A Bella le espantaba ese trabajo. Aunque, naturalmente, intentaba que no se le notara. Por mucho que limpiara el mugriento bar que había a las afueras de su pueblo, las superficies no brillaban y la moqueta seguía pringosa. Aun así, prefería limpiar cuando el bar estaba vacío que cuando estaba abierto.
Se decía que era un trabajo y un techo, aunque no duraría mucho. Pino, su jefe, ya la había advertido de que era un empleo temporal y en ese momento, cuando estaba embarazada de seis meses, seguía sin saber dónde viviría cuando naciera le bebé, pero no sería en casa de sus padres. Bella había dejado su casa con deshonra y había vuelto con escándalo. Sus padres, después de mucho dolor, le habían pedido al sacerdote que hablase con ella. El sacerdote le había dicho que había parejas que querían tener un hijo como fuera y que podrían proporcionarle una casa fantástica. Se produjo una discusión cuando le dijo a su familia que ella se ocuparía de su hijo y no había vuelto a verlos casi desde entonces. La madre de Alice había entrado en razón después de que naciera Lucia, pero ella sabía que no pasaría lo mismo con sus padres, y no podía quedarse allí. Aunque Pino le diera trabajo, no quería criar a su bebé en un cuarto encima de un bar como ese. Además, Pino le daba escalofríos. Por eso, subió a su pequeño dormitorio en vez de trabajar en su día libre, como solía hacer.
–¿Adónde vas? –le preguntó Pino–. Es hora de abrir.
–Es mi día libre –le recordó Bella.
–Bueno, necesito que trabajes.
Pino, que no esperaba una discusión, se encogió de hombros y fue a abrir la puerta principal.
–Tengo una cita en el pueblo –replicó Bella–, en el hospital. Es mi control semestral y no puedo saltármelo. Era mentira. Había visitado un par de veces a su médico de familia de toda la vida, pero no se lo había dicho a Pino. Subió, se lavó lo mejor que pudo en el pequeño cuarto de baño que compartía con Pino y se puso un vestido negro, unas botas y una chaqueta ligera.
Cuando bajó, oyó que Pino estaba hablando con uno de los clientes habituales y esperó poder escabullirse.
–¡Bella!
Él la llamó justo cuando había llegado a la puerta.
–Ya sabes que tienes que estar a las cinco. Iba a estar muy justa de tiempo. Casta estaba a tres horas en tren, no sabía cuánto se tardaba desde la estación hasta el antiguo convento y tampoco sabía cuánto duraría la entrevista, pero tenía esperanza por primera vez desde hacía meses. Una mujer que llevaba algunos suministros al bar le había hablado del antiguo convento de Casta. Era un centro de salud y descanso muy caro y estaban buscando doncellas internas.
–Es fantástico. Solo se quedan con los mejores productos –la mujer había mirado a Pino con desprecio–. Él se queda con las inmundicias. Deberías llamarlos. La gobernanta es una mujer que se llama Karmela. Mi sobrina trabajó allí. La aceptaron cuando estaba embarazada y siguió trabajando durante dos años después de que naciera el bebé
–¿Vivió allí con su hijo?
El corazón se le aceleró tanto que debió de despertar a su hijo porque notó las pataditas.
–Sí. Trabajaba mucho, desde luego, pero le encantaba. Ponte lo más guapa que puedas, es muy elegante.
La entrevista telefónica había salido muy bien y en ese momento, cuando el tren pasaba por un túnel, buscó un peine en el bolso. Le encantaría hacer algo más, pero no tenía nada más que hacer. ¡Sí! ¡Tenía el número de Jasper! Sacó la tarjeta de la boda y la miró un rato. No la había empleado todavía. El tipo de trabajos que había podido encontrar no habían exigido referencias, y menos de un sultán. No iba a utilizar esa baza a la ligera, pero sí la necesitaba en ese momento. Estaba impaciente por dar a luz. La propuesta de sus padres para que lo diera en adopción le había hecho ver lo mucho que lo quería,. Las circunstancias no eran las idóneas, pero lo quería muchísimo. El tren salió del túnel y entró en el valle de Casta. Era la primera vez que estaba allí y era impresionante.
El tren avanzaba entre montañas con el mar al frente. Hasta que giró y tomó unas vías sobre pilares. Como no se atrevía a mirar, cerró los ojos y apoyó la cabeza en la ventanilla. Debería haberse quedado en Roma. Al menos, allí había tenido amigas. Le encantaría hablar con Alice, pero no sabía qué decirle. Al fin y al cabo, su amiga estaba casada con un sultán y parecería que estaba pidiéndole ayuda si le contaba que estaba embarazada. Sin embargo, no era solo eso. Jaspern era amigo de Edward. Sabía que Alice, con la mejor voluntad del mundo, se preocuparía por su situación y acabaría contándoselo a Jasper . ¿Se lo contaría él a Edward ? Suponía que acabaría contándoselo y que la reacción de Edward sería… Prefería no saberlo. Se ofendería, se enfurecería y decidiría que lo había preparado todo para atraparlo. Podía lidiar con su rabia, pero no podría soportar el sentido del deber que le entraría.
Edward tenía razón, eran iguales. Él, debajo del glamur de su vida, debajo de su reputación de playboy incorregible, era un siciliano como ella. No podía soportar la idea de que Edward Masen se sintiera obligado a casarse por sentido del deber. Al fin y al cabo, ella había huido de un matrimonio forzado.
Cuando se bajó del tren, aspiró el aire salado, el viento le agitó el pelo y se cerró un poco más la chaqueta.
–Estoy buscando el antiguo convento –le dijo a la mujer que estaba en la taquilla de la estación. Ella le informó de que había un autobús que salía a los quince minutos. –Aunque solo le lleva hasta la base.
aBella asintió con la cabeza. Le habían dicho por teléfono que había una verja de entrada y que tenía que llamar por el telefonillo para que un coche fuera a recogerla. El autobús la llevó a través de Casta y enfiló colina arriba, pero estaba demasiado nerviosa como para admirar las vistas. La dejaron en un paraje desolador, pero las instrucciones de Karmela fueron acertadas. Llamó a un telefonillo en la verja, dio su nombre y dijo que había ido para hacer una entrevista.
Un coche llegó enseguida y la llevaron por un largo camino flanqueado de árboles hasta que llegaron al antiguo convento. Los terrenos tenían fuentes y senderos y, una vez dentro, el edificio tenía un aire tranquilo.
–Bellan… –la saludó la recepcionista con amabilidad. Ella rellenó unos impresos y la acompañaron a la entrevista.
Karmela, la gobernanta, le pidió que se sentara y no se anduvo por las ramas.
–Dijiste por teléfono que tienes experiencia en un hotel de cinco estrellas.
–Trabajé un año en el Grande Lucia de Roma.
–¿Puedo preguntarte por qué lo dejaste?
Bella dijo la verdad… a medias.
-Tuve un problema con el padre de mi bebé.
–Bueno, sería complicado crear problemas aquí. La seguridad es muy estricta, no puede entrar cualquiera y está vallado.
Naturalmente, no era el tipo de problema que había tenido Bella, pero sonrió a Karmela.
–Tendrías que firmar una cláusula de confidencialidad. Algunos de nuestros huéspedes son muy famosos y no queremos que los empleados hablen más de la cuenta.
–En el Grande Lucia teníamos muchos huéspedes famosos y de la realeza.
–Lo entiendo –Karmela asintió con la cabeza–. Aquí, sin embargo, muchos de los huéspedes están… Digamos que están reponiéndose de una vida vivida muy deprisa.
–Ah…
–¿Te preocupa eso?
–En absoluto –contestó Bella.
–¿Estás trabajando en este momento? –le preguntó Karmela mientras repasaba los papeles. Bella los había actualizado a mano.
–Sí.
–¿Te importaría que llamara para pedir referencias?
A Bella se le secó la boca y tardó un momento en contestar.
–Creo que me pondría en una situación comprometida.
–¿Cuánta antelación exigiría él? –preguntó Karmela mientras la miraba y veía que le costaba contestar.
–Bueno, creo que no se tomaría bien que me marchara.
Karmela pareció entenderlo inmediatamente.
–¿Qué me dices de tu empleo anterior?
–El sultán Jasper es mi referencia. Me dio su número privado.
–¿Puedo llamarlo?
–Claro –contestó Bella mientras le escribía el número. El resto de la entrevista fue muy bien y Karmela empezó a hablar como si Bellab ya tuviese el empleo.
–Tendrás que hacer las habitaciones y abrir las camas. Nosotros animamos a los huéspedes a que coman en el restaurante, pero algunas veces tendrás que llevarles la comida a sus suites. Algunos de nuestros clientes pueden ser muy exigentes, pero estoy segura de que estás acostumbrada.
Bellan asintió con la cabeza y decidió que había llegado el momento de comentar lo evidente.
–Sé que solo podré trabajar durante un par de meses, pero hago muy bien mi trabajo y cuando haya nacido mi hijo, trabajaré más todavía.
-Bella, estamos muy acostumbrados a las madres solteras. Las celdas tienen sitio para una cama y una cuna.
–¿Las celdas?
–Hemos mantenido el nombre antiguo. Las celdas era donde dormían las monjas, pero no te preocupes, se han modernizado. Son sencillas, pero muy cómodas. En tu caso, los plazos son favorables. Hay un período de dos meses en el que solo te formas para alcanzar nuestro nivel. El señor Masen tiene un concepto muy estricto del sitio y ha dado muy buenos resultados…
–¿El señor Masen?
–Sí. Efward Masen . Sus establecimientos son famosos en todo el mundo. Este impresionante edificio antiguo estaba abandonado cuando él lo compró. Ahora, los huéspedes vuelan de todo el mundo para descansar aquí y…
Bella no oyó nada más. El antiguo convento era de Efward . No podía trabajar allí, la esperanza se esfumó. En cuanto viera que estaba embarazada… Cerró los ojos y se imaginó a Edward que descubría que la doncella ladrona que le había llevado algo más que el desayuno estaba esperando un hijo. Sencillamente, no podía afrontarlo. Estaba intentando no derrumbarse cuando Karmela dio por terminada la entrevista.
–El conductor te llevará hasta la estación –le comentó Karmela mientras la acompañaba al coche–. Me pondré en contacto contigo muy pronto.
Karmela cumplió su palabra y la llamó al día siguiente para comunicarle que el empleo era suyo. Desgraciadamente para las dos, Bella lo rechazó con cortesía.
~~~~~~~~~Vergüenza y amor~~~~~~~
Los personajes ni la historia me pertenecen. Al final diré el nombre del autor
