Aroma a Amapolas
Verlo tirado en el árbol y un poco adolorido le causaba una leve gracia. ¿De verdad ese bastardo podía verse tan patético ante una mujer como Kagura? Sin embargo, no podía evitar preocuparse por la herida que le había hecho. Después de todo había manchado su hakama con sangre.
Si bien no era profunda, ella no sabía si había sido del todo inofensiva, por lo que prefería cerciorarse del corte que le había dado.
— Quítate el kimono.
— ¿Qué? — Okita estaba un poco impresionado por la petición de Kagura. — ¿Acaso te gustan las heridas? ¿Tienes alguna especie de fetiche o algo así…? ¡Teteteteh…! — se quejaba. Hablar mucho hacía que le doliera un poco el abdomen.
— ¿Te lo quitas tú o te lo quito yo? — Lo amenazó nuevamente con su espada — Tú eliges.
— No me sentaría mal ver como una mujer me quita el kimono. — la mirada coqueta que le lanzaba hacía entender a Kagura que todo lo que le había dicho lo había malpensado. ¿Acaso ese chico solo podía pensar en una cosa?
— No me mires de esa manera — se agachó un poco para quedar a su altura y comenzó a desatar el kimono de Sougo — estás malinterpretando todo.
Realmente, Sougo no había previsto que esa chica le haría caso y comenzaría a despojarlo de su prenda superior.
Sentía como las delicadas manos de la bermellón pasaban a través de su cuello y su torso. Sin palparlos del todo, pero dejando una sensación cálida en su piel.
Veía como sus ojos azules tal mar se mantenían estoicos debido a la concentración de la chica para quitarle el kimono. El cómo sus gráciles cabellos viajaban a través de sus mejillas y de vez en cuando, uno que otro mechón travieso se movía por efecto de la gravedad, dándole el escenario más hermoso que podría ver esa noche.
— ¿Por qué haces esto? — le preguntó finalmente, intentando despejar esos pensamientos tan atrayentes de besarla al ver sus rojos labios brillar bajo la luz de la luna.
— Aunque seas mi rival, aun no quiero matarte. Quiero pelear contigo de nuevo — sacó unas vendas de su kimono y comenzó a curar la herida de Sougo. El ojicarmín estaba completamente impresionado — es por eso, que aunque te hiera, preferiría que te recuperaras pronto. — Lo miró a los ojos y sonrió desafiante — Así podré patear tu feo trasero cuantas veces quiera.
— ¿Y a mí me dices sádico? — sonreía un poco haciendo reír levemente a su rival. Nunca pensó que vería a esa chica tan amigable. Esa mujer era sumamente seria si se trataba de él y ver otra faceta de ella que no fuera la de "Oye, bastardo. Te voy a matar" se le hacía bastante lindo.
— Por lo menos yo no disfruto de pelear con enemigos en la guerra como tú lo haces. No creas que pasas desapercibido. — apretó fuertemente las vendas haciendo que Sougo se quejara un poco — Tu mirada me lo dice todo.
— Eso dolió, bastarda… — se sujetaba el abdomen mientras se quejaba. — ¿Así que tú también te dedicas a leer miradas? No me lo esperaba de ti.
— Debo conocer bien a mi rival — se sentó a un lado de él reposando su espalda en el tronco del árbol y continuó — Se dice que hay que tener a los amigos cerca y a los enemigos aún más cerca.
— ¿Así que tu amabilidad es solo parte de tu estrategia como guerrera fuerte del clan? — Cerró sus ojos y reposó su cabeza en el árbol — Que cruel eres, China. Y yo pensé que había comenzado a caerte bien.
— ¿Cómo podría caerme bien un imbécil que entra sin permiso a mi habitación?
— Ja, ja. No tengo nada que objetar contra eso — abrió los ojos y dejó de sonreír un rato. Veía la blanca luna reflejarse en el cristalino río y los pétalos de cerezo cayendo sobre él. Si antes ese escenario le parecía hermoso estando solo. Ahora le parecía de lo más sublime estando ella a su lado. Su pecho sentía ese calor tan agradable que no había sentido nunca antes de conocerla y la veía de reojo de vez en cuando para darse cuenta de que ella también apreciaba esa brillante luna sobre el agua. — ¿Por qué no apareciste durante toda una semana?
Kagura se esperaba una pregunta como esa, sin embargo se mantuvo callada.
No quería decirle la razón, realmente le parecía estúpida porque ¿quién en su sano juicio sentiría calor en el pecho y nerviosismo en el cuerpo de solo pensar que tendría que verse de nuevo con su rival? Eso era lo que sentía Kagura y prefería evitarlo a toda costa.
Desde que ese chico había entrado en su habitación y se dio cuenta de que la entendía y detestaba tenerlo como un rival porque le hubiera gustado tenerlo aunque sea como un gran amigo, su corazón palpitaba con más fuerza que antes, entonces creía que si no lo veía por una semana, ese corazón caprichoso no la molestaría más. Pero se había equivocado y no tenía idea de cómo logró vendar el abdomen de Sougo sin que sus manos tiritaran tal gelatina.
— Te dije que tengo más ocupaciones que pelear contigo.
— ¿Otra vez no me dirás razones? Esa vez pasó lo mismo. Nunca me dijiste por qué no podías dormir. — la miró directamente y comenzó a observar su cabello. Se veía tan tentador que le gustaría tomar aquellos mechones y olfatearlos para sentir ese dulce aroma a amapolas.
— Olvídalo, Sádico. Si una dama no te da razones no le insistas.
— ¿Eres una dama? — bufó creando que la chica inmediatamente se molestara.
Kagura detestaba que se burlaran de ella, por lo que en un movimiento rápido se abalanzó para golpearlo. Sin embargo, la herida que le había hecho no dejaba que Sougo se defendiera del todo y cayó al pasto quedando ella encima de él haciendo que se miraran directamente a los ojos.
Si bien Okita sentía un poco de dolor al tener a Kagura encima de él y de su herida, ese dolor se veía menguado por los maravillosos ojos azules de la chica. Y su cara de impresión hacía que se viera más hermosa aún.
Recorría su rostro deseoso de poder besar aquellos carmines labios y, aprovechando la cercanía, tomó uno de esos ansiados mechones y se lo llevó a su nariz para luego besar su cabello con suavidad.
— Tienes un aroma muy dulce, Kagura…
El corazón de la bermellón comenzó a latir con fuerza y sus pálidas mejillas se tiñeron de un rojo tan notable como los ojos de Sougo.
Dejó de lado aquel mechón y comenzó a acariciar la mejilla de su rival. Su piel se sentía tan suave ante su tacto, esperaba deseoso tocar aquellos labios con sus dedos mientras Kagura se mantenía inmóvil.
Podía escuchar el corazón de la bermellón latir a mil por hora gracias al silencio de la noche y la miró con una sonrisa sincera mientras sus ojos carmines estaban tan ansiosos como su boca.
— ¿Estás nerviosa? — le preguntó sin más. Verla de esa manera se le hacía tan sensual.
— ¿Quién está nerviosa…? — y a pesar de querer sonar amenazante, no lo lograba. Su voz se suspendía de un hilo y sus ojos se tornaban deseosos. Veía de vez en cuando los labios de Sougo y sentía unas ganas inexplicables de probarlos.
— Te estás cargando sobre mi herida… — le había dicho tranquilo, haciendo que Kagura saliera inmediatamente de su trance y quisiera levantarse.
— Lo siento mucho — en cuanto intentó erguirse, el castaño la tomó de la cintura y en un movimiento rápido, la posicionó bajo él, dejando que sus castaños cabellos cayeran con gracia sobre su cuello llegando hasta a un lado de la cara de Kagura, y que los bermellones hilos de la chica se desplegaran por el pasto de una manera bastante coqueta.
— Ahora sí está mejor… — comenzó a acercarse a su rostro y no podía evitar pensar que aquellas mejillas sonrojadas le sentaban tan bien a la pálida piel de Yato. — Realmente eres tan hermosa bajo la luna…
— O-Okita… — estaba demasiado nerviosa, incluso más que la primera vez que Sougo se había acercado a ella. — Esto no está bien… — y a pesar de decir aquello, ella no hacía ningún ademán de alejar su rostro para evitar ese beso.
— Tranquila, si no lo ves, no es un delito…
Okita tapó sus ojos con su mano notando así el calor que emanaba de su rostro y con sutileza se acercó a los labios de Kagura, rozando su maquillaje carmín y sintiendo que eran tan cálidos como el sol veraniego. Fue entonces que la besó.
No podríamos llamarlo un beso pasional, pero sí uno sincero. El tiempo se había detenido en aquellos labios, compartiendo el calor del otro y sintiendo la suavidad acolchada de esa cálida boca.
Retiró la mano de los ojos de Yato y se dio cuenta de que sus ojos se mantenían cerrados.
Se alejó levemente de ella haciendo que sonara un leve chasquido de sus labios y se dedicó a observar como la chica abría lentamente sus cuencas para mostrar unos hermosos y azules orbes, tan brillantes como la luna reflejada en el río.
— Guardemos este secreto… — le dijo acariciando sus labios y recordando lo exquisito que eran. — No es bueno que alguien se entere de esto.
— Lo sé… — se levantó para sentarse estando a la misma altura de él y retiró su mano despacio y con suavidad — es mejor que no lo vuelvas a hacer, Okita. — ladeo un poco su rostro y se tapó la boca con su mano — No fue para nada agradable. Eres tan mal besador como rival. — sus mejillas estaban completamente rojas. Realmente sus reacciones eran más sinceras que sus palabras.
Sougo solo sonreía ante tal aseveración. Él sabía que Kagura mentía, él sabía que esa chica había disfrutado tanto ese beso como él.
Se dedicó a mirar el río que yacía frente a él y sonreía feliz de poder acercarse ahora más que nunca a su rival. Sin embargo, la voz de la bermellón lo había sacado de su trance.
— Okita — mencionaba seria a la vez que retiraba la mano de su boca — Esto no impedirá que sigamos siendo rivales. — se levantó del pasto sin mirar a Sougo y se dio la media vuelta, deteniendo un poco su andar antes de retirarse — Independiente de lo que acaba de pasar, esta batalla ya fue decidida, y sabes quién ganó.
— ¿Estás segura de eso? — no la miraba y seguía sentado mirando el río. — No podría considerarme perdedor si logré probar tus labios.
— Eres un idiota — se había sonrojado de inmediato en cuánto escucho lo que Sougo quiso decirle, sin embargo agradecía que él no pudiera verle la cara — No perderé contra ti, ni hoy ni nunca, así que te espero mañana aquí mismo para volver a darte una patada en el trasero.
— ¿Es una especie de reunión clandestina?
— No te sientas halagado, es lo que hemos estado haciendo durante todo este tiempo. No te sientas especial, sádico.
Sougo rio de manera tranquila y sintió unos pasos que amenazaban por irse detrás de sí. No obstante, la detuvo con su voz, necesitaba preguntarle algo antes de irse.
— Kagura. — El sonido de las pisadas en el pasto se detuvieron en seco para escuchar al castaño — ¿puedo hacerte una pregunta? — el silencio inundó aquel lugar. El que calla otorga, como dice el dicho — ¿Por qué te maquillaste esta noche?
— Te lo responderé mañana —
Las pisadas volvieron a sonar cada vez más lejos y Sougo se quedó nuevamente solo, pero feliz.
