¡Sostente!
Despues de la pasion
No puedo tener suficiente de la piel de Hinata. Estoy al borde de la obsesión. No puedo dejar de tocarla, acariciar sus brazos con las yemas ásperas de mis dedos, a través de sus hombros de porcelana, a lo largo de esa perfecta línea pálida de su espalda. Brilla como un ópalo bajo la luz de luna que entra por la ventana del cuarto. Mis labios siguen a mis dedos, suaves roces... ella se siente como terciopelo contra mi boca, como la parte más profunda del pétalo de una rosa.
Y ella no está exactamente quieta tampoco. Su lengua se arremolina alrededor de mi tetilla, muerde mi hombro, sus dedos juegan en mi pecho... y más abajo. Le gusta la sensación de mi barba contra sus pechos y yo amo la sensación de su cabello oscuro deslizándose a través de mi estómago. Durante la siguiente hora, es una exploración silenciosa. Un descubrimiento erótico, lo que nos atrae, lo que nos excita, lo que me hace gemir, lo que la hace gritar.
Y entonces lo estamos haciendo de nuevo. Esta vez yo estoy en la cama, con las piernas extendidas hacia adelante, apoyado en mis codos, viendo absorto como Hinata cabalga mi polla con total abandono. Sus rodillas caen a ambos lados de mi cintura; su pelvis se mece adelante y atrás con el ritmo de una bailarina exótica.
La luna brillando por la ventana detrás de ella hace que su rostro quede entre sombras, pero su silueta es completamente magnífica. Su cabello salvaje, su cabeza echada hacia atrás, sus tetas rebotando, labios abiertos y jadeantes.
Podría quedarme así... podría observarla por siempre.
—Oh Dios... oh Dios... —gime, sus caderas moviéndose más rápido.
Maldigo, tratando tan duro de no embestir. Porque estoy tan profundo, enterrado desde la base hasta la punta en su apretado y caliente coño, y se siente increíble. No quiero que acabe.
Acuno sus pechos, rodando ambos pezones entre mi pulgar y mi índice. Pellizcándolos hasta que ella gime largo y fuerte. Provoca que sus caderas se balanceen más fuerte, ahora frotándose contra mí en círculos pequeños y apretados. Y su gemido sonó tan dulce, que tengo que tener su pezón en mi boca.
Arrastrando mi lengua en torno al brote aterciopelado, lamiéndolo con rapidez y tentándola. Las manos de Hinata agarran mi cabello, manteniéndome allí, mientras succiono con mis labios, entonces me mueve hacia arriba y alrededor de sus suaves montículos, chupando la carne, dejando pequeñas raspaduras que sentirá mañana.
Sus manos se presionan en mis omóplatos, manteniéndome cerca.
—Naruto... —se lamenta, solo para decir mi nombre, creo.
—Eso es, Hinata. —Mi voz es tranquilizadora y demandante. Una orden y una plegaria. Y puedo sentirla mojándose más, apretándose más alrededor de mí. Malditamente Excelente, nada nunca se ha sentido tan bueno—. Vamos, bebé. Móntame, hazte venir. Estás muy cerca, ¿verdad?
Deja salir un quejido y asiente, su cabeza sacudiéndose.
—Déjame sentirlo. Se va a sentir tan bien. Ve ahí, Hinata.
Y no puedo no ir con ella.
Agarro sus caderas con las dos manos y me empujó hacia arriba, mi pelvis frotándose justo contra ese lugar que necesita. Sus caderas empujan hacia abajo mientras la embisto. Con la boca abierta, dientes presionando contra la piel de su clavícula, ella se pone rígida y se viene con el gemido más sexy, que parece continuar por siempre.
Y me dejo ir con un gruñido largo y entrecortado.
Por varios segundos ninguno de los dos se mueve. Somos un perfecto desastre enredado de piel sudada, respiros fuertes y extremidades lánguidas.
Mi orgasmo fue tan fuerte, que aún estoy estremeciéndome dentro de ella mientras se inclina hacia adelante, dejándome caer sobre mi espalda. Hinata recuesta su cabeza sobre mi corazón, riendo contra mi pecho, su suave cabello cayendo alrededor de mi cuello. Y parpadeo hacia el techo, viendo estrellas.
—Santa mierda.
Su espalda se sacude con risitas.
—Fue una especie de experiencia religiosa, ¿no es cierto? —Siento sus labios en mi piel, adorando la parte llena de tinta—.Dime acerca de tus tatuajes. —Besa el que está justo bajo mi clavícula, una serie de números y letras.
Arrastro una mano a través de su cabello.
—Ese es el número de expediente en mi caso con el Juez.
—¿Y este? —No tengo que mirar. Siento sus labios moverse sobre el que está más abajo, extendiéndose desde mi pectoral hasta mi hombro. Es un ángel, un eterno niño con una sonrisa y un halo torcido.
—Ese es por Benny. Un niño que conocí cuando tenía doce. Fue asaltado una noche cuando caminaba a casa. Lo golpearon con un tubo de metal, rompieron su cabeza. Murió.
Debajo del ángel hay una Ken cursiva, deposita un suave beso al lado de ella.
—¿Esta es por tu mamá?
Asiento. Hinata arrastra sus labios por los otros, las escalas de la justicia que me hice después de terminar la escuela de leyes, el dragón y las rosas que me hice después de perder la virginidad, el poderoso y enraizado árbol que me tatué en honor al Juez, y cerca de una docena más de tatuajes. Se mueve más abajo, hacia la curva de mi codo, la parte inferior de mi antebrazo. Hace cosquillas cuando lo besa.
—¿Y este?
Es el diseño tribal de un espiral que se enrosca alrededor de mi brazo, afiladas vueltas con bordes rasgados. Sonrío.
—Solo pensé que ese lucía genial.
Siento mi polla volviéndose blanda dentro de ella, pero no tengo deseos de moverme. Y Hinata debe sentirse de la misma manera, porque frota su mejilla contra mi pectoral, descansando arriba de mi tetilla. Y su aliento se vuelve lento y constante, el cansancio haciéndose cargo de ambos, mientras nos deslizamos en la bien ganada inconsciencia.
Tiempo después, me vuelvo consciente de la falta de su peso, el calor de su cuerpo exuberante y ágil está ausente. Y hay un extraño sonido seco, como rasguños, que me hacen pensar que el Tío Cosa nos siguió y está tratando de abrir la puerta con su pata áspera. Estiro la mano izquierda, buscando, pero solo hay espacio vacío a mi lado. Ruedo sobre mi lado y abro los ojos.
Hinata está en la silla café junto a la ventana, las piernas metidas debajo de ella, el brillo de la luna a sus espaldas. Está usando mi camisa gris, y nunca se ha visto mejor. Me observa, su labio inferior atrapado entre sus dientes, sus manos ocupadas sobre su regazo.
Esbozando.
Hinata está dibujando. A mí.
—¿Voy a tener que pagarte un centavo, Jack? —Mi voz se encuentra rasposa con sueño y sexo.
Sonríe. Y es hermoso.
—Esta va por cuenta de la casa, Rose.
Sí. Es tiempo de recordarle que definitivamente no soy una Rose. Aparto las sábanas de un tirón, exponiendo mi trasero desnudo. Me siento, girando para sentarme en el borde la cama, pies en el piso. Bajo una mano, la envuelvo alrededor de mi polla, y la traigo de vuelta a la vida con solo unos fuertes toques. Y Hinata deja de dibujar súbitamente.
—Nunca he hecho un dibujo para mayores de edad. ¿Estás haciendo la audición para ser mi primero? —pregunta suavemente.
—No estaba seguro cual sería el enfoque de la pieza. Quería asegurarme de que esté hecho a escala.
—Eso es tan servicial de tu parte.
—¿Qué tal tú? ¿Te encuentras de un humor servicial?
Hay un atisbo en mi voz que solo yo puedo escuchar. Amanecerá en unas pocas horas. Realmente no sé qué va a pasar entonces. Pero estoy casi desesperado por sentirla, en todos lados, al mismo tiempo. De no perderme ni una cosa o desperdiciar un minuto, tocar cada fantasía. Porque... tal vez esta sea la única oportunidad que tenga.
Coloca el block de papel a un lado en la silla y se para frente a mí.
—Estoy de humor para hacerte sentir bien —dice con suavidad.
Posiciono las manos en sus caderas, jalándola hacia mí, y presiono la frente contra su estómago.
—Ya me haces sentir bien —susurro calientemente contra su piel perfecta. Hinata se desliza hasta quedar de rodillas.
—Entonces vamos a intentar que se sienta mejor que bien.
Se inclina hacia adelante, colocando un cálido beso en la punta de mi polla.
Oh, Cristo.
Su lengua se asoma, lamiendo un círculo alrededor de la cabeza. Y mi corazón se vuelve loco. Me toma en su boca: caliente y tan mojada. Se desliza hacia abajo, tan lejos como puede ir y luego lentamente vuelve a subir, dejando mi verga resbalosa con su saliva.
Entonces me aprieta en la base, bombeando con firmeza, mientras su boca trabaja, chupando duro e intensamente. Después de unos pocos minutos, estoy apretando la mandíbula, pero no puedo contener los gemidos a raya, Hinata me responde con un zumbido de placer que hace que mis bolas ardan. Entonces me libera, levanta la mirada, toma mi mano y la empuja en su cabello oscuro.
—Muéstrame lo que te gusta, Naruto.
Jodido dios.
Regresa a trabajarme con su boca, con su mano, sus mejillas ahuecándose.
Y se siente increíble. Mi mano se flexiona en su cabello, guiándola arriba y abajo en mi ritmo favorito. Me hace sentir poderoso... y al mismo tiempo complemente a su merced. La presión aumenta, la tensión maravillosa mientras su cabeza se mueve de arriba a abajo y yo escalo cada vez más alto.
Con un gruñido gutural, aprieto su cabello y la quito.
—Ve a la cama. —Mi voz es severa. Desesperada.
Hinata se sube a mi lado y yo me paro, arrancando mi camiseta de sus brazos en un solo movimiento. Porque está en mi camino, y quiero ver. Todo. La sostengo por las caderas, mis pulgares clavándose en la carne de ese perfecto trasero, diciéndole sin palabras, exactamente cómo la quiero.
Sobre sus manos y rodillas.
Me arrodillo también, en la cama detrás de ella. Mis dedos juguetean con su coño, deslizándose y frotando donde ya está mojada. Alineo mi polla rígida y me sumerjo dentro de ella con un duro empujón.
Hinata grita, su espalda arqueándose, tengo que recordarme de ir despacio.
Pequeños y superficiales embistes la hacen rogar, y entonces empieza a empujar contra mí, lo quiere más fuerte. Más profundo. Mi mano roza por la suave extensión de su espalda, trazando desde la parte superior hasta su trasero. Masajeo la carne con manos ásperas, apretando, para poder moverla hacia adelante y atrás en mi polla. Y la vista —joder— es hermosa. Ver mi longitud completa desaparecer en su apretado calor, una y otra vez, viendo la fina capa de sudor que cubre su piel, escuchándola gemir mi nombre mientras su cabello se balancea con cada vigoroso movimiento.
Estoy tan cerca ahora... tan cerca. La única cosa que me retiene es la necesidad de verla acabar primero. La guio sobre su estómago y la cubro con mi cuerpo, mi pecho y estómago contra su espalda, mi pelvis sobre su trasero, muslo sobre muslo, ni un milímetro de espacio entre nosotros.
Beso y chupo la piel sedosa de su cuello mientras nuestros cuerpos se deslizan, cálidos y húmedos con sudor. Mis caderas bombean en las suyas rápido y profundo. Meto una mano debajo, encontrando ese mágico capullo duro entre sus labios hinchados, frotándolo con mis dedos, dándole la fricción que necesita para hacerla gritar. Las manos de Hinata forman puños en las sábanas sobre su cabeza y sus músculos se ciñen alrededor de mí mientras se viene.
—¡Naruto!
Creo que es su voz lo que me empuja. Con mi boca contra su oído, gimo y gruño, empujando hacia adelante una última vez mientras mi visión se vuelve blanca y el placer más puro surge desde mi interior, esparciéndose hacia mis dedos y las puntas de mis pies. Robándome la voluntad de moverme, de pensar, de hacer nada más que sostener a la hermosa mujer debajo de mí.
Jadeó contra su cuello, después de un momento me giro fuera de su espalda para que pueda respirar de nuevo. Sin una palabra, la atraigo contra mi pecho, sosteniéndola fuerte, mi rostro enterrado en su cabello. Los profundos respiros de Hinata eventualmente aminoran la velocidad y justo antes de dormirme, siento sus delicados labios presionando un beso casto en cada uno de mis nudillos. Luego pone mis manos bajo las suyas y se duerme.
Mis ojos se abren a las cinco de la mañana en punto, aunque solo han sido dos horas desde que los cerré por última vez. Miro al cabello oscuro de Hinata, aún en mi rostro, su cálido cuerpo aún atrapado entre mis brazos. Con cuidado, me alejo y me desenredo de ella sin despertarla. Como siempre, me dirijo al baño; a orinar, lavarme los dientes. Me estiro, hago sonar mi cuello, sintiéndome algo rígido.
Evito mi reflejo en el espejo mientras me salpico el rostro con agua fría y peino hacia atrás mi cabello desordenado. Después camino silenciosamente al armario por una camiseta y unos pantalones deportivos, dándole una última mirada a los durmientes rasgos angelicales de Hinata.
Voy a la cocina y enciendo el pequeño televisor de pantalla plana, manteniendo el volumen bajo, esperando que el café se haga. Cuando está hecho, salgo al balcón, viendo las luces de la calle apagarse y el cielo gris-rosáceo volverse azul.
Y me digo a mí mismo que tengo que respirar. Lento y estable. Inhalar y exhalar. Tengo ese sentimiento enfermizo e inquietante en mis entrañas, y me digo que debo ignorarlo.
Regreso a la cocina y encuentro a Hinata recostada contra la pared, con los ojos entrecerrados, luciendo adorable en mi camisa gris, que casi alcanza sus rodillas.
—¿No eres la clase de chico que duerme hasta tarde cuando tiene la oportunidad, verdad? —pregunta con un bostezo.
—Ah, no —le digo. Con una cara sería y sacudiendo la cabeza. Luego inicio el discurso, y las palabras suenan amargas. Erróneas—. Voy a correr. Hay café en la cafetera y...
—¿Café? —dice Hinata interrumpiéndome—. De ninguna manera. Voy a volver a la cama. —Se acerca a mí, moviendo las manos por mi abdomen —. Pero... si quieres algo de compañía en la ducha cuando regreses de correr, definitivamente despertaré para eso.
Se estira de puntitas, besándome rápidamente. Y la imagino en la ducha, mojada, en todos lados, sus deliciosas tetas resbalosas con burbujas de jabón. Parece una buena idea.
Se voltea para caminar de regreso al cuarto. Pero mi voz la detiene.
—Hinata...
Porque ser directo siempre es más fácil. Y yo no me complico. Honestamente es... mierda, no recuerdo el resto.
—¿Sí?
Miro su rostro, tan expuesto, sincero y real. Sus labios, tan cerca de sonreír. Y recuerdo sus palabras susurradas en la oscuridad.
— ... y confío en ti, Naruto.
— No te lastimaré.
Y lo único que puedo decir es—: La pasé maravilloso anoche.
La sonrisa fructifica.
—Yo también.
Correr fue un castigo. Troto más rápido, me exijo más. Sudor cae por mi frente, mi pecho palpita y mis piernas arden como si mis músculos estuvieran en llamas mientras intento encontrar una manera de acomodar el caos que es Hinata con su manada de niños en mi organizada vida. Tengo metas, prioridades.
No llegué hasta donde estoy hoy por distraerme con un pedazo de trasero, sin importar que tan espectacular fuera ese trasero.
Atravieso la puerta de mi departamento una hora y media más tarde, todavía respirando con dificultad. Into the Mystic de Van Morrison está sonando desde los parlantes. Agarro una botella de agua del refrigerador, bebiendo, mientras Hinata se halla parada frente a mi estufa —viéndose más deliciosa de lo que tiene el derecho a verse— cocinando. Aún en la camisa gris, mueve sus caderas al ritmo de la música, y luego usa la espátula como micrófono.
—Yo... quiero cautivar tu alma de gitana...
Y tengo que reírme. Es jodidamente sexy y adorable, es letal.
—Creí que ibas a regresar a dormir.
Hinata me lanza una mirada sobre su hombro.
—Yo también. Aparentemente Ronan me ha arruinado por siempre, no pude volver a dormirme. Así que decidí cocinar el desayuno... excepto que no tienes nada de comida en tu refrigerador. A juzgar por eso y tus gabinetes, solo sobrevives a huevos, pasta y la ocasional cerveza.
—Hago unos buenos macarrones con queso. Por lo demás, ordeno comida para llevar.
Pone los huevos revueltos en un plato y me lo entrega, sus ojos brillando con una satisfacción juguetona de la mañana después.
— Bon appétit. Esto es lo mejor que puedo hacer bajo estas condiciones.
Tomo el plato pero lo coloco en la encimera. Y me olvido de las prioridades y metas, la honestidad y los itinerarios.
Solo quiero besarla de nuevo.
Antes de que tenga la oportunidad, mi celular suena, el nombre de mi madre aparece en la pantalla. Hinata lo ve también y se acerca a mí, su cara ensombrecida con preocupación. Pongo el teléfono en mi oreja.
—¿Mamá?, ¿Todo está bien?
—No, Osito, no lo está. Tú y Hinata necesitan venir al hospital.
Continuará...
