Excalibur: ¿Hola, Kara?
Excalibur: no he vuelto a saber de ti y no has respondido ninguno de mis mensajes, me preocupas un poco.
Contemplé la pantalla varios minutos, había encendido mi celular después de tres días y lo único que llamó mi atención fueron esos mensajes. Mis dedos se pasaron por el teclado sin escribir nada en concreto. Antes de entrar en todo ese enfermo estado recordaba haber estado hablando con ella, ver a Mackenzie en aquella cafetería con un celular al mismo tiempo me había puesto paranoica. Pero Excalibur no podía ser Mackenzie, simplemente no era posible.
Me aferré a eso y me saqué las locas ideas de la cabeza.
Kara: hola, aquí estoy. Me enfermé un poco eso es todo.
Guardé el celular en el bolsillo trasero y salí de mi cuarto, en la sala me esperaban Alex y Becca, sus maletas estaban ahí.
—Desearía quedarme más, Kara —dijo mi hermana, a su lado Becca asintió.
—No fue muy acertado lo que pasó, no se preocupen.
—Te prometo que la arrastraré hasta aquí cuando encuentre oportunidad y tendremos un buen fin de semana, pero cuídate ¿si? No quiero que te desmayes en plena calle.
—Claro, Becca. Mamá ya me dejó varias... Cosillas para los próximos días y estaré mejor del todo.
Eliza me había traído todo tipo de suministros vitamínicos para la semana ya que tenía que estabalizar mi organismo y bla, bla. Lo único «importante», según ella, es que mencionó algo de hormonas alteradas, no la escuché del todo.
—Tengo el día libre, puedo acompañarlas hasta el aeropuerto —las dos se miraron preocupadas y yo ya conocí la respuesta. —Oh, vamos. Odio estar aquí, creo que no siento la luz del sol desde hace siglos.
—Sabes lo que ha dicho mamá, Kara. Que tengas permiso de faltar a clases no significa que puedas salir. Queremos lo mejor para ti y eso significa que te quedes aquí y esperes a recuperar las energías sin luz solar.
—Esos medicamentos no...
—Esos medicamentos te ayudarán —Alex me cortó, levantó una ceja y yo fruncí el ceño.
—Las detesto.
—No, no lo haces.
Me acerqué a las dos y las abracé.
—Las voy a extrañar.
—Nos mantendremos en contacto —añadió Becca y asentí.
—Más les vale.
—Suerte con tu amiga especial.
—Alex —le advertí, pero ella solo sonrió buscando las maletas.
—Vamos, se nos hará tarde.
Y como si nada desaparecieron. Habían venido para que yo solo me la pasara durmiendo. Fantástico modo tenía mi cuerpo de darme sorpresas. Preferí pensar que pronto volverían y podría disfrutar de estar con ellas al cien por ciento, sin poderes que me drenaran las energías o cosas por el estilo.
Mi madre había partido temprano y había dispuesto en mi habitación todo un kit de pastillas y pequeñas botellas líquidas de colores. Al pie de cada una habían notas indicando el horario y muchas cosas más que no tenía emoción de leer. Al volver a mi cuarto tragué el primer par de pastillas y me tomé el brebaje azul claro que correspondía a vaya saber Rao cuál función.
Habría preferido incluso asistir a mis clases antes de morirme del aburrimiento aquí pero no podía. Tenía prohíbido salir al menos durante un día, ¿pero qué iba a hacer aquí? Maggie estaba trabajando y Lena ni siquiera había vuelto, así que lo único que me quedó fue encender el televisor y ver qué había de interesante.
Excalibur: me alegro de al fin saber algo de ti, ¿qué pasó?
El celular me sobresaltó y al segundo ví de quién se trataba. Que oportuna la chica.
Kara: solo un problema de salud, nada grave.
Excalibur: comenzaba a creer que tenía que comenzar a preguntar por tu cuarto y relevar mi gran identidad para ver si todavía estabas viva.
Kara: demonios, debí haber esperado y habría sabido quién eras. Mal por mí.
Excalibur: calla, en serio estaba preocupada.
Kara: apenas me conoces, ¿cómo podrías estarlo?
No llegó respuesta por al menos dos minutos, me puse a cambiar los canales hasta llegar a una vieja serie del viejo oeste y el teléfono volvió a sonar.
Excalibur: sinceramente no lo sé. Pero no me gustaría que desaparecieras sin más, como si nada. Me gusta pasar el rato contigo.
Kara: lo único que hacemos es enviarnos mensajes de texto, duh.
Excalibur: confío en que algún día nos conoceremos.
Kara: ¿Sí? Pues que concepto más loco, eh. Vamos a la misma universidad y además de no hablarme en persona tampoco quieres decirme tu nombre. ¿Cómo piensas que nos conoceremos en circunstancias así?
Excalibur: oye, dame un respiro, es un poco difícil. O sea, tú dime, ¿debería solo ir hacia ti de la nada en los pasillos y decirte quién soy?
Kara: ¿pues sí?
Excalibur: nah, tus encantos me nublarían la conciencia y creerías que soy una idiota.
Kara: podrías dejarme lo de juzgar como eres a mí. ¿Pero cómo crees que seríamos las dos, ya sabes, ya conociéndonos?
Excalibur: que profunda eres, Kara.
Excalibur: pues a ver, imagino que tú serías la que siempre insiste en que haga lo correcto.
Kara: ¿cómo sabes eso?
Excalibur: por empezar nunca dejas de querer saber quién soy, no desistes en conocer mi identidad, como si tuvieras que saber cada cosa al pie de la letra. No te prestas para un poco de misterio y eso me hace creer que prefieres que todo esté en regla, correcto y sin nada de dudas.
Kara: ¿por qué eso me suena a perfeccionista y de hecho, qué tiene que ver con hacer lo correcto?
Excalibur: aunque pensándolo bien de vez en cuando te gusta salir de lo mismo y romper tus límites, si es que nuestra última charla nocturna no me distorsionó la mente, estabas bien suelta. Por lo que tal vez un poco de aventura de vez en cuando te gustaría.
Kara: soy muy aventura, ¿okay? Y no solo por lo de esa noche.
Excalibur: nunca respondiste a mi pregunta del otro día.
Kara: ¿cuál?
Excalibur: si considerabas un error lo de aquella noche.
Lo pensé un instante pero nada me daba entender lo contrario, no había sido malo, lo había disfrutado de hecho.
Kara: no fue un error, fue una experiencia un tanto sorpresiva pero no un error.
Excalibur: ahí está la Kara aventurera que tanto llama mi atención.
Kara: ¡puedo ser aventurera! Pero antes de que siquiera pase por tu mente, ni se te ocurra creer que eso se repetirá ahora mismo.
Excalibur: ¿dices que ahora no pero en otro momento si? Vaya, sorpresa, sorpresa.
Kara: ¡no dije eso!
Tecleaba con cierto ánimo cuando la puerta de entrada se abrió y Lena entró cargando una bolsa de cartón. Bajé el celular por instinto y éste vibró otra vez pero no lo miré.
—Hey, no te volví a ver ayer, creí que...
—¿Estaba en lo de mi padre? —dijo sin un tono en específico y alzó una ceja. —No, fui a ver a alguien a otra ciudad.
—No me refería a eso, Lena.
—¿A qué otra cosa entonces? No importa. ¿Quieres algo de comida? Se me quitó un poco el hambre de camino.
Estiró la cuadrada bolsa y yo la tomé solo por hacerlo, tampoco tenía mucha hambre que digamos. Su expresión se suavizó en cierto momento y se quitó la chaqueta de cuero, sus pálidos brazos quedaron al descubierto y con ellos las cicatrices.
—¿Maggie no está?
—No. Estoy sola. Mi hermana, su novia y mi madre se fueron esta mañana.
—Ah, ya —al quedar como tontas viendonos sin articular palabra se me ocurrió una estúpida idea.
—¿Quieres ver algo conmigo?
—¿Algo cómo qué?
—Lo primero que encuentre en la televisión —su mirada fue a parar a la pantalla que yo casi había olvidado y ladeó la cabeza mientras se acercaba. Quizás era idea mía pero tenía los labios especialmente hinchados hoy. Dejó la chaqueta en otro sofá y se sentó a mi lado. —Voy a, eh... El baño un momento.
Estaba un poco alterada, esa era la realidad. Si ese tema acerca del efecto secundario de las hormonas alocadas que mi madre me había avisado significaba sentirme así, pues debí hacerle más caso cuando me lo explicó. Me eché agua en la cara para intentar calmar la extraña adrenalina y mi celular sonó de nuevo. Me había olvidado por completo de Excalibur.
Excalibur: sí, como digas.
Excalibur: ¿desapareciste ya?
Kara: solo me distraje con algo de tarea que recién recuerdo, te hablo más tarde.
Salí del baño creyendome toda una persona renovada, pero antes de que Lena notara mi presencia casi volé hasta mi cuarto y me puse algo más apropiado. Estaba con bastante calor por lo que agarré lo primero que ví. Ya era tarde para buscar algo diferente así que me lancé al mundo con un top gris y esperé que Lena no lo notara demasiado.
Claro que tenía que ser estúpida para no darme cuenta que lo primero que Lena miraría al ir hasta ella sería mi abdomen al descubierto.
—Tienes... ¿Abdominales? —dijo Lena de lo más normal y yo miré hacia abajo también.
—Eso parece, que extraño, ¿no? Apenas hago ejercicio —ella solo asintió pero los ojos verdes no se iban de mi piel. —¿Quieres tocar?
—¿Qué cosa dijiste?
—Ven, toca, dime qué piensas tú como amiga —antes de que su balbuceo se convirtiera en negación agarré su mano abierta y la puse bajo la tela del crop top sonriendo. —Genial, ¿no?
—Kara, creo que...
—¿Si? No miento, jamás he hecho ejercicio alguno. ¿Qué dices?
No solté su mano pero por si misma comenzó a tocar. Recorrió mi estómago haciéndome cosquillas leves sin querer en los sectores más bajos y provocando cierto calor adicional al que ya tenía. Solo sonreí esperando su respuesta.
—Duro.
—¿Está duro verdad? —de repente quitó la mano levantando la cabeza hacia cualquier otra dirección que no fueran mis ojos. Tomé una larga bocanada de aire, se sentía como si el ambiente estuviera cargado de pesadas emociones. Lena tomó el control remoto, todavía sin verme, y cambió a un canal cualquiera.
No puedo recordar que miramos las siguientes horas ni tampoco de lo que hablamos pero sé que fueron un montón de tonterías las que salieron de mi boca. Había ido a tomar otro de mis medicamentos y cuando regresé Lena había apagado el televisor.
—¿Qué hora es? —pregunté poniéndome las manos en la cintura. —Tengo hambre, creo que tengo hambre. ¿Comemos?
—Mas de las ocho —respondió insegura. —¿Kara, te pasa algo?
—¿A mí? No, no. Cielos, tan tarde ¿ya?
—Ven, te preparo algo para que comas.
La seguí hasta la cocina y me apoyé en la mesada dejando caer mi peso sobre los codos, no descubría por el momento qué emociones eran las que cargaba encima. ¿Estaba de buen humor acaso? Sí, podría ser. Ni siquiera tenía sueño ni cansancio, estaba muy despierta de hecho.
—¿Entonces qué haremos luego? —al pasarme un sándwich de queso frunció el ceño.
—¿Luego? ¿No estás cansada? Estuvimos viendo tres películas de al menos dos horas cada una y no tienes ni una pizca de sueño? —preguntó incrédula, yo solo negué con la boca llena. Lentamente y con la expresión en total confusión se puso frente a mí y colocó una mano en mi frente. La observé atenta, todo lo que ella era, ciertamente tenía los labios más hinchados de lo común. La mandíbula tan recta y... Oh, que hermosos ojos. —No pareces tener fiebre.
—Me siento muy bien, siento que podría derribar este edificio de un solo soplo. ¿Vamos afuera a intentar?
—Estás comportandote un tanto extraña —pese a la seriedad la sonrisa le ganó debido a mi ocurrencia y le devolví la misma tonta sonrisa. Algunas migajas del sándwich escaparon de mi boca.
—No me mires parezco de cinco años comiendo como animal.
Yo permanecía con la cintura apoyada en la mesada y acababa mi comida cuando Lena, aún frente a mí, limpió las migas del pan. Pasar los dedos por mis labios fue sin duda una de las cosas que no debió hacer. Me quitó el plato vacío y lo puso a un costado, escuchaba un corazón palpitar acelerado pero estaba segura de que no era el mío. Sonreí y sin querer me encontré estudiando de nuevo sus labios.
—Soy muy aventurera.
—¿Cómo? —replicó en un susurro y la miré fijamente a los ojos.
—¿Sabes que soy aventurera, Lena?
—Es bueno que me lo confieses, gracias —dijo moviendo la cabeza extrañada pero divertida. Sonreí de lado y me incliné apenas unos centímetros, me moví hacia adelante lo necesario para sentir su aroma y estar frente a su cara.
—¿Qué perfume usas?
—Ninguno, solo el jabón de la ducha.
—Es muy rico —murmuré oliendo su cuello. Muy delicioso en verdad. Su piel se erizó y la ví tragar saliva pero no retrocedió. —¿Puedo verlo?
—¿Me estás pidiendo que te muestre el jabón del baño?
—¡Pues claro! —repliqué tomando su mano y arrastrandola conmigo al cuarto de baño de al lado. Una vez dentro cerré la puerta sin mucho interés y me puse a buscar. —¿Dónde está?
—¿Qué estás haciendo, Kara?
—¿Tú qué crees que hago? Busco tu jabón.
—¿Nada más?
La diversión en su voz se había ido para ser reemplazada por cierta acusación. Era un tono acusador pero seductor que mi cuerpo no pudo negar. Lena tenía los brazos cruzados cuando caminó hasta a mí, se agachó un poco y tomó una bolsa cuadrada.
—Este —dijo tendiendomelo. Lo tomé y rompí el envoltorio, oli el perfume suave del jabón, su exacto aroma pero al segundo lo dejé a un costado del lavamanos. —¿Y bien?
—No es lo mismo.
—Es el que uso.
—Me gusta más cuando lo siento en ti.
El estómago me hacía cosquillas y la forma en que Lena me veía encendía partes nuevas. Di un paso atrás al tiempo que ella se acercaba a mí y quedé con la espalda pegada a la pared. Ví su mano vagar con seguridad hasta mi estómago y sus dedos dibujar líneas invisibles en mi piel.
—Sabes perfectamente lo que haces, ¿no es cierto?
—No tengo idea sobre lo que hago —su mano me desconcentraba pero no me detuve. —Pero sé qué es lo que quiero.
—¿Y qué quieres, Kara?
El calor y la adrenalina se me habían expandido por todo el cuerpo. ¿Qué quería? Vaya pregunta, tan fácil había sido todo este tiempo.
Demonios, la quería a ella.
El cuerpo de Lena comenzó a rozar el mío y de inmediato supe que estaba anhelando esa cercanía. Cuando alejó la mano de mi estómago extrañé las caricias de sus dedos pero pronto las tenía apretando los lados de mi cintura, apretaba y tocaba mis caderas de una manera calculada, como si estuviera reteniéndose a ella misma de ir más hacia abajo.
—Sabes qué es lo que quiero, Lena.
—Ah, nunca podría adivinar —contestó con voz ronca. —¿Qué deseas, Kara? ¿Qué te nubla los sentidos y controla tus terminaciones nerviosas?
Mientras decía eso presionaba más mis caderas y de vez en cuando sus pulgares rozaban apenas mi estómago, provocando que yo me inclinara más hacia ella en busca de su tacto.
—Tú —sus ojos se entrecerraron entretenidos, podía vislumbrar en su mirada que tenía tantas ganas de esto como yo. —Tú nublas mis sentidos.
—Estás jugando con fuego.
—Si me sigues tocando así serás tú la que se quemará —le sonreí triunfal pero perdí la noción de donde estaba cuando se inclinó hasta mi cuello, por debajo de mi oreja, pero no habló. Solo permaneció respirando despacio en mi piel, motivando a todo mi interior a calentarse. —Dime, Lena, ¿tú qué deseas?
—¿Acaso no es obvio, Kara? —susurró en mi cuello. Me permití sonreír ante la sensación de tenerla ahí, tan cerca de mí. Pero no fue lo único. Antes de que me diera cuenta estaba mordisqueando mi piel con interés, pequeñas mordidas que apenas eran cosquillas para mí pero que sin embargo me habían hecho dejar ir un suspiro. —¿Por qué jamás has visto que tengo ganas de ti?
Cuando su boca se alejó de mi cuello abrí los ojos y me encontré con los suyos, intensos y verdes, mirándome como nadie lo había hecho nunca.
—Tú nunca... —las agallas que me habían poseído anteriormente poco a poco se disipaban para dar lugar a una emoción diferente.
—No. Nunca lo dije. ¿Por qué lo haría? Estuviste siempre tan empeñada en querer ser mi amiga que la sola idea de confesarte que...
—¿El qué, Lena? —fue un silencio que se sintió como si hubieran pasado horas. Me observaba con fijeza pero yo solo esperaba pacientemente a que hablara. Claro que no había tenido en cuenta que seguíamos en el baño, Lena a centímetros de mi rostro y una situación bastante singular. Al abrirse la puerta de par en par y encontrarme con la mirada de sorpresa de Maggie quise primero matarla, y segundo, perderme en el espacio profundo y no volver a este momento jamás. Lena apretó la mandíbula y apartó la cara, para después fulminar a Maggie con la mirada. No tardó mucho en separarse de mí y salir por la puerta. ¿Qué diantres había pasado?
—Oh, ahí est... Eh.
—Recuerdame asesinarte mañana a primera hora.
Aproveché el desconcierto de Maggie y me fui del baño hasta a mi cuarto. Por supuesto que me seguiría, Maggie no se dejaba nada atrás. Una vez cerró la puerta y se giró a verme me llevé una mano a la cara.
—¡Kara!
—Por favor no hables.
—Pero... Pero tú y... ¡Tú y Lena!
—No hay ningún Lena y yo —murmuré viendo los medicamentos puestos en orden. Examiné uno de los brebajes y en silencio los maldecí uno por uno. Malditas también mis hormonas. Me senté en la cama y Maggie hizo lo mismo frente a mí con gran confusión.
—Kara, no te atrevas a negar lo que acabo de ver. Estaban a punto de...
—Sí, bueno, creo que alguien se apareció. Cosas del destino, ¿no?
—Hablo en serio, ¿bien? ¿Qué demonios pasó entre ustedes? Por favor cuéntame —estiró la última e y puse los ojos en blanco. Apenas podía pensar con claridad en lo que había ocurrido y eso que habían pasado apenas minutos.
—Todo comenzó con esos estúpidos medicamentos —señalé la mesa de noche y Maggie asintió. —Algo en esas cosas alteró considerablemente mis hormonas, no me veas así, tú no puedes tomarlas. Pasé por alto los consejos de mi madre y olvidé por completo el efecto que traen cuando Lena llegó.
—¿Tuvieron el sexo de sus vidas? —inquirió con ojos brillosos, esperanzados.
—¿Qué? No, Maggie, calla. Comencé a sentir calor y creo que mi salvaje interna tomó el control. Las cosas que le decía a Lena y... Como sea, estaba un poco mucho alterada. Después de unas horas no paraba de decirle cosas bastante extrañas y en cierto momento dado terminé con ella en el baño para que me muestre su jabón.
Maggie abrió los ojos en grande y comenzó a dar pequeños saltitos en su lugar. ¿Esta chica tenía doce años?
—¡No me refería a eso! Hablo de su jabón de verdad, el que usa.
—Sí, como tú digas, sigue.
—Uh... Todo se volvió un poco intenso, no te daré detalles pero fue intenso.
—Sí. Eso me pareció ver cuándo abrí. ¿Pero de qué hablaron? Dudo que haya sido un encuentro meramente carnal.
—En teoría le confesé que la deseo —Maggie se llevó las manos a la boca con puro asombro. ¿Ya me podía esconder debajo de la cama?
—¡Lo sabía!
—No estás siendo de ayuda.
—Todo este tiempo negando tus sentimientos... ¿Tan difícil fue aceptarlo?
—No, pero...
—¿Pero qué? Le has dicho la verdad de una vez por todas, hasta yo estoy sorprendida.
—Sigo teniendo problemas para procesarlo, no es como si ya lo hubiera sabido ¿entiendes? Se lo confesé en un arrebato de estupidez y de paso lo entendí yo también.
—¿Qué acaso no te dabas cuenta que estabas loca por ella?
—Me quedaba en la posibilidad de que solo fuera una gran amiga y...
—¿Nunca se te pasó por la cabeza, Kara? Te pasas. Pero dime, ¿qué dijo ella?
—Algo bastante... Pues básicamente también se me confesó pero no del todo. Había algo más que quería decirme antes de que tú, señorita oportuna, llegaras.
—Lo siento —dijo hundiendose de hombros y no hice más que suspirar. —¿Pero entonces por qué dices que no hay nada entre ustedes? Ni siquiera lo hablaron muy bien que digamos.
—Fue un momento donde no estaba actuando con todas las luces así que no lo sé... ¿Por qué existiría algo? No es como si Lena...
—¡Kara, por la santísima trinidad! ¿Acaso eres ciega? ¿Ya quedaste sorda? Te dijo lo que sentía, a medias al menos, pero te lo dijo. Estuvieron medio día queriendo lanzarse al cuello de la otra y...
—Sí, de hecho se lanzó a mi cuello —rememoré en voz alta para mis adentros y Maggie me miró incrédula.
—Te mataré si no reaccionas.
—Estabamos un poco agitadas y hacía mucho calor y...
—Dime una cosa, ¿lo que le dijiste fue mentira?
—Pues no, claro que no.
—¿Entonces cuál es el drama? Si fuera tú le agradecería a esos endemoniados medicamentos por hacerte un poco más sincera en cuanto a tus sentimientos. Literalmente necesitaste drogarte para darte cuenta de la verdad que todos ya sabíamos.
—Creo que lo mejor será que duerma.
—¿Hablas en serio? ¿Qué hay de Lena? ¿No le dirás nada?
—No ahora. Necesito descansar y aclarar mis ideas antes de hablarle.
Maggie suspiró pesadamente pero se levantó de la cama, se cruzó de brazos y me observó un momento.
—Solo no pierdas más tiempo, ¿si?
Quedé sola en mi habitación y por supuesto no pegué un ojo. Era obvio que no se me iba a hacer posible dormir sabiendo que Lena estaba ahora en su cuarto y yo aquí, desentrañando todos mis nuevos sentimientos encontrados. Malditas hormonas. ¿Cómo se me ocurrió decirle todo eso siquiera?
Una cosa era cierta. Todo lo que había dicho en su presencia había sido verdad, estaba muy consciente de ello, la sorpresa había venido al enterarme yo también de que todas las preocupaciones que ella me causaba no eran debido a una amistad. Era más que una relación amistosa lo que me causaba, había estado muy ciega para no verlo.
Quería ir hacia ella ahora mismo, retomar la conversación claro que con más calma y hablar de lo que no nos habíamos dicho... porque tenía tanto que decirle. ¿Pero qué pasaba si ella ya no tenía ganas? ¿Qué hay si solo fue un calor del momento lo que le hizo actuar así? ¿Qué pasaría si no me correspondía de la misma manera? Nada más allá de lo «carnal» como diría Maggie.
Estuve un gran rato pensando, tirada en mi cama y sin intención de levantarme cuando tomé el celular y busqué a Excalibur.
Kara: ¿Puedes responderme una cosa?
Excalibur: hola, extraña, has aparecido.
Kara: sí, bueno, estuve pasando por toda una situación aquí.
Excalibur: ¿Qué ibas a preguntar?
Kara: digamos que hay algo que debería hacer pero no estoy segura de si debería hacerlo.
Excalibur: eso es un poco extraño pero continúa.
Kara: solo eso, ¿bien? Tengo algo que solucionar pero no sé cómo lo tomará la otra persona.
Excalibur: ¿es algo que quieres hacer?
Kara: uh... Sí.
Excalibur: entonces no lo pienses y hazlo, no pierdas más tiempo.
Kara: ¿Así como si nada?
Excalibur: exacto, lanzate a la aventura.
Kara: gracias por el consejo.
Alejé el celular y me puse de pie casi de un salto. Lanzarme, claro, era todo lo que tenía que hacer. ¿Por qué estaba esperando tanto siquiera?
El reloj de la mesa de luz marcaba cerca de las diez de la noche y tomé una gran bocanada. «No entres en pánico, no entres en pánico, eres una alienígena, tú puedes».
Con esas palabras de aliento salí de mi cuarto a hurtadillas y me aseguré de que Maggie no estuviera por aquí, la música que venía de su habitación me hizo saber que estaba allí por lo que caminé con rapidez a la puerta de en frente. La de Lena. Toqué y me maldecí, ¿qué hacía aquí? No, no. Me cerraría la puerta en la cara. Peor aún, no me abriría. ¿Por qué mejor no me vuelvo y... ? ¡Mierda, se abre!
—¿Kara? —Lena estaba con un pantalón corto y por todos los dioses, solo llevaba un brasier deportivo. Nope, mala idea, abortar misión. Iniciando tácticas de escape en tres, dos... —Pasa.
Tuve que entrar y tragar la saliva que por poco me caía de la boca pero me obligué a no mirarla. La única luz en su habitación provenía de un pequeño objeto redondo en el escritorio, como una pelota, conectado a varios cables. Me acerqué a el solo para ignorar su presencia a mis espaldas. Parecía de algún plástico extraño y desprendía una luz azul oscura. Aunque fuera una especie de lámpara algo pequeña iluminaba lo necesario. Su habitación se sentía como si estuviera dentro un club nocturno y ese detalle solo me puso más nerviosa.
—¿Duermes así siempre?
—Me gustan las luces de neón, cuando estoy muy cansada solo me acuesto, escucho algo de música y enciendo esas luces. Me da paz y me relaja.
—Se ve bonito —pasé los dedos por el borde del escritorio, por sobre las hojas desparramadas y algunos lápices tirados.
—Dudo de que hayas venido para ver la decoración.
—He tenido esta gran... Revelación y no sé bien cómo tomarla.
—¿A qué te refieres? —me giré para enfrentarla y me di cuenta que se había acercado a escasos metros. Desde donde estaba no pude más que ver su piel al descubierto, incluso las cicatrices.
—Lo que dije hoy.
—¿Si?
—No entendí hasta hoy que tú, bueno...
—Solo dilo.
—Que me gustas, Lena.
—¿Yo te gusto? —alzó las cejas y junté las manos, nerviosa.
—No actues tan sorprendida.
—Es que no esperaba que me dijeras algo así.
—¿Y a qué crees que venía?
—Pensé que ibas a retractarte de lo que dijiste hace rato en el baño, estabas un poco... Rara.
—Mis medicamentos me alteraron un poco las hormonas, se me saltaron algunos tornillos. Pero necesitaba algo de esa valentía para confesarlo. Todo lo que dije fue verdad y... Cielos, estoy avergonzada por como me comporté.
—Fue una grata sorpresa —dijo cruzandose de brazos. Vi el atisbo de una sonrisa pese a la luz y mi estómago comenzó a saltar inquieto. —Y me gustó totalmente como te comportaste.
—¿Hablas en serio?
—De todas tus facetas esa sin duda es una de mis favoritas —se pasó una mano por el cabello y caminó hasta a mí. —Sigues con esto puesto.
Señaló el top que yo había olvidado que tenía y antes de decir algo ya me estaba tocando otra vez. No sé cómo acabé con la cintura contra el escritorio pero que Lena estuviera frente a mí impidiendo cualquier escapatoria me gustaba.
—Me encanta tu piel, Kara —la voz le había cambiado totalmente y no podía más que dejarme llevar.
—No sé qué tan buena idea sea que estemos las dos aquí.
—Las estadísticas dicen que es una terrible idea —sonreí y Lena también lo hizo, los hoyuelos se le marcaron en seguida.
—¿Qué dicen las estadísticas sobre querer besarte? —eso cambió ligeramente su expresión.
—¿Quieres besarme?
—Quiero besarte aquí —me incliné y le di todo un camino de besos por el cuello. —Aquí —subí hasta su mandíbula y besé la línea recta hasta su barbilla, quedé estática frente a sus labios. —Y aquí.
La manera en la que Lena se adelantó y unió su boca a la mía con una ligera desesperación me elevó por los aires. Había pasado sus brazos alrededor de mi cintura y yo tenía los míos por sobre su cabeza. Rao, sus labios. Sus labios eran exquisitos y me impedían alejarme. Claro, como si yo quisiera hacerlo. Estaba en el mismo cielo. Su boca y la mía no luchaban, al contrario, sus labios me besaban con suavidad pese a la urgencia del momento. Yo solo quería más. Quería seguir sintiendo sus manos en mi cintura y la quería seguir sintiendo a ella.
Besar a Lena era una droga. Tenía una deliciosa manera de hacerlo. Entendí que no quería terminar ese momento. Quería seguir aquí con ella, no me importaba por cuánto.
—Lena.
—¿Hmm? —dijo entre mis labios. El calor de su respiración chocó en mi piel.
—Tengo un loco deseo de besarte hasta el amanecer.
—No me digas —replicó sonriente. —¿Por qué perdemos más tiempo?
Sonreí en grande y la volví a besar. Ligeros besos, uno después del otro. No sabía por qué había esperado tanto para admitir que estaba loca por ella, perderme todo esto... Eso sin duda era un crimen.
En cierto momento habíamos quedado acostadas en la cama. Yo sobre su pecho y Lena con una mano en mi cabello, acariciando las ondas rubias. La luz de neón había sido apagada anteriormente y Lena había encendido la lámpara de noche. Nada más allá de besos intensos había ocurrido pero las dos estábamos bien con eso, no existía ningún interés en apurar las cosas.
Estar ahí con Lena se sentía muy bien en todos los sentidos. No solo tenía la posibilidad de inclinarme cada tres minutos y besarla a mi antojo pero sino que también disfrutaba de su compañía, habláramos o no. Desconocía la hora qué era pero no quería irme.
—Esto es extraño —dije varios minutos después. Bajé la mirada a su estómago, a las cicatrices y un impulso me hizo querer trazar las líneas irregulares pero me contuve. No le gustaba que la tocaran.
—¿Por qué lo dices?
—Ayer le negaba a toda mi familia que no sentía nada por ti y ahora... Ahora no puedo dejar de pensar en lo tonta que fui.
—Sí, escuché con claridad esa parte —rió Lena, el sonido me alegró el corazón. —Pero no fue la primera vez, venías diciendo desde hace tiempo que yo no te gustaba así que pues, tampoco iba a arriesgarme.
Volví la cabeza atrás para mirarla y me alejé un poco hasta quedar a su misma altura.
—Debiste decírmelo.
—Nunca parecía el momento justo, pero cuando estuviste enferma y eso te dije que lo haría, solo que tú no recuerdas.
—Sigo sin recordar ese día —susurré esforzandome por buscar en mi memoria algo de esos momentos.
—Te dije que cuando estuvieras bien te confesaría lo que me pasa contigo.
—¿Y qué te pasa conmigo, Lena? —mi tono la animó.
—Bueno... Muchas cosas. Por empezar no dejo de pensar en ti, en tus ojos, ni en tu sonrisa, ahora también en tus labios —se acercó y plantó un dulce beso en mi boca. —Tenía miedo de arruinarlo todo, incluso ahora me sorprende ser capaz de estar así contigo.
—Nunca he podido entenderte Lena, la manera en que a veces me mirabas y... No podía comprender.
—Te miraba porque no podía dejar de hacerlo pero era demasiado cobarde para dar el primer paso.
—Dudo que seas cobarde —dije buscando su mano, sus dedos se pusieron a jugar con los míos. Después de un minuto de completo silencio habló otra vez.
—Me gustas mucho, Kara.
No ayudó que mis mejillas se calentaran al instante y apartara la mirada de esos ojos verdes. Rao, ¿así se sentía?
—Estás loca.
—Estoy loca y me gustas, ¿sabes por qué? —volví a verla y negué. —No por esas superficiales razones de novelas o esa clase de tonterías. Me gustas porque eres tan diferente de los demás en la manera en que me miras. Pero no solo a mí, a todo. Tienes una especie de... De extraña esperanza y optimismo que me sorprende. La clase de optimismo que yo necesito. Me gusta verte sonreír y también verte reír, no hay nada mejor que saber que eres feliz.
—Puedes apostar a que estoy muy feliz ahora. ¿Tú estás feliz, Lena?
—No recuerdo la última vez que me sentí así de libre y feliz.
—¿Y cuando fue eso?
—Dos años atrás cuando me hice un tatuaje.
—¡¿Qué?! ¿Tienes un tatuaje?
—¿Quieres verlo? —dijo sugerente. Creí que era una broma pero se sentó en la cama y yo hice lo mismo.
Bajó una parte del pantalón, apenas unos centímetros al costado de su cadera y sobre su pierna derecha. Tuve que mirar mejor para comprender de qué se trataba.
—Son...
—Todos los planetas, sí —me quedé viendo los pequeños círculos, detallados según como era cada planeta del sistema solar. Quedé fascinada.
—¿Me dejas tocar? —mi pregunta quizás sonó de lo más estúpida pero Lena solamente asintió. Estiré mi mano y esperé no incomodarla demasiado. Al acariciar la tinta de Marte, Lena movió ligeramente la pierna pero no dijo nada. Seguí tocando cada planeta, uno por uno, cada círculo tenía su estilo, diseño y color diferente. Habían pequeños puntos azulados que descubrí que eran estrellas. Tenía todo un espacio ahí. Nunca me habían llamado la atención los tatuajes ni mucho menos pero ver aquellos dibujos, tan bien hechos y perfectos en su piel, fue una experiencia mucho más que agradable. Arte sobre arte.
—¿Sigues ahí? —despacio quité la mano pero el tono juguetón de Lena me calmó lo necesario.
—Sí, solo que no me esperaba que fuera algo que tú harías.
—¿Tatuarme o tatuarme planetas?
—Las dos cosas, ¿tal vez? Quizás no me esperaba nada así pero me gustan en ti.
—¿Quieres saber el motivo del porqué esos planetas?
—Claro.
—Me gusta imaginar que algún día seré capaz de irme lejos. Claro que no me instalaré en pleno Saturno pero me refiero a irme a otra parte, otro lugar donde todo sea diferente. La libertad siempre me recordó al sistema solar, no sé porqué, toda esa inmensidad y tantos mundos sin visitar...
—Se siente como libertad.
—Ahora mismo tú te sientes como libertad —repitió sobre mi boca. Otro y otro beso.
—No dejaré que te tatues mi cara en tu pierna.
—¿Quieres apostar?
—Shh —Lena tenía una sonrisa sumamente hermosa, estaba perdida en ella. —¿Me lees algo?
—Elige un libro.
Me animó a ir hasta la estantería y la sola idea de Lena estudiando cada uno de mis movimientos me hizo sentir especial. Tomé uno de tapa dura y no muchas hojas y volví a su lado, me senté sobre mis rodillas y se lo entregué. Lena hojeó las páginas, pasaba el dedo por algunos párrafos como si de algo de mucha importancia se tratase y me imaginé que así era. Imaginé que amaba cada una de sus cosas y no por el hecho de ser objetos, caros o baratos. Por como tocaba las letras con suavidad debía de haber un significado especial incluso en ese viejo libro.
Se acomodó en la cama con la espalda en el cabezal y se aclaró la garganta.
—Pasé todo el día dentro de mi propia cabeza. Pensamientos yendo y viniendo. Ángeles y demonios teniendo una guerra en mi mente, luchando para captar mi atención. La oscuridad gana. Siempre gana. Cierro los ojos y veo tu nombre dispersado en el cielo; cegándome. Cortas como el vidrio, rompes mi piel sin ningún esfuerzo, y tal y como el humo de tus cigarrillos te has ido de nuevo y estoy sola otra vez, ahogándome en el humo.
Cuando Lena terminó de leer una terrible sensación desolada me abordó, aunque ella intentara ocultar lo mismo que yo pensaba, en su rostro era obvio. Cerró el libro y dejó de mirarme, ya ninguna trataba de convencerse de lo contrario. La realidad de su vida me golpeó con fuerza.
—Me gustó —dije sin moverme de mi lugar.
—¿Estás pensando lo mismo que yo verdad?
—No sé a qué te refieres —mentí. Lena alzó la cabeza y una mirada preocupada y de pura lamentación encontró la mía.
—¿En qué te he metido?
—Lena.
—No tenemos que hablar de esto ahora.
—¿No? ¿Entonces cuándo? ¿Qué haré si él se entera? ¿Crees que es un hombre misericordioso y hará la vista gorda? —levantó apenas la voz, incrédula. Intenté decir algo que valiera la pena pero Lena siguió. —¿Sabes qué hará cuando se entere de que tengo mis ojos puestos en alguien? ¿Sabes lo qué te hará a ti cuando vayan a correrle con el cuento de que tú y yo... ?
Por la manera en que se había alterado comencé a creer que esto iba más allá de mí, esto era diferente.
—Me hablaste un día sobre dos personas —me dispuse a elegir las palabras con mucho cuidado, aún así la sentí alzar una barrera invisible. —Una te terminó odiando y...
—Sí, Kara. La otra murió. ¿Cómo imaginas? ¿Un accidente? Eso dijeron, claro. Liz tenía quince años cuando ese bastardo la mató, solo por el simple hecho de que yo estaba interesada en ella. Liz era mi mejor amiga, jamás supo lo que sentía y murió por mi culpa. ¿Puedes entender ahora? No te das una idea de cómo fue ese tiempo de mi vida, no soportaría pasar por eso de nuevo.
—Lo siento, Lena, de verdad. Pero tienes que creerme cuando digo que eso no va a ocurrir otra vez.
—¿Cómo lo sabes? ¿Por qué estás tan segura de que ese imbécil no irá a por ti apenas lo sepa? Es un tipo retorcido, no me sorprendería en absoluto. Esa sería su manera de recordarme que estoy en su poder. En sus manos. ¿Cómo, Kara, cómo harías? —la tentación por decirle de mi verdadera identidad y sobre mis poderes se hizo presente. Era tan fácil explicarle que nada me podía hacer daño, que era inmune a cualquier cosa.
—No lo sé —resolví, avergonzada de mí misma. —Pero sé bien que no quiero negar lo que me pasa contigo, lo he hecho ya por mucho tiempo. Lo haremos a tu manera si quieres, nadie tiene que saberlo.
—¿Mantenerlo en secreto?
—Si eso te hace sentir más segura, por supuesto.
—No quiero que estés obligada a ocultarte por mí.
—¿Quién ha dicho nada sobre ocultarse? —sonreí, esta vez de verdad, y tomé su mano. —Digamos que... Me lanzo a la aventura. No necesito que todos vean lo mucho que me gustas para estar contigo, aunque tampoco sería problema si ven lo loca que estoy por esos ojos verdes y... Esta boca —me incliné y uní nuestros labios. Cada beso era mejor que el anterior. Me fascinaba besarla. —Y toda tú.
—Está bien —replicó después de una larga sesión de besos que ninguna desaprovechó. —Quiero que estés bien, ¿si? Cuando quieras parar con esto, o sientas que ya no quieres...
—Espera, espera, alto ahí... ¿Por qué tan pesimista, Luthor? Disfrutemos del momento y ya. No es necesario apurarnos ni pensar de más.
—Okay —dijo sin más. Se llevó mi mano a los labios y besó el dorso. Un bostezo escapó después.
—Duerme, no te he dado descanso en todo el día.
—¿Qué hay de nuestros besos hasta el amanecer?
—Los vamos a reprogramar, te lo aseguro.
—¿Te quedarás aquí?
—¿Quieres que me quede?
—Sí, quiero que duermas conmigo.
—Tus deseos son órdenes.
Nos metimos bajo las sábanas, viendonos en silencio, esa clase de intimidad y paz que ella me hacía sentir me gustaba. Cuando cerró los ojos observé un momento el collar que le colgaba del cuello. Tenía la impresión de que recordaba haber hablado de el cuando estuve enferma.
—Es un extraño hombrecito —susurré tocando apenas a la verde criatura, mis dedos rozaron con la piel de su pecho que subía y bajaba. Lena no abrió los ojos pero aún así me sonrió.
—Es el maestro Yoda.
—No lo conozco —esta vez me encontré con sus ojos verdes estudiando los míos. No entendía del todo la manera en que me miraba, como si estuviera a punto de decir algo pero no del todo. Cerró los ojos y apenas murmuró;
—Algún día te haré mirar las películas de Star Wars.
Fue lo último que salió de su boca antes de caer dormida. Me quedé pensando en cosas tontas y también en sus besos. Creo haber despertado luego a mitad de la noche y sentir a Lena rodeando mi cintura en un agarre fuerte, pero ahora no me molestaba. Como si alguna vez lo hubiera hecho... Todas las señales habían estado ahí y yo había sido tan tonta que no las había visto.
Me volví a dormir con toda la tranquilidad que su cuerpo me daba, la paz que su respiración provocaba y la felicidad que Lena Luthor me había entregado de un momento a otro.
