Este Fic es una adaptación de la novela "El Ángel caído" de Nalini Singh la cual les comparto sin fines de lucro, sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes al "Trol mayor" Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Capítulo 11
Él iba a matarla.
Rukia se incorporó de pronto en su hermosa cama, que era una obra de arte.
El cabecero era un diseño único fabricado en el más delicado de los metales
labrados; las sábanas y el edredón, ambos de color blanco, estaban bordados con
flores diminutas. A la derecha de la cama había unas puertas correderas que
daban a un pequeño balcón privado que ella había convertido en un jardín en
miniatura. Y más allá se veía la Torre del Arcángel.
Dentro, las paredes estaban empapeladas con un diseño en tono crema con
matices azules y plateados que hacían juego con el azul oscuro de la alfombra.
Las cortinas de las puertas correderas eran de gasa blanca, aunque había unas
caídas de brocado más gruesas que casi siempre mantenía sujetas a los lados.
Unos enormes girasoles en flor sobresalían del gran jarrón de porcelana que se
encontraba en el rincón opuesto de la habitación, llevando el brillo del sol al
interior de la estancia.
Aquel jarrón se lo había regalado un ángel chino agradecido cuando ella
consiguió atrapar a una de sus incorregibles pupilas. La joven vampira (que
apenas acababa de completar su Contrato), había decidido que ya no necesitaba
la protección angelical. Rukia la había encontrado acurrucada y muerta de
miedo en un sex shop con una clientela de lo más extraña. Aquella caza la había
llevado a las entrañas de los bajos fondos de Shanghái, pero el jarrón era una
pieza de luz que no había sufrido el paso del tiempo. Toda la habitación era una
guarida, y Rukia había tardado meses en dejarla a su gusto.
No obstante, en aquel preciso momento podría haber estado sentada en
cualquier tugurio al sur de Pekín. Tenía los ojos abiertos, pero lo único que veía
era la imagen congelada de aquel vampiro de Times Square, al que ni una puta
persona se había atrevido a ayudar. Sabía que ella no acabaría así, no si Ichigo
deseaba que nadie se enterara del asunto que se traían entre manos, pero al final
acabaría muerta.
Él le había hablado del glamour.
Hasta donde ella sabía, ningún cazador, ningún humano, conocía aquella
pequeña parte del poder de los arcángeles. Era algo así como ver la cara de tu
secuestrador: da igual lo que el tipo diga después, porque sabes que estás acabado.
—De ninguna... puta... manera. —Cerró las manos sobre el hermoso edredón
de algodón egipcio y entrecerró los párpados mientras consideraba sus opciones.
Opción número uno: Intentar dejar el trabajo.
Posible resultado: Muerte tras una dolorosa tortura.
Opción número dos: Hacer el trabajo y rezar.
Posible resultado: Muerte, aunque probablemente sin tortura (algo bueno).
Opción número tres: Conseguir que Ichigo jurara no matarla.
Posible resultado: Los juramentos eran un asunto muy serio para los ángeles,
así que seguiría con vida. Sin embargo, podría torturarla hasta que perdiera la
cordura.
—Así que y a puedes encontrar un juramento mejor —murmuró para sí—.
Nada de muerte ni de torturas, y desde luego nada de convertirme en vampira.
—Se mordió el labio inferior, preguntándose si aquel juramento podría
extenderse a su familia y amigos.
Familia... Sí, claro. Su familia la odiaba a muerte. Pero ella no quería que los
abrieran en canal mientras la obligaban a mirar.
Sangre que cae sobre las baldosas.
Plaf.
Plaf.
Plaf.
Una súplica sin resuello, gorgoteante.
Alzar la vista para descubrir que Kukaku sigue con vida.
El monstruo sonriendo.
—Ven aquí, pequeña cazadora. Pruébala.
Plaf.
Plaf.
Un sonido líquido y desgarrador, intenso, obsceno, salido de una pesadilla.
Rukia apartó el edredón y sacó las piernas por uno de los costados de la cama
con una expresión gélida. Aquel recuerdo en particular tenía la capacidad de
destruir cualquier tipo de calidez que albergara su alma. Allí sentada, con la
cabeza apoyada en las manos, contempló la alfombra azul oscuro mientras
intentaba despejar su mente. Era lo único que podía hacer cuando los recuerdos
encontraban un agujero en sus defensas y conseguían subir a la superficie, con
unas garras tan afiladas y venenosas como las de...
Algo aterrizó en el balcón.
El arma que tenía oculta bajo la almohada estaba en su mano y apuntaba
hacia las puertas correderas antes incluso de que ella se diera cuenta de que se
había movido. Tenía el pulso firme, y la sangre llena de adrenalina. Inspecciono
el balcón a través de las cortinas de gasa. No vio a nadie, pero solo una cazadora
muy estúpida bajaría la guardia con tanta facilidad. Y Rukia no era estúpida. Se
puso en pie, ajena al hecho de que lo único que llevaba puesto eran una camiseta
blanca de tirantes y unas braguitas de color verde menta, con una abertura a los
lados y un bonito lazo rosa, que parecían unos pantaloncitos cortos.
Sin apartar la vista de la zona exterior, utilizó la mano libre para echar a un
lado las cortinas de gasa, primero una y después la otra. El balcón quedó a la
vista. Allí no había ningún maldito vampiro. Aquellos cabrones no podían volar,
pero una vez había visto a tres de ellos escalar un edificio como si fueran un
grupo de arañas de cuatro patas. Aquellos tipos lo habían hecho en plan de
broma, pero si ellos podían hacerlo, los demás también.
Inspeccionó el lugar por segunda vez.
Ningún vampiro. Ningún ángel.
Empezaba a dolerle un poco el brazo de sostener el arma en aquella posición,
pero no se permitió ni un respiro. En lugar de eso, empezó a examinar los bordes
de la terraza (allí tenía un montón de plantas, entre las que se incluían
enredaderas que colgaban por debajo del « tejado» curvo que ella había
añadido), para asegurarse bien de que nada impedía la vista de la barandilla del
balcón. Si hubiera habido alguien colgado allí fuera, habría podido verle las
puntas de los dedos.
Lo más importante era que cualquier intruso habría dejado un rastro en el gel
con el que rociaba la terraza todas las semanas. El producto había sido creado
especialmente para los cazadores y costaba un riñón, un brazo y un ojo de la
cara, pero era de lo más efectivo a la hora de detectar intrusos. Cuando estaba
inactivo, se mezclaba con cualquier tipo de superficie; sin embargo, cuando
entraba en contacto con un vampiro, un humano o un ángel, adquiría un vívido e
inconfundible tono rojo.
El gel estaba intacto, y sus sentidos no percibían a ningún vampiro.
Tras relajarse un poco, echó una mirada hacia abajo. Enarcó las cejas.
Había un tubo de plástico con un mensaje cerca de sus exuberantes begonias
rojas. Frunció el ceño. Los tallos de las begonias se rompían con facilidad. Si
quienquiera que hubiese dejado aquello había magullado por accidente las
plantas que ella había cuidado con tanto esmero para que florecieran a pesar del
fresco de finales de verano, lo pagaría muy caro. Al final, convencida de que la
zona era segura, bajó el arma y abrió la puerta.
La brisa le llevó el palpitante pulso vital de la ciudad, pero nada más.
Incluso entonces, tuvo mucho, mucho cuidado cuando inclinó el cuerpo hacia
fuera e hizo rodar el tubo hacia ella utilizando el pie. Casi había conseguido
meterlo en la habitación cuando vio la pluma que caía con suavidad sobre un
helecho rizado. Dio una patada al tubo para meterlo dentro, levantó la pistola y la
apuntó hacia el tejado del balcón; el tipo que lo había construido le había dicho que
era una locura bloquear aunque fuera una mínima parte de las vistas, pero
estaba claro que jamás se le había ocurrido que el peligro pudiera llegar de arriba.
Era evidente que había perdido parte de la visibilidad, pero nadie podría
tenderle una emboscada desde arriba sin que ella se enterara... aunque estaba
claro que había confiado demasiado en aquel pequeño escudo, y a que no había
visto a su indeseado invitado. No volvería a ocurrir.
—¡Esta munición atraviesa la piedra, así que imagínate lo que haría con esa
imitación sobre la que estás sentado! —gritó—. ¡Baja de ahí de una vez antes de
que la rompas!
Al instante se oyó la sacudida de unas alas. Un segundo después, un rostro
angelical ruborizado se asomó cabeza abajo. Rukia abrió los ojos de par en par.
No sabía que los ángeles pudieran hacer eso.
—¿Eres el chico de los recados? Ponte derecho... me estás dando vértigo.
El ángel asintió y la obedeció. Se parecía a uno de aquellos míticos
querubines que a los artistas del Renacimiento les gustaba pintar, con un rostro
redondo y dulce, y el cabello lleno de rizos dorados.
—¡Lo siento! Nunca antes había conocido a un cazador. Sentía curiosidad. —
Sus ojos se abrieron como platos cuando bajó la mirada. Sus alas ya habían
empezado a batirse con rapidez cuando cambió de posición, pero en aquellos
momentos se movían a un ritmo frenético.
—Levanta la vista o te haré un agujero en el ala.
La criatura alzó la cabeza de repente, con las mejillas sonrojadas. Se inclinó
un poco hacia la izquierda antes de enderezarse por completo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! Acabo de salir del Refugio. Yo... —Tragó saliva—.
¡Se suponía que no debía contarte eso! Por favor, no se lo digas a Ichigo.
Puesto que el ángel parecía a punto de echarse a llorar, Rukia asintió con la
cabeza.
—Tranquilízate, chico. Y la próxima vez que entregues un mensaje, entra por
la puerta principal.
El tipo se removió con incomodidad.
—Ichigo me dijo que lo hiciera así.
Rukia suspiró y le hizo un gesto con la mano.
—Lárgate. Yo me encargaré de Ichigo.
El joven ángel pareció aterrorizado.
—No, no pasa nada. Por favor, no lo hagas. Él podría... hacerte daño. —Las
dos últimas palabras fueron pronunciadas en un susurro.
—No, no lo hará. —Conseguiría que el arcángel le hiciera un juramento.
Aunque no tenía ni la menor idea de cómo...—. Ahora, vete... Grimmjow se pondrá
celoso.
El joven se quedó pálido y se marchó con tanta rapidez que Rukia apenas pudo verlo.
Bueno, las cosas se ponían interesantes. Hasta donde ella sabía, eran
los ángeles quienes controlaban a los vampiros. Pero ¿y si el poder no siempre
seguía aquella jerarquía? Era algo que tendría que considerar. Más tarde.
Después de conseguir que Ichigo prometiera no matarla ni torturarla.
Cerró las puertas tras examinar y regar sus preciosas begonias (la amarilla
estaba floreciendo como en pleno verano a pesar de que y a había pasado un mes
desde aquella fecha, y eso la hizo sonreír), y luego corrió las cortinas y volvió a
colocar el arma bajo la almohada. Solo entonces cogió el tubo del mensaje y le
quitó la tapa.
El teléfono empezó a sonar.
Pensó en ignorarlo. Se moría de curiosidad. Sin embargo, cuando echó un
vistazo a la pantalla del identificador de llamadas, descubrió que era Miyako.
—Hola, ¿qué pasa, señora directora?
—Yo iba a hacerte la misma pregunta. Ayer recibí un informe de lo más
extraño.
Rukia se mordió los labios.
—¿De quién?
—De Renji.
—No me digas más... —murmuró. Aquel cazador tenía un pasatiempo de lo
más peculiar, teniendo en cuenta su fascinación por las pistolas y las armas en
general. El hecho de que viviera en una de las principales ciudades
metropolitanas, llena de contaminación lumínica, no parecía importarle—.
Estaba observando las estrellas, ¿verdad?
Miyako dejó escapar un suspiro.
—Con su magnífico telescopio de super-mega-extra potencia... Y me dijo
que tú estabas... bueno... ¿volando? —Pronunció la última palabra con un tono de
absoluta incredulidad.
—Tengo que darle las gracias a Renji por considerarme una estrella.
—No puedo creerlo... —susurró Miyako—. Ay, Dios... ¿Estabas ahí arriba?
¿Volando?
—Sí.
—¿Con un ángel?
—Con un arcángel.
Silencio sepulcral durante varios segundos. Luego:
—Joder...
—Ajá... —Rukia empezó a quitarle la tapa al tubo de nuevo.
—¿Qué estás haciendo? Te oigo respirar.
Rukia esbozó una sonrisa.
—Eres una amiga de lo más cotilla.
—Eso aparece en el libro de normas sobre las mejores amigas. Desembucha mientras intento superar el shock.
—Un ángel me ha traído un mensaje hace unos minutos.
—¿De qué se trata?
—Eso intento averi... —Su voz se apagó cuando consiguió quitar la tapa. Con
dedos temblorosos, contempló el contenido del tubo, un tubo que había sido
protegido con varias capas de un material acolchado. Le dio la sensación de que
el joven ángel debería haber dejado caer aquello con mucho más cuidado—.
Vaya...
—¿Rukia? No me hagas esto.
Con el corazón en la garganta, extrajo la figura de talla exquisita con
muchísimo cuidado.
—Me ha enviado una rosa.
Un resoplido desilusionado llegó desde el otro lado de la línea telefónica.
—Sé que no quedas mucho con los tíos, cielo, pero puedes conseguir cinco
cajas llenas de rosas en la tienda de la esquina.
—Está hecha de cristal. —Mientras hablaba, la rosa reflejó la luz de una
manera tan increíble que la dejó boquiabierta—. Madre mía...
—¿Cómo que « Madre mía» ? Madre mía... ¿qué?
Atónita, Rukia abrió un cajón que tenía al lado para sacar una daga de alta
resistencia, capaz de cortarlo todo, que no utilizaba mucho debido a su excesivo
peso. Con mucho cuidado, intentó realizar un pequeño arañazo en el tallo de
cristal. No tuvo ningún éxito. Sin embargo, cuando lo intentó a la inversa, la rosa
dejó un arañazo en la superficie « a prueba de ralladuras» de la daga.
—Joder...
—Rukia, te juro que te haré picadillo si no me dices lo que está pasando. ¿Qué
es? ¿Una rosa mutante chupasangre?
Tras contener una carcajada, Rukia contempló el increíble y precioso objeto
que tenía en la mano.
—No es de cristal.
—¿Es de circonita? —preguntó Miyako con sequedad—. No, espera: seguro que
es de plástico.
—Es de diamante.
Silencio absoluto.
Una tos.
—¿Puedes repetir lo que has dicho, por favor?
Rukia sostuvo la rosa en alto para que le diera la luz.
—Está hecha de diamante. De una pieza. Impecable.
—Eso es imposible. ¿Sabes lo grande que tendría que ser el diamante para
tallar una rosa? ¿O acaso es una rosa microscópica?
—Tiene el tamaño de mi palma.
—Lo que he dicho: imposible. Los diamantes no se esculpen. En realidad, es imposible.
—Pero Miyako parecía un poco ahogada—. ¿Ese hombre te ha mandado
una rosa de diamante?
—No es un hombre —dijo Rukia, que intentaba evitar que su parte femenina
reaccionara con absoluto deleite ante aquel maravilloso obsequio—. Es un
arcángel. Un arcángel muy peligroso.
—O bien está encaprichado contigo o bien les da propinas muy buenas a sus
empleados.
Rukia se echó a reír de nuevo.
—No, solo quiere colarse en mis bragas. —Esperó a que Miyako dejara de toser
al otro lado antes de continuar—. Anoche le dije que no. Me parece que a los
arcángeles no les gusta que les digan que no.
—Rukia, cariño, dime que me estás tomando el pelo, por favor. —El tono de
Miyako era de súplica—. Si el arcángel te desea, te tendrá. Y... —Se quedó callada.
—No pasa nada, Miyako —dijo Rukia con voz suave—. Dilo: y si me tiene, me
destrozará. —Los arcángeles no eran humanos; ni siquiera se parecían a los
humanos. Cuando saciaban sus necesidades, perdían el interés por sus juguetes—.
Razón por la cual no me tendrá nunca.
—¿Y cómo piensas asegurarte de que no se encargue de ti más tarde?
—Voy a conseguir que me haga un juramento.
Miyako emitió un ruidito dubitativo.
—Vale, dejemos las cosas claras. Los ángeles se toman los juramentos muy
en serio. Con una seriedad mortal, de hecho. Pero tienes que expresarlo con
mucha exactitud. Y es un toma y daca. Él querrá su libra de carne... y en tu caso,
lo más probable es que sea literal.
Rukia se estremeció. La idea y a no le parecía tan desagradable. Y no era por
el diamante. Se debía a la sensualidad que había experimentado la noche anterior.
Había sido un coqueteo sexual siniestro y con tintes de crueldad, pero también el
más intenso que había vivido nunca. ¿Qué ocurriría si él se introducía en su
interior, caliente y duro... una y otra vez?
De pronto se le sonrojaron las mejillas, apretó los muslos y sintió los latidos
del corazón en la garganta.
—Le devolveré la rosa. —Era una creación extraordinaria y maravillosa,
pero no podía quedársela.
Miyako malinterpretó su comentario.
—Eso no bastará. Tendrás que tener algo con lo que regatear.
—Déjame eso a mí. —Rukia intentó parecer segura de sí misma, pero lo
cierto era que no tenía ni la menor idea de cómo iba a regatear con un arcángel.
« Él querrá su libra de carne.»
Su mente empezó a funcionar sin previo aviso y las palabras de Miyako se
mezclaron con el recuerdo del cuerpo profanado de Kukaku. Se le quedó el
alma helada. ¿Y si el precio de Ichigo era algo peor que la muerte?
