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Anexo

«El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca.

Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes.

Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce.

Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras siga el otro con vida.

El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso nacerá al concluir el séptimo mes».

El olor a salitre y humedad le inundó el pecho cuando tomó una amplia bocanada de aire. El viento soplaba con fuerza, dejándole la piel de gallina y llenándole la ropa de arena. El sol estaba en lo alto, pero su luz era fría y escasa, oculta por nubes cargadas con ganas de tormenta. Estiró los brazos hacia arriba, sintiendo el crujir de los huesos y la tensión de los músculos, y contuvo un escalofrío cuando una ráfaga de viento especialmente fuerte le sacudió el pelo.

Su acompañante se acercó con pasos silenciosos, prácticamente inaudibles sobre la arena blanda, con el ruido del oleaje y las gaviotas de fondo. No importaba; no necesitaba sonidos para saber cuándo se aproximaba.

Una túnica apareció sobre sus hombros, ajustándose a su cuello y envolviéndolo como una segunda piel. Otro escalofrío le recorrió la columna vertebral, pero esta vez no tenía nada que ver con el viento helado.

—Va a llover, deberías regresar dentro —dijo su acompañante, que se había acercado lo suficiente para que casi se rozaran sus brazos. No lo hacían, sin embargo. Siempre acababan casi tan cerca como para tocarse, pero nunca llegaban a hacerlo.

A lo lejos, la figura diminuta de un pescador se recortaba contra el horizonte, con un sombrero ajustado a la cabeza y una caña de pescar hundida en el agua. No había logrado pescar mucho esa mañana, pero tampoco parecía tener prisa. Llevaba ahí horas, imperturbable, esperando por algo que quizá no llegaba. El oleaje había arrastrado el sonido de sus alegres silbidos y de sus tarareos fuera de tono. Daba la impresión de ser feliz, colocando su caña y sentándose a esperar durante horas, sin moverse demasiado.

Se ajustó más la túnica sobre el cuerpo, percatándose por primera vez de lo frío que se sentía su cuerpo. Por un momento, se preguntó cómo sería morir de hipotermia. Quizá, si estaba ahí fuera el tiempo suficiente, sus pies se congelarían y la sangre dejaría de bombear alegremente por su cuerpo. Había escuchado que morir de frío era como quedarse dormido. Puede que fuera agradable, sencillo, simple.

Aburrido.

Con un encogimiento de hombros, le lanzó una última mirada al pescador y se dio la vuelta, enterrando los pies en la arena húmeda para encaminarse lejos del agua. Su acompañante lo siguió, como una alta sombra que lo escondía de la luz del sol y le impedía divisar el horizonte.

Debía estar bien tener esa paciencia que portaba el pescador, esa capacidad de estar en paz durante la espera, de sentirse satisfecho con la propia existencia.

Quizá era fácil sentirse así cuando estabas completo.

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Lejos, muy lejos de allí, un niño perdido gritaba encerrado en un laberinto.


NOTAS

¡Nos vemos en la segunda parte, que se llamará "The Boy Lost in the Labyrinth"! Muchas gracias por leerme hasta aquí, ¡decidme qué os ha parecido en un comentario!