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CAPÍTULO 7

CANDY titubeó ante la puerta vidriera al ver a los dos guardias que la flanqueaban, plantados allí para asegurarse de que la condesa no saliera de sus aposentos. Pero sólo se permitió un instante de vacilación. Llena de una incontrolada ira, pasó entre los hombres y abrió la puerta de par en par para luego cerrarla con un ruidoso portazo.

La condesa alzó la mirada desde la cama con un jadeo sobresaltado al ver a Candy irrumpir sin previo aviso.

—¿Qué significa esto? —preguntó Candy, vendo hacia la cama con la botella de veneno.

La dama se secó las lágrimas y tragó aire con un jadeo entrecortado mientras fingía no ver la botella. Después alzó majestuosamente la barbilla y se puso a jugar con las puntas de la almohada que tenía en el regazo.

—Pensé que tendríais necesidad de él esta noche, ya fuese para vos o preferiblemente para él. En ambos casos os ahorraríais tener que soportar la presencia de un monstruo tan repulsivo en vuestro lecho.

Candy estaba estupefacta. ¿En qué estaría pensando aquella mujer?

—¿Cómo podéis decir eso de vuestro propio hijo?

La condesa se envaró y sus azules ojos ardieron con la llama de los justos.

—Sin no es hijo mío. Ese bastardo destruye todo lo que toca. Siempre lo ha hecho así. Si fuerais juiciosa, beberíais ese veneno ahora mismo y os ahorraríais años de indecible miseria a manos de él.

El odio que la condesa sentía hacia Sin dejó atónita a Candy. ¿Qué podía haberle hecho él a su madre para ganarse tan feroz hostilidad?

—¿Por qué lo odiáis de esa manera? ¿Qué os ha hecho él?

—¿Qué ha hecho?— aulló la condesa, levantándose de la cama y tirando al suelo su almohada—. Me ha arruinado la vida. Aquel demonio que fue su padre me sedujo cuando yo no era más que una niña. Pasé con él una noche que hubiera debido quedar enterrada en el olvido. En lugar de eso, concebí. Cuando mi padre lo descubrió, se puso tan furioso que me dio una paliza que habría arrancado de mi útero a cualquier infante normal. Pero con Sin no ocurrió así. Es un auténtico diablo. Sobrevivió incluso cuando yo bebí pociones que hubieran debido matarlo.

Candy sintió que se le hacía un nudo en el estómago ante lo que le estaba describiendo aquella mujer. El odio que profesaba a Sin era inimaginable.

—Al nacer casi me mató —continuó la condesa—. Sangré tanto que es un milagro que lograra sobrevivir. Cuando trataron de dármelo, no fui capaz de mirarlo siquiera. Así que le ordené a mi doncella que buscase un ama de cría y se lo envié inmediatamente a su padre.

—¿Lanzasteis al mundo a un niño de pecho pocas horas después de su nacimiento?

—¿Horas? Se lo envié a su padre tan pronto como hube terminado de expulsarlo de mi cuerpo.

Candy estaba tan horrorizada que no podía respirar. Vio con claridad en su mente la imagen de un recién nacido entregado de aquella manera. ¿Cómo nadie podía llegar a ser tan cruel?

Lo más horrible de todo aquello era que no había ningún remordimiento en el rostro de la madre de Sin. Se sentía completamente justificada en lo que le había hecho a su hijo.

Candy simplemente no podía entenderlo.

La rabia y el odio ardían en los ojos de la condesa.

—El hombre con el que yo quería casarme se negó a ser mi esposo después de que mis entrañas hubieran sido dilatadas por el hijo de otro, así que mi padre me casó con un hombre mayor que él.

—Sin no tuvo la culpa.

—¿No? Si él no hubiera nacido nada de eso habría ocurrido. —Por la luz que acababa de aparecer en sus ojos, era evidente que el pasado volvía a revivir en su mente—. Se lo envié a su padre y pensé que me había librado de él para siempre. Sin embargo, años después apareció aquí en la corte y todas las murmuraciones volvieron a empezar. Yo tenía que vivir con el deshonor cada día. La gente hablaba en susurros a mis espaldas. Hacían comentarios acerca de Roger, mi querido pequeño, y me cubrían de calumnias. Mi esposo era un hombre muy devoto y me obligó a llevar cilicios debajo de los vestidos desde aquel día hasta que murió. Era humillada y me veía obligada a hacer continua penitencia por ello. Y ahora ese monstruo se ha llevado lo único bueno que había en mi vida. Roger era lo único que me importaba, la única cosa que daba algo de felicidad a mi pútrida existencia.

Candy podía entender la pena de la condesa y deseó poder mitigar de alguna manera el dolor que sabía que sentía por la muerte de su hijo. Pero nada de todo aquello alteraba lo que ella le había hecho a su primer hijo, quien no era más que un bebé inocente necesitado del amor de una madre.

—Sin no lo mató.

—Sois una estúpida si os creéis sus mentiras.

Candy le tocó el brazo para demostrarle que la comprendía. Ojalá hubiera sabido qué debía decir para aliviar el sufrimiento de la mujer. Pero nada de cuanto ella pudiera hacer conseguiría que su madre aceptara a Sin o se sintiera mejor. Sacudiendo la cabeza ante la tragedia de todo aquello, Candy le devolvió el veneno.

—Lamento mucho vuestra pérdida, milady.

Después dio media vuelta y se fue sin decir una palabra más, dejando a la condesa a solas con, su conciencia.

Sin pasó el día entero cabalgando. Había dejado atrás Londres e iba hacia el sur. Una parte de él sólo quería seguir adelante. Tenía tierras por toda Inglaterra, Normandía y ultramar. Castillos tan bien fortificados que ni siquiera el ejército entero de Enrique conseguiría tomar. Nadie lo había derrotado jamás en combate. Si le venía en gana, podía destruir naciones enteras.

No había ninguna razón por la que tuviera que regresar a Londres o volver con su esposa.

Absolutamente ninguna.

Ninguna salvo el hecho de que le gustaba sentir el contacto de la mano de ella en su brazo. La expresión risueña que flotaba en sus verdes ojos. El aspecto de aquel hoyuelo que aparecía cuando ella hablaba.

Sin cerró los ojos, desgarrado por la indecisión.

Aquella noche su esposa sería suya. Podía tomarla una y otra vez hasta que estuviera cubierto de sudor y se hubiera quedado sin fuerzas, hasta que ninguno de los dos pudiera mover un músculo a causa del agotamiento. Ella no le negaría el derecho sobre su cuerpo. No le volvería la espalda impulsada por el disgusto o el miedo. Por una vez, podía ser reconfortado y sentir que lo tocaban. De eso no le cabía ninguna duda.

Sin volvió a cerrar los ojos y trató de imaginar un mundo en el que alguien quisiera tenerlo a su lado. Un mundo colmado por la existencia de una mujer que sonreiría en cuanto lo viera venir. Cuyo rostro se iluminaría con el resplandor de la felicidad ante su presencia.

¿Tan horrible sería eso?

Candy quería ser una esposa para él. ¿No podía él ser su esposo? Podía intentarlo.

Sí. Claro que podía hacerlo. Con el corazón repentinamente más aligerado de aquella carga, Sin hizo volver grupas a su montura y cabalgó hacia Londres.

Sentada junto a la ventana con su cena dispuesta en la mesita, Candy veía ponerse el sol sin que hubiera ni rastro de su esposo por ninguna parte. Hacía horas que se había ido y nadie sabía hacia dónde se dirigía o cuándo regresaría.

Si regresaba.

Candy oyó abrirse la puerta de su habitación. Con la esperanza de que fuera Sin, se volvió para ver entrar a Aelfa.

—Todavía no ha vuelto, milady —dijo la doncella mirándola con ojos apenados.

De modo que iba a ser así. Estaría sola incluso durante su noche de bodas. Que Sin le mostrara tan poca consideración precisamente aquel día no presagiaba nada bueno para su futuro.

Candy contempló el anillo que llevaba en el dedo. Cuando lo vio por primera vez, se permitió abrigar la esperanza de que tal vez pudiese llegar a haber felicidad entre ellos dos. Que tal vez él estaría dispuesto a aceptarla en su vida.

Qué insensata había sido.

—Todavía puede volver —sugirió Aelfa caritativamente.

Candy picoteó distraídamente un par de bocados de la cena que había esperado compartir con su esposo. Mientras estaba sentada allí contemplando la tabla vacía de Sin enfrente de ella, empezó a enfurecerse. ¡Era su noche de bodas! Cómo se atrevía a tratarla de aquella manera.

Cómo podía tener tan poca consideración para con ella? Cuanto más pensaba Candy en ello, más se enfurecía. Ella siempre había sido amable y cordial con Sin. Sólo le había mostrado respeto, ¿y él ni siquiera podía molestarse en venir a cenar?

Bueno, pues ella no era ningún objeto insignificante al que se pudiera dejar tirado en un rincón. Necesitar un poco de tiempo a solas era una cosa, y otra muy distinta regodearse en la autocompasión y dejar que Candy se preguntara dónde estaba su esposo y cuándo, suponiendo que lo hiciera, decidiría regresar con ella.

Por todos los santos, no pasaría ni un solo instante más sentada allí sintiéndose tan miserable y rechazada. Si Sin no quería tenerla a su lado, perfecto. Candy no iba a pasar el resto de su vida intentando complacerlo cuando era obvio que él no quería que se lo complaciese en nada.

—¿Dónde está Archie? —le preguntó a Aelfa.

—Está con Jimmy en su habitación.

—¿Me harías el favor de cuidar de Jimmy durante un rato y pedirle a Archie que venga a verme?

Aelfa pareció un poco confusa, pero le respondió sin titubear:

—Sí, milady. De buena gana.

Candy se levantó mientras la doncella salía de la habitación; se lavó rápidamente la cara y compuso su apariencia.

Archie no tardó mucho en reunirse con ella, y sin embargo Candy ya había conseguido beberse dos copas de vino mientras lo esperaba.

—¿Puedo prestaros algún servicio, milady?

—Sí, mi querido Archie. Oigo música abajo, y dado que mi esposo parece decidido a hacer como si yo no existiera, te agradecería que me acompañaras a la sala donde realmente podré disfrutar de mi noche de bodas.

Vio el titubeo en el rostro de él.

—Por favor, Archie. De otra manera me quedaré sentada aquí y me enfureceré hasta tal punto que podría hacerle daño a Sin cuando regrese.

Sus palabras hicieron reír a Archie.

—Me parece que me gustaría ver eso. Pero la escoltó hasta la sala.

Candy decidió que disfrutaría de aquella noche. Haciéndole los honores tanto al vino como a la música, bailó con Archie hasta marearse y sentir que le daba vueltas la cabeza.

Sin entró en los aposentos de su esposa y se paró en seco. No había ni rastro de ella. Una cena, que apenas había llegado a ser tocada y ya se había enfriado, ocupaba la mesa junto a la ventana. ¿Dónde estaba su esposa?

Con el ceño fruncido, Sin recorrió la habitación con la mirada, tratando de discernir de qué humor estaría ella cuando se fue.

No podía haber escapado ahora que estaban casados. Candice le había dicho que lo estaría esperando. Una súbita punzada de dolor le atravesó el pecho cuando pensó en Candice huyendo de él. El dolor fue tan intenso que por unos instantes le faltó el aliento. No se había dado cuenta hasta aquel momento de lo mucho que deseaba verla cuando llegara, de cómo anhelaba encontrarla allí con una sonrisa de bienvenida en el rostro.

Aturdido por aquella revelación, Sin bajó por la escalera para ir en busca de Archie y preguntarle si sabía algo de su esposa.

La gran sala estaba llena de gente. Música, voces y risas resonaban entre el frenesí de la diversión. Numerosas parejas bailaban en el centro mientras unos cuantos grupos permanecían a un lado y muchos más iban desfilando por las mesas llenas a rebosar de comida y bebida.

Cada vez que Sin se acercaba a un grupo, todos se quedaban callados y lo miraban con la repugnancia esculpida en sus rostros. Y en cuanto se había alejado, juntaban las cabezas y empezaban a hablar en susurros.

A él le daba igual. Tampoco quería tener nada que ver con ellos.

Mientras iba dejando atrás a los grupos de cortesanos, su mirada fue atraída por los intensos colores de un plaid de las Highlands en el centro del círculo formado por las mesas donde había gente bailando.

Sin contuvo la respiración al ver a su esposa en los brazos de Archie. Candy se apoyaba en el pecho de Archie y alzaba la cabeza hacia él para sonreírle con una expresión llena de felicidad.

Una ira posesiva hizo presa en Sin y de pronto lo vio todo rojo. ¡Cómo se atrevía Candy a mirar a Archie de esa manera! Sin sintió que el dolor lo roía por dentro. Había querido que ella le diera la bienvenida con esa expresión, y ahora la dirigía hacia otro hombre.

Ávido de sangre, se fue hacia ellos.

—Dame esa copa, Candy—dijo Archie con una carcajada mientras extendía el brazo hacia la copa que ella tenía en la mano—. Ya has bebido suficiente vino por esta noche.

Candy se apresuró a poner a salvo su copa y luego se apartó de él, derramando la mitad del vino por el suelo.

—No seas aguafiestas, Archie —rió a su vez—. Quiero más vino, no menos.

—¿Qué está pasando aquí? —inquirió Sin deteniéndose ante ellos.

La sala quedó sumida en el silencio. Sin sintió las miradas curiosas de todos los cortesanos posadas en ellos.

—Estaba bailando —dijo Candy, su delicado acento escocés un poco enturbiado y difícil de entender—. Y estaba bebiendo.—Frunciendo el ceño, contempló la copa que tenía en la mano como si no pudiera entender adónde había ido a parar su vino. Luego hizo un mohín y alzó la mirada hacia Sin—. Pero ahora Archie no me dejará hacer ninguna de las dos cosas.

—Estoy intentando meterla en la cama —confesó Archie.

Sin arqueó una ceja.

—No me mires así. Está borracha.

La ceja de Sin se elevó todavía más.

—Oh, por los pelos del pie de San Pedro, Sin, tú ya me conoces. No iba a hacer nada aparte de llamar a la doncella para que se ocupe de ella.

Candy soltó un bufido.

—Ya es bien triste que una mujer haya bebido de más y aun así ningún hombre quiera llevársela a la cama —dijo después.

Los hombres intercambiaron miradas atónitas.

Decidido a alejarla de los demás antes de que se destruyera completamente a sí misma, Sin la cogió en brazos y se la llevó de la sala.

Candy suspiró, le pasó los brazos alrededor del cuello y apoyó la cabeza en su hombro. Sin tembló al sentir su mano en sus cabellos cuando ella le pasó los dedos por entre los mechones, acariciando su cráneo con suavidad.

—Eres muy fuerte, ¿verdad? —Su aliento, que olía a vino, le rozaba el cuello y le producía escalofríos por todo el cuerpo—. Me gusta sentir tus brazos a mi alrededor cuando me abrazas.

Entonces le tiró del pelo.

—¡Ay! —chilló él—. ¿Se puede saber a qué ha venido eso?

—Pensaba que me habías dejado-dijo ella, dando patadas y retorciéndose entre sus brazos—. Bájame. Estoy muy enfadada contigo.

Sin la sujetó con más fuerza. No iba a dejarla en el suelo hasta que la tuviera a buen recaudo en su habitación.

—¿Estás muy enfadada conmigo? —preguntó con incredulidad—. ¿Por qué?

—Eres un animal. Eso es lo que eres, un animal. Me trastornas y haces que te desee, y luego sales corriendo en cuanto se te presenta la primera ocasión.

Sin no pudo evitar sonreír. Había algo en la franqueza de aquella joven ebria que le gustaba.

—Así que he hecho que me desees, ¿eh?

—Sí. Quiero que me des un beso, esposo.

Él la puso en el suelo justo el tiempo suficiente para abrir la puerta de su habitación.

Candy se bamboleó ligeramente y luego volvió a echarle los brazos alrededor del cuello y trató de besarlo. No consiguió dar con sus labios y terminó depositando un ardiente beso sobre su mandíbula.

Una súbita erupción de fuego líquido recorrió el cuerpo de él.

Candy empezó a lamerle la piel con la lengua y Sin siseó.

—Mmmmmm— gimió ella—. Pincha, y está dura.

No tenía ni idea de hasta dónde llegaba la dureza de él.

Sin cerró la puerta de una patada mientras Candy retrocedía.

—¿Dónde estabas?— preguntó, tratando de ponerse las manos en las caderas y sin poder evitar que éstas cayeran flácidamente sobre sus costados.

—Salí a cabalgar.

—Oh. Tu actividad favorita. ¿Cómo se me ha podido olvidar? Es lo único que te gusta. Eso y adiestrarte.

—Sí, y a ti te gusta bailar. Dime, ¿ya estabas borracha antes de ir a la sala o te emborrachaste después?

—Después. Había un hombre muy alto que dijo que le encantaría ocupar tu lugar esta noche si no te sentías capaz de hacer frente al desafío.

—Oh, te aseguro que me siento capaz .

Sin entró en el círculo de los brazos de Candy, la estrechó contra su pecho y le dio un beso como era debido.

Ella gimió en sus labios y luego retrocedió.

—¿Vas a hacerme daño?— preguntó.

—No es mi intención. —La miró con el ceño fruncido—. ¿Por qué se te ha ocurrido pensar eso?

—Aelfa dijo que cuando introdujeras tu… hum… miembro masculino dentro de mí yo sentiría dolor.

Sin arqueó una ceja ante los términos que acababa de emplear Candy. Cuando estaba con aquella mujer siempre mantenía unas conversaciones de lo más extraño.

—Entonces procuraré ir con mucho cuidado para no hacerte daño.

Eso la hizo reír.

—Así que vas a introducir tu…

—Por favor, Candy, ten piedad de mí.

Candy se mordió el labio y el gesto resaltó su pequeño hoyuelo le pasó las manos por el pecho en una inocente exploración del cuerpo de él. Sin se esforzó por respirar mientras se debatía con el impulso de tomarla salvajemente. Tendría que ser cuidadoso con ella. Atento. Lo último que quería era hacerle daño a aquella dama tan delicada.

—Cuánta fortaleza —susurró ella mientras le pasaba los dedos por el pecho.

Luego estuvo luchando con los cordones de la túnica de Sin hasta que consiguió exponer una parte de su pecho a sus ávidos ojos. Echó hacia atrás los extremos del cuello para ver todo lo que permitía la túnica.

Sin se mantuvo absolutamente inmóvil, temeroso de moverse por si la asustaba. Primero dejaría que Candy se acostumbrara a él, y luego… luego sería suya.

—Me gusta el aspecto de tu piel. ¿Puedo tocarla?

—Señora, podéis tocar cuanto os apetezca de mí.

Ella sonrió.

—¿De veras?

Él asintió.

Candy le abrió la camisola y pasó la mano por los duros relieves de sus músculos. Oh, sentir a aquel hombre bajo sus manos era realmente delicioso. Apartó los extremos de la túnica, queriendo ver una mayor parte de él. Tocó las cicatrices a lo largo de sus costillas, y después resiguió delicadamente la que atravesaba su pezón izquierdo.

Frunció el ceño ante lo que veía. Estaban por todas partes. Tanto dolor. Tanta fortaleza.

De pronto quiso verlo en su totalidad. Dejó que la túnica cayera al suelo, y extendió las manos hacia las lazadas de sus calzas. Oh, aquel hombre le gustaba todavía más cuando la hacía enfadar.

Candy le pasó las manos por los cabellos, deleitándose con el contacto mientras saboreaba el calor celestial de su boca. Con un gemido, le entregó todo su peso y se aferró a sus anchos hombros.

Sintió cómo las manos de él le recorrían la espalda y tiraban de las lazadas de su vestido. Un estremecimiento se deslizó por su cuerpo cuando pensó en lo que él iba a hacerle aquella noche. Iba a verla de maneras en las que ningún hombre la había visto antes.

La tocaría en lugares donde nadie la había tocado y haría con ella cosas que Candy sólo había soñado vagamente.

Pensarlo bastó para que se sonrojara.

Sin contuvo la respiración cuando los dedos de ella le rozaron la parte inferior del abdomen mientras le deshacía las lazadas de las calzas. En cuanto se las hubo desatado, los pesados pantalones de cota de malla cayeron al suelo, dejándolo expuesto ante ella.

Candy tragó saliva ante la visión de su miembro hinchado entre los claros pelos. ¡Sin era enorme! Una cosa semejante sin duda tendría que partirla en dos. No era de extrañar que Aelfa la hubiera advertido de que habría dolor.

Nunca había visto nada parecido.

Llena de curiosidad, adelantó lentamente la mano para tocarlo. Tan pronto como sus dedos rozaron la punta aterciopelada, Sin siseó y su miembro se convulsionó, arqueándose hacia la mano de ella.

Candy se apresuró a apartarla.

—¿Te he hecho daño?

—No, cariño —dijo él con voz entrecortada. Tomó la mano de Candy en la suya y la guió de nuevo hacia su miembro.

Candy se estremeció ante la dureza aterciopelada que sintió en su mano cuando curvó los dedos alrededor de la virilidad de Sin. Se lo quedó mirando, impresionada por el placer que veía en su rostro. Sí, le gustaba darle placer. Le gustaba el modo en que la miraba, como si quisiera devorarla.

Con su mano en la de ella, Sin le mostró cómo tenía que acariciarlo. Cómo tenía que pasar su mano por su miembro, moviéndola arriba y abajo para terminar descendiendo hacia la suave bolsa que había debajo. Candy se mordió el labio ante el poder que aquello le confería sobre él. Le encantaba la sensación de tenerlo en su mano.

Envalentonada por la expresión de placer que estaba viendo en el rostro del hombre, bajó la mano para rodear delicadamente su bolsa con los dedos. Sin gruñó y siseó, y luego le tomó el rostro entre las manos y la besó apasionadamente.

Candy gimió al sentir el sabor de Sin mientras lo amasaba delicadamente en su mano. Él le pasó las manos por los cabellos, y las bajó lentamente por su espalda hasta que llegaron a las lazadas de su vestido. Candy sintió que el corazón le latía con fuerza en una dulce expectación.

En cuestión de segundos, su vestido había caído al suelo y estaban completamente desnudos el uno delante del otro. Candy tembló al sentir el calor del cuerpo de Sin contra el suyo.

Abrasada por la pasión, se agarró a él.

Sin retrocedió, pero sólo el instante necesario para mirarla. Los ojos con que la contemplaba ardían. Tomándola en sus brazos, la llevó hacia la cama.

Candy suspiró nada más sentir que su cuerpo se hundía en el colchón de plumas. Un vértigo repentino hizo presa en ella y la habitación giró locamente a su alrededor. De pronto todo se volvió negro.

Sin bajó la cabeza para besarla, y entonces se quedó inmóvil.

—¿Candy?

Ella no se movió.

Sin la sacudió suavemente.

—¿Candy?

Tampoco hubo respuesta. Estaba completamente inconsciente. Sin retrocedió, mascullando una maldición y sintiendo que la entrepierna le ardía como los fuegos del infierno.

Contempló con ojos llenos de frustración aquella piel tan suave que parecía burlarse de él con su delicado brillo. Si su cuerpo no hubiera estado exigiendo gozar de ella con tan feroz anhelo, Sin se habría echado a reír. Pero no había nada de gracioso en la tortura de su lujuria no saciada.

—Es mejor así —dijo mientras la cubría con la manta. Decidió que debía interpretar aquella noche como una señal. No tenía ningún derecho a gozar de Candy. Desde luego que no.

Ella se merecía un campeón honorable. Un hombre como Archie, alguien que la amara y le diera los hijos que tanto anhelaba. Saber que él nunca podría ser ese hombre libre de preocupaciones que reiría con Candy y compartiría su tranquila existencia lo llenó de pena.

Que así fuese. Escucharía aquel presagio, y se conformaría con llevarla a su hogar con su familia y sacar de su escondite a los rebeldes escoceses para que fueran castigados.

Con todo, mientras la veía dormir, una amarga pena echó raíces dentro de su corazón e hizo que deseara ser un hombre distinto.

Un hombre mejor.

Sin se acostó junto a Candy y la tomó entre sus brazos. Se limitaría a seguir teniéndola abrazada durante un rato. Fingiendo que tenían un futuro juntos. Fingiendo que él podía ofrecerle algo que mereciera la pena.

Candy despertó con un terrible palpitar en su cabeza. Abriendo los ojos con un gemido, se encogió ante la intensa claridad que entraba a raudales en la habitación.

El ruido de la puerta al abrirse hizo que su cráneo fuera atravesado por súbitas lanzadas de dolor.

—Por Dios, no hagas ruido al andar —jadeó.

—Perdonadme, milady —susurró Aelfa—. Pero su señoría os espera abajo para partir hacia Escocia.

Candy se apresuró a incorporarse y dejó escapar una exclamación ahogada cuando llegó una nueva oleada de dolor.

Estaba casada. ¡Y volvía a casa!

Recorrió la habitación con la mirada, pero no había ninguna señal de que su esposo hubiera estado allí. Recuerdos confusos se enredaron dentro de su mente cuando intentó evocar la noche anterior.

Se acordaba de que Sin parecía estar enfadado y recordaba vagamente que la había llevado a su habitación. El último recuerdo claro que conservaba era la sensación del pecho de Sin bajo su mano.

Aelfa fue hacia ella con una toalla.

—He hecho que os preparasen un baño en la antecámara, milady. Pensé que os gustaría bañaros esta mañana antes de emprender vuestro largo viaje.

—Gracias, Aelfa —murmuró Candy mientras apartaba los cobertores.

Su corazón dejó de latir cuando vio las sábanas ensangrentadas. Aelfa dejó escapar una exclamación ahogada y se persignó.

—José, María y el Niño Jesús, milady, ¿estáis bien? Cielos, en mi vida había visto nada semejante. ¿Es vuestro periodo del mes?

Candy sacudió la cabeza. No, estaba a mediados del ciclo y, aun así, ella nunca había sangrado de aquella manera. Sus muslos se hallaban completamente cubiertos de sangre.

—Será mejor que os mováis despacio, milady. —Aelfa la ayudó a levantarse—. ¿Os encontráis bien? ¿Estáis dolorida?

—Me encuentro estupendamente salvo por este fuerte dolor de cabeza.

Candy se envolvió con su plaid y fue hacia la bañera en la habitación contigua. La sangre en la cama la tenía preocupada. ¿Qué la había causado?

No parecía dolerle nada. Candy no era tan ingenua como para pensar que las mujeres sangraban de aquella manera cada vez que estaban con sus esposos.

¿Qué podía haber sucedido? Aquello era muy, muy extraño.

Sin atravesó la gran sala con el ceño fruncido. Todos lo miraban de una forma bastante rara. Todavía más rara de lo que era habitual. No consiguió entender el significado de aquellas miradas hasta que Archie se reunió con él.

—¿Se puede saber qué le hiciste anoche a Candice? —preguntó Archie.

Sin cogió una manzana de una bandeja que había encima de una de las mesas y luego llevó a Archie hacia la escalera.

—No le hice nada.

—¿No la asesinaste en su cama?

Sin se detuvo a mitad de un paso y miró fijamente a su amigo.

—¿Qué clase de pregunta es ésa?

—No te enfades conmigo. Es la historia sobre la que todo el mundo hace cábalas esta mañana. Al parecer Enrique le ordenó a Aelfa que le trajera vuestras sábanas. Ahora todo el mundo cree que tienes que haberle cortado la cabeza a Candy para que hubiera tanta sangre en ellas.

Sin apretó la mandíbula y no dijo nada. Nunca había tomado a una virgen antes, así que, en un esfuerzo por hacer que pareciese que había dormido con su esposa, se hizo un corte en el brazo y usó su sangre para manchar las sábanas. Al parecer había usado demasiada cantidad.

—Bueno, ¿qué pasó? —quiso saber Archie.

Sin hizo como si no lo hubiera oído mientras alzaba la mirada hacia la escalera para ver a Candy y Jimmy bajando por ella.

Candy volvía a llevar su plaid extendido alrededor de su vestido color azul. Se había recogido los cabellos a ambos lados de la cara, le brillaban los ojos y tenía muy buen color en las mejillas.

Aquella mujer lo dejaba sin aliento y enseguida ardió en deseos de poder terminar lo que habían empezado la noche anterior.

Cuando lo vio, Candy le dedicó una sonrisa que hizo que la entrepierna de Sin se hinchara con un calor abrasador y le recordó con toda claridad que su esposa se había quedado dormida antes de que él hubiera podido encontrar alguna clase de alivio a su pasión.

—Buenos días, esposo mío.

Oír aquella palabra hizo que Sin sintiera una súbita opresión en el estómago.

—Mi señora. ¿Cómo os sentís?

—Todavía me duele la cabeza, pero por lo demás me encuentro muy bien. ¿Y tú?

Sin miró a los cortesanos, quienes la contemplaban con la boca abierta como si Candy fuera un fantasma.

—Nunca he estado mejor, mi señora.

La sonrisa de Candy se volvió más amplia.

Jimmy pasó corriendo junto a él para enseñarle un puñado de cordeles a Archie.

—¿Partimos ya? —preguntó Candy.

— Sí. Cuanto más pronto mejor.

—Entonces vamos. Ya lo tenemos todo preparado.

Candy se dispuso a cogerlo del brazo, pero él se apartó.

Decepcionada pero lejos de sentirse vencida, Candy respiró hondo y lo siguió a través de la sala en dirección a la puerta.

Enrique fue a su encuentro fuera de la sala.

—Ten cuidado —le dijo a Sin con expresión sombría—. No quiero que tu cabeza separada del cuerpo vuelva a mí dentro de una quincena.

Sin asintió, y después ayudó a Candy a subir a su caballo. Se disponía a coger a Jimmy cuando el rey lo detuvo.

—El muchacho se queda aquí como garantía de que no te ocurrirá nada malo.

Jimmy chilló una negativa.

Candy abrió la boca para responder, pero Sin habló antes de que pudiera hacerlo.

—El muchacho va con nosotros.

—¿Es que te has vuelto loco? —inquirió Enrique—. Sin el niño, no hay nada que garantice tu seguridad.

—El muchacho va con nosotros.

La sequedad de la voz de Sin sorprendió a Candy. Dudaba que Enrique permitiese que ningún hombre que no fuese su esposo utilizara aquel tono con él sin ponerle grilletes.

—Os aseguro —dijo Sin más calmadamente— que puedo cuidar de mí mismo incluso si he de vérmelas con el mismísimo diablo, pero no dejaré aquí a un muchacho inocente sin ningún protector.

Enrique se envaró.

—Nos insultas si piensas que permitiríamos que un pupilo nuestro…

—Hubo un tiempo en el que yo fui uno de vuestros pupilos, alteza—dijo Sin, contemplando a Enrique con el rostro vacío de toda expresión.

Un destello de culpa brilló en los ojos de Enrique antes de que recuperase la compostura.

—Muy bien. Llévatelo contigo si crees que tienes que hacerlo.

Sin cogió en brazos a Jimmy sin decir palabra. El muchacho le pasó los brazos alrededor del cuello y se apretó contra él. Candy vio la confusión en los ojos de Sin.

—Me gustas aunque seas un perro inglés —anunció Jimmy, inclinándose hacia atrás para darle unas palmaditas en la cabeza a Sin—. Eres mi favorito. Bueno, tú y Archie.

Sin le dirigió una sonrisa torcida.

—Entonces te doy las gracias, supongo.

Jimmy sonrió mientras Sin lo subía a la grupa de su caballo. Sin se subió a la silla sin más comentarios.

Enrique cogió las bridas de la montura de Sin y alzó la mirada hacia él.

—Queremos que se nos informe inmediatamente de vuestra llegada al castillo de los MacWhite y que luego se nos envíe una comunicación cada semana a partir de entonces. En el caso de que no la recibiéramos, enviaremos un ejército para garantizar vuestro bienestar.

Sin no pareció sentirse nada complacido.

—No me ocurrirá nada.

Enrique se despidió de él con un gesto de la cabeza y luego partieron.

Sin encabezaba el grupo mientras que Archie y Jimmy cabalgaban junto a Candy. Afortunadamente, no iban muy cargados. Ella y Jimmy habían cogido muy pocas cosas para ir a casa de su tía, y Archie y Sin no parecían necesitar más que las ropas que llevaban puestas.

Pero después de todo, Candy ya había descubierto que su esposo no era el inglés típico que necesitaba viajar acompañado constantemente por todo un séquito.

Cabalgaron hasta bien entrada la tarde antes de hacer un alto para tomar una pequeña colación.

Tan pronto como hubieron desmontado, Jimmy corrió al bosque para atender la llamada de la naturaleza mientras Candy empezaba a desenvolver algunas de las provisiones que Aelfa se había encargado de prepararles.

Londres ya quedaba varias horas atrás, y Candy sólo podía pensar en el momento en que volvería a estar en casa.

Si cerraba los ojos, hubiese jurado que casi podía sentir cómo el frío viento que olía a brezo de sus Highlands se infiltraba en sus cansados huesos. Ya llevaba demasiado tiempo lejos de casa; pero pensándolo bien, incluso una semana lejos de casa parecía una eternidad.

Jimmy salió del bosque corriendo como una liebre perseguida por el cazador y chocó accidentalmente con Sin mientras éste daba de comer a los caballos. El grano se desparramó sobre las botas de Sin y se esparció en todas direcciones.

Candy contuvo la respiración, medio esperando que Sin golpeara a su hermano o como mínimo que lo riñera a gritos por su torpeza. Pero no lo hizo. En lugar de eso, levantó del suelo al muchacho y se aseguró de que no le hubiera pasado nada, después de lo cual le sacudió el grano que se le había quedado pegado y le dijo que siguiera su camino con la advertencia susurrada de que tuviera más cuidado, no fuera a hacerse daño.

En cuanto Jimmy hubo echado a correr hacia Archie, Sin se puso de rodillas y reparó en silencio el estropicio causado por Jimmy.

Su dulzura asombró a Candy. Los otros ingleses nunca habían vacilado en golpear al muchacho por aquella clase de descuidos. Hasta Dermot y su tío Tom mostraban muy poca tolerancia ante las torpezas de Jimmy. Sin no dijo nada más acerca de lo ocurrido, ni siquiera cuando tuvo que quitarse la bota derecha y sacar un poco de grano de ella.

Cuando Archie y Jimmy pasaron corriendo junto a él, Sin cogió en brazos al chico, se lo echó al hombro y lo dejó colgando de allí con la cabeza apuntando al suelo mientras caminaba. Jimmy chilló y rió mientras Sin cargaba con él hasta donde Candy estaba sentada con la comida.

—¡Bájame! —dijo Jimmy, su voz entrecortada por las carcajadas—. Para llegar a tener un poco de estatura necesitas comer-dijo Sin, pasándoselo por encima del hombro y poniéndolo delicadamente en el suelo junto a Candy.

Jimmy se apresuró a levantarse, pero Sin lo atrapó antes de que pudiera echar a correr de nuevo.

—¿Tengo que atarte?

Jimmy rió, y luego se dejó caer al suelo para quedarse sentado en él con las piernas cruzadas mientras Archie se reunía con ellos.

—¿Acamparemos al aire libre durante todo el viaje?— le preguntó Candy a Sin mientras le daba un poco de pan y algo de carne a Jimmy.

Sin sacudió la cabeza.

—Debe de haber posadas en la mayor parte del camino y, además, el hermano de Archie vive más al norte. Dentro de dos días haremos un alto en sus tierras. Así pues, tendrás una cama cada noche hasta que lleguemos a Escocia.

Candy sintió que el calor afluía a su rostro cuando un recuerdo de la noche anterior inflamó su mente. Se acordó de que había estado desnuda ante su esposo sosteniéndolo en la mano.

Lamentó no poder recordar con exactitud lo que habían hecho. A lo largo de los años había tenido ocasión de oír a muchas mujeres mientras hablaban de lo que ocurría entre los hombres y las mujeres por la noche. Y una vez que sus amigas empezaron a casarse, fue oyendo todavía más detalles acerca de ello. Nunca se había atrevido a contarle a nadie cuántas noches había pasado despierta en su cama preguntándose si ella llegaría a experimentar aquello alguna vez, y ahora que lo había hecho…

Bueno, que no conservara ningún recuerdo de ello era de lo más injusto.

Mordiéndose el labio, Candy se preguntó si su esposo volvería a tomarla aquella noche. Un súbito calor afluyó nuevamente a su rostro cuando pensó en tenerlo acostado junto a ella, en su virilidad endurecida y profundamente metida dentro de ella.

Miró a su esposo, y luego se apresuró a apartar la mirada.

Sin vio el sonrojo en sus mejillas y se preguntó qué lo estaría causando. Su mirada descendió hacia el regazo de Candy y vio en su mente las opulentas curvas de la parte interior de sus muslos. Volvió a sentir la suavidad de la piel de Candy, tal como la había sentido cuando esparció su propia sangre encima de ella para crear la apariencia de lo que él todavía tenía que hacer.

Tocarla la noche anterior sin aliviar el deseo que hacía presa en su cuerpo había sido lo más difícil que hubiera hecho jamás. Todavía podía recordar la sensación de aquella piel tan suave bajo la palma de su mano. El olor a lavanda de sus cabellos. El sabor de sus labios.

Cómo la deseaba. Necesitaba que fuera suya. Cambió ligeramente de postura, tratando de aliviar la presión que sus calzas habían empezado a ejercer sobre la parte de su cuerpo que más clamaba por ella.

Candy vio con el rabillo del ojo la expresión de intenso anhelo que había en el rostro de Sin. Su esposo la miraba de una manera que la hacía temblar de nerviosismo.

Archie se aclaró la garganta.

—¿Me llevo a Jimmy a dar una vuelta por el condado?

Sin clavó los ojos en su comida.

—No. Tenemos que volver al camino. No quiero que la noche nos sorprenda mientras estamos en los bosques.

—Muy bien, pero recuerda que me he ofrecido.

Eso fue lo último que dijo ninguno de ellos hasta después de que hubieran reanudado su larga jornada.

Siguieron adelante durante el resto del día. Al anochecer se detuvieron delante de una pequeña posada en un pueblo del que Candy nunca había oído hablar. Jimmy estaba tan cansado que se quejó de que no iba a poder entrar en la posada. Siempre paciente con el muchacho, Sin lo bajó del caballo y lo llevó a cuestas.

Después de que ella y Archie hubieran desmontado y sus caballos hubiesen sido entregados a los sirvientes de la posada, Sin los llevó al interior, donde fueron recibidos por un orondo posadero.

—Necesitaré tres habitaciones para la noche.

Candy abrió mucho los ojos al oír su petición.

—Jimmy no puede dormir solo— le dijo—. Tendrá miedo.

La cabecita cubierta de enredados rizos rubios se alzó del hombro de Sin.

—¡No tendré miedo! ¿Piensas que soy un crío, para asustarme de …?

—No, cariño-dijo ella dulcemente mientras alisaba uno de sus rebeldes rizos. —Pero no hay ninguna necesidad de que duermas solo en un sitio desconocido.

El posadero se aclaró la garganta.

—Me temo que sólo me quedan dos habitaciones.

Sin asintió.

—Muy bien, en ese caso me las quedo. —Se pasó a Jimmy al otro lado de la espalda y luego le habló a Candy—Tú y Jimmy compartiréis una habitación.

—¿Y tú? —preguntó ella.

—Yo dormiré en el establo.

Archie dio un paso adelante.

—Yo…

—No, Archie —lo interrumpió Sin—. Estoy más acostumbrado a eso que tú. —Su tono dejaba muy claro que no admitiría réplica alguna.

El posadero les sirvió y comieron en silencio. Agotados por el viaje, se retiraron tan pronto como hubieron acabado de cenar.

Candy acostó a su hermano y, en cuanto éste se hubo quedado dormido, salió de la habitación para ir en busca de su esposo.

Lo encontró delante de su puerta, apoyado en la pared con su espada junto a él.

—¿Sin? ¿Qué estás haciendo?

—Se diría que estoy sentado.

—¿Y por qué estás sentado ahí?

—Porque resulta bastante difícil dormir cuando se está de pie.

Candy se quedó sin habla por un instante al comprender lo que él quería decir.

—¿Vas a dormir delante de mi puerta? —preguntó finalmente—. ¿Por qué?

—Porque si duermo delante de la puerta de Archie, el posadero podría pensar que soy un poco raro.

Su sarcasmo estaba empezando a irritarla. Con todo, una sonrisa permaneció suspendida sobre los bordes de sus labios.

—Podrías entrar en la habitación y dormir.

Sin contempló su cuerpo envuelto en el plaid. Con sus curvas puestas en evidencia por la luz detrás de ella, Candy llevaba el pelo suelto alrededor de los hombros. Parecía una diosa que se hubiera detenido ante Sin, un ángel venido del cielo para salvar su alma podrida.

Y él quería devorarla como un lobo hambriento. Quería tomarla entre sus brazos y saciar el fuego abrasador que ardía en su sangre. El anhelo era tan intenso que se asombró al ver que todavía estaba sentado en el suelo y no dentro de ella.

No, él no podía dormir en la habitación de Candy. No con ella. No cuando se sentía tan incapaz de controlarse a sí mismo.

—Estoy muy bien donde estoy.

—¿Sentado en el suelo?

—Exactamente.

Para gran asombro suyo, Candy se arrodilló junto a él y lo besó tiernamente en la mejilla. La suavidad de sus labios hizo que Sin sintiera que le ardía la piel.

—Gracias, mi fiero protector. Dormiré mucho mejor sabiendo que tú estás aquí fuera quedándote tieso de frío.

Sin arqueó una ceja ante aquel sarcasmo. Estaba tieso, cierto, pero no debido al frío.

Candy se incorporó y volvió a entrar en su habitación.

—Por cierto, si ves por ahí fuera al Viejo Gorra Roja que viene a por nosotros, te ruego que lo saludes de mi parte.

Sin resopló mientras ella cerraba la puerta. Poco se imaginaba su esposa que el Viejo Gorra Roja no era otro que él.

Candy se esforzó por dormir, pero después de una hora de intentarlo ya no pudo soportarlo por más tiempo. Pensar en Sin allí fuera yaciendo encima del frío suelo era más de lo que podía soportar.

Se levantó de la cama, cogió su manta y su almohada, abrió la puerta y se quedó inmóvil. Sin estaba dormido con la espalda vuelta hacia ella, acostado a través del marco de la puerta.

Candy sintió que le daba un vuelco el corazón al verlo tendido sobre el frío y duro suelo, donde su negra armadura sin duda se le clavaba en el cuerpo. Ni siquiera tenía una manta que lo cubriese. Era imposible que estuviese cómodo acostado de aquella manera.

Deseosa de proporcionarle toda la comodidad que estuviera en su mano, Candy dio un paso adelante.

Antes de que ella pudiera parpadear, Sin rodó sobre sí mismo y desenvainó su espada para alzarla hacia ella. La punta de la hoja quedó a un par de centímetros de su garganta.

Candy dejó escapar un jadeo de pánico.

Parpadeando y frunciendo el ceño, Sin bajó su espada.

—Perdonadme, milady. Debería haberos advertido de que tengo el sueño muy ligero y siempre me despierto listo para combatir.

— Me acordaré de ello.

Torpemente, Candy le tendió la almohada y la manta.

—Pensé que podían hacerte falta.

Sin contempló lo que le ofrecía. En toda su vida nadie se había preocupado por su comodidad. De hecho, recordaba que una vez su madrastra había comprado un poco de sidra para sus hermanos en una feria local.

Con los siete años todavía no cumplidos, Sin había visto cómo ellos bebían la sidra mientras él sentía arder su garganta reseca.

«¿Podría beber un poco yo también, por favor?», había preguntado.

Su madrastra lo había mirado con el labio fruncido y expresión ceñuda, como si Sin le hubiera pedido que le diera una de sus extremidades. «Encuentra agua si eres capaz. Es gratis, y un inútil como tú no se merece nada mejor.»

Había sido la última vez que pidió algo.

—Gracias —dijo, cogiendo la almohada y la manta de las manos de Candy.

Ella sonrió y regresó a su habitación.

Sin puso la almohada en el suelo y volvió a acostarse. Tan pronto como su cabeza tocó la almohada, percibió un suave olor a lavanda. El aroma de Candy. Cerrando los ojos, Sin saboreó el dulce olor de su esposa y recordó el tacto de sus muslos cuando había pasado la mano por ellos.

Mientras la estaba tocando sólo había podido pensar en enterrarse profundamente dentro de ella y sentir cómo los brazos de Candy lo apretaban contra su cuerpo.

El dolor volvió a hacer presa en él. ¿Por qué era tan buena con él cuando ella, todavía más que los otros, debería odiarlo? Él era su enemigo. Su padre había odiado todo lo que fuera inglés, y sin embargo ella le mostraba compasión y, ternura.

Lleno de una mórbida tristeza, Sin puso la espada debajo de su cuerpo para dormir con ella, tal como había aprendido hacía ya mucho tiempo. El frío acero se apretó contra el calor de su pecho mientras la cota de malla se clavaba en su carne. Le recordaron lo que era. Sí, él era un guerrero. No había espacio en su vida para la comodidad y el consuelo, en su corazón asediado no podía dar cabida a una esposa.

La soledad era lo único que conocía, y tenía la intención de seguir así.

Candy pasó la mayor parte de la noche sin pegar ojo, tratando de pensar en maneras de llegar hasta su esposo. Tenía que haber algo que pudiera abrirse paso a través de su gruesa piel y hacer que él la aceptara.

Martha lo sabría. En cuanto llegara a casa iría en busca de Martja y averiguaría todo lo que necesitaba saber. Sí, con la ayuda de Martha, Sin sería pan comido.

Candy no estaba dispuesta a envejecer sin hijos. Tanto si él quería admitirlo como si no, no cabía duda de que a Sin le gustaban los niños. Ningún hombre habría cuidado de Jimmy del modo en que lo hacía Sin a menos que tuviera sentimientos paternales. Y a juzgar por lo que ella había podido ver, Sin sería un padre maravilloso.

—Duerme bien, esposo— murmuró.

Porque cuando amaneciera tenía intención de iniciar la guerra que esperaba terminaría ganándole su corazón.

CONTINUARA