Enamorada


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Naruto se dio prisa en seguir leyendo. Eligió un artículo al azar, que resultó ser un árido ensayo sobre la traducción al alemán que Weiman había hecho de Shakespeare. Le costaba encontrarle sentido, porque la mayor parte de su mente estaba ocupada tratando de asimilar su descubrimiento.

Cuando terminó la reseña, ofreció el periódico a las hermanas. Ambas declinaron la oferta, así que él lo dejó a un lado. Notó alivio en el rostro de su damisela.

En el rostro de Hinata Hyūga.

Le llevaría algún tiempo hacerse a la idea de que se llamaba así, y no Hiroshi; sin embargo, a pesar de su reputación, aquel nombre le pegaba. No obstante, ¿a qué debía atenerse en lo tocante a su reputación?

Recordaba que Toneri Ōtsutsuki había dicho que Byakugan le había rapado la cabeza después de encontrarla en la cama de un hombre. Todo encajaba, pero sólo hasta cierto punto. No cuadraba con lo que él conocía de ella. No podía creer que su damisela fuera una tunanta desvergonzada que fuera de cama en cama.

Y, sin embargo, aquello era lo que el mundo creía.

Cuando Naruto había estado enfermo, su hermano Shikamaru había venido desde Londres con una selección de entretenimientos, entre los que se incluían las últimas tiras cómicas. Había las que hacían referencia a los rumores sobre lord Bute y la madre del nuevo rey.

Otras retrataban ambiciosos escoceses que dejaban a Inglaterra seca mientras seguían flirteando con los Estuardo. Una muy divertida y obscena sobre el depuesto zar de Rusia, de quien se decía que nunca se había acostado con su mujer Catalina, aunque todos los demás hombres sí lo habían hecho.

Y le había llevado una sobre el gran escándalo del verano, protagonizado por lady Hinata Hyūga.

Supuso que el conde de Byakugan, el Incorruptible, tenía enemigos que se habían dado el gusto de atacarle a través de su hija. Le habían sacado feo e hinchado, retrocediendo tambaleante desde una cama en la que su rolliza hija yacía alegremente desnuda bajo un amante que babeaba, a la par que decía: «No padre, no voy a casarme con él, solo quiero j***r con él».

Dirigió una fugaz mirada a los prístinos rasgos de la joven mujer que tenía enfrente. No se parecían en nada a los de la ordinaria mujer de la caricatura. Probablemente, el ilustrador no la había visto nunca y no le importaba un pimiento como persona. Sólo se trataba de proporcionar un poco de excitación a las masas y un golpe bajo para el poderoso conde.

Sabía que había habido numerosas caricaturas sobre el tema, pegadas en los escaparates para que todos las vieran —a la venta por el módico precio de un penique las de blanco y negro, y por dos las de color—, que habían pasado de una mugrienta mano a otra como fuente de diversión.

¿Había llegado ella a ver alguna? Por el amor de Dios, esperaba que no.

Naruto había oído la historia de labios de Shikamaru, salpicada de lascivos detalles. Al parecer, a la chica le habían prohibido asistir a la recepción de los Hyūga a causa de su mal comportamiento; los rumores decían que debido a alguna procacidad anterior.

La bondadosa lady Katou, la favorita de la buena sociedad, había abogado tanto en su defensa que lord Byakugan, junto con un grupo de invitados, había subido a la habitación de su hija para levantarle el castigo.

Y allí la habían encontrado, como Ōtsutsuki había dicho, inflagrante delícto. Con tantas personas como testigos, no había habido manera de silenciarlo, aunque su padre lo había intentado.

El escándalo pudo haberse acallado si ella hubiera accedido a una boda rápida, porque la mayoría de los presentes habrían guardado el secreto y, todo lo más, se habrían producido rumores. Lady Hinata, sin embargo, se había negado terminantemente a casarse con el hombre. De inmediato se la redujo al ostracismo, no tanto por haber pecado como por no seguir las reglas una vez pillada.

Lord y lady Katou —conocidos por su irreprochable carácter— fueron los que más tiempo la estuvieron apoyando, negándose a confirmar la historia. Pero al final, ellos también habían claudicado, expresando la gran conmiseración que sentían por el afligido padre.

Se acordaba de algo más. ¡El amante había sido el cuñado de la muchacha, Toneri Ōtsutsuki!

¿Su damisela había descuidado toda precaución por un hombre como aquél? La única explicación sería la lujuria enfebrecida e insensata que se apoderaba de algunas mujeres, pero él no había visto ni rastro de aquel rasgo en Hinata Hyūga.

Naruto la miró de nuevo. Nunca hubiera dicho que fuera casquivana. Ni tampoco que fuera estúpida. Si había jugado a aquel juego y la habían cogido, la única opción razonable era casarse con aquel hombre. Para una mujer así, el matrimonio no sería una prisión muy rígida.

Y, sin embargo, no podía pensar que ella fuera esa clase de mujer. Las contradicciones y las sospechas se agolpaban en su cerebro.

Recordaba otra cosa. A Menma no le había gustado la caricatura y la había hecho desaparecer; probablemente, en el fuego más cerca no.

Menma y Hinata Hyūga se habían conocido pues antes de la debacle. Tal vez Menma se dio cuenta de lo poco que aquellas representaciones tenían que ver con la realidad.

¿También Menma se había acostado con ella? Naruto estuvo a punto de emitir un sonoro gemido. Rechazaba aquellos pensamientos, pero éstos le invadían el cerebro con insistencia.

No se podía negar que ella había estado envuelta en el escándalo. Además del testimonio de los Katou, Naruto contaba con la evidencia que le habían mostrado sus propios ojos y oídos: él enfurecido conde había rapado el cabello de su descarriada hija y la había confinado a la cabaña de su vieja niñera, permitiéndole quedarse únicamente con las ropas de una prostituta penitente.

¡Y ella había encontrado una audaz manera de burlar aquellas restricciones! Usando las ropas de su hermano y adquiriendo una apariencia masculina. Era una idea muy buena, pero, ¡hacía falta valor para llevarla a la práctica!

Tuvo que admitir que el vapuleado padre de Hinata Hyūga le inspiraba cierta compasión. Pero sólo si ella era la desvergonzada que se decía.

Hinata vio a Naruto dejar de lado la Gazette. El alivio que sintió casi la hizo llorar. Había estado esperando que él leyera aquel artículo como si presintiera la caída de un hacha. Trató de acorazarse contra el escarnio y el asco. Viniendo de aquel oficial le resultarían aún más insufribles que si provinieran de la señora Inchcliff.

Qué extraño era lo de la ropa. Aunque no tuviera mucho sentido, le parecía que la señora Inchcliff se hubiera mostrado más comprensiva y le hubiera otorgado el beneficio de la duda, mientras que estaba segura que el capitán lord Naruto Namikaze la condenaría al instante.

Y, sencillamente, su corazón se partiría.

Naruto se inclinó de repente hacia delante y golpeó el techo del carruaje. Hoskins detuvo el vehículo.

—Me voy a sentar un rato en el pescante, ahora que soy otra vez un hombre —les dijo a las hermanas—. Relevaré a Hoskins y le explicaré parte de nuestro plan. Cualquiera que nos vea pasar, distinguirá mi chaquetón escarlata, lo que debería despistar a nuestros perseguidores. —Se puso las botas, saltó al exterior y cerró la puerta de golpe.

—Santo cielo —dijo Hanabi, mientras el coche arrancaba de nuevo—. ¿No es extraño? Desde que se ha puesto el uniforme se ha convertido en una persona completamente diferente.

Hinata también había advertido cierta brusquedad en sus modales.

—Estoy segura de que es un oficial excelente —dijo en su defensa. Ya había empezado a sentir su ausencia como si ante ella se abriera un profundo abismo. Lo mejor que podía hacer era acostumbrarse. Pronto él estaría fuera de su vida para siempre. Cogió el periódico.

—Voy a esconderlo antes de que vuelva. Lo he pasado fatal, Hanabi. ¡Mira!

Hanabi leyó el artículo y se mordió el labio.

—Oh, cielos. A estas alturas, toda Inglaterra debe estar al acecho, así que es mejor que no me vea nadie que me conozca. Y claro, tenían que sacar tu nombre a colación. —Tocó la mano de Hinata—. Yo pensaba que la tempestad amainaría pronto.

—Nunca llegará ese día. —Hinata suspiró—. Una cosa está clara, después de todo esto jamás aceptaré ciegamente ningún rumor. Hanabi se cambió al bebé de brazo.

—Tienes que comprender que no se trata sólo de un rumor. Un grupo de personas de intachable reputación te vio en la cama con Toneri. Es una desgracia que los Katou estuvieran allí. Su palabra está fuera de toda duda.

—Pero yo no invité a Toneri a mi cama. ¡Estaba profundamente dormida!

—Eso no tiene importancia a los ojos del mundo.

Hinata miró fijamente a su hermana.

—¿Estás diciendo que debería haberme casado con Ōtsutsuki? Hanabi suspiró.

—En realidad no lo sé, querida. Supongo que yo sí lo habría hecho, pero yo siempre he sido más débil que tú. Lo que pasa es que estoy empezando a darme cuenta de lo mala que es la situación en la que te encuentras. —Lanzó una mirada a su hermana—. En parte, a causa de lord Naruto.

Hinata se puso tensa.

—¿Quieres decirme qué tiene él que ver con esto?

—No me negarás que hay algo entre vosotros. Me he dado cuenta. Sin duda, él está confundido por que te tiene por un hombre, pero, tan pronto como descubra que eres una mujer, se mostrará interesado. Es una pena que lo vuestro no pueda llegar a buen puerto.

—No existe nada entre nosotros que tenga que llegar a ningún puerto —dijo Hinata con firmeza. —Y no tengo ninguna intención de que se entere de que soy una mujer. Creo que estás desvariando, Hanabi.

Eran casi las cinco y había oscurecido cuando atravesaron la puerta norte y entraron en la antigua ciudad de Winchester. La carretera estaba tranquila, puesto que la mayoría de los viajeros ya habían llegado a su destino, pero todavía había mucha gente que andaba por la calle.

Tanto Hanabi como Hinata se mantuvieron fuera del alcance de las miradas curiosas. Naruto levantó la trampilla y les dijo a voces:

—Vamos a evitar las posadas elegantes y vamos a ir al Three Balls. Hoskins me asegura que, incluso si Ōtsutsuki o tu padre están aquí, nunca se hospedarían en un sitio tan pequeño, aunque es bastante decente. De todas maneras, no os confiéis. Recordad vuestros papeles y mirad a ver si podéis esconder al bebé en la maleta.

Hinata abrió el baúl. Hanabi colocó una manta doblada sobre la lana sin hilar y después introdujo al adormecido bebé encima. Udon suspiró y después recuperó el sosiego.

Le cubrieron con una delgada tela de algodón y cerraron parcial mente el arca.

El coche se balanceó bruscamente. Se escucharon saludos. Las hermanas se asomaron al exterior y descubrieron que se hallaban en el patio de una pequeña fonda, iluminado por antorchas. Era un lugar vetusto, con aleros bajos y escasez de ángulos rectos. Tenía encanto, pero no era el tipo de establecimiento que atraería el patronazgo de la alta aristocracia.

La puerta del carruaje osciló sobre su eje y Naruto les indicó que debían apearse. Hinata comprendió que les convenía dejarse ver, para fijar aquella ilusión en las mentes de los postillones.

Dejaron el baúl en el suelo del vehículo y se bajaron. Naruto asistió cortésmente a Hanabi e ignoró por completo a Hinata. Esta se preguntaba con sarcasmo si tendría que ir a echar una mano con los caballos, pero temió que, si lo intentaba, se descubriera su impostura.

Mientras los mozos desenganchaban los caballos, el rollizo posadero se apresuró a salir para atender a sus clientes. Naruto se puso a charlar con el hombre y, entre tanto, Hanabi mantenía la cabeza recatadamente baja y permanecía de pie a su lado. Naruto le dirigía de vez en cuando algún comentario, llamándola «querida» y tocándola con suave familiaridad.

Apoyada contra una rueda, con el sombrero calado hasta los ojos, Hinata pensaba con desolación que hacían muy buena pareja.

Vio cómo un joven con expresión aburrida asomaba la cabeza por la puerta de la posada y llegaba a la misma conclusión.

¿Tenía su padre un vigía en cada fonda del sur del país? ¿Por qué? Una cosa era estar preocupado por la desaparición de una hija, pero aquello era algo fuera de lo normal. Rezó para que el bebé no se despertara.

Naruto pagó a los postillones y los hombres se fueron con su bullicio a otra parte. Después, convino que dejaría su carruaje durante unos días en la posada y que alquilaría un caballo de montar para poder explorar la zona.

Dejó caer que andaba buscando una casa para arrendar. Cogió habitaciones para él y para su cochero, anunciando que su mujer se iba a alojar en casa de un amigo.

Todo salió a pedir de boca.

En un instante, todos salían a buen paso del patio de la fonda. Naruto portaba el baúl en el que el bebé seguía profundamente dormido.

—Camino despejado. No creo que tengamos ningún problema con Anko Yamashiro —dijo Naruto animadamente—. Siempre ha sido una mujer con carácter. No quería irse de Canadá, pero cuando tuvo a su segundo hijo, Menma la persuadió para que regresara a Inglaterra. Ella y los niños están viviendo con su padre, un tipo erudito. Esperemos que él no ponga ninguna objeción.

Todo resultó tal y como Naruto había predicho. Cuando llegaron a la agradable casa de ladrillo, en una tranquila calle, Anko se declaró en cantada de tener una huésped femenina.

Su padre manifestó la misma hospitalidad. Enseguida todos se hallaron tomando el té en un cómo do saloncito.

Anko era una mujer robusta de mejillas coloradas y sonrisa pronta. Sus dos niños —una vigorosa niña de cinco años y un chiquillo travieso que todavía llevaba faldones—revolotearon tímidamente durante un rato. Pero, al poco rato, el bebé llamó la atención de la niña y el uniforme de Naruto la del niño.

—Mi papá es soldado —le dijo con gravedad a Naruto.

—Lo sé. Conozco muy bien a tu padre. Nos lo hemos pasado muy bien juntos zurrando a los enemigos del rey.

—¿Con espadas?

—Con espadas y pistolas. Montones de maravillosos y ruidosos objetos.

El chico se apoyó contra la rodilla de Naruto con los ojos maravillados.

—¿Tienes un caballo grande?

—Claro que sí. —Naruto le dedicó una sonrisa—. ¿Quieres jugar a los caballitos?

El chiquillo asintió, así que Naruto lo sentó encima de sus piernas y empezó a declamar:

—Las mujeres cabalgan al paso, al paso, al paso, al paso. Los caballeros al trote y al galope, al trote y al galope. Los granjeros montan así: Tacata, tacata, tacata. Y cuando llegan a un seto... ¡Saltan por encima!

Y levantó al niño por los aires, mientras éste no dejaba de proferir alaridos

—Y cuando llega a un lugar resbaladizo...—El pequeño se quedó tenso, rebosante de expectación—. ¡Van a parar al suelo!—Naruto abrió las piernas y dejó caer al escandaloso crío casi hasta el suelo.

—¡Otra vez! ¡Otra vez!

Naruto empezó amablemente la representación desde el principio. Hinata le observaba, con el corazón en un puño. Además de los bebés, también le gustaban los niños. Sería verdaderamente un padre maravilloso, firme cuando fuera preciso, pero tremendamente divertido.

Basta, Hinata.

También vio cómo la pequeña Caroline miraba con envidia el juego del caballito, obviamente dividida entre los atractivos del bebé en los brazos de Hanabi y la pura excitación de aquella farsa.

Cuando Naruto reclamó una pausa para recobrar el aliento — aunque el que verdaderamente la necesitaba era el pequeño, para poder calmarse y abandonar el estado de efervescencia en que se encontraba— Caroline solicitó su atención.

—Aquí también vamos a tener un nuevo bebé —le dijo.

Los ojos de Naruto emitieron un destello al mirar a Anko Yamashiro.

—Espero que eso signifique que Aoba ha estado de permiso. La mujer sacudió la cabeza al contestarle.

—Por supuesto que sí, granuja. Él fue quién te trajo a casa, como bien sabes.

—¿Que me trajo a casa? —preguntó Naruto con la mirada perdida.

—¿No te acuerdas? Él tenía sus dudas, aunque decía que a veces parecía que estabas perfectamente consciente. Naruto sacudió la cabeza.

—No recuerdo casi nada del viaje. Entonces, tengo que darle las gracias por salvarme la vida.

—Oh, no sé si es para tanto, pero se pondrá contento cuando le diga por carta que estás totalmente recuperado. Quiso visitarte antes de embarcarse, pero le dijeron que no estabas en condiciones.

El buen humor se esfumó del rostro de Naruto.

—¡Qué me estás diciendo! Me pregunto a cuántos amigos más les cerró la puerta mi solícito hermano.

—Vamos, Naruto, no te lo tomes así —dijo Anko—. Estabas muy enfermo. Aoba dice que habían perdido las esperanzas hasta que apareció Menma y se hizo cargo.

Naruto frunció el ceño.

—Que apareció, ¿dónde? ¡Hacéis que suene como una maldita aparición!

Hinata no podía creer que le hablara de una manera tan brusca a la esposa del hombre que le había salvado la vida, pero Anko no parecía sorprendida.

—¿Tampoco te acuerdas de eso? Eso prueba lo enfermo que debías estar. Se presentó en el muelle nada más que llegaste. Aoba decía que su presencia allí le había resultado muy misteriosa, como si alguien le hubiera avisado con antelación.

Los labios de Naruto se torcieron levemente. Si aquello era una sonrisa, desde luego carecía de humor.

—Te aseguro que mi hermano no usa una bola de cristal. Sin duda tenía información rápida y precisa. Así que se presentó y me arrancó de las fauces de la muerte, ¿no? Supongo que debería estarle sumisamente agradecido. Intentaré recordarlo la próxima vez que nos veamos.

Después esbozó una chispeante sonrisa, como si aplicara una chispa a una mecha, y empezó a jugar otra vez con el chiquillo. A los pocos instantes, Caroline se puso a su lado.

—Luego me toca a mí —dijo con firmeza.

Naruto terminó una tanda con el chico y miró a la niña.

—¿Estás segura de que es un juego apropiado para una señorita? Ella asintió.

—Papá lo hace conmigo.

Naruto puso al niño de pie en el suelo.

—Entonces, tal vez sí. Si nos dejamos la parte de «Van a parar al suelo». Carolina le miro ceñuda.

—¡Pero si eso es lo mejor de todo, señor! ¿Por qué los chicos son siempre los que se divierten?

Naruto dirigió una rápida e inquisitiva mirada a Anko, pero antes de que ella pudiera hacer ningún comentario, Caroline dijo:

—No será descocado, señor. ¡Mire! —y se levantó las faldas de muselina hasta dejar al descubierto unas calcillas con volantes.

Anko dio un horrorizado gemido, pero Naruto se echó a reír. Cogió a la niña para empezar el juego, y lo llevó a cabo todavía con mayor vigor del que había empleado con su hermano pequeño. Muy pronto su engalanada ropa interior se reveló en todo su esplendor.

Finalmente, depositó a la sonrojada niña de pie en el suelo.

—Ya vale, cielo. Eso es todo por ahora. Tengo que ocuparme de ciertos asuntos. Pero pronto volveremos a pasarnos por aquí y podrás cabalgar de nuevo. Ciertamente, no veo por qué los chicos tienen que ser siempre los que se divierten.

Se iba. Aquello era el fin. De repente, Hinata sintió que no podía soportarlo. Su noble resolución le decía que lo dejara marchar. Su amor hacía que deseara estar junto a él el máximo tiempo posible. Había conservado su disfraz hasta aquel momento. Con su ayuda, ¿no podría estar a salvo unos pocos días más?

Él se dirigió a la puerta. Hinata le siguió hasta el recibidor.

—Creo que debería ir contigo. Él la miró con extrañeza.

—¿Por qué?

—No puedo quedarme aquí. Ésta casa es demasiado pequeña. Podrían reconocerme y por si acaso necesites ayuda para encontrar a Konohamaru. Después de todo, no le conoces. Además, te conviene tener a alguien a tu lado. Creo que no te das cuenta de lo despiadado que puede ser mi padre.

Para su desesperación, Hinata sabía que aquello era, sobre todo, una sarta de tonterías. Aunque lo último era cierto. No creía que Naruto se tomara al conde de Byakugan lo suficientemente en serio.

—Me admira la meticulosidad de la búsqueda de tu padre — dijo él. Su tono era reflexivo e impenetrable—. Pero ¿estás seguro de que será prudente que vengas conmigo, joven Hiroshi?

Hinata respiró profundamente.

—Sí.

Él asintió.

—Está bien. Díselo a Hanabi.

Hinata le dio a Hanabi las mismas razones para irse a solas con Naruto Namikaze. La preocupación empañó la cara de Hanabi, quién también le dijo:

—¿Estás segura de que esto es sensato, querida?

—No —dijo Hinata débilmente—, pero no puedo dejar que se vaya solo. Es un inconsciente. Todavía se lo toma a la ligera.

Hanabi suspiró, pero le caló aún más el sombrero a Hinata y la besó.

—Buena suerte, querida. Ten cuidado. —Había lágrimas en sus ojos.

Hinata abrazó a su hermana con fiereza.

—Pronto estaremos de vuelta con Konohamaru, te lo prometo.

A los pocos instantes, Hinata caminaba junto a Naruto por la oscura calle, con la sensación de haber roto por fin con su vida anterior y de haberse embarcado hacia un misterioso y atemorizador futuro.

Pero el misterio y el miedo se centraban mucho más en el hombre que llevaba al lado que en el viaje que les esperaba juntos. Le dirigió una mirada.

—Te gustan los niños, ¿no?

—¿Y a tí?

Había vuelto a olvidar que la tenía por un hombre; no se esperaba que a los muchachos les gustaran los niños. Cualquier día iba a cometer algún error que destruyera aquella ilusión y lo terrible es que tenía ganas de hacerlo.

Quería poder encararlo honestamente, como una mujer enfrenta a un hombre, incluso si aquello significaba que él descubría que ella era Hinata Hyūga.

—No entiendo mucho de niños —dijo ella, y no era del todo falso. No había tratado a muchos y, debido a su desgracia, no había conocido al bebé de Hanabi hasta su precipitada visita.

—Ni yo tampoco —dijo él—. Soy el más pequeño de mi familia. Tal vez si hubiera crecido con un montón de ellos por medio no me gustarían tanto, pero, como no es el caso, los encuentro refrescantes.

—Sí —dijo Hinata pensativa—. Como la brisa en verano o una fuente en un día caluroso. En las tierras de la guerra, debe de notarse la ausencia de los niños.

—Ojalá fuera así. El lugar con frecuencia parece infestado de bribonzuelos hambrientos. Siento lástima por ellos, pero te confieso que no suelo encontrarlos refrescantes. Y, en lo básico, no son diferentes de los pequeños de Anko o de aquel chico que está barriendo el paso.

Hinata miró al pilludo. Había puesto un cartel al lado de una antorcha. Cuando alguien se aproximaba, iba corriendo a barrer el polvo y los excrementos antes de que sus clientes cruzaran.

Después, recogía diligentemente los peniques que le arrojaban. Ella no solía prestar atención a aquellos chiquillos. Bueno, casi no pensaba en ellos como verdaderos niños. Aquel chico tendría unos ocho años —recio, mugriento y de mirada rápida y sagaz.

—¿Se te parte el corazón? —preguntó Naruto con sequedad. Ella observó cómo el chico inspeccionaba una moneda lanzada por un próspero clérigo y hacía un gesto grosero a sus espaldas.

—No. Pero esa persona tampoco me inspira en absoluto ningún sentimiento.

—El mundo está lleno de niños —dijo Naruto, y se dirigió a cruzar por el lugar en el que trabajaba el chico.

—¿Va todo bien? —le dijo al muchacho mientras pasaban. El rapaz se reunió con ellos en el borde de la calzada, a la espera de sus honorarios.

—Vamos tirando, capitán. Naruto le tiró una moneda.

—Eso por conocer la insignia, o por haber tenido suerte y haber acertado.

El muchacho sonrió al ver los seis peniques.

—¡Dios le bendiga, milord! Naruto se rió y le lanzó otra.

—Has dado en el clavo las dos veces.

Él y Hinata se alejaron, dejando al chico dándoles las gracias extasiado.

—Hacer algo así resulta muy tentador —dijo Naruto—. Y muy fácil. Pero ¿es generosidad noble o simplemente una forma barata de sentirse Dios?

Hinata se encogió de hombros.

—Supongo que al chico no le importa eso. Cenará bien esta noche.

—No me ha parecido que tuviera aspecto de estar desnutrido. Es probable que se gaste el dinero en ginebra.

Hinata se preguntó si estaría bromeando, aunque parecía que no. Ella pensaba que iban derechos a la posada, pero Naruto se detuvo y llamó a una puerta. Había un letrero que decía que aquel establecimiento era el banco de Hatake.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.

—Llamar —dijo él, volviendo a golpear.

—Está cerrado.

—Hay gente dentro. —Llamó por tercera vez.

Cielos, pensó Hinata, debe pensar que la nobleza siempre puede salirse con la suya. Un airado oficinista abrió la puerta y empezó a decirle que se largara. Naruto se limitó a decir:

—Lord Naruto Namikaze. ¿Está Hatake?

A los pocos segundos, se hallaban dentro, y todo el personal parecía estar a sus pies. Un caballero eminente, alto y con el pelo plateado, se presentó y, tras hacerles una reverencia, hizo pasar a Naruto una estancia privada en el interior.

Sin duda, se trataba del mismísimo señor Hatake. Obviamente, la nobleza se salía siempre con la suya, al menos su representación masculina.

Hinata se apoyó contra la pared y disfrutó de las turbias miradas que los empleados le dedicaron por aquella conducta. Sin embargo, enseguida volvieron a agachar las cabezas sobre columnas de números, ansiosos por terminar la jornada de trabajo y marcharse a casa.

Al poco rato, Naruto era conducido al exterior, tras la correspondiente reverencia. Recogió a Hinata y ambos partieron hacia el Three Balls. Se le veía malhumorado.

—¿Qué ocurre? —preguntó Hinata maliciosamente—. ¿No han querido darte dinero?

—Hubieran estado dispuestos a darme hasta las malditas llaves de la caja fuerte —dijo él en tono cortante—. A veces detesto ser un Namikaze.

—Sí, pero te has valido de ello para entrar allí. Él la miró con frialdad.

—Por tu causa.

Hinata se sintió avergonzada.

—Sí, por supuesto. Lo siento. Él suspiró.

—No debería pagarla contigo.

—¿Cómo es que conocen tu nombre?

—¡Que conocen mi nombre! Vaya, el viejo Hatake me ha mecido en sus rodillas. La Abadía está a menos de veinte millas de aquí y mi dichoso hermano es uno de los consejeros.

Hinata tenía unas cuantas preguntas, pero, por su tono, dedujo que sería mejor guardar silencio. Los interrogantes, sin embargo, no dejaban de asaltarla.

¿Por qué cada vez que se mencionaba el nombre de su hermano, Naruto perdía su desenfadada alegría? Si la Abadía estaba tan cerca, ¿no hubiera sido más sensato refugiarse allí?

Ni siquiera el conde de Byakugan intentaría pasar por encima de Menma. ¿Pensaba Naruto de verdad que Menma era capaz de entregarlos a su padre?

Se hallaron de vuelta en la posada con estas preguntas sin formular y sin responder, aunque Hinata estaba decidida a encontrar algunas respuestas antes de partir. Esta desavenencia con su hermano era la única nube que empañaba la vida de Naruto Namikaze y, estando enamorada como estaba, ella haría lo que pudiera por despejarla.

Él posadero estaba hablando con el joven que había observado con atención su llegada. El patrón sonreía y hacía reverencias, pero, tan pronto como el hombre se hubo marchado, escupió en la chimenea del recibidor.

—Malditos sabuesos. Siempre traen problemas.

—¿Buscan a alguien? —Preguntó Naruto—. ¿Hay algún malhechor suelto?

—Oh, no se trata de ningún malhechor, milord. Sólo una pobre mujer que ha perdido el juicio y anda vagando por ahí. Pero este tipo lleva todo el día merodeando por aquí. ¿Creen que si viniera por aquí no se lo diría? Es lo menos que puedo hacer, al margen de la recompensa, ¿no? Bueno, señor, su habitación está lista y pronto tendrá una suculenta cena sobre su mesa. Le aseguro que mi mujer es una cocinera excelente.

Les condujo hacia las escaleras.

—He decidido que mi mozo de establo se quede conmigo — dijo Naruto—. ¿Tiene una habitación para él?

Él posadero asintió.

—Hay sitio encima de los establos, junto a su cochero, milord. Naruto le lanzó a Hinata una rápida y cautelosa mirada.

—Prefiero que duerma cerca de mí. También me sirve de ayuda de cámara cuando lo necesito.

—Oh, vale, señor. Hay un camastro con ruedas bajo la cama.

De nuevo, una ojeada significativa. El rostro de Hinata estaba tan en blanco como su mente. No había considerado aquella posibilidad.

—Preferiría dormir en habitaciones separadas —dijo Naruto—. Es que ronca.

—Señor —dijo el posadero con cierto malestar—. No tengo más habitaciones. Éste no es un sitio grande y sólo dispongo de tres, que ya están cogidas. Tendrá que elegir entre el catre o el establo.

Naruto miró a Hinata para darle la oportunidad de elegir. Pero ella estaba completamente obnubilada. Sabía que debería hacer cualquier cosa para evitar dormir en la misma habitación con un hombre, especialmente aquel hombre...

Naruto se volvió hacia el posadero y le dijo:

—De los dos males, el menor. Usará el catre. Y póngame un plato más. Hiroshi comerá también conmigo.

En pocos instantes, se hallaron en una pequeña habitación, que todavía resultaba más pequeña por la pendiente del tejado.

—Procura no roncar, joven Hiroshi—le dijo Naruto lentamente—, porque como me despiertes, te aseguro que yo te despertaré a ti.

Hinata echó un vistazo a la angosta habitación y reconoció que lo sensato habría sido tratar de evitar aquella situación, pero no se arrepentía de su imprudencia. A pesar de su reducido espacio, era una habitación acogedora y caldeada por un excelente fuego.

La sólida cama contaba con sábanas limpias y frescas. No había ni gota de polvo sobre los delicados muebles, ni tampoco sobre el pulido suelo de madera de roble. Un jarrón de flores secas descansaba sobre una pequeña mesa delante de la ventana, y el aire estaba perfumado. En una esquina, detrás de un biombo, se veía un lavamanos, y había una mesa dispuesta para la comida.

Una vez que sacaran el catre, no quedaría apenas espacio, pero, por lo demás, el sitio resultaba muy agradable. A Hinata le dio por imaginarse qué pasaría si fuera su noche de bodas y aquella habitación su cámara nupcial.

Sería maravilloso. Perfecto.

Pero si lady Hinata Hyūga acabara de casarse con lord Naruto Namikaze, estarían en algún lugar mucho más grandioso. Allí eran únicamente el amo y su mozo, y ella debía ceñirse a su papel.

El posadero y una doncella entraron con la comida. Naruto dijo que se servirían ellos mismos y pronto él y Hinata se hallaron frente a una pitanza principesca. Tenían sopa, lenguado, pastel de cerdo y un pollo. Para completar la colación, había tartaletas de manzana y de queso. Hinata empezó a comer por hacer algo, pero descubrió que tenía hambre de verdad.

Al cabo de un rato, Naruto dijo:

—El posadero decía la verdad. Su mujer es una excelente cocinera.

—Sí, desde luego. Y toda la posada parece estar muy bien atendida.

—Una joya, eso es lo que es. Tal vez debiera comentárselo a Menma. Él podría poner este sitio de moda.

Hinata masticaba un bocado de tierno pollo.

—¿Por qué adquiere tu voz ese tonillo cada vez que hablas de Menma? Dicen que es un hermano muy cumplidor.

Ella temía que le saliera con algún desaire, pero él se limitó a decir de manera rotunda:

—Es un hermano extremadamente cumplidor.

—Entonces, ¿por qué hablas de él como si lo odiaras?

Naruto le dirigió una mirada tan penetrante como el filo de un sable,

—Eres un muchacho descarado. Yo no odio a mi hermano.

Hinata engarzó otro trozo de carne en su tenedor.

—Pero estás enfadado con él.

Él dejó caer sus cubiertos sobre el plato y, por un momento, ella pensó que le iba a poner las manos encima. Pero lo que hizo fue coger el vaso de vino y dar un buen trago de su borgoña.

—Estoy disgustado con él porque no quiere que regrese a mi regimiento. Tiene que meterse en todo, eso es muy típico de él. Pero yo ya no soy un niño. Sólo tengo que convencerle de que estoy completa mente sano.

Hinata también abandonó la comida por el vino. Tenía los nervios a flor de piel, pero le parecía importante continuar con aquella conversación porque podía ser de gran ayuda para él.

—Es comprensible que estuviera ansioso si estabas tan enfermo como dice la señora Yamashiro.

Él se encogió de hombros.

—Supongo que lo estaba. La verdad es que no me acuerdo bien. Pero ahora me encuentro perfectamente. El ejército es mi vida, y él no va a apartarme de ella.

Hinata se sintió muy identificada con el marqués de Menma. Ella también, si pudiera, trataría de mantener a Naruto a salvo en casa, aunque sabía que no tenía un espíritu sumiso, capaz de acomodarse a la vida de un hombre de granja, de iglesia o de leyes.

—Seguramente no tendrá poder para separarte del ejército si tú estás decidido a irte.

El soltó una aguda carcajada.

—No conoces a Menma. Con esa combinación que tiene de riqueza, encanto y crueldad, hay poca gente en Inglaterra dispuesta a llevarle la contraria. Tan pronto como diga a la Guardia Montada que estoy incapacitado, todo lo que podré esperar será un cargo decorativo, bien lejos de la acción. No pienso aceptar algo así.

—Si se preocupa tanto como dices, te estará buscando. Él volvió a llenar los vasos.

—Espero que el hecho de que Hoskins esté conmigo aplaque sus temores, pero, sin duda, tienes razón, maldita sea.

—Toneri el Terrible, sus secuaces, padre y Menma. Me sorprende que aún estemos sueltos.

Él hizo una súbita mueca y levantó su vaso.

—Pero lo estamos y mi intención es que sigamos estándolo. No te preocupes, joven Hiroshi. Lo conseguiremos.

Entrechocaron los vasos y bebieron. Después volvieron a ocupar se de la comida. Hinata, sin embargo, estaba pensativa. Buena parte de los motivos que Naruto tenía para ayudarlas tenía que ver con los confusos sentimientos que albergaba hacia su hermano.

¿Qué ocurriría si Menma les daba alcance?

Naruto empezó a hablar de nuevo, esta vez de la vida en el ejército; de su lado más frívolo. Sus historias completaron el retrato que Hinata se había hecho de él, pero sin desmerecerlo.

No era fanfarrón, pero estaba lleno de coraje y compasión, y no le faltaban recursos. La hizo reír y, en una ocasión, casi le hace llorar.

Después pasó a contar historias sobre las maravillas del Nuevo Mundo y la llevó hasta bosques profundos y ríos magníficos. Describió extraños indios y abundante vida salvaje.

Aquella intimidad era peligrosa, y Hinata lo sabía, pero no podía resistirse a ella, porque le resultaba sencillamente deliciosa. Era como si estuvieran casados y se sintieran cómodos el uno junto al otro, como si aquella noche fuera de hecho su noche de bodas.

Su mirada se deslizo lasciva hasta la incitante cama... Basta, Hinata.

Pero no podía poner fin a aquello. Se hallaba embelesada contemplando las manos de Naruto sobre los cubiertos y el cristal. Su bronceada y esbelta fuerza la tenía aturdida. Se fijó por primera vez en sus las tres marcas de bigotes que tenía en cada mejilla y en su hoyuelo que se marcaba cuando sonreía, y en cómo los ojos se hacían más claros, en función del estado de ánimo.

El cuerpo de Hinata se había vuelto hipersensible, incluso al movimiento de sus propias ropas.

Todo actuaba sobre sus sentidos: el repiqueteo de la leña de manzano en el fuego; el traqueteo de las ruedas en la calle; el bronco cantar en la taberna; la voz de Naruto agradable y sonora al otro lado de la mesa...

Él interrumpió su chachara.

—No estás comiendo. Hiroshi. ¿Has terminado?

Ella bajó la vista hasta los cubiertos que descansaban en sus laxas manos y los dejó en el plato.

—Creo que sí.

—¿Cómo? ¿Sin postre? —bromeó él, cogiendo un pastelillo—.Tienes que probarlos. Están deliciosos. Y lo sostuvo delante de ella.

—Abre la boca.

Hinata contempló el pastelillo de manzana. Estaba cubierto por una capa dorada y reluciente, y bordeado por un volante de suculenta crema amarilla. Hinata se relamió y después separó lentamente los labios. Él le puso el dulce entre los dientes y le dijo.

—Muerde.

Sus miradas se encontraron por encima del pastel. Ella se acordó de aquel bizcocho en Shaftesbury...

Hundió los dientes en la suave y dulce fruta y el crujiente hojaldre se desmoronó y absorbió el estallido de sabor. Mientras masticaba, se pasó la lengua por los labios y los notó cubiertos del brillo de la crema. Masticaba un tanto aturdida pues seguía prendida de su aprobadora mirada. Entre un hombre y una mujer, aquello sería coqueteo...

No, entre un hombre y una mujer, aquello sería pura seducción.

¿Estaba Naruto tratando de seducir a Hiroshi?

—Está muy bueno —dijo ella con nerviosismo.

—¿Sí? —preguntó él con suavidad. Después giró el pastelillo y mordió por la parte en que ella lo había hecho. Saboreó y tragó su parte—. Mmmm —murmuró—. Una obra de arte. —Y lamió lentamente algunas migas doradas que se habían quedado sobre sus labios. Dio un nuevo mordisco y después le tendió a ella el dulce con una inquisitiva mirada.

Hinata pensó en Adán y Eva, en las manzanas y en el Paraíso... Sacudió apresuradamente la cabeza, se puso de pie, dando la espalda a la tentación, y buscó el frescor de la ventana.

—Ha sido una comida estupenda —dijo con rudeza—. Pero estoy llena.

—Hay ocasiones para el desenfreno, mi querido Hiroshi. Esta podría ser una de ellas. —Aquellas sencillas palabras parecían cargadas de multitud de significados. ..

—Eso sería perverso.

—¿Y tú nunca eres perverso?

Aunque no lo tuviera a la vista, su poder sobre ella no había disminuido. El corazón le saltaba en el pecho. Sus trémulas terminaciones nerviosas anhelaban que la tocara.

—Intento no serlo —dijo ella secamente.

Naruto la miraba. El deseo casi le estaba causando vértigo. Cuando ella se había empeñado en acompañarlo y se había avenido alegremente a compartir con él la habitación, llegó a la conclusión de que era una libertina.

Él estaba más que dispuesto a seguirle el juego, si es que era eso lo que ella quería. Tal vez un breve episodio de lujuria fuera lo que necesitaba para librarse de aquella enajenante aflicción.

Se había entretenido preguntándose cuándo y cómo le confesaría ella su condición de mujer y decidió dejar aquel asunto en sus expertas manos. Sin embargo, él se había relajado mucho a cuenta de la buena comida, el vino y la atenta mirada de la muchacha. Enseguida pasó a desnudarle su alma y, a continuación, se puso a coquetear con ella de forma descarada.

Y la chica le tenía confundido.

Temía que sus primeras impresiones hubieran sido correctas. Se trataba de una inocente que simplemente había cometido un desastroso error. Aunque, en ese caso, ¿qué es lo que la había empujado a ir con él allí esa noche? ¿Tal vez un candor de proporciones catastróficas?

Al pensar en su posible inocencia sentía hacia ella un deseo brutal e imperioso y, al mismo tiempo, algo le decía que no debía tocarla. Cuando trató de alcanzar el vino, la mano le temblaba.

La observó por encima del borde del vaso. Podía ver a través de las voluminosas capas de ropa e imaginársela desnuda. Recorrió con la vista la delicada línea de su recta espalda, la firme redondez de sus nalgas y sus largas y bien torneadas piernas. Se moría de ganas de desvestirla lentamente, de explorar con suavidad cada pulgada de su sedosa piel, de degustar su salado sabor y beberse el perfume almizcleño de sus lugares más íntimos. Deseaba observar cómo aquella azorada ingenuidad se transformaba en éxtasis.

Se levantó bruscamente.

—Lo mejor será que nos vayamos a la cama si queremos partir por la mañana temprano. Hay un retrete en el patio. Voy a salir a usarlo.

Hinata se dio la vuelta y vio cómo la puerta se cerraba tras él. Parpadeó sorprendida, pero dejó escapar un largo suspiro. Sabía que ambos acababan de escapar de aquella situación por los pelos y que debería estar agradecida por ello. Pero no lo estaba. Sentía su ausencia como si estuviera en carne viva.

Suspiró. Tal vez el nombre le predestinara a uno. Hanabi, después de todo, no podía decir una simple mentira. Tal vez llamarse Hinata implicara que ella nunca podría dar rienda suelta a sus deseos.

Irguió la espalda. Habían salido airosos de aquel momento de peligro y tenía que asegurarse de que no se iba a producir ningún otro. Si no iba a ser capaz de acompañarle sin poner al descubierto su disfraz, debía irse ahora mismo a casa de Anko Yamashiro.

Se dijo a sí misma que todo iría bien. Aquélla sería la última noche que pasaban en la carretera, puesto que, al día siguiente, llegarían a Maidenhead.

Se metió apresuradamente detrás del biombo y utilizó el orinal. Rápidamente, se despojó de sus ropas exteriores, quedándose con la camisa y los pantalones de buena calidad. Después, sacó el estrecho catre y se acurrucó bajo las mantas, simulando estar profundamente dormida.

Él tardó un buen rato en regresar. Ya empezaba a estar preocupada por su seguridad, pero, cuando finalmente apareció, todo parecía estar en orden. Hinata le vio prepararse para irse a la cama a través de los entrecerrados párpados, sabiendo que aquello era una intrusión en su intimidad, pero sin arrepentirse.

Para su decepción, él se cambió y se lavó detrás de la pantalla, de donde salió con una camisola para meterse en la cama. Ella se quedó escuchando su tranquila respiración.

Había dormido a menudo con Hanabi y sabía lo reconfortante que resultaba tener cerca un cuerpo caliente por la noche. Trató de imaginar qué sentiría al tener a su lado el cuerpo de Naruto frotándose contra el suyo, con su particular aroma alrededor. Intentó detener aquellos pensamientos. No le hacían ningún bien, y, desde luego, no promovían el sueño...

Un sexto sentido le había dicho a Naruto que ella estaba todavía despierta y le hizo ser cauto en sus preparativos para irse a la cama. Ahora, se esforzaba por detectar algún sonido que se lo confirmara. Esperaba y temía a la vez alguna clase de invitación.

Todavía excitado, a pesar del largo paseo que se había dado, sabía que el más mínimo estímulo bastaría para hacerle vencer todos sus escrúpulos...

Hinata sentía que la atmósfera de la habitación la oprimía pesadamente. Era consciente de la cercana presencia de él, de su respiración. Tenía que detener aquello antes de hacer ninguna tontería.

Se imaginó a sí misma de vuelta en la cabaña de Nana, ayudándola en las tareas domésticas, dando de comer a las gallinas, leyendo uno de los libros con los que solía pasar el tiempo. Había descubierto los relatos de viajes, con los que disfrutaba mucho. Encontraba en ellos una manera de escapar a tierras lejanas...

Naruto asumió que no habría ningún gesto incitante y, después de todo, se alegró de ello. No sabía en qué acabaría aquella situación, pero lo que quería obtener de su damisela era algo más que una explosión de lujuria.

Sin duda ella debía estar ya durmiendo y él debería hacer lo mismo. Se concentró en ello. A lo largo de sus años de campañas militares, que a menudo le deparaban dormitorios que dejaban mucho que desear, había desarrollado la capacidad de conciliar el sueño en cualquier circunstancia.

La habitación se sumió en una somnolienta tranquilidad.