Día 19. Calidez
Número de palabras: 1165
Sinopsis: Es demasiado pronto y a la vez demasiado tarde para decir algo, así que solo dejan que el silencio hable por ellos. (O la escena perdida de Crowley y Aziraphale en el autobús)
El corazón de Crowley nunca ha hecho lo que se supone que debe hacer. Enamorarse de un ángel, para empezar, una acción simplemente ilógica e insensata, incluso para alguien como él. Luego, todo el tiempo late el doble de rápido cuando dicho ángel está cerca. Realmente, Crowley tiene una lista sólida de quejas al respecto, algo que en realidad escribió una vez (aunque estaba extremadamente borracho, naturalmente).
Pero nada de lo que pueda quejarse y reclamar importa ahora. Acaban de salvar el mundo de lo que parecía ser un inminente fin, ¡Eran unos malditos héroes! Y aun así nada le quitaba la opresión que sentía en el pecho y el remolino de pensamientos que cruzaban por su cabeza, pensado en un futuro incierto, sin saber que sería de ellos el día de mañana.
Mentiría si dijera que no tenía miedo, aunque no por él, después de todo, hace mucho que había rebasado su propia esperanza de vida, ha vivido más de lo que pensó que podría sobrevivir. Pero sí siente temor por el ser que se encuentra a su lado, que se remueve incomodo en el asiento del autobús tratando de conciliar inútilmente sus pensamientos y sentimientos.
¡Como desea calmar sus ansias con besos y mimos! Pero sabe que no puede, si no eran libres antes menos lo son ahora, con el cielo y el infierno probablemente poniéndole precio a sus cabezas en ese momento.
Exhala y cierra los ojos, estirando lo más que puede su cuerpo en el limitado espacio que tiene en el autobús. Las emociones y exaltaciones que había sufrido ese día finalmente hacen mella en su cuerpo y lo dejan en un estado de fatiga que lo hace desear llegar a su apartamento y caer en un sueño profundo que durara por lo menos un siglo entero.
Entreabre los ojos y ve de reojo a Aziraphale, quien tamborilea nerviosamente sus dedos contra su rodilla derecha. El estado de ansiedad en el que se encuentra sumergido su ángel (¿Tú ángel? ¡Si no es nada tuyo!) le hace sentir una especie de compasión hacia el rubio, así que en una acción que no es nada pensada por él, estira su mano y la entrelaza con la de Aziraphale, acostumbrándose a la calidez que emana y aferrándose con fuerza a ella antes de que el ángel pudiera protestar.
Sorprendentemente, Aziraphale no hace nada ni se queja. Permanece ahí, impertérrito, sin moverse, pero aprieta levemente la mano de Crowley entre la suya, como una manera de indicarle que estaba bien.
Aziraphale intentó ponerse cómodo. A pesar de ser muy consciente de la mano rígida de Crowley entrelazada con la suya, a pesar de las brillantes luces blancas que parecían destellar ante sus ojos, a pesar de que el asiento era un poco demasiado pequeño. Trató de ponerse cómodo empero del temor que sentía, de la amenaza que se avecinaba. Trató de relajarse, había un largo camino por delante. El autobús se sacudía siguiendo un patrón rítmico mientras viajaba por bosques tranquilos.
Aziraphale cerró los ojos y respiró hondo, sintió la mano de Crowley temblar ligeramente en la suya. Una fina capa de sudor cubría sus manos a pesar de que ninguno de ellos estaba siendo víctima de los efectos del calor. La mano de Crowley estaba helada y, sin embargo, estaba sudando, Aziraphale sintió otro escalofrío atravesar la mano de Crowley. Luego escuchó un sollozo.
La cabeza de Aziraphale se giró para mirar a Crowley. El demonio miró rápidamente por la ventana, pero Aziraphale había visto lo que creía haber oído. Aziraphale había visto las lágrimas fluir rápidamente por las mejillas de Crowley, había visto la expresión de dolor y desesperación que tenía Crowley. Había visto cómo los hombros del demonio subían, bajaban, subían y bajaban con un ritmo demasiado rápido.
Lo había visto. Crowley sabía que Aziraphale lo había visto. Sabía que Aziraphale pensaría menos de él, sabía que Aziraphale dejaría su patético yo tan pronto como llegaran a Londres. Crowley tendría que enfrentarse a la muerte, solo, alejado del único ser al que había podido llamar amigo.
Crowley no pudo evitarlo, su garganta emitió un sonido casi como un sollozo, cayó en cuenta de que estaba indefenso, patético, repugnante, inútil, horrible. Nada más. Sintió un ligero apretón. Aziraphale le apretó la mano. Aziraphale sostenía su mano y se negaba a soltarse de ella. Crowley le devolvió el apretón ligeramente, aunque él había iniciado el contacto, aun esperaba que Aziraphale lo soltara en algún momento con una expresión de disgusto. Pero Aziraphale no lo hizo. Luego empezó a hablar, a susurrar.
— Concéntrate en mi mano en la tuya, querido. ¿Sientes lo sólido que es? No se romperá si lo presionas, se mantendrá sólido. Concéntrate en ello ahora. Concéntrate en tu mano. Tan sólida como el mía. ¿Cierto?
Crowley asintió levemente. —Sí…
— Eres tan sólido como tu mano. No te romperás. Te quedarás aquí, te mantendrás sólido. Y yo también. Y superaremos esto. Lo haremos.
— ¿Lo haremos?
— Sí, los dos juntos. —la voz de Aziraphale estaba ahora a todo volumen, Crowley se estremeció.
Respiró hondo. Escuchó a Aziraphale. Se centró en sus manos. Son sólidas. Él es sólido. Somos sólidos. No se separaran. Se quedaran. Se quedaran aquí. Lo lograrán. Lo harán. Él todavía estaba aquí, él todavía está aquí, todavía están aquí. Sólido, vivo. Su corazón ya no late fuera de tu pecho, está bien. Está vivo.
Aziraphale mira al vacío y se fija en la textura el tejido del asiento del autobús frente a ellos. Crowley se gira para mirarlo, pero cuando Aziraphale lo mira de soslayo, Crowley echa la cabeza hacia atrás y mira por la ventana.
La posición de Crowley dura poco, luego apoyó la cabeza contra la fría ventana del autobús. Su piel acababa de empezar a calentar el cristal cuando sintió un ligero tirón en la cabeza. Una mano lo estaba guiando hacia la posición erguida, y luego hacia abajo nuevamente al otro lado del asiento. La cabeza de Crowley ahora descansaba firmemente sobre el hombro de Aziraphale, siendo la mano de Aziraphale la culpable que llevarlo hasta ahí.
Crowley se quedó completamente quieto por un momento, seguro de que era una especie de alucinación y se había quedado dormido contra la ventana. No es que se estuviera quejando. El ángel era suave y tenía mucha más calidez que su anterior puesto de descanso. La mano de Aziraphale acarició el alborotado en el cabello de Crowley y descansó ahora en su hombro izquierdo. Se movió para descansar su barbilla sobre la cabeza de Crowley.
— Ángel... —empezó Crowley, inseguro de por qué estaba protestando, pero sintiéndolo necesario para no aprovecharse del estado obviamente borracho del ángel.
— Shhh. —prácticamente ronroneó Aziraphale. —Duerme. Te despertaré cuando lleguemos. —y por primera vez en 11 años, Crowley durmió pacíficamente.
Ambos deciden ignorar el hecho de que aún siguen tomados de la mano. Es demasiado pronto y a la vez demasiado tarde para decir algo, así que solo dejan que el silencio hable por ellos.
