DECEM

.

.

.

Para ser un hombre tan delicado, en apariencia, nadie creería que había vivido buena parte de su vida sin sol, sin luz natural y en un lugar salvaje e inhóspito, Groenlandia no era el sitio más amable para crecer, afortunada o desafortunadamente, había sobrevivido, y no sólo eso, se había convertido en un buen guerrero, pero esa era otra historia.

Una historia que merecía ser contada aparte, con lujo de detalle, una historia de éxito. Porque ¿qué otra cosa sino? Él era un éxito, todo él.

Afrodita a veces se preguntaba ¿quién era él?, por supuesto que sabía quién era, pero… realmente… ¿quién era? Se sorprendía reflexionando eso mientras cuidaba amorosamente sus rosas… porque hubo un tiempo en el que no tenía dudas, cuando vivió en Groenlandia, ahí él sabía quién era.

No obstante, hay que empezar por el principio.

Todo empezó el día que presenció el suicidio de dos de los abuelos, los más viejos del grupo de los inuit de aquel campamento. Sabía que no tenía que estar ahí, porque su maestro se lo había prohibido, pero él tenía curiosidad por esos rituales tan poco civilizados… además, tenía que ser honesto y decir que él también se suicidaría si tuviese que arrugarse de esa manera.

Se quedó ahí parado, igual que unos cuantos, no muchos, al menos eran un público pequeño. El hombre y la mujer estaban parados en lo alto de ese pico, no miraban al vacío, simplemente miraban a la nada. De pronto, ambos saltaron, con una sincronía inverosímil, volaron, literal, hasta que fueron a estrellarse contra la superficie semi rocosa, semi congelada, sus cabezas se abrieron como fruta madura, sus miembros se rompieron.

Tuvo el descaro de acercarse hasta la sanguinolenta escena, sólo para satisfacer su morbo y observar los cuerpos que estaban en una posición irreal, como títeres que danzaban.

Si se lo preguntaban, hasta parecían una obra de arte, y la sangre roja escurriendo por la nieve, coagulándose a toda velocidad, sí, era arte.

Mas tarde irían a recoger los cuerpos, probablemente alguien de la familia, los enterrarían y seguirían su marcha con el resto del campamento, y mientras tanto él seguiría en el mismo aburrido lugar.

Suspiró.

De pronto se sintió observado, al levantar la vista, en el mismo lugar donde él había estado parado contemplando la macabra escena del suicidio de la tercera edad… ¡Estaba él! ¡Él mismo estaba… ahí!

—¿Cómo mierda es posible?

Preguntó en voz alta. Se estaba viendo a sí mismo ahí, y su otro yo le miraba atento, con una sonrisa en los labios, burlón.

—¿Así se me ve el cabello? Se ve horrible… —dijo apreciativamente caminando hacia el otro Afrodita, porque si era real, él quería tocarlo.

O tal vez ya estaba alucinando por el frío, o el hambre.

Su camino se vio interrumpido cuando escuchó un sollozo, y palabras en ese gutural idioma de los inuit: se trataba de la hija, al parecer, que había ido a recoger los cuerpos. Regresó la vista hacia su otro yo, pero el otro se había marchado, ¿a dónde? No lo sabía.

Aun cuando se apresuró a dirigirse al lugar exacto, no encontró las huellas de a dónde se marchó, porque la nieve que estaba cayendo constantemente se encargó de borrar todo, y lo único que quedaba a penas visible, era el relieve de lo que parecían sus huellas, las anteriores.

Se rascó la cabeza, se encogió de hombros y caminó de regreso al campamento donde pronto dejarían de estar los nómadas.

Pensó que aquello simplemente había sido parte de su imaginación, un hecho aislado, nada de lo que inquietarse.

Le parecía más angustioso lo feo que se le veía el cabello.

Cerró los ojos para dormir, pero tuvo la clara impresión de que más noche, alguien se le acercó, tan cerca como para estar a su lado, y sin embargo no abrió los ojos, simplemente porque pensó que se trataba de nuevo de su imaginación jugándole bromas.

Pero conforme fueron pasando los días, su otro yo se dejaba ver más seguido, caminando por ahí, asomándose, incluso leyendo por encima de su hombro, otras tantas se había comido su comida, engañando a su propio maestro… ¡Tuvo el descaro de hablar con los demás, haciéndose pasar por él!

Invariablemente acabaron liados a golpes otras tantas veces, con resultados muy similares, sin tener un ganador absoluto, eso era un insulto.

¡Se estaba volviendo loco!

Con la observación intensa y de odio, siguiendo los pasos de su otro yo, se dio cuenta de que había una diferencia: el lunar, él lo tenía de un lado, el otro lo tenía al lado contrario… ¿o era al revés?

¡Algo tenía que hacer con esa copia horrorosa! Porque en este mundo no podía haber dos como él, y mucho menos podía hacerse de amigos que ni siquiera él tenía.

El muy cretino había encontrado a bien hacerse de amigos, ¡Amigos! Cuando él no tenía semejante cosa, y menos entre los piojosos aquellos.

Entonces ideó el plan, lo ideó muy bien.

Aprovechando que era tan amistoso, y a todos lados a donde fuera le seguía, se trepó en lo alto del pico del suicidio, sus hermosas manos se quemaron, los dedos le sangraban, y justamente iba dejando ese patrón de sangre en la nieve que se le antojaba epifánico.

Al llegar a la cima se quedó parado en la orilla, como si fuese a lanzarse al vacío, su otro yo se quedó a un lado, imitando sus movimientos, su respiración, hasta el condenado aire congelado mecía los mismos cabellos.

Era alucinante.

Afrodita entonces, lo tomó por sorpresa, se pescó a sí mismo por el cuello, apretándose la garganta, con fuerza, con odio, sintiendo como los huesos empezaban a crujir, y el otro imitó el movimiento, pero con fuerza diezmada, ambos Afroditas comenzaron a luchar por sus respectivas vidas, rodando tan cerca de la orilla, tan cerca que a veces quedan brazos, piernas o cabezas colgando.

Afrodita uno sacó de su bolsillo el tupilak de hueso humano que le había comprado a uno de esos chamanes extraños, se lo mostró triunfante al Afrodita dos, logrando que el otro se aterrara de tal manera que el bello rostro se desfiguró en un rictus de absoluto pavor.

—¡Toma esto, hijo de puta! —Le gritó metiendo la figurilla del monstruo poliforme en la boca de la copia.

Lo empujó con fuerza en la garganta del otro, hasta que se atoró y no pudo seguir empujando… hasta que él mismo empezó a ahogarse, como si tuviese algo obstruyéndole la garganta.

Sentía que desfallecería…

Con lo último de sus fuerzas se empujó a sí mismo hasta hacerse caer por el precipicio…

Bajó lo más aprisa que pudo del pico, al llegar al terreno firme buscó por todos lados al Afrodita copia, pero no pudo encontrarlo, ni siquiera encontró restos de sangre ¡Nada! ¡No había absolutamente nada!

Siempre se preguntó si aquello lo había imaginado, en medio de delirios por el frío, o si realmente había muerto ese Afrodita dos… pero sobre todo se preguntaba si no era que… el muerto había sido Afrodita uno, y Afrodita dos al final había ganado…

¿Quién sería él? ¿Quién realmente era?

¿Quién?

.

.

.

FIN

.

.

.

N. de la A.

Los doppelgänger son, supuestamente, los dobles que todos tenemos en algún lugar, la literatura y el cine han contribuido a la creencia de que estos pueden ser "gemelos malos", e incluso el escritor sueco August Strinberg, alimentó la creencia de que aquellos que veían a su doble, morirían. Algunas veces en los grupos inuit, cuando las condiciones eran más duras, se podía tomar la decisión de sacrificar a los más débiles, en beneficio del grupo, los ancianos preferían suicidarse para evitar a la familia la toma de una decisión tan difícil. El amuleto que se menciona, el tupilak, normalmente estaba hecho de huesos de animales o bien, humanos, los elaboraban chamanes, y se trataba de criaturas mitológicas, cuyo fin era destruir enemigos.