Naruto Y Hinata en:
EL SECRETO DE NARUTO
Noveno Capítulo
Trébol
—¡No está, no la encuentro!
Hinata observaba el ir y venir de su tía Kaguya por toda la alcoba, rebuscando entre los objetos que tenía sobre su mesa y entre la ropa de su arcón.
—¿Dónde la viste por última vez?
—Tu madre me la entregó en mano y la puse... —su tía se retorció las manos, preocupada—. Juraría que la puse sobre la mesa, Hinata. Es muy, muy extraño.
—Bueno, ¿pudiste leerla? ¿Qué decía la carta?
—Oh, realmente nada que no te haya explicado ya. Tu madre se disculpaba por tener que marcharse, pero sus dolencias habían llegado a un extremo insoportable. Ya sabes que tiene una gran amistad con la abadesa de Tyndrum y busca siempre refugio en la paz de ese lugar cuando su salud empeora.
Era verdad. El convento de las religiosas siempre había sido para su madre un reducto de paz que sosegaba su alma y le otorgaba la serenidad necesaria para volver a la rutina de su día. Allí le proporcionaban cuidados medicinales y descanso. Imaginó que lo habría necesitado mucho si ni siquiera había sido capaz de esperarla antes de tomar la decisión de marcharse.
—Se querían muchísimo —musitó, más para sí misma que para su tía.
—¿Quienes? —preguntó Kaguya, deteniendo su búsqueda para mirarla.
—Mis padres. Perder a su gran amor ha sido un golpe muy duro para ella y yo no he estado a su lado para reconfortarla.
Su tía se aproximó y la abrazó con cariño.
—Tú tenías deberes más importantes, Hinata. Tu madre es consciente de las obligaciones que le corresponden a la hija de un laird y en ningún momento te ha culpado por tu ausencia.
Hinata asintió y parte del peso con el que cargaba por no haberla acompañado durante el duelo se aligeró. Decidió que, en cuanto la normalidad se hubiera instalado en Hyuga Castle, ahora que todos los MacHyuga debían afrontar la llegada de un nuevo jefe, iría a buscar a su madre. Si no conseguía traerla de regreso, al menos la visitaría y se preocuparía de que no le faltara de nada durante su convalecencia.
—Debo regresar al salón. Le prometí a Naruto que no tardaría.
—No te preocupes. Parece que sabe desenvolverse muy bien él solo, a pesar de estar en un hogar que no es el suyo.
—Tía Kaguya, ahora este hogar también le pertenece. ¿Estás molesta porque ha retado a Toneri nada más llegar?
Hinata observó el rostro de la mujer, aún hermoso a pesar de sus años. Siempre le había parecido una dama muy elegante, con su cabello blanco recogido de manera impecable, su tez marfileña y sus ojos grises, de una belleza indiscutible. No le extrañaba que su tío Owein hubiera caído rendido a sus encantos cuando la conoció, a pesar de ser una joven viuda que cargaba con un niño de su primer esposo. También había sido siempre una madre muy protectora, y eso era lo que Hinata temía tras escuchar sus palabras.
Kaguya se apresuró a negar con la cabeza, con los ojos muy abiertos, y agarró una de las manos de su sobrina.
—¡Oh, no, no! Entiendo que el nuevo laird tenga que defender sus intereses. Pero no puedo evitar que me duela ver a mi hijo rebelarse de ese modo. Vuelvo a pedirte disculpas por él, Hinata, y te prometo que le hablaré como madre para que entre en razón. Sé que Toneri tiene sueños de grandeza y debe aprender a acatar los deseos del rey Indra. Si nuestro monarca ha decidido que un Uzumaki debe liderarnos, es nuestro deber aceptarlo.
Hinata la comprendía mejor de lo que se imaginaba. Ella misma había tenido sus reparos ante la decisión de Indra de poner al frente del clan a un hombre que no era MacHyuga. Apretó a su vez la mano de su tía, con una sonrisa de agradecimiento.
—Esperemos que Naruto se gane el corazón de nuestra gente y aceptarlo como jefe no suponga un esfuerzo excesivo. Sé que es un buen guerrero y será también un buen líder. Dejemos que lo demuestre, tía Kaguya. Debes ayudarme a que todos acepten su presencia como algo natural y lógico, ¿lo harás?
Su tía la miró con cariño y suspiró.
—¿Tú ya lo has aceptado? —le preguntó, metiendo el dedo en la llaga. Kaguya la conocía bien... era muy intuitiva.
—Estoy en ello, tía Kaguya. Tú tuviste la suerte de casarte por amor las dos veces, pero mi situación es bastante distinta.
—Sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites, querida. No imagino lo que debe ser tomar por esposo a un completo desconocido, pero, si necesitas desahogarte, estaré aquí para escucharte.
—Gracias, tía. He de decir que Naruto no es un completo desconocido, aunque todo será más fácil con el apoyo de mi gente, estoy segura. Así que hagamos que el nuevo laird se sienta bienvenido y que los MacHyuga lo vean como el guerrero excepcional que es. Si lo conseguimos, todo irá bien.
Kaguya volvió a abrazarla y Hinata agradeció el gesto. Hubiera preferido tener esa conversación con su propia madre, pero su tía había demostrado ser también un apoyo muy importante en esa nueva situación.
Todo iría bien, volvió a repetirse mentalmente. Tenía que ir bien.
.
.
.
Cuando Hinata regresó al gran salón, encontró a su esposo con los hombres Uzumaki que lo habían acompañado en su nueva vida. No había ningún MacHyuga con él y lo lamentó, aunque por la serenidad del grupo no parecía que a ellos les importara lo más mínimo. Estaban sentados cerca del fuego, tomando jarras de cerveza que, por lo visto, les había servido la mismísima Mysie. Su cocinera había abandonado los fogones y hablaba con el nuevo señor de aquella casa.
Se acercó a ellos enseguida.
—¡Mi señora! —exclamó la mujer al verla aparecer—. Cuánto lamento lo ocurrido. De haber sabido que llegabais hoy, hubiera preparado un festín muy distinto. Precisamente, me estaba disculpando con vuestro esposo por ese motivo.
—No tienes que disculparte, Mysie, la culpa no es tuya. Mucho me temo que mi primo ha ignorado adrede la misiva que os envié... aunque no puedo demostrarlo.
—Aun así —prosiguió la mujer—, la próxima comida que os sirva será digna de la bienvenida que debimos haberos dado. Y ahora, si me permitís, voy a echar las sobras a los perros.
Hinata miró en torno suyo al escuchar la última frase y barrió el salón con los ojos.
—Por cierto, Mysie, ¿dónde está?
—Vuestro primo ordenó encerrarla en cuanto os marchasteis de la fortaleza. Dijo que podía resultar peligrosa.
—¡Nunca ha hecho daño a nadie! —se quejó Hinata, indignada—. ¿Dónde la tenéis?
—Está... está en una jaula, detrás de las cuadras —balbuceó Mysie, consciente de que la noticia no sería del agrado de su señora.
—¿Qué? Tengo que sacarla de ahí ahora mismo —exclamó, dándose la vuelta para salir del salón.
—Iré contigo.
La voz grave y autoritaria de Naruto la retuvo. Se giró hacia él y lo miró con los ojos espantados.
—Preferiría que no. Déjame hacerlo sola, es lo mejor. Luego... luego te lo explicaré.
—Tu cocinera acaba de decir que, según tu primo, sea lo que sea de lo que habláis, es peligroso. No consentiré que vayas sola.
Hinata resopló, impotente y nerviosa.
—No lo entiendes... No es peligroso para mí y no quiero que me acompañes. Sobre todo tú —añadió.
Naruto se levantó de la butaca que ocupaba y Hinata se sintió empequeñecer. La feroz mirada que su esposo le dedicó evidenció que esa última frase había estado de más, porque había conseguido el efecto contrario. Ahora, el Uzumaki se mostraba mucho más obstinado.
—Tarde o temprano debo enterarme de lo que ocurre. Y será más temprano que tarde, porque pienso ir contigo ahora.
Ella se retorció las manos sin dejar de mirarlo. ¿Qué había hecho? Tendría que haber mantenido la boca cerrada.
—De acuerdo. Pero antes, debes prometerme que no le harás daño.
Su esposo frunció aún más el ceño.
—¿Por qué habría de hacérselo?
—Tú solo promételo. Por favor.
—No puedo prometer algo que no sé si podré cumplir, Hinata. No puedes pedirme algo así. — Aquellas palabras lograron que la joven palideciera, por lo que muy a su pesar, añadió—: Sin embargo, no haré nada sin hablar antes contigo. No actuaré a la ligera, te lo prometo. Creo que sabré contenerme.
Hinata no tuvo más remedio que aceptar. Como bien había dicho, no era un secreto que le pudiera ocultar durante mucho tiempo, sobre todo porque no iba a permitir que ella estuviera encerrada ni un minuto más.
Salieron del edificio principal y se dirigieron a la parte de atrás de las cuadras. Allí, contra la pared, había una enorme jaula de gruesos barrotes y dentro, adormilado, había algo peludo. Cuando el animal los olió, abrió los ojos y se puso en pie, moviéndose de un lado a otro con nerviosismo.
Naruto constató que se trataba de un enorme perro, aunque según se acercaban, le pareció más un lobo.
—Eh, preciosa... ¿cómo estás? —le habló Hinata con cariño—. El hombre malo te ha encerrado aquí, ¿verdad? Yo te sacaré, tranquila...
Su voz era dulce y muy suave. El animal gimió en respuesta, frotándose el hocico contra los barrotes. Cuando Hinata se aproximó a la puerta, Naruto agarró el pomo de su espada a pesar de lo que había prometido. Sin embargo, cuando la joven sacó a la enorme loba de pelaje gris y ojos ambarinos, la abrazó sin ningún temor y no pasó nada. Nada, salvo que el animal respondió con alegres lametazos en el rostro de su ama.
—Es una loba —constató.
—Tal vez. Pero aun así, es muy dócil y muy cariñosa. —Hinata se incorporó y lo enfrentó, con la loba pegada a su pierna—. Se llama Trébol.
Naruto parpadeó y miró con más atención la escena que componían. Le pareció que a su esposa la envolvía un halo casi mágico bajo la luz de la luna, con aquel animal de ojos fantasmagóricos a su lado. Era una imagen cautivadora. El deseo por ella lo cogió desprevenido, lo dejó sin aliento y tuvo que carraspear para poder volver a hablar.
—¿Trébol?
—Lleva conmigo desde que era un cachorro. Está acostumbrada a moverse entre las personas, a tratar con ellas. Pienso llevarla adentro, este no es su lugar. Trébol duerme en el gran salón, tumbada cerca del fuego.
Naruto dio un paso hacia ellas con una expresión inescrutable en el rostro. A Hinata le exasperó no poder descifrar lo que pensaba. ¿Siempre sería así? Sin venir a cuento, recordó los ojos de Menma. Él solía mostrar con facilidad sus sentimientos, tanto si estaba alegre como si se enfadaba. Era una ventaja a la hora de tratar con él. Con Naruto, sin embargo, no sabía a qué atenerse.
—No parece peligrosa —dijo al fin—. Pero yo no la conozco como tú.
Ni siquiera lo dijo con tono de amenaza, pero la joven lo sintió así. La imagen de aquel guerrero, matando a Lío, atravesándole la garganta sin compasión, llenó sus ojos de lágrimas.
—Prométeme que no le harás daño.
Naruto inspiró con fuerza. Clavó sus ojos en Trébol y movió la cabeza en un gesto negativo.
—No puedo prometer tal cosa, Hinata. Es un animal... una loba. Puede que sea dócil, pero en el momento en que detecte que alguno de los que están bajo mi protección corre peligro, no dudaré.
—No hace falta que lo jures —le echó en cara con rencor—. Sé de lo que eres capaz. Recuerda que estuve presente cuando tu espada acabó con su padre.
Tan solo los ojos de Naruto, que se abrieron por la sorpresa, delataron que aquella información le había afectado. No dijo nada al respecto, sin embargo. Lo único que hizo fue ratificar su dura advertencia.
—Me alegra de que tengas tan buena memoria. Te resultará muy útil a la hora de controlar a esa bestia, porque ya sabes lo que sucederá al menor indicio de peligro.
Se dio la vuelta nada más decirlo y se alejó con paso airado. Hinata lo observó marchar con un nudo en la garganta. En los dos días que llevaba casada, casi había olvidado lo cruel que podía llegar a ser ese hombre. Casi. Pero, como bien decía, tenía muy buena memoria. Y si no, ya se encargaba él de recordárselo con sus desalmados comentarios.
La joven se agachó junto a su loba, enterró la cara en su suave pelaje y dejó que las lágrimas salieran. Tenía que llorar antes de volver ahí dentro con él. Tenía que desahogarse o no soportaría ni mirarlo a la cara cuando lo tuviera delante. Porque, además, aún quedaba lo peor... Debía comunicarle a su cruel esposo que aquel día tampoco culminaría con la noche de bodas que tenían pendiente.
Cuando regresó al interior de la fortaleza, con Trébol caminando junto a ella, Hinata tenía los ojos enrojecidos de llorar. Sin embargo, su postura era altiva, como correspondía a la esposa del nuevo laird. Se acercó a Naruto, que departía con los otros hombres Uzumaki junto al fuego, y se detuvo a su lado esperando a que la conversación cesara para poder hablarle.
—¿Deseas algo, mujer? —le preguntó con tono áspero.
—Solo venía a desearte buenas noches. Estoy agotada y pensaba retirarme ya.
Naruto asintió. Antes de que ella pudiera darse la vuelta para marcharse, se levantó y la tomó del codo.
—Buena idea, esposa. La jornada ha sido bastante dura y todos deberíamos seguir tu ejemplo.
—¿Nos estás mandando a la cama, laird? —preguntó uno de los soldados Uzumaki que, si mal no recordaba Hinata, se llamaba Lee.
—No todos tenemos tanta prisa por acostarnos. No somos recién casados —se quejó otro, llamado Kiba, con una enorme sonrisa socarrona en la cara.
Hinata se ruborizó al comprender a qué se referían. Se fijó en que todos aquellos hombres los miraban con el mismo gesto de burla en la cara y trató de entender que esas bromas eran habituales entre ellos. Ya en la boda se habían divertido a costa del novio y, por lo que se veía, aún quedaban más días de chanzas hasta que la situación se normalizara.
—Muy bien —gruñó Naruto, para zanjar el tema—. Solo espero que mañana estéis frescos cuando os presentéis ante mí. Me temo que hay mucha tarea por delante con las tropas MacHyuga, así que más vale que ninguno de vosotros alegue resaca, cansancio o malestar.
—Lo del cansancio, ¿lo dices por nosotros... o por ti mismo? ―intervino de nuevo Lee, dándole un codazo al soldado que tenía al lado.
—No seas ignorante, lo dice por nosotros —se burló Kiba—. ¡Nuestro laird tiene mucho aguante!
Todos rieron ante su comentario jocoso. El rubor de Hinata se intensificó y Naruto no perdió más tiempo discutiendo con sus hombres. Mientras salían del salón, la joven se lo reprochó.
—No deberías dejar que hablaran con esa libertad sobre nuestras intimidades.
—¿A qué intimidades te refieres? Porque, que yo sepa, no existe nada entre tú y yo que ocasione tu indignación por sus comentarios.
—¡Eso ellos no lo saben! —exclamó Hinata, soltándose de un tirón del brazo que la conducía por el salón—. Y se mofan a nuestra costa.
—Aún se mofarían mucho más si supieran la verdad, así que, por favor, no te detengas. No creo que debamos mantener esta discusión aquí, en mitad de la sala. Hay criados por todas partes, mis hombres no nos quitan ojo y tal vez tu querida loba se ponga nerviosa si nos ve discutir. No quiero tener que enfrentarme con ella el primer día que paso en este lugar.
Hinata miró a Trébol, que yacía tumbada junto al fuego. Naruto tenía razón: tenía la cabeza erguida y la miraba, como si quisiera asegurarse de que Hinata no corría ningún peligro al lado de aquel hombre de voz autoritaria.
—Está bien, vamos a mi alcoba.
Naruto no añadió nada más y la siguió. Subieron por las escaleras de piedra hasta la galería superior y caminaron por el pasillo que conducía a las habitaciones. La de Hinata no era la principal, pues esa aún la ocupaba su madre. No obstante, Naruto se quedó sorprendido al ver lo amplia que era.
El hogar estaba encendido y, como le ocurriera la noche de bodas, alguien les había preparado el baño. Era de agradecer, después de un viaje tan largo. No obstante, Naruto expuso en voz alta la pregunta que se había formulado en su cabeza cuando ella le dijo adonde se dirigían.
—¿Esta es tu alcoba?
—Sí.
—Tuya. No nuestra.
Hinata se abrazó el cuerpo, nerviosa. Ahí estaba ya la cuestión que estaba temiendo enfrentar desde que terminaron la cena.
—Me dijiste que me darías tiempo.
—Has tenido tiempo. Dos días de viaje, más una noche de bodas durante la cual no te toqué.
—Aún... aún no estoy preparada.
Naruto avanzó hacia ella y Hinata retrocedió por instinto. Los ojos del hombre se habían teñido de un anhelo que la sorprendió, aunque se dijo que posiblemente era debido al cansancio y a aquella ilógica situación. Él bien podría no hacer honor a su palabra y reclamar lo que por derecho le pertenecía. Pero, en lugar de eso, la mirada azul se concentró en sus labios.
—Déjame volver a probar, por favor —le susurró, con la voz enronquecida.
Ya había escuchado antes esa súplica, cuando la besó delante de la puerta de su habitación, antes de la boda. Al recordar aquel momento, Hinata se estremeció y sus propios ojos volaron hasta la boca dura de él.
Fue incapaz de apartarse o de rechazarlo cuando Naruto le tomó las mejillas entre sus manos y tomó sus labios. De nuevo, su inconfundible olor llenó su mundo de sensaciones familiares: tierra mojada, piel secándose al sol tras una tarde en el río, manos manchadas de resina de los árboles, pastelillos de nata... Aquel aroma único la tranquilizaba. Le reportaba la extraña impresión de estar en casa, en un hogar verdadero. Se relajó entre sus brazos y se dejó besar... y más aún, participó del beso.
Los labios de Naruto fueron muy dulces al principio. Incitantes y casi dubitativos. Pero cuando ella respondió, cuando sus propios labios se abrieron y la lengua femenina salió al encuentro de la del guerrero, lo escuchó gemir y sintió cómo reclamaba más.
El beso se tornó salvaje. Naruto devoraba sus labios con una fiereza que dejó la mente de Hinata en blanco. No podía pensar. Solo sentía. Un calor desconocido se instaló en la boca de su estómago, bajando luego como fuego líquido hasta su sexo, que se humedeció. El corazón se le disparó y de pronto ella tampoco tenía suficiente. Le rodeó el cuello con los brazos y se apretó contra él, logrando que el hombre emitiera un gruñido de satisfacción.
La boca de su esposo despertaba en ella sensaciones fascinantes. Era un maestro moviendo los labios y su lengua... ¡esa lengua! Se introducía en su boca casi con desesperación, como si quisiera tomarlo todo de ella y no dejar nada. Hinata enredó los dedos entre los mechones rubios de pelo masculino y le mostró que sabía corresponder a esa pasión enfurecida. Las fuertes manos de Naruto descendieron por su costado, pasaron a la espalda y se aferraron a su trasero para apretarla contra él.
El cuerpo de Hinata experimentó una intensa sacudida de placer. Notó lo excitado que estaba su esposo y aquel hecho se abrió paso entre la bruma de deseo que la sometía hasta enfriar de nuevo sus sentimientos.
—¡No! —jadeó, apartándose de él.
Dio un paso atrás y Naruto la soltó en el acto. La miró extrañado, sin comprender, con los ojos aún nublados de pasión. No entendió el repentino rechazo.
Hinata se llevó una mano temblorosa a los labios hinchados por los besos y la otra mano la colocó sobre su pecho, tratando de calmar los desaforados latidos de su corazón.
—Dijiste... dijiste que me darías tiempo —le reprochó, como si él hubiera cometido un crimen execrable.
Aquello fue como si lo tiraran por sorpresa a un lago de aguas heladas. Naruto se recompuso y se irguió en toda su estatura, con el ceño fruncido. Sus ojos ya no despedían ningún tipo de anhelo... Volvían a ser fríos, velados incluso con una indiferencia que molestó a Hinata. ¿Era capaz de entregarse así en un beso y al momento la miraba como si ella no le importara más que el trapo con el que limpiaba sus botas?
"Vamos, no estás siendo razonable", le dijo una voz en su cabeza. "Decídete de una vez, ¿quieres o no quieres su interés?"
—No te he forzado para que me devolvieras el beso, ¿o sí? ―preguntó él, con el tono monocorde y distante que tanto la crispaba.
—No, por supuesto. Pero yo no... no puedo. Aún no. Es que, cuando me besas, todo me es familiar. Es casi como si... como si...
—Como si Menma te estuviera besando —terminó Naruto por ella.
A Hinata le dolió el corazón al escuchar esas palabras. Pero también, cosa extraña, le dolió la expresión de absoluta desolación en los ojos de su esposo. No fue agradable descubrir que hablar de su hermano jamás lo dejaba indiferente, máxime cuando al hacerlo se abría aquella brecha insalvable en su relación.
—Sí... excepto por la barba —confesó, y se arrepintió enseguida por haber hecho esa estúpida observación.
Naruto se tocó el mentón con la mano y esbozó una sonrisa ladeada que ensombreció aún más su expresión.
—Entonces recordaré no afeitarme para que no haya más confusiones. Al menos, mientras siga estando casado contigo. —Se encaminó hacia la puerta y añadió por encima del hombro—: Algo que, me temo, no será durante mucho más tiempo.
La joven dio un paso adelante y estiró una mano cuando vio que él aferraba el pomo de la puerta para salir.
—¿No dormirás conmigo?
Naruto bufó.
—Me tengo por un hombre bastante fuerte y disciplinado, Hinata. Pero no creo que sea capaz de soportar otra noche como la de nuestra boda.
No la miró cuando expresó esa debilidad. Guardó silencio, con la mano todavía sujetando el pomo de la puerta. Tal vez esperaba que Hinata se retractara de aquel trato infernal que ya empezaba a pesarles a ambos... pero esperó en vano.
—Entonces, ¿dónde dormirás?
—Iré afuera, con mis hombres. Ellos suelen dormir al aire libre.
—Pero ahí fuera hace bastante frío...
—No tanto como en esta habitación —zanjó él, saliendo y dando un portazo.
Naruto se apoyó en la puerta y cerró los ojos. ¡Cada vez era peor! Había estado a un paso de perder por completo el dominio de sí mismo. Cuando empezó a besarla, no imaginaba que Hinata respondería con esa pasión, con ese atrevimiento inocente con el que su lengua había buscado la suya, con ese ardor inconmensurable. El deseo que le roía las entrañas desde que se desposaron lo consumió y se dejó llevar, pensando que tal vez ella había cambiado de opinión.
Hasta que la realidad lo golpeó en la boca del estómago hasta quitarle el aliento.
Hinata no olvidaría. Nunca sería suya.
Abrió los ojos con un hondo suspiro de frustración y entonces la vio. Trébol estaba frente a la puerta de la alcoba de su ama, mirándolo con sus ojos amarillos desbordantes de curiosidad... y advertencia.
—No pienso hacerle ningún daño, tranquila —le dijo.
Se acercó al animal, pero la loba retrocedió, cauta. Naruto hincó una rodilla en tierra y estiró la mano con cuidado. Trébol notó la falta de miedo del guerrero y eso la tranquilizó. Se dejó acariciar y prestó toda su atención a ese desconocido que desprendía el olor de su dueña.
—Así que tú eres la hija de Lío —afirmó, dejando salir la sorpresa que le producía aquella circunstancia—. Después de tantos años, por fin descubro el motivo de que tanto tu padre como tu madre estuvieran a la defensiva. Nunca lo habría imaginado. Perdóname por haberte dejado sin familia. Aunque encontraste otra muy rápido, ¿verdad? ―Naruto miró hacia la puerta cerrada de la alcoba de Hinata y suspiró―. ¿Cómo conseguiste tú ganarte su cariño? —le preguntó al cabo de unos momentos, mientras le rascaba detrás de las orejas—. Tal vez ser una bola de pelo huérfana y adorable fue suficiente. A mí, mucho me temo, me va a costar un poco más lograr que me quiera.
Se irguió de nuevo y se dispuso a salir para reunirse con sus hombres. La loba dudó, mirando alternativamente la puerta cerrada y el corredor por donde el hombre se alejaba. Al final, decidió seguir al guerrero. Después de todo, por su aura de tristeza, parecía que él la necesitaba más que su ama.
Continuará...
