CAPÍTULO IX

Naruto tenía intención de hablar con Asuma. El jefe del clan Sarutobi había resultado ser toda una sorpresa. Solo había coincidido con él una vez con anterioridad a que sus hermanas se casaran con los hermanos Uchiha. Asuma era muy amigo de Sasuke, jefe de dicho clan y marido de su hermana pequeña. A raíz de ese matrimonio, y de que Naruto visitara más a menudo al clan de su cuñado, pudo coincidir con él y conocerlo mejor, ya que era asiduo en las reuniones de los Uchiha. Al principio su seriedad, su parquedad en palabras y su naturaleza desconfiada, le hicieron recelar de su trasparencia, sin embargo, después de tratarlo más, se dio cuenta de que su seriedad era fruto de una temprana madurez, la parquedad en palabras solo prudencia y la desconfianza un rasgo de su naturaleza forjado por causas ajenas. Su historia no la conocía, pero intuía que no había sido fácil.

Antes de llegar hasta el fondo el salón, donde Asuma se encontraba, no pudo sino mirar al otro extremo, donde había varias damas reunidas. Habían pasado un par de días desde aquella desconcertante cena donde había estado sentado al lado de Temari. En esos días, ni ella ni su prima hicieron acto de presencia en el salón, ni habían bajado a ninguna de las comidas. Naruto se enteró de que el motivo de su ausencia parecía ser una pequeña indisposición por parte de Temari. Le había preguntado a Suigetsu, que se había preocupado por la salud de su invitada y, por lo que parecía, solo era un pequeño enfriamiento. Ni siquiera habían solicitado la presencia de la curandera del clan en su habitación. Naruto había encontrado a Suigetsu pensativo por dicha ausencia, y él, francamente, no había sabido qué pensar. Nunca había considerado a Temari de las que evitaban las confrontaciones, pero ya se había equivocado con ella antes en el pasado y se había quemado hasta la saciedad.

Naruto sabía que aquella reunión no iba a prolongarse durante mucho tiempo. Quizás un par de semanas. No en vano, alguno de los invitados eran jefes de sus clanes y requerían su presencia en sus hogares. Así que el hecho de escabullirse unos días de sociabilizar con el resto, podía ser un buen motivo para la espontánea indisposición de Temari. Otra posibilidad podía ser la de evitar a alguien en concreto, como Momochi o quizás él mismo, aunque eso lo decepcionaría. Siempre había pensado que era una mujer que no se escondía de nada ni de nadie. El hecho de que Temari de verdad estuviese enferma era la opción que menos barajaba, hasta que la vio.

Estaba sentada al lado de Kurenai Yūhi, una dama con unos preciosos ojos color carmesí y pelo negro azabache, que con su carácter alegre, de mirada vivaz y lengua mordaz había captado el interés de más de uno de los Highlanders allí presentes. Por su conversación animada, parecía haber hecho buenas migas con Karin Uzumaki.

Sin embargo, no había sido Kurenai Yūhi quien había ralentizado el paso de Naruto ni tampoco cambiado la expresión de su rostro por una más seria. Fue ver el aspecto de Temari el que lo hizo parar prácticamente de golpe. Ella siempre había rebosado vitalidad, una fuerza que se hacía patente en cada uno de sus gestos, y sin embargo, en ese preciso instante, esa vitalidad parecía adormilada. Su rostro estaba demasiado pálido, sus mejillas carentes de su rubor habitual y lo que más llamaba su atención eran los pequeños surcos oscuros debajo de sus ojos, como si no hubiese podido dormir y su agotamiento fuera extremo.

De manera inconsciente, apretó los dientes y maldijo entre ellos. Siguió su paso, pero en vez de acercarse a Asuma, como en principio era su intención, interceptó a Suigetsu, que en ese instante entraba en el salón junto a Yakushi. Este último no pudo fingir, y el hecho de que la presencia de Asuma Sarutobi le disgustaba en demasía quedó más que patente en su mirada y en su gesto. La enemistad entre ambos clanes era más que evidente, y eso se tradujo en la retirada de Yakushi cuando vio a Asuma cerca de ellos, y dejó a Suigetsu con la palabra en la boca y solo para cuando Naruto llegó a su lado.

—Esto es increíble, ese hombre es un maldito tozudo —dijo Suigetsu mirando la puerta de entrada por donde había desaparecido el jefe del clan Yakushi.

—Necesitamos que la curandera del clan se acerque a ver a Temari Uzumaki —dijo Naruto, quedando el comentario de Suigetsu suspendido en el aire sin respuesta alguna.

Suigetsu cerró la boca antes de seguir hablando y miró a Naruto con una ceja alzada.

—¿Me lo vas a contar o te lo tengo que sacar a golpes? He pensado en realizar un entrenamiento conjunto hoy.

Naruto esbozó una sonrisa antes de mirar a Suigetsu.

—No hay nada que contar, pero creo que sería bueno que ninguno de tus huéspedes muriese estando bajo tu techo. La he visto hace un momento y su rostro refleja que aún sigue enferma. Imagino que no será nada importante, pero creo que debería verla alguien que tuviera más idea que nosotros sobre lo que le pasa.

Suigetsu miró fijamente a Naruto.

—Y ahora insultas mi inteligencia. Bueenooo, esto es más serio de lo que pensaba. El hecho de que la conocieras y no dijeras nada ya me hizo pensar, pero tu expresión en la cena la otra noche y la que has puesto ahora al decirme que está enferma son muy esclarecedoras.

Naruto estaba perdiendo su paciencia, esa que decían que era una de sus mayores virtudes.

—Voy esclarecerte las ideas de un espadazo como no dejes de decir sandeces. ¿Y qué es eso de un entrenamiento?

Suigetsu rio por lo bajo antes de contestar.

—Ha habido varios enfrentamientos esta mañana entre miembros de diversos clanes.

Naruto asintió con la cabeza. Había visto uno cuando volvía temprano de darse un baño en el lago.

—Zabuza no está haciendo precisamente amigos —apuntilló Naruto, que había visto al jefe de este clan discutir con el hijo del jefe del clan Inuzuka.

—Es una joya, Zabuza Momochi. Y Yakushi no se queda atrás. Hablando de este último, Sarutobi hace lo que puede con él aunque lo acompaño en el sentimiento. Tratar con Yakushi requiere paciencia y sufrir una profunda sordera, porque te juro que ese hombre es capaz de insultar a alguien solo con decirle buenos días.

Naruto rio a su pesar. Era verdad que ese hombre había llevado al límite más de una vez toda su diplomacia.

—Y esta mañana parece que Inuzuka tropezó con Momochi sin querer y este saltó como si le hubiese escupido en la cara. Así que he pensado que quizás un entrenamiento conjunto sea lo mejor. Creo que la inactividad y el hecho de que estén todos juntos bajo el mismo techo están haciendo que se pongan nerviosos. El entrenamiento, además de hacer que desfoguen un poco toda esa mala leche reprimida, puede ser bueno. Mejor que luchen entre ellos en un sitio controlado y resuelvan sus asuntos con las espadas a que haya alguna desgracia en tierras Hōzuki entre dos clanes ajenos. Suficiente es con que tengamos que hacer esto aquí. Dios, me están quitando años de encima.

Naruto le miró divertido, mientras Suigetsu se pasaba una mano por la cara en señal de cansancio.

—Nunca me había dado cuenta de lo quejica que eres —dijo pensativo mientras Hōzuki lo miraba, jurándosela en silencio.

—La curandera, ¿puedes llamarla? —preguntó Naruto nuevamente. No le gustaba la palidez de Temari ni esos surcos oscuros bajo sus ojos. No sería bueno que alguien cayera gravemente enfermo.

—Llamaré a Naori, pero esta conversación no ha acabado.

—No sé por qué somos amigos. Eres peor que un grano en el culo, Suigetsu Hōzuki —dijo Naruto entre dientes.

—Yo también te aprecio amigo —escuchó Naruto de los labios de Suigetsu cuando este ya se iba.

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Naori Hōzuki terminó de mirar el brazo a Tsuchino, un niño de diez años que era el quebradero de cabeza de su madre, Nes, y del resto del clan. No había día que Tsuchino no hiciera una travesura de las suyas, y ese día había tocado subirse al tejado de la pequeña cabaña que compartía con sus padres y sus dos hermanos pequeños, y solo por el hecho de que le pareció una buena idea hacerlo. La realidad era que no fue tan buena idea cuando se escurrió de la superficie del tejado aterrizando sobre su brazo. Si hubiese sido sobre su cabeza, el resultado hubiese sido mucho peor.

—No sé lo que voy a hacer con él. Te lo juro, Naori, este niño solo me da disgustos —exclamó Nes con enfado y con evidente frustración.

Naori la miró y vio los rasgos cansados en su rostro y la mirada brillante por unas lágrimas que anunciaban el desahogo por el miedo que había pasado.

Naori se acercó a ella, que no hacía nada más que andar de un lado a otro de las cuatro paredes de su pequeña casa, sencilla y acogedora. La cogió del brazo para que la mirara.

—Es solo un niño, y hace travesuras propias de su edad. Todos las hemos hecho.

Nes la miró como si quisiera creer un segundo en sus palabras, cuando cerró los ojos y apretó los dientes antes de hablar.

—La semana pasada estuvo a punto de matar al pobre Tajiki cuando tiró una piedra desde lo alto de la torre del castillo. No era una piedrecita normal, Naori, era un pedazo de pedrusco que, si hubiese alcanzado a Tajiki, hubiésemos tenido que enterrarlo a trocitos. Y la explicación que dio fue que quería saber lo rápido que llegaría la piedra al suelo. Tajiki está todavía recuperándose del susto. La piedra le pasó a un palmo.

Naori sonrió para sí. Cierto era que no estaba bien lo que Tsuchino había hecho, pero ella había empezado a pensar que detrás de todo lo que hacía el muchacho no había maldad o travesura propia de la edad, sino un interés por obtener respuestas. Una mente inquieta. Y eso le gustaba.

—Lo importante es que está bien y solo tiene un poco lastimado el brazo, ni siquiera se lo ha roto. Vendré a verle mañana y, por favor, tranquilízate un poco. Ya verás cómo todo se soluciona en cuanto vaya madurando.

—Eso si llego, Naori. A este paso me va a matar un día de un susto.

Naori rio más abiertamente.

—Tengo que dejarte ya. Mi primo me buscaba hace un rato. Tengo que ir a ver a una de las damas invitadas del clan.

La mueca que hizo Nes antes de hablar fue suficiente para saber que lo que iba a decir sería algo delicado.

—La verdad es que está todo el mundo un poco alborotado con los invitados. La gente no está muy contenta. Algunos de esos invitados no son muy cordiales. Esta tarde voy al castillo a ayudar. Faltan manos para las comidas y el mantenimiento de todas las habitaciones, pero no me apetece ir. Sabes que no es por el trabajo, no me importa ayudar en lo que haga falta. Haría lo que fuese por el clan y por Suigetsu, pero no me gusta cómo alguna de esas damas nos mira.

Naori sabía que a muchos de los miembros del clan no les hacía gracia tener a tantos extraños en tierras Hōzuki, pero no sabía que el desagrado llegaba a tal extremo.

—Suigetsu os agradece a todos el esfuerzo. En el fondo es un honor que hayan elegido a nuestro clan para esta reunión. Y no te preocupes por esas miradas. Tú eres una Hōzuki y una mujer maravillosa. Que piensen lo que quieran. En unos días se habrán ido.

Naori sabía que era mejor mantener los ánimos calmados en los miembros del clan, y lo que le había dicho a Nes era la pura verdad. Algunos guerreros y las gentes que estaban ayudando en el desempeño de las funciones más básicas para atender a los invitados no se habían quejado abiertamente, pero era más que patente que no estaban felices con ser los anfitriones de dicha reunión. Suigetsu ya tenía suficientes preocupaciones como para también tener que lidiar con las tensiones que aquellas visitas provocaban en el seno de su propio clan.

Recogió sus hierbas y las metió en la bolsa que solía llevar cuando hacía sus curas y se marchó con paso enérgico. El brazo de Tsuchino le había llevado más tiempo del que pensaba y los últimos metros hasta la entrada del castillo tenía que hacerlos a la carrera.

Iba deprisa, distraída y no lo vio. Corriendo, mirando que nada se cayera de su bolsa, chocó contra algo, tirándolo al suelo. Cuando pudo recobrar el equilibrio que había estado a punto de perder con el golpe, se encontró con que ese algo era un hombre que la miraba con cara de pocos amigos y que se encontraba con el trasero bien profundo en el barro.

Los colores del feileadh mor del desconocido, azul, verde, rojo y amarillo, hizo que centrara su mirada en unas piernas fuertes y musculosas que se entreveían por debajo de su ropa, que con la caída se había subido por encima de sus rodillas. Naori sintió el rubor en sus mejillas antes de que alguna palabra saliera de sus labios. Sus ojos siguieron el camino de un pecho fuerte y un rostro muy masculino y atractivo. El negro de los ojos del desconocido clavados en ella la hizo estremecerse por dentro. Un cabello que se enroscaba en las puntas onduladas y de un color como la luna plateada, completaba la fisionomía de uno de los hombres más atractivos que había visto jamás.

—Per... Perdón —dijo Naori, ofreciendo su mano para ayudar a aquel hombre a levantarse.

El desconocido la miró fijamente y por unos segundos juró que había visto una sonrisa en esos labios que captaban ahora toda la atención de Naori. En cuanto se dio cuenta de que los estaba mirando fijamente, desvió su atención a su propia mano tendida hacia ese hombre que parecía divertido con su proceder. Sabía que no necesitaba que lo ayudasen. Solo había que verle. Era un hombre joven, aunque mayor que su primo Suigetsu, y su cuerpo era todo fibra y músculo, sin un ápice de grasa. Sin embargo, el hecho de haberlo tirado en su prisa por llegar pronto al castillo la hizo actuar de aquella manera.

El desconocido aceptó su mano y Naori contuvo la respiración. La mano con durezas y de dedos largos alrededor de la suya hizo que su estómago se contrajera. No sabía qué le estaba pasando, pero estaba segura de que aquellas reacciones eran desproporcionadas.

Naori miró al hombre a los ojos y la intensidad que vio en ellos, dejando de lado cualquier signo de diversión que hubiese visto con anterioridad, la hizo tragar saliva.

Se sintió desnuda en un instante, y a pesar del pudor que debiera haber sentido, todo lo que pudo pensar era en cómo sería tener el cuerpo de aquel hombre desnudo encima del suyo.

Retirando la mano en un gesto demasiado apresurado, sintió sus mejillas arder. Esos pensamientos no los había tenido con anterioridad, no con esa claridad y esa intensidad. El hecho de que los tuviera en aquel preciso instante y ante ese hombre al que no conocía de nada, presionaron su interior con un atisbo de pánico que amenazaba con convertirse en uno de grandes proporciones. No había experimentado nunca esa sensación y el calor que sintió en su cuerpo parecía controlar su capacidad de hablar de forma coherente.

—¿Así dan la bienvenida a todos los invitados del clan Hōzuki? —preguntó el desconocido después de que Naori pareciera ver cierta desilusión en sus ojos cuando ella retiró su mano.

—Solo en los casos especiales. Es la bienvenida de honor — espetó Naori.

La risa del hombre sonora y varonil la hicieron desear arrancarle otra nueva carcajada.

—Entonces no me quejo. Soy, después de todo, un privilegiado. Mi nombre es Kakashi Hatake —dijo mirándola como si intentase descubrir algo, lo que hizo que Naori se pusiese nerviosa.

—Naori Hōzuki —contestó a su vez—. Lamento haberle tirado en mis prisas por entrar. Me están esperando y ya llego tarde. Iba distraída y ni siquiera lo vi. Espero no haberle causado ningún perjuicio.

El hombre negó con la cabeza y la sonrisa que esgrimió hizo que Naori reprimiese un gemido. Pero ¿qué demonios le estaba pasando?

—El orgullo un poco magullado, pero nada más. Mis hombres se estarán riendo durante varios días después de que hayan visto como he acabado bañado en barro. Ninguno de ellos consigue derribarme en la lucha y una dama lo hace sin proponérselo. Pero no me quejo. Ha sido un placer inesperado —dijo Kakashi antes de hacerse a un lado para que Naori pudiese seguir su camino—. Me ha dicho que la esperaban, así que no la entretengo más, aunque me cueste verla marchar.

Kakashi, jefe del clan Hatake, tuvo que recurrir a toda su disciplina para dejarla pasar. Había tenido que retrasar su llegada un par de días debido a un problema en el extremo norte de las tierras del clan. Una pequeña parte del ganado había desaparecido. Su primera reacción cuando recibió la misiva real fue que aquello era una broma, pero el rey Guillermo no era muy conocido por su sentido del humor, así que, a pesar de no ser el momento oportuno, dejó al mando a Heki y partió hacia tierras Hōzuki. No conocía personalmente al jefe del clan, pero por lo que había oído, se hablaba de un hombre con honor, inteligente y con una reputación digna de tener en cuenta. Lo que no esperaba al llegar allí después de varios días de viaje, con la lluvia lamiendo sus rostros gran parte del camino, fue encontrarse en medio del barro por el empujón de una dama que, más que darle un empujón, le había arrollado. Su primera reacción había sido maldecir y retorcerle el cuello a quien hubiese osado tirarlo, pero cuando levantó la vista y vio a aquella joven de pelo morado, largo y ondulado y aquellos ojos carmesí con espesas y largas pestañas, primero se sintió aturdido y después bloqueado por su mirada, que pedía disculpas a raudales, y aquellas pecas diseminadas sobre el puente de una nariz pequeña y respingona, que lo hicieron desear extender una mano y tocarlas. Cuando la vio ofrecerle su mano para ayudarlo a levantarse, no pudo evitar reírse por lo bajo. No había magullado suficiente el orgullo del guerrero al tirarlo, sino que además tenía que insultarlo, insinuando que necesitaba su ayuda simplemente para levantarse. Tenía veintinueve años, maldita sea, no era un anciano en su lecho de muerte, y sin embargo se vio tentado a tomar esa mano y tirar de ella para que cayera sobre su cuerpo y pudiese sentir lo vivo que estaba.

Naori..., ese era su nombre y lo saboreó en su boca sin llegar a pronunciarlo. Parecía demasiado joven, pero su mirada directa, segura, le hablaba de una madurez pronunciada.

De repente estar allí no le parecía una broma de mal gusto y una pérdida de tiempo inútil. Una mirada y unas pecas tenían la culpa.