Capítulo 9
Sasuke había pasado toda la mañana hecho un manojo de nervios. Era increíble. Años de enfrentarse cara a cara con el peligro, e incluso con la muerte, no habían conseguido ponerlo de esa manera. Y una mujercita, de grandes ojos verdes y deslumbrante sonrisa, la mujer que pronto esperaba que fuese su esposa, lograba perturbarlo descontroladamente. Esa dulce hechicera lo estaba volviendo loco con su candor, su inocencia y su sensualidad.
Jamás había conocido un alma más pura. Sabía que, seguramente, no la merecía; pero no podía dejar que se le escapara. Ella había calmado su rabia y calentado su interior, como nada ni nadie jamás lo había hecho antes. Que Dios lo ayudara, porque la necesitaba, la deseaba y la amaba. Intentaría ser digno de ella. Sólo esperaba que le diera el sí cuando se lo pidiera.
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Llevaba guardado el anillo en su chaqueta desde que se había levantado. El anillo que había pertenecido a su madre. Todavía podía acordarse vívidamente del día en que se lo había dado, sólo unas semanas antes de su muerte. Si se concentraba, aún podía evocar sus palabras.
—Ven, hijo, quiero darte algo.
Sasuke, que estaba sentado junto a la ventana de la habitación de su madre e intentaba capturar los escasos rayos de sol que agonizaban en el horizonte, se volvió lentamente hacia la cama.
Su madre estaba enferma, y él trataba de pasar todo el tiempo que podía allí. Le leía Los viajes de Gulliver, que tanto le gustaba escuchar a ella. Se reía cuando Sasuke intentaba dar énfasis a las escenas más inquietantes.
Él, con su intuición de niño de ocho años, sabía que se iba apagando poco a poco. Cada vez había menos vida en sus hermosos ojos.
Se sentó con cuidado en un lado de la cama, mientras su madre tomaba el joyero que siempre tenía encima de la mesilla y que custodiaba como un tesoro.
—Toma, cariño —le dijo mientras sacaba de la caja un anillo. Era una joya preciosa, con una esmeralda en el centro rodeada de diminutos diamantes. Tras mirarlo unos breves instantes, su madre, con nostalgia, se lo tendió para que lo tomara.
—¿Para qué me das este anillo, madre?
—Este anillo perteneció a mi abuela, y a mi madre después de ella. Es el anillo de compromiso de la familia Ōtsutsuki. El que han llevado, durante toda su vida, como muestra del amor que ha reinado en sus matrimonios. Mi madre me lo dio cuando me casé con tu padre, porque pensaba que, al igual que ellas, mi matrimonio tendría como base el afecto y el respeto que debe haber en cualquier relación entre un hombre y una mujer que juntos van a formar una familia, pero, en mi caso, eso nunca fue así, por lo que, durante estos años, lo he estado guardando para ti.
Su madre le acarició la mejilla con ternura mientras lo miraba con todo su cariño.
—Cuando te cases, Sasuke, hazlo con el corazón; así no te equivocarás. Sabrás cuál es la mujer adecuada, porque él te lo dirá; y entonces, podrás darle este anillo. En él deposito parte de mi amor y de mis esperanzas.
—Lo haré, madre —le dijo Sasuke con una férrea determinación, impropia de su corta edad.
—Lo sé, hijo. Tú serás feliz, lo puedo sentir —dijo su madre mientras cerraba los ojos.
Últimamente, estaba siempre muy cansada y, con frecuencia, terminaban una conversación o dejaban la lectura a mitad de un capítulo por la fatiga que la embargaba.
Él intentaba mostrarse alegre cuando compartían esos ratos, cada vez más escasos, a pesar de la opresión que sentía en el pecho cada vez más fuerte y más difícil de ignorar.
Cuando salía de la habitación, no podía hacer nada por detener alguna lágrima furtiva que osaba desafiar su voluntad de ser fuerte. Por eso, se juró a sí mismo que, en eso, no fallaría a su madre.
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Sakura estaba delante de la puerta de la biblioteca y sintió que la vida se le escapaba de entre los dedos. Sabía lo que tenía que hacer para salvar a dos personas a las que amaba, pero eso era un escaso y amargo consuelo.
Esa mañana había recibido una nota de Sasuke en la que le decía que esa misma tarde le haría una visita para hablar con ella de algo importante. No imaginaba cuál sería el motivo de su visita, pero sabía, con certeza, cuál sería el final del encuentro.
Con un último esfuerzo, reunió las fuerzas suficientes para abrir la puerta e interpretar su papel. Un papel que, a todas luces, sería el más difícil y doloroso de su vida.
Sasuke estaba vuelto de espaldas, de cara a la ventana hasta que la escuchó entrar, y entonces, una sonrisa que podría derretir hasta los hielos del polo cruzó su rostro, el rostro del hombre al que amaba.
¡Por Dios! ¿Cómo iba a poder hacerlo? Estaba tentada de salir corriendo y dejar que la pesadilla en que se había convertido su vida la devorara por completo, para evitar, así, hacer daño a las personas que quería; pero aquello era la vida real, y ella ya no era una niña. Lo había aprendido años atrás y no debía olvidarlo.
—Sakura, ¿estás bien? —preguntó Sasuke preocupado al observar los surcos violáceos debajo de sus ojos.
—Sí, estoy bien. Sólo es que apenas he dormido esta noche —le contestó mientras retiraba su mano de la de él, para lo que tuvo que reunir toda su fuerza de voluntad—. ¿A qué ha venido?
Sasuke sintió que algo no andaba bien. ¿A qué venía ese recibimiento tan frío?
Sin duda, se debía a que Sakura estaba inquieta por su hermano. Todavía no había podido mandar a Aburame, su abogado, al internado, ya que el letrado continuaba en el norte del país, en donde estaba realizando la compra de una mina importante.
Sasuke intentó calmar su desasosiego y se acercó un poco a ella.
—Si estás preocupada por lo de tu hermano, mandaré a mi abogado en cuanto vuelva de su viaje a comprobar las condiciones del internado en el que se encuentra.
Sakura levantó la mirada, y Sasuke vio, por un segundo, un brillo de esperanza en ellos; pero casi podía apostar que había sido sólo un espejismo, porque ese brillo desapareció en un instante y dejó un vacío que nunca había visto antes en sus ojos.
Realmente aquel no era el escenario en el que había imaginado pedir su mano; pero ya que había aceptado que, contra todo pronóstico, se había enamorado con locura de ella, nada le impediría zanjar el tema esa misma noche.
Necesitaba escuchar de sus labios que ella también lo amaba, que era suya, porque esa posición tan vulnerable lo estaba volviendo loco. Metió la mano en el bolsillo y cerró del anillo de su madre, como si de esa manera supiera que todo iba a salir bien.
Estaba claro que Sakura se caía de cansancio, aunque intentara disimularlo; así que no andaría con rodeos, no la entretendría más tiempo. Se comprometerían, y luego la mandaría a descansar. Ya que iba a ser su esposa, cuidaría de ella.
Apretó nuevamente el anillo entre sus dedos y, justo cuando estaba decidido a sacarlo, las palabras de Sakura lo detuvieron en seco.
—Lord Uchiha, agradezco las molestias que se ha tomado con respecto a lo de mi hermano, pero me temo que eso ya no será necesario.
—¿Qué quieres decir?
Sasuke formuló la pregunta con una calma que, en realidad, no sentía. Estaba furioso: la persona que tenía delante parecía una auténtica desconocida. No por lo que le había dicho, sino por el tono que había utilizado al hablarle, un tono impersonal, gélido, con el que había matizado cada una de sus palabras.
—Lo que quiero decirle es que creo que exageré cuando le hablé de Shii. He tenido tiempo para pensar y me he dado cuenta de que mi estado se debía a una serie de situaciones que, sin duda, ha alterado mis nervios. Ello fue determinante en mi comportamiento, y por eso, siento mucho haberlo molestado de esa manera.
—Sakura, no me molesta ayudarte con Shii. Lo que realmente me molesta es tu evidente frialdad, que no sé a qué se debe. ¿Qué te pasa, pequeña?
Sakura se alejó de él cuando Sasuke intentó acercarse más a ella.
—No me pasa nada. Simplemente es que la familiaridad con la que nos hemos venido tratando ya no es posible. Mi prometido no la vería con buenos ojos.
Sasuke apretó los puños clavándose en la palma de su mano derecha el anillo que con tanta ilusión deseaba entregarle.
—¿Prometido? ¿De qué demonios estás hablando? —Su furia era ahora una realidad más que visible.
—Estoy hablando de monsieur Hōzuki. Nos hemos prometido, aunque no queremos hacerlo público por ahora. Nos casaremos dentro de unos meses.
Sasuke la tomó fuertemente de los brazos y la obligó a mirarlo.
—No puedes estar hablando en serio. La otra noche vi cómo intentaba...
—Eso sólo fue una pelea de enamorados —dijo Sakura y se atragantó con la falsedad de sus últimas palabras.
—Eso es mentira.
—No —contestó Sakura, mientras lo miraba directamente a los ojos.
—Entonces, si lo que dices es cierto, y estáis tan enamorados, ¿cómo me explicas lo que ocurrió entre nosotros? ¡Responde! —bramó mientras la zarandeaba un poco.
Con un empujón, Sakura se libró de sus brazos.
—Muy fácil; estaba jugando con usted y creí que usted también hacía lo mismo. Lo elegí, por eso mismo, por su reputación con las mujeres. Sólo quería divertirme un rato, coquetear con otro hombre antes de entrar en el matrimonio para toda la vida.
La mandíbula de Sasuke estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
¡Maldita sea! ¡Cómo lo había engañado! Toda esa dulzura e ingenuidad y la preocupación que con tanta ternura le había prodigado eran una sarta de mentiras, y él, como un estúpido, le había creído. ¡No! Eso tenía que ser un error.
—Si lo que dices es verdad, ¿por qué el otro día en el jardín, cuando estabas con él, tenías miedo? ¿Por qué?
—Ya se lo he dicho, nos peleamos. Me había visto coquetear con usted. Yo lo hice para ponerlo celoso, y funcionó. Esta mañana me pidió matrimonio. ¿No habrá pensado que mis atenciones hacia usted eran sinceras, verdad? Jamás podría estar con alguien inferior a mí, con un hombre que sólo arrojaría vergüenza a mi apellido. Alguien que dejó morir a aquellos a quienes más amaba, sin hacer nada por impedirlo.
Sasuke sintió que el corazón se le detenía. Aquello era totalmente irreal. El vacío que se iba extendiendo por su interior ya no tenía remedio, a la vez que una ira incontrolable se iba adueñando de cada poro de su piel.
¡Aquella mujer se había reído de él! Jamás, nadie, ni siquiera el bastardo que lo engendró, le había hecho tanto daño como lo había hecho ella con sus palabras.
ʺInferiorʺ, ʺvergüenzaʺ, ʺno hizo nada para salvarlosʺ; esas palabras no dejaban de retumbar en su cabeza.
En aquel momento, la odió más que a nada en el mundo; incluso más que a sí mismo, por haberla amado, por haberle contado su pasado y hacerla partícipe de su dolor. Ella había utilizado aquello con la frialdad de una serpiente y había arrojado veneno sin piedad.
Dio media vuelta, antes de que la ira que sentía le hiciera hacer algo de lo que después se pudiese arrepentir; por instantes, sentía que ya no era dueño de sus actos.
Sólo le quedaba el consuelo de que no le había pedido que se casara con él, que no le había dicho que la había amado más que a la vida misma.
Sakura apenas escuchó el sonido de la puerta al cerrarse tras él. Ya que se había ido para siempre de su vida, podía dar rienda suelta a su dolor, que la estaba desgarrando por dentro.
Cruzó los brazos sobre su cintura mientras se doblaba en dos. Veía borroso por las lágrimas que no paraban de brotar, mientras se mordía el labio inferior con tal fuerza que pequeñas gotas de sangre brotaron de él, en un intento por sujetar el grito de angustia que se aferraba a su garganta.
No había tenido elección, se decía una y otra vez. Aunque ese era un endeble consuelo para el dolor que había visto en los ojos de Sasuke, y del que era la única responsable.
Cuando la noche anterior, Higgins, el ayuda de cámara de su padrastro, la descubrió, la arrastró, prácticamente, al interior de la biblioteca donde su destino quedó sellado sin remedio.
Le habían ordenado, bajo las peores amenazas, que debía alejar a cualquier hombre que tuviera alguna pretensión con ella, y en especial a Sasuke. Ya estaba comprometida, le dijeron, con una sonrisa de esas que hacen temblar; y hasta el día de la boda, su nuevo hogar sería la mansión que el marqués de Lavillée tenía en las afueras de París.
Al principio, ella se había negado a convertirse en la esposa de ese degenerado de Hōzuki, pero como el Marqués le señaló, no podía elegir. Si no hacía lo que ellos querían, su hermano terminaría pudriéndose en Bedlam. Por si le cabía alguna duda, le aclararon lo sencillo que sería para ellos conseguir la colaboración de algún médico con pocos escrúpulos que concluyera que Shii debía su inmadurez a un trastorno mental.
Sakura no creía que fuera cierto todo lo que le decían; aunque era verdad que otros, antes de él, habían encerrado a una esposa o a un pariente molesto en el manicomio, pese a ser totalmente cuerdos. Era muy simple: había que sobornar a alguien con la suficiente autoridad.
¿Qué no serían capaces de hacer esos dos ladrones si ella los había escuchado hablar, con claridad de cómo deshacerse de su madre por medio de algún accidente?
Estaba claro que harían cualquier cosa para quedarse con la totalidad de la herencia.
Así fue que, después de una noche de sollozos incontrolables y de negarse a sí misma lo que estaba sucediendo, tuvo que aceptar hacer lo que ellos querían; de esa forma, protegería a su familia.
Sabía que, dos días después, partirían hacia París. Diría a todo el mundo que acompañaba a los recién casados en la luna de miel, para conocer, así, el hogar del Marqués, y después de unos meses, escribiría a determinados amigos suyos y anunciaría su compromiso y su deseo de permanecer en Francia hasta la fecha del enlace.
Lo tenían todo planeado al detalle. Le habían dado a Sakura el guión que debía seguir, sin ninguna posibilidad de interponer pregunta alguna. Si se le ocurría la idea de pedir ayuda a alguien, su madre, su hermano, e incluso Sasuke, lo pagarían.
Sí, ellos habían adivinado también eso; como si hubiesen leído su pensamiento. Sabían que lo amaba, y por ello la habían amenazado. Si Sasuke sospechaba algo, se encargarían de que un asaltante lo matara en una oscura calle de Londres.
La conversación mantenida con Sasuke había sido la más difícil de su vida. Al verlo entrar, de lo único que había tenido ganas había sido de echarse en sus brazos y contárselo todo; pero la amenaza hecha por Mizuki había calado hondo en su interior; no podía arriesgarse en ese punto. Si le pasaba algo por su culpa a alguno de sus seres queridos, no se lo podría perdonar nunca. Había sacado fuerzas de donde no tenía y había hecho todo lo posible por alejarlo para siempre de su lado.
No tenía duda de que lo había conseguido. La forma en que lo había hecho había sido detestable; pero había tenido que recurrir a aquello, había tenido que decirle aquellas palabras; sabía que si no lo detenía y hacía que la odiara, al final, se derrumbaría ante sus ojos y lo descubriría todo.
A pesar de eso, no podía dejar de pensar que él había confiado en ella y ¿cómo se lo había pagado? El precio había sido demasiado alto, aunque necesario. Sólo esperaba que Sasuke fuera feliz y estuviera a salvo, porque sabía, con seguridad, que él nunca la perdonaría.
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Naruto llamó a la puerta de la casa que su amigo Sasuke tenía en Marlborough Square. Varias manzanas más arriba, vivía Sakura Haruno.
Quizás, en esos momentos, los tortolitos estuvieran juntos, porque habían pasado dos días desde que le hiciera aquel anuncio inesperado sobre su intención de casarse y, desde entonces, no había vuelto a saber nada de él. Eso no era normal; aunque, de todos modos, últimamente su amigo no hacía nada acorde a lo que esperaba de él.
Sin embargo, estaba intranquilo. Sasuke había faltado a una cita prevista para hablar de una posible inversión en un proyecto sobre casas de baja renta para trabajadores; ni siquiera le había enviado una nota para cancelarla; y eso, eso sí que lo hacía dudar acerca de que todo marchara bien.
Mientras estaba esperando a que abrieran la puerta, la mala sensación que había estado esquivando durante horas tomó el control.
Booton, el mayordomo de Sasuke, asomó la cabeza por el vano de la puerta y, al comprobar que era él, lo hizo pasar de inmediato. El viejo mayordomo, un hombre mayor cuyos dolores de espalda hacían que anduviera ligeramente encorvado, había trabajado para la familia de Sasuke durante los últimos cuarenta y cinco años; había visto, con sus propios ojos, a tres generaciones de Uchiha. Fue uno de los pocos sirvientes, junto con la señora Hobbs y Lilly, la cocinera, a quienes Sasuke mantuvo a su lado cuando heredó el título.
—Buenas noches, lord Uzumaki.
—Hola, Booton, ¿está lord Uchiha en casa? —preguntó mientras observaba cómo el mayordomo enarcaba una de sus canosas y peludas cejas.
—Sí y no —le contestó Booton enigmático.
—Eso es un poco extraño, ¿no?
—Pues sí, señor, pero... verá usted, hace día y medio que se encerró en su estudio y, desde entonces, no ha salido. Me dejó el recado de que despidiera a todo aquel que preguntara por él, que no quería ver a nadie. Lilly quiso llevarle algo de comer, y la echó a ladridos. No sé lo que ha pasado, pero nunca lo había visto así. Lilly nos dijo que olía a coñac, señor, aunque sé que nunca habría debido decir esto, y que la habitación está en penumbras. Yo no sé qué hacer, pero lo que si sé es que a usted lo quiere como a un hermano. Si pudiera ver qué le pasa, señor, todos se lo agradeceríamos mucho.
Naruto se preocupaba cada vez más, a medida que Booton le iba relatando la situación. La sensación de desagrado que había tenido se hizo más fuerte. Ya no le cabía duda de que algo con Sakura había salido mal.
—No te preocupes, Booton; veré qué puedo hacer —le dijo Naruto al ver la cara del mayordomo más cansada que de costumbre.
—Gracias, señor. —Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
Sin más dilación, se dirigió al estudio y abrió la puerta. Lilly había dicho la verdad. El aire estaba viciado, impregnado con el olor del coñac francés, y las ventanas estaban cerradas herméticamente. Todo estaba en penumbras. Sólo una vela encendida, encima de la repisa del hogar, hacía posible distinguir la silueta de Sasuke.
—¡He dicho que no quiero ver a nadie! —bramó.
—¿Ni siquiera a mí? —le contestó Naruto mientras se acercaba a él y se sentaba en el sillón de enfrente.
Sasuke lo miró con la expresión más fría y vacía que él podía recordar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó y temió la respuesta.
—Nada que no me merezca, por confiar en una mujer.
—Así que es por Sakura, ¿no?
Sasuke no le contestó, pero tampoco hacía falta. ¿Qué le habría hecho esa bruja? Sabía que él no estaría así por cualquier cosa.
—¿Le pediste que se casara contigo?
Algo parecido a la furia más letal brilló en los ojos de su amigo. Tenía el pelo revuelto como si se lo hubiera estado despeinando durante las últimas horas. Sólo llevaba una camisa remangada y los pantalones con las botas de montar. Seguramente estaba así vestido desde el día que vio a Sakura.
Cuando ya se estaba recostando en el sillón dispuesto a esperar, Sasuke le contestó.
—No, no me dio tiempo, y doy gracias a Dios por ello. La inocente y dulce Sakura estaba ya comprometida, y parece ser que, para conseguirlo, me utilizó a mí como cebo.
—¿Qué hizo qué? —preguntó Naruto.
—No merece la pena. Sólo quiero no hablar más de ello y no volver a escuchar jamás su nombre. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —afirmó Naruto.
Se quedaron allí, en silencio, durante un largo rato. Sasuke, intentando encontrar un momento de paz en las densas tinieblas que, con fuerza, habían vuelto a él; y Naruto, alimentando su odio por Sakura, la mujer que había conseguido destrozar a su amigo.
