquilo. Los tributos están bastante separados y los vigilantes han tenido bastante acción por un rato con la gran pelea y el ataque de los pájaros asesinos. Imagino que sabes que Troya y Alejandría han muerto.
–Sí, ¿cómo lo llevan sus aliados?
–¿Te interesan los tributos o sus mentores?
Mira de reojo a Luster y Matthew pilla la indirecta.
–Frío como un témpano, ya sabes cómo es. Seguramente esté jodido, como todos, pero se ha centrado en reubicar el dinero de los patrocinadores para el chico que le queda. De todos modos puedes ir a preguntárselo.
–Esta mañana le he dicho que él la mandó a morir.
–No es mentira.
–tampoco es justo.
–Pues díselo a él.
Lo mira. Está hablando con Enea. No parece triste, ni siquiera preocupado. Se pregunta si le habrá afectado lo que le ha dicho. Quizá le esté dando vueltas de más. Quizá Luster solo se fue porque quería hablar con Jewel del tema del dinero. No se lo cree. Se levanta y va hacia él.
–¿Podemos hablar?
–Le prometí a Enea que me quedaría un rato.
–A mí me da igual. Ahora no están haciendo nada, si hasta el payaso de tu chico está en silencio.
Luster lo fulmina con la mirada y niega con la cabeza.
–Jewel , Iulius y Nerea vendrán en una hora. Te llamo entonces.
Michael asiente y vuelve al lado de Matthew.
–¿Cómo está?
–Frío como un témpano. En una hora me llama y hablamos.
Tiene una hora para pensar qué quiere decirle y sobre todo qué quiere que pase con ellos dos porque ya está claro que lo que tienen hace tiempo que dejó de ser solo sexo.
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Esta es la chorrada de la que hablé en el grupo y lo peor es que tendrá segunda parte. Me apetecía desarrollar la relación de estos dos y quiero escribir la conversación que les espera desde el punto de vista de Luster.
No tienen precisamente la relación más sana del mundo, por parte de los dos, pero en cierto modo me gustan.
