Capítulo 19

Charlize.

15 minutos de un relajado y tranquilo paseo por Market Street.

Quinn seguía con su brazo entrelazado en el de la morena, caminando despacio, pero sin pausa, disfrutando de una agradable temperatura que invadía la ciudad con las luces de la noche ya en perfecto funcionamiento, y los enormes luminosos de las tiendas llenando de colorido aquella principal calle de San Francisco, aunque para ella todo estuviese a oscuras.

Virgin, Apple, Old Navy, Starbucks, Wallgreens y un largo etc de nombres de conocidas tiendas, y todo tipo de locales famosos, iban apareciendo ante la vista de la morena, y perfectamente señalizadas por Quinn, que parecía conocer de memoria aquel recorrido.

—¿Cómo sabes dónde está cada tienda? —cuestionó divertida—. Eres mejor que un navegador. Nah, eres mejor que Google.

—Bueno, he recorrido muchas veces esta calle. Podría seguir indicándote lugares hasta llegar al embarcadero.

—Está al final, ¿verdad?

—Sí, también están los teatros y algunos lugares más interesantes por aquella zona.

—Ok. Pues tendremos que visitarlo algún día, ¿no?

—Claro…Pero será mejor que lo hagamos en taxi. Me gusta andar, pero tampoco estoy preparada para caminar una maratón.

—¿Estás cansada? —preguntó Rachel preocupada—. Si quieres, nos detenemos en algún lugar y descansamos un poco. Aún no es la hora.

—No, no, estoy perfectamente. Lo he dicho porque esta calle es larguísima.

—Oh, ok. ¿Pero estás bien de veras?

—Sí. No te preocupes. De hecho, me está encantando el paseo. Hacía tiempo que no salía caminando a esta hora.

—¿No? Me has dicho que sueles salir con tus amigas, ¿no es cierto?

—Sí, pero siempre vamos en taxi. Normalmente nos vamos a otra zona, no nos quedamos por aquí.

—Oh. Ok. ¿Y por donde soléis salir? Me gustaría salir alguna noche a pasármelo bien, pero no conozco ningún lugar, excepto el Brooklyn.

—Pues, la próxima vez que Michael quiera ir de fiesta, te vienes con nosotros. Te vas a divertir muchísimo. Michael conoce los mejores sitios de la ciudad, y muchas veces terminamos por la zona de Castro. Ese día, es diversión asegurada.

—Oh. Vaya, no sabía que a Michael le interesase salir por esa zona.

—Bueno, cuando vamos a esa zona, normalmente es porque vienen Santana y Brittany. Les encanta —musitó sonriente. Alegrándose de que Rebecca fuera consciente de lo peculiar que era aquella zona de la ciudad.

—¿Les gusta ir por allí? —cuestionó Rachel fingiendo naturalidad.

—Ellas, ellas son pareja.

—¿Quiénes? ¿Santana y Brittany? —insistió tratando de mantener su papel.

—Sí, llevan muchos años juntas. Desde el instituto más concretamente.

—Wow. No, no lo sabía. Supongo que, si llevan tantos años juntas, es porque son la una para la otra, ¿no?

—Totalmente. Ellas, ellas se complementan. Se hacen mejores personas estando juntas.

— Pues no sabes cuánto me alegro. Es difícil encontrar parejas que después de tantos años, se lleven tan bien como dices, y que conserven el amor.

—Sin duda, son afortunadas —sonreía—. Si nos lo llegan a decir cuando éramos animadoras, no nos lo hubiésemos creído.

—¿Animadoras? —disimuló— ¿Erais animadoras?

—Sí, las tres somos de Lima, en Ohio, y estábamos en el mismo instituto. De hecho, yo era la capitana de las animadoras.

—¿Qué? ¿Hablas en serio?

—Totalmente…

—Ok. ¿Me estás diciendo que estoy a punto de cenar con la capitana de las animadoras del…?

—McKinley, mi instituto se llamaba McKinley —respondió Quinn tras el breve silencio a consciencia que había provocado la morena—. Y si, es cierto. Estas con la capitana de las animadoras del equipo de futbol.

—Pues menudo orgullo para mi.

—¿Tú no fuiste animadora?

—¿Yo? No, que va. Yo siempre pertenecí al grupo de las "desapercibidas" —se excusó. Sabía que haberle hecho creer que su vida en el instituto podría haber sido muy parecida a la de ella, habría sido una muy buena excusa para desviar la continua comparación entre Rebecca y Rachel. Pero eso era algo que le costaba asimilar incluso a ella. Siempre deseó ser popular, pero era consciente de que no habría sabido convivir con ello.

—¿Desapercibidas?

—Sí, ya sabes. Las extras de la película —replicó divertida—. El prototipo de adolescente que se limita a estudiar, y a tener su grupo de amigos. Nada más.

—Bueno. Es una buena elección. Seguro que pasarías tus años de instituto tranquila, sin meterte en líos.

—Exacto. Vida tranquila sin sobresaltos —respondió sin poder evitar buscarla con la mirada— Oye, no sabía que fueses de Lima. Michael me dijo algo de Nueva York.

—No, no. Nací en Lima. A Nueva York fui tras graduarme. Empecé la carrera en Yale.

—¿Qué? ¿En Yale? Vaya, menudo nivel —trató de hacerla sentir orgullosa.

—La verdad es que sí. De pocas cosas puedo estar tan orgullosa de mi vida, como de haber logrado entrar en Yale.

—¿Y cómo has acabado en San Francisco?

—Me cansé de aquello —fue tajante.

—¿Te cansaste de Nueva York? Creo que eres la primera persona que conozco que dice algo así.

—No de Nueva York, no. Yo vivía en New Haven, pero pasaba prácticamente todos los fines de semana en Nueva York. La ciudad me encanta, es impresionante, pero no me sentía cómoda. No…bueno, qué más da, ya pasó. Santana también estaba en Nueva York, y ella fue la primera en venir a San Francisco. Y bueno, yo decidí hacer lo mismo.

—Terminaste aquí la carrera.

—Sí. Lo bueno de acceder a una universidad como Yale.

—Cierto. Entonces el cambio supongo que fue para bien, ¿no?

—Sin duda —espetó con algo de melancolía.

—Eso no ha sonado muy convincente.

—Bueno, es cierto que me vine aquí y todo me fue bien, pero también dejé cosas importantes en Nueva York.

—Supongo, pero no debieron ser lo suficientemente importantes, ¿no?

Rachel sabía lo que hacía. Procuraba no molestarla, pero necesitaba saber lo que realmente pensaba de ella, y con aquel tipo de preguntas, pretendía al menos encontrar una mínima respuesta.

—Dejé el amor —masculló sin pensarlo. Y Rachel se sorprendió.

—El… ¿El amor?

—Ajam. Dejé a la única persona por la que he llegado a sentir algo importante. Pero, sinceramente, prefiero no hablar de ello, sino te importa.

—Ah…No, no claro. No quiero que pienses que soy una entrometida, además, acabamos de llegar —respondía aún con la voz temblorosa. Aquella respuesta, lejos de aclarar sus dudas, la volvía a confundir.

Quinn no sólo la había dejado a ella en Nueva York, también había dejado a Jacob, y hasta donde ella supo, y tal y como fue su reacción tras encontrárselos a ambos en el apartamento, los sentimientos hacia aquel chico eran bastante fuertes. Lo suficiente para llevar tres años sin perdonarle, o permitirle una explicación—. Tenías razón, esto parece algo de mucho lujo —añadió tras observar la entrada principal— ¿Tenemos que entrar por aquí?

—Eh, no. El restaurante al que vamos está en la parte de arriba.

—Ok. Debemos buscar los ascensores…

—No es necesario. Sigamos caminando. Hay una entrada lateral. Mira a tu izquierda —le indicó y Rachel atendió su petición rápidamente—. ¿Ves una escalinata?

—Sí. Ahí está.

—Pues vamos. Esa es nuestra entrada —le dijo incitándola a que continuase el paso hasta la misma. Apenas unos 20 metros más, esa fue la distancia que tuvieron que recorrer hasta detenerse en la base de las escalinatas. Y fue justo allí cuando Quinn empezó a preocuparse. Era la primera vez que iba a ascender aquellas escaleras desde que perdió la vista.

—Son bastantes escalones —musitó Rachel tras lanzar mirada hacia las escalinatas, y sintió como Quinn se aferraba por inercia a su brazo.

—Lo sé. Solía venir por aquí en mis horas libres de la facultad.

—Entonces son conocidas para ti. Perfecto. ¿Vamos? —le dijo siendo consciente de la inseguridad que sentía al enfrentarse a aquel reto.

—Vamos —le dijo Quinn armándose de valor, y afianzando aún más su mano al brazo de la morena.

—Oye, ¿y te costó mucho trabajo conseguir entrar en el Four Seasons? Tenemos el primer escalón.

—Eh…no —respondió siguiendo perfectamente la indicación de la morena—. Lo cierto es que hice las prácticas ahí, y al terminar decidieron contratarme.

—Pues me alegro mucho. Ese hotel es importante, ¿verdad? Escalón —añadió y Quinn no pudo evitar detenerse un breve segundo al escucharla—. ¿Estás bien?

—Eh…sí, es solo que…—le costó asimilarlo. Escuchar como la morena le señalizaba cada escalón que debía subir le hizo recordar, le hizo viajar al pasado, más concretamente cuando estuvo en la acampada del lago Hope, dónde Rachel consiguió que subiese al mirador del pánico con los ojos tapados, y guiándose por su voz.

Macabra broma del destino pensó. Ahora estaba allí, con una chica que tenía la misma voz que Rachel, ayudándole a subir aquellas escaleras con los ojos descubiertos, pero con la misma oscuridad que le otorgaba aquella olvidada felpa que utilizó como antifaz.

—¿Qué ocurre Quinn? ¿Te sientes mal? —insistió al ver el gesto serio.

—No, no —reaccionó—. Estoy bien. Vamos, continuemos.

—Ok…Viene otro escalón. Tercero, cuarto…

Y así, hasta llegar a conquistar los 25 escalones que conformaban la entrada, y que las llevaba a un hall, dónde un ascensor las subía hasta la cuarta planta, justo dónde se situaba el exótico restaurante.

—Ahí está —susurró Rachel lanzando una mirada hacia el local, que unos metros más alejado, daba la bienvenida a varios comensales.

—¿Hay mucha gente? —cuestionó Quinn al tiempo que se acercaban a la entrada.

—No, parece tranquilo. Vamos a entrar. —Quinn asentía sin soltar el brazo de la morena, sabiendo que, en ese instante, si estaba haciendo algo completamente nuevo. Jamás había entrado en ese restaurante. No tenía ni idea de cómo era, de cómo estaban situadas las mesas ni los obstáculos que podrían aparecer en su camino. Y todo lo que tenía era la buena voluntad de una completa desconocida que permitía que se aferrase a su brazo, como si lo hubiera hecho toda la vida—. ¿Estás bien, Quinn? —susurró tras llegar a sentir incluso un leve temblor de su mano.

—Sí, sí. Solo un poco nerviosa. No me vayas a soltar ahora, por favor —respondió con apenas un hilo de voz.

—Tranquila, no pienso soltarte hasta que estés de nuevo en el 4A —bromeó, provocando una leve sonrisa en la rubia, que ya había empezado a percibir el sonido ambiente de la sala.

—Bienvenidas al Restaurante Straits. ¿Puedo ayudarles? —la voz del que debia ser el maître del restaurante, no tardó en ayudarla a dirigir su mirada hacia un punto concreto.

—Tenemos una reserva —respondió Rachel.

—Me dice su nombre, por favor.

—Charlize, Charlize Wilde —respondía provocando la sorpresa en Quinn, que no comprendía nada.

—De acuerdo, acompáñenme, por favor —indicó el hombre, invitándolas a caminar tras ellas.

—¿Charlize? —susurró Quinn acercándose al oído de la morena.

—Shhh.

Un pequeño salón, dónde una barra y varias mesas se alineaban, aparecía ante ellas. Pero no era allí dónde se dirigían. Tuvieron que cruzar ese salón o lounge para llegar a un pequeño pasillo, y a continuación una sala más amplia, repleta de elegantes mesas y decenas de lámparas con formas tubulares que daban un aire exótico al lugar.

—Ésta es su mesa privada —indicó el hombre invitándolas a que se sentasen.

—Muchas gracias.

—Les traigo la carta enseguida —se despedía alejándose de ambas.

—Vamos Quinn, aquí está tu silla —le dijo acercándola hasta el lugar que le correspondía.

Quinn no tardó en acomodarse sobre la misma, aún con el gesto confuso en su rostro. Había varios detalles que no habían pasado desapercibidos para ella.

—¿Se marchó el maître?

—Sí, ha ido por la carta, ya has oído —respondía acomodándose frente a la rubia.

—¿Charlize Wilde?

Rachel no pudo evitar sonreír tras el gesto confuso que mostró Quinn al cuestionarla.

—Quinn, si pienso dejar mi curriculum aquí, prefiero pasar desapercibida si vengo a cenar. Esos libros de reserva son delatadores.

—Cierto. Tienes razón, pero… ¿Por qué Charlize Wilde?

—Porque cuando hice la reserva solo imaginaba que iba a venir contigo a cenar aquí, y pensé en Charlize Theron —espetó divertida.

—¿Y qué tiene que ver que vengas conmigo a pensar en Charlize?

—Pues que eres tan jodidamente guapa, que pensaba en ella. Que se yo… —masculló tratando de no darle la importancia que tenía. Porque lógicamente, aquella respuesta llevaba una intención implícita. Justamente provocar lo que logró provocar en Quinn. Le bastó ver su expresión para saber que lo había conseguido.

—Ya quisiera yo tener algo de ella —susurró de manera casi imperceptible, y Rachel sonrió.

—Pues yo creo que es ella quien desearía ser como tú —le soltó sorprendiéndola aún más.

—Basta Rebecca, me vas a ruborizar, y esta vez no es falsa modestia.

—Ok. Ok. No más halagos, aunque me resulte complicado callarme. Había algo más que querías preguntarme, ¿verdad?

—Eh sí.

—Pues es tu momento. Vamos, pregunta.

—¿Es una mesa privada?

—Eh sí.

—¿Y la has reservado por algún motivo en concreto? —le preguntó y Rachel se percató de cómo sus manos habían empezado a temblar. No las de ella, si no las de Quinn.

—Claro. Quiero saber cómo tratan a los invitados más especiales —respondió sin perder detalle de sus manos, y logrando que Quinn aceptara por válida y lógica la respuesta. Aunque de nuevo, estuviese mintiéndole.

El nombre falso, no era por el motivo que le había expuesto, sino por evitar dejar constancia alguna de Rebecca Green en la ciudad. Su intención era evitar dejar cualquier rastro de ella que terminase implicándola de algún modo. Y el hecho de que la reserva fuese con una mesa privada, se debía más a evitar tentar a la suerte.

El encuentro inesperado con Robert, el compañero de Kurt, días atrás, la puso en alerta. Aquel día tuvo la suerte de que Quinn no estaba lo suficientemente cerca para oír como aquel chico la reconocía y llamaba por su nombre real. El simple hecho de imaginar que alguien más podría reconocerla en aquella ciudad, y lo hiciera justamente cuando estuviese acompañando a Quinn, le quitaba el sueño.

—¿Estás bien?

—Eh, si. Claro.

—¿Seguro? Quinn, si te sientes mal, o te…

—¿Por qué me preguntas? —masculló.

—Porque estás temblando. Te noto incomoda.

—Oh, no, quiero decir si, pero no te preocupes. Es… Bueno, es que es la primera vez que tengo una cita así, y la verdad es que estoy un tanto descolocada. Necesito acostumbrarme.

—¿Una cita? —preguntó Rachel sorprendida.

—Si, bueno, no, he querido decir que es la primera vez que salgo a cenar sin alguno de mis amigos, y eso hace que me sienta un tanto insegura —se excusó entre tartamudeos, y los nervios colapsando cada gesto de su rostro. Rachel no pudo evitar sonreír por la situación—. No suelo salir a sitios desconocidos y eso hace que me sienta indefensa.

—Ok. Ok. Te he entendido, y no tienes por qué preocuparte, Quinn. Si tienes alguna duda sobre algo, simplemente házmelo saber.

—Si, si claro.

—Y, de todos modos, tampoco me ofende que consideres esto como una cita —añadió y Quinn rápidamente comenzó a negar—. Ya, ya sé que no lo es. Pero tampoco estaría mal si lo fuera… —masculló procurando no perder detalle alguno de su reacción. Una tímida sonrisa. Eso fue lo que pudo percibir en su gesto mientras observaba como Quinn parecía debatirse en una lucha mental para salir airosa de la situación, sin que la vergüenza hiciera estragos en ella. Algo que, por supuesto, Rachel no iba a permitir que sucediera. Ni ella, ni el camarero, que llegó justo a tiempo para interrumpir la conversación.

—Disculpen, aquí tienen la carta. ¿Qué va a beber?

Fue instintivo. El camarero les ofreció sendas cartas, y lógicamente, Quinn no reaccionó al gesto. Tuvo que ser Rachel quien rápidamente y haciéndole un breve gesto, le indicaba que con una era más que suficiente. Y Quinn, a pesar de no verlo, fue testigo de ello.

—Yo solo agua, por favor —respondió Rachel, y Quinn asintió sumándose a la petición, momentos antes de que el camarero las volviera a dejar a solas.

—¿Me ha ofrecido la carta? —preguntó curiosa.

—Eh…Sí.

—Ok. Es muy raro, creo que es la primera vez que alguien no se da cuenta que soy ciega.

—Si te soy sincera, yo tampoco me habría dado cuenta. No se te nota, y apenas has titubeado.

—Tú no me has dejado —respondía regalándole una tímida sonrisa—. Y te lo agradezco, no hay nada que me guste menos que sentirme insegura cuando no sé o no puedo hacer algo.

—Te dije que iba a ser tu bastón, así que nada que agradecer… ¿Leo la carta?

—Eh…ok, pero, yo ya sé lo que voy a tomar.

—¿Ah sí? ¿El qué?

—¿Hay sopas?

—¿Sopa? ¿Te apetece eso?

—No, pero es lo que quiero tomar. Es lo más sencillo para mí en éste mismo instante.

—¿Te sientes más cómoda tomando algo así? Porque si quieres probar otra cosa, yo te ayudo.

—No, no, busca alguna sopa. Lo prefiero así.

—Ok. Vamos a ver…—Rachel abría el elegante libreto y comenzaba a leerlo—. Ok, aquí dice que pidamos sugerencia al camarero respecto a las sopas. Es probable que haya alguna distinta cada día.

—De acuerdo. ¿Y tú? ¿Qué vas a cenar?

—Lo mismo que tú.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Bueno, me gustaría saber qué opinas de algo que yo también haya probado —respondía con absoluta certeza, mientras buscaba con la mirada al camarero, que no tardó en percibir su gesto y caminar hacia ellas. Quinn, si siquiera pensarlo, le había dado la mejor de las excusas para tomar un plato vegetariano, sin tener que excusarse.

—¿Han decidido ya?

—Sí, queremos que nos recomiende alguna sopa.

—Perfecto. Les indico que la especialidad de nuestro chef es Samgyetang.

—¿Qué lleva? —preguntó Quinn tratando de mostrarse tranquila.

—Es una sopa coreana de pollo y ginseng, aderezada con un toque de jujubo, arroz, jengibre y ajo —explicó el camarero, mientras Rachel trataba de mantener la compostura, y rezaba porque Quinn no se decidiera por aquella propuesta.

—¿Alguna más? —preguntó la rubia.

—Les puedo recomendar la sopa Yukgaejang, también de Corea y que está hecha a base de ternera y pimientos cocidos, con un toque picante —añadió, y ya Rachel, lejos de lamentarse, había empezado a palidecer. Algo que, por suerte, Quinn no iba a ser capaz de percibir.

El simple hecho de creer que era probable que tuviese que comer carne, empezó a revolver su estómago.

—¿Hay alguna más? —cuestionó tratando de evitar que su voz sonara con la fragilidad con la que sonó.

—Señor—interrumpía Quinn evitando que el camarero le respondiese—. ¿Hay alguna sopa que no lleve carne? —preguntó logrando la sorpresa en Rachel.

—Claro, Canh chua chay. La base principal de ese plato vietnamita son verduras.

—Bien, pues yo voy a tomar eso.

—¿Y usted? —se dirigió a Rachel, que no daba crédito a la suerte que había tenido.

—Lo mismo, canh chua… Lo mismo —respondía rápidamente.

—De acuerdo, en seguida le servimos —volvía a despedirse y a dejarlas a solas.

—¿Por qué has pedido una sopa sin carne? —cuestionó rápidamente Rachel, cuando supo que el camarero ya no podría escucharlas.

—Me apetece algo ligero, y al ser un restaurante de comida asiática, no quiero arriesgarme con algo de algún animal que desconozca —bromeó—. Una vez me ofrecieron sopa de murciélago en un restaurante chino. Casi me tienen que llevar al hospital de lo mal que me sentí al imaginarlo.

—Oh, tienes razón. Es demasiado exótico para nosotras. ¿Verdad?

—Pues sí. Aunque tú podrías haber pedido otra cosa.

—No, no, me parece perfecto. Una sopa de verduras es perfecta, y ya te he dicho que prefiero comer lo mismo que tú —se excusó completamente aliviada.

—Oye, ¿sigue sin darse cuenta de que soy ciega?

—Pues juraría que no, que no lo sabe.

—Wow, me encanta. Me da mucha inseguridad saber que la gente me reconoce.

—¿Es por eso por lo que no utilizas gafas?

—No, no del todo. Quiero decir, si tuviera alguna disfunción visible en los ojos, las usaría. Pero yo no tengo nada de eso. A menos que me hayan mentido todo este tiempo.

—No, Quinn. No te han mentido. Tus ojos siguen siendo hermosos.

—¿Siguen? —cuestionó rápidamente.

—Eh…sí, claro. Supongo que antes también serían hermosos, ¿no? —replicó rápidamente, siendo consciente del pequeño error que acababa de cometer.

—Pues… Supongo.

—Eso es un sí. Tienes unos ojos preciosos, y…Ok, nada de halagos —masculló tratando de sonar divertida, y desviar la atención de su desliz—. Por cierto, me dijiste que tenías algo de visión por un ojo. ¿No es cierto?

—Sí, por el izquierdo.

—¿Distingues figuras?

—No, apenas puedo ver algunos flashes o cuando hay algún punto de luz. Pero es poco.

—Y entonces por qué… Bueno, perdona si estoy preguntando demasiado, no quiero molestarte.

—No, no, pregunta. No me molestas.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Créeme, si me molestara lo sabrías. Mi cara me delata.

—Ok. Correré el riesgo, entonces.

—Vamos, pregunta.

—Ok. Es que me llama la atención que siempre vas con la mirada baja. No sé si eso tiene algo que ver con la lesión, o es por puro instinto. No, no sé. Me resulta llamativo —balbuceó, y Quinn sonrió.

—Me resulta curioso que te hayas fijado en algo así.

—¿Si?

—Sí, nunca nadie me lo ha preguntado antes.

—Oh… Bueno, supongo que me meto demasiado en cosas que deberían pasar desapercibidas. Lo siento, no pretendían…

—No, no, Rebecca —la interrumpió—. Me alegra que me preguntes eso.

—¿Ah si?

—Sí, porque significa que precisamente eso, que eres cuidadosa, que te fijas en todos los detalles y te preocupas por ello. Verás, que yo mire hacia abajo tiene una explicación sencilla. Cuando, cuando me sucedió todo, mi cabeza era una completa locura. Era un caos. Los primeros días no lograba acostumbrarme a la oscuridad absoluta, porque a pesar de que ahora de vez en cuando percibo luces, cuando me sucedió todo era todo negro. No, no lograba ver nada, y eso me provocaba mucha ansiedad —hizo una pequeña pausa—. Y yo sentía que mis ojos se movían continuamente, buscando esa luz que no llegaba de ninguna forma. Con el paso de los días, y después de muchos ataques de ansiedad, de muchas lágrimas y todo el drama del mundo, empecé a ser consciente de la imagen que yo proyectaba. Siempre, siempre he sido muy exigente con mi imagen. No es algo de lo que esté orgullosa, pero no he podido evitarlo. Y el imaginarme a mi misma así, con mis ojos moviéndose descontrolados, y provocaba pesadillas. Santana me decía que resultaba doloroso, que debería ponerme gafas, y quizás así, yo misma lo iba asimilando y calmaba la inquietud, pero, pero yo no quería gafas. Porque con gafas, sería todo más evidente. ¿Entiendes? Así que me obligué a no dar esa imagen, a tratar de dejar mis ojos fijos en algún punto hasta que el sonido me indicase que debía moverlos. Y poco a poco fui lográndolo. y Ya casi no soy consciente de hacia dónde se dirigen mis ojos, pero sé que están quietos. Y eso me da seguridad.

—Oh… Vaya, lo siento. Creo que no debí preguntarte eso…—espetó completamente abatida.

—No, no te preocupes. Ya te he dicho que lo estoy superando.

—Sí, pero te he hecho recordar algo que tal vez no querías, y…

—No se me ha olvidado nada de lo que he vivido en estos dos meses, Rebecca —la interrumpió con calma—. Créeme. Mi cabeza sigue siendo un caos, pero ya al menos no lo proyecto físicamente. O eso quiero creer.

—No, no lo proyectas. De hecho, alguna vez hemos cruzado la mirada, y te juro que sentía que me estabas viendo.

—¿Hemos cruzado la mirada? —preguntó con apenas un hilo de voz.

—Sí. Solo ha sido una vez, pero para mi fue suficiente. No se me olvida ese momento.

—Vaya… Pues ha sido casualidad.

—Lo sé. Sé que fue casualidad. Me gustaría tanto que me miraras a los ojos, o al menos a mí.

—¿Por qué? —balbuceó.

—Porque creo que jamás en mi vida vi a alguien tan, tan hermosa como tú —soltó sin siquiera pensarlo, y el rubor volvió a pintar las mejillas de la rubia—. Lo siento, Quinn, siento ser tan pesada con los halagos. Pero es que es verdad, y no puedo evitar decírtelo. Y tampoco creo que sea la primera persona que te lo dice.

—A ese nivel, sí. Eres la primera, creo…—sonreía un tanto ruborizada— Ojalá pudiese mirarte.

—¿Lo intentamos?

—¿Cómo?

—A ver, dices que puedes ver algunas luces, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Distingues alguna en la mesa? —cuestionó tras observar como una pequeña vela permanecía encendida entre ellas.

Quinn comenzó una búsqueda intensa, tratando de encontrar algún vestigio de luz ante ella, pero le resultaba imposible, hasta que notó como un destello aparecía ante ella. Rachel había alzado la pequeña lámpara con la vela en su interior, y el movimiento provocó la reacción en la rubia.

—¿La has visto? —preguntó al ver el rápido movimiento de la rubia.

—Sí…Me ha parecido distinguir algo.

—¿Y ahora? —volvía a mover la llama, dejándola justo frente a su rostro.

—Sí —espetó ilusionada—. La…la distingo. Aunque es un parpadeo, se apaga y vuelve de nuevo.

—Bien, pues ahí, justo donde tienes ahora tus ojos, está mi cara. Me estás mirando a la… —se detuvo. Y lo hizo porque justo en ese instante, Quinn no solo dirigía sus ojos hacia la cara, sino que lograba conectarlos con los suyos de forma mucho más directa y duradera que la primera vez que lo hizo en el Brooklyn por pura casualidad— Quinn —susurró sintiendo como incluso le temblaba la voz.

—¿Qué? ¿Qué ocurre, Rebecca?

—Me, me estás mirando directamente a los ojos.

—¿De veras?

—Sí.

Se estremeció.

Quinn no podía distinguir absolutamente nada frente a ella, más que el breve flash de la supuesta llama que ya había desaparecido. Pero el simple hecho de saber que la estaba mirando directamente, hizo que algo en su interior convulsionara. Era la primera vez desde que quedó ciega, que tenía esa certeza de saber que sus ojos se focalizaban sobre alguien. Y se lamentaba por no poder descubrir aquel rostro.

—Ok. Creo, creo que no estaba preparada para esto —masculló Rachel tratando de convencerse así misma de que no la estaba descubriendo. De que Quinn no era capaz de verla, a pesar de clavar su mirada en ella—. Quinn, creo que acabo de conocer a una persona nueva.

—No sabes cuánto me gustaría poder decirte lo mismo. Aunque, tengo que confesarte que la imagen que me hice de ti, me sirve.

—¿La imagen?

—Eh, sí. Yo…

—Disculpen señoritas. Aquí les traigo el primer plato —fue el camarero quien interrumpió la conversación, y el cruce de miradas que en Quinn seguía intacto—. ¿Quieren que les tome nota del segundo?

—Eh…No. Si no es molesta, preferimos decidirlo después. ¿De acuerdo? —se adelantó Rachel.

—Perfecto, que tengan buen provecho.

—¿No te importa que…? —Rachel se detuvo al lanzar de nuevo la mirada hacia Quinn. La rubia no se había movido y permanecía mirándola directamente hacia los ojos.

—¿No me importa qué?

—Bueno, que decidamos luego el segundo plato.

—En absoluto.

—Ok…

—¿Cómo es?

—¿Cómo es qué? —cuestionó tras ver como el camarero volvía a alejarse.

—La sopa. Debo utilizar cuchara o…

—Ah, sí…sí, cuchara. Es un plato hondo, lo tienes justo delante. Si, si mueves tu mano derecha hacia la izquierda, lo tocas.

Quinn se guio por la indicación de la morena y rápidamente tocó el plato con sumo cuidado, evitando quemarse, y lo que era peor, meter la mano en el interior.

Fue bordeándolo suavemente con la yema de sus dedos y una vez que supo el tamaño de la vajilla, buscó el cubierto.

—A tu derecha —espetó Rachel tras observar el movimiento.

—Gracias —susurró sonriente—. Siento la situación. Sé que es raro, y que

—Quinn, no te disculpes por nada. ¿Ok? Es normal que te asegures, y yo estoy aquí para eso. Para hacer que todo sea más fácil, si lo necesitas. Además, ¿sabes qué? Como aún sigues mirándome a los ojos, me da la sensación de que no quieres apartar tu mirada de mí, ni siquiera para cenar. Y eso hace que mi ego suba. Incluso más si estuviese cenando con Charlize —bromeó.

—Ok. No quiero destruir tu ego, pero… Sería un poco incomodo comer mientras te miro directamente a los ojos. ¿No es cierto?

—Tienes razón.

—Ok. ¿Hay algo que deba temer en la sopa?

—Eh no…—sonrió— Es una simple sopa con algunos trozos de verdura. Me temo que hemos pedido lo más simple del menú.

—Bien… ¿La has probado?

—No, creo que quema demasiado, así que ten cuidado.

—Ok…Esperaré, mientras podrías seguir describiéndote.

—¿Cómo? —preguntó confusa, y Quinn dejó escapar una pequeña risotada.

—Yo ya me he hecho una imagen de ti, pero me gustaría que me dieses tu punto de vista. Quiero saber si estoy muy equivocada.

—Oh, pues soy. No sé cómo describirme. Soy normal, no destaco demasiado.

—¿Color de ojos? —interrumpió al ser consciente del pequeño y modesto discurso que iba a comenzar la morena.

—Marrones.

—¿Pelo?

—Castaño.

—Bien, por ahora, coincidimos.

—Pero… ¿Se puede saber que imagen te has creado de mí? Quiero decir, ¿por qué sabes que mis ojos son así?

—Te dije que tu voz me recordaba a alguien, y es inevitable que no te imagine como ella —dijo, y Rachel volvía a sorprenderse. Aquella pequeña confesión lejos de asustarle, le gustó. Que Quinn la tratara con tanta dulzura aun recordándole a ella misma, era sin duda una muy buena noticia.

—Vaya. ¿Y es guapa?

—Depende.

—¿Depende?

—Para mí era la más guapa del mundo —soltó sin dudarlo—, y estoy segura que lo sigue siendo —añadió logrando que el silencio se adueñara de Rachel, que no conseguía asimilar la facilidad con la que Quinn le hablaba sobre ella misma. Ni que siguiera viéndola de aquella forma—. Así que, para mí, eres como ella. O sea, hermosa.

—Va…vaya —tartamudeó—. Pues me temo que no… Quiero decir, probablemente estés muy equivocada conmigo —espetó tratando de disimular.

—Sé que no eres así. Pero, estoy segura de que eres realmente hermosa.

—¿Lo sabes? —cuestionó confusa— ¿Cómo lo sabes si aún no me he descrito?

—Bueno, no sé cómo eres realmente, pero sí sé que no te pareces a Ra… A ella.

—No sé si alegrarme o lamentarme.

—Cada uno es como es. Yo sé que físicamente eres hermosa. Y lo sé porque Michael, Dana y Britt me lo han dicho. Y tres personas no pueden estar equivocados, ¿no crees? Además, no es necesario verte para saber que lo eres.

—Vaya…veo que no hablan nada mal de mí, y me alegro que no hayan encontrado parecido con esa chica. Al menos puedo jugar esa baza a mi favor, y dejarte con intriga. Creo que es mi mejor arma.

—¿La intriga?

—Ajam…

—Bueno, Michael y Dana, no conocen a esa chica, por lo que no podrían compararte con ella. Solo Britt y Santana la conocen, y ninguna de ellas te ha encontrado parecido. Así que sí, empiezas a ser intrigante para mí.

Rachel se extrañó. Su mano ya sostenía la cuchara dispuesta a degustar la sopa cuando aquella afirmación salió de Quinn. Y no fue precisamente saber el hecho de que le resultase intrigante.

—¿Santana? ¿Has dicho que Santana me ha podido comparar con esa chica?

—Ajam…

—¿Cómo? Santana no me conoce, no puede…

—Si, sí que puede. Te ha visto —respondía mientras Rachel probaba la sopa. Una sopa que a punto estuvo de provocar una verdadera tragedia en su garganta, tras escuchar la confesión. La tos no tardó en apoderarse de ella, y a punto estuvo de escupir la cucharada de sopa que trataba de tragar mientras la palidez, y el desconcierto la acusaban.

—¿Estás bien? —preguntó Quinn percibiendo la situación— ¿Rebecca?

—Estoy…estoy bien —masculló con la voz entre cortada—. Me, me he quemado al probar la sopa —se excusó.

—Pero, ¿estás bien?

—Sí, si…—se recompuso— ¿Cómo…cómo es eso de que Santana me ha visto? —preguntó con los nervios provocando el temblor de todo su cuerpo.

—Sí, te vio en la terraza, el día antes de marcharse. No quiso decirte nada porque al parecer estabas ocupada.

—¿Ocupada?

—Me dijo que estabas haciendo algo, tomando notas en una libreta, creo. Y no quiso molestarte.

—¿Tomando notas? —murmuró tratando de recordar la escena. No recordaba absolutamente nada relacionado con algo así.

—Sí, ¿recuerdas, recuerdas el día que te invité al concierto, que Britt también te saludó en la terraza?

—Ajam…

—Fue ese día. No sé estarías trabajando o no sé. Sentimos un ruido extraño, y Santana se asomó a la terraza para comprobar que todo estaba bien —añadió tratando de sonar demasiado evidente, y Rachel comenzó a recordar.

—Ohh…

—¿Qué?

Acababa de recordar la mesa. La maldita mesa que ese día terminó destruida por completo tras su nefasto montaje y cómo había sido aquella chica, la enviada por el Sr. Robinson para revisar la instalación del sistema de ventilación la que la dejó caer al apoyarse para escribir algo en aquella libreta.

—¿Con una libreta? —volvió a cuestionar.

—Sí, no te preocupes. No le des más vueltas, te vio unos segundos y ya está.

No era ella. Rachel no supo si reír o llorar tras recordar que aquella chica había estado en la terraza. De nuevo el destino, de nuevo la suerte caía de su lado, y no daba crédito a que le hubiera salido bien la jugada, sin siquiera ser consciente de ella.

—¿Cómo está la sopa? —preguntó tratando de cambiar de tema al notar como Rachel permanecía en silencio.

—Eh… Pues tengo que volver a probarla. Supongo que ya estará más fría —respondía más aliviada.

—Ok, allá vamos —espetó tomando la cuchara y con delicadeza, llenándola de la expectante sopa.

Rachel la observó.

A Quinn no le resultó complicado utilizar el cubierto para llenarlo de la sopa sin ver, y Rachel supo que la elección de aquel plato había sido el acertado para que Quinn no se sintiera incomoda.

Una primera cucharada, primero Quinn y a continuación Rachel, que no apartaba su mirada de la chica.

El gesto de la rubia lo dijo todo, aunque disimuladamente, trataba de no demostrar el disgusto tras aquel primer sorbo.

—¿Qué…qué te parece?

—¿Sinceramente? —Rachel lanzó una mirada a su alrededor y se acercó a la rubia—Está asquerosa —susurró provocando la sonrisa en Quinn.

—Ok…No es cosa mía solo —espetó mostrando esta vez el gesto en su rostro—. Voy a darle una nueva oportunidad —volvía a meter llenar la cuchara de sopa, ante la expectante y sonriente mirada de Rachel. Un nuevo sorbo, un poco de degustación y de nuevo aquel gesto—. Ok…Igual si le echamos un poco de sal.

—Quinn, ni sal ni nada. Esto está malísimo.

—Cierto, creo que sí necesitan a una buena chef.

—No sé si una buena chef. La verdad es que eso de que no sepan hacer una simple sopa de verdura, no deja muy buena impresión. ¿No crees? Quiero decir, ¿qué se supone que voy a aprender aquí que no sepa hacer ya?

—Pues tienes razón. Y lo peor es que vamos a tener que pedir el segundo, y a mí ya me da miedo.

—Mmm… ¿Y si no lo pedimos?

—¿No? ¿Quieres que nos vayamos?

—Si quieres nos quedamos y seguimos probando, pero al venir hacia aquí he visto un Hot Spud, y ahora mismo mataría por cenar ahí.

—¿Hot spud? —cuestionó sonriente— ¿Quieres cenar ahí de veras?

—¿Lo conoces?

—Por supuesto. He cenado muchas veces ahí después de salir de la facultad.

—¿Has probado la Veggie Spud? Está deliciosa.

—No, la mía es la Spring Green —respondió sonriente.

—Oh dios, esa no le he probado.

—Mi pregunta es ¿Cómo que tú has probado la Veggie Spud? Creía que ese restaurante solo existía aquí, en San Francisco.

—La he probado aquí. El primer día que llegué eran las 11 de la noche y no había cenado. Pasé por la puerta, y le pedí al taxi que se detuviera para poder comprar algo y…Me fascinó.

—Vaya, o sea que lo primero que has cenado en San Francisco es una patata asada con verduras. Menuda chef exquisita…—bromeó.

—Hey…No te rías, que sea chef no significa que tenga que comer en restaurantes de lujo —respondía—. Además, sé valorar lo verdaderamente bueno. Y esas patatas son lo máximo.

—Ok, entonces… ¿Nos marchamos en busca de esa patata?

—Sin duda. Bien…yo salgo corriendo y tú me sigues. ¿Ok?

—¿Qué? —se mostró confusa.

—No vamos a pagar por una sopa que no nos ha gustado, así que vamos a salir corriendo —replicó a consciencia, sin perder detalle del gesto de la rubia mientras ella misma, se encargaba de avisar al camarero para que acudiese a la mesa.

—¿Quieres que nos marchemos sin pagar? ¿Estás loca?

—Shhhh… No hables alto, que nos van a oir. Y no, no estoy loca. La sopa está malísima…—alargó la broma, justo cuando empezaba a notar el malestar en Quinn.

—No…no lo siento, no me voy a marchar sin pagar. Eso es una locura y está mal. Pago yo. Ok, no tienes que…

—Quinn —interrumpió.

—¿Qué?

—Es una broma.

—¿Una broma…?

—Por supuesto. ¿De verdad piensas que iba a salir corriendo sin pagar?

—Oh… Ok. Lo siento, pero no te conozco —le replicó un tanto ofendida—. Y no puedo verte. Seguro que te estás riendo de mí, y…

—No, no me estoy riendo de ti —la interrumpió justo cuando el camarero llegaba a ellas, y le indicaba que habían terminado con la cena—. Quinn, solo pretendo que vayas conociéndome. Ahora que vamos a ser compañeras de piso, es bueno que sepas que mi humor es pésimo.

—¿Conocerte? —masculló dejando escapar un pequeño suspiro— Te aseguro que, si bromeas de esa forma conmigo, no vas a lograr que confíe en ti.

—Ok…ok. No más bromas —respondía aún sonriente—. Eso sí, hay algo que voy a hacer y no me vas a prohibir.

—¿Qué? No me asustes de nuevo. ¿Qué vas a hacer? Te recuerdo que te necesito para salir de este restaurante.

—Lo sé —susurró acercándose a ella, y tocando su mano para que fuese consciente de la cercanía entre ambas— Pero, no…pienso…dejar…mi…curriculum —añadió divertida. Quinn se mordía el labio tratando de aguantar la risa que ya comenzaba a vislumbrarse en su rostro.

—Oh, es eso…

—Así es. Me niego a dejar mi curriculum en un restaurante como éste.

—Perfecto. Me haces un gran favor.

—¿Ah sí? ¿Por qué?

—Porque no quisiera tener que volver, Charlize.