16

Naruto

Ino debe haber estado esperando esta noche tanto como yo. Ella ya se encontraba en mi casa, esperando en la parte delantera del edificio con Sai cuando llegué a casa del trabajo.

—Llegas temprano —dije mientras me acercaba, sin aliento y ansioso.

Ella saltó hacia adelante con una sonrisa y una bolsa de ropa doblada sobre el brazo. —Oye, he sido una buena chica y me he quedado aquí hasta que llegaras a casa para no arruinar la sorpresa. Pero en serio, H. puede querer arreglarse. Es la primera noche que va a salir desde que nació Sumire. Tengo tres vestidos para que elija, y un par de pares de zapatos.

Negué con la cabeza y miré a Sai en cuyos brazos se apilaban cajas de zapatos. —Chicas.

Él me lanzó una mirada seca sobre ellos. —Oh, dímelo a mí.

Ino inhaló mientras me siguió hasta el vestíbulo. —Voy a ignorar sus comentarios masculinos porque soy así de impresionante. —Entonces golpeó su cadera con la mía—. Así que, ¿a dónde la vas a llevar? Sabes que su favorito es la comida italiana, ¿no?

Sonreí, porque lo sabía. —Pensaba llevarla a Luigi, en la Plaza.

Ino aplaudió y me envió una sonrisa de aprobación. —Perfecto. Le encantará eso. —Parloteó todo el camino por las escaleras hasta el tercer piso, diciéndome que quería hacerle al pelo de Hinata y cómo descargó la canción perfecta en su iPhone para bailar con Boruto.

—No puedo esperar hasta que Sumire tenga la edad suficiente para que pueda jugar con su pelo. Voy a comprarle tantos lazos y broches.

Hice una pausa para desbloquear mi puerta, solo para fruncir el ceño cuando la encontré ya desbloqueada. —Eso es extraño. —Empujé. Lo primero que oí fue a Luchador y a Sumire llorando en el pasillo de nuestra habitación.

Un escalofrío corrió por mi espalda. No había vuelto a casa con un bebe llorando desde el día que Fūka se fue y abandonó a Boruto. Jesús. Hinata no me habría dejado y abandonado a mis bebés.

¿No?

Empecé a caminar hacia el pasillo cuando la oí gritar.

—Narut… —El grito fue interrumpido antes de que algo sonara en el suelo de la cocina seguido por sonidos de lucha.

—Hinata. —Salí corriendo en esa dirección y fui hasta la entrada.

Lo que vi fue como si mis pesadillas se hicieran realidad. Un bastardo muerto, porque iba a matarlo, que llevaba un puto traje de tres piezas, luchaba con ella y por la posesión de un cuchillo de cortar, mientras él la inmovilizaba contra la nevera. Las lágrimas corrían por su rostro, donde fue herida y con una hinchazón de la frente hasta la mejilla. El escote de su camisa se hallaba roto y había marcas de garras en su cuello.

Lanzándome hacia adelante, agarré la muñeca del viejo hijo de puta y lo arranqué, satisfecho cuando oí un chasquido y gritó. Cuando el cuchillo se le cayó de la mano rota, lo arrastré fuera de Hinata y lo alejé, empujándolo contra los armarios y haciendo que la parte posterior de su cabeza chocara contra la madera.

Todavía estando aturdido por el golpe, lancé otro en su cara y luego uno en el estómago, solo para darme cuenta que se había desabrochado el cinturón y el botón superior de sus pantalones.

—Oh, hijo de puta. Estás muerto.

Después de otro golpe, voló su sangre, pero unas manos y brazos se envolvieron alrededor de mí y me tiró hacia atrás. Las voces de Sai y Hinata zumbaban en los oídos. Me resistí, pero cuando una Hinata sollozando se puso en medio del hombre que intentaba matar y yo, poniéndose enfrente de mí, era imposible luchar sin lastimarla.

Sai me apoyó contra la pared del fondo, pero todavía podía ver al bastardo mientras negaba con la cabeza, luego se tomó la cara y se limpió la sangre de su nariz. Lo reconocí. El rico despreciable de la tienda que vino con una rueda pinchada en su Bentley. Por alguna razón, eso me cabreó aún más. Me hizo pensar que eligió específicamente como blanco a Hinata.

Así que traté de dispararme hacia él para vengarme, pero Hinata estaba desesperada por mantenerme alejado.

—Por favor —rogó—. No, Naruto, no. No puedes. No tienes ni idea de lo que es capaz. Podría destruirte. Por favor. —Hundió la cara en mi cuello, sus lágrimas mojando mi piel.

El shock me hizo succionar el aliento. No podía creer que ella conociera a este asqueroso. —¿Quién diablos es él?

—Su padre —me respondió Ino desde la puerta de la cocina donde estaba pálida y congelada, y boquiabierta ante su tío con una pila de cajas de zapatos derramados que cubrían el suelo a sus pies y la bolsa de ropa que ella aferraba a su pecho.

Ante el sonido de la voz de su sobrina, el cabrón de Bentley giró hacia Ino.

La mirada de ella cayó a su cinturón abierto. —¿Tío Shaw? —Con un sollozo, dejó caer la bolsa de ropa y se tapó la boca con ambas manos mientras retrocedía un paso.

Miré a Hinata justo cuando ella me miró. La derrota en sus ojos lo explicó todo; el dolor, la vergüenza y el arrepentimiento. Su expresión me dijo quién la había estado maltratando durante años.

—Oh, mierda —susurré.

Sus ojos se abrieron. —Naruto. —Puso sus dulces dedos en mis mejillas, manteniendo mi enfoque en ella y nada más—. Por favor, no lo hagas.

Yo vibraba de la rabia. Quería destrozar al monstruo que había aterrorizado a mi Lunita.

Pero, mierda. ¿Su propio padre? Cerré en puños mis manos y apreté mis ojos, tratando de obedecer a sus suplicas. Parecía vital para ella que no lo golpeara, pero Dios, quería hacerlo. Incluso tuve que rebotar mi rodilla para aliviar parte de la agresión zumbando a través de mí.

—Ino, no viste nada —decía el cretino; su voz me hacía retorcerme, ansiando atacarlo—. Podría destruirte, ¿entiendes? Si le dices algo a alguien, te destruiré a ti y a tu noviecito prostituto de allí.

Ino jadeó y se puso pálida, mientras Sai se estremecía contra mí. Hinata seguía mirándome fijamente, rogándome con la mirada, pidiéndome que mantuviera la calma. Presioné mi frente contra la suya y traté de enfocarme en nada más que ella.

Pero su jodido padre tuvo que apuntarme a mí después. —Y tú. Vas a pagar por poner tus sucias y manchadas manos huérfanas en mí.

Tal vez debería haber estado sorprendido de que supiera tanto de mí.

Pero me encontraba más ansioso por destruirlo.

—Adelante —dije—. Me encantaría…

—No —gimió Hinata. Me agarró con más fuerza y apretó la mejilla contra mi pecho.

Un gruñido salió de mi garganta. Maldita sea. ¿Por qué no quería que lo lastimara por ella?

De alguna manera, apenas respetando sus deseos, me quedé mirando a su padre sin perder el control. No estoy seguro de cómo lo logré, pero me impresioné con mi propia habilidad de retener mis emociones, a pesar de que todavía podía oír a mis niños al final del pasillo, llorando por nosotros.

—Lárgate de mí maldita casa —gruñí.

Su padre entrecerró los ojos. Al hijo de perra no le gustaba que le dijeran qué hacer, ¿verdad? Qué lástima. Este era mi dominio.

Finalmente, sus labios se torcieron con diversión. Cuando su mirada se dirigió a Hinata, quise arrancarle los ojos de su cabeza, por atreverse siquiera a mirarla.

—Me iré —murmuró—, por ahora. —Luego se dio la vuelta.

Ino se hallaba en su camino. Al darse cuenta de que debía pasarla a ella para salir, saltó de su camino con un grito ahogado y corrió hacia nosotros, tropezando con los zapatos en su prisa. Sai me soltó para tomarla y jalarla contra él. Libre de las manos de Shimura, envolví mis dos brazos alrededor de Hinata, besando su pelo y respirando su aroma.

Tan pronto como escuchamos la puerta del frente cerrarse tras su partida, ella se salió de mis brazos, y fue por el pasillo hacia nuestra habitación. Cuando los bebés se callaron unos segundos más tarde, no pude contener mi agresividad ni un segundo más.

Eché hacia atrás el brazo y golpeé el refrigerador. Dos veces. La explosión de dolor que vino mientras me rompía los nudillos en realidad se sintió bien y tranquilizadora.

—Oh, Dios mío —gimió Ino, alejándose de Sai para pasearse en un círculo pequeño. Enterró los dedos en su pelo mientras trataba de comprender lo que acababa de suceder—. Eso fue… Oh, Dios mío. Su propio padre… el tío Shaw fue… intentaba…

Cuando miró de Sai a mí como si buscara ayuda, desvié la mirada y apreté los dientes.

—Sabías. —Se dio cuenta, mirándome. Su boca se abrió—. Tú… pero… —Negó con la cabeza—. ¿Cuándo…? ¿Cuánto tiempo…? ¿Por qué nunca me lo dijo?

—Belleza —comenzó Sai, su voz llena de simpatía.

Pero Ino levantó la mano, manteniéndolo a raya cuando me miró.

—¿Naruto?

—¿Qué? —espeté, frunciéndole el ceño—. ¿Qué quieres que diga?

—Quiero que me digas que estoy equivocada —lloró—. Dime que no vi a mi tío intentar violar a mi prima. Oh, Dios mío. Mi prima. Mi mejor amiga. Mi… —Lágrimas llenaron sus ojos—. Mierda, esta no era la primera vez, ¿verdad? Santo… oh… Dios. Creo que voy a vomitar. —Acunó su estómago mientras sus lágrimas caían con más fuerza—. ¿Cómo pudiste saberlo y no decir nada? Fue a nuestro apartamento a buscarla. Vino a mí y yo… le dije dónde se encontraba. Nunca lo hubiera hecho si… si… Sai. —Girándose hacia su hombre, se lanzó hacia él.

Él la envolvió con sus brazos, besando su pelo y murmurando—: Está bien, cariño. Está bien.

Retrocediendo lo suficiente como para mirarlo boquiabierta, chilló—: ¿Bien? ¿Cómo es que está bien? Él… él… a Hinata.

Sai no tenía una respuesta, por lo que solo la apretó más y la obligó a enterrar la cara en su pecho.

Mientras observaba sus nudillos volverse blancos por la fuerza con que tomaba su camiseta, traté de tranquilizarla.

—No lo sabía —dije—. No quién, de todos modos. Hasta ahora.

Sorbió y se limpió la nariz con el dorso de la mano. —¿Pero sabías que alguien…? —Cuando no pudo terminar la pregunta, asentí. La confusión nubló su expresión—. ¿Por qué te diría a ti y no a mí?

—No me lo dijo. Yo lo descubrí.

—Oh, genial. —Levantó las manos con disgusto, casi dándole al ojo de Mason en el proceso—. ¿Así que yo fui demasiado estúpida para darme cuenta?

Girando lejos de nosotros, salió de la habitación.

—Ino —gruñí—. No… —Cuando no me escuchó, le di a Sai una mirada ceñuda—. ¿Podrías detenerla? Lunita no necesita un interrogatorio en estos momentos.

Él maldijo en voz baja, pero se apresuró en busca de su novia.

A solas en la cocina, me tomé un momento para aclarar mis ideas. Me doblé por la cintura, y dejé escapar una larga y fuerte respiración. Pero las voces elevándose —de acuerdo, bien, solo la voz de Ino— viniendo de la habitación, me obligaron a ir en ese camino.

—¿Lo sabe la tía Mads? —demandaba Ino mientras me detenía en la puerta y veía a Hinata sentada en la cama, con los brazos llenos con Sumire y Boruto mientras los mecía consoladoramente de un lado a otro. Se aferraban a ella como si se les fuera la vida en ello, pero me di cuenta de que ella se aferraba a ellos de igual manera. Eso hizo que mis entrañas se retorcieran, saber que no había estado aquí para salvarlos de este susto. Luego mis celos se dispararon porque ella buscaba consuelo en ellos, no en mí.

Maldita sea. ¿Por qué no había salido del trabajo unos minutos antes?

—Deberíamos decirle —alentó Ino, meneando la cabeza, de manera vigoroso—. Vamos a llamarla ahora.

Sacó su teléfono antes de que Hinata murmurara—: Ino In, detente. Ella lo sabe.

—¿Qué? —gritó Ino.

—Shh. No levantes la voz. Los bebés siguen asustados. —Me miró de forma acusadora antes de volver a su prima—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Ino se hallaba demasiado agitada para responder, murmurando—: ¿Cómo podía saber esto y no…? ¿Cómo pudo quedarse con él y…? Oh, Dios mío. —Tomó su rostro mientras sus ojos se abrían como platos—. Es tan malvada como él. No puedo creer que haya ese tipo de maldad en mi línea sanguínea.

Respondiendo a la pregunta de Hinata por ella, le dije a Lunita—: Estaban aquí para cuidar a los bebés. Iba a invitarte a salir esta noche. Darte un descanso de los niños.

Su mirada se deslizó hacia mí y parpadeó como si estuviera tratando de evitar llorar. Finalmente, apartó la mirada y su voz fue áspera.

—Gracias. Eso es… dulce, pero no… no tengo ganas de salir esta noche.

Apoyé la espalda contra el marco de la puerta, golpeando mi columna contra él tan fuerte como lo necesitaba, buscando más punzadas de dolor para mantener mi ira bajo control. Aún me sentía tentado a correr del apartamento y perseguir a su padre.

—¿Cuánto tiempo ha estado sucediendo esto? —demandó Ino.

Eva sacudió la cabeza. —No quieres saber la respuesta a eso.

Curvando los hombros, Ino comenzó a llorar de nuevo. —No puedo creer que esto esté sucediendo. No puedo… ¿por qué nunca me lo dijiste?

—Porque sabía que ibas a reaccionar de esta manera. —Cuando la voz de Hinata se volvió aguda por la agitación, los bebés respondieron, gimiendo de manera irregular.

Me aparté de la puerta y fui hacia ellos. —Dame a Sumire.

Hinata no pareció querer al principio, pero cuando se dio cuenta de que no podría calmar a los dos bebés a la vez, finalmente cedió. Tomé a la niña en mis brazos y la sostuve cerca de mi rostro, cerrando los ojos y haciendo una promesa silenciosa de que nada ni nadie iba a hacer con ella lo que habían hecho con su madre. No sobre mi frío cadáver.

Mirándome mientras me acomodaba junto a Hinata en la cama para que aún pudiera estar cerca de su hija, los ojos de Ino se iluminaron con horror.

—Oh, mierda. Ella no es… Él no es el padre de Sumire, ¿verdad? ¿El tío Shaw?

—No —respondió al instante—. Sasori es su padre. No es que sea mucho mejor candidato.

—¿Estás segur…?

—Sí, Ino In. Tenía dieciséis años la última vez que Bradshaw… me atrapó desprevenida.

Ino se atragantó y golpeó su mano sobre la boca. Luego se lanzó hacia delante para sentarse en la cama y lanzar sus brazos alrededor de Hinata. Sollozando y sin poder dejar de disculparse, hizo un desastre sobre Luchador y Lunita.

—Lo siento mucho, H. Si lo hubiera sabido… yo… hubiera estado allí para ti. Hubiera ido a Suna y te hubiera llevado lejos de esa casa. Jesús, no puedo creer que incluso la tía Mads… —Sacudió la cabeza y chilló un poco más.

Miré hacia Sai, quien estaba solemne y silencioso. Apoyado contra la pared, veía a las primas abrazarse con empatía triste, como si entendiera la difícil situación de Hinata. Me recordó la visita de esa mujer al bar, y la palabra por la que el padre de Hinata lo había llamado. Prostituto.

Cuando me vio estudiándolo, apartó la mirada con aire de culpabilidad, su garganta moviéndose mientras tragaba.

Ino quería quedarse, así que se aferró a Hinata. Pero esta siguió echándola.

—Quiero estar sola con los niños en este momento. Solo… solo necesito un poco de espacio.

Su prima al final se retiró, pero por su rostro pude notar que no quería irse. Le dio a Hinata un último abrazo, y Sai me sorprendió cuando también dio un paso adelante para abrazar a Hinata.

—Esto explica muchas cosas —dijo, mientras se alejaba.

Hinata sonrió con tristeza. —Supongo que compartimos más similitudes de lo que jamás pensaste, ¿eh?

Él no contestó, solo tomó solemnemente la mano de Ino y se dirigió con ella a la salida del apartamento.

Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, capturé la mirada de Hinata.

—Estás loca si crees que yo voy a dejarte sola en este apartamento.

No quería ser grosero, pero tenía que sacarlo. De ninguna manera iba a dejarla sola.

Sonrió suavemente y apoyó la mejilla en la cima de la cabeza de Boruto.

—No quiero que te vayas. Simplemente no podía decirlo delante de Ino. Podría herir sus sentimientos si se enterara de que te quería a ti aquí y no a ella.

Mi mirada atravesó la suya. A pesar de que sabía que su razonamiento tal vez no tenía nada que ver con que yo le importara más, mi pecho se llenó de una loca clase de orgullo. Pero tenía que adivinar—: ¿Porque sabías que no haría preguntas?

Se mordió el labio y bajó la mirada antes de asentir.

Asentí también. No importaba qué quisiera de mí, estaba contento de que quisiera algo. Me levanté y coloqué a Sumire en la cuna. Luego tomé a Boruto de sus brazos y lo bajé. Los dos se encontraban despiertos todavía, pero habían llegado al acuerdo de tumbarse satisfechos por un minuto.

Volviendo de nuevo a Hinata, le tendí la mano. —Vamos a limpiarte.

Frunció el ceño, confundida, antes de bajar la vista y ver lo desgarrada que se hallaba su camiseta. La sangre seca se aferraba a su piel, proveniente del rasguño en su brazo y en el dorso de sus manos había más marcas. Asintiendo, tomó mis dedos.

La llevé al baño y la hice sentarse en el borde del lavabo. Entonces mojé una toalla y primero limpié el corte en su labio. Después de limpiar el rasguño en su hombro, sus manos, y a lo largo de su cuello, donde su blusa desgarrada revelaba las marcas más profundas, me incliné para besar el peor corte antes de aplicar suavemente un vendaje.

Contuvo el aliento y me miró. —Estás siendo extremadamente bueno con todo esto.

Resoplé, divertido. —Tú eres la que me dijo que me tranquilizara.

—Así que ¿no te sientes tan tranquilo como estás actuando?

Negué con la cabeza y estudié el hematoma formándose en su frente. — Ni siquiera un poco.

—Bueno, actúas bien.

—Gracias. —Llegando a la parte trasera de su cráneo, donde su padre la había empujado contra la nevera, me estremecí. Había un chichón de un tamaño decente allí atrás, pero al menos la piel no se había abierto.

—¿Qué hay de ti? —pregunté finalmente, estudiando sus ojos en busca de signos de pupilas dilatadas—. ¿Estás bien?

—Oh, ya sabes… —Se encogió de hombros y levantó una mano, indiferente—. Ino, la única persona que nunca quise que averiguara todo esto, se acaba de enterar, por lo que… no. No, no estoy bien. —Su barbilla temblaba y se mordió el labio para detenerla.

Asentí, comprendiendo por completo. Ella actuaba tan bien como yo.

—Así que… tu papá, ¿eh?

Apartando la mirada, sorbió por la nariz. —Él no es realmente mi papá. La noche que descubrió por parte de mamá que yo era hija de otra persona, fue la primera noche que, ya sabes, visitó mi habitación.

Me tragué la bilis que subió a mi garganta, y dejé escapar aire por la nariz.

Sacudiendo la cabeza, le dije—: No me importa si era de sangre o no, seguía siendo tu padre. —Seguía siendo un enfermo, asqueroso hijo de puta.

Bajó la cabeza y sus hombros se contrajeron en torno a su cuerpo al tiempo que se abrazaba. —Lo sé. —Su voz era muy pequeña, y su expresión derrotada. Esta no era mi fuerte y atrevida Lunita.

Odiaba lo que ese bastardo le había hecho y seguía haciéndole.

Mi respiración se aceleró. Levanté las manos hacia mi cabeza y enterré mis dedos en mi cabello mientras volvía al borde de la furia incontrolable.

—Joder, Hinata. No puedo soportar esto; saber lo que te pasó y no poder hacer nada al respecto porque ya está hecho. Quiero hacerle daño. Quiero atacarlo y lastimarlo. Si pudiera poner mis manos alrededor de su cuello… — Levanté los dedos, los diez tensos y doblados, deseosos de apretar.

Hinata los tomó y los levantó hacia su boca. —Respira —instruyó mientras besaba la sangre seca en mis nudillos.

—No puedo —escupí—. Todo lo que puedo hacer es verlo sujetándote en la cocina y…

Me besó.

Su boca contra la mía. Era… sí. Todo. Cerré los ojos y me hundí en ella, acunando su cara y levantando la barbilla para que nuestros labios se alinearan perfectamente. Pudo haber sido seco y con la boca cerrada, pero aun así fue un beso perfecto y sacó todos esos sentimientos que tenía por ella desde el fondo de mi alma.

—¿Mejor? —preguntó mientras se apartaba lentamente.

Mantuve los ojos cerrados, reviviendo ese beso en mi cabeza mientras me mecía hacia delante. —Um, no lo creo. Quizá deberías intentar besarme un poco más.

Soplando una risa ligera, apoyó la mejilla contra mi cuello y me abrazó.

Le acaricié el pelo, y la atraje hacia mí cuando el impulso de protegerla surgió. —Si alguna vez vuelvo a encontrarlo cerca de ti, lo mataré. No voy a poder evitarlo.

—Naruto, era en serio cuando te dije que podía destruirte. Aprenderá todas tus debilidades y encontrará una manera de usarlas en tu contra.

Recordando que ya sabía que era huérfano, no dudé de ella. Tal vez era un cabrón muy poderoso. Pero la información no me asustó. Presioné mis labios contra la sien de Hinata. —Tú eres mi única debilidad.

Suspiró como si supiera que no lograba pasar a través de mí lo suficiente como para intimidarme, no hasta que Boruto y Sumire comenzaron a llorar desde el dormitorio. Entonces se apartó y me miró con una constante e inquisitiva mirada. —¿Estás seguro de eso?

Mis ojos se agrandaron mientras mi pecho se hundía alrededor de mi corazón con temor instantáneo. —No lo haría. Solo son bebés.

Su risa era amarga. —¿Qué? ¿Un hombre que comenzó a violar a su hija cuando tenía doce años? Oh, creo que lo haría. Él usa cada recurso disponible contra sus enemigos para acabar con ellos y conseguir lo que quiere. Incluso a bebitos inocentes.

Cerré los ojos y apreté los dientes. —¿Doce? —susurré, inclinando mi cabeza—. ¿Tenías doce? Jesús, Lunita. Esa información no va a detenerme de salir en este momento y encontrarlo para arrancarle su inútil cabeza.

—Podría hacer que perdieras a Boruto. —Chasqueó los dedos—. Así de fácil.

Mis ojos se abrieron. Cuando alcé la vista, me estudió un largo momento antes de que el delirante juego de intimidación se estableciera. Exhalando, me dejé caer sobre la tapa cerrada del inodoro y enterré el rostro en mis manos.

—Mierda. —Me sentía nauseabundo. La cabeza me latía como si alguien me estuviera golpeando con un martillo. Juro que incluso pude escuchar…

Levanté la cara para darme cuenta de que alguien tocaba la puerta, pero no en mi cabeza. En la puerta principal. Con fuerza.

Oh, si ese maldito había vuelto, estaba muerto. No podía usar a Boruto en mi contra si se encontraba muerto.

Pero la llamada que vino de fuera del apartamento, dijo—: Policía. Abran.

Mierda. ¿No me lo había imaginado?

Hinata se sacudió sorprendida, con los ojos amplios. —¿Qué diablos?

Obviamente no estaba acostumbrada a crecer en el mismo tipo de vecindario que yo.

Siseando una maldición en voz baja, me levanté. —Los vecinos deben haber llamado a la policía otra vez.

Sus ojos se agrandaron aún más. —¿Otra vez?

Dejé escapar un suspiro de cansancio y le alisé el pelo con la mano antes de besarle el moretón en la frente.

—Vigila a los niños. Yo me encargo de la policía.

Asintió y se movió desde el cuarto de baño. Caminé por el pasillo, deseando que la noche hubiera ido como la planeé inicialmente. Quizá nos estarían sirviendo la comida en este instante y el suave resplandor de las velas crearía un ambiente romántico mientras un mesero volvía a llenar nuestras copas.

Pero no, en cambio nos quedamos atrapados lidiando con esto. La realidad es una mierda.

—Así que, ¿qué pasó esta noche? —preguntó el policía que me había arrestado tan pronto como abrí la puerta. Su compañero, que me dio la advertencia "amistosa" la última vez, lo siguió al interior cuando me hice a un lado en silencio.

—Creí haberle advertido lo que sucedería si teníamos que regresar aquí, señor Uzumaki. —Parecía decepcionado, lo que me molestó más que el desprecio degradante de su compañero malhumorado.

Abrí la boca para responder, pero Hinata apareció en la sala, trayendo a los bebés. Le lanzaron una mirada al moretón hinchándose en su cara y la blusa todavía desgarrada, y eso era todo para mí.

El policía malhumorado me agarró la muñeca y me levantó la mano para comprobar mis nudillos. Seguían maltratados por golpear al padre de Hinata y luego el refrigerador. Suspiró con conocimiento antes de torcer el agarre y hacerme girar hasta que mi espalda se encontraba hacia él. Después de agarrar mi otro brazo y mantenerlos juntos, sacó las esposas de su cinturón.

Joder.

—Dios mío. —Tambaleándose, Hinata corrió hacia nosotros—. ¿Qué está haciendo?

Cuando el oficial más amable se interpuso en su camino con las manos en alto para bloquearla, se detuvo y se encontró con mi mirada por encima del hombro; su conmoción y confusión hizo que se me formara un nudo en la garganta por el remordimiento. ¿Qué tipo de vida de mierda le di al traerla aquí para cuidar a mi hijo?

—Creen que te pego —le expliqué.

Ella soltó un bufido. —Eso es una locura. —Volviéndose al policía bueno, batió sus largas pestañas hermosas—. Señor, está cometiendo un gran error. Naruto nunca, nunca me lastimaría a mí ni a ninguna mujer.

El policía que me tenía agarrado se rió. —¿Es por eso que ya tiene un registro por asalto y agresión?

La boca de Hinata se movió, pero no tenía lista una réplica. Sus grandes ojos grises, mostraron confusión y giraron en mi dirección antes de volver hacia el policía bueno.

—Si fue arrestado debido a una pelea, entonces fue en defensa propia o de alguien más, pero creo que fue por la segunda opción. Conozco a este hombre. —Señaló con su barbilla en mi dirección—. Y es el hombre más incapaz de golpear a una mujer que he conocido.

—Por lo tanto, ¿usted dice que él no le hizo eso?

Cuando el policía señaló sus rasguños y moretones, vaciló como si acabara de recordar lo que le había sucedido. Se le escapó un gemido.

El policía que me sostenía en custodia levantó mis nudillos destrozados y añadió—: Piense antes de mentir, señora.

Ella entrecerró los ojos y luego levantó la barbilla con aire de superioridad. —Como dije, Naruto solo se mete en peleas para defender a alguien. Así que espero que lo disculpen por golpear al hombre que irrumpió en nuestro apartamento y trató... —se detuvo y tuvo que tragar saliva antes de añadir con voz temblorosa—: de violarme. Naruto fue mi héroe, no mi torturador. Él me salvó.

—Alguien entró, ¿eh? —preguntó el policía malhumorado, sin creerlo para nada.

A ella no debió haberle gustado el tono de su voz, porque le espetó—: Eso es lo que acabo de decir, ¿no es así?

—Lunita —le advertí. Si no tenía cuidado, complicaría más las cosas—. Tranquila, cariño.

Se volvió hacia mí, sus intensos ojos brillaron. —¿Qué? Está siendo un completo idiota. ¿Por qué demonios te van a arrestar cuando nosotros somos las víctimas aquí?

—Si alguien entró a su casa, entonces ¿por qué no nos llamaron en lugar de permitir que se quejaran los vecinos?

—¿Y por qué no hay señales de haber forzado la entrada? —El policía malhumorado hizo un gesto hacia la puerta abierta del apartamento.

La mirada de Hinata cayó en la jamba de la puerta perfectamente intacta. Sus ojos se volvieron vidriosos con horror. Mis tripas se retorcieron, enojadas porque estos cabrones le hicieran revivir lo que había sucedido.

—Estábamos ocupados tratando de calmar a los bebés después de que Naruto lo echara. Ustedes se presentaron antes de que tuviéramos la oportunidad. Por cierto, gracias por su respuesta rápida.

Ninguno de los policías se preocupó por su irónico agradecimiento. —¿Y la jamba de la puerta? —incitó el policía malhumorado.

Al otro lado del pasillo, la puerta de la vecina se entreabrió unos centímetros.

—Llevaba un traje de etiqueta —dijo una voz tímida desde el interior.

El policía bueno dio un paso hacia el pasillo. —¿Quién?

—El tipo que apareció llevaba un traje muy bonito. Golpeó a la puerta y ella la abrió.

Apreté los dientes, deseando que la vecina fisgona cerrara la puta boca. Pero el relato de la testigo siguió desbordándose al otro lado del pasillo.

—Ella le dijo que se fuera y trató de cerrarle la puerta en la cara, pero él puso el pie y la detuvo, y finalmente logró entrar.

Inhalé una brusca respiración. —Ese hijo de puta —murmuré, con ganas de encontrar de nuevo al padre de Hinata. Y matarlo por lo menos tres o cuatro veces.

—Estuvo allí solo unos minutos. Algo golpeó contra la pared una vez y entonces se escucharon gritos en el interior. Entonces éste llegó a casa. —Un dedo apareció desde el espacio, señalándome—. Vino una pareja con él. Entraron todos. Le siguieron más gritos y portazos. Entonces el tipo sofisticado salió cojeando, sujetándose el costado con un brazo y sus pantalones con la otra mano porque estaban desabrochados. La otra pareja se fue unos minutos más tarde. Parecían molestos.

De pronto creyentes, los policías se volvieron hacia Hinata. —¿Lo conocía?

Ella vaciló antes de sacudir la cabeza. Luego su mirada se deslizó hacia mí y sus ojos me rogaron que la respaldara.

—Nunca lo había visto antes en mi vida.

—Tenía una vieja cicatriz en la mejilla —dije amablemente.

Hinata movió los bebés en sus brazos como si se estuvieran volviendo pesados, pero su atención se centró en mí.

—¿Algo más? —preguntó el policía bueno, sacando una libreta de su bolsillo delantero.

Me encogí de hombros, sosteniendo la mirada de Hinata. —Como dijo la vecina, él usaba un traje de etiqueta. No noté mucho más, excepto que era blanco, cerca de cincuenta años, el pelo canoso. Francamente, no presté mucha atención a los detalles porque estaba ocupado tratando de controlar mi temperamento como para no matarlo por tocarla.

—Naruto me salvó la vida esta noche. —Hinata se estremeció y besó la cima de la cabeza de Boruto antes de acurrucar su mejilla contra la de Sumire—. Y tal vez también la vida de mis hijos. Ese tipo... tenía una mirada loca en sus ojos.

A partir de ahí, fuimos considerados inocentes. Los policías hicieron unas preguntas más. Dejé que respondiera Hinata. Y ella corrió a mí tan pronto como me quitaron las esposas. Levanté a Luchador de uno de sus brazos y los abracé a todos.

El policía malhumorado salió primero. El otro persistió un segundo más, con la mirada en Hinata antes de mirarme a mí.

—Un cambio para mejor, ¿eh?

Mis labios temblaron mientras miraba a Hinata. —Claro que sí. Y la otra dejó a su hijo conmigo, así que conseguí lo mejor de ambos mundos.

El policía se rió entre dientes y salió del apartamento. —No se olviden de llamar si ese hombre aparece de nuevo.

—Lo haré. —Después de cerrar la puerta detrás de él, apoyé la espalda contra ella, dejé escapar un suspiro y me encontré con la mirada de Hinata.

—Bueno, mierda —dijo ella, meciendo a Sumire en sus brazos—. Eso fue sin duda una primera vez para mí.

No tenía ni idea de por qué pensé que era divertido, pero tiré la cabeza hacia atrás y me reí.

.

.

.

.

Continuará….