Capítulo 10
SASUKE exigía una explicación de ese tiempo perdido. Sakura creía que, como lo veía tan contenido, no sentía nada, cuando, por primera vez en su vida, no estaba seguro de poder manejar aquella reunión tan bien como debiera. Pero debía hacerlo por su hija.
Para poder convencerse de que debía hablar con Sakura, había hecho una lista de la cosas buenas que ella había hecho. Sarada estaba bien. Criarla como madre soltera y sin familia no debía de haber sido fácil para Sakura. Once años antes solo tenía dieciocho y estaba embarazada y sin casa, sin dinero y sin familia. Su amor por la niña había sido infinito, como el que a ella le habían dado sus padres.
Sarada debía su existencia a su madre por completo. Por eso, él la había hallado fregando platos en Londres. Ella se había olvidado de sus sueños y los había depositado en la niña.
Sin embargo, Sarada era también su hija y se le había negado conocer su existencia hasta entonces, por lo que, aunque valorara lo que Sakura había hecho, las cosas no podían seguir como estaban.
–No dejaré que te la lleves, Sasuke. Ningún tribunal permitiría que un hombre apareciera en la vida de una niña y se la arrebatara a su madre, que la ha querido desde el momento en que la sintió moverse en el vientre, a no ser que el padre de esa niña demuestre que la madre no está capacitada para cuidarla. Y nadie, ni siquiera tú, puede probar una mentira.
–No soy un hombre cualquiera. Soy el padre de Sarada.
–Lucharé –le advirtió ella–. Lucharé contra tu dinero, tu poder y tus abogados. ¿De verdad crees que puedes ganar a una madre que defiende a su hija? Ni siquiera tú, Sasuke, tienes armas para hacerlo.
Sasuke estaba furioso, a pesar de reconocer que su propia madre le hubiera dicho lo mismo.
No era tan insensible como creía Sakura. De hecho, nunca había dejado de pensar en ella. En el desierto, se introducía en sus pensamientos de noche, y durante el día pensaba en ella para paliar los horrores que contemplaba. Pero Sakura la había ocultado lo más importante, y no la perdonaría.
¿Cómo podría volver a confiar en ella cuando lo había engañado como su padre había engañado al de Sasuke?
–Tendrás que... –iba a decir «consultar a un abogado», pero Sakura lo interrumpió.
–No tengo que hacer nada de lo que me digas. Eres tú quien debe intentar destruirme como destruiste a mi padre.
–Sakura, ya hemos hablado de eso varias veces. Los dos sabemos que lo que sucedió ese día en el juicio fue lo mejor.
–Lo que yo sé es que mi padre era débil y tú fuerte. ¿Es eso lo que planeas hacer ahora? ¿Aplastarme?
Sasuke apretó los dientes para no dejarse llevar.
–Que te quede claro –prosiguió ella con los ojos brillantes– que Sarada se queda conmigo. Elegiremos el momento en que le diremos que eres su padre, y lo haremos juntos. Intentaremos comportarnos de manera civilizada.
–Y, entonces, dejaremos que sea Sarada la que elija –contestó él empleando el tipo de razonamiento que usaba en los negocios–. Ya no es un bebé, sino una chica muy inteligente y con ideas propias. Cualquier juez estará dispuesto a oír lo que tenga que decir.
A Sakura, el corazón le dio un vuelco. Cerró los ojos y se imaginó la escena ante el tribunal: madre sin un céntimo, padre multimillonario. ¿Qué pensaría el juez?
Era una cuestión de confianza, concluyó. Se reducía a que creía en la fuerza del amor que Sarada y ella se tenían. Pero la idea de tener que demostrárselo a desconocidos hacía que se sintiera fatal por Sarada. ¿Por qué debiera una niña de diez años pasar por eso?
–Veremos –fue lo único que pudo responder.
El amor se basaba en la confianza. También podía hacer sufrir y dudar, pero daba esperanza. Ella había perdido toda esperanza de amor con Sasuke, pero el futuro de Sarada seguía estando inmaculado y, en lo que de ella dependiera, seguiría así.
–Dime una cosa –preguntó a Sasuke–. ¿No te sentiste culpable por marcharte después de haberme destrozado la vida?
–Fuiste tú la que te marchaste con tus amigos. ¿Qué fue de ellos?
–Cuando me quedé sin dinero, desaparecieron –reconoció ella con sinceridad–. Y empecé de nuevo. Tuve la suerte de hace nuevos amigos, amigos de verdad, a quien les daba igual si podía comprar ropa de marca o si mi padre daba fiestas maravillosas. Aunque, para ser justa, los padres de esos amigos ya no les permitían verme. En primer lugar, por la vergüenza ante el encarcelamiento de mi padre; en segundo lugar, por miedo a que les pidiera un préstamo; y, para colmo, estaba embarazada, sin pareja ni marido.
–Así que, en realidad no eran amigos tuyos.
–No. Ahora distingo unos de otros. Estar embarazada me aclaró las ideas. La maternidad me cambió para bien. Maduré de la noche a la mañana y descubrí, que, a fin de cuentas, no era tan estúpida como creía y que ser madre se me daba bien.
Sasuke no pudo negarlo.
–Pero debieras haberte puesto en contacto conmigo.
–Lo intenté. Ya te dije que tu gente me bloqueó.
–Debieras haberlo seguido intentando. De haberlo sabido, te habría ayudado y hubiera querido formar parte de la vida de Sarada.
–¿En serio? ¿Cómo puedes estar tan seguro de cómo hubieras reaccionado entonces? También tú eras mucho más joven y tenías un prometedor futuro. Una hija te hubiera impedido progresar. Tal vez fuera mejor así. Un día te enseñaré el montón de cartas sin abrir que te mandé y que me devolvieron. Te escribí en cuanto tuve un sitio para vivir. Pensaba en ti y en tu papel en nuestra vida. Y no por tu dinero, Sasuke. Nunca me interesó.
–¿A qué papel te refieres?
–Eso habría que haberlo decidido entonces, del mismo modo que hay que decidirlo ahora. Lo único que puedo decirte es que tus empleados se merecen una medalla por la forma en que protegen tu intimidad.
Él se lo creía. Nunca estaba disponible para nadie que no fuera de la familia. Quienes no lo podían llamar directamente, que eran la mayoría, tenían que salvar muchos obstáculos antes de poder hablar con la ayudante de su secretaria. Con esta era prácticamente imposible.
–Quería que supieras lo de Sarada –insistió Sakura–. Pero no quería nada más de ti, en sentido material.
Le volvió la espalda y él supo que estaba reviviendo la alegría, el miedo y la esperanza de una madre gestante. No había tenido a nadie con quien compartir esos momentos. Y cuando llegó Sarada, debió de ser un rayo de luz que le llevó alegría.
–¿Dónde estabas? –preguntó Sakura enfadada–. ¿Dónde estabas cuando me examinaba la comadrona y no sabía qué esperar? ¿Y cuando me hacían las ecografías y yo estaba muerta de miedo pensando que podían descubrir algún problema en ella, ya que no siempre podía comer de manera sana? ¿Y cuando me puse de parto y estaba asustada? ¿Y cuando nació tu hija? ¿Dónde estabas cuando te necesité?
Cuando la voz de Sakura se transformó en un grito sin palabras, él no pensó en el pasado, el presente ni el futuro, sino que la abrazó mientras las lágrimas recorrían sus mejillas. Y la besó repetidamente. Ella se estremeció y, entonces, recordó que debía luchar contra él y comenzó a gritar y a darle puñetazos hasta que su pasión cambió de rumbo y se aferró a él como alguien que está a punto de ahogarse a una balsa.
–Para, para –dijo Sasuke mientras le besaba el rostro, los ojos y los labios–. Cálmate.
–¿Que me calme? –preguntó separándose de él–. ¿No ves que puedo perderlo todo, estúpido?
Sakura, hermosa y apasionada. Aquella era la mujer que lo había hechizado once años antes. La había tranquilizado entonces, pero ¿podría hacerlo ahora? No lo sabía. Nunca había visto a nadie tan trastornado.
La tomó en brazos y la llevó a uno de los dormitorios. La besó mientras la llevaba a la cama y ella no trató de alejarse cuando la depositó en ella. Él se tumbó a su lado, la abrazó con la intención de calmarla, pero ella se desabrochó el vestido, se lo quitó por la cabeza, lo dobló y lo dejó en una silla cercana a la cama.
–No, Sakura, no.
Él había planeado ir despacio, pero ella se lanzó a sus brazos y enlazó las piernas con las suyas mientras lo besaba como si se fuese a acabar el mundo.
Él no era un santo, y los instintos primarios pronto vencieron a otro tipo de sentimientos. Se olvidó de las dudas, la rabia y el resentimiento, se desnudó y solo sintió lo mucho que la había echado de menos.
Sakura solo deseaba borrar todo de su mente y estar con Sasuke, probablemente por última vez. No hubo juego amoroso previo. Las tácticas dilatorias estaban prohibidas. Quería olvidar y quería hacerlo sin perder un minuto.
Lanzó una exclamación de triunfo cuando Sasuke la tumbó de espaldas y colocó los puños a ambos lados de su cabeza para situarse sobre ella, grande, poderoso, majestuoso y ultraeficiente a la hora de dejarle la mente en blanco.
Ella enlazó las piernas alrededor de su cintura sabiendo a lo que lo invitaba y regocijándose cuando él la poseyó penetrándola profundamente. Perdió el control de inmediato, sin preocuparse de si debía hacerlo o no. No estaba para finezas ni para buenos modales.
Gritando y retorciéndose, lo agarró por las nalgas para impulsarlo a seguir. Estaba dispuesta a atrapar cada sensación placentera y, cuando el placer la privó del pensamiento, prorrumpió en exclamaciones de agradecimiento a voz en grito ante cada nueva oleada.
–¡Más! –dijo tomando una bocanada de aire.
Se rio de excitación mientras él le llevaba al borde de la cama. La colocó a su gusto, con las caderas en precario equilibrio sobre el borde, le separó las piernas y se situó de pie en medio de ellas.
–¿Te gusta que sea firme y profundo? –preguntó con una leve sonrisa.
–¿Tú qué crees?
Sasuke se colocó las piernas de ella sobre los hombros y la deleitó a un ritmo rápido que la hizo alcanzar el clímax casi inmediatamente.
La tomó en brazos y la llevó a la pared acristalada.
–¿Es esto lo que quieres? –le preguntó mientras le apoyaba la espalda desnuda en el cristal–. Ahora todo el mundo puede ver las mariposas que llevas tatuadas en las nalgas.
Y volvió a embestirla profundamente y sin desfallecer hasta que ella se derrumbó en sus brazos gimiendo y gritando.
Cuando ella, jadeando, le dijo: «Ha estado muy bien», él le preguntó si tenía más tatuajes que requirieran su atención.
–¿Por qué no echas un vistazo?
Sakura se dio cuenta de que tenía hambre atrasada mientras él se seguía moviendo en su interior y ella proseguía deleitándose en un olvido pleno de sensaciones.
¿Otra vez? ¿Era posible?
Esa vez fue tan intenso y duró tanto que creyó haber perdido la conciencia durante unos segundos. Cuando la recuperó, él seguía moviéndose con embestidas profundas y regulares.
–No hagas nada –le exigió él con voz ronca–. No te muevas. Relaja todos los músculos y deja que lo haga yo todo.
Ella hizo lo que le pedía y obtuvo placer como recompensa. Al verlo reflejado en sus ojos, él sonrió con fiereza contra su boca. Ella volvió a alcanzar el clímax y cuando fue capaz de hablar dijo:
–¿Y tú?
Sasuke se retiró completamente para volver a penetrarla profundamente con un gemido de satisfacción y, con varias embestidas firmes, los condujo a ambos al borde del abismo.
–¿Nos acostamos? –preguntó ella tomándole el rostro en las manos.
–Pesas poco.
–Eres insaciable.
–Lo cual parece complacerte.
–Así es.
–Tú también eres insaciable. Lo que pasa es que todavía no lo sabes.
–¿Por qué no me lo demuestras?
Sasuke la tomó en brazos, cruzó la habitación y se dirigió al cuarto de baño, que era el más lujoso que Sakura había visto en su vida. El suelo y las paredes eran de mármol negro, y, el mobiliario, muy elegante. Había espejos por todas partes.
Al verse en brazos de Sasuke, los dos desnudos y estrechamente abrazados, se excitó como nunca.
–Eso de que eres insaciable... –murmuró él dejándola en el suelo.
–¿Sí? –ella lo miró desafiante.
–Ha llegado el momento de demostrártelo.
