Cena


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Dos horas después, Hinata había limpiado la cocina lo suficiente para empezar a preparar la mezcla para la masa del pan. Después de lograr la ayuda de Azumi para encontrar la caja de recetas que había mencionado Naruto, anunció a todos los mayores que ya era hora de que se tomaran un merecido descanso, preferentemente en un lugar que no fuese la cocina.

Y cuando se ofrecieron, solícitos, a ayudarla con la comida, Hinata los alejó, diciendo:

-¡No, no! Me resulta más divertido así. Cuando cocino, no quiero a nadie en la cocina. Demasiados cocineros hacen un guiso muy salado, ya sabéis.

-Nunca he oído ese dicho -comentó Mitsuo.

Tampoco Hinata, pero cumplió su cometido, que era hacer salir a los muchachos de la cocina para poder ponerse las gafas sin que la viesen, y leer la receta del pan.

Cuando salió el último de los Namikaze, metió la mano en el bolsillo para sacar las gafas. Algo agudo le pinchó el dedo

-¡Ay!

Sacó la mano, vio una gota de sangre y frunció el entrecejo, afligida.

-En nombre del cielo, ¿qué pasa?

Esta vez con más cuidado, metió la mano en el bolsillo. Cuando sus dedos se cerraron sobre la montura de las gafas, sintió como si se le cayera el corazón, pero no hasta las rodillas, que era lo que solía suceder cuando pasaba algo malo, sino al suelo.

¡Las gafas! La montura estaba retorcida, sin posibilidad de arreglo y, al sacarla del bolsillo, vio que faltaban las dos lentes. Metió la mano más profundamente, y pronto entendió el porqué.

Las dos lentes estaban rotas, y fue un trozo de cristal el que le había pinchado el dedo.

Perpleja, Hinata no atinó a hacer otra cosa que quedarse ahí, parada, mirando sin ver las gafas estropeadas. ¿Cómo había pasado?

En cuanto se lo preguntó, recordó que la noche anterior se había caído en la iglesia: sin duda, fue entonces cuando se rompieron las lentes.

Cuando pasó la primera impresión, volvió la vista a la caja de recetas y la inundó el pánico. Pero pronto lo dominó. Leer sin lentes era casi imposible, pero no del todo. Si colocaba la hoja escrita delante de su nariz, podría distinguir las letras. Y, aunque sería pesado, a caballo regalado no se le miraba el diente.

-¡Oh, demonios! -susurró por lo bajo-. ¿Por qué tenían que ser las lentes? ¿Por qué no un brazo o una pierna? En ese caso, estaría en mejor situación.

Puso otra vez las gafas rotas en el bolsillo y avanzó decidida hacia la caja de recetas, con el rostro alzado. Tuvo que buscar, pero al fin encontró la receta del pan. Escudriñando de cerca cada ingrediente hasta que pudo distinguir las letras y las cantidades, se las arregló para preparar masa de pan para tres hornadas.

Dejó tres cuencos con levadura para levar sobre la cocina, que todavía tenía brasas de la preparación de la cena que habían dejado los chicos la noche pasada, amasó y dio forma a seis hogazas. Recordó que la señora Kurenai siempre untaba las hogazas con grasa de cerdo derretida y las dejaba sobre la cocina tibia hasta que duplicaban su volumen.

Después de hallar tres toallas de lino limpias -tarea nada fácil-, Hinata imitó al ama de llaves. Cuando, al fin, pudo dar un paso atrás para admirar los frutos de su labor, se sintió tan orgullosa como si hubiese dado a luz a seis niños.

Volvió a acudir a la caja de recetas y se aplicó a encontrar algo para preparar la cena. Como odiaba preparar carne, pues sabía que se dañaba a los animales, se decidió por el estofado de carne de venado... pero sin venado, por supuesto.

"Ah, sí", se tranquilizó. "Esto va a resultar muy bien", pensó, mientras empezaba a limpiar las verduras. Un delicioso pan caliente y estofado para cenar: causaría muy buena impresión a los Namikaze, grandes y pequeños.

-¡Jesucristo!

Cuando entró en la cocina, Naruto no podía creer lo que veían sus ojos. ¡La estufa se había convertido en una gigantesca y monstruosa seta! Por lo menos eso parecía, a primera vista. Mirando mejor, vio que el sombrero de la seta era una especie de levadura.

Montañas de levadura que chorreaban por los costados de la estufa y goteaban en arroyuelos pegajosos hacia el suelo. Kurama, el perro pastor mestizo de la familia estaba arrancando tiras de esa sustancia y comiéndoselas.

-¿Hinata?

Recorrió la cocina con la vista y comprobó que había sufrido una transformación bastante más favorable que la estufa, gracias al cielo. Hasta la ventana, sobre el fregadero seco, resplandecía. Muy oronda en medio de la mesa, con aspecto casi regio, había una olla con verduras peladas y cortadas. Supuso que serían para un estofado o una sopa y vio que estaba en lo cierto en cuanto la caja de recetas abierta. La que estaba encima de las demás era la del guisado de venado de su madre.

Guiándose por las voces Naruto comenzó a buscar a su esposa. La encontró en el piso de arriba, con los hermanos. El único Namikaze que faltaba era Menma, que aún estaba en el pueblo, recuperándose de la resaca, sin duda. Hinata estaba sentada en el centro de la cama de Hiro, su esbelta espalda apoyada en la pared de troncos, las faldas metidas debajo de las piernas cruzadas, por recato. Los seis chicos (por mucho que crecieran, para Naruto siempre eran los chicos) estaban alrededor de ella, cuatro sentados al estilo indio, sobre la cama, dos arrodillados en el suelo con los codos sobre el colchón. En el centro del círculo estaba desplegado un mazo de naipes.

-Aquí viene, muchachos, bajo y sucio -dijo Yashamaru.

-¿Bajo y qué? -preguntó Hinata, risueña. Y a Deidara-: ¿Estás seguro de que existe eso que llaman suerte del principiante? Jamás podría pagar lo que os debo, muchachos.

Olvidando por un momento el lío de abajo, Naruto apoyó un hombro contra la división, una de las dos medias paredes que dividían el altillo en tres áreas de dormir proporcionales, para sus hermanos. Por unos instantes, se permitió posar una mirada cálida sobre Hinata y luego contempló a sus hermanos.

Al parecer, estaban enseñándole a jugara póker y, entretanto, desplumándola. En una ocasión similar, los habría regañado, pero hacía tanto tiempo que no los veía relacionándose así y divirtiéndose que no tuvo valor. Si bien no era muy partidario de los juegos de azar Naruto era un convencido de la necesidad de divertirse, y era evidente que todos estaban pasándolo muy bien.

-Aparece un par de doses-dijo Yashamaru, dándole una última carta cara arriba a Hiro -. ¡A la gran flauta, fijaos en este Rey! ¡Posible escalera! - exclamó, dándole a Azumi- .Y la dama atrae a una dama! ¡Fijaos en este par de remas! -gritó, golpeando con la última carta de Hinata-. ¿Te oí preguntar si existe la suerte de principiante? Querida, mira esto A menos que alguien tenga una carta impresionante escondida en la manga hasta ahora eres la gran campeona.

Hinata se llevó una mano al pecho, con expresión inocente demasiado genuina para ser fingida.

-¿En serio? -Se inclinó para mirar, entrecerrando los ojos, una pila de guijarros que había sobre la cama-. ¿Cuánto ganaré?

Azumi se inclinó adelante para contar rápidamente.

-¡Cincuenta dólares! -dijo, entusiasta- ¡Uy! Si fuese dinero verdadero, serías rica.

Naruto se tranquilizó: por lo menos no apostaban con dinero de verdad. Supuso que debería estar agradecido por unas cuantas bendiciones.

En ese preciso momento, Hinata lo vio.

-Naruto, ¿eres tú?

El rió:-Caramba, muchacha, ¿acaso eres ciega? Claro que soy yo.

Un leve rubor apareció en las mejillas de Hinata.

-El sombrero te tapaba un poco la cara -explicó-. No podía verte bien. Además - señaló a los hermanos con un ademán-, mira cómo sois. Nunca he visto tanta gente tan parecida.

Eso hizo recordar a Naruto los buenos modales y se quitó el sombrero.

-Lamento interrumpir el juego, pero abajo hay todo un lío. ¿Qué es eso que está todo derramado en la estufa?

Los ojos de Hinata se agrandaron todavía más, si eso era posible. Tiró las cartas, saltó de la cama y fue apartando a los muchachos a codazos.

-¡Mi pan!

-¿Pan? ¿Eso es pan? -Naruto rió a carcajadas-. ¿Cuánta levadura le pusiste?

Hinata pasó corriendo junto a él, pero la aferró del brazo antes de que llegara a la escalera.-Eh, aquí. Ve despacio. No tienes por qué caerte.

La hizo retroceder y bajó antes que ella, para protegerla.

-Cuidado -le advirtió, con la vista fija en los pies pequeñ peldaños son peligrosos hasta que te acostumbras.

Al llegar a la cocina, se quedó inmóvil, callada, mirando la estufa.

-¡Oh, no! ¡Mis hermosos pequeñuelos! ¿Qué demonios les ha pasado?

Kurama, aparentemente sin hambre por primera vez en su descarriada vida, se lamió las mandíbulas moteadas, se dejó caer junto a la estufa y gimió. De pronto, a Naruto se le ocurrió que no debió haber dejado que el perro siguiera comiendo la masa.

-Dios -rezongó por lo bajo, mirando la panza de Kurama-. Espero que no se descomponga.

Hinata resopló, indignada:

-¿Quieres decir que mi pan podría enfermarlo?

-Estaba pensando que, tal vez, la levadura no sea buena para los perros. -Apartó la vista del animal- Tengo la impresión de que le pusiste demasiada.

-Lo que decía la receta: una taza por horneada.

-¿Una taza? -silbó-. No me extraña que haya masa por todas partes, cielo. Debes de haber leído mal los ingredientes. En la receta de mi madre indica un cuarto de taza de levadura por horneada.

En ese momento, bajaron todos los muchachos por la escalera y al ver el desastre en la cocina, abrieron los ojos, asombrados:

-¡Uy! -exclamó Azumi- ¿La cocinaremos toda?

-No, Azumi. No creo que quede comestible cuando la rasquemos toda para limpiarla -respondió Naruto- Kurama es el único que comerá pan esta noche.

-¡Oh, maldita sea! -replicó el niño- Todo el día se me ha hecho agua la boca pensando en el pan caliente.

Hinata parecía tan afligida que Naruto se apresuró a decir.

-No es tan grave, Hinata. Esta noche podremos comer galletas y mañana harás el pan.

Tras lo cual, se enrolló las mangas de la camisa y se dedicó a la tarea de limpiar el desastre. Diez minutos después, ya no opinaba que no era tan grave. Nunca había visto tanta masa. Y más aún: la mayor parte se había pegado al hierro caliente de la estufa y estaba tan pegada que era casi imposible sacarla. Al final, recurrió a la ayuda de un cuchillo.

-¿Estás segura de que sólo pusiste una taza de levadura por horneada? -le preguntó a Hinata-. Te digo que nunca en mi vida he visto que quince tazas de harina ocuparan tanto espacio.

-Nueve -corrigió- En la receta decía tres tazas por horneada nueve en total. Naruto interrumpió la tarea para mirarla, pensativo.

-No, cielo, en la receta dice cinco tazas de harina por horneada lo que multiplicado por tres da quince. Es evidente que no sólo leíste mal la cantidad de levadura. ¿Acaso eres corta de vista, o algo así?

Al oírlo, las mejillas de Hinata se arrebolaron y en sus ojos apareció un brillo indignado.

-¡Caramba, no, no soy corta de vista!

A juzgar por la expresión de la muchacha, Naruto se dio cuenta de que había cometido un error al preguntar. Las mujeres eran muy delicadas en esas cosas. Rápidamente pensó en el modo de arreglar las cosas y decidió no volver a tocar el tema de la vista de Hinata.

-Tienes razón. Ha sido una tontería de mi parte. No es extraño que hayas leído mal, porque el tres y el cinco son muy parecidos, y, como yo usé esa receta tantas veces, es probable que la haya manchado con los ingredientes encima de los números, y por eso sea difícil de leer.

Con expresión de alivio por haberse librado de la acusación, Hinata hizo un gesto de afirmación.

-Sí, estoy segura de que fue eso- Había muchas manchas encima de la receta. - Estrujo el trapo que estaba usando-. Lamento que se haya ensuciado tanto, Naruto. En serio. No es necesario que me ayudes, puedo limpiarlo yo sola.

Naruto la veía adorable ahí, de pie, que por nada del mundo hubiese dejado que terminara sola. Después tenía que salir a ordeñar, pero, fuera de eso, pensaba quedarse dentro el resto del día. No se le ocurría ningún en motivo para separarse de su novia. Hasta el anochecer quedaba poco tiempo para que se conocieran mejor, a su juicio. Si pensaba hacerle el amor antes de que amaneciera, tenía que terminar rápido.

Esa noche, cuando Naruto se sentó a cenar, casi se rompió un diente con una de las galletas de Hinata y también estuvo a punto de quedarse ciego en el esfuerzo por encontrar carne en el guiso. Después de saborear varios bocados que, para su gusto, estaban demasiado salados, llegó a la conclusión de que no tenía nada de carne. Contemplando a su esposa a través de la larga mesa sonrió: comía tranquilamente sin dar la impresión de que echase algo de menos.

-Hinata, desde ahora en adelante, cuando necesites algo de carne, no tendrás más que pedírselo a los muchachos, y alguno de ellos irá a conseguírtela. Tenemos carne de vacuno y venado en cantidad, en el ahumadero.

-¿Carne?-Lo miró con ojos asustados, la cuchara a medio camino de los labios-

¿Para qué necesitaría carne?

La sonrisa de Hinata se profundizó:

-¿Para cocinar?

Hinata puso otra vez la cuchara en el cuenco.

-Oh, no, no podría.

-¿Qué es lo que no podrías?

-Cocinar carne.

Esa respuesta tuvo el efecto de que todas las cucharas quedasen en el aire. Naruto miró alrededor y vio que todos sus hermanos, excluyendo a Menma, que todavía no había llegado, miraban a la novia con expresiones perplejas. Los comprendía: él mismo no estaba seguro de haberla entendido bien.

-¿Te he entendido bien? ¿Has dicho que no puedes cocinar carne? -preguntó, deseando aclarar las cosas.

La muchacha se limpió delicadamente las comisuras de los labios con un dedo, demostrando que se sentía perdida sin servilleta.

-Así es. Yo no como carne.

A duras penas, Naruto contuvo una carcajada.

-¿Por qué no?

Los ojos ya grandes de Hinata se agrandaron más aún.

-¿Cómo por qué no? ¡Es muy cruel! -Recorrió con la vista a los hermanos-. Me cuesta creer que uno solo de vosotros sea tan malvado como para ir al bosque y matar a un inocente ciervo sólo para poder poner carne en el guiso. -Les dedicó una sonrisa radiante-. ¡Si así, sin carne, sabe perfectamente!

Naruto estaba seguro de que bromeaba.

-Hinata, mi amor, todo el mundo come carne.

-Todo, no. Yo, ciertamente, no como. Y, si yo debo ser la cocinera en esta casa, vosotros tampoco.

Silencio atónito. Naruto lanzó miradas significativas a sus hermanos, y aclarándose la voz, dijo:-Creo que deberíamos hablar de esto más tarde.

-No hay nada que hablar -repuso ella con dulzura-. A menos que alguno de vosotros se ofrezca para cocinar. -Miró a los comensales-. A ninguno le molesta, ¿verdad? Me refiero a comer sin carne.

Cuando hasta el último de sus hermanos negó con la cabeza y exclamó:

-¡No, no nos molesta! -casi al unísono, Naruto casi no podía creerlo. Los miró con una expresión que demostraba su fastidio.

-A todos os gusta la carne. ¿Cómo podéis decir, tan tranquilos, que no os importa? Mitsuo dijo: -Bueno, un par de veces por semana podría cocinar uno de nosotros, y esas noches comeríamos carne.

-¿Podremos comer huevos? -preguntó Azumi, melancólico.

-Sí, desde luego -le aseguró Hinata-. Y no hay carne en los pasteles y los bizcochos.

Al oír la respuesta, Azumi se animó.

-Si a Hinata la pone triste cocinarla, no tenemos por qué comer carne, Naruto. Deidara tenía el aspecto de estar conteniendo las carcajadas.

-No podemos ser crueles con los animales. Y creo que comérselos es ser cruel.

A Naruto no le pareció divertido.

-¿Podría recordaros que estamos manejando un rancho ganadero? Criamos y vendemos vacunos.

Hinata pareció abatida.

-Oh, no había pensado en eso. Supongo que matan a las vacas después que vosotros las vendéis, ¿no es así?

-Así es como consiguen filetes los habitantes de la ciudad, Hinata. Compran vacas criadas en los ranchos ganaderos y las convierten en carne.

Naruto apretó los dientes al ver la expresión afligida de la mujer. Y, sin poder contenerse, agregó-: Pero muchas no son carneadas. -Procuró inventar otra mentira para hacerla sentirse mejor con respecto a la actividad que desarrollaban para vivir-. Las lecherías, por ejemplo. Se venden muchas vacas a las lecherías.

-¡Y unas cuantas se venden para cría! -aportó Yashamaru.

-Es cierto -admitió Daisuke-. Si no quedaran suficientes vacas y toros para la reproducción, no tendríamos terneros cada primavera.

Azumi esbozó una sonrisa radiante.

-¡Y también se usan para hacer zapatos y botas! ¿Lo ves, Hinata? No todas se venden para hacer filetes.

Hinata se llevó una mano a la garganta.

-¡Oh, caramba...! ¿Sabéis?, nunca me he parado a pensar que mis sandalias para ir a la ópera y los zapatos abotonados están hechas de cuero.

Temiendo que intentara convencerlos de que anduviesen todos descalzos, Naruto se apresuró a exclamar:

-Este guiso está muy bueno, Hinata. ¿Qué es esta especia que detecto?

-Sal -contestó Deidara.

Naruto levantó su vaso de agua para lavar ese sabor.

-Aja.