Holiwis. Les traigo el cap. Aquí me tienen que casi volviéndome cristiana por escribir esto. Señorrrr dame paciencia JAJAJA. Cuídense mucho, un besito.
Diana se mantuvo en vela varias horas, aguardando a la par de Leona. La dríade insistió en que descansara, pero al final, terminó acompañándola. Ofreció té y comida a Diana, que terminó por tomar. Habían llegado a una casita bastante grande al igual que escondida entre la tierra. Fácilmente podría ser confundida con un monte. También le contó cómo era que más adelante, se encontraba una villa.
Apoyó su mentón en el hueco de sus brazos a la orilla de la cama donde dormía Leona, mirando a la dríade con cansancio notable. Ella le sonrió.
— ¿Cómo supisteis mi nombre…? — Curioseó Diana, más en un intento de mantenerse despierta que de genuina averiguación.
— Sois el segundo caballero, ¿no es así? — Afirmó con una sonrisa. Acto seguido, tomó un sorbo de la taza de madera. Remilgada y calma.
— Lo soy.
— Entonces ella debe ser el primer caballero. Me extraña que lo preguntéis, lograste reconocerme. ¿No lo recordáis? Vosotros os vimos crecer.
Diana la contempló meticulosa. Sí, reconocía su rostro y sus orejas puntiagudas, pero eran recuerdos distantes, recuerdos que no eran suyos. Una laguna mental rememoró un ancho pastizal donde corría y jugaba con un animal al que no le pudo dar forma. Frunció el ceño, pensativa.
— ¿Os vieron crecer…? ¿Quiénes?
— Las ninfas os regalaron juguetes de plata y collares de perlas. Leona también se crió en el Bosqueviejo. Aunque nada cerca de aquí. Ella es de las montañas, vos, del piélago. Sabíamos que eras una de las elegidas.
— Mareas… — Murmuró, resbalando la última consonante.
La dríade asintió, a la espera de más preguntas. Sabía de alguna manera que le costaría un poco aclarar algo, porque así era ella. Siempre intentando poner sus pensamientos en orden antes de hablar. Así siempre fue, incluso cuando era niña.
— Yo… — Dijo Diana. — No recuerdo nada de mi niñez…
— ¿No…? — Diana negó. — ¿Por qué no?
— Mi hermana me dijo que los Solari mataron a mis padres. Perdida en el bosque, llegué con los rakkor y me volví parte de ellos. Pero yo no recuerdo tales partes, no logro rememorar nada.
— ¿Cómo os reincorporasteis a los Lunari?
— Regresé cuando lo supe.
— ¿Y cómo os disteis cuenta?
— No me parecía a los Solari, hasta ellos mismos lo sabían. A algunos rakkor sí, pero a los Solari, no. Fui acólita y estuve a punto de convertirme en Ra'Horak. Como ella.
Ambas miraron a Leona, la dríade con sorpresa y Diana, con cautela.
— Vaya… qué impresionante.
— Sí. Aunque al inicio estuve en las Tierras Primigenias. Ahí, encontré mi espada.
— ¿Puedo verla?
Diana estiró un brazo con pereza hacia su arma, entregándola con cuidado. La dríade la estudió, resbalando las yemas a lo largo de la hoja enteramente hecha de plata. No se sorprendió de nada que no hubiera visto ya.
— Quiero creer que ahí aprendiste las agraciadas artes y danzas del control mágico de vuestro poder.
— Así es…
— Bien, Diana. — Dijo ella, regresándole su espada. — Os ayudaré un poco. Acompañadme.
Dudó, mirando a Leona con preocupación. La dríade rodeó la cama y tomó su mano con suavidad.
— Descuida —dijo—, ella no se moverá. Podemos mantener la puerta abierta si así lo deseas.
Fue encaminada hacia la habitación principal sin quererlo realmente, donde había una larga alfombra y cojines tejidos de algodón y paja. Ella tomó asiento en frente, sosteniendo la espada con ambas manos y poniéndola al centro de su reunión. Diana la observó, ella tomó sus manos y las apretó, mirándola a los ojos.
— Respira hondo. — Pidió en un murmullo. — Cierra tus ojos.
Obedeció. En la vista mental de sus ojos, una estela verde cruzó frente a ella. Se encontró de pie frente a nada, y a la vez, frente a todo. No sentía nada más que no fueran sus manos. Manos que con eventualidad se volvían cálidas.
Escucháis mi voz. Camina. Encontrarás tu vida.
Estáis frente a mí, tocando el roble donde jugabais. Tomas las raíces sobresalientes, las halas y yo te cargo en mis brazos. No debes hacerlo así, lo lastimas y me lastimas. Tocas mi cara con tus manos regordetas, estirando la piel de mis mejillas, a risotadas sagaces. Inevitablemente os haces reír a todas. A lo lejos, el gran centauro se acerca, inclinando sus astas hasta llegar a ti. Sostiene con recelo su lanza, alejándola lo más que puede de tu alcance, no obstante, el ser de gran piedra ancestral es colosal a tu lado. Aún así, sonríes. Él está contento de tu visita, porque restauras la armonía.
Sois la llave de…
Diana apretó la mandíbula y soltó la mano de la dríade con visible tormento. Su mirada tranquila se volvió sombría e intenta encontrar los ojos de la dríade. De Soraka.
— Siento a Leona. Sabéis lo desgastante que es sentir su espíritu. — Gruñe a cada palabra, que aunque serena, no carece de dureza. — Es lo mismo que escuché. Os encontrasteis porque sabíais que estábamos cerca. Eráis tú.
Soraka asiente, reposando sus manos en las rodillas.
— Entonces —continuó—, ¿cómo es que lo sabías?
— Cénit. Y vuestra navaja.
Diana contempló su espada.
— ¿Qué queréis de ella?
— Nada. De ninguna de vosotras. Acudí porque las brujas estaban cerca, porque Leona estaba herida.
— ¿Qué hacían las brujas aquí? En este lado del bosque.
— No lo sabemos. La enfermedad del Bosqueviejo se extiende y las bestias han atacado a los caballeros de la ermita. Su defensa ha sido exitosa, pero cada vez vuelven con más fuerza. Tememos que invoquen a los antiguos tótems y al señor de la oscuridad.
Diana se tensó.
— ¿Quién?
— Lord Nocturne. La pesadilla eterna…
Cada avista de su postura era rígida, no se atrevió a ver a Soraka. Se había negado a conocer más allá de su mente, no lo quería. No así.
— Comprendo.
Soraka detalló cada movimiento de Diana hasta que regresó a la habitación donde estaba Leona. Retomó su respectivo lugar a su lado y así decidió estar. Veía preocupación en su rostro pensativo, alerta de cualquier movimiento de, lo que pensaba que era, su amistad. Pero había algo en la mirada de Diana que relucía cada que miraba el rostro calmo de Leona, algo que instalaba ternura en sus pensamientos, dulzura y afecto. Mucho más allá de un simple cuidado.
Dejó sus opiniones al aire de su mente, mirando la enorme espada curva de Diana. Prolija y afilada. Solo esperaba que el amanecer no llegase tan pronto. Si ese era el pago por cuidar de ellas mientras pudiera, lo tomaría.
Fue hacia su lugar de descanso a pasos silenciosos, dejando que el sueño se consumara.
Sin embargo, pasadas las horas, el frío violento le caló en los huesos a Leona. Diana tuvo que apagar la chimenea a la caída de la tormenta, por costumbre más que nada. Sus párpados pesaban como nunca antes, pero no pudo pegar ojo en todo el tiempo que tuvo para descansar. Se apresuró a ella con la esperanza de que estuviera despierta, y sí lo estaba, encogida para apresar el mayor calor que pudiera.
— ¿Leo…? — Dijo en un susurro, escuchando cómo Leona siseaba.
— Odio las tormentas.
— Lo sé… — Rió en un murmuro, apretando su hombro.
— Enciende la chimenea.
Eso sonó más a una orden que a una petición, levantó una ceja divertida por su insolencia.
— No. Sabes que durante la noche, no la enciendo.
— ¿Todavía? — Gruñó medio molesta y entumecida. — Qué mala costumbre…
— Mala costumbre la tuya, puedes ahogarte y morir.
— Eso quisiera para ya no soportar estos climas tan remotos.
— Cállate. — Leona rió sin asomarse del nido de pieles que llevaba encima. Se sentó a sus orillas. Solo la tenue luz que cruzaba por la ventana y la puerta la orientaba. — ¿Cómo te sientes…?
— Mejor. No me duele nada…
— Suenas a que quieres conversar.
— Tengo sueño.
— Yo también.
Leona bajó las telas de forma brusca para ver a Diana con el ceño fruncido.
— ¿No has dormido nada?
— No.
— ¿Me estabas cuidando?
Diana no dijo nada, Leona únicamente sintió cómo se removía al ras de sus pies. Abrió un hueco de sus cubiertas, desplazándose hacia un lado y golpeteó la cama, haciendo ruido para que le prestara atención.
— Ven.
— No. — Dijo de inmediato. — Puedo estar despierta unas horas más.
— Yo estaré despierta. Te despertaré, lo prometo.
— No.
— No seas necia.
— Ya dije que no.
— No estoy preguntándote. Ven.
— Leona… — Advirtió.
— Bien, entonces no duermas. Pero recuéstate conmigo.
No pudo ver con claridad la expresión de Diana por lo oscuro de la habitación, aunque sí la escuchó echar un casi inaudible resoplido. Tomó su tiempo de quitarse las partes de la armadura, que para su sorpresa, había conservado. Intuyó que fue porque también estaba sufriendo los estragos de la temperatura. El frufrú de las telas y sus movimientos llenó el espacio del cuarto, hasta que se hizo sitio a su lado. Ella le dio la espalda, como esperaba.
Apoyó el codo sobre las almohadas para recargar el peso de su cabeza y ver su espalda. Sus cabellos esparcidos por la cama captaron su atención. Tanteó con delicadeza, acariciando las puntas. Su plan era hacer silencio hasta que Diana se tragara su orgullo y cayera presa del sueño, era tramposo, pero la única forma de tratar con la nimiedad de su ser. Esperó pacientemente a que su respiración fuera automática, liviana y despejada. No iba a preguntar si estaba dormida porque eso arruinaría su cometido. Pasados los minutos, cerró los ojos sin intención de dormir, solo de seguir esperando.
— Nunca volví a dormir acompañada desde que me fui.
Permaneció en silencio, abandonando su postura para recostarse por completo. Mantuvo sus ojos fijos en su cabello, parpadeando con lentitud lúcida.
— ¿Por qué?
— No pude.
— Yo tampoco.
Diana se giró para verla. Ahora más de cerca, podía ver su piel nívea. Solo parpadeó.
— ¿Por qué?
— No era lo mismo. Ningún hombre llenaba mi cama.
— ¿Un hombre…?
Asintió. Para Diana, el vuelco en su pecho le hizo sentirse insegura de un momento a otro. La calma de su respiración era ensordecedora.
— ¿Y una mujer…?
— Nadie puede entrar a mi habitación.
— ¿Entonc-?
— Quería que fueras tú.
Diana remojó sus labios, sintiendo su boca seca y se acercó a Leona, tan cerca como su cuerpo se lo permitió. Sintió el aire caliente de su aliento contra su nariz. Drenó su garganta y se abrazó a ella con el propósito de hundirse en su pecho. Pronto, apoyó su mentón en su hombro fuerte.
— También deseaba que fueras tú.
Cuando se alejó lo suficiente para verla, los ojos abrasadores de Leona la atraparon. En ellos vio su desasosiego, su sorpresa… vio cómo alternaban de sus ojos a su boca. Y la hizo hacia atrás, dándole la espalda de nuevo por temor a hacer lo mismo. Leona terminó por adoptar su acción pegando su frente a la fría pared.
Leona volvió a dormir, mientras Diana esperó el amanecer. Pensando en lo que Soraka le había dicho. Miró el cielo por el rabillo de la cortina y el cristal, sin brillo alguno.
La Luna, en su auge por entre las nubes, no lograba iluminar el sendero de la caverna escondida en las montañas donde soplaba más fuerte la ventisca. Dentro de ella, las cadenas que la mantenían cautiva y maniatada ardían como el infierno. Arrodillada y humillada, miraba al suelo, por completo inmóvil.
— ¿Dónde la encontrasteis? — Profirió la voz de Morgana.
— En el Valle de las Ninfas. — Respondió Zyra. — Asesinó a dos Lunari.
— ¿Por qué?
Camille se negó a contestar. Repentinamente tiró de una de las cadenas, no consiguió nada. Morgana bufó una risa vaga.
— Mis cadenas pueden volverse eternas, Camille.
— ¿Qué consiguen con esto? — Escupió. — ¿Qué es lo que quieres?
— Tu presencia, claro.
Zyra de mantuvo detrás de ellas, observando. Cruzó sus brazos, frotándose un poco con el ceño fruncido.
— ¿Para qué? ¡¿Para qué tenerme aquí?! ¡¿Para fracasar de nuevo?!
— No. ¿Por qué despertasteis, Camille?
— No lo sé.
— Sí lo sabes. Por eso estáis aquí.
— Sentí una desmesura en mi poder. — Levantó su vista del suelo. Recorrió cada lugar de la caverna con pesadez hasta detenerse en el fuego anaranjado de la hoguera en medio del lugar. — Desequilibrio.
Apenas abrir la boca para decir algo, una larga y gruesa capa cayó sobre sus hombros y la envolvió. Levantó una ceja, siguiendo a LeBlanc con la mirada. LeBlanc juntó las manos en su espalda, viendo a Camille de rodillas.
— Es justo como dijo Zyra. — Comentó LeBlanc. — Tiene preguntas.
— Serán todas respondidas. — Certificó Morgana.
Camille volvió a mirar el suelo, escuchando los pasos resonantes de Morgana a su alrededor. La fragancia que desprendía el vapor de los sellos malditos que dibujaba en el suelo era nauseabunda y al mismo tiempo dulce. Nauseabunda porque odiaba reconocerla y dulce porque sabía que era unto para despertar su apetito.
Una vez que terminó el círculo, lo encendió en llamas rojas. LeBlanc tomó asiento a la par de Zyra, aunque ella no se molestó en mirarla siquiera.
— Qué tiempos cuando vosotras éramos las que teníamos que cumplir con este ritual. ¿No crees? — Dijo LeBlanc.
— Como digas.
— ¿Estáis mejor?
Zyra entendió a lo que se refería, por lo que se limitó a arrugar sus cejas, desviando su vista hacia las protagonistas de aquel espectáculo. Morgana deshizo las ataduras de Camille; esta apoyó las manos en el suelo.
Rezaron palabras en lenguas antiguas al acorde de la voz de Morgana. Camille, resignada a seguir el pacto, abrió posición de entereza hacia la hechicería.
Morgana se introdujo al encierro, adoptando la misma posición. Ahora, ninguna podía salir ni nadie entrar hasta que acabara el rito. Retiró la corona de cornamentas de Camille y ella misma arrancó dos plumas de sus alas, poniéndolas al centro.
— Perdónanos porque hemos pecado, mi Señor. — Adoró. — Perdona a todos aquellos que no te rinden culto, que no son benevolentes, guardando rencor a sus prójimos. Protégenos, vertiendo sobre nosotros tu sangre y nosotros hemos de verter la sangre de nuestras ofrendas sobre tu sepulcro. Porque te amamos. Te adoramos, mi Señor.
Los cabellos de Camille cubrieron su visión, a pesar de la brisa, las plumas ofrecidas por Morgana no se removieron.
— Podéis cuestionar. — Avisó Morgana. Su voz distorsionada y su mirada profunda. — El amo os responderá.
Tomó un enorme respiro para despejar su mente e inmiscuirse a la totalidad a tal fuerza que le llamaba, consciente de que ese poder era peligroso y hasta peligroso para ella, siendo una bruja.
— ¿Qué sucede en vuestras tierras?
— Susurros del carnero de ébano y de todo lo innombrable que cae de los olvidados sepulcros, las visiones del ciervo de mármol, la magia de antaño perdida en el tiempo. Más allá del polvo de nuestra creación, sois ustedes quienes han de detener la magia, pues los humanos no son dignos de orden. No son dignos de poder e imperio. Hechiceras omniscientes, sois ustedes el catalizador de la nueva era.
— No responde mi pregunta, mi soberano.
— "Luna salvaje que con tu sombra carmesí de majestuosidad celestial, suplico nos des tu bendición". Son esas las palabras con las que rogamos por los vuestros. — Continuó a pesar de que su interlocutora había cuestionado su explicación. — La luz de Luna virgen será vuestro sacrificio, ofrecida por su dirigente. Entonces, el bosque, fecundo y vital, es quien os entrega la fuerza que han rogado para cumplir con vuestra promesa.
— ¿Por qué ha de haberlo pedido vuestra cabeza, mi soberano?
— Recorreréis las naciones, arrasando y destrozando todo a vuestro paso, hasta que dominéis todas las tierras desde los piélagos norteños hasta los confines de la civilización de las montañas sureñas. Sin embargo, aparecerá un carnero igual de monstruoso que surgirá de entre vuestros ojos, cruzando la tierra a galope como si estuviera volando. Chocaréis vuestras cornamentas y embestiréis uno a otro con tanta fuerza que el choque conmoverá la tierra y resonará en los cielos. Desatareis una batalla titánica hasta que el polvo disipe y uno de ellos se halle al quiebre sus cuernos. El victorioso reinará sobre el otro, cerrando fronteras y entonces la ofrenda tomará valor y despertará la pesadilla eterna sobre el todo. Es mi visión.
Los brazos de Camille temblaban por la horrorosa perspectiva, que sintió tan real como su propia piel. Tragó saliva lentamente, calmando su respiración arrítmica y escalofriante.
— ¿Qué significa eso, mi soberano? — Se atrevió a preguntar sin carecer de firmeza.
— A posteriori, la Luna llena será de sangre derramada.
— No estoy dispuesta a cumplir con nada de lo que pide.
LeBlanc alzó las cejas de pura sorpresa, mientras Zyra osó dar un paso hacia adelante, observando cómo la mazmorra ardía en fuego rojo, alzando sus sellos hasta convertirlos en extensiones elevadas como barrotes que encendieron la caverna. Ninguna de las dos podía escuchar lo que el ente respectivo podía decirle a Camille, pero sí a ella que se vio obligada a responder en voz alta. Negarse a una orden o petición de su respectiva divinidad era considerado sacrilegio.
Morgana se mantuvo inanimada, solo como puente entre el Carnero de Ébano y Camille.
— ¿A qué debo tu impudicia?
— No es impudicia. Es injusticia. Lo que pereció una vez, perecerá dos. Tres o cuatro veces más. La tierra infértil no es más que suciedad. El Bosqueviejo se verá protegido de todo y todos.
— ¿No lo entendéis acaso? Los caballeros del Eclipse nacidos en La Orden han madurado. Están en su pináculo de abnegación.
— Los caballeros de nacidos en La Orden están destinados a perecer. Habrá que dejarlos destruirse unos a otros, con el tiempo, caerán.
— Los caballeros se echarán unos con otros si dejáis que el tiempo actúe sobre ellos. Porque si su voluntad es esa, separarán a la luz de la oscuridad y la volverán alba. La luz en la oscuridad se volverá destino y, por lo tanto, su fuerza.
— Dudo que cometan tales actos sodomitas. El segundo caballero lo sabe bien.
— Pero el primero, no. — Declaró con agudeza. Después hizo una pausa. — El fuego y el agua son complementos. El fuego arderá sobre el agua y el agua aplacará el fuego, porque ese es su destino.
LeBlanc sonrió de lado, demasiado entretenida por las respuestas de Camille. Si no fuera por el sello de Morgana, posiblemente estaría dentro de esa conversación. Zyra a pasos lentos, salió de la caverna.
— Entonces dejadlos pecar.
— ¿Me estáis cuestionando, Camille? — Alzó la voz. Los chillidos que le acompañaron, retumbaron profundo en su mente. Al mismo tiempo, las llamas de la mazmorra también.
— No soy creyente de que el amo Nocturne pueda cumplir con el deseo de vuestros dioses si lo que reflexiona resulta ser verdad.
— ¡Es por ello que no debéis dejar pasar más tiempo!
— ¿Qué significa la visión? — Gruñó, ignorando la queja.
— Descubridlo por vos.
Morgana tomó un hondo resuello frunciendo sus cejas. La mazmorra en un chasquido se apagó, prueba de que el puente estaba vacío. Después de que su vista divagara por toda la caverna, miró al centro, donde sus plumas ya habían comenzado a moverse presas de la ráfaga de la tormenta. Camille tomó su corona de cuernos y volvió a colocarla, insistiendo con la mirada hacia Morgana.
— Esa visión… debe significar algo. — Vislumbró Morgana con la voz apagada y ronca.
— De no ser así, no lo hubiera mencionado. No quiso explicarme el significado.
— Entonces tendremos que acudir al ojo de la clarividencia.
LeBlanc dio un aplauso, llamando la atención de ambas mujeres que escarmentaron por el repentino estropicio.
— Entonces por fin veremos a nuestra hermana perdida. — Dijo con gracia, poniéndose de pie. Las demás la imitaron.
— Nos veremos en la necesidad. — Murmuró Morgana. — Pero no estoy segura de su paradero.
Camille negó cuando ambas la miraron. Algo en su expresión le dijo a LeBlanc que estaba reflexionando profusamente.
— ¿Algo que queráis decir, Camille?
Intercambiaron miradas repletas de tensión. La imponente altura de la bruja enastada no fue suficiente para arrancarle el aire cínico del rostro.
— Uno de los caballeros tiene cuentas que saldar.
— ¿Es correcto? — Inquirió dirigiéndose a Morgana. Esta asintió y se retiró.
Camille la imitó, desapareciendo por las escaladoras de la pared enarbolada.
Abrió las manos con expresión irónica para después buscar con la mirada a cierta presencia que había desaparecido de todo acto. Caminó hacia afuera con las manos en la espalda, encontrándola un poco más allá de los árboles frondosos sin dejarse bañar por la nieve.
— La noche no es clara. ¿Qué ves allá arriba?
Zyra se giró a verla, apenas un vistazo para volver a donde estaba. Se hizo sitio a su lado, siguiendo la trayectoria de su mirada.
— Sé de Lissandra. — Expuso Zyra.
— Ah, escuchasteis entonces.
— Salí porque no soporté el flujo.
— Muy delicada… ya veo. — Rió en un murmullo, sonriendo.
— Espero que Camille vuelva si es que desea saber. Porque los espectros rondan hacia el sur.
LeBlanc negó, discerniendo que por eso su mirada estaba tan atenta al cielo, hasta que Zyra la encaró y levantó una ceja. Estiró la mano a uno de sus hombros, retirándose la capa que le había ofrecido, dejándola en sus manos. Si no fuera porque Zyra siempre conservaba esa expresión estoica, podría jurar que estaba haciendo un puchero.
— No tie-
— No la pedí. — Apresuró a decir, dando media vuelta. LeBlanc bajó la mirada, enredando los dedos en la tela que guardaba el calor.
— Entiendo.
— Gracias.
Alzó las cejas, mirando cómo se iba hasta desaparecer de su vista hacia la caverna, porque la Luna nueva no conseguía regalar más luz.
