8. Me presento voluntaria en menos de lo que Kanye West tarda en escribir un tuit y luego borrarlo

Las cosas han discurrido con bastante normalidad desde la sesión de fotos. Al principio, cuando salió la revista, la gente mostró interés y, cómo no, volver a ser el centro de atención me provocó algún que otro ataque de pánico, pero en cuanto las aguas volvieron a su cauce y todo el mundo se dio cuenta de que no somos más que una pareja aburrida que hace cosas de parejas aburridas, no tardaron en dejarnos en paz. Hasta las fans más acérrimas se dieron por aludidas y prefirieron retirarse en busca de pastos más verdes. En los meses que siguieron a la publicación del artículo que pretendía acabar con la carrera política de mi padre haciendo públicos los secretos de su familia, las cosas se giraron contra sus adversarios. A pesar de su estupidez, el señor Mitokado se las arregló para darle la vuelta al asunto y conseguir que saliéramos bien parados. Pasé de ser la hija depresiva, bulímica y bala perdida a convertirme en adalid de la importancia de la terapia como herramienta, de la vigilancia de la salud mental de los hijos y de la búsqueda del mejor tratamiento posible. Ahora es uno de los principales puntos en el programa de mi padre y lo que lo mantiene a la cabeza de las encuestas. Vamos, lo que vendría siendo la definición gráfica de «salir el tiro por la culata». Obviamente, es de las peores cosas que me podrían haber hecho, pero ahora estoy más que preparada para dejar atrás cualquier posible conexión con la política, al menos de momento.

El segundo semestre se acerca a su fin y, a pesar de todos los problemas que hemos tenido en los últimos meses, Itachi y yo nos las hemos arreglado para sobrevivir al primer año de universidad sin bajas importantes. Tampoco ha sido un paseo, pero, eh, lo importante es que nos hemos mantenido unidos contra viento y marea. Nos hemos librado de unas cuantas por los pelos y la situación a veces ha sido demasiado inestable, pero me enorgullece poder decir que hemos salido reforzados. Y con reforzados quiero decir tan estables como la vida nos permita serlo.

Estoy en mi habitación de la residencia acabando unos trabajos antes del largo y glorioso verano cuando, de repente, mi novio aparece por la puerta y se desploma sobre la cama, a mi lado. Huelga decir que lo primero que hago es apagar el portátil porque no me va a dejar trabajar y porque tengo la sensación de que hace semanas que no nos vemos. Últimamente ha estado muy ocupado con los entrenamientos, las clases y los exámenes finales, más o menos igual que yo. La decisión de unirme al equipo de baile y de colaborar de vez en cuando con el periódico del campus significa que apenas tengo tiempo para dormir o para ir al día con las lecturas de clase, y no digamos ya para salir por ahí de vez en cuando. Pero nos queda tan poco para ser libres, para disfrutar de tres meses maravillosos que dedicar a lo que nos venga en gana... Hemos planeado varios viajes, algunos con amigos y otros los dos solos.

—Hola.

Me tumbo a su lado y enseguida me envuelve con sus brazos, así que apoyo la cabeza sobre su pecho.

Diría que me está oliendo el pelo, el champú de fresa que tanto le gusta y que tanto lo relaja.

—No sabes las ganas que tengo de que se acabe el semestre —murmura, adormilado.

Entiendo que esté tan cansado. La verdad es que trabaja mucho más que yo. Se esfuerza tanto que siempre está cansado, y últimamente ha ido a peor. Por si fuera poco, está dolorido por culpa de un placaje que le hicieron el otro día en el campo, o eso dice. Apenas me habla del fútbol americano y yo tampoco pregunto. El poco tiempo libre que tenemos lo dedicamos a hablar hasta que nos quedamos dormidos, tan agotados que murmuramos frases inconexas y compartimos besos torpes hasta que cerramos los ojos, conmigo tumbada encima de su pecho.

La imagen es bonita, aunque yo preferiría que fuéramos capaces de tener una conversación entera antes de caer en los brazos de Morfeo.

Como ya he dicho antes, me muero de ganas de que llegue el verano.

—Me lo dices o me lo cuentas. Llevo tanto rato delante de la pantalla que empiezo a verlo todo borroso.

Me froto los ojos con la mano. La semana de los exámenes finales equivale a pocas horas de sueño y muchos madrugones. Llevamos más horas de vigilia que de sueño, y la posibilidad de dejarse llevar, cerrar los ojos y no pensar en la entrega del último trabajo resulta tentadora. Sin embargo, tenemos que seguir peleando, unos cuantos días más, un último empujón...

—Me estoy planteando cambiar de carrera.

Me giro como un resorte. Esto sí que no me lo esperaba. Le va genial en todas las asignaturas y parece que le encanta la idea de ser ingeniero civil. El plan siempre ha sido dedicarse profesionalmente al fútbol americano, por lo que le sirve con cualquier carrera, pero aun así me sorprende este cambio repentino.

—¿En serio? ¿Y qué quieres estudiar?

—¿Te acuerdas de aquella clase de ciencias políticas que tanto me gustó? El profesor me ha llamado hoy para hablar sobre un trabajo y me ha dicho que, para ser de ciencias, tengo una profundidad de análisis asombrosa. Que no es nada habitual en... Creo que se refería a mi posición en el equipo, pero al final ha evitado llamarme machaca a la cara.

—¡Eh! —lo interrumpo—. Tú no eres un machaca ni por asomo y si a alguien se le ocurre pensar eso, antes tendrá que vérselas conmigo, y te aseguro que no le va a gustar ni un pelo.

—Tranquila, tigresa, que nadie me ha tirado de los columpios del parque.

—Claro que no. Si no recuerdo mal, tú eras el que se ocupaba de eso.

—Solo en tu caso, cariño. No me dedicaba a ir por ahí tirando a niñas pequeñas al suelo.

—Eso espero.

Se ríe y me atrae hacia su pecho.

—En fin, que hemos estado hablando y me ha dicho que debería replantearme mi elección de carrera. Según él, tengo las habilidades analíticas necesarias para otro tipo de estudios muy diferentes.

Intento que no se dé cuenta de mi reacción. Por un lado, odio que una parte de mí se alegre al oírle decir que está pensando en explorar otras opciones. Cuando dijo que quería dejar el deporte, fue porque creía estar haciéndolo por nuestra relación. Jamás me lo habría perdonado si le hubiera dejado seguir adelante con sus planes. Ahora, en cambio, está pensando en sí mismo y en su futuro, en lo que le gustaría hacer el resto de su vida. El fútbol americano siempre ha sido su objetivo, lo que mejor se le da, pero, a diferencia de algunos de sus compañeros de equipo, no es lo único en lo que destaca. Itachi es increíblemente inteligente y estudia más que la mayoría de la gente que conozco. Si quiere considerar otras opciones, ¿por qué no debería hacerlo? Una parte de mí, la más egoísta, se pregunta en qué cambiaría eso las cosas, una vida sin el recordatorio constante de que salgo con alguien en el umbral de la fama.

—Bueno, es evidente que te ha interesado lo que te ha dicho si ya estás considerando la posibilidad de cambiar de carrera.

Parece absorto en sus pensamientos y decido no interrumpirlos. Necesita llegar a una conclusión por sí mismo. Me gustaría sacar los pompones y corear el nombre del profesor que podría estar a punto de ahorrarme una vida de escrutinio constante, pero me niego a ser de esas que se creen con el derecho a controlar la vida y las decisiones de su pareja.

—¿Por qué no aprovechas el verano para pensarlo? No tienes por qué tomar una decisión hoy mismo. Aún estás en tu primer año de carrera y da igual qué carrera elijas, si al final tomas la decisión de jugar profesionalmente...

—Precisamente esa es la cuestión —replica, tan bajito que por poco no lo oigo—: cuanto más tiempo paso jugando, más consciente soy de que debería disfrutar mucho más. Tendría que sentir algo más aparte del agotamiento crónico o de la urgencia por acabar el trabajo antes del próximo partido.

Lo miro fijamente, sin saber qué responder, y decido que lo mejor es que lo medite él solo.

—Tengo una pregunta —le digo a Hina al día siguiente mientras estudiamos en la cafetería.

Ella y Rin se marchan a casa la semana que viene y ya sé lo mucho que las voy a echar de menos. Mi compañera de habitación, siempre tan calmada, ha sido para mí como una bendición caída del cielo. Si Itachi y yo no nos estuviéramos planteando la posibilidad de irnos a vivir juntos, sé que seríamos compañeras de habitación durante el resto de la carrera. A él se le acaba el contrato de alquiler y también tiene que dejar el piso, así que estamos pensando en mudarnos a un bloque de apartamentos en el que seguramente habrá vacantes cuando los veteranos se gradúen. Llevo días queriendo comentárselo a Hina y a Rin para saber si estarían interesadas, pero no he encontrado el momento adecuado.

—No hace falta ni que te molestes, mi querida Sakura: claro que no me importaría intercambiar novios contigo. En cuanto tú me lo digas, me presento voluntaria en menos de lo que Kanye West tarda en escribir un tuit y luego borrarlo.

—Estaría bien que dejaras de tirarle los trastos a mi novio, Hina. Es asqueroso.

—No tanto como algunos comentarios que he leído sobre él en internet. Ni siquiera sabía que se le pudiera hacer todo eso a una persona.

Se estremece y decido no preguntar porque, si algo puede sorprender a Hina, es que los demás estamos más que vendidos.

—Volviendo a la pregunta de antes, en una escala del uno al diez, ¿qué importancia tengo en la jerarquía social?

Lo piensa un momento en silencio, contemplando muy seriamente su respuesta.

—Bueno, la semana pasada fuiste un seis después de que alguien os viera metiéndoos mano en los vestuarios y que lo explicara por Snapchat. —Se abanica con la mano—. Madre mía, qué calor. Ahora mismo has caído hasta el dos o el tres porque todo el mundo está de exámenes y, la verdad, los griegos hacían cosas mucho más interesantes que vosotros, para qué te voy a engañar. ¿Tú sabes qué escándalos armaban? No tenéis nada que hacer contra ellos.

—Entonces, hipotéticamente hablando, si nos invitaran a una gala de postín, con presencia de prensa y en la que seguramente me dejaría a mí misma en evidencia, no correría como la pólvora por las redes sociales, ¿verdad?

Hina me mira con la boca abierta.

—¿De cuánto postín estamos hablando?

—De bastante.

He estado en unas cuantas galas benéficas organizadas por mis abuelos o por los amigos de mi padre, pero nunca a esta escala. Se ha invertido mucho tiempo y mucho dinero para que la gala de este año del Hospital Pediátrico y Centro Médico Saint Mary sea la más importante de los últimos años. Y lo será, aunque solo sea porque Mikoto Uchiha está a cargo del comité organizador. Por lo que sé de la lista de invitados, habrá políticos, millonarios, famosos y todo el lote al completo. Los fondos se destinarán al tratamiento de la parálisis cerebral infantil y la cara visible será una actriz local cuyo único hijo la sufre. Todo el pueblo ha aunado esfuerzos para recaudar una buena cifra. En cuanto acabemos los exámenes, Itachi y yo volaremos de vuelta a casa para prepararnos.

Le explico los detalles a Hina y ella me mira visiblemente ofendida.

—Yo también quiero ir, así que compraré una entrada. Me gustaría contribuir a la causa. Si encima me lo paso bien, eso que habré ganado.

—¿Me estás diciendo que quieres venir a casa conmigo?

—¡Claro! Necesitas que alguien se ocupe de vigilar que no sigas alimentando al monstruo de los chismorreos como durante todo el año.

Lo que Hina intenta decirme, aunque a su manera, es que no le importaría pasar unas semanas en mi casa. No solemos hablar de su vida fuera de la universidad, más allá del hecho de que las dos amigas con las que vino apenas han reparado en ella desde que empezaron las clases. Sé que el abandono le ha dolido, pero ya lo ha superado y yo la quiero demasiado como para tratarla como esas dos chicas, que parece que se avergüenzan de ella.

—Pues prepara la maleta porque te vienes conmigo.

Hina grita de emoción y me abraza. Aparta los libros a un lado y empieza a planear una salida de compras para encontrar el vestido de princesa perfecto, sexy en su justa medida, pero tampoco demasiado de golfa, y son sus palabras, no las mías.

Hablando de vestidos, Mikoto me ha estado mandando fotos para que elija. Sabe qué talla uso y se ha ofrecido a buscarme algo porque, la verdad, últimamente apenas he podido levantar la cabeza de los libros. Me ha recordado a la última vez que necesité un vestido y Itachi, mi adorable Itachi, decidió ponerse manos a la obra y consiguió dejarme con la boca abierta. Después de aquello, ya no volví a recuperarme y tampoco pude seguir ignorando lo que sentía por él. No fue tanto el vestido como la idea de que había alguien que pensaba en mí, a quien yo le importaba lo suficiente como para exponerse a ser vulnerable. A menudo me acuerdo de aquellos días, cuando todo era tan diferente y el único problema que teníamos era que yo no acababa de aclararme. Ahora, en cambio, todo puede salir mal menos lo que sentimos el uno por el otro.

Sigo mirando las fotografías que me ha mandado Mikoto, absorta por la nostalgia. Es como si el círculo se cerrara: otro baile, otro vestido, otra oportunidad para quedar en ridículo, pero estoy lista para dejarme llevar, aunque suponga emborracharme en público y cometer algún acto obsceno con el buenorro de mi novio. Se nota que tengo claras mis prioridades... Es una gala benéfica, por el amor de Dios, he de controlar las hormonas como sea. Borro las imágenes sugerentes que pueblan mi cabeza, me pongo al día con los correos de Mikoto y, cuando termino, le respondo indicándole los vestidos que más me gustan. Me lo compraría yo misma, pero prefiero que ella me dé el visto bueno. Al fin y al cabo, es su fiesta y no quiero que se estrese si no voy lo bien que debería. Sé que no es como mi madre, que en realidad es exactamente lo opuesto, pero prefiero no darle más dolores de cabeza. En cuanto a mí, estoy deseando pasar tiempo con mi familia y mis amigos, volver a casa y compartir con ellos una noche de buena comida, buena música y ni un ápice de drama estudiantil. Cuanto más lo pienso, más me emociono y más ganas tengo de que llegue la gala. Sí, estará lleno de vejestorios aburridos y forrados de pasta preocupados únicamente por aparentar, pero también estará mi familia en toda su gloriosa disfuncionalidad.

Me dispongo a apagar el portátil y salir en dirección a casa de Itachi cuando el rey de Roma aparece por la puerta de la habitación, con el ceño fruncido y los ojos rebosando ira. Cierra la puerta tras él y le propina una retahíla de patadas. Yo me levanto de un salto, sorprendida por tanta rabia y sin saber por qué se está comportando así.

—Itachi, ¿qué haces?

El corazón me va a mil, pero él no responde. Se pasa las manos por detrás de la cabeza, apoya la frente contra la puerta y le da dos cabezazos muy fuertes. Corro a su lado y le froto la espalda para ver si se calma un poco. Esto no es algo que me deje ver a menudo, la parte de él que lucha para controlar la ira y mantener a raya sus arrebatos más violentos. Tampoco es que esto sea nuevo para mí, sé que en el pasado tuvo muchos problemas al respecto, problemas que lo abocaron a situaciones peligrosas y a alejarse de su familia. Desde que volvió de la academia militar, siempre ha conseguido controlarse, solo se pone así en circunstancias realmente adversas. Por eso me preocupa lo que haya podido pasar para que reaccione así.

—Eh, ¿qué ha pasado? Cuéntamelo, por favor.

Sigo frotándole la espalda, intentando calmar la tensión que rezuman sus músculos, pero está tan lleno de ira que por un momento siento miedo. Prefiero no saber qué le ha pasado para que esté así.

Maldice entre dientes y me mira con los ojos llenos de angustia.

—No podemos volver a casa este fin de semana.

—¿Qué? ¿Por qué?

La cabeza me da vueltas mientras intento encontrar el motivo de su extraño comportamiento. Lo observo detenidamente en busca de algún indicio de que ha bebido o algo por el estilo. Entre lo de cambiar de carrera y esto, empiezo a pensar que tanta presión al final ha podido con él.

—Itachi, cuéntame qué ha pasado. ¿Por qué no podemos volver a casa?

—Porque no —responde apretando los dientes—. Iremos a cualquier otro sitio. Coge mi tarjeta, compra un par de billetes para donde sea. Vámonos a California, a ti te gusta la playa, ¿verdad?

Se dirige hacia mi portátil, como si realmente tuviera intención de planear unas vacaciones.

—¡No, para! Me estás asustando. ¿Estás drogado? ¿Te das cuenta de que hablas como un yonqui en pleno subidón?

Está tan absorto con sus planes para California que ni siquiera me oye. Me estoy empezando a plantear la posibilidad de tirarle un cubo de agua helada por la cabeza para hacerle reaccionar cuando, de pronto, me suena el móvil. Me lo saco del bolsillo trasero de los pantalones y veo que es mi hermano, pero también advierto que Itachi me está observando como un halcón, listo para arrancármelo de la mano y tirarlo por la ventana si por un casual el que llama no es la persona indicada.

—¿Quién es? —pregunta como si tal cosa.

—Hina. Necesita, eh, que la ayude a escoger vestuario para su cita. Me acerco un segundo a su habitación.

Me escapo antes de que se dé cuenta de lo mal que se me da mentir y me alejo pasillo adelante a toda prisa. Le devuelvo la llamada a Shikamaru, que responde a la primera.

—Hola. ¿Te pillo en mal momento?

—Más o menos. Itachi se está comportando de una forma muy rara.

—¿Cómo de rara? —pregunta con cuidado.

—No lo sé, rara a secas. Ha entrado en mi habitación hecho un basilisco y, cuando he intentado preguntarle qué le pasaba, me ha dicho que no podemos irnos a casa este fin de semana y se ha puesto a buscar vuelos para California. Me duele la cabeza, Shika, ¿va todo bien por casa?

Carraspea, se queda callado unos instantes y, cuando empieza a hablar, desearía que no lo hubiera hecho.

—La buena noticia es que puedo explicarte el porqué del comportamiento de tu novio, y la mala, que lo más probable es que no te guste.

Me siento en la pequeña salita que hay al final del pasillo, sin perder de vista la puerta de mi habitación. Así que el comportamiento de Itachi tiene que ver con algo que ha pasado en casa. Eso no puede ser bueno. Apenas puedo controlar lo que pasa aquí en el campus, no digamos ya lo que pasa en casa.

—¿Estás sentada?

—Sí. No me asustes más y dime qué pasa.

—Papá ha vuelto a salir en los periódicos, esta vez sin nosotros.

—Ay, Dios. ¿Es algo malo?

—Es malo, muy malo. No quiero que lo odies porque esto pasó hace mucho tiempo, pero unas mujeres de dudosa reputación han decidido salir a la palestra y explicar a la prensa de qué conocen a papá.

—¿Putas? —pregunto casi a gritos, y acto seguido me cubro la boca con la mano.

—Baja la voz, ¿quieres?

—¿Y para qué? ¡Papá se ha acostado con prostitutas y ahora lo sabe todo el mundo! —Me acurruco como una bola y aprieto las rodillas contra el pecho—. ¿Cuándo ha salido a la luz? ¿Y qué tiene que ver con Itachi?

—La bomba estalló esta mañana. Un periodicucho de tres al cuarto ha intentado sacarle una entrevista a papá y la cosa ha ido empeorando a medida que se iban enterando del asunto cada vez más periodistas. Puede que se retire de la campaña.

—Bueno, al menos se lo ha pasado en grande.

—Sakura —me reprende Shikamaru—, eso fue hace mucho tiempo.

—¿Cuándo estaba casado quizá?

—Sí, pero ¿de verdad quieres que repasemos la cantidad de tíos con los que estuvo mamá en la misma época?

—No, gracias —respondo, y se me escapa un escalofrío—, prefiero una lobotomía. Pero, más allá de las imágenes inquietantes que me vienen a la cabeza y de los horribles artículos de la prensa que no tardarán en llegar, ¿qué tiene que ver todo esto con el ataque de nervios de Itachi y con que no quiera ir a la gala?

Shikamaru respira hondo.

—Después de todo lo que ha pasado, ¿crees que aún estamos invitados?

—¿Qué quieres decir?

—Me acaba de llamar Mikoto y, créeme, se notaba que la llamada no era cosa suya, pero la junta la ha presionado para que evite cualquier controversia. Ya no estamos invitados, sobre todo ahora que papá se está planteando la posibilidad de dimitir como alcalde antes de que le den la patada.

—Dios.

No sé cómo sentirme, tengo una extraña mezcla de sensaciones dando vueltas en la barriga. Obviamente, me da vergüenza que mi familia vaya a ser desmenuzada, analizada al milímetro por segunda vez y que, en un pueblo tan pequeño como el nuestro, estemos a punto de convertirnos en el hazmerreír. Me alegro de poder refugiarme en la universidad, de su enormidad y de la poca importancia que tiene aquí la política, pero básicamente me siento fatal porque sé que Itachi y yo volvemos a estar en el meollo de una situación en la que no tenemos nada que ver. De pronto, su comportamiento tiene sentido: no quiere ser la persona que me diga que ya no estoy invitada al evento que su madrastra está organizando, el evento al que tanta ilusión me hace ir. Se me parte el corazón, solo un poquito, y al mismo tiempo una parte de mí, la más retorcida y enfermiza, se alegra de no ir porque eso significa que Itachi tampoco irá.

—Entonces ¿nos han expulsado? ¿Algo más que deba saber antes de volver a casa? ¿Tendré que ponerme una bolsa de plástico en la cabeza?

—No lo sé, déjame que vaya al supermercado y te digo algo —responde mi hermano un tanto seco—. Si la cajera no me tira agua bendita por encima, querrá decir que todo va bien.

—¿Y tú por qué te lo tomas tan bien?

—Porque sé de qué va, porque ya fui el paria del pueblo durante una buena temporada y aprendí que lo que piense esta gente te tiene que importar un comino. Solo quería decírtelo yo porque sé que lo de la gala te hacía ilusión, pero en serio, Sakura, esta gente es venenosa, de momento ni te acerques a ellos...

Lo entiendo, pero al mismo tiempo no puedo evitar que me duela. Se han deshecho de mí con tanta facilidad... Aún me estoy lamiendo las heridas cuando, de repente, alguien me arranca el móvil de la mano. Cuando levanto la mirada, Itachi me observa con una expresión ilegible en la mirada.

—Yo me ocupo, Shikamaru, no te preocupes.

No sé si quiero formar parte de esta conversación: dos chicos intentando protegerme sin que yo pueda decir ni hacer nada al respecto. Esquivo a Itachi y vuelvo a mi habitación, dispuesta a anular cualquier posible vuelo a California. En cuanto lo veo aparecer por la puerta, le salto a la yugular.

—Para tu información, no tengo muy buen recuerdo que digamos del mar, sobre todo teniendo en cuenta lo que pasó la última vez que fuimos a la casa de la playa.

De pronto, me acuerdo de Samui. La que no debe ser mencionada no está de cuerpo presente, pero su presencia inunda la estancia.

—Eso ha sido un golpe bajo, Saku. Sabes perfectamente que entonces solo intentaba protegerte.

Levanto las manos en alto, incapaz de disimular la frustración.

—¿De verdad quieres que hablemos de eso? ¿De que intentas protegerme y que la única forma que tienes de hacerlo sea ocultándome cosas o mintiéndome? Mejor no vayamos por ahí. Me siento como si estuviéramos atrapados en un bucle, reviviendo el mismo día una y otra vez. Tú haces tonterías y luego me sueltas que lo haces para protegerme y yo sé exactamente qué harás a continuación. Por lo visto, te pone cachondo verme cabreada y estás a punto de cruzar la habitación y morrearme hasta que pierda el conocimiento. Normalmente, sucumbiría a tus encantos, pero ¡esta vez no, señorito! He comido sopa de cebolla y ajo, así que tú verás lo que haces. —Se nota que está disimulando una sonrisa, así que le lanzo una almohada—. ¡Putas! Mi padre pagó a mujeres para que se acostaran con él y ahora ellas quieren compartir con todos nosotros los detalles más escabrosos del tiempo «en privado» que pasaron con él. Es asqueroso, además de una broma muy, muy cruel...

Levanta la mano en medio de mi discursito, como un niño pequeño pidiendo permiso al profesor para hablar.

Pues no, lo de jugar a los colegiales no nos va demasiado.

—¿Te puedo besar? Es que ahora mismo estás tan guapa...

—¡Aj! —Le tiro otra almohada—. Tú —le digo, señalándolo con el dedo— vas a ir a la gala. No se me ocurriría hacerle algo así a Mikoto, no soy tan egoísta. Este lío monumental es cosa de mi familia, tú no tienes por qué hacerle esto a la tuya, ¿vale?

Estoy mal, claro que sí, pero no puedo permitir que se dé cuenta de lo humillada que me siento tras haber sido eliminada de la lista ni de la ilusión que me hacía ir a la gala con él. Tengo que tragarme el orgullo y acostumbrarme a mi nueva condición de compañía no deseable. Mi sola presencia podría ridiculizar a Itachi.

Él, ajeno a mis intentos de quitármelo de encima e ignorando la falsa amenaza de mi aliento con olor a cebolla, me rodea con los brazos y me hace callar con un beso largo y apasionado.

—Tú y yo, ¿sabes qué? Que somos una unidad indivisible. Si no quieren que vayas tú, yo tampoco pienso ir.

Se me derrite el alma, de verdad, a pesar de lo negra y endurecida que la tengo ahora mismo. Sé que nunca seré la alegría de la huerta, que no soy la persona indicada para ayudarle a enfrentarse a sus demonios, pero él sí es la luz que ilumina mi oscuridad. Y se acabó lo de arrastrarlo al fondo del abismo conmigo.

—Te vas a poner ese traje tan caro y tan sexy que compramos juntos e irás a esa gala. —Abre la boca para interrumpirme, pero no me detengo—. Yo te esperaré en casa. —Mi voz se convierte en un susurro, y no todo es puro teatro—. Te mereces una recompensa por hacerme caso, ¿no crees? —Deslizo el pulgar por su labio inferior y él traga saliva—. Hazlo por mí, por favor, no pongamos a tu familia en un compromiso.

Me mira fijamente y luego se deja caer de espaldas sobre la cama.

—Espero que la recompensa esté a la altura, bizcochito.