[ XI ]
~ Rencor ~
—
~ VIDIA ~
Vi desde lejos como los chicos de Invierno volvían a su estación, como Peri se iba arrastrando a Tink y Silvermist, y como Zeta se quedaba a solas, andando cabizbaja entre suspiros. Me extrañó que no fuera con ellas, pero más me extrañó el movimiento de sus alas.
Batallé en una decisión que tardé en tomar, hasta que me aventuré a acercarme a ella a vuelo bajo, necesitaba salir de dudas.
—Mírate, andando a casa para ahorrar polvo de hada, no has perdido las costumbres eh— me miró entre asustada y sorprendida, un sabor amargo se mezclaba en mi boca.
—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar con tu novia?— me costó un momento adivinar que se refería a Tink.
—Está más que entretenida con su hermana ahora, y hacía tiempo que no me metía contigo así que he dicho, oye, ¿por qué no hacer la puñeta a Zeta un rato?
—Genial— siguió andando, ignorándome. Sus alas seguían firmes e inmóviles, sin duda algo les pasaba.
—¿Cuánto hace que no vuelas?
—No creo que te importe— respondió a media voz, agilizando sus pasos. No parecía querer hablar, así que la forcé un poco. Había muy pocas enfermedades que impedían volar a las hadas, y tenía curiosidad por saber cuál era.
Le eché una ráfaga de viento por la espalda, separándole las alas, atenta a su reacción. Le dolió, y no poco precisamente, eso confirmaba la peor de mis sospechas.
—¡Déjame en paz ¿quieres?! Vete a molestar a otro.
Agarrotamiento por pérdida de aurora, intuí que se jodió las alas probando polvos que no debía, y tarde o temprano se las tendrían que quitar, si no el virus podría extenderse por su cuerpo, afectando a sus órganos vitales.
Necesitaba saber que era consciente de ello, que había hablado con las hadas sanadoras al menos.
Aterricé delante de ella, cortándole el paso.
—¿Y cuándo dices que te las quitan?— me echó una mirada que me atravesó por dentro, fue un instante pero suficiente para revivir aquellos tiempos, acribillándome por un dolor que seguía sin curar.
—¡Que te largues! Métete tus bromitas por el culo— me apartó, con un enfado respetable.
No insistí más, iba a ser más productivo hablar con las hadas sanadoras directamente. Una mezcla de sentimientos encontrados me revolvió el estómago.
En Primavera, de camino al centro, me topé con un par de desastres jugueteando con Sil. Aterricé para ver qué tal lo llevaban.
Tink me regañó un poco por "perderme" el momento de Peri, me excusé diciendo que me había levantado tarde. Me alegré de ver a la nueva hada cálida pasándoselo tan bien, pero mi mente estaba en otra parte.
Me habló de Zarina mientras las hadas del agua se entretenían, tratándome de convencerme de algo que sabía de sobras.
—¿Qué les pasa a sus alas?— la interrumpí, ella quizás lo sabría.
—¿Por qué no se lo preguntas tú misma?— rodé los ojos, no iba a decírmelo. —Venga Vid, sé que en el fondo te preocupa, sé que quieres arreglar las cosas y volver a estar como antes…— me asustaba lo mucho que Tink podía ver bajo mi rostro a estas alturas.
—No te flipes, sólo me preguntaba si podría ver cómo le cortaban las alas desde primera fila, sería un gran espectáculo— la dejé con la boca abierta.
—No puedes estar diciendo eso en serio.
Conseguí que hablara, estaba en lo cierto. Zeta llevaba meses sin poder volar y le iban a quitar las alas en una semana. Odiaba, desde lo más profundo de mi corazón, que las hadas perdieran el derecho a volar, lo era todo para mí y jamás sería capaz de imaginar una vida sin poder surcar el cielo.
Y me dolió, me dolió no haber estado a su lado para sobrellevarlo, yo mejor que nadie podría haber sido su hombro en el que apoyarse, pero no, estúpida de mí tenía que guardarle rencor.
—Bueno, veo que lo tienes todo bajo control así que voy a echarme una siesta un rato, divertíos.
—No te vayas Vid, porfa~— le di un pequeño beso en los labios, los echaba de menos.
—Pasaré a veros por la tarde, estéis donde estéis.
Desaparecí, volé hacia la biblioteca para rebuscar entre libros información sobre el procedimiento, los riesgos y el tratamiento de la extirpación de alas. Mis ojos se horrorizaban, pero tenía que saberlo.
Fui al centro de hadas sanadoras para aclarar un par de dudas que tenía sobre su enfermedad, era muy poco común y la información escaseaba. De pregunta en pregunta, me topé con el hada que llevaba su caso, dijo que no me preocupara.
—¿Por qué no le quitasteis las alas antes? El agarrotamiento podría extenderse a su cuerpo.
—Somos conscientes de ello, pero nos avisó apenas hace unos días— no pude entender por qué demonios no acudió a ellas antes. —Los preparativos están en marcha, todo saldrá bien así que no tienes de qué preocuparte.
Demasiadas veces me había dicho que no me preocupara.
Salí de allí con un nudo en la garganta, me odiaría a mí misma por el resto de mis días si algo iba mal, porque yo podría haberla arrastrado a las hadas sanadoras el día uno, en vez de meses después.
Comí algo rápido con muchos pensamientos en mi cabeza, y otra vez, terminé derramando lágrimas en el plato. Zarina en mi cabeza me revivía recuerdos que no quería recordar, había pasado mucho tiempo y aún así, podía escuchar su voz preguntándome si el monte de los halcones sería peligroso.
Golpeé mis puños en la mesa, ¿cómo iba a superarlo de esa forma? ¿cómo iba a ser capaz de arreglar nada con Honey golpeándome el alma?
No fui a ver a las chicas por la tarde. Me deseché en la cama asqueada por todo, envuelta en pesimismo, tratando de dormir para escapar de la realidad aunque fuera por unos pocos minutos, manteniendo mis lágrimas a raya.
Me iba a costar mucho levantarme después de aquello, me estaba haciendo trizas.
Un par de voces curiosas me hicieron abrir los ojos al atardecer, fingí estar dormida aunque de nada iba a servir.
—… y esta es su habitación, no creo que esté así que… Oh, ¡Vidia! No me digas que llevas durmiendo desde la mañana.
—¿Qué hora es?— me sacó de la cama, regañándome para variar.
—La hora de ponerse las pilas, vamos. Habíamos pensado en ir al teatro esta noche, justamente dan la leyenda de la reina de las nieves, la historia de las hermanas.
—Que os lo paséis bien entonces— no estaba de humor para salir de casa.
—Pero acompáñanos~— pidió Tink, zarandeándome el brazo.
—¿No has dicho que era sobre hermanas? Además ya me la sé— me puso su cara enfadada.
—Estaremos todos, vendrá Sil, Fawn, incluso Clank y Bobble, será como en los viejos tiempos. Venga, ¿qué me dices? ¿Qué pasó con lo de que tienes que estar más con tus amigas y blah blah blah?— odié que hubiera sacado ese tema ahora.
—Iría, pero apuesto a que Zeta vendrá y n-
—No, no vendrá…— me miró directa a los ojos —fuimos a preguntarle, pero no está de humor que digamos— suspiró, guardando sus palabras.
Terminé cediendo, no me apetecía nada pero al menos eso me distraería de mis tormentos.
Cenamos en casa de Fawn, como solíamos hacer antes, con la nueva hada del agua como centro de atención y una alegría general. Era un día de celebración, todos estaban felices y aún así, sentía mi pecho arder. Sentía la preocupación de Tink a leguas, pero tuvo el detalle de no insistir conmigo.
No podía quitarme a Zeta de la cabeza, ella necesitaba este ambiente más que nadie. Intuí que estaría sola, en casa, tratando quizás de arreglar sus alas con uno de sus polvos mágicos. Me sentí muy impotente, inútil.
Nos metimos en el teatro, Viola presentó los personajes y en nada nos hundió en una historia que nos sabíamos todos, pero que llegó a mi alma como nunca antes sin saber por qué.
Me escaqueé hacia el final, no aguantaba más estar en el lugar equivocado. Volé hacia casa de Zeta entre una tranquilidad inquietante, la noche era silenciosa en la ladera del molino.
Saqué un momento la cabeza por su ventana, viéndola entre libros, trasteando con sus aparatos, hablando consigo misma en voz baja. Mis nervios me taladraron.
No supe cómo presentarme ahí sin que me echara a patadas, así que me senté en el suelo, apoyada en la pared de su casa, sabiendo que no iba a tener el valor de entrar por esa puerta.
Me quedé más tiempo del que me gustaría reconocer. La escuché frustrándose, peleándose para conseguir algo imposible, hasta que quedó en silencio.
Sus llantos se sintieron como negras gotas de agua chocando en mi corazón. Me abracé a mis piernas ocultando mis lágrimas, cobarde por no atreverme a atravesar la densa niebla que nos separaba.
Volví a casa destrozada, asqueada conmigo misma, recordándome lo estúpida que era.
Tardé en dormir, como la noche anterior, perdiendo mis ganas de seguir con todo aquello. Quizás debería aislarme otra vez, olvidar el mundo y rehacer mi vida, centrarme en volar rápido, que es lo único que se me da bien.
Una salamandra enorme se echó encima de la cama, lamiéndome la cara como si quisiera comerme.
—¡Aparta bicho!— Fawn, Tink y Peri se reían como si fuera lo más gracioso del mundo, conseguí echarlo de la cama. —¿Qué hacéis con… eso? ¿Cómo demonios ha entrado por la puerta?— dije secándome la cara con el pijama.
—Salami, sal al comedor— ordenó Fawn, haciendo que el bicharraco trepara por la pared y pasara por la puerta de lado con agilidad. —¿A que es genial?
—No, no lo es, ¿se puede saber qué hacéis?— no podía estar de peor humor para esas cosas.
—Como Zarina no puede volar, hemos pensado darle una montura. Así no tendrá que ir andando por todas partes— explicó Tink con demasiada ilusión.
—Genial, y era necesario meterla en casa ¿porque…?
—Nos vas a acompañar— añadió Peri, decidida.
—Ha, no. Fuera, todas, ahora mismo.
—Pero n-
—¡Fuera he dicho!— odié tener que gritarles, pero no iban a dejar de insistir de otra forma.
Fawn y Peri salieron, pero Tink no, Tink se quedó mirándome fijamente, acercándose hasta arrodillarse en la cama.
—Quiero ayudarte Vid, sé que lo estás pasando mal porque tú no eres así. Te encierras pensando que se pasará todo y no, así no consigues más que hacerte daño a ti misma.
—¿Has terminado?
—No, no he terminado— se acercó aún más, apoyándose en mí —tu pasado sigue torturándote y lo seguirá haciendo hasta que soluciones lo tuyo con Zarina. Vamos Vid, sé que quieres ayudarla, no va a poder volar nunca más y estoy segura d-
—Ya ya ya, muy bien, ahora lárgate— la aparté, poniéndome en pie.
—¡Qué no!
—¡Si tuvieras la mínima idea de cómo son las cosas me dejarías en paz, no sabes lo que pasó entre nosotras, ni de lo que pienso, ni de nada, así que déjate de frases cursis y vete!— y estallé.
Me miró decepcionada, pensativa, retrocediendo su vuelo hasta desaparecer por la puerta, dejándome con otra herida que tardaría en curar.
No podía presentarme delante de Zeta sin más, ignorar lo que pasó y hacer como si nada, eso no funcionaba así.
Ojalá fuera capaz de decirle lo que siento, abrirme ante ella y arreglar las cosas, de verdad que me aliviaría una barbaridad perdonar nuestro pasado, pero el mero hecho de pensar en ello me bloqueaba el alma.
Las escuché irse, así que me tumbé de nuevo en la cama. Cambié de pijama, con una pizca de esperanza pensando que podría volver a dormir, pero no. Me hundí en mis sábanas pensando en que todo lo que hacía era discutir.
Un ruido inesperado me hizo ponerme en alerta. No podía ser cierto. Salí de la habitación mosqueada de cabeza a la cocina.
—¿Se puede saber qué haces?— Tink seguía allí, sola, empezando un intento de desayuno.
—Ayudarte a ponerte las pilas, porque yo no me rindo como otras— sentenció, enfadada. Le agarré las muñecas para que parara.
—Pues deja las pilas donde estaban y olvídalo.
—¡Oblígame!— sus ojos ardían de rabia. Iba a usar mis poderes para echarla hasta que me di cuenta que no serviría de nada. Iba a seguir insistiendo una y otra vez, incansable. La solté sin más remedio. —Tú me has ayudado mil veces, déjame ayudarte ahora, no soporto verte así… Sola no conseguirás cambiar las cosas, y mucho menos tirada en la cama de esa forma.
Se hizo con mi cuerpo, y algo más que eso. Me besó suavemente, dándome un amor que no merecía y que no devolví. Aún así, aún con su ayuda, no iba a poder hacer nada.
—Iremos poco a poco, aleteo a aleteo. No tienes que hablar con ella siquiera, sólo… ven con nosotras y muéstrale que le importas aunque sea un poco, ahora mismo piensa que la odias a muerte y te tiene miedo— fruncí el ceño —la atacaste con tu talento ayer mismo, ¿qué demonios se te pasa por la cabeza?
—¿Cómo sabes eso?
—Es mi amiga ahora ¿sabes? Nos quedamos a dormir en su casa y estuvimos charlando. Por favor Vid, no dejes que siga sufriendo de esta forma… no se lo merece— no pude evitar que mis ojos se me humedecieran.
Me abrazó tomando mi silencio como respuesta.
—Además, echo de menos jugar contigo y con el humor que llevas…— me agarró el culo, pervertida.
—Eres un incordio, lo sabes ¿no?— su sonrisa victoriosa le dio brillo a la cocina.
Preparamos el desayuno entre las dos. Seguía sin ver claro cómo iba a solucionar nada pero me dejé llevar por ella, no tenía otra opción.
Me arrastró fuera, sólo íbamos a ir con las demás, sólo era otra más del grupo, sólo tenía que estar ahí, sólo necesitaba aletear hacia allí. No tenía sentido que me sintiera así, ayer pude acercarme a ella sin más, hoy podría hacerlo también.
Aminoré el paso con cada latido de más, los nervios me revolvían las tripas, me entraron ganas de vomitar y mi respiración se disparó. Iba a entrar en pánico y era muy consciente de ello.
—Tink, no puedo, no puedo hacerlo.
—Oh venga, pero si ya casi estamos~— retrocedí, me iba a ser imposible. —Vid, mírame— se hizo con mis manos. —Estoy contigo ¿me oyes? no me separaré de ti en ningún momento— trató de besarme, pero me aparté.
—No puedo hacerlo.
—Puedes, sé que puedes, y confío en ti más que nada ni nadie. Podemos hacerlo juntas, juntas somos invencibles— tragué saliva, centrándome en el color de sus ojos, dejando mi mente en blanco. —Confía en mí esta vez.
Asení.
Me besó las manos y seguimos nuestro camino, haciendo lo imposible para mantener mi mente en blanco.
Sus voces dispararon mis nervios, vi en un parpadeo como Zeta montaba la salamandra, seguida de Peri, Sil y Fawn. Fijé mi vista en Tink, apretando mis dedos, sabiendo de sobras que esto iba a ser una mala idea.
—¿Qué hace ella aquí?— su voz me hizo cerrar los ojos. Hice un esfuerzo enorme por no soltar una estupidez, no podía ponerme esa máscara ahora.
—Ha decidido acompañarme porque quería ver cómo estabas— Tink habló por mí.
—Aha… si tú lo dices…— levanté la mirada un momento y nuestros ojos se conectaron, atropellando mi ser con una fuerza de cien caballos, imaginando el rostro de Honeydrop a su lado. Desvié la mirada a unos arbustos, nadie se atrevió a abrir la boca y el silencio no podía ser más crispado.
—¿Quieres subir Vid? Es diver— habló Silvermist. Meter mi trasero en un sapo era lo último que quería hacer.
—Creo que será mejor que me vaya— ni siquiera terminé la frase y ya estaba huyendo, otra vez.
Escapé y nadie me lo impidió. Volví al monte de los halcones, echándome a volar a toda velocidad. Centré mi cabeza en el circuito que conocía de memoria, tomando las curvas cerradas, haciendo vibrar las copas de los árboles y forzando mis alas.
Necesitaba ese oxígeno, desahogarme, olvidarme de todo y de todos.
No sé muy bien qué pasó entonces, la imagen de Honeydrop apareció ante mis ojos, nítida y perfecta, alargando su más preciosa sonrisa con los párpados bajados y sus trenzas castañas.
Perdí el control de mis alas en un mal tramo, y por muy poco me doy de bruces contra una rocosa pared. Toqué de pies al suelo temblando entera, podría haber caído por aquél barranco, a tanta velocidad.
Ni siquiera volar ya, sentía que mi cabeza iba a explotar. Enfurecí en rabia lanzando ráfagas sin control y haciendo tornados chocar entre sí. Terminé dando un puñetazo contra un árbol, enrojeciendo mis nudillos.
Caí exhausta, riéndome entre lágrimas porque ya no sabía qué hacer.
Volví a casa hacia el mediodía, asqueada, sin ganas de nada. Ni siquiera comí, me dejé caer en la cama y me fui al mundo de los sueños.
Abrí los ojos con un aroma de más, Tink me abrazaba por la espalda. Iba a decepcionarla de nuevo. Di la vuelta con cuidado, dormía, y su rostro me hizo cerrar los ojos con fuerza. Un latigazo volvió a recordarme a mi hada del agua favorita, y mis ojos se inundaron.
La desperté sin querer, y consoló mis llantos con todo su cariño. Dijo que lo soltara, que le hablara, que lo dejara correr todo de una vez por todas.
—Honeydrop…— así empecé.
Expliqué que no podía dejar de verla, que cada vez que Zeta aparecía en mi mente me rebotaban sus recuerdos, que me estaba volviendo loca y que la echaba mucho, mucho de menos.
No pidió que parara, en vez de eso preguntó por ella, cómo era, qué me gustaba de ella, qué aspecto tenía… y se lo conté. Nunca había llorado tanto en mi vida, lloré por todo lo ocurrido, por perderla en el monte de los halcones y por no poder traerla de vuelta. La quería, la quería con toda mi alma y la perdí.
Acabé con mi pecho en calma, descansando en el torso de Tink mientras me acariciaba con tranquilidad. Parpadeé al dejar de sollozar, el tiempo se ralentizó, mis pulmones se llenaban de aire y podía escuchar el silencio absoluto, sin ruidos. Estaba en paz.
—Gracias— le dije al fin.
—Apuesto a que te sientes mejor— no sé cómo lo hizo, pero consiguió dar la vuelta a mis pensamientos. Zarina ya no me torturaba por dentro, ahora todo era… diferente, más sencillo, más claro.
Nos quedamos en la cama hasta que tuve suficiente. Me di una ducha que necesitaba, comí por el hambre que tenía y le pedí ir a por Zarina. Era el momento de hacer las cosas bien, de una vez por todas.
