Hola

A pesar de haber crecido en el santuario, lo sentía como un lugar totalmente extraño y ajeno a él. ¿Qué era suyo realmente? ¿Quién era él? Se veía al espejo y lo único que conseguía ver era el reflejo de alguien que no reconocía. Esos ojos, ese cabello, esa piel... todo ese cuerpo parecía no pertenecerle. O tal vez... tal vez si eran suyos, pero todo estuvo perfectamente oculto, sellado y sin posibilidad de salir a flote. ¿Por qué? Esa era la pregunta que más rondaba su mente mientras su integridad física se recuperaba de las heridas de una guerra que no decidió librar.

Cualquiera que lo viera en esa situación pensaría que su molestia y negación se debían al hecho de haber perdido uno de sus brazos desde el codo hacia abajo, sin embargo, en esa batalla también perdió su identidad. Parecía irónico que las heridas más dolorosas fueran aquellas que nadie podía ver, las heridas más dolorosas eran las que se mantenían ocultas en su mente y corazón. Desde niño siempre supo que aquellas personas que lo criaron no eran su familia biológica, aún así, nunca tuvo el deseo de saber sobre su origen. Ahora, todo era totalmente diferente. Deseaba saber quién era esa persona cuyo reflejo no reconocía. Quería saber por qué fue abandonado y castigado de esa manera tan cruel que le privó de la habilidad de comunicarse verbalmente y mostrar su verdadera apariencia física.

No podía evitar sentir culpa por la barrera que estaba elevando entre él y todas las personas que querían ayudarlo. Cada tarde sin falta, Diana dedicaba algunas horas a ayudarle a hablar adecuadamente. Al principio fue difícil y se negó a hacerlo, pero sabía muy bien que sería algo necesario si quería averiguar de una vez por todas las razones ocultas tras su existencia. Casi no hablaba con sus maestros o con los pocos amigos que había logrado hacer. Su día daba inicio y finalizaba en el suelo de la biblioteca del onceavo templo zodiacal, devorando tomo tras tomo e intentando descifrar el nombre escrito en aquella preciada posesión que esa persona especial para él le había encomendado. Al parecer, eso le interesaba más que su bienestar personal. Soportaba el insoportable dolor de la sanación, en silencio, incluso cuando ya tenía una voz.

Poco a poco, su cuerpo se fue acostumbrando a la prótesis que ahora ocupaba el lugar de su brazo amputado. Hasta ese momento, Diana era la única persona que había escuchado su voz, pero eso cambiaría en el instante en el que una presencia conocida para él se adentrara en su lugar de escape. Mientras revisaba minuciosamente las páginas de un libro de caracteres de diversos idiomas, unos pasos interrumpieron su búsqueda. Era su vieja amiga, Ela de Piscis.

-Me pregunto si debería perdonarte, lo estoy considerando seriamente en este momento.-Dijo ella, sonando molesta, pero manteniendo una distancia segura.

Magnus se mantuvo en silencio por un instante, intentando procesar lo que estaba escuchando y con algo de dificultad respondió: -¿Qué debes perdonar?-

La expresión de enojo se desvaneció del rostro de Ela y ahora mostraba una ligera sonrisa. -Desde que llegaste quise escuchar tu voz, pero al parecer eres demasiado egoísta y solamente hablas con esa chica recién llegada de Asgard.-Mencionó, fingiendo indignación.

-Quería estar solo, ha sido demasiado... todo esto es demasiado para mí. Lo siento Ela.-

Guardando las precauciones debidas, ella tomó asiento en el suelo de la biblioteca, a una distancia segura pero lo suficientemente cerca. Ella sabía muy bien que cuando alguien pasa demasiado tiempo solo y sin hablar de sus sentimientos, una buena conversación con un amigo puede aliviar un poco sus pesares. Incluso ella con su condición que le impedía acercarse mucho a las personas, incluso así ella lo sabía y lo practicaba. No tenía muchos amigos, pero consideraba que los pocos que tenía eran más que suficientes.

Se sentía anonadada mientras escuchaba a aquel muchacho intentando encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Ahora, la gramática o el vocabulario no eran sus mayores problemas, su mayor dificultad era expresar lo que su corazón ocultaba con tanto recelo. Luego de múltiples intentos fallidos, por fin pudo sacar todo aquello que aquejaba su alma.

-No te mentiré, sin duda has tenido que pasar por cosas terribles y no creo que yo pudiera soportar tanto por mi cuenta. Las cargas más pesadas se aligeran cuando las compartes con las personas que amas.-Explicó Ela, tratando de dar a entender su punto de vista de la vida.

-Las personas que amo... ya veo. Pero ¿Qué pasa si las personas que amo están lejos de mí? ¿Qué pasa si sus cargas son aún más grandes que las mías? ¿Es justo que yo ponga más peso sobre sus hombros?-Cuestionó Magnus, con palabras llenas de amargura.

La guardiana del último templo reflexionó un poco sobre lo que acababa de escuchar, pero tan pronto una idea cruzó su mente, respondió sin titubear. -Así es como funciona el amor. Así como tú compartes tus cargas con alguien, alguien necesitará tu hombro para apoyarse y tal vez llorar un poco.-Dijo ella.

-Hay tanto que quiero decirle... pero creo que nunca volveré a tenerla frente a mí para que sepa todo lo que estoy guardando.-Admitió él.

-Bueno, en ese caso, escribe todo lo que quieras decirle. Sin importar si esas palabras llegarán a ella o no, hazlo por ti. Tu cuerpo está sanando, es momento de que tus emociones y tu mente lo hagan también. Toma un papel y una pluma, te dejaré solo para que puedas inspirarte.-Sugirió Ela, poniéndose de pie para luego abandonar el lugar.

Haciendo caso al inusual consejo de su vieja amiga, Magnus se puso de pie y encontró su vieja e inseparable libreta. Buscó una página en blanco, tomó una pluma y dejó que todos esos sentimientos fluyeran. Al terminar con aquella carta que le pareció imposible de escribir, arrancó la hoja de la libreta y la dobló cuidadosamente. ¿Qué haría con ella? No le quedaba más que guardarla para sí mismo e imaginar lo que sucedería si ella algún día leyera esas palabras. Se marchó sin saber que Ela de Piscis había observado todo el proceso y esperó cuidadosamente el momento oportuno para tomar aquel objeto.

Ya era su momento de partir, una misión en una tierra lejana aguardaba por ella. No tenía certeza de lo que encontraría allí, pero algo dentro de su ser le decía que era probable que cruzara camino con el destinatario del pequeño trozo de papel que ahora resguardaba.

Desconociendo ese hecho, Magnus se dirigió a la sala del patriarca. Desde hacía algunos días se había solicitado su presencia en dicho lugar, pero su negativa y sus excusas sobre su sanación física le habían impedido acercarse. Estaba vistiendo su preciada armadura de plata luego de casi un mes del incidente que marcó la vida de todos los que estuvieron involucrados. La enorme puerta se abrió de par en par y al adentrarse en el sitio, vio a su maestro conversando con Markos, el sumo pontífice. Vestía ropa de civil, lo cual le pareció bastante extraño.

-Su eminencia, lamento los inconvenientes que pude haber causado. He venido aquí justo como le lo solicitó. ¿Qué desea saber?-Dijo Magnus, haciendo una reverencia hacia los presentes.

Markos se puso de pie y se acercó a él. -No te llamé para reprenderte o interrogarte si es lo que piensas muchacho. Desconozco el motivo que te tuvo alejado de todos durante estas semanas, pero es algo en lo que no deseo indagar.-

-¿Por qué me ha llamado entonces?-Preguntó el santo de Orión.

-De hecho, él te llamó porque yo quería conversar con ambos sobre un tema muy serio.-Dijo Leandros de Acuario.

Se dirigieron al balcón, un lugar más íntimo y alejado de las miradas indiscretas de los guardias u otros santos presentes. Al llegar allí, Magnus sintió una tensión bastante extraña, era algo así como un presentimiento.

-Yo... yo fui despojado de mi cosmos. Pude sentir como se desvanecía cuando Ares me atacó.-Confesó el santo del penúltimo templo.

El rostro inexpresivo de Markos se deformó a uno de seria preocupación al escuchar esas palabras. Por su parte, Magnus tenía una mirada de tristeza que nadie había visto antes.

-Soy incapaz de vestir mi cloth... ya no puedo ser un santo de Athena. Es por ese motivo que tomé la decisión de marcharme del santuario e iniciar una vida nueva como un civil común y corriente.-

-¡Tú no puedes irte!-Exclamó Markos, perdiendo la compostura por completo. -Mi maestro fue una persona común y corriente, es por ello que no puedo aceptar el hecho de que quieras abandonar tu posición por algo así.-

-Soy inservible, solamente sería un estorbo para la orden.-Intentó argumentar Leandros. -Sin embargo, Magnus es lo suficientemente fuerte para convertirse en mi sucesor.-Sugirió.

El estoicismo de Magnus se acabó por completo al escuchar esas palabras. ¿Su maestro creía que era un digno sucesor? Él mismo no podía creerlo, sentía que era demasiado débil e inútil para ostentar el cargo de caballero dorado. Era incapaz de ver lo que su maestro veía en él.

La máxima autoridad del santuario luego de la diosa de la sabiduría y la guerra se mantuvo en silencio, analizando la propuesta de aquel hombre que jamás le pidió nada en todos los años que tenía de vivir en ese sitio. Sabía que el muchacho era talentoso, pero a su parecer, carecía de varias aptitudes fundamentales para convertirse en un santo dorado. Su uso del cosmos era excepcional, pero parecía no querer explotar todo su potencial. Su condición física no era muy buena y era vencido fácilmente en un combate cuerpo a cuerpo. Si Leandros deseaba que ese chico se convirtiera en su sucesor, tendría que pasar por un arduo entrenamiento en un corto tiempo para demostrar que era digno del cargo que se le quería otorgar, de lo contrario, se verían en la necesidad de esperar por alguien más.

Ese fue el trato, Magnus sería entrenado para convertirse en el nuevo caballero de Acuario. A partir de ese día, un extenuante entrenamiento físico daría inicio para él. Era momento de salir de su zona de confort y enfrentar todos los retos que esquivó en el pasado. Lo vio como un honor y como una oportunidad perfecta para distraer su mente de todos aquellos pensamientos que solamente le provocaban sufrimiento y dolor. Pretendía olvidar, al menos por un momento. Aunque los momentos más dolorosos siempre serían las oscuras noches en las que todas aquellas escenas se repitieran en su mente como una película que amenazaba con no tener fin.

-Es un gran peso el que llevarás sobre tus hombros, muchacho. ¿Estás seguro de que es lo que deseas realmente?-Preguntó Markos, un poco inseguro sobre los pensamientos que el chico pudiera tener de lo que le esperaba de ahora en adelante.

-Para mí no existe honor y satisfacción más grande que servir a mi diosa. Aceptaré la oferta sin dudarlo un segundo.-Respondió, haciendo una reverencia de cortesía.

-Que así sea, futuro caballero de Acuario.-Sentenció el patriarca.

Mientras tanto, en un lugar muy lejos del santuario...

Ela había sido enviada a aquella misión en compañía de Brina de Cáncer. Llegar a aquel sitio escondido había sido bastante complicado, pero tuvieron una gran sorpresa cuando por fin lo encontraron. Toda China parecía haber avanzado en el tiempo a excepción de ese escondido lugar. Parecía atrapado en una época antigua, lo cual le daba un toque de misticismo y belleza único.

A Ela le pareció completamente extraño el hecho de ver a Brina sonreír, ella siempre mantenía un semblante serio y tenía fama de tener muy pocos amigos. Las veces que se le veía sonreír podía contarlas con los dedos de una mano. Supuso que tal vez un cambio de aires le haría bien para su mal humor.

-Este lugar me recuerda al sitio en el que crecí, es como si hubiera un encantamiento que les impide avanzar al mismo ritmo que el resto del mundo.-Mencionó Brina.

-¿En Siberia hay sitios como este?-Preguntó Ela.

-Así es, mi maestro solía contarme una vieja leyenda sobre este tipo de lugares. Son sitios atrapados en el tiempo, escondidos a simple vista para que nadie pueda notarlos y adentrarse en ellos. Alrededor del mundo existen muchos lugares como este ¿La razón? Dicen que poderosas armas y objetos místicos son resguardados en estos lugares sagrados.-Relató la guardiana del templo del cangrejo.

-¿Crees que la existencia de uno de esos objetos explique la actividad extraña que ha sucedido últimamente?-Cuestionó Ela.

-Casi te lo puedo asegurar, alguien desea obtener algo, pero no sabe dónde está.-Respondió Brina.

Antes de que Ela pudiera proseguir con la conversación, los gritos de un grupo de personas las alertaron de que algo estaba ocurriendo. Sin vestir sus armaduras y con toda la precaución debida, se adentraron en la multitud y encontraron a un par de hombres vistiendo armaduras rojo sangre con detalles negros. Amedrentaban a unos pobladores, exigiendo información que ellos parecían no tener. Justo cuando uno de ellos emitió un aura oscura y se disponía a dar un golpe de gracia al pobre hombre que no supo responder su pregunta, un fuerte golpe lo hizo perder el equilibrio y caer estrepitosamente al suelo.

Sin tiempo que perder, Ela y Brina vistieron sus armaduras rápidamente para unirse a la batalla, pero se sorprendieron al ver a una figura misteriosa hacerse cargo de aquellos guerreros del dios Ares. Sus vestimentas oscuras y holgadas impedían distinguir si se trataba de un chico o una chica. Portaba una máscara que simulaba ser el rostro de un demonio rojizo con grandes cuernos y colmillos. Con un palo bo en mano, el héroe de la máscara logró hacerse cargo de uno de los atacantes, mientras otra persona con características similares, pero con una máscara lisa hacía lo mismo con el guerrero restante.

Los presentes aplaudieron agradecidos e incluso ofrecieron algunos alimentos a esos extraños vigilantes que los habían salvado. Por su parte, las guerreras de Athena se mostraban bastante confundidas al ver por ves primera a ese tipo de combatientes. Ellas no tenían permitido usar armas y por ese mismo motivo les pareció realmente fascinante el ver como esas personas parecían convertirse en uno solo con aquellas largas varas de bambú. Lo más increíble del asunto es que en lugar de ser herramientas para atacar, eran utilizadas para la defensa y el desvío de ataques enemigos, contrario a lo que muchos pudieran pensar.

Uno de ellos se acercó amablemente a las dos jóvenes portadoras de armaduras doradas y se presentó. -¡Viajeras! Mi nombre es Yixing. Disculpen la intromisión pero ¿Qué las ha traído por este rumbo?-Cuestionó luego de mencionar su nombre.

Brina se adelantó, acercándose al joven guerrero y dijo: -¿Por qué debería responderte? Ni siquiera sé a quién sirves. ¿Cómo saber que no le estamos dando información a nuestros enemigos?-Su tono de voz era intimidante, pero su presencia lo era aún más.

Yixing se mantuvo pensativo por un instante, mientras su compañero alentaba a las personas presentes a continuar con su rutina y alejarse de la escena. -Ares es nuestro enemigo, cualquiera que luche contra él es nuestro aliado.-Respondió.

Fue una respuesta aceptable para Brina. -¿Tú amigo no habla?-Preguntó ella, intrigada por el hecho de que el otro misterioso guerrero permanecía en silencio y a diferencia de Yixing, no se había despojado de su máscara.

Justo antes de que el pobre chico respondiera, el fuerte golpe del arma de su compañero lo detuvo de hacerlo. Por su parte, Ela estaba intrigada por ese "guerrero misterioso". Intentaba desesperadamente no utilizar su cosmos, lo ocultaba, como si fuera a ser descubierto si lo dejaba fluir libremente.

-Sé que eres tú, cuál sea tu nombre... eso no es lo que me importa ahora. El mundo está en peligro y tenemos que cumplir con la misión de averiguar lo que Ares quiere de este sitio.-Dijo Ela.

-No podemos dejarlos pasar, es un sitio totalmente prohibido para quienes no son parte de nuestro culto. Tendrán que irse o nuestros compañeros los expulsarán por la fuerza.-Explicó Yixing.

-¡Quiero verlos intentarlo!-Exclamó Brina, sintiéndose molesta por la situación.

-¡Brina! Tenemos que llegar a un acuerdo, no podemos amenazarlos así como así.-Replicó Ela, dando un leve golpe en el hombro a su compañera. -En serio necesitamos toda la información que podamos, así que vamos a quedarnos.-

Cuando Yixing estaba a punto de repetir nuevamente el asunto de la expulsión, su acompañante lo frenó y comenzó a hablar.

-Váyanse de aquí cuanto antes. Mientras menos personas estén involucradas, menos peligro habrá. ¿El santuario desea información? Mantendremos una línea de comunicación, somos aliados después de todo.-Dijo la guerrera enmascarada.

Brina y Ela supieron que no tenían opción, pero algo les decía que podían confiar en aquellos misteriosos guerreros. -¿Quiénes son ustedes?-Preguntó Brina.

-Taonia. Es todo lo que deben saber. ¡Largo de aquí!-Respondió la misteriosa guardiana.

Para Ela no fue difícil reconocer su voz, estaba en lo cierto. Su presentimiento había sido acertado. De su armadura extrajo aquella pequeña pieza de papel que tomó sin permiso. La extendió hacia la muchacha que se negaba a mostrar su rostro.

-Siempre piensa en ti, cada día y a cada momento. Toma esto como la despedida que no pudieron tener. Esperaremos la información, solamente te pido que no nos traicionen o pagarán las consecuencias.- Explicó Ela.

-No le digas... por favor no le digas que estoy aquí.-Suplicó la chica.

La guardiana del templo de Piscis simplemente asintió como una muestra de empatía. Se retiraron del lugar, cada quien siguió su camino.

Al llegar al templo de los taonia, en lugar de dirigirse con su respectivo líder, la antes portadora de la armadura de la serpiente tomó asiento al borde de una ventana y se dispuso a leer aquella nota que con tanto recelo había cuidado Ela.

"Hola, fue realmente difícil decir esta palabra, mi mente se complicó por mucho tiempo al decidir lo que diría a continuación. Tantas palabras amontonadas en mi mente y todavía hay un espacio vacío que no he podido llenar por miedo a que mis palabras vacías se filtren a través de esa brecha... tengo miedo. Querida, mi vacilación fue larga y aún así no pude encontrar las palabras para expresar mis sentimientos. Con todo mi corazón en este ordinario saludo, quiero preguntarte si estás bien. Sin saber que diré después, el bolígrafo que sostenía abandonará mis manos y todas las palabras que no pude decirte quedarán como arrepentimientos. Querida... puede que nunca lo sepas y que esta carta incompleta nunca te llegará. Incluso si no es así, espero que estés bien. Espero desesperadamente que estés bien. Hola... después de escribir esa palabra me detendré... me detengo."

-También te extraño... te extraño Magnus.-Dijo en voz alta, limpiando una lágrima fugitiva que resbalaba por su mejilla.

Era casi imposible volver a encontrarse, pero ella siempre guardaría consigo ese trozo de papel que decía todo y nada a la vez. Era experta en leer entre líneas, sabía muy bien que eso era más que un simple "hola". Había mucho más... pero tal vez nunca tendría la oportunidad de averiguarlo.

Nota de Shadow: La carta es una traducción literal de una canción llamada "Hello" del cantante Chen.