Disclaimer: Todo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.
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¿Te casarías conmigo?
11. Piedra sobre piedra
Con los brazos cruzados y una mueca en el rostro, Sabrina observaba a la pareja que instantes atrás había entrado a la oficina del rubio. Permanecía en silencio, de pie detrás del escritorio de Malfoy, como si ella fuera la dueña del lugar. No lucía ni triste ni enojada porque no lo estaba, pero tampoco podía decir que estaba feliz con lo que acaba de escuchar.
¿Qué más podía decir al respecto? No estaba loca y perdidamente enamorada de Malfoy como para hacer una escena. El tipo tan solo le atraía y le hacía ilusión ver hasta donde podría haber llegado una relación entre ambos. Por otro lado estaba Astoria, quien a su manera era su amiga y considerando que la vida no la había tratado muy bien. Quizás no se alegraba, porque eso sería hipócrita, pero tampoco la odiaba ni le deseaba ningún mal.
—Solo tengo una pregunta —dijo finalmente, ladeando la cabeza como pensativa.
—Habla —animó Draco, quien no le había quitado la vista de encima a la rubia, pese a que rodeaba posesivamente a la castaña a su lado.
—¿Me usaste solo para darle celos a Astoria? —quiso saber y enarcó una ceja, clavando sus ojos fijamente en el hombre.
El rubio esbozó media sonrisa pero no contestó con palabras, tal vez porque cualquier cosa que dijera podía ser usada en su contra y él mejor que nadie lo sabía. La joven Greengrass le miró de reojo expectante, aquella pregunta le había causado curiosidad. ¿Era Draco tan calculador para haber hecho las cosas premeditadamente o tan solo había sido una afortunada coincidencia?
—Draco —murmuró Astoria, esperando una respuesta que no tenía intenciones de llegar.
—Algo que siempre me gustó de usted, señor Malfoy, es que su descaro no tiene limites —bromeó Sabrina, negando con la cabeza.
Muy posiblemente solo se estaban quedado con suposiciones, pero de aquella boca masculina no saldría respuesta definitiva. Como buen Slytherin, el rubio sabía manejar las cartas a su favor. Aunque, si era honesto, le causaba gracia la manera en la que lo sobrestimaban tanto, cuando él solo hacía lo que mejor le parecía para ser feliz. Con tanto trabajo en el Ministerio y con tantas otras cosas que tenía para pensar, ¿en serio la gente pensaba que él tenía tiempo para conspirar tan convenientemente? A su gusto, él solo diría que era suerte.
La joven rubia rió algo burlona y avanzó tranquilamente para atravesar el despacho, pasando a un lado de la pareja como si fueran desconocidos. Tampoco los iba a felicitar o despedir como si fuesen los grandes amigos amigos. ¡Vamos! Aun le quedaba algo de dignidad en su persona.
—Lo siento —escuchó que se disculpó Astoria al pasar por su lado.
—No tienes por qué —contestó ella, deteniendo su paso—. La vida es así, a veces se gana, a veces se pierde... —se encogió de hombros—. Lo más importante de todo es disfrutar las victorias y ser fuerte ante las derrotas —finalizó, antes de abrir la puerta y retirarse sin más.
Un silencio se apoderó del lugar. Ambos seguían juntos, pero no estaban seguros de como comenzar a hablar. Solo se podían escuchar sus respiraciones y el sonido rítmico de las manecillas del reloj. Hacía diez minutos que el descanso se había terminado. Deberían de estar trabajando, pero seguían ahí, como estatuas.
—¿Sabes? —fue Draco quien rompió el silencio—. En Malfoy Manor hay mucho espacio libre y las habitaciones de huésped son mejores que las que ofrece el caldero chorreante —dijo tranquilamente, utilizando un tono tan casual que enmascaraba muy bien el ofrecimiento que le hacía.
—La renta de seguro que es más alta —respondió la castaña, siguiendo el juego.
Él enarcó una ceja y volteó a mirarla, divertido.
—Tal vez deba de aumentarte el sueldo —apuntó con una sonrisa burlona y siguiendo la curiosa conversación sin aparente sentido, pero que de fondo tenía un tema delicado a tratar.
—¿Deberé de hacer algo para ganarme el aumento? —interrogó Astoria, girando un poco para quedar más al frente de él y mirarle directamente.
—Eres tan jodidamente complicada —murmuró él y se adelantó a besarla, antes de que le contestar cualquier cosa.
La Greengrass no dudó en corresponder el beso y rodear con sus frágiles brazos el cuello del hombre, sosteniéndose de él. Draco la rodeó por la cintura, pegándola más a su cuerpo y ladeando la cabeza para profundizar el beso. Era un beso intenso, pero lento. El momento era perfecto, hasta que un sonido estrepitoso, seguido de un quejido que dio paso a una mordida, lo arruinó.
—¡Lo siento! —se disculpó ella, llevándose las manos a la boca y mirando apenada al rubio
—¿Qué fue eso? —preguntó ingenuo él, limpiando con el dorso de su mano su boca, para comprobar que aquella mordida le había sacado sangre.
Detrás de Astoria se podía ver como uno de sus jarrones griegos, de esos enormes de cerámica blanca, que se encontraban a los costados de los muebles que tenía en la mini sala de su despacho, estaba hecho añicos. De alguna manera, la castaña lo había empujado, éste se había caído y se había roto por el impacto... aunque había alfombra. El rubio analizó unos segundos más, llevando su vista los pies de Astoria, no tenía cortadas, pero el tacón de su pie derecho estaba roto...
—Fue un accidente —insistió apenada—. Yo lo pagaré —se apresuró a decir.
Draco la miró, primero serio y luego soltando una risa, que mutó rápidamente en una carcajada que lo hizo hasta cerrar los ojos. Las piezas habían encajado correctamente en su cabeza y le importaba un knut lo que fuera del jarrón.
—Aparte de complicada, eres tiernas —comentó cuando dejó de reír. El sonrojo en las mejillas de la castaña le confirmaban que si era lo que estaba pensando, la chica había querido flexionar su pierna de forma cursi, como se venían en algunas imágenes de besos románticos, golpeando el jarrón sin querer y rompiendolo.
La castaña se sonrojó y se limitó a recoger el desastre con unos cuantos movimientos de varita.
O-O-O
A unos pisos de distancia y en otra oficina con decoración más sobria, se encontraba el matrimonio Nott. Theodore firmaba unos cuantos papeles en su escritorio, mientras que Daphne tomaba té en la pequeña recepción. Ambos en completo silencio, solo se escuchaba el rasgar de la pluma sobre el pergamino y el tintineo de la porcelana cada que se movía la taza.
Pasaron así un buen rato. Finalmente, se suponía que al menos él estaba trabajando. Ella tan solo había ido a hacerle compañía durante el descanso, para comer juntos o charlar, por lo que hacía tiempo que debía de haberse retirado. Sin embargo, era muy obvio que lo ocurrido la había perturbado lo suficiente como para no querer volver simplemente a casa. No, la rubia no se podía ir así como así. Quería saber en que habían quedado Malfoy y su hermana. Quería entender por qué había sido todo aquel drama y qué significaba que al final los dos hubiesen salido de la oficina actuando como si nada.
—Amor —llamó Theo, levantando la mirada y mirando fijamente a su mujer—. Deja eso, por favor —pidió y solo entonces Daphne notó que había estado golpeando la mesita de cristal con la cuchara para la azucar.
—Lo siento —se excusó enseguida, dejando aquello de lado. Se cruzó de brazos y se hundió en el sofá, echando la cabeza hacia atrás y mirando el techo.
—Si tanto te inquieta, ¿por qué no vas a hablar con ellos? —sugirió el hombre, volviendo a enfocar atención en el trabajo, pero manteniendo un bajo perfil de interés por lo que le pasaba a su esposa.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó la aludida, viendo de reojo su marido.
—No he dicho eso —dijo el castaño a su defensa—, pero no es propio de ti estar aquí y menos con esa actitud —señaló, demostrando lo bien que conocía a la mujer con la que se había casado.
—Si bueno, me preocupa lo que pasó —admitió Daphne y bufó—, pero el mayor problema no es ese.
—Deja adivino —dijo Theo, esbozando media sonrisa y volteando a ver a su mujer—. ¿Te molesta estarte preocupando por Astoria? —más que pregunta era una afirmación, una que fue confirmada por la expresión de la rubia. Una pequeña risa se le escapó al hombre.
—No es gracioso —le reprendió su esposa.
—La quieres, es tu hermana y siempre lo será —señaló el castaño, suavizando su expresión, luciendo comprensivo—. ¿Qué tanto mal te haría perdonarla?
La pregunta y la respuesta quedaron en el aire, Daphne ya no dijo nada y su marido volvió al trabajo.
O-O-O
No eran demasiadas las maletas que Astoria tenía, pero eso no era consuelo para el rubio que estaba cargándolas mientras subía por las escaleras. Podía haberlo pedido a los elfos, de hecho debió de habérselos pedido, pero entre risas y piquetes, la chica le había dado en su orgullo sin querer. "¿Acaso no puedes con unas pocas maletitas?" Había preguntado socarronamente ella y él estaba empeñado a llegar hasta el segundo piso aunque muriera en el intento.
—Ya, Draco, dejame ayudarte —insistió ella, con cara de preocupación por la forma en la que el rubio se balanceaba en los escalones.
—No, ya casi llego —rezongó, empeñado ha demostrar que él era más que autosuficiente.
Astoria se cubrió la boca con la mano para ocultar su risa. El rubio no se dio cuenta de ello, pero cuando puso por fin el pie en la segunda planta, dejó las maletas tirada en el suelo y se giró para sonreír con soberbia. Enseguida, la chica se apresuró a subir las escaleras para llegar hasta con él.
—Te mereces un premio —susurró la castaña antes de plantarle un beso en los labios. Draco no se negó, por el contrario, aceptó gustoso y correspondió.
De ahí en adelante, las maletas llegaron hasta la habitación de huéspedes con un simple hechizo que las hizo flotar cual hojas en otoño. Cuando estuvieron donde debían de estar, la recién pareja cruzó miradas. Lo más lógico era que el rubio dejase que ella desempacara y se acomodara en la alcoba, para luego darle un recorrido por la mansión. Por supuesto, ellos dos jamás se habían interesado por seguir su lógica. Impulsivos, mimados y caprichosos, habían nacido hechos tal para cual.
—Solo dime que si —pidió Draco, mientras aprisionaba a Astoria contra la cama.
La chica no sabía ni como había terminado ahí, con él en sima de ella, pero tampoco le preocupaban mucho los detalles. El peso sobre su cuerpo se sentía familiar, así como aquel aroma masculino. No valía hacerse la tonta. Ellos dos ya habían tenido intimidad con anterioridad, aunque esa era la primera vez que estaba sobria, por lo que sus sentidos lo percibían todo claramente.
—Si —susurró la castaña, para después rodear su cuello y besarlo.
Él no se hizo del rogar y correspondiendo aquel beso, dio rienda suelta a la pasión. Sus cuerpos se reconocían como amantes, pero sin duda alguna era mucho más placentero estarlo haciendo en esos momentos, cuando eran consientes de lo que ocurría. Sus respiraciones agitadas, el sudor y los gemidos, era toda una experiencia para recordar. Ser consientes de esos detalles de los que antes no se habían llegado a percatar, como que Draco era sensible en la parte del cuello detrás de su oreja, o que Astoria temblaba cuando le acariciaba el interior de los muslos.
La noche fue larga, pero la disfrutaron a más no poder. Jugaron a conocerse como si fuese la primera vez.
O-O-O
Los días pasaron y el escándalo no tardó en esparcirse. Corazón de Bruja fue la primera en dar la exclusiva noticia de que Draco y Astoria tenían una relación, incluyendo fotos que habían sido tomadas sin el consentimiento de la pareja. De hecho, los susodichos no tenían intensiones de hacer publico su noviazgo, ni mucho menos el hecho de que vivían juntos, pero ese no fue impedimento para que Pansy les dedicara la portada de la revista.
—Me odia —masculló Malfoy, tirando sobre su escritorio el ejemplar.
—¿Qué debo de entender cuando dice "la señorita que aprovecha la gran oportunidad"? —se cuestionó la castaña, cuyos ojos verdes no se despegaban de las apretadas lineas del articulo principal.
—¡Merlín! —su pareja rodó los ojos y prefirió no opinar.
No se necesitaba ser muy inteligente para deducir que todo el Ministerio y posiblemente el resto de la comunidad mágica ya estaba al tanto de lo que ellos dos estaban juntos. Claro que, tampoco debía de ser un gran escándalo. ¡Vamos! Ambos eran solteros y tenían derecho a estar con quien mejor se les antojara, pero algo le decía a Draco que no todo el mundo lo iba a tomar con tanta calma.
De igual forma, el día avanzó como debía de ser, pero para antes de medio día, el rubio maldijo su suerte, así como su don de clarividente, Dicho y hecho, cierta rubia interrumpió su trabajo al entrar a su oficina sin previo aviso.
—¿Malfoy, me puedes explicar que diantres significa ésto? —exigió saber Daphne, alzando la voz, pero sin llegar a gritar.
—¡Te dije que no podías entrar! —intervino Astoria, quien seguía siendo la secretaria del rubio pese a todo.
—¿Una revista? —contestó el aludido, con el sarcasmo marcado en sus palabras.
La mayor de las hermanas Greengrass enrojeció de furia. No era bueno para nadie el hacer enojar a Daphne, pero obviamente Draco no le tenía mucho respeto a su cuñada. Desde el colegio, ambos rubios siempre habían tenido una razón para pelear, y en esos instantes, ella tenía razones para matarlo.
—¿Cuando pensabas decirme que tienes a mi hermana viviendo contigo? ¡Maldito pervertido! —acusó, caminando hasta detrás del escritorio y girando la silla donde él estaba sentado, para así quedar frente a frente.
—¿Nunca? Si no te preocupas por ella, ¿para que informarte? —tentó a su suerte, aunque la respuesta tenía mucho de verdad.
—¡Sigue siendo mi hermana! ¡No la puedes tratar como tu concubina! —le gritó, haciendo ademanes de querer ahorcarlo.
—Realmente, no le veo nada de malo —dijo muy quitado de la pena—, sin ofender —añadió, volteando a ver a la Greengrass menor.
Astoria sonrió nerviosa. No sabía si debía de alarmarse o echarse a reír por la escena.
—¿Como te atreves? ¡Degenerado! ¡Es inmoral! —expuso la rubia, golpeando fuertemente el suelo con su tacón, conteniendo su temple lo más posible.
—¿De que cuento de la edad media te escapaste? —cuestionó él, con la burla impresa en su rostro.
¡Bien! ¡Eso era suficiente! Daphne le había dado la oportunidad de escapar sano y salvo. Por muy enojada que estuviese con su hermana, no iba a dejar que Malfoy la tratara como una cualquiera. Estaba más que claro que el oxigenado ese se estaba tomando todas las libertades maritales con Astoria, pero sin un matrimonio de por medio y fuese lo que fuese, su hermanita seguía siendo una señorita de familia respetable.
Sin pensarlo dos veces, la esposa de Nott tomó su varita y apuntó a Draco.
—¡Ya basta! —intervino la castaña—. ¡Expeliarmus! —maldijo para desarmar a hermana mayor.
—¡Todavía que intento defenderte! —se quejó la rubia en cuestión.
—Estás siendo irracional —dijo Astoria, enarcando sus cejas con preocupación—. Además, hasta donde recuerdo, tú me odias —agregó con confusión.
No parecía lógico para ella que Daphne fuese ahí a defender su honor, cuando apenas unas semanas atrás la había acusado de asesina y le había dicho hasta de lo que se iba a morir.
La señora Nott se quedó seria por unos momentos. Astoria tenía razón, y si era honesta consigo misma, la única razón por la que estaba ahí era porque Theodore también estaba en lo correcto. Ella quería a su hermana sin importar qué, pese a que el orgullo no le dejara admitirlo. Quizás por eso, prefirió tomar su varita en esos momentos y mentir.
—Sigues siendo una Greengrass, no puedes andar manchando el nombre de la familia—declaró con seriedad.
Por un breve instante, tanto Astoria como Draco tuvieron la esperanza de que las asperezas entre ellas se limaran un poco. Sin embargo, aquellas palabras fueron como un tabique más en el muro que dividía a ambas hermanas. Aquello sonaba a insulto y mientras la castaña se quedó helada, asimilando el golpe, el heredero Malfoy, se levantó para encarar a Daphne con desprecio.
—Deja de jodernos la vida —comenzó a hablar—. Me importa un soberano knut lo que tú o los demás tengan que decir al respecto. Astoria es mi mujer, y no necesito que un estúpido pergamino lo diga —espetó de mala gana, casi escupiendo las palabras.
—Esa actitud hippie es tan muggle que no te queda —atacó con desdén—. ¡Mejor haz las cosas como deben ser! —dijo y se marchó de la oficina, sin darles oportunidad de decir nada más a ninguno de los dos.
—Seguro mi padre debe de estar pensando lo mismo —comentó Astoria tras el portazo que su hermana dio a la puerta.
Draco se le quedó mirando por un momento, procesando la información. En gran parte, había algo de coherencia en todo lo que decía Daphne. Dos personas como ellos, no podían darse el lujo de andar así. Vale, tal vez si podían, pero no debían. O por lo menos, la sociedad esperaba más de ellos, o mejor dicho de él. Su padre le pudo haber dado carta blanca para hacer y deshacer, pero no por ello debía de llevarse el apellido al suelo. No cuando le había costado tanto quitarse la mala reputación después de la guerra.
—Deberíamos de ir a hablar con él, antes de que también aparezca en la oficina —propuso con tono casual, aunque en su rostro se notaba el nerviosismo.
La chica volteó a ver a su pareja con algo de sorpresa. No esperaba aquellas palabras y mucho menos la intención que se ocultaba detrás de ellas. ¿Draco estaba considerado seriamente casarse con ella?
Un desagradable escalofrío la recorrió. La idea no le desagradaba, pero le incomodaba que él solo lo hiciera por quedar con una buena imagen publica.
—O quizás debería de regresar al Caldero Chorreante —contestó ella, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Eh? ¿Qué? —el rubio no supo interpretar la molestia de la Greengrass, hasta que ésta pateó el suelo y salió del despacho tan furiosa como su hermana. El mal carácter era algo de familia.
O-O-O
Dejando a un confundido Malfoy atrás, Astoria no lo pensó dos veces antes de actuar infantilmente, como de costumbre. Fue directamente a la mansión y se dispuso a recoger todas sus cosas para marcharse.
—¿Necesita ayuda, ama? —preguntó la elfina al ver como la señorita Greengrass lanzaba su ropa hacia sus maletas sobre la cama.
—No —respondió a secas, aún convenciéndose de hacer eso era lo mejor.
Esos últimos días habían sido un sueño, mucho más perfecto que su vida con Damian. Si le hubiera tocado dejar el ballet por una vida con Draco, en ningún momento hubiese sentido arrepentimiento. O eso creía hasta hacía unos momentos, en los que su burbuja se reventó. Al final de cuentas, ella y él no eran nada más que una pareja con derechos. Podía ser que el rubio tuviese razón y que no hacía falta un matrimonio de por medio para ser feliz, pero el asunto le había caído mal.
Las palabras de su hermana, la actitud de Draco y ese sentimiento de estar defraudando a alguien, llevaron su estado de animo unos cuantos metros bajo tierra. Sin entender muy bien por qué, Astoria comenzó a llorar y se dejó caer a un lado de la cama, sobre la alfombra. Lloró con sentimiento, de forma desgarradora, como no recordaba haberlo hecho antes, ante la preocupada elfina, quien ofrecía su ayuda para que se tranquilizara.
No obstante, la castaña no dejó el llanto hasta que el cansancio la venció. Olvidándose de que tenía un trabajo que realizar, se quedó profundamente dormida.
El telón se abrió frente a ella y la música comenzó a sonar. Estaba sola en el escenario, pero sabía que debía de bailar. Era su oportunidad de ser la bailarina que tanto había soñado ser. Si tan solo pudiera moverse. ¿Por qué no se movía? Se encontraba realizando un perfecto arabesque, pero se sentía como congelada en el tiempo. La pose debía de doler por el esfuerzo prolongado, mas no dolía.
Quiso decir algo y no pudo. Sus labios no se movieron, ni tampoco ninguna parte de su cuerpo. Fue entonces que enfocó su mirada hacía el único punto que podía: la audiencia. Mal afortunadamente, deseó no haberlo hecho. Los espectadores la miraban fijamente con tétricas sonrisas en su rostro. No eran sonrisas amables o de alegría, si no más bien burlonas y crueles.
Los rostros se fueron deformando, hasta que dejaron de lucir como seres humanos. Aquellos monstruosos seres se comenzaron a reír de ella. Astoria intentaba escapar, sin excito alguno. El sonido de las risas iba en aumento, hasta que se convirtió en una sola y estruendosa carcajada que le taladró los oídos. De haber podido gritar, lo hubiese hecho. La desesperación la estaba consumiendo.
—Astoria —llamó una voz conocida—. Astoria —insistió la voz, causando que ella abriera los ojos.
Se sentía aturdida, con el recuerdo de la pesadilla demasiado nítido en su memoria. Le tomó unos segundos ubicarse en la realidad. Draco estaba ahí, junto a ella, y ella se encontraba acostada en una suave cama. Cerró los ojos de nuevo y tembló. Intentó recordar como había llegado ahí, y solo en esos momentos cayó en cuenta de que "ahí" no era Malfoy Manor.
—¿Donde estoy? —preguntó enseguida, abriendo los ojos de par en par, recorriendo el lugar con la vista.
—San Mungo —le aclaró el rubio, quien estaba sentado en un banquillo a un lado de la camilla.
—¿Y qué hago aquí? —pidió saber, confusa por la situación.
Con la mente ya más despejada, recordaba lo ocurrido y como se había puesto a llorar en la habitación.
—Pensé que te había pasado algo, Krissa me avisó que te había puesto mal y cuando llegué te encontré el suelo, ¿qué querías que hiciera? —explicó y se excusó a la vez, soltando el aire con pesadez. En verdad que se había preocupado por ella.
Astoria entendió y asintió con la cabeza. No sabía que decir al respecto. Ahora se sentía culpable y las ganas de llorar habían vuelto. ¿Qué demonios estaba pasando con ella? Solía ser muy emotiva, eso no lo iba a negar, pero no era normal que estuviera con las emociones tan a flor de piel.
—¿Puedo quedarme aquí un poco más? —pidió, acurrucándose contra la almohada.
Draco enarcó una ceja y luego sonrió de forma torcida.
—Claro, yo tengo que volver al trabajo —dijo, levantándose y acariciando la cabellera castaña—. Descansa —la animó.
La Greengrass sonrió como una niña pequeña. Por alguna razón ahora se sentía feliz, así que le tomó la palabra al rubio y se volvió a dormir, esperando no tener pesadillas. Se sentía demasiado cansada como para ponerse a pensar. Él por su parte, volvió a exhalar con más fuerza de la necesaria. Quería hablar con Astoria sobre lo ocurrido. De hecho, necesitaba hablar con ella de algo en especial, pero no había encontrado el valor. Además de que la chica no parecía estar en condiciones y lo último que quería era agobiarla más.
Un Sanador entró a la habitación antes de que él saliera.
—¿Ya le dijo? —preguntó el mago de barba rojiza. Draco negó con la cabeza.
—Si despierta, no le digan nada, por favor —pidió—. Yo lo haré en su momento —concluyó antes de marcharse de vuelta al Ministerio. Tenía demasiado trabajo que hacer y todavía más cosas en que pensar.
