El lunes volvió a la escuela, después de un largo fin de semana silencioso, las ideas comenzaban a encajar una por una.

Primero, le contó a Tanjirou casi todo lo que había sucedido, evitando hablar acerca de su encuentro con Makio y Kaigaku. Iría despacio en su anécdota, en algún momento se lo diría. Pero por ahora, tener a su mejor amigo apoyándolo en su tristeza le era suficiente. Por esa misma razón Jigoro adoraba al pelirrojo, era como si usara algún tipo de magia en su nieto para que se sentiera mejor. Era algo que solo ese chico podía hacer, por lo que estaba maravillado con el gran amigo que Zenitsu logró hacer.

Tanjirou e Inosuke le saludaron apenas lo vieron entrar por la puerta, nuevamente volvía a irradiar un débil brillo que estaba perdido.

Apenas llegó a su asiento, Zenitsu se arrojó a su mesa con el celular en las manos, dejándolo a la vista de ambos chicos.

—No puedo hacerlo aún —sentenció soltando el aparato en la madera— Lo siento Tanjirou.

—Está bien, lo estás intentando y sé que lo lograrás.

Su sola voz era tranquilizante, si cerraba sus ojos para escuchar con más claridad podía sentirse relajado, dejando en segundo plano todos esos pensamientos que revoloteaban, recordándole los errores que cometía día tras día.

—¿De qué hablan? —preguntó Inosuke con total interés.

Primero Tanjirou giró a ver al rubio dudando sobre que decir, pero él ya no tenía tanto miedo como al inicio, no de las reacciones de sus amigos, creyendo con fuerza que lo apoyarían. Desvió su atención a Inosuke apretando los labios antes de hablar.

—No puedo borrar los mensajes de alguien.

Inosuke levantó una ceja con sorpresa.

—Eso es fácil, lo aprietas y después tocas la imagen en forma de basurero. Damelo, yo lo hago.

El pelinegro intentó alcanzar el celular, pero Zenitsu lo arrojó a su mochila mientras reía por la respuesta que le dieron. Su reacción fue contagiosa, porque Tanjirou comenzó a reír también e Inosuke se sintió alegre cuando los vio sonriendo.

Durante la clase le dio el teléfono a Tanjirou para poder concentrarse en lo que decía el profesor Tomioka, pero su aburrida voz era un verdadero problema. Aunque intentara prestar atención, antes de darse cuenta volvía a recordar a Uzui.

Era tan normal para él distraerse en clases con sus mensajes o el simple encanto que permanecía en su mente ante los recuerdos, que comenzó a maldecirse por no poder controlar lo que quería pensar.

«Te quiero tanto Zenitsu...» Jadeó fatigado, con los ojos cerrados en frustración. Recordaba sus ojos mirándolo fijamente y el aliento caliente chocar contra su cara cuando le dijeron eso.

Abrió los ojos para mirar hacia enfrente, directamente hacia Tanjirou unas sillas adelante de él, quién no tenía otra preocupación más que anotar lo que decía el profesor Tomioka. Gruñó enojado consigo mismo, intentando prestar atención una vez más.

«Sabes que no puedo deshacerme de Makio tan rápido, al menos respeta mis condiciones.» Apretó el puño, debía controlarse. Eran mentiras, todas eran mentiras, era momento que lo entendiera...

«Te prometo que todo saldrá bien».

Miró su mesa en silencio, sintiendo sus latidos acelerarse.

Tengen se lo prometió la última vez que se vieron, ¿No es así? Sonrió para si mismo.

Sabía que todas esas palabras eran mentiras, pero aún así le dolía. Quería creer en él y eso era lo más doloroso de la situación.

Sin embargo sobrevivió a la clase y esta acabó, Zenitsu siguió pasando por lo mismo en cada clase que tuvo en el día y al final de la jornada académica se encontraba encerrado en uno de los cubículos de los baños, solamente ocultando su rostro entre sus brazos, sentado en el inodoro y con su celular en el bolsillo. Sintiendo esa presión por fallare a si mismo.

—Qué molesto —se dijo para después exhalar con enojo.

Tenía mucho tiempo desde que se encerró ahí, revisó la hora, llevaba alrededor de cuarenta minutos sentado y se preguntó si sus amigos aún andarían por la escuela todavía. Pero la respuesta fue no.

Por más que haya buscado por la escuela en círculos, no los vio. En realidad, en ese punto los alumnos se habían marchado a sus casas.

Así que, no tenía idea de qué hacer. No podía dejar de pensar en Uzui y le pesaba aceptarlo.

Sin pensarlo mucho, indispuesto a analizarlo por más tiempo, sus piernas comenzaron a llevarlo hacia donde trabajaba. El sol empezaba a ocultarse, las calles eran iluminadas por los focos de los postes. Cuando se percató, estaba observando desde lejos la misma puerta donde salía después de terminar de trabajar, pero esta vez no se acercó. Se contuvo con sus pocas fuerzas y se oculto detrás de una pared para no ser visto fácilmente.

El tiempo pasó más rápido de lo que hubiera deseado. Las personas fueron saliendo con tranquilidad cuando el cielo estaba oscuro y entre todos ellos, nuevamente su cabello albino volvió a sobresalir. Ahí estaba, solo con verlo su pecho latía con fuerza.

Ah, al diablo. Luego se compadecía de su error. En ese momento solo le importaba ser envuelto por él.

—¿A quién espías? —escuchó de pronto.

Se sintió descubierto en medio de un crimen y los vellos de su cuerpo se erizaron, como reacción inmediata soltó un grito.

Giró a verlo acelerado, logró reconocer la voz que escuchó. En cambio, Kaigaku solo le sonrió y miró hacía donde miraba segundos antes de gritar.

—Vaya, ¿Es ese de cabello plateado?

—¿Qué haces aquí? —desvío sin poder mirarlo a los ojos.

Sus ojos solo bajaron por su cuerpo, su camisa negra sin mangas junto a sus pantalones entallados le hicieron desviar la mirada, tragó duro ante los recuerdos. Kaigaku en cambio, seguía mirando hacia Tengen que parecía buscar algo por el estacionamiento.

—Vine a la tienda de comestibles de aquí —le apuntó con el pulgar el establecimiento detrás de él— Me queda de paso, pero ¿que haces tú aquí? Estudiante.

—Lo m-mismo, me queda de paso... —mintió asomando su rostro por la pared para observar a Uzui, entonces sus ojos violetas lo miraron— Mierda, viene hacia aquí.

Kaigaku llevó su atención nuevamente hacia Tengen.

—Él no está nada mal —comentó volviendo a reírse.

—Debo huir —Zenitsu comenzaba a caer en pánico, debía desaparecer de ahí en los próximos segundos o lo lamentaría, debía esconderse antes de encontrarse con Tengen y seguirlo enamorado a dónde sea que lo llevara.

Entonces Kaigaku le tomó de la mano y comenzó a caminar.

—Soy experto en escapar, sígueme —Ambos entraron en la tienda de convivencia y corrieron hasta el último pasillo— Agáchate, baja la cabeza y no te asomes.

Zenitsu obedeció, se sentó en el suelo y cubrió su boca con las manos, respirando rápido. Kaigaku estaba parado, viendo hacia el otro lado del pasillo. Había mucho silencio y se comenzaba a desesperar. Cerró los ojos.

Podía escuchar la respiración de Kaigaku, un poco acelerada como la suya, después unos pasos acercándose. De pronto sintió las manos de Kaigaku sosteniéndolo.

—Levantate, corre hacia el fondo del pasillo y espera mi señal —El chico lo empujó hacia donde le indicaba— cuando la veas, corre hacia la salida y vete de aquí lo más rápido que puedas.

Bajo tropiezos obedeció y lo miró desde lejos. Pudo ver cómo cubría el paso y sonreía de medio lado, con una mano oculta detrás de su espalda. Pudo observar el cuerpo de Tengen intentando pasar, pero en seguida Kaigaku se arrastraba hasta cubrir el camino, entonces vio su mano oculta agitarse, esa debía ser la señal.

Sin esperar más, corrió tan rápido como pudo y salió, pudiendo escuchar antes de irse la voz del albino.

—¿Has visto a un chico rubio, bajo de estatura? Tenía un uniforme.

Y seguido, la voz seductora de Kaigaku escurriendo.

—No he visto a nadie así, pero me encontraste a mi.

Detuvo un poco su paso y miró por las ventanas de la tienda como Kaigaku le sonreía y se le acercaba. Sintió su estómago apretarse entre alivio por escapar, y en enojo por lo que pudo contemplar. Después de una discusión mental consigo mismo, decidió marcharse negándose a sus sentimientos que comenzaban a alborotarse.

Repitiéndose una y otra vez las mismas palabras.

Kaigaku me ayudó a escapar.

Kaigaku me ayudó...

Me ayudó a escapar...