Disclaimer: los personajes de Twilight le pertenecen a Stephenie Meyer. La autora de esta historia es LyricalKris, yo solo traduzco con su permiso.


Capítulo 10

Hace mucho tiempo Bella había llegado a la conclusión que ella tenía que contarle a su madre que estaba por casarse.

Las batallas legales de custodia eran cosas extrañas. No se podía decir lo que haría el abogado de Liam, o lo que aclamaría como condenatorio. A Bella le aterraba pensar que dependía de un extraño decidir lo que era mejor para su hija.

Pero entonces, había algo reconfortante en saber que Liam no tendría más control que ella. Todo se trataba de los factores, como Emmett lo había dicho—tildes sobre lo bueno o lo malo de cada uno.

Bella no iba a dejar que su madre fuera una tilde mala. Renée era una maestra de jardín de infantes por oficio. Ella siempre había sido empleada, había pagado sus impuestos, y nunca se metió en problemas. Ella había estado casada por una década. Oficialmente, esta no era una madre con la cual Bella debía estar distanciada.

Y realmente, no era que estaba distanciada de su madre. No había resentimiento entre ellas y jamás lo hubo. En un ataque de ira, desolada por la pérdida de su hija, Bella simplemente había echado a su madre de su presencia, no de su vida. Siempre se había necesitado de paciencia con Renée, inocentemente irresponsable y voluble como era. A Bella se le había acabado la paciencia; eso era todo.

—Conocí a un chico —Bella dijo al teléfono rápidamente después de dejar que Renée parloteara sobre la última aventura que ella y su marido, Phil, habían tenido. Esa era una de las cosas buenas de Phil. Él viajaba mucho por trabajo, y al trabajo no le molestaba si la esposa se unía a ellos. Si Renée pudiera haberse dado el lujo, Bella sabía que ella la hubiera ayudado a ver su hija hace mucho tiempo.

Renée se rio, obviamente asombrada.

—Eso es genial, cariño. Cuéntame todo sobre él.

Como planeado, Bella le contó mayormente la verdad. Ellos habían llegado a conocerse por años con las pequeñas conversaciones semanales.

—Hablaste con él, ¿recuerdas? Él fue el que me llevó al hospital cuando me enfermé.

—El de la voz —dijo Renée con felicidad—. Literalmente caíste a sus pies. Qué romántico. Sonó apuesto.

Bella rodó los ojos, pero sonrió.

—¿Cómo suena ser apuesto?

—Eso no es importante. Lo importante es si es apuesto en persona o no.

—Claro. No si es bueno; no sus ambiciones, sus intereses o historial criminal. Su atractivo es lo importante.

Renée soltó una risita.

—Creo que te conozco mejor que eso. Estoy segura que es muy interesante e inteligente. Es bueno tener una imagen en mi cabeza. ¿Tienes una? Ya sabes, ¿en tu teléfono?

—No tengo un smartphone. —Hubo un sonido de clics del otro lado—. Mamá, ¿qué estás haciendo?

—Buscándolo en Facebook, por supuesto. Son amigos en Facebook, ¿cierto?

Bella se echó hacia atrás en su asiento, resignada ante la investigación de su madre. Contó con sus dedos hasta siete antes que Renée silbara. A pesar que él no era suyo en realidad y se encontraba lejos de ser lo más importante, Bella sonrió engreídamente. No se podía negar el hecho que Edward Cullen era un hombre injustamente atractivo.

—Vaya. Okey, ahora que resolvimos eso, cuéntame sobre él. Y todas las cosas realmente importante —dijo Renée.

—Él es... —Para sorpresa de Bella, un millón de pensamientos se le vinieron a la mente, ninguno de ellos sabía como articular.

¿Cómo se suponía que explicaría la profundidad de su bondad? Ella creía que muchas, incluso quizás la mayoría, de las personas se hubieran asegurado de que ella consiguiera ayuda cuando colapsó. Pero él se había quedado. Bella había luchado contra el cáncer sola. Ella había despertado en hospitales sola, enfrentado diagnósticos y pruebas y quimioterapia sola. Había arrastrado su cuerpo por tres tramos de escaleras más seguido de lo que podía contar, se había alimentado con lo que fuera que podía, y se había arropado en la cama por su cuenta. La magnitud de lo que significó tenerlo a su lado, ayudándola con sus pasos y cocinando comida para una semana—ella no podía explicar lo que le había hecho a su alma.

¿Cómo podía hablar sobre cómo su presencia, su existencia en el mismo espacio que ella, cambiaba la temperatura del cuarto? Él era calidez y comodidad—una sensación de paz que a Bella le había hecho falta por años.

Habían historias en sus ojos tristes y apagados que ella no podía comenzar a imaginar. A veces el solo mirarlo la hacía sentir dolor, y ella no podía comprender por qué. Pero hacía que esas raras veces en las que él sonreía —y él sí sonreía con ella, a ella— mucho más hermosas.

—Él es bueno —dijo finalmente Bella. Eso no era para nada suficiente, pero también era la verdad. Tomó aire profundo y cerró los ojos—. Voy a casarme con él.

Un largo silencio las rodeó antes que su madre hablara suavemente.

—Bella, ¿estás segura?

Bella tuvo que presionar su lengua contra el paladar para evitar la risa maníaca en respuesta a la pregunta de su madre. Ella casi le decía la verdad a Renée. Este loco plan iría bien con su madre, pero allí estaba el problema. Bella no quería a su madre entusiasmada ahora mismo. Ella estaba desesperadamente insegura sobre lo que hacía, y necesitaba el tono de precaución de su madre.

Otra vez, analizó cada aspecto de su plan, tratando de encontrar las formas en las que Edward la podía embaucar, si eso era lo él que quería hacer. El departamento era el mayor factor. No era fácil encontrar un lugar para vivir si él deseaba echarla. Pero, aparte de eso, ella no tenía dinero a su nombre. Nada.

Bueno.

Se le ocurrió entonces que —se le ocurrió como mujer en una posición vulnerable— Edward podría estar fingiendo cuando dijo que no esperaba nada de ella. Dormir en el cuarto vecino al suyo, en su casa, la dejaba vulnerable. Este hombre tendría poder sobre ella.

Pero, ella también creía en lo más profundo de su alma lo que le acababa de decirle a su madre. Edward era bueno y amable. Ella no era ingenua. Edward podría ser un millón de cosas malas, pero tenía que confiar.

—¿Hay algo que sea realmente seguro? —dijo Bella en respuesta a la pregunta de su madre—. Estoy aterrada, pero ¿acaso no eras tú la que siempre me decía que solo porque algo asuste no quiere decir que no debería hacerlo?

—Hablaba de paracaidismo, Bella. —Renée hizo un ruido de disgusto—. Es tu vida la que vives, cariño. No voy a decir que estás equivocada. ¿Qué puedo saber yo? Simplemente estoy confundida. ¿Por qué saltas al matrimonio?

El labio inferior de Bella tembló. Ella había hecho una pregunta similar cuando Bella anunció que se casaría con Liam. ¿Por qué saltar al matrimonio? En ese entonces, aun sufriendo por la muerte de su padre años atrás, ella había anhelado la idea de permanencia y estabilidad—el deseo que pudiera contar con otra persona en su vida sin preguntas.

Pero la vida había probado que nada era permanente. Liam, después de todo, no había tenido intenciones de herirla. Según él, ella lo había traicionado primero, asesinando a su hijo sin pensarlo dos veces. Ninguno de ellos podría haber predicho la profundidad del dolor que se causarían al otro.

—Estar sola no me ha hecho ningún favor —dijo Bella secamente—. Sé por qué estás preocupada. Desearía estar económicamente estable, poder decir que no dependeré de Edward en absoluto. Esa no es mi realidad en estos momentos.

—Pero podría serlo. Bella...

—Él quiere ayudarme a recuperar a McKenna, mamá —dijo Bella suavemente.

Renée se mantuvo callada con eso y Bella suspiró.

—Creo que esto podría ser algo bueno. —Odió cómo su voz tembló.

—Okey, cariño. Suficiente con lo intenso. Te mereces algo bueno. Parece que él también. —Su tono se alegró considerablemente—. Es una gran historia romántica.

Bella puso los ojos en blanco con cariño. A veces, ella creía que sería bueno vivir en el mundo de fantasía y romance de su madre. Era un buen sueño—creer que este fuera el comienzo de la vida hermosa que ella se había prometido a sí misma para el fastidio del destino y de su exmarido al menos.

A veces, se preguntaba cómo sería besar a Edward Cullen.

Pero esta era la realidad. La posibilidad de conseguir de vuelta a su hija era más de lo que ella alguna vez había deseado o esperado. Debía mantener sus pies en el suelo y su mente centrada.

~0~

Toda la semana había sido otro nivel de locura.

Pero bueno. Realmente bueno en una forma que Bella no podía comprender aún. En los últimos dos años y medio, ella había tenido tan poco respecto a interacciones sociales. Doctores. Enfermeras. Jessica, claro. Ahora, en el día de su falsa boda, estaba rodeada de familia—personas que podrían no amarla, pero que genuinamente se preocupaban por ella.

La más temible del clan Cullen era Rosalie Cullen, la intimidante esposa de Emmett. Ella era tan alta como él y tenía una mordida más grande que su ladrido, como si compensara por la suavidad de su marido.

Rosalie había dejado claro que pensaba que Bella había cometido la decisión equivocada. El bebé, después de todo, seguramente no había estado enfermo. Teóricamente hablando, la posibilidad de que sobreviviera era más alta que la de Bella. Para ella, como con Charlotte, la decisión hubiera sido fácil. Ella no podía acabar con un embarazo.

Alice le había susurrado a Bella más tarde que los embarazos de Rosalie habían sido complicados. No solo tenía dificultad para quedar embarazada, sino que también tenía problema con permanecer así. Ella y Emmett tenían dos hijos. Rosalie había estado embarazada ocho veces.

Por el otro lado, Rosalie tampoco podía estar de acuerdo con la decisión de Liam de secuestrar a la hija de Bella. Ella estaba con ellos en el plan y esperaba que Liam hiciera algo impertinente así ella tenía la posibilidad de darle un rodillazo en las pelotas.

Jasper Whitlock, el marido de Alice, era una presencia callada y pacífica. Él le recordaba un poco a Edward. Sus cicatrices eran visibles —en su rostro y brazos— pero como Edward, la historia de cómo las obtuvo estaban cautivos en sus ojos. Él parecía entender cómo Bella se sentía sin que ella tuviera que decirlo en voz alta. Ellos eran dos extraños traídos a la familia, aunque bien recibidos.

—Es seguridad —observó Jasper cuando estuvo a solas con ella un día—. Los Cullen, quiero decir. Son el puerto en una tormenta.

Carlisle, el padre de Edward, hacía que Bella extrañara a su propio padre. Él era paternal, un padre que Renée a su manera, a pesar de ser cariñosa y tener buenas intenciones, no lo había sido. Carlisle rebosaba fuerza tranquila y contaba chistes malos de padres. Él era afectivo con sus hijos —el primero en abrazar a su hijo cuando Edward anunció que se iban a casar— y claramente orgulloso de ellos.

Y cauto. Ambos, él y Esme, la madre de Edward, observaban a Edward con preocupación en los ojos. Era natural, Bella se dijo. Como su propia madre, ellos debían tener preguntas sobre el repentino casamiento entre ella y Edward. Pero cualquier reserva que podrían tener, tomaron la palabra de su hijo que esto era algo bueno.

Después de una semana intensa, Bella se despertó en el cuarto de huéspedes de la casa de sus casi-suegros. Había un vestido colgado en la puerta del armario. Un vestido que a ella, por un extraño milagro, realmente le gustaba. Era de un color azul oscuro, femenino, y con la cantidad suficiente de volados para lucir un poco elegante. Más sorprendente, ella había disfrutado de las compras. El proceso había incluido varias copas de vino, la gran laptop de Alice, y un concurso para encontrar el vestido más raro en Amazon. Una hora y muchas risas después, ella era dueña de un vestido que le encantaba y un par de tacones de tiras por menos de 55 dólares.

Ella se duchó, y emergió en la bata cómoda y ridículamente suave que le habían regalado en su despedida de soltera improvisada que Alice, Esme y, sorprendentemente, Rosalie le habían organizado. Las tres estaban esperándola con un desayuno excesivo de frutas, pasteles, y café. Rosalie se ubicó cerca de la ventana, pintándose las uñas mientras que Alice pintaba las de Bella. Esme se ocupaba de hacer suaves bucles al cabello corto de Bella.

Las mujeres estaban contentas mientras trabajaban, charlando y riendo sobre los obstáculos que enfrentaron en sus propias bodas.

—Mi madre, la maldita reina del drama, usó un vestido blanco de bodas en mi boda —dijo Rosalie, poniendo los ojos en blanco y sacudiendo la cabeza—. ¡Con una diadema de piedras blancas! Gracias a dios que existes, Esme. Estuve a cinco segundos de asesinar a mi propia madre.

Alice sonrió diabólicamente hacia Bella.

—Mamá accidentalmente se tropezó y derramó su vino tinto sobre la Sra. Hale.

Detrás de Bella, Esme rio.

—No sé de lo que hablan. Puedo ser un poco torpe de vez en cuando.

Bella bufó.

—Mi exsuegra se hubiera vestido de negro para la boda si hubiéramos tenido una.

Hubo un silencio por dos segundos, y Bella se percató que no había dicho ni una palabra en toda la mañana. Su garganta se tensó. Ella había estado tratando de no actuar raro, pero toda esta experiencia era irreal. Tenía la sensación de estar fuera de su cuerpo toda la semana, como si estuviera viendo a sí misma. Ella no podía terminar de convencerse que esta era su vida, que todo esto estaba ocurriendo. Realmente se casaba con un amable extraño cuya familia la trataba con respeto. Más que simple respeto, ellos la llenaban de atención y afecto. Le encantaba y le dolía, y todavía no había descifrado qué hacer sobre ello.

Inclínate, urgió una voz en su cabeza, pero ella no podía aún.

Esme le acarició el cabello en un gesto maternal y rápido. Ella se aclaró la garganta y habló suavemente, volviendo a su tarea.

—¿Ella no lo aprobaba?

Eso era quedarse corto.

—Nadie en su familia reaccionó bien a las noticias de nuestro compromiso. Liam y yo ya estábamos peleando por lo que queríamos en una boda. Él, por supuesto, era muy tradicional, y a mi no me gustaba el simbolismo detrás de la mayoría de las tradiciones en una boda. —Bufó—. Su madre me preguntó si me oponía tanto a un vestido blanco porque era impura.

Las otras mujeres hicieron sonidos de asco.

—Impura. Dios. —Alice puso los ojos en blanco—. No puedo tomar a nadie en serio que hable así. Como si la virginidad fuera algún tipo de virtud y considere un pecado el pensar que el sexo es divertido.

—Sí —dijo Bella con una pequeña sonrisa—. Al final, nos fugamos para casarnos porque podíamos notar que iba a ser un drama de principio a fin. —Bajó la vista, observando a Alice colocar la última capa de esmalte en sus uñas—. Supongo que no estábamos equivocados, ¿eh?

Esme le dio un apretón a su hombro.

—Estás aquí con nosotros ahora.

La puerta del cuarto se abrió y Vera, la hija de cinco años de Emmett y Rosalie, entró corriendo. Se acercó a su madre, rogando que la pongan «elegante».

Bella intentó no observar. Intentó no pensar en lo que hubiera sido toda esta escena en otro contexto. Si se casara por amor y su propia pequeña estaba en sus brazos. Sintió dolor. Su corazón gritaba el nombre de su hija, gritaba en agonía por todo el tiempo perdido, las cosas que se había perdido que jamás podría recuperar.

Ella quería a su bebé. De eso se trataba esto.

—Aquí tienes. —Esme se ubicó detrás suyo nuevamente, y Bella se sorprendió al sentir un peso contra su cuello. Levantó la cabeza, sus ojos ensanchados mientras Esme cerraba un precioso collar de zafiro en su nuca. Ella sonrió a Bella a través del espejo—. ¿Qué piensas? Para tu algo prestado.

Bella levantó una mano para tocar la piedra, su garganta cerrada.

—¿Estás segura?

—Por supuesto. —Esme le acarició la mejilla. Toda esta familia jamás se contenía de acariciar, y Bella mentiría si dijera que no le gustaba—. Es divertido convertirlo en algo más que una ocasión, ¿cierto? Incluso aunque sea algo tan mundano como una boda. —Guiñó el ojo, bromeando.

Bella se sonrojó.

—Es hermoso. Gracias.

—Hablando de eso. —Alice buscó una caja que había dejado al extremo de la cama hace rato y la abrió—. Conseguí esto en una tienda de segunda mano por diversión. —Ella tomó la diadema jovono y la colocó en el cabello de Bella—. ¿Como toque final?

Bella inclinó la cabeza a un lado y al otro, examinando las pequeñas flores de perla que ahora adornaba a sus costados. Eran delicadas y encantadoras.

Ella jamás le había dicho a nadie, pero siempre había querido usar una corona de flores en su cabello.

—Gracias —dijo, su voz tensa con lágrimas que amenazaban con derramarse. Abrazó a Alice y Esme. Rosalie, aun ocupada con el cabello de Vera, le ofreció una pequeña sonrisa.

Esto era por su hija, y quizás era la razón por la que a veces se sentía mal que ganara mucho de este arreglo. Partes de ella que había dejado enfriarse hace años estaban reviviendo ahora y brillaban. Ser aceptada, parte de algo, no una isla flotando en el océano—todo era muy abrumador. La esperanza de poder tener a su hija de nuevo parecía ser un gran milagro ya, como si quizás sería demasiado cuando ya había ganado mucho con este arreglo.

¿Qué ganaba Edward con todo esto? Se preguntó nuevamente. ¿Qué obtenían su hermano, hermana, y sus esposos?

Otra media hora después, ella se encontraba abajo, en la sala de los Cullen. El espacio había sido decorado con buen gusto pero, como Alice había prometido, económicamente. Flores frescas decoraba la mesa ratona. Ella había gastado $70 en cada uno de los dos árboles que su madre reembolsaría para ella después de moverlos a una casa que estaba mostrando. Los árboles estaban decorados con luces titilantes. Emmett fue el que sugirió una ceremonia pagana en vez de los votos tradicionales—ya que su esposa le había prohibido por completo improvisarlo como lo había planeado originalmente. Las palabras, especialmente en este contexto, parecían más genuinas. La ceremonia no dictaba «tanto como duren nuestras vidas», sino hacía que la pareja prometa caminar juntos tanto como la unión del matrimonio los una.

Edward lucía como Bella se sentía. Había, por primera vez, luz real en sus ojos. Era una pequeña, llena de incertidumbre a veces, pero también reflejaba la emoción de ella.

Esto no se sentía como un error. No se sentía falso. Ella no estaba prometiéndose falsamente a Edward, ni prometiéndole ser su esposa más que en nombre, pero ella era honesta en su promesa de ser una compañera. Las manos de él estaban firmes en las de ella. Su voz suave mientras acordaba con ella a unir sus vidas.

Emmett, mientras hablaba, ató sus manos con un lazo. Les sonrió.

—¿Lo entienden? De aquí el término dar el sí*.

Su familia se rio, y Bella sonrió, la inundó un cariño cálido por todos en la sala.

—Y ahora, puedes besar a la novia —pronunció Emmett.

Bella jadeó. De alguna forma, ella se había olvidado de esta parte. Sintió una corriente deslizarse por Edward. Claramente, él pensaba lo mismo. Se observaron el uno al otro, y ella se preguntaba qué veía él. Cuando lo miraba, ella veía una belleza real, por dentro y por fuera. Tenía que admitir que ella se encontraba maravillada por este hombre.

Su suave sonrisa se profundizó y él la miró a los ojos mientras inclinaba su cabeza. Ella levantó su barbilla, aceptando la invitación y acercándose a él. Se besaron—una dulce y suave caricia de labios que duró por uno, dos, tres segundos.

Un escalofrío le recorrió por el cuerpo en el segundo antes que Edward se apartara. La comprensión la golpeó como un rayo mientras se soltaban las manos y se giraban hacia la familia de él.

Imagina eso. Ella amaba a su nuevo marido.

Era un amor sin definir. Muchas partes de él eran un misterio para ella, pero estaba allí—una emoción intensa y una conexión.

Él giró y quitó su mano del lazo, colocando un brazo alrededor de su cintura y llevándola hacia él con una sonrisa tímida, ambos posando así Alice podía tomar fotos. El corazón de Bella latía fuerte contra su pecho.

Ella amaba a su esposo.

Qué mundo extraño y confuso era este.

*«Tie the knot», atar el nudo, es un término informal en inglés para «dar el sí». El chiste se pierde con la traducción.