Ese día apenas tuvo tiempo para hablar con el chico, quien temblaba disculpándose porque su madre había llorado muchísimo cuando la obligaron a entrar al auto, amenazando a todos con entrar de vuelta al edificio y asesinar a todos así que el mismo Dazai fue a conducirla a su casa, con una sonrisa de victoria mientras sus hombres la amarraban y la acomodaban en el asiento trasero como un maniquí,decidiendo que al menos podía contarle todo a detalle ya que sus testimonios y acciones ya no tendrían ningún poder sobre nadie. Dazai se había enterado en el bajo mundo de los rumores de un chiquillo que participaba en peleas clandestinas sólo por presumir su habilidad, sólo por desmentir aquello de que una cepa enana no puede dar buen vino. Alguien que pudiera controlar la gravedad sonaba demasiado tentador para que siquiera considerara dejarlo perder, pero el muchacho no era un huérfano ni un rechazado, tampoco tenía carencias así que difícilmente podían ofrecerle algo que le interesara. Además estaban los rumores de que tenía familia dentro de la Agencia Armada de Detectives, era imposible acercarse a él sin entrar en un conflicto que Dazai no terminaba de decidir si valía la pena, por mucho que su habilidad fuera maravillosa. Después de seguirle un poco los pasos y descubrir de quién era hijo, de interpretar su personalidad y un poco sus inquietudes fue que planeó sus próximos pasos. La hizo quedar a ella como una desertora cuando supo que Chuuya había sido puesto de vacaciones antes por haber sido descubierto en una pelea clandestina, originalmente el plan era otro pero el tiempo no le dejaría actuar de otra manera. La hizo ser encadenada y torturada mientras que a Atsushi lo colocó en un punto donde Chuuya lo encontrara y dadas las tendencias de personas que solía admirar en sus redes sociales era probable que lo encontrara atractivo y se animara a acercarse. Siendo el niño de mamá que era, sus inquietudes por la mujer debían estarlo comiendo vivo así que encontró lógico que Atsushi le pareciera una distracción conveniente para que no se interpusiera antes de tiempo. Además tenía que ser precisamente él, porque era el único que conservaba un gramo de piedad como para avisarle a su nuevo amante que su madre sería asesinada.
Kouyou se revolvía en el asiento, dispuesta a cualquier cosa menos a rendirse pero Dazai le dijo que si ella quería dar su vida por el niño estaba bien, pero que debía considerar que Chuuya no iba a tomarlo muy bien y si hacía un sólo movimiento en falso guiado por su mal genio, había cerca de él más de doscientos hombres armados. Podía que fuera un bravucón en un grupo muy reducido de gente pero si se le fue permitido hacer toda aquella entrada dramática fue para que tanto él como Mori pudieran corroborar cuánto dominio tenía Chuuya sobre su propio poder. Era decepcionante que ni siquiera podía fijarlo en un veinte por ciento. En cambio todos sus subordinados eran personas altamente entrenadas. Kouyou maldijo y gritó entre la mordaza que le habían puesto, exigiendo que dejaran a Chuuya en paz, que él no tenía nada que ver con ellos.
Pero Dazai la arrojó del auto sin siquiera frenar cuando llegaron al edificio de la Agencia Armada de Detectives, sin voltear. Lo que pasara con ella ya no era algo que le importara.
Chuuya fue puesto a cargo de Kyouka y Atsushi para su entrenamiento. Eran los mejores y los más leales. Aunque Atsushi no pudo evitar un par de lágrimas de culpa por verlo involucrado en todo eso Chuuya intentaba consolarlo, asegurándole que estaba bien al respecto mientras Kouyou estuviera a salvo. Mentía, por supuesto, porque sabía que su madre debía tener el corazón roto. Porque casi podía escuchar a Oda negar con decepción su nombre, prefiriendo darlo por muerto que pensarlo siendo un perro de la Mafia. Porque Atsushi debió darle más de un par de calmantes la primera vez que mató a alguien y el brillo en sus ojos azules nunca volvió después de eso. Aprendía rápido y al tener un poder tan grande no era difícil moldearlo, y quizá eso era lo que más dolía. Chuuya no se oponía a absolutamente nada que le fuera ordenado, dejándose hacer como una varita de metal maleable, exactamente igual que él.
Chuuya tenía gente que lo amaba y cuidaba de él, una buena vida, no tenía porqué haber acabado siendo tan parecido a Atsushi. Tan vacíos, tan tristes que incluso estando juntos más parecían un espejo que una pareja. Kyouka no opinaba nada al respecto, si Atsushi tenía algo bueno ella sentiría por ellos esa alegría oscura y alquitrada tan pesada y poco real. Los tres se volvieron la macabra Trinidad que era el dogma central de la Mafia. El tigre blanco, la asesina por naturaleza y la gravedad alterada. La Port Mafia ya gozaba de su fama pero ahora el nombre de la institución sólo podía decirse entre susurros por el miedo que habían hecho crecer entre la gente.
Mori era el más encantado con los resultados como era de esperarse, dándole un poco más de libertades a Dazai en gratitud por sus acertadas adquisiciones. Era doloroso escuchar que no eran vistos como algo más que carne de cañón pero un día simplemente dejó de pensar al respecto. Volvió a las sombras como en su infancia, se dejó tomar como un trozo de acero al cual sólo puede forjarse a base de golpes e incendios. Y fue golpeado tantas veces que un día simplemente ya no recordaba quién era antes de ser lo que ellos hicieron de él pero su capacidad de adaptación brillaba incluso en esas circunstancias y aunque de una manera apagada, comenzó a sonreír de nuevo una vez que su cuerpo y su cerebro terminaron de asimilar por completo que ahora era parte de la Trinidad maldita de la Port Mafia.
Y sólo le tomó un año, dijo Dazai con burla cuando lo mandó a llamar a la oficina de Mori, indicándole que por fin podía salir a la calle solo si así lo deseaba pues ya había sido reconocido oficialmente como un miembro. Eso no significaba libertad, significaba que si alguien de la asociación lo veía cometer cualquier acto de rebelión tendría derecho a ponerle una bala entre los ojos. Chuuya le hizo una seña obscena a Dazai antes de abandonar la oficina, seguro de cuál era el primer lugar al cuál debía ir.
Fue cobarde al no despedirse en ese momento y debía hacerse responsable.
Esperó hasta la noche porque ya no había un sitio para él si el sol lo delataba y por un segundo se cuestionó si estaba haciendo lo correcto, demasiado acostumbrado a obedecer como para confiar en sus decisiones propias. Se detuvo en una esquina para encender un cigarro, recordando con algo de nostalgia cómo vomitó del asco la primera vez que Dazai lo retó a que fumara. Su relación se había vuelta extraña. Lo odiaba, no podía perdonarle lo que había hecho y constantemente estaban peleando porque él también se había hecho de ciertas consideraciones por parte de Mori y no iba a ejecutarlo si de vez en cuando explotaba contra Dazai, sabiendo que no era tan estúpido como para infliglirle un daño de verdad serio. Chuuya parecía irracional por sus constantes estallidos de rabia pero no demasiado en el fondo era alguien que comprendía las circunstancias lo suficiente para no cometer errores de verdad serios. Por eso podía odiar con su alma a Dazai pero nunca hacía nada que pudiera ocasionarle daño real sabiendo que si algo ocurría él sería el siguiente al mando y no podía ganarse la enemistad de Dazai. Además lo veía tan triste y solitario siempre, tan confundido respecto a todo en su interior que algunas veces sentía compasión porque Dazai al final de cuentas también era una víctima.
El humo fue haciendo olas en el aire mientras éste comenzaba a ponerse más frío conforme la luna se iba haciendo más visible y las farolas de la calle comenzaban a encenderse. Llevaba una hora y media cajetilla recargado contra la pared que estaba frente a la Agencia sin atreverse a dar un paso más. Sabía por Atsushi que su madre había dejado su anterior departamento y realmente no tenía idea de dónde pudiera estar. Sólo ahí podía encontrar respuestas pero era tan difícil.
— ¿Chuuya?
El cigarro se le resbaló de los dedos ante esa voz masculina. En la otra acera, sosteniendo una bolsa de compras y con los ojos completamente abiertos estaba Oda. Las piernas le temblaron en un instinto de echarse a correr porque, aunque una de sus condiciones para unirse fue que no revelaran su identidad, Kouyou seguro debió decirle. Su manera de vestir tenía el sello de la Mafia, sus ojos...Sus ojos debían decir toda la sangre que ya tenía en sus manos y eso que apenas había terminado su entrenamiento. No quería causar un conflicto ni iba a soportar que Oda lo señalara como un criminal, que lo mirara con desprecio. Su corazón iba a romperse si Oda lo repudiaba, así que su instinto de conservación le obligó a echarse a correr.
Pero el peso de su lado humano, ese que ante las desgracias y situaciones enloquecedoras sólo se duerme pero no desaparece, tomó la dirección de sus pasos haciéndolo cruzar la calle corriendo sin siquiera voltear a los lados.
No quería tocarlo, sus manos estaban sucias, manchadas de sangre pero antes que lo notara Oda ya lo tenía entre sus brazos, besando su cabello. Le había hecho tanta falta. Había tenido tanto miedo. Pegó su cabeza a su pecho, sus manos fuertemente cerradas en su espalda sin querer despegarse, sin querer abrir los ojos pero Oda lo separó un poco de él para poder ver su rostro, acariciando su mejilla con una dulzura que ni siquiera Atsushi había sido capaz de darle.
— Estuvimos tan preocupados pero estaba seguro que lograrías escapar. Ven, debemos hablar con el Presidente para que nos ayude a brindarte protección, ya es un poco noche pero si le digo que es una emergencia estoy seguro que vendrá.
— Lo siento tanto, tío Oda, pero no estoy aquí como una persona libre.
— Oh, vaya. Eso me pone a mí en un aprieto.
— Realmente no pensé muy bien esto. Pero los extrañaba tanto.
Oda suspiró pesadamente, sin lograr que sus manos se separaran de Chuuya, quien a pesar del gesto angustiado tampoco se había apartado del abrazo, recargando de nuevo su cara contra su pecho. No había crecido nada y quería reírse de eso, no sentir un nudo en la garganta porque su pequeña ovejita se había vuelto un miembro de la Mafia. Kouyou se los dijo desde el primer día, suplicando por su ayuda aunque sabía mejor que nadie que ellos no podían hacer nada al respecto. La mujer se rompió ante el mayor de sus miedos cumplido. Hubiera preferido mil veces ser asesinada que saber que su hijo había caído en el mundo del cual ella tanto luchó por ocultarlo. Debieron ayudarla a mudarse con él porque su salud mental se vio tan severamente afectada que apenas podía cuidar de sí misma.
Con cualquier otra persona Oda no lo pensaría dos veces. No se jugaría el pellejo por proteger a un criminal pero había visto a Chuuya crecer, lo había visto cambiar los dientes de leche y aprender a sumar.
Había estado a punto de proponerle a Kouyou adoptarlo no como guardián sino como padre.
— Te llevaré a ver a tu madre pero mañana deberás estar fuera antes de que amanezca.
— Entiendo.
Sus palabras podían sonar todo lo estrictas que pudieran, pero nada en el mundo iba a alejarlo de besar sus mejillas de nuevo, rodeando sus hombros para mantenerlo a su lado.
