CAPITULO 18
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Aurea miraba horrorizada a su marido. Entonces, por la ventana del elevado palacio entraron los primeros rayos del sol del amanecer, iluminaron al príncipe y su cuerpo comenzó a encogerse y estremecerse con movimientos convulsivos. Los anchos y lisos hombros se fueron encogiendo, encogiendo, mientras su ancha y elegante boca se estiraba hacia delante, endureciéndose, y los dedos de sus fuertes manos se convirtieron en delgadas y deslustradas plumas. Y mientras iba apareciendo el cuervo las paredes del palacio se estremecieron y temblaron hasta que se disolvieron y desaparecieron. Entonces, en medio de un bullicioso batir de alas, el cuervo y los pájaros que formaban su séquito y personal se elevaron hacia el cielo.
Aurea se encontró sola. Se quedó sin ropa, sin alimento, sin techo y sin siquiera agua en una árida y desierta llanura que se extendía en todas las direcciones hasta donde podían ver los ojos.
DeEl príncipe Cuervo
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Bella estaba a punto de llegar al límite de su paciencia. Se sorprendió golpeando el suelo con el pie y se apresuró a dejarlo inmóvil. Estaba en el patio del establo mientras Edward discutía con un mozo acerca de la silla de Daisy. Al parecer había algo mal en ella; el qué, no lo sabía, puesto que nadie se dignaba a explicárselo, porque era una mujer.
Exhaló un suspiro. Durante casi una semana se había mordido la lengua y cumplido obedientemente todas las órdenes de Edward, como su secretaria. Aún cuando veía muy claro que algunas de esas órdenes estaban calculadas expresamente para hacerla perder los estribos; aún cuando como mínimo una vez al día Edward hacía algún comentario sobre la perfidia de las mujeres; aun cuando cada vez que por casualidad levantaba la vista, sus ojos se encontraban con los de él, que la estaba mirando. Se había portado como una dama, se había mostrado sumisa, y eso la estaba casi matando.
Cerró los ojos. Paciencia, se dijo. La paciencia era la virtud que debía dominar.
—¿Te estás quedando dormida?—le preguntó Edward a su lado, haciéndola pegar un salto y mirarlo furiosa; pero él no vio esa reacción porque ya se había dado media vuelta—. George dice que la cincha está muy desgastada. Tendremos que coger el faetón.
—Creo que no…
Pero él ya iba caminando hacia donde estaban enganchando los caballos al vehículo. Con la boca todavía abierta, ella trotó detrás de él.
—Milord.
Él no le hizo caso.
—Edward —siseó.
Él se detuvo tan bruscamente que ella casi se enterró en él.
—¿Cariño?
—No… me… lla… mes… a… sí. —Se lo había dicho tantas veces esa semana que ya recitaba las palabras como un cántico—. En ese cacharro no hay espacio para un mozo o una criada.
Él miró hacia el faetón despreocupadamente. Jock ya había saltado al pescante y estaba sentado alerta, listo para el paseo.
—¿Para qué querría llevar a un mozo o a una criada a mirar los campos?
Bella frunció los labios.
—Lo sabes muy bien.
Él arqueó las cejas.
—Como carabina —dijo ella, sonriendo dulcemente, en un acto de concesión al público, los mozos del establo.
Él se le acercó más.
—Encanto, me siento halagado, pero ni siquiera yo puedo seducirte mientras voy conduciendo un faetón.
Bella se ruborizó; sintió arder las mejillas.
—Es que…
Antes que pudiera continuar, él le cogió la mano, la llevó hasta el coche, la levantó y la instaló en el asiento. Después fue a ayudar a los mozos que estaban enganchando los caballos.
—Déspota —masculló ella, mirando a Jock.
El perro agitó la cola golpeándola en el asiento y apoyó la cabeza en su hombro, dejándole baba canina. Pasados unos minutos, Edward saltó al pescante, zarandeando el coche, y cogió las riendas. Los caballos emprendieron la marcha y el coche avanzó con una fuerte sacudida. Bella se cogió de la parte de atrás del asiento. Jock se echó de cara al viento, que le agitaba las orejas y la cara. En el primer recodo, el coche viró rápido, con lo que Bella se deslizó por el asiento y chocó con Edward; por un momento el pecho le quedó presionando contra el musculoso brazo de él. Se enderezó y se sujetó más firme por el lado del asiento.
El coche volvió a virar y ella volvió a chocar con él. Lo miró indignada, pero eso no tuvo ningún efecto. Cada vez que se soltaba del asiento, el coche pegaba un salto y ella tenía que volver a cogerse.
—¿Lo haces a propósito?
No obtuvo respuesta.
—Si me estás sacudiendo para ponerme en mi lugar —bufó—, lo encuentro muy infantil por tu parte.
Un ojo de esmeralda la miró por entre las negrísimas pestañas.
—Si quieres castigarme lo entiendo —continuó ella—, pero supongo que destrozar el faetón también te perjudica a ti.
Él aminoró ligerísimamente la velocidad.
Bella colocó las manos sobre la falda.
—¿Por qué habría de querer castigarte? —preguntó él.
—Lo sabes.
En realidad, era el hombre más irritante del mundo cuando quería serlo.
Un buen trecho de la carretera lo hicieron en silencio. El cielo empezó a aclarar y luego se tornó de un suave tono carmesí. Bella le veía los rasgos con más claridad. Su expresión no parecía tan confiada.
Exhaló un suspiro.
—Lo lamento, y lo sabes.
—¿Lamentas que te haya descubierto? —dijo él, con una voz sospechosamente sedosa.
Ella se mordió el interior de la mejilla.
—Lamento haberte engañado.
—Encuentro difícil creer eso.
—¿Quieres dar a entender que miento? —dijo ella entre dientes, para controlar el genio, recordando su promesa de tener paciencia.
—Pues, sí, cariño mío, creo que quiero decir eso. —Le sonaron los dientes, como si los estuviera haciendo rechinar—. Creo que tienes una facilidad innata para mentir.
Ella hizo una inspiración profunda.
—Entiendo por qué crees eso, pero créeme, por favor: nunca tuve la intención de herirte.
Edward soltó un bufido.
—Magnífico. Estupendo. Estabas en uno de los burdeles más notorios de Londres y dio la casualidad de que yo me encontré contigo. Sí, veo que te he entendido mal.
Bella contó hasta diez. Luego contó hasta cincuenta.
—Te estaba esperando a ti. Solamente a ti.
Eso pareció desconcertarlo un poco. El sol ya había salido totalmente. Al dar la vuelta a una curva dos liebres que estaban en el camino huyeron asustadas.
—¿Por qué?—ladró él, entonces.
Ella había perdido el hilo de la conversación.
—¿Qué?
—¿Por qué me elegiste a mí, después de, qué, seis años de abstinencia?
—Casi siete.
—Pero viuda llevas seis.
Ella asintió sin dar ninguna explicación. Sintió sobre ella la mirada curiosa de él.
—Sea cual sea el tiempo, ¿por qué a mí? Mis cicatrices…
—¡No tuvo nada que ver con tus malditas cicatrices! —estalló ella—. Las cicatrices no tienen ninguna importancia, ¿es que no lo ves?
—¿Por qué, entonces?
Le tocó a ella quedarse callada. El sol ya brillaba radiante, iluminándolo todo, no dejando nada oculto. Buscó las palabras para explicarlo:
—Me parecía…, no, «sabía» que había atracción entre nosotros. Entonces tú te marchaste y comprendí que te llevabas lo que sentías por mí para dárselo a otra mujer. A una mujer a la que ni siquiera conocías. Y yo deseaba, necesitaba, ser la mujer con la que…, con la que «echaras unos polvos».
Edward hizo un sonido como si se hubiera atragantado. Ella no supo si era de consternación, repugnancia, o simplemente se estaba riendo de ella. Entonces sí se le encendió el genio.
—Fuiste tú el que te marchaste a Londres. Fuiste tú el que decidiste… «follarte» a otra mujer. Fuiste tú el que me diste la espalda, el que le diste la espalda a lo que había entre nosotros. ¿Quién es el más culpable? No voy a volver a perm… ¡ep!
Se tragó el resto porque Edward tiró de las riendas tan bruscamente que los caballos casi se encabritaron. Jock a punto estuvo de salir catapultado del asiento. Ella abrió la boca, alarmada, pero antes que pudiera protestar, él le cubrió la boca con la suya, y le introdujo la lengua, sin ningún preámbulo. Sintió el sabor a café cuando él le acarició la lengua con la de él, abriéndole más los labios para introducirla más. Estaba rodeada por el almizclado aroma de un hombre en la flor de su vida. Pasado un momento, de mala gana, él apartó la boca y le acarició tiernamente el labio inferior con la lengua, como con pesar.
Entonces él levantó la cabeza y ella tuvo que cerrar los ojos, deslumbrada por el sol. Él le escrutó la cara aturdida y debió satisfacerlo lo que vio en ella, porque sonrió de oreja a oreja, enseñando los blancos y brillantes dientes. Movió las riendas y puso al trote a los caballos por el camino, con las crines volando al viento. Bella volvió a cogerse del asiento, intentando comprender lo que acababa de ocurrir. Le resultaba difícil pensar sintiendo todavía en la boca el sabor de él.
—Me casaré contigo —gritó Edward.
Por vida de ella, que no sabía qué decir, así que no dijo nada.
Jock ladró una vez y dejó colgando la lengua por un lado del hocico, agitada por el viento.
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Gianna levantó la cara hacia el cielo y sintió bajar los rayos del sol por las mejillas como un calor líquido. Estaba sentada en su taburete junto a la puerta de atrás de la casa Swan, como hacía cada día, desde que estuvo lo bastante recuperada para levantarse de la cama. Brotes verdes asomaban como dedos por toda la extensión de tierra negra y en la cercanía un divertido pajarillo metía muchísimo ruido. Qué extraño que nunca se hubiera fijado en el sol en Londres. El estridente griterío de miles de voces, el humo negro de hollín, la hediondez de las alcantarillas y desperdicios en las calles distraían la atención y lo opacaban todo, por lo que ya nadie miraba hacia el cielo. Ya no se sentía ahí la amable caricia del sol.
—¡Oh, señor Vulturi!
Gianna abrió los ojos al oír la voz de su hermana, pero continuó muy quieta. Heidi se había detenido justo cuando acababa de pasar por la verja de entrada a la huerta. Iba acompañada por un hombrecillo que llevaba el chaleco más chillón que había visto en su vida. El hombre era tímido, a juzgar por la forma como se tironeaba el chaleco cada dos por tres. Eso no la sorprendía. Muchos hombres se ponen nerviosos cuando están en compañía de una mujer por la que se sienten atraídos; al menos los más agradables se sienten así. Pero Heidi se estaba tironeando el pelo, enrollándose y enredando mechones en los dedos. Y eso sí era sorprendente. Una de las primeras cosas que aprende una puta es a mantener una máscara de seguridad en sí misma, de osadía incluso, cuando está en compañía de alguien del sexo fuerte. Eso era lo esencial para su forma de ganarse la vida.
Heidi se despidió de su acompañante con una simpática risita. Entonces echó a andar por el lado de la huerta. Ya casi había llegado a la puerta de atrás de la casa cuando la vio.
—Jolines, cariño, no te había visto sentada aquí —exclamó, abanicándose con la mano la cara acalorada—. Menudo sobresalto me has dado.
—Eso veo —dijo Gianna—. No andarás buscándote un nuevo cliente, ¿verdad? Ya no tienes por qué trabajar. Además, ahora que estoy mejor, nos marcharemos pronto a Londres.
—No es un cliente. Al menos no del tipo que quieres decir. Me ha ofrecido un trabajo como criada de la planta baja.
—¿Criada de la planta baja?
Heidi se ruborizó.
—Sí. Estoy formada para ese trabajo, lo sabes. Volveré a ser una buena criada.
—Pero si no tienes ninguna necesidad de trabajar —dijo Gianna, ceñuda—. Te dije que yo cuidaría de ti, y lo haré.
Heidi enderezó sus delgados hombros y adelantó el mentón.
—Me quedaré aquí con el señor Félix Vulturi.
Gianna la miró fijamente un instante. Vio que Heidi se mantenía firme en su postura.
—¿Por qué? —le preguntó entonces, en tono tranquilo.
—Me pidió permiso para cortejarme y yo se lo di.
—¿Y cuando sepa lo que eres?
—Yo creo que ya lo sabe. —Heidi vio la pregunta en la cara de su hermana y se apresuró a negar con la cabeza—. No, no se lo he dicho, pero mi primera estancia aquí no fue un secreto para nadie. Y si no lo sabe, se lo diré. Creo que me querrá de todos modos.
—Aun en el caso de que él llegue a aceptar tu anterior forma de vida —dijo Gianna amablemente—, es posible que el resto de la gente del pueblo no.
—Ah, sé que será difícil. Ya no soy una niña que cree en las hadas. Pero él es un caballero correcto. —Se arrodilló a un lado del taburete—. Me trata con mucha amabilidad y me mira como si yo pudiera ser una dama.
—¿Así que te vas a quedar aquí?
—Tú también podrías quedarte —dijo Heidi, con la voz enronquecida, y le cogió la mano—. Las dos podríamos comenzar una nueva vida y tener una familia como la gente normal. Incluso una casita como ésta y tú vivirías conmigo. ¿No sería fantástico?
Gianna bajó la vista a su mano, que estaba entrelazada con la de su hermana mayor. Heidi tenía la mano color tostado y alrededor de los nudillos se veían leves cicatrices, recuerdos de sus años de servicio. La mano de ella, en cambio, era blanca, tersa y tan suave que parecía no natural. Se liberó la mano.
—Creo que no puedo quedarme aquí —dijo. Intentó sonreír pero descubrió que no podía—. Mi vida está en Londres. No me siento cómoda en ningún otro lugar.
—Pero…
—Chss, tranquila, querida. Mi suerte en la vida ya está echada desde hace mucho tiempo. —Se levantó y se sacudió las faldas—. Además, todo este aire fresco y este sol no pueden ser buenos para mi cutis. Venga, entremos y me ayudas a hacer el equipaje.
—Si eso es lo que deseas… —dijo Heidi, pasado un momento.
—Lo es. —Le cogió la mano para ayudarla a ponerse de pie—. Me has dicho lo que siente el señor Vulturi, pero no me has dicho lo que sientes tú por él.
—Me hace sentirme segura y contenta, arropada —dijo Heidi. Se ruborizó—. Y besa con tanta finura…
—Una tartaleta de cuajado de limón —musitó Gianna—. Y a ti siempre te ha gustado el cuajado de limón.
—¿Qué?
Gianna le dio un beso en la mejilla.
—Nada, cariño. Me alegra que hayas encontrado un hombre para ti.
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—Y además, tu estrafalaria teoría sólo aumenta mi sospecha de que tu senilidad mental ya está en fase avanzada. Mis condolencias.
Bella garabateaba como loca las palabras que le dictaba Edward paseándose delante de su escritorio. Nunca antes había escrito al dictado y consternada comprobaba que era más difícil de lo que se había imaginado. No contribuía a facilitárselo la tremenda velocidad con que él componía sus insultantes cartas.
Por el rabillo del ojo vio que El príncipe Cuervo estaba nuevamente sobre su escritorio. Desde esa salida en faetón, hacía dos días, daba la impresión de que los dos estaban jugando con el libro. La mañana anterior ella lo encontró en el cajón central de su escritorio. Sin decir nada, lo cogió y fue a ponerlo en el escritorio de él, pero después del almuerzo el libro volvía a estar en su escritorio. Lo llevó nuevamente al escritorio de él y el proceso se repitió. Y varias veces. Hasta el momento no había logrado reunir el valor para preguntarle qué significaba el libro para él y por qué al parecer quería dárselo a ella.
Edward ya iba por la mitad de la frase que estaba dictando:
—Tal vez tu lamentable deterioro mental tiene sus raíces en tu familia. —Apoyó el puño en el escritorio de ella—. Recuerdo que tu tío, el duque de Arlington, era igualmente obstinado en el tema de la crianza de cerdos. En realidad, hay quienes dicen que su último ataque de apoplejía, el que lo llevó a la tumba, fue consecuencia de una muy acalorada discusión sobre los corrales para la lechigada de cerdos. ¿No encuentras que hace mucho calor aquí?
Bella estaba a punto de escribir «calor» cuando cayó en la cuenta de que la pregunta iba dirigida a ella. Levantó la vista a tiempo para verlo quitarse la chaqueta.
—No, encuentro muy agradable la temperatura.
La tímida sonrisa que empezaba a esbozar se quedó detenida al verlo quitarse la corbata.
—Yo tengo mucho calor —dijo él, desabotonándose el chaleco.
—¿Qué estás haciendo? —graznó ella.
Él arqueó las cejas, simulando una absoluta inocencia.
—¿Dictándote una carta?
—¡Te estás desvistiendo!
—No, me desvestiría si me quitara la camisa —dijo él, quitándosela.
—¡Edward!
—¿Cariño?
—Vuelve a ponerte la camisa inmediatamente —siseó ella.
—¿Por qué? ¿Encuentras ofensivo mi torso? —preguntó él, inclinándose despreocupadamente apoyado en el escritorio.
—Sí —contestó ella e hizo un mal gesto al verle la expresión—. ¡No! Ponte la camisa.
—¿Estás segura de que no te repugnan mis cicatrices? —dijo él, inclinándose más y pasándose las yemas de los dedos por las marcas dejadas por la viruela en la parte superior del pecho.
Sin poder evitarlo ella siguió con la mirada su mano, hasta que logró desviar la vista. Una respuesta hiriente se le quedó atrapada en la punta de la lengua, detenida ahí por la estudiada tranquilidad de él. La pregunta era importantísima para ese hombre desesperante.
Suspiró.
—No te encuentro en absoluto repugnante, como bien sabes.
—Entonces tócame.
—Edward…
—Tócame —susurró él—. Necesito saberlo.
Le cogió la mano, la levantó y la obligo a rodear el escritorio hasta dejarla delante de él.
Bella le miró la cara, debatiéndose entre el decoro y el deseo de tocarlo. Deseaba acariciarlo, lo deseaba demasiado.
Él estaba esperando.
Levantó la mano. Vaciló. Y lo tocó. Temblando, le apoyó la palma en el pecho, justo debajo de la clavícula, donde sentía los latidos de su corazón. A él se le oscurecieron aún más los ojos mirándola. Ella sintió dificultades para respirar al deslizar la mano por sus firmes músculos, notando las muescas dejadas por las cicatrices de la viruela. Detuvo la mano para trazar suavemente un círculo alrededor de una con la yema del dedo del corazón. A él se le bajaron los párpados, como si le pesaran. Ella repitió el gesto en otra muesca, mirándose la mano, pensando en el dolor de tanto tiempo que representaban esas cicatrices: el dolor para el cuerpo de un niño y el dolor para su alma. En el silencio de la sala sólo se oía la respiración agitada de los dos. Jamás había explorado el pecho de un hombre con tanta minuciosidad. Era agradabilísimo; en cierto modo era un contacto más íntimo que el propio acto sexual.
Pasó la mirada a su cara. Tenía los labios entreabiertos, mojados por haberse pasado la lengua por ellos. Era evidente que estaba tan emocionado como ella. Saber que ese simple contacto tenía tanto poder sobre él, le encendió la excitación. Bajó la mano por el vello negro rizado; estaba mojado de sudor. Introdujo suavemente los dedos por entre los rizos, observando cómo se le enroscaban en los dedos, como para retenérselos ahí. Sentía el olor de su aroma masculino, que emanaba de él junto con el calor de su cuerpo.
Acercó la cara a su pecho, impulsada por una fuerza más potente que la de su voluntad. El vello rizado le hizo cosquillas en la nariz; hundió la nariz en el cálido pecho. A él casi le saltaban los músculos de lo agitado que tenía el pecho. Ella abrió la boca y le echó el aliento; empezó a lamerlo para saborear la sal de su piel. Uno de ellos gimió, o tal vez los dos. Le puso las manos a los costados y vagamente sintió los brazos de él atrayéndola más. Continuó su exploración con la lengua: el vello rizado, con sus cosquillas, el fuerte sudor, las arruguitas de sus tetillas.
La sal de sus lágrimas.
Descubrió que estaba llorando y las lágrimas que le corrían por las mejillas se mezclaban con la humedad corporal de él. No tenía ningún sentido, pero no podía contenerlas. Tal como no podía impedir que su cuerpo deseara a ese hombre ni impedir que su corazón lo amara.
Comprender eso la hizo detenerse bruscamente, ya despejada en parte la niebla que le envolvía el cerebro. Haciendo una temblorosa inspiración intentó apartarse de él.
Él la estrechó con más fuerza.
—Bella…
—Por favor, suéltame —dijo ella, y notó, lo rasposa que le salía la voz.
—Condenación —masculló él.
Pero abrió los brazos, soltándola.
Ella se apresuró a retroceder varios pasos.
Él la miró enfurruñado.
—Si crees que voy a olvidar esto…
—No hace falta que me lo adviertas. —Se rió, y la risa le salió como un chillido agudo; estaba al borde de un ataque de nervios—. Ya sé que no perdonas, ni olvidas, nada.
—Puñetera, sabes condenadamen…
Sonó un golpe en la puerta. Edward no terminó la frase, enderezó los hombros y se pasó la mano por el pelo, impaciente, deshaciéndose la coleta.
—¿Qué?
Se abrió la puerta y el señor Vulturi asomó la cabeza. Pestañeó sorprendido al ver a Edward medio desnudo, pero de todos modos tartamudeó su discurso:
—C-con s-su permiso, milord. John Coachman dice que el coche está en la herrería, porque había que repararle una rueda de atrás.
Mirándolo ceñudo, Edward cogió la camisa y se la puso.
Bella aprovechó la oportunidad para secarse disimuladamente las lágrimas de las mejillas.
—Me aseguró que sólo tardará un día más —continuó el señor Vulturi—. Máximo dos.
Edward ya había terminado de vestirse y estaba hurgando en su escritorio arrojando varios papeles al suelo con sus movimientos.
—No tengo tanto tiempo, hombre. Cogeremos el faetón, y los criados pueden seguirnos en el coche cuando esté reparado.
Bella levantó la vista, desconfiada. Esa era la primera noticia que tenía acerca de un viaje. ¿Se atrevería él, otra vez?
—¿Cogeremos, milord? —preguntó el señor Vulturi, ceñudo—. No sabía que…
—Mi secretaría me acompañará a Londres, lógicamente. Necesitaré sus servicios allí, si quiero terminar el manuscrito.
El administrador agrandó los ojos, horrorizado, pero Edward no vio esa reacción. Estaba mirando a Bella, desafiante.
Ella hizo una rápida inspiración, muda.
—¡Pe-pero, milord! —tartamudeó el señor Vulturi, al parecer escandalizado.
—Es necesario que termine el manuscrito —contestó Edward, aunque dirigiéndole a ella sus razones, con los ojos brillantes como fuego—. Mi secretaria tomará notas en la reunión de los Agrarios. Yo tendré que atender diversos asuntos relativos a mis otras propiedades. Sí, creo que es esencial que mi secretaria viaje conmigo —terminó en voz más baja, en un tono más íntimo.
El señor Vulturi se apresuró a hablar:
—Pero es que ella es, es…, bueno, ¡una mujer! Una mujer soltera, perdone mi franqueza, señora Swan. No es en absoluto correcto que ella viaje…
—Muy bien, muy bien —interrumpió Edward—. Iremos con carabina. No olvide traer a una con usted mañana, señora Swan. Partiremos antes del alba. La esperaré en el patio del establo.
Acto seguido, salió de la sala pisando fuerte.
Bella no supo si echarse a reír o a llorar. Sintió una lengua áspera y mojada en la palma. Miró y vio a Jock jadeando a su lado.
—¿Qué puedo hacer?
Pero el perro se limitó a echarse de espaldas y empezó a mover ridículamente las patas en el aire, y con eso no contestó a su pregunta.
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Gracias por sus comentarios. La verdad no sé si antes se publicó esta adaptación. Sólo leí la historia y me encantó.
