CAPÍTULO 18: EL PROFESOR
Con un sonido como el de una avalancha, el emborronado cuerpo de Kisame Hoshigaki atravesó un bloque de viviendas de lado a lado. Detrás de él quedó una gran apertura en forma de túnel. De su interior, repleto de humo y cal, emergió la silueta del Tercer Hokage.
— Levántate — le ordenó, bajando las pupilas hasta el humeante cráter que ahora adornaba la calle—. He dicho que te levantes, traidor a la Niebla. Morirás con la espada en la mano, como un verdadero shinobi. No dejaré que sigas deshonrando a tu aldea.
Del cráter vino una seca carcajada.
— Quizá no quieras precipitarte a la hora de hablar de honor — Kisame apoyó la punta de Samehada en el suelo y la utilizó para levantarse. No fue sencillo conseguirlo—. Teniendo en cuenta que es a Konoha a quien representas. Hokage-san.
Se escuchó un breve zumbido cuando el bastón del viejo bajó cortando el aire en dirección a su cráneo. Un golpe como aquel podría habérselo convertido en polvo, de no ser por sus buenos reflejos, y la extrema dureza de su espada. El bastón resonó contra las escamas de Samehada; éstas dejaron gruesas marcas en su superficie negra.
Bloquear el bastonazo entumeció los músculos de Kisame e hizo que su arma chillase de rabia, o puede que de dolor. Ambos resistieron. El suelo se había agrietado bajo los pies del espadachín y sus brazos no eran capaces de repeler a aquel estúpido bastón. Era como si pesara toneladas.
Las miradas de los dos hombres se encontraron en mitad del forcejeo.
— Es Hokage-sama para ti — dijo Hiruzen, con el rostro de piedra, y la mirada bien abierta—. No olvides tu lugar, jōnin.
En el mismo momento en el que sus sandalias pisaron el suelo, la tierra se agitó como lo hace el mar, y las ondas que se llevaron a Kisame realmente parecieron olas arrastrándole océano adentro. E incluso un hombre tan fuerte como él no pudo sino resignarse a soportar el empuje del jutsu, revolviéndose tan bien como supo, mientras Hiruzen, lejos de forcejear con la tierra, se deslizaba sobre ella como si formaran parte de la misma cosa.
Recorrieron medio centenar de metros y durante ese tiempo, ambos shinobis prepararon sus sellos.
Kisame hinchó las mejillas y escupió una lanza de agua tan veloz que ni los ojos de Hiruzen pudieron seguirla. El filo de la lanza alcanzó la armadura del Hokage y no la destruyó, sino que la disolvió, apenas la hubo rozado.
La piel de Hiruzen siseaba y humeaba, ahora desnuda a la altura del costado. Pero su carne seguía en su sitio. Lo que sus ojos no habían podido ver pudo evitarlo su cuerpo, pues en aquel hombre se acumulaba una experiencia mucho mayor que la de cualquier otro shinobi vivo, excepto quizá el Tsuchikage. No era la primera vez que veía esa técnica, ni tampoco la segunda, pues él mismo la conocía.
La conocía mucho mejor de lo que Kisame podría imaginarse.
Su jutsu se activó poco después de esquivar el golpe. Hiruzen aún se deslizaba sobre las ondas de tierra cuando un enorme muro de piedra apareció frente a él. Fue rápido. Las ondas aumentaron su velocidad como si mil caballos tiraran de ellas, el Hokage saltó lejos, y Kisame destrozó el muro al estrellarse contra él. Las rocas se derramaban sobre su cabeza como en un desprendimiento. Una de ellas le alcanzó de lleno en el centro del cráneo y le hizo ver doble por unos momentos. Pero no podía permitirse algo así. No podía ceder. No podía darle ni una sola oportunidad.
Kisame apretó los dientes y soportó el dolor. Se levantó, aturdido, y volvió a bloquear un bastonazo. El impacto le hizo atravesar el muro del edificio que tenía detrás. El maldito Hokage le estaba vapuleando. ¡Le estaba lanzando de un lado a otro como si fuese una maldita pelota! Su estómago bullía con una tremenda frustración. Y la frustración se convirtió en rabia. Y la rabia le dio fuerzas para luchar. El bastón venía de nuevo hacia él. Pero Kisame ya no veía doble. Estaba centrado y estaba furioso. Apretó las manos, levantó la espada, y no bloqueó, sino que desvió el golpe. Funcionó. Esta vez pudo contraatacar.
Samehada descendió como una guillotina y pulverizó el suelo que hasta hacía un momento pisaba Hiruzen. Pero ya no estaba allí, sino detrás de él, atacando de nuevo...
No importaba. Kisame controlaba su espada tan bien como a sus propios brazos y dedos. Tiró de ella, giró el cuerpo, y volvió a desviar el bastón. No perdió un solo segundo en contraatacar, y la espada atravesó la transparente imagen de un Hiruzen que había vuelto a desaparecer.
¿Cómo podía ser tan rápido? ¡Era un maldito anciano...!
El bastón se le clavó en las costillas, desde un lado. Luego apuntó a su sien, pero esa vez pudo desviarlo, y al tercer ataque, Kisame lo atrapó con su mano libre.
— ¡Te tengo, viejo! — gritó— ¡Pero qué...! — gritó un momento después. Del bastón había salido un brazo, un brazo peludo y grande, con poderosos dedos que ahora se le clavaban en el antebrazo como si quisieran arrancárselo de cuajo. Él agarraba el bastón y el bastón le agarraba a él. Era una situación ridícula. ¿Qué era aquella técnica? No tuvo tiempo para pensarlo.
— ¡Katon...!
Fuego. No le gustaba el fuego.
Nada más oír esa palabra, Kisame escupió mares y mares de agua. A las llamas había que extingirlas lo más rápido posible, y era mucho mejor si lograbas que no pudieran arder en un primer lugar. Así que usó una de sus técnicas de agua más abundantes. Estaban de pie entre los escombros del edificio y el jutsu lo inundó entero. O lo habría hecho si no estuviera lleno de agujeros. El agua salió del edificio en ruinas a chorros, y éstos anegaron la calle, apagando algunos pequeños fuegos, y limpiando la sangre que de vez en cuando veías por el suelo. Algunos cadáveres flotaron unos instantes antes de volver a posarse no muy lejos de donde habían estado antes.
Y los dos shinobis saltaron fuera del edificio, aterrizando muy cerca el uno del otro.
A la izquierda estaba Hiruzen. Su armadura estaba húmeda y ahora brillaba. Era negra, resistente, y algo anticuada. Seguramente, una reliquia de las antiguas guerras en las cuales había sembrado la destrucción, años atrás, si las historias eran ciertas.
Lo eran. Kisame lo sabía. Él estaba a la derecha, con Samehada apoyada en el hombro y las sienes también húmedas de sudor. Él no llevaba ninguna armadura, pero sus músculos eran grandes y fuertes bajo la túnica; músculos duros, resistentes, capaces de soportar castigos que serían mortales para otro hombre. A diferencia de Hiruzen, sobre él no se contaban más que unas pocas historias, pero todas eran igualmente terribles. Le llamaban carnicero, asesino de muchos. Le llamaban monstruo, bestia sin cola...
Kisame había aprendido a apreciar ese apodo.
— Eh, Hokage-san — dijo, apoyando la punta de su espada en el suelo—. Cuando aún era un niño, te llamaban el Dios de los Shinobi.
Un leve gruñido se escapó de la garganta de Hiruzen. Sus manos hicieron girar el bastón y lo apuntaron hacia su oponente. Kisame levantó su espada, la tomó con ambas manos, y apretó.
— Dime... Si eres un dios... — Samehada gimió bajo unas vendas que ya apenas la cubrían—. ¿Matarte me convertirá en un demonio?
Kisame rió por lo bajo. Entonces las armas chocaron. Fuerte. El bastón era duro como el diamante, y un roce de la espada era capaz de desollar la carne. Cualquiera de sus golpes tenía la posibilidad de ser mortal. Cualquiera de sus golpes quería ser mortal. Las ansias asesinas burbujeaban como agua hirviendo en el corazón de los dos shinobis. Y cuanto más luchaban, más furiosos se sentían, si bien ambos lograron mantener la cabeza fría. La experiencia les había enseñado que era mejor así. Que uno mata mejor cuando sabe lo que hace. Aún así, Hiruzen rugió al estrellar su bastón contra la clavícula de su oponente. Era la primera vez que lo hacía en aquel combate. Era la primera vez en décadas que sentía una ira semejante. Su aldea ardía. ¡Ardía, y él no había podido evitarlo! Hiruzen volvió a gritar y esa vez fue terrible oírle. De un solo golpe arrancó a Samehada de las manos de Kisame, y entonces comenzó a golpearle con el bastón, una vez y otra y otra y otra, en las piernas, en el torso, en la cabeza...
Siguió haciéndolo hasta que el bastón se le escapó de las manos.
Había algo con lo que no había contado. Que Kisame fuera un espadachín no significaba que no supiese luchar con las manos desnudas. De hecho, se le daba tan bien como usar a Samehada. Justo cuando el bastón estaba a punto de abrirle la cabeza Kisame lo atrapó en aire, y se lo arrebató de un tirón. Era fuerte. Era realmente fuerte. Debía de tener tres o cuatro veces la fuerza de un jōnin. En lo que respectaba a la fuerza física, era incluso superior a Hiruzen. ¡Ni siquiera estaba aumentando su fuerza con su chakra, como hacía Tsunade! ¡Aquello era, simplemente, el poder de sus músculos...!
Hasta entonces, Hiruzen había llevado la iniciativa y la ventaja en aquel combate.
Pero las cosas estaban a punto de cambiar para él.
Su propio bastón le alcanzó en el pecho. De lleno. Kisame se lo había tirado como si fuera una jabalina.
El sonido del golpe llenó los oídos de ambos ninjas. Gong.
No hubo tiempo para bloquear, ni para esquivar. No pudo utilizar una técnica de sustitución. Había cometido un error. ¿Era la edad? ¿Se estaba volviendo descuidado? ¿O quizá su oponente, aquel Espadachín de la Niebla, era mucho más poderoso de lo que había supuesto?
Hiruzen endureció los músculos de todo su cuerpo. Los suyos eran mucho más pequeños y modestos que los de Kisame, pero si le faltaba poderío físico, podía compensarlo con habilidad. Su técnica le volvía tan resistente como el metal, tan insensible como la piedra...
Aún así, dolió. Mucho más de lo que debería haber dolido.
Su cuerpo aún estaba machacado por la pelea contra Orochimaru...
Pero no podía ceder. Clavó las sandalias en el suelo e hizo presión hasta detenerse. Antes de hacerlo ya estaba en guardia, preparado para el siguiente ataque de Kisame. No fue necesario. Su compañero le había tomado el relevo.
— ¡Déjamelo a mí, Hiruzen! — dijo una tercera voz.
Era un gorila. Uno grande y blanco, con bandana de shinobi y más experiencia en el combate que casi cualquiera en aquel mundo. Había salido del bastón —más bien, el bastón se había convertido en él— y ahora descargaba una ráfaga de golpes contra Kisame. Era bueno, muy bueno, y había pillado al espadachín por sorpresa. No desaprovechó la oportunidad. Sus golpes venían uno detrás del otro a increíble velocidad y Hiruzen no tardó en unirse a ellos. Su armadura estaba agrietada a la altura del pecho, y debajo de ella habría, seguramente, un oscuro cardenal. Habría jadeado si se permitiera mostrar debilidad, pero había aprendido a no hacerlo. Nunca. Jamás. Por la expresión segura e impasible de su rostro, uno acabaría pensando que el golpe no le había afectado en absoluto.
El Hokage y su invocación lucharon en perfecta sincronía contra Kisame. No tardaron en abrumarle con su taijutsu. Eran cuatro manos y cuatro pies descargando el infierno sobre él. No tuvo más opción que retirarse, buscar a Samehada, y fallar en el intento. No se lo iban a permitir. Sabían lo peligroso que era con ella en las manos. Así que intentó un jutsu de agua. Y Hiruzen lo contrarrestó con tierra y fuego.
Fue confuso. El chorro de agua a presión chocó contra un muro de piedra. El muro saltó en pedazos, el agua lo salpicó todo, y entonces vinieron las llamas. La temperatura era increíble. Su tamaño, gigantesco. Si Kisame no hubiera usado un clon de agua, habría muerto. Y si Hiruzen no se hubiera cambiado por un tronco de madera, Samehada le habría partido por la mitad.
Un segundo Kisame había tomado la espada. Era un clon de agua, sólo que permanente, y mucho más sólido de lo habitual. Su creador le había dado, aproximadamente, el 30% de su chakra total. Suficiente. Más que suficiente. El clon le tiró la espada a Kisame y luego usó su propia agua para crear una imitación de Samehada. Atacaron a la vez. El clon se llevó por delante al gorila y el original chocó con Hiruzen. Dos contra dos. Una pelea justa.
— ¡A por él! ¡Samehada!
El sonido de los espadazos, zumbidos cortando el aire, llenó todo el lugar. Las dos Samehadas estuvieron muy cerca de matar a sus respectivos objetivos. Una vez. Y otra. Como espadachín, Kisame era eficiente y preciso. Como shinobi, era brutal. Si la espada no era suficiente usaba el taijutsu. Si el taijutsu no le bastaba, creaba agua, la escupía, se impulsaba con ella, la usaba de escudo. En esa batalla lo demostró: era uno de los mejores usuarios de agua del mundo. Su maestría del elemento era casi total, y sus reservas de chakra eran tan inmensas que parecían no tener fin. Un jutsu enlazaba con el siguiente y la cadena seguía de manera casi indefinida. Kisame se subió a una pequeña ola y aprovechó su impulso y velocidad para abalanzarse contra Hiruzen, quien esquivó su espada y luego, a duras penas, una ráfaga de agujas de agua... Las agujas se detuvieron en el aire, temblaron y se unieron en un clon de agua que agarró al anciano por la espalda. Hiruzen hundió su codo en las costillas del clon, luego le voló la cabeza con el dorso de su puño. Fue un error. El agua del clon le cayó encima y acto seguido se congeló, inmovilizándole...
Samehada proyectó su sombra sobre la cabeza del Hokage.
Bajaba rauda y terrible como un designio de los cielos.
No importaba: ¿qué son los cielos para un dios?
Absolutamente nada.
Con la mano desnuda. Así detuvo a Samehada. Alrededor de sus arrugados dedos había algo azul y ese algo era chakra. Ahora, si sabes algo sobre esta espada, estarás pensando: Hiruzen ha cometido un error. Samehada se alimenta de chakra, y esta estrategia sólo la volverá más fuerte. ¡Y estás en lo cierto! En parte, al menos. La espada de Kisame se tragó el chakra de Hiruzen, eso es verdad, pero eso sólo duró unos momentos. Pues el Tercero ya se había percatado de la habilidad de Samehada, y procuró soltarla nada más bloquear el golpe. Luego vino el suyo. Fue contundente. Bajando su centro de gravedad entró en la guardia de Kisame y hundió su puño en su estómago. Sólo un poco más y habría penetrado la piel. El golpe amplificado con chakra le envió a volar, y de paso le arrebató la conciencia durante unos preciosos instantes.
Unos instantes eran todo lo que Hiruzen necesitaba.
El hielo se derretía sobre sus hombros y espalda. Los Sarutobi dominan el fuego y para hacerlo, comienzan con la respiración. Toman aire, lo llevan dentro, y una vez ahí es como albergar llamas en el pecho. Es una técnica básica; para la mayoría, apenas un paso de su entrenamiento. Pero Hiruzen era un hombre sabio. Él sabía que "básico" significaba en realidad "fundamental", y una técnica no dejaba de ser útil por ser simple. El mundo funcionaba, de hecho, al contrario. No hay nadie más peligroso, ni más terrible, que quien domina lo sencillo y lo convierte —con la sola fuerza de sus dos manos— en algo excelente.
Así que formó sus sellos. Y sus sellos dieron paso al jutsu. Era un jutsu pequeño, apenas propio de un genin. De hecho, era uno de los primeros que aprendían los jóvenes Sarutobi. Al principio de sus carreras, cuando les enseñaban a dominar el fuego, sus profesores solían decir:
"La llave de las llamas es el fénix."
Las Llamas del Sabio Fénix. Katon: Hōsenka no Jutsu. No es una técnica demasiado potente. Suele usarse como distracción, o como apoyo para otras estrategias más poderosas. El shinobi respira aire caliente y escupe una serie de pequeñas bolas de fuego, bastante rápidas, pero fáciles de contrarrestar. Los incendios que crean se apagan rápido y no crecen demasiado, y las heridas que crean rara vez son mortales. Así que la mayoría de los ninjas utilizan esta técnica como una herramienta y no como un ataque.
Él lo había pensado siempre. A la mayoría de los ninjas les faltaba visión.
— ¡Katon: Hōsenka no Jutsu!
La llave de las llamas es el fénix. Esta frase solía traducirse como: "esta es la técnica que te iniciará en el control del fuego." Era una manera de entenderlo, pero no la mejor. Era normal que un ninja joven llegase a esa conclusión. Pero Hiruzen era de todo menos joven. Había tenido décadas para reflexionar (pues le gustaba hacerlo) sobre la naturaleza del ninjutsu. Sobre los secretos de sus técnicas. Le llamaban el Profesor, pero al contrario de lo que solían decir, no era sólo porque conociera todas las técnicas de Konoha. Era porque las entendía mejor que nadie. Las llamas del fénix no eran un inicio, sino el camino a seguir. Para un iniciado ambas cosas son muy parecidas. Para un maestro, esta distinción es vital.
Un Sarutobi empezaba con la respiración. Y la suya estaba completa.
Las llamas del fénix ardieron con una temperatura capaz de hacer gotear el metal. Eran fuego puro. Calor concentrado. Disparadas como el proyectil de un rifle de pólvora, es decir, tan rápido que los ojos no podían seguirlas. Se escuchó un "bam" cuando el fuego superó la velocidad del sonido. Si las ventanas de los edificios no hubieran estado rotas, habrían saltado por los aires. No había escape posible. No había oportunidad. Eran seis proyectiles del más ardiente fuego y al otro lado sólo había un hombre.
El calor de Konoha consumió al espadachín.
Y tras el fuego vino la niebla.
