Capítulo 8
Sakura comenzaba a creer que Sasuke no era humano, dado que jamás parecía hambriento, sediento ni cansado. La única ocasión en que se había detenido fue cuando Sakura se lo pidió, y solo Dios sabía cuánto detestaba pedirle algo.
Desde luego un inglés habría tenido en cuenta las comodidades de su esposa, pero al parecer a Sasuke le costaba recordar que la tenía siquiera. Se sentía tan apreciada como una espina en un costado.
Estaba exhausta y pensó que debía de tener un aspecto tan lamentable como el de una bruja vieja, pero no tiene im portancia mi aspecto, se dijo. Sasuke dejó la situación en claro cuando se negó a presentársela a los aliados: no lo atraía en lo más mínimo.
Bueno, Sasuke tampoco es un tesoro —pensó Sakura—. ¡Por Dios, si tiene el cabello casi tan largo como el mío, y si esa no es una costumbre bárbara, no sé qué cosa puede serlo!
No abrigaría sentimientos sombríos hacia Sasuke si él tuviera una actitud más agradable hacia ella. Sin duda, el aire de la montaña debía de afectarle a la mente, pues cuanto más ascendían tanto más fríos y distantes se tornaban sus modales.
Tenía más defectos que Satán. Incluso, no sabía contar: le había dicho a Sakura que les llevaría tres días llegar a su propiedad, y ya era la quinta noche que acampaban, pero no aparecía ningún otro manto con los colores de los Uchiha a la vista.
¿Acaso el sentido de la orientación del hombre sería tan escaso como su capacidad de contar'? Sakura pensó que estaba demasiado cansada para preocuparse por ello. En cuanto Sasuke se concentró en atender a los caballos, se dirigió al lago para disfrutar de unos momentos a solas. Se desnudó y se lavó lo mejor que pudo en aquellas aguas heladas que Sasuke llamaba «lago» y se tendió en la orilla repleta de hierbas. Sentía el cansancio en los huesos. Tuvo la intención de cerrar los ojos unos minutos antes de volver a vestirse. A decir verdad, el aire punzante no la molestaba.
Una niebla espesa invadió el valle. Sasuke le dio a Sakura el tiempo que supuso que necesitaba para bañarse, pero cuando la neblina le cubrió los pies descalzos, la llamó, ordenándole que se acercara.
La llamada no obtuvo respuesta y el corazón de Sasuke comenzó a latir con fuerza. No lo afligía que los enemigos la hubieran sorprendido. No, ya estaban en tierra de los Uchiha, en un área protegida donde nadie se habría atrevido a irrumpir. Pero Sakura no le contestaba. Sasuke atravesó la vegetación espesa y se detuvo bruscamente, sin aliento ante la visión que se le presentó.
Parecía una diosa de la belleza y estaba profundamente dormida. La niebla flotaba alrededor de ella confiriéndole un aspecto místico, y los torrentes de sol que se filtraban entre la niebla acentuaban el efecto, pues la piel de la mujer era de un genui no tono dorado. Dormía de costado, y la camisa blanca se había subido hasta las caderas, revelando las largas piernas.
Sasuke permaneció largo rato contemplándola, bebiendo su imagen. El deseo se hinchó dentro de él de un modo casi doloroso: esa muchacha era demasiado magnífica para él. Recordó la sensación de esas piernas rodeándolo, la sensación de estar dentro de ella.
Mi esposa. Lo inundó una oleada de posesión feroz y supo que no sobreviviría otra noche si no volvía a hacerle el amor. No cumpliría la promesa de esperar hasta que llegaran al castillo. Pero esta vez estaba decidido a actuar con lentitud. Sería un amante tierno, sin exigencias. Y sería gentil... aunque le fuera la vida en ello.
Sasuke se quedó mirándola dormir hasta que el sol se escondió por completo. Sakura comenzó a rodar por la loma y él corrió hacia ella y la cogió en sus brazos justo a tiempo.
¡Qué confiada era! Sasuke supo que se había despertado pero no abrió los ojos. Cuando la alzó contra su propio pecho desnudo, Sakura le pasó los brazos por el cuello, se acurrucó y exhaló un suave suspiro.
La llevó al campamento, envolvió a ambos en el manto y se tendió en el suelo. Sakura estaba protegida de la cabeza a los pies por la manta y por su esposo.
La boca de la mujer estaba a escasos centímetros de la del hombre.
—¿Sasuke? —preguntó, en un susurro adormilado.
—¿Sí?
—¿Estás enfadado conmigo?
—No.
—¿Seguro? —Quería verle el rostro. Pero el abrazo de Sasuke era férreo y no podía moverse.
—Estoy seguro.
—Esta noche estoy muy cansada. Ha sido un duro día de viaje, ¿verdad?
Para Sasuke no lo era, pero decidió no contradecirla.
—Sí, lo ha sido.
—Sasuke, quisiera preguntarte algo. —Sakura se incorporó y gimió cuando las manos de Sasuke se posaron sobre sus nalgas y la apretó contra él. Los muslos del hombre eran más duros aún que el suelo.
Sasuke comprendió que Sakura no tenía idea de lo que le provocaban sus pequeños movimientos y cerró los ojos. Era evidente que estaba demasiado cansada y dolorida para recibir el ataque de su esposo. Tendré que esperar —se dijo él—. Es la única actitud decente que puedo adoptar.
Sería el desafío más difícil de afrontar.
—Sasuke, por favor, saca las manos. Me duele.
—Duerme, esposa. Necesitas descansar —dijo con voz entrecortada.
Sakura se arqueó contra él y a Sasuke le rechinaron los dientes.
—Me duele el trasero.
Sasuke percibió el pudor en la suave confesión. Pero cuando comenzó a frotarla para aliviar la tensión de los músculos la exclamación no fue suave sino indignada. El hombre no hizo caso de los forcejeos ni de las protestas.
—Tu educación ha sido lamentablemente descuidada —le dijo Sasuke —. A decir verdad, eres la mujer más inexperta que he conocido. ¿Qué opinas acerca de eso, esposa?
—Pienso que crees que estoy a punto de llorar —respondió Sakura—. Sé que me ha temblado la voz cuando te he dicho que estoy dolorida, y tú detestas a las mujeres lloronas, ¿no es así? ¡Oh, no lo niegues, esposo! Vi cómo mirabas a mis hermanas cuando lloriqueaban; parecías muy incómodo.
—Sí, es cierto —admitió Sasuke.
—Y para evitar que yo llore, me insultas y me provocas. Adivinaste que tengo un temperamento fuerte y prefieres oírme gritar que llorar.
—Sakura, estás aprendiendo cómo soy.
—Te dije que lo haría —se jactó—. Pero tú tienes que aprender acerca de mí.
—No necesito...
—¡Oh, sí! —lo interrumpió—. Sasuke, confundes inexperiencia con falta de habilidad. ¿Y si te dijera que puedo lanzar una flecha mejor que cualquiera de tus guerreros? O que quizá pueda cabalgar mejor que ellos... a pelo, por supuesto. O que soy capaz de...
—Diría que estás burlándote de mí. Apenas te sostienes sobre la montura.
—Entonces, ¿ya te has formado una opinión con respecto a mí?
Sasuke pasó por alto la pregunta y le formuló otra.
—¿Qué era lo que querías preguntarme? Algo te preocupa, ¿no es así?
—No estoy preocupada.
—Dímelo. —No le permitiría evadirse.
—Sólo me preguntaba si me darías indicaciones similares cuando llegáramos a tu castillo y estuviésemos ante tus hombres.
—¿Qué indicaciones? —la interrumpió, sin entender de qué hablaba.
—Sasuke, sé que te avergüenzas de mí, pero no creo que pueda mantenerme callada todo el tiempo. Estoy acostumbrada a hablar con bastante libertad, y en realidad no...
—¿Crees que estoy avergonzado de ti? —dijo, de verdad sorprendido.
Sakura se volvió entre los brazos del esposo, apartó la manta y lo miró. Aun a la luz de la luna veía la expresión atónita de Sasuke.
Sakura no estaba dispuesta a creerlo ni por un instante.
—Sasuke Uchiha, no es necesario que finjas inocencia. Sé la verdad. Tendría que ser tonta para no saber por qué no quieres que hable con tus aliados. Piensas que soy fea. E inglesa.
—Eres inglesa —le recordó.
—Y orgullosa de serlo, esposo. ¿Sabes qué superficial es un hombre que juzga a una mujer solo por las apariencias?
Las carcajadas de Sasuke interrumpieron el discurso.
—Tu grosería es peor que mi aspecto —musitó Sakura.
—Y tú, esposa mía, eres la mujer más obstinada que he conocido.
—Eso no es nada comparado con tus pecados —repuso ella—. Eres tan retorcido como un escudo viejo.
—No eres fea.
Por el modo en que lo miraba, Sasuke comprendió que no le creía.
—¿Cómo has llegado a semejante conclusión?
—Ya te lo he explicado —respondió—. Fue cuando no me permitiste apartar la mirada de ti, no me presentaste a tus amigos, no me dejaste expresar mis ideas. Así es como he llegado a esa conclusión. No te equivoques, Sasuke —agregó precipitadamente al ver que él iba a reírse otra vez—. No me importa si me consideras hermosa o no.
El hombre le sujetó la barbilla con firmeza.
—Si hubieras mirado a un hombre más que a otro, por casualidad o voluntariamente, ese sujeto habría creído que estabas dispuesta a entregarte. En mi opinión, no se puede confiar por completo en los Kerry. Hasta para una inglesa como tú eso es fácil de entender. Algunos pensarían que tus ojos jade son mágicos; otros, querrían tocar tu pelo para saber si es tan sedoso como parece. Desde luego todos querrían tocarte.
—¿En serio?
A lo largo de la explicación, Sakura lo miró con los ojos muy abiertos de asombro y Sasuke comprendió que ella no tenía la menor idea de su propio atractivo.
—Sasuke, pienso que exageras. No creo que esos hombres quisieran tocarme.
Estaba pidiendo un cumplido, y Sasuke decidió brindárselo.
—Sí, querrían tocarte. No quería arriesgarme a tener una pelea, pues sé cuánto te disgusta ver sangre.
La explicación, dada en tono despreocupado, dejó perpleja a Sakura. ¿Estaría elogiándola? ¿Acaso creía que sus ojos eran mágicos?
—¿Por qué frunces el entrecejo?
—Me preguntaba si tú... es decir... —Exhaló un suspiro, le apartó la mano de su propia barbilla y volvió a apoyar la cara contra el hombro tibio de su esposo—. Entonces, no me consideras fea.
—No.
—Nunca pensé que lo hicieras —admitió, en tono divertido—. Es bueno saber que no me consideras carente de atractivos.
—No he dicho eso.
Sakura creyó que se burlaba.
—Yo nunca he dicho que tú no fueras feo —dijo—. Quizá piense que lo eres.
Sasuke rió otra vez, con una risa plena que hizo ensanchar la sonrisa de Sakura. ¿Era posible que comenzara a habituarse a él?
Sasuke le quitó el cabello de la frente.
—Hoy tienes el rostro quemado por el sol. Tienes la nariz roja como el fuego. No me pareces en absoluto atractiva.
—¿No? —exclamó sobresaltada.
Sasuke no ocultó la exasperación:
—Estaba bromeando.
—Lo sabía —dijo, sonriendo otra vez. Bostezó, recordándole lo fatigada que estaba.
—Duérmete, Sakura.
La manera tierna en que le acariciaba la espalda alivió la aspereza del tono con que dio la orden. Cuando comenzó a frotarle los tensos hombros, Sakura cerró los ojos y lanzó un suspiro satisfecho. Tenía la palma de la mano apoyada sobre el pecho de él y sentía bajo los dedos el golpeteo del corazón del hombre. Casi distraída, comenzó a trazar círculos alrededor del pezón de Sasuke cubierto por el vello del pecho. Le agra daba la sensación. El maravilloso aroma de él le recordaba el del aire libre: ¡era tan limpio, tan terrenal...!
De súbito, Sasuke le sujetó la mano y la apoyó abierta contra su propio pecho y Sakura imaginó que le iba a hacer cosquillas.
Sasuke, a su vez, creyó que quería enloquecerlo.
—Deja de hacer eso —le ordenó, con voz áspera como la arena.
Si bien Sakura no recordaba haberse quedado dormida, sí recordó que despertaba. Estaba soñando el más delicioso de los sueños: que dormía, totalmente desnuda sobre un lecho de flores silvestres. Dejaba que el sol tibio le calentara la piel hasta sentirse febril, y esa erótica calidez la hizo olvidarse de respirar. Dentro de ella crecía esa presión tan conocida y el dolor agudo entre los muslos exigía alivio.
Su propio gemido de deseo la despertó. A fin de cuentas, no era un sueño. La mente le había jugado una treta. Sasuke era el fuego que encendía su sangre. Tampoco estaba rodeada de flores silvestres sino tendida sobre el manto suave de él. Pero no tenía ya puesta la camisa. Se preguntó cómo podía ser, pero luego dejó de lado esa preocupación. Sasuke insistía en reclamar su atención, frotando la nariz con suavidad en el cuello de Sakura. Estaba tendido entre los muslos separados de la mujer.
Estaba haciéndole el amor. De pronto, la confusión soñolienta de Sakura se disipó. Ya estaba por completo despierta. En la densa oscuridad, no podía verlo, pero el aliento entrecortado de él, sumado a la música dulce del viento persistente, disiparon la resistencia de Sakura. Pensó en decirle que no quería que volviese a lastimarla, pero la boca de Sasuke se deslizó hacia el pecho de Sakura, al tiempo que su mano buscó los rizos suaves entre los muslos de la mujer. Ya no le importó si le dolería.
Los dedos de Sasuke eran mágicos. Sabía dónde tocarla para enloquecerla, para hacerla humedeeerse. Se puso tensa cuando los dedos del hombre apartaron los pliegues suaves y sedosos y se metieron dentro de ella. La bendita agonía la hizo gritar, reclamando alivio.
Le tiró del pelo para que se detuviera pero cambió rápidamente de idea cuando el pulgar de Sasuke comenzó a frotar el capullo de carne sensible y los dedos se hundieron en ella.
Otra vez, Sakura le clavó las uñas en los hombros y Sasuke gruñó. Ella se desesperó por tocarlo, por darle el mismo placer que él le brindaba. Trató de apartarse, pero Sasuke no se lo permitió.
Se dieron un beso ardiente, de bocas abiertas, arrasador. Sasuke le entregó la lengua y Sakura la succionó.
—Estás mojada —le dijo.
—No puedo evitarlo —murmuró, gimiendo.
Las manos de Sasuke separaron los muslos de ella y comenzó a penetrarla con lentitud.
—No quiero que lo evites.
—¿No? —preguntó la mujer, haciendo fuerza para que la penetrara más. Haciéndolo con tanta lentitud, la volvía loca. Sabía que moriría, pero quería que la llenara, que la quemara.
—Significa que te excito —murmuró Sasuke—. No te muevas así. Déjame...
—¡Sasuke, no es momento para bromas!
Si hubiese tenido fuerzas, habría reído.
—Estoy tratando de ser suave —le dijo—. Pero eres tan estrecha que yo...
Sakura se arqueó contra él y Sasuke olvidó su propósito de ser gentil. Colocó las piernas de ella en torno de su propia cintura, aferró el cabello de la mujer alrededor de sus manos para que no se apartara de él y la embistió con un movimiento enérgico.
Ya estaba tan fuera de control que no supo si la lastimaba o no. No podía detenerse. Cubrió con la boca las protestas que pudiera pronunciar Sakura, y cuando supo que ya no podría contenerse, cuando sintió que estaba por derramar su simiente en la mujer, deslizó la mano entre los cuerpos de los dos y la incitó a que se uniera a él.
Lo sorprendió la fuerza de las piernas de Sakura. Lo apretó entre sus muslos, obligándolo a un orgasmo inmediato.
Sasuke se dejó caer sobre ella y le llevó largo rato recuperar la fuerza para mirarla. El primer pensamiento coherente que se le ocurrió fue que había abusado de ella.
—¿Te he lastimado? ¿He sido muy rudo contigo? —murmuró.
Sakura no le respondió. Sasuke se apoyó sobre un codo y la contempló con evidente preocupación.
Estaba profundamente dormida y Sasuke no supo qué hacer. Vio que tenía los dedos entrelazados en el cabello de ella y, con una paciencia que lo sorprendió, separó los rizos y se tomó unos momentos para apartarle el pelo de las mejillas.
Supo que la había satisfecho. Si bien lady Uchiha dormía como un tronco, tenía una sonrisa en el rostro.
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El día siguiente resultó el más difícil para Sakura. Viajaban por una comarca salvaje, de asombrosa belleza, con lagos que el viento rizaba y parámos abiertos, tapizados de una hierba del color y el brillo de las esmeraldas. También había colinas desoladas. Parte del terreno ondulado tenía un denso follaje verde llamado puerro silvestre, que despedía un aroma peculiar cuando se pisaba. La grandiosidad del paisaje de las Tierras Altas hizo pensar a Sakura que ascendían lentamente al paraíso.
Hacia el mediodía el paisaje perdió atractivos. El aire era más marcadamente punzante e intenso a cada hora que pasaba. Sakura se arropó en la capa de invierno. Tenía tanto sueño que casi se cayó de la montura, por lo que Sasuke se acercó de inmediato a ella y la puso sobre su propio caballo. Sakura no se resistió, aun cuando su esposo le quitó la capa y la arrojó al suelo. La envolvió en el pesado manto y la apretó contra sí.
Soltó un sonoro bostezo y preguntó:
—Sasuke, ¿por qué has tirado mi capa?
—Para abrigarte usarás el manto con mis colores, Sakura.
No pudo resistir la tentación de rozar con la boca la coronilla de la mujer. Comenzaba a pensar que su esposa era el ser más sorprendente: podía quedarse dormida en un abrir y cerrar de ojos.
Le gustaba sentirla apoyada contra él, su aroma femenino; y en el fondo de la mente de Sasuke se formó una idea: Sakura confiaba en él por completo. Eso era lo que más le gustaba.
No había mencionado la noche de amor apasionado pues, a la luz de la mañana, el sonrojo de ella le indicó que no quería hablar del tema.
Su timidez lo divertía.
Sin embargo, la mujer no era muy fuerte, no conocía las limitaciones de su propio cuerpo. De inmediato, Sasuke vio que estaba agotada y procuró ir a paso lento.
Sakura dormía profundamente; Sasuke tuvo que sacudirla varias veces hasta obtener una respuesta.
—Sakura, despiértate. Estamos en casa —repitió por tercera vez.
—¿Estamos en casa? —preguntó, confusa.
Con suma paciencia, Sasuke eludió los codos de ella, que se frotaba los ojos.
—¿Siempre te cuesta tanto despertarte después de una siesta? —le preguntó.
—No lo sé, nunca he dormido la siesta.
Sakura se volvió para mirar en derredor y no vio el entrecejo de Sasuke.
—Sasuke, solo veo árboles. ¿Me has despertado para burlarte de mí?
En respuesta, el hombre le alzó la barbilla y señaló:
—Allá, esposa. Encima de la próxima loma. Puedes ver el humo del hogar.
En efecto, Sakura vio la columna de humo que se rizaba elevándose hacia las nubes, y un atisbo de la torre cuando Sasuke hizo avanzar al caballo por la falda de la colina.
Por fin, apareció a la vista el muro que rodeaba el castillo. ¡Señor, era gigantesco! Una de sus secciones parecía haber sido construida dentro de la falda de la montaña. Estaba hecho con piedras pardas, una innovación con respecto a la tradición inglesa, pues la mayoría de los castillos de los barones se construían con madera. Además, el muro de Sasuke era mucho más alto: la cima parecía tocar las nubes. Por otra parte, la estructura estaba incompleta pues había una amplia brecha junto al puente levadizo.
Los árboles estaban cortados dejando un ancho margen alrededor del muro y no había una brizna de hierba sobre la falda rocosa que aliviara el paisaje desolado.
Una fosa, de aguas negras como la tinta, rodeaba la estructura. El puente levadizo de madera estaba bajo pero no entraron por él sino por la brecha en el muro.
El castillo era mucho más grandioso que la humilde morada del padre de Sakura y esta pensó que Sasuke debía de ser un hombre rico. El edificio principal no tenía una sola torre sino dos, y se sabía lo costoso que resultaba construir una.
Desde luego que Sakura no esperaba nada tan magnificente. Había imaginado que todos los escoceses vivían en cabañas de piedra con tejados de paja y suelos de tierra, como los siervos ingleses, pero ahora comprendió que ese era un prejuicio de su parte. De todos modos, había cabañas; calculó que serían unas cincuenta que asomaban entre las ramas de los árboles hasta donde su vista alcanzaba, colina arriba. Sakura supuso que las cabañas pertenecían a los miembros del clan Uchiha y a sus familias.
—Sasuke, tu casa es grandiosa —le dijo—. Cuando el muro esté terminado, el patio inferior encerrará media Escocia, ¿no crees?
Al percibir el asombro en la voz de Sakura, Sasuke sonrió.
—¿Vives solo? No veo a un solo soldado.
—Mis hombres están esperando en la cima de la colina —respondió Sasuke—. En el patio.
—¿También las mujeres?
—Algunas —repuso Sasuke—. Casi todas las mujeres y los niños se fueron al feudo Gillebrid por el festival de primavera y la mitad de mis soldados están con ellos.
—¿Y por eso está todo tan tranquilo? —Sakura se volvió, sonrió a Sasuke y preguntó—: ¿Cuántos hombres tienes bajo tu mando?
En cuanto formuló la pregunta, la olvidó pues la sonrisa de Sasuke capturó su atención.
—Estás feliz de haber regresado al hogar, ¿verdad? —dijo.
La ansiedad de Sakura le complació.
—Hay unos quinientos hombres, quizá seiscientos cuando se juntan todos. Sí, inglesa, estoy feliz de estar en mi casa.
Sakura se mostró exasperada.
—¿Quinientos o seiscientos? ¡Oh, Sasuke, estás burlándote de mí!
—Es verdad, Sakura. Hay tantos Uchiha como te he dicho.
Sakura supo que Sasuke estaba convencido de lo que decía.
—Pienso que crees que tienes esa cantidad de hombres, según la manera de contar de los escoceses.
—¿Qué quiere decir eso?
—Sasuke, simplemente insinúo que no sabes contar. A fin de cuentas, me dijiste que nos llevaría tres días llegar a tu casa, y nos ha llevado mucho más.
—Hemos venido a paso lento por tu estado —le explicó Sasuke.
—¿Qué estado?
—Estabas débil; ¿lo has olvidado, acaso?
De inmediato, Sakura se ruborizó y Sasuke comprendió que no lo había olvidado en absoluto.
—Y es evidente que estás agotada.
—No —replicó Sakura—. No tiene importancia —se apresuró a decir al ver que Sasuke fruncía el entrecejo. Iba a conocer a sus parientes y prefería que siguiera de buen humor—. Si me dices que aquí hay setecientos hombres bajo tu mando, yo te creo.
Una sonrisa le indicó que lo había apaciguado pero no pudo resistir la tentación de provocarlo un poco.
—De todos modos, ¿no es extraño que no vea a ningún hombre? ¿Acaso podrían seiscientos soldados estar ocultos esperando en el recinto?
Al ver que Sakura trataba de ocultar su irritación, Sasuke rió y luego soltó un silbido agudo.
La señal fue respondida de inmediato. Aparecieron desde lo alto del muro, de las cabañas, los establos, los árboles y el bosque que los rodeaba, luchadores de aspecto feroz, tantos que cubrieron todo el espacio.
Sasuke no había exagerado; más bien se había quedado corto. Mientras Sakura contemplaba a los soldados, él hizo un gesto de asentimiento y luego alzó una mano. Cuando la cerró formando un puño resonó un fuerte clamor.
Ella quedó tan ensordecida por el barullo que se aferró de la mano de Sasuke, que le rodeaba la cintura en ademán posesivo. No podía dejar de mirar a los hombres, aun sabiendo que era descortés. Estoy en una tierra de gigantes, pensó, pues casi todos los soldados parecían tan altos como los pinos que, por lo que sabía, les gustaba arrojar.
Aunque el tamaño de los hombres era impresionante y las miradas penetrantes la enervaban, lo que más la impactó fue la forma en que estaban vestidos.
Cholie no había estado ebria: sabía lo que decía. Los escoceses usaban vestidos de mujer. De mujeres medio desnudas, precisó Sakura para sí sacudiendo la cabeza. No, no eran vestidos, eran mantos.
Todos llevaban el mismo tipo de manto con los colores de Sasuke. Los hombres lo llevaban sujeto a la cintura con un cinturón y apenas les cubría las rodillas.
Algunos llevaban camisas de color azafrán; otros, nada. La mayoría estaban descalzos.
—¿Quieres contarlos? —preguntó Sasuke. Hizo avanzar al caballo y dijo—: Esposa, creo que ahora hay aquí unos doscientos. Pero si quieres...
—Yo diría que son quinientos —murmuró.
—Ahora eres tú la que exagera.
Sakura lanzó una mirada a su esposo y trató de recuperar la voz. Una muralla de soldados se alineaba a lo largo del camino por el que ellos andaban. Dijo, bajando la voz:
—Sasuke, si estos son solo la mitad, tienes tu propia legión...
—No. Una legión consta de tres mil, en ocasiones hasta seis mil hombres. Yo no tengo tantos, Sakura, a menos que convoque a mis aliados, por supuesto.
—Por supuesto.
—No tienes nada que temer.
—No temo. ¿Por qué crees que estoy asustada?
—Estás temblando.
—No —repuso Sakura—. Es que todos nos miran.
—Sienten curiosidad.
—No los hemos sorprendido, ¿verdad, Sasuke? —dijo en tono muy afligido.
—¿De qué hablas?
Sakura le miraba el mentón. Sasuke le alzó la barbilla, vio que estaba muy sonrojada y que se inquietó más aún.
—Mis guerreros están siempre preparados.
—No lo parecen.
De pronto, el hombre comprendió qué era lo que la inquietaba de ese modo.
—No los llamamos vestidos.
Sakura adoptó una expresión asombrada.
—¿Acaso Homura te dijo...?
—Yo estaba allí.
—¿Dónde?
—En el establo.
—¡No me digas!
—Sí.
—¡Oh, Dios!
Desesperada, Sakura intentó recordar la conversación con el jefe de los establos.
—¿Qué más escuchaste? —preguntó.
—Que a los escoceses nos importan las ovejas, que nos arrojamos troncos de pinos unos a otros, que...
—Cuando dije eso estaba burlándome de mi hermana... y creí que Cholie estaba ebria cuando me dijo que... Sasuke, ¿siempre se visten de un modo tan indecente, con las rodillas al aire?
Sería una vergüenza si en ese momento Sasuke se reía en su cara.
—Cuando te establezcas, te acostumbrarás —le prometió.
—Tú no te vistes como los soldados, ¿verdad? —dijo, horrorizada.
—Sí.
—No, no lo haces. —Sakura suspiró al comprender que acababa de contradecirlo otra vez, pero Sasuke no pareció molestarse cuando lo corrigió—: Quería decir que ahora tú tienes pantalones, y por eso supuse...
—He estado en Inglaterra, Sakura. Por eso llevo este atuendo tan engorroso.
Sakura miró otra vez en derredor y luego fijó la atención en su esposo.
—¿Cómo hacen para ponerse los pantalones por debajo de los mantos? —preguntó.
—No lo hacen.
—¿Y entonces... ? —La expresión maliciosa de Sasuke le reveló que la respuesta no le agradaría—. No importa —exclamó—. He cambiado de idea. No quiero saber lo que llevan debajo.
—Oh, pero yo quiero decírtelo.
Sonreía como un pilluelo. Sakura suspiró ante las observaciones poco caballerescas de su esposo y ante su propio comportamiento, tan poco digno de una dama. ¡Señor, a cada momento le parecía más atractivo! El corazón de Sakura comenzó a palpitar como las alas de una mariposa.
—Luego me lo dirás —murmuró—. Por la noche, tarde, Sasuke, cuando esté oscuro y no puedas ver mi rubor. Cuando pelean, ¿usan cota de malla? —Agregó la pregunta para hacerle olvidar su propio pudor ante la falta de ropa de los soldados.
—Nunca usamos armadura —le explicó Sasuke—. La mayoría de nosotros solo usamos el manto. No obstante, los guerreros curtidos prefieren ir a la manera antigua.
—¿Cuál es?
—No llevan nada puesto.
En ese momento, Sakura se convenció de que estaba bromeando. La idea de guerreros desnudos cabalgando en medio de la guerra la hizo reír encantada.
—De modo que arrojan los mantos y...
—Sí, eso hacen.
—Sasuke, debes considerarme lo bastante ingenua para creer una historia tan absurda. Basta de burlarte, por favor. Además, es descortés que ningunees a tus hombres tanto tiempo.
Tras semejante afirmación, le dio la espalda, se apoyó contra el pecho de Sasuke y compuso una expresión serena, dirigida a los soldados ante los que pasaban en su camino colina arriba.
Le costó un esfuerzo considerable, después de las ideas vergonzosas que Sasuke había implantado en su cabeza.
—Esposa, tienes que aprender a no dar órdenes —dijo, apoyando la barbilla sobre la cabeza de ella. Fue una suave regañina y Sakura sintió que una oleada de placer le recorría el vientre.
—Esposo, me gustaría hacer lo correcto y tú tendrías que hacer lo mismo. La grosería nunca es aceptable, en ninguna medida, ni aun en un escocés.
Cuando llegaron al segundo claro, resonó un grito entre los árboles. En cuanto Fuego Fatuo comenzó a encabritarse, Sasuke tiró de las riendas y luego desmontó. Dejó a Sakura sobre el potro y condujo ambos caballos hacia el grupo de soldados que los esperaban.
¡Qué nerviosa estaba Sakura! Apretaba las manos entre sí para que los soldados no advirtiesen cuánto le temblaban.
Del grupo se separó un hombre pelinegro, de tamaño similar al de Sasuke, y saludó al señor. La apostura del hombre hizo suponer a Sakura que debía de ser pariente de Sasuke. También supuso que era el segundo comandante y amigo del esposo, pues abrazó al jefe y le dio unas fuertes palmadas en la espalda.
A Sakura esas palmadas la hubiesen tirado al suelo, pero Sasuke ni se movió. El acento escocés del hombre era tan cerrado que la muchacha no podía entender todas las palabras, pero entendió las suficientes para ruborizarse. Los dos gigantes se insultaban uno a otro. Será una de sus extrañas costumbres, pensó.
Luego, la conversación se tornó seria y Sakura supo que las noticias que recibía su esposo no eran buenas. La voz de Sasuke adoptó un matiz cortante y se puso ceñudo. Parecía furioso y los soldados, preocupados.
No hizo ningún caso de ella hasta que llegaron al recinto interior. Entonces, arrojó las riendas de Fuego Fatuo a los hombres que los rodeaban, se volvió hacia Sakura y la bajó al suelo.
No la miró. Sakura permaneció de pie junto a su esposo mientras este seguía conversando con el soldado.
Al parecer, la curiosidad de los hombres de Sasuke estaba dividida. La mitad de ellos la miraba fijamente, con expresiones que sugerían que no les agradaba lo que veían. Los otros rodeaban a Fuego Fatuo y sonreían. ¿Qué cabía pensar ante esto?
A Fuego Fatuo no le gustaba la atención que recibía más que a la misma Sakura. El nervioso animal retrocedió, resopló y trató de pisotear a los hombres que sujetaban las riendas.
Sakura reaccionó de una manera instintiva, como una madre que ve a su hijo comportándose mal; de inmediato se propuso cortar de raíz el berrinche de la yegua.
Se movió con demasiada rapidez para que Sasuke pudiese detenerla. Sin hacer caso de los presentes, pasó alrededor de Sasuke y del potro, apartó a codazos a dos enormes soldados y corrió a tranquilizar a su niñita.
Se detuvo a pocos metros de la mascota. No tuvo necesidad de pronunciar una palabra áspera. Se limitó a alzar la mano y a esperar.
De inmediato, Fuego Fatuo se tranquilizó y la expresión salvaje desapareció de sus ojos. Ante la mirada fascinada de los soldados, la orgullosa beldad blanca trotó hacia el ama para recibir una caricia.
De improviso, Sasuke apareció junto a Sakura, le pasó un brazo sobre los hombros y la atrajo hacia sí.
—Por lo general es muy dócil —le dijo Sakura al esposo—. Pero está cansada y hambrienta, Sasuke. Creo que tendría que llevarla a...
—Teyaki se ocupará de eso.
Sakura no quiso discutir con su marido delante de los hombres. Sasuke tomó las riendas de Fuego Fatuo, habló unas precipitadas palabras en gaélico, dándole instrucciones al joven que acababa de acercarse a él.
En opinión de Sakura, Teyaki era demasiado joven para ser jefe de establos, pero en cuanto afirmó que Fuego Fatuo era un caballo espléndido, supo que el joven era capaz de reconocer a un buen animal cuando lo veía. Además, tenía voz suave, en contraste con el cabello negro azulado y el cutis sonrosado, y una sonrisa contagiosa.
Fuego Fatuo lo detestó. Trató de abrirse camino entre Sakura y Sasuke, pero Teyaki demostró ser enérgico. Sasuke dio una orden cortante, y el jefe de establos pudo restablecer el control por completo. Sakura observaba, sintiéndose como una madre ansiosa a la que separan de su hijita.
—Se acostumbrará.
La afirmación de Sasuke la irritó. De modo que ella y la yegua eran lo mismo a los ojos de Sasuke, ¿verdad? Le había dicho lo mismo a Sakura: caballo y esposa.
—Quizás, ella sí —respondió Sakura, subrayando «ella».
Comenzaron a caminar hacia los escalones de entrada al castillo y Sasuke aún no la había presentado a sus hombres. Sakura pensó en ello largo rato hasta que al fin se le ocurrió que estaría esperando el momento oportuno para hacerlo como correspondía.
Solo cuando llegaron al último escalón Sasuke se detuvo. Se volvió y la hizo girar, con el brazo todavía sujetándole con fuerza los hombros.
Luego la soltó, aceptó el manto que le ofrecía uno de los soldados y lo plegó sobre el hombro derecho de Sakura. En cuanto concluyó ese gesto, en el recinto se hizo un silencio total. Los soldados apoyaron las manos sobre los corazones e inclinaron las cabezas.
Había llegado el momento. Sakura se mantuvo erguida como una lanza, las manos a los costados, esperando escuchar el discurso maravilloso que Sasuke pronunciaría ante sus hombres. Ahora me alabará, lo quiera o no, pensó.
Sakura se propuso recordar cada palabra para poder evocarla y saborearla cada vez que Sasuke se enfadara con ella en el futuro.
De hecho, fue un discurso breve y terminó antes de que Sakura lo advirtiese. La voz de Sasuke resonó sobre la multitud cuando gritó:
—¡Mi esposa!
¿«Mi esposa»? ¿Eso era todo? ¿No tenía nada más que decir? Como guardó silencio, Sakura supuso que había terminado. Y como había hablado en gaélico y Sakura estaba decidida a no decirle que conocía el idioma, no podía demostrar lo irritada que estaba por lo escueto del discurso.
A una señal de Sasuke, los hombres alzaron las espadas y otro fuerte clamor resonó en el recinto amurallado.
Sakura se aproximó más a Sasuke, inclinó la cabeza e hizo una reverencia a los soldados.
Las exclamaciones y vivas sobresaltaron a Sakura. Sasuke pensó que se sentía un tanto intimidada, abrumada por la atención recibida.
—Sasuke, ¿qué les has dicho? —murmuró, aunque lo sabía perfectamente. En cuanto le respondió, Sakura quiso decirle que de verdad podría haberse explayado, pero no tuvo oportunidad.
—Les he dicho que eras inglesa —mintió Sasuke. Volvió a sujetarla por los hombros y, como era su costumbre, la alzó contra el costado. ¡A decir verdad, la trataba como a un saco de viaje!
—Claro, por eso lanzan vivas —repuso Sakura—. Porque soy inglesa.
—No, esposa. Por eso gritan —dijo, ofuscado. Sakura movió la cabeza—. ¿Qué piensas de mis hombres? —preguntó, ya en tono serio.
Sakura le respondió sin mirarlo:
—Estoy pensando que todos ellos tienen espadas, y tú no, Uchiha. Eso es lo que estoy pensando.
Sonriendo ante la ironía, Sasuke pensó: No cabe duda de que esta mujer tiene carácter.
Los soldados la miraban sin disimulo y Sasuke comprendió que tenían que saciarse de contemplarla. Les llevaría tiempo habituarse a la apariencia de Sakura; a decir verdad, al mismo Sasuke le costaba aún acostumbrarse.
El soldado que Sakura supuso el segundo comandante se apresuró a subir los escalones a petición del jefe. Se paró fren te a ella esperando la presentación.
—Esposa, este es Óbito. Él queda a cargo cada vez que yo estoy ausente.
Cuando Óbito la miró a los ojos, Sakura sonrió a modo de saludo. Pero como el hombre seguía mirándola con fijeza, la sonrisa de Sakura comenzó a vacilar. Se preguntó si esperaría que dijera algo o si existía alguna formalidad que ella tenía que cumplir.
Era un hombre muy atrayente. Le recordaba a Asuma, el esposo de Kurenai, pues cuando por fin el hombre le sonrió, los ojos negros brillaron divertidos.
—Es un honor conocerla, lady Uchiha.
Óbito no le quitó la mirada mientras le decía a Sasuke:
—Elegiste bien, Sasuke. Me pregunto cómo convenciste a Asuma...
—Arrojamos los troncos y yo gané el derecho de elegir el primero —dijo Sasuke—. Fue una elección por eliminación.
—¿Eliminación? —Sakura dirigió al marido una mira da colérica.
—¿Estás burlándote de mí ante tu amigo, o hablas en serio?
—Estoy bromeando —respondió Sasuke.
—Siempre bromea —le dijo Sakura a Óbito, como un modo indirecto de disculpar la escandalosa afirmación del esposo.
Óbito quedó perplejo. Nunca, en toda su vida, había visto que Sasuke bromeara acerca de nada. Pero no pensaba contradecir a lady Uchiha.
Volvió la cabeza a tiempo para ver que Sasuke le guiñaba un ojo a su esposa.
—Está exhausta, Óbito —dijo Sasuke, captando la atención del soldado—. Lo que más necesita ahora es una buena cena y una noche de descanso.
—Primero necesita conocer tu casa —dijo la misma Sakura en tono exasperado—. Porque siente mucha curiosidad.
Sasuke y Óbito sonrieron al ver que, de manera sutil, Sakura los censuraba por hablar como si ella no estuviese presente.
Sakura también sonrió, complacida por haberlos superado de ese modo.
—Sasuke, ¿podría darme un baño, también?
—Milady, me ocuparé de inmediato de ello —dijo Óbito, antes de que Sasuke pudiese responder.
Siguió a la nueva señora como una marioneta. Sasuke observó cómo Óbito miraba a su esposa y lo divirtió la forma en que su amigo intentaba disimular su reacción ante ella: no podía apartar la mirada.
—Gracias, Óbito —repuso—. Pero no debes ser tan formal conmigo. Por favor, llámame Sakura. Ese es mi nombre.
Como el amigo de Sasuke no respondió a la sugerencia, Sakura se volvió y vio que Óbito fruncía el entrecejo.
—¿No es aceptable? —preguntó.
—¿Has dicho que tu nombre era Susi?
—No, es Sakura —le aclaró, asintiendo, al ver que Óbito parecía confuso.
El soldado se volvió hacia Sasuke y barbotó:
—¡Pero ese es nombre de varón!
