Naruto Y Hinata en:

LA JOYA DE BYAKUGAN


8. ¿La Tienes?


Varios días después recibieron la anunciada visita de los MacNab. Naruto, que había dispuesto de casi todo el tiempo de Hin desde que le nombró su sirviente particular, dejó de acapararlo para que pudiera ayudar a los demás a preparar el castillo para sus invitados.

Para Hinata fue una auténtica liberación.

El laird de los Namikaze era déspota y autoritario. Nunca le satisfacía nada de lo que ella hacía, ya fuera sacarle brillo a sus botas o servirle el vino cuando lo pedía. Jamás encontraba en sus labios una palabra de agradecimiento, o una alabanza. Y era extraño porque, aunque lo detestaba con toda su alma, había descubierto que deseaba que él le reconociera todo el esfuerzo que hacía cada día.

A veces, cuando le ordenaba permanecer de pie, cerca, simplemente por si lo necesitaba para algo, Hinata se encontraba con los ojos fijos en aquel rostro atractivo. Se embobaba mirándole la boca mientras él conversaba con sus hombres, o con los dos viejos consejeros, sin querer reconocer ante sí misma que aquellos labios le parecían muy varoniles. Observaba cómo le caían los mechones de pelo rubio por los ojos, y el gesto brusco que siempre hacía para retirarlos de su cara.

Escuchaba sus palabras de líder, dándose cuenta de que coincidía en muchas de las decisiones que tomaba en lo referente a los intereses del clan. Lo veía discutir con sus consejeros, haciéndose valer ante esos dos ancianos agrios que pretendían ningunearlo escudándose en su falta de experiencia. El laird terminaba imponiendo su criterio, que Hinata encontraba casi siempre acertado, y lo admiraba por ello.

Por asombroso que resultase, se había dado cuenta de que Naruto Namikaze podía llegar a ser bastante generoso y muy justo con su gente. En esos momentos Hinata llegaba a olvidar que el hombre al que servía podía ser, en realidad, el asesino de su hermano, y estar cerca de él se convertía en una auténtica tortura. Resultaba perturbador estar presente en sus aposentos cuando se desnudaba sin ningún pudor, a pesar de que ella solía desviar siempre la vista a tiempo.

Encontraba hipnótica la manera en que se afeitaba algunas mañanas, vestido tan solo con sus calzas. Era desconcertante la necesidad de buscarlo siempre con la mirada, para ver dónde se encontraba, para vigilar cada uno de sus movimientos. Pero, sobre todo, resultaba muy inapropiado que un extraño calor se instalase cada día en la boca de su estómago cuando llamaba a su puerta y se presentaba ante él para recibir las instrucciones de todo lo que habría de llevar a cabo durante la jornada.

Así que verse libre del señor durante aquel día fue un respiro para ella, una oportunidad de volver a encauzar sus sentimientos hacia la senda de la venganza, la cual se difuminaba día a día en su horizonte al no encontrar ninguna prueba que confirmara las oscuras sospechas que le habían llevado hasta Innis Rasengan.

Bajo la dirección de Jane, el ama de llaves, se habían dispuesto en el gran salón largas mesas para recibir a los visitantes, y todos los sirvientes andaban a la carrera para que todo estuviera a gusto de su laird.

La cocinera, Edith, vociferaba órdenes a diestro y siniestro y de los fogones salían los aromas más deliciosos que Hinata recordaba haber olido en mucho tiempo. Asado de venado, gallo salvaje y buey; guisos de cordero acompañado de puré de verduras y frutos secos; panes morenos recién horneados y distintas compotas de fruta para acompañarlos...

Hinata no podía evitar salivar ante semejante festín. Sin embargo, sabía que su lengua no degustaría ninguna de aquellas viandas, reservadas para los paladares de los invitados. Esa noche, los sirvientes no comerían junto al señor del castillo, como el resto de las jornadas. Mientras durara la visita, únicamente los guerreros y sus mujeres, junto con el laird y sus consejeros, ocuparían el salón.

—Muévete, muchacho, lleva estas bandejas al salón —le ordenó la mujerona, señalándole con una cuchara de madera.

No perdió el tiempo. Agarró dos de los enormes platos y siguió a Sakura, que también llevaba jarras de cerveza tibia para las resecas gargantas de los viajeros.

La llegada de los MacNab coincidía con el regreso a Innis Rasengan del padre Iruka, el párroco encargado de velar por la fe cristiana en la fortaleza. Por supuesto, estaba invitado a compartir la mesa del jefe. No solo todo el clan le tenía un enorme respeto, además, Naruto le consideraba su amigo.

El religioso era conocido entre su gente por su alma caritativa y su entrega incondicional a la hora de ayudar a los más desfavorecidos. Pasaba largas temporadas de viaje, visitando las granjas Namikaze, las aldeas donde no disponían de ninguna parroquia, ofreciendo su fe y sus servicios religiosos a todo aquel que lo necesitara. Eran tiempos difíciles y convulsos, muchas almas estaban faltas del consuelo espiritual que solo hombres como él podían brindar.

Para Naruto, era una suerte que hubiera regresado justo en aquel momento, al mismo tiempo que los MacNab aparecían. El padre Iruka era de las pocas personas en las que podía confiar con fe ciega y sabía que tendría un apoyo mucho mayor contra las intrigas de sus visitantes que si solo contaba con sus dos consejeros oficiales.

Por su parte, Hinata se alegraba de que tan solo unos cuantos privilegiados tuvieran la suerte de disfrutar de aquella fabulosa cena, pues eso añadía aún más respiro a sus horas de libertad. Era estresante permanecer mucho tiempo ante de la intimidatoria presencia de Naruto Namikaze. Su tarea consistiría en agasajar a los MacNab y desaparecer, cosa que estaba deseando.

En el salón, los comensales ya ocupaban sus respectivos asientos y se lanzaban como lobos hambrientos sobre la comida que iba siendo colocada en los centros de mesa. Hinata nunca había visto tanta falta de modales junta. Recordó lo que decían todos de su madre, la dulce y sensata Hanna, allá en Byakugan: ella jamás hubiera consentido en su salón un comportamiento semejante.

Su esposo y sus hijos podían ser unos salvajes en el campo de batalla, pero no así en la mesa. Era evidente que allí, en Innis Rasengan, no había una mujer que se ocupara de tales asuntos. Miró al laird con curiosidad. ¿Por qué no estaba casado? Era un hombre joven, debía de tener la misma edad que sus hermanos. Se preguntó dónde estaría su madre, la esposa del anterior jefe del clan. Los Namikaze necesitaban a alguien que pusiera un poco de orden en aquel universo salvaje dejado de la mano de Dios. Se fijó en que Naruto tenía una expresión taciturna en su rostro y apenas probaba bocado, dedicándose a beber de su copa sin intentar participar de la conversación.

Sí, Hinata no albergaba ninguna duda al respecto: era un mal anfitrión. Por más que su mesa estuviera bien provista y su bodega abierta a disposición de los invitados, su compañía distaba mucho de resultar agradable.

Después de unos cuantos viajes de la cocina al salón y viceversa, Hinata notó que uno de los hombres MacNab la seguía con la mirada. Se estremeció ante esos ojos claros como el aguamiel porque, por la forma en que la observaba, estaba convencida de que aquel guerrero había adivinado su condición femenina.

—¡Eh, chico, acércate!

Hinata se sobresaltó al escuchar su vozarrón, llamándola. No se había equivocado, estaba pendiente de ella y ahora tendría que hacerle frente y disimular mejor que nunca. El MacNab era bastante corpulento, con el pelo largo y mal peinado y una barba rala de color pardusco. Obedeció al punto y bajó la cabeza antes de hablar, con la voz impostada.

—Señor, ¿deseáis que os traiga alguna cosa más de las cocinas?

—No te había visto nunca por aquí, ¿quién eres?

Si su mirada ya la había alertado e incomodado, su tono consiguió erizarle todo el vello del cuerpo. Sin embargo, Hinata se libró de contestar porque el grito del laird, nombrándola, tronó en el salón interrumpiendo todas las conversaciones.

—¡Hin!

Acudió al reclamo, con las orejas ardiendo de vergüenza, pues todos los ojos de la sala estaban fijos en ella. Cuando llegó junto a la silla del Namikaze, la voz le salió débil.

—¿Qué ocurre, mi señor?

La reacción de Naruto la cogió desprevenida y la aterrorizó. El hombre agarró su pechera con violencia y casi pegó el rostro al suyo. Hinata estuvo a punto de ahogarse con la cólera que traslucían los ojos azules.

—Vete ahora mismo a las cocinas y no salgas de allí. No te quiero en este salón, no te quiero merodeando por mi mesa, ¿me has entendido?

La soltó tan de repente que Hinata trastabilló hacia atrás. Abochornada, humillada y muerta de miedo, hizo lo que el laird le ordenó sin perder más tiempo. ¡Dios bendito! ¿Qué error tan grave había cometido para ser reprendida de ese modo, delante de todos los invitados? Solo esperaba que, fuera lo que fuera, no implicase su regreso a las mazmorras; ya la había amenazado en varias ocasiones alegando que su incompetencia merecía unos días de reclusión, pero estaba convencida de que no podría soportar ni una hora metida en aquella celda otra vez. Notó las lágrimas apretándose contra sus párpados y aceleró el paso para escapar del salón antes de que se derramaran.

No comprendía a ese hombre. Era incapaz de entender qué era lo que tanto le ofendía. Por qué aprovechaba cada ocasión para lapidarla con sus insultos, para echarle en cara lo incapaz que era en cada una de las tareas que acometía. Echó de menos a su padre, a sus hermanos, siempre tan llanos, tan sinceros, tan amables con ella. Había estado lamentando muchos años el que se la tratara como si fuera la joya de Byakugan, porque aquello implicaba también vivir en una jaula de oro. Y ahora echaba de menos toda esa consideración, los mimos y, ante todo, el amor incondicional de su gente.

Los Namikaze no eran su gente.

Y, desde luego, ese hombre violento y autoritario no era su laird. Pero, por su hermano Tokuma, afrontaría lo que tuviera que llegar. No iba a renunciar tan pronto. Averiguaría si Naruto Namikaze era el responsable de su muerte, en cuyo caso, solo le pedía a Dios el valor y la fuerza necesarios para clavarle una daga en el corazón.

{...}

—¿No has sido muy duro con el muchacho? ¿Qué falta ha cometido para merecer tal reprimenda?

Naruto apartó los ojos de la puerta por la que había salido Hin y se volvió hacia Darui MacNab, que esperaba su respuesta con una sonrisa ladeada. Su gesto evidenciaba lo poco que le importaba la cuestión, era simple curiosidad... y otra cosa que el laird Namikaze descubrió enseguida.

—Sin ánimo de ofender, Darui, preferiría no hablar de las torpezas de mi servidumbre. Ya es bastante bochornoso para mí que no se sepan comportar como se les manda.

—En esta ocasión estoy de acuerdo con Darui —intervino también el padre Iruka—. No he visto que el mozuelo hiciera nada malo, Naruto.

—Vosotros no lo conocéis. Os diré, por experiencia, que es mejor que se quede en las cocinas. Su torpeza puede llegar a ser muy molesta.

—Vamos, vamos, no será para tanto —apuntó Darui.

—¿Qué interés puede tener el jefe de los MacNab en la suerte que corra uno de mis sirvientes?

Su interlocutor soltó una risa entre dientes. Naruto siempre había encontrado a ese hombre detestable, con su estatura mediana, piel oscura, ojos oscuros de comadreja, su pelo blanco y su avidez para sacar partido de cualquier desgracia ajena.

—Bueno, me he fijado en que a mi lugarteniente, Reed, el muchacho le ha caído en gracia. —Bajó el tono para añadir, sin que le oyera el religioso—: Sé que podemos hablar con confianza, y sé que sabes de los gustos un tanto... especiales de mi guerrero. Es evidente para todos que el chico es un poco afeminado, por lo que imagino que compartirá las mismas apetencias que Reed en cuanto a...

—Olvídalo, MacNab. —Naruto le cortó antes de que continuara, porque ya se sabía el discurso.

Sí, conocía de sobra los hábitos sexuales de ese animal de Reed MacNab. Y, por eso mismo, jamás consentiría en ejercer de alcahueta entre el guerrero y cualquiera de las personas que estaban bajo su protección en Innis Rasengan.

Esa máxima se reafirmaba de manera tajante tratándose de Hin.

Ese era el motivo por el que lo había echado del salón. Tenía que alejarlo de los ojos lujuriosos de Reed y de su mente sucia e infecta. Naruto no aceptaba de buen grado las prácticas sexuales de los afeminados, por todos era sabido, pero en el caso de Reed su reticencia se acrecentaba de manera notable. Porque aquel hombre no se limitaba a compartir el lecho con otros hombres. Había oído historias y, si era verdad tan solo la mitad de lo que se decía, ese MacNab disfrutaba vejando a sus parejas, sometiéndolas por la fuerza, provocándoles dolor. Solo así conseguía él su propia satisfacción. Le asqueaba solo con imaginárselo, ya fuera un varón o una hembra lo que eligiera ese demente para divertirse.

—Te noto algo tenso, Naruto —prosiguió Darui—. ¿Sería abusar de tu hospitalidad pedirte que des tu consentimiento para que mis hombres se diviertan un poco? En Innis Rasengan siempre se nos ha tratado bien y a todos nos hace falta relajarnos un poco. En breve, habremos de reunirnos con el rey Indra en Stirling, por lo que no tendremos muchas oportunidades más de disfrutar de estos momentos distendidos.

—No me parece mal que queráis divertiros —expuso Naruto—. Pero no deseo que la fiesta degenere. No consentiré según qué tipo de comportamientos, Darui, tenlo bien presente.

El líder de los MacNab chascó la lengua antes de esbozar una sonrisa relamida.

—Comprendo tus reparos, amigo Naruto. Las habladurías han escapado de los muros de tu fortaleza y ha llegado hasta mis oídos lo sucedido con tu lugarteniente, Sasuke.

El laird se tensó al escuchar aquel nombre. No tenía ningún interés en oír lo que aquel hombre tuviera que decir al respecto.

—No quiero hablar de ello, MacNab.

—Es muy penoso cuando uno no es capaz de proteger a su clan dentro de su propia fortaleza, ¿verdad? Por eso comprendo tu recelo. No debes preocuparte, diré a mis hombres que no se conduzcan como energúmenos. No quisiera tener que desterrar a ninguno de ellos, como tú hiciste con Sasuke.

Naruto se volvió hacia él con el impulso de devolverle el golpe. Era evidente que su invitado quería hurgar en la herida y no podía tolerarlo. Una mano firme se posó en su hombro y la voz sensata del padre Iruka le habló en el oído.

—No te dejes llevar por la furia, laird.

—MacNab es nuestro invitado y estoy convencido de que su intención estaba lejos de ofenderte —habló también Danzo, coincidiendo con el párroco.

—¡Por supuesto! —saltó Darui, aunque su gesto satisfecho evidenciaba lo contrario —. Además, ¿es que acaso aún le tienes estima a ese violador de mujeres? Por cómo te has revuelto, bien lo parece.

—No quiero hablar de ese tema y creo que ya lo he dejado claro. Si la preocupación de los MacNab es no encontrar diversión entre los muros de mi casa, tus hombres pueden estar tranquilos. No faltará comida ni bebida, ni entretenimientos, ya que nos ponemos; yo, como laird de los Namikaze, lo garantizo. Solo espero que tú cumplas tu palabra y tus guerreros hagan gala del comportamiento ejemplar que se les exige.

—Se conducirán como deben, y pobre del que no lo haga —le confirmó Darui, barriendo con la mirada la mesa que ocupaban sus hombres, para que todos tuvieran bien presente la advertencia.

—Y ahora, aclarado este punto, sería mejor abordar el motivo que os ha traído hasta Innis Rasengan. Debo confesar que estoy intrigado por esta visita inesperada —le soltó Naruto sin más dilación, impaciente por conocer los tejemanejes de aquel hombre detestable.

Darui MacNab tomó un sorbo de su vino antes de hablar, con deliberada parsimonia.

—La curiosidad, querido amigo, ¿qué otra cosa si no? En todo el valle solo se habla del ataque sufrido por los Hyuga.

Naruto notó que el padre Iruka, sentado a su lado, se tensaba. Sin embargo, haciendo gala de la prudencia que lo caracterizaba, no se pronunció.

—Se comenta que las noticias han llegado hasta el frente y el viejo Hiashi se ha enterado mientras continúa la lucha contra los ingleses. Por supuesto, ha montado en cólera. Supongo que su primera reacción será intentar recuperar Byakugan al precio que sea ―explicó Darui.

—Yo haría lo mismo, de estar en su lugar —comentó Naruto de forma sucinta.

—Esos Hyuga solo han tenido lo que se merecen —intervino el viejo Danzo, por lo que se ganó una dura mirada de su laird y del sacerdote.

Darui se inclinó hacia Naruto con sus ojos de comadreja brillando de curiosidad. Se pasó la lengua por los labios antes de hacer la pregunta que estaba deseando plantear.

—¿Lo mataste con tus propias manos? ¿Sufrió mucho ese arrogante de Tokuma Hyuga?

El padre Iruka abrió la boca para decir algo, pero Naruto se adelantó.

—Me temo que alimentar el morbo de mis invitados no es una de mis mejores cualidades, Darui, así que tienes que disculparme si prefiero guardar silencio ante tu interrogatorio. De todos modos, presiento que saciar tu curiosidad no es lo único que te ha traído a mi casa, ¿me equivoco?

El hombre se sintió decepcionado porque sabía que Naruto no le desvelaría ningún detalle del ataque, por más que tratara de embaucarlo con palabras zalameras. Suspiró y bebió otro sorbo más de su vino antes de confiarle el motivo real de su visita.

—Amigo mío, tus instintos no se limitan tan solo al campo de batalla. Eres muy hábil para detectar los intereses de las personas que te rodean y, una vez más, has acertado de pleno. He venido hasta Innis Rasengan para hacer una compra.

Tanto el laird de los Namikaze como sus hombres de confianza se mostraron sorprendidos.

—¿Una compra? —preguntó Danzo

—En estos tiempos de guerra y escasez, ¿qué tenemos que os pueda interesar tanto como para venir en persona a adquirirlo? ―inquirió también Mitokado.

Dariu MacNab se recreó en las expresiones incrédulas de sus interlocutores y alargó el tiempo de la respuesta para darle el énfasis que merecía. —Una joya. Darui se quedó mirando a Naruto con intensidad, como si con su mirada el laird de los Namikaze hubiera de comprender a qué se refería.

—Disculpa, ¿has dicho una joya?

—La misma que le arrebataste a Hyuga en tu incursión.

—No sé de qué me hablas —murmuró Naruto, en verdad estupefacto.

El tono de la conversación había descendido, por lo que tan solo Darui y su lugarteniente, Reed MacNab, así como el laird Namikaze y sus consejeros escuchaban lo que allí se decía.

—Tengo un cofre lleno de monedas que devolverán la luz a tu entendimiento.

Naruto apretó los puños y aniquiló al hombre con sus ojos oscurecidos por la ofensa.

—Veo que aún no me conoces, si crees que tu oro puede comprarme.

—Vamos, querido amigo. —El tono de Darui estaba crispando a Naruto, que se tenía que contener por momentos para no estampar su puño en esa cara exultante de suficiencia—. No es ningún secreto que la guerra contra Inglaterra ha dejado las arcas de Innis Rasengan llenas de telarañas. Mi oro, como bien dices, os vendría muy bien. El rey puede solicitar en cualquier momento vuestra ayuda, y entonces, ¿qué le diréis? ¿Que no podéis mandarle más que un puñado de guerreros por falta de recursos?

Naruto apretó los dientes. Ignoraba cómo ese demonio se había enterado de su precaria situación económica y lamentaba encontrarse en clara desventaja. El anterior laird, su padre, no había sabido administrarse cuando el rey solicitó los recursos de su clan. Pero, meditó, si esa comadreja estaba dispuesta a entregar tanto por una estúpida joya, el asunto requería de más atención por su parte.

—No tengo la joya que buscas, pero, aunque la tuviera, no te la entregaría. Imagino que debe de valer mucho más que ese cofre que me ofreces con tanta alegría y estoy dispuesto a averiguar lo que te traes entre manos —le dijo.

Tanto Reed como Darui MacNab entrecerraron los ojos ante aquella salida. No se podía considerar más que como un insulto.

—¿De qué me estás acusando, exactamente? —estalló el líder de los MacNab, poniéndose en pie con gran estruendo. Su lugarteniente ya se había llevado la mano a la empuñadura de su espada.

Los consejeros Namikaze se pusieron también de pie, alarmados por el cariz que había tomado la conversación.

—Calma, señores, calma, por favor —pidió Mitokado, mirando de reojo a su laird con reproche—. Nada más lejos de la intención de nuestro jefe que molestar a sus invitados en su propia casa. ¿No es cierto, Naruto?

—He venido aquí con una oferta sincera y muy generosa, porque aprecio mucho a vuestro clan. Siempre he considerado a los Namikaze mis aliados y no esperaba esta reacción. Estoy muy interesado en esa joya por motivos personales y considero que la suma que estoy dispuesto a pagar, aunque excesiva, a mis ojos la merece. Quizá para el laird Naruto Namikaze gastar tanto en algo así sea poco más que un pecado, pero no para mí. No pienso revelar los verdaderos motivos que me impulsan a adquirirla, amigo mío, pero tendrás que confiar en que mi ofrecimiento está exento de cualquier interés oculto que pretendas achacarme.

—Por supuesto, por supuesto —intercedió Danzo, que había visto cómo los guerreros Namikaze ocupaban posiciones en el salón al ver amenazada la paz de su casa—. ¿Cuántas veces hemos visto que un hombre despilfarra una fortuna en una joya para una mujer? No sé si será el caso de nuestro querido Darui, y no pretendo saberlo, no quisiera ser yo quien vulnere su intimidad. Pero ¿no se cometen esta clase de locuras por amor? O, quién sabe, tal vez la joya perteneciera a un MacNab en otros tiempos y acabó en manos de los Hyuga. No sería de extrañar que nuestro amigo quisiera ahora recuperarla a cualquier coste.

El viejo consejero comprobó que Darui MacNab le dedicaba un gesto de agradecimiento por sus palabras y dejaba entrever que alguno de los motivos expuestos podría ser el verdadero.

Naruto miró a uno y a otro. Sus tripas seguían advirtiéndole de que aquel hombre con ínfulas de gran líder ocultaba algo, pero no iba a provocar una pelea en su casa. Aquello equivaldría a poner en su contra al consejo Namikaze en pleno y, como nuevo laird que aún no se había asentado del todo, no estaba en condiciones de arriesgarse.

—Te pido disculpas, querido amigo. —El timbre de su voz al referirse al MacNab rayaba la impertinencia, aunque los demás, con buen juicio, lo pasaron por alto—. No pretendía molestarte con mis dudas, pero comprenderás que no es normal recibir esta clase de ofertas, y menos por una mísera joya.

—Para mí no es mísera —insistió el otro.

—Me ha quedado claro. Lamentablemente, como ya te he dicho antes, no tengo esa joya en mi poder.

—¿Puede, tal vez, alguno de tus hombres haberse quedado con ella sin que tú lo supieras?

La insistencia de MacNab y la insinuación resultaban ofensivas. ¿Acaso creía que los hombres Namikaze ocultarían algo así a su laird? Naruto se tragó el veneno que le subía por la garganta para no estallar y disimuló. Si quería llegar hasta el final con ese asunto, debía seguirle la corriente.

—Haré lo posible por averiguarlo. Pero, por esta noche, olvidémonos del tema y dediquémonos a disfrutar de la cena y de las humildes diversiones que os puedo ofrecer.

Darui asintió, aceptando aquella pequeña tregua.

El laird de los Namikaze levantó su copa y brindó en el aire, esperando que sus invitados hicieran lo propio. Al cabo de un buen rato, cuando vio que el ambiente se relajaba y que las conversaciones derivaban hacia otros derroteros, se levantó con una disculpa y se retiró a su habitación.

Tenía mucho en lo que pensar.

Continuará...