Disclaimer: Los personajes pertenecen al imaginario de la serie Once Upon A Time

Periodicidad de actualizaciones: Domingos 22h / GMT +1

Notas: ¿Qué tal vuestro fin de semana? ¡Espero que estéis todxs bien! Como cada domingo, vuelvo a estar por aquí para agradeceros que estéis siguiendo mi historia. Leo todas y cada una de vuestras reflexiones e ideas en los comentarios, ¡gracias de corazón por dejarme saber qué opináis de lo que escribo!


CAPÍTULO 11

El escándalo

La habitación parecía dar vueltas a su alrededor, como un tiovivo exento de luces cuyo único sonido era el de un zumbido de lo más molesto. Una vibración seca que retumbaba en el interior de su oído izquierdo. Entreabrió el ojo y alargó el brazo hasta dar con el causante de su alboroto matutino. Había olvidado quitar la alarma de su teléfono y en la pantalla se mostraba un mensaje «¡Despierta o llegarás tarde!» junto a la hora: Las seis de la mañana. Desactivó el aviso y lanzó el teléfono, que rebotó hasta llegar a los pies de su cama.

No había conseguido pegar ojo. Al contrario de lo que pensaba (o se había imaginado) de su primera noche en el nuevo piso, su insomnio no lo provocó el colchón al que no estaba acostumbrada o el cambio de entorno, sino algo mucho más desagradable. Se revolvió en las sábanas y resopló. Los párpados le palpitaban casi tanto como las sienes y lo único que tenía en la cabeza era el eco de los interminables gemidos que había tenido que soportar. Horas de jadeos, gritos y traqueteo de muebles que estuvieron a punto de hacerle perder el poco juicio que le quedaba.

Tal había sido su desesperación que había llegado a plantearse ir de hurtadillas a su antiguo apartamento o incluso llamar a Neal o Mary para que le prestaran su sofá. Ni esconder la cabeza bajo la almohada le había ayudado a amortiguar el sonido. «Maldito día en el que decidiste aceptar su proposición, Emma Swan», se reprochó, encogiéndose bajo el calor del edredón. Bostezó con pesadez y le dio un par de patadas al colchón, refunfuñando acerca de su mala suerte. Por desgracia, una vez despierta tenía claro que le costaría demasiado volver a dormirse, así que se decidió por ir a la cocina a prepararse una de las infusiones de Mary. «Debo estar desesperada», suspiró.

Aún no se sentía del todo cómoda con la idea de deambular por la vasta extensión del apartamento a sus anchas, pero tampoco quería ver a Regina. Y mucho menos a su acompañante. Se sentó en el borde de la cama, enfundándose unos gruesos calcetines que empleó a modo de zapatillas y se quedó unos instantes mirando a su alrededor, como si su mente necesitara de unos segundos para reprogramarse y habituarse al nuevo entorno.

El espacio distaba mucho de parecerse a su anterior habitación. Las paredes eran lisas, sin una sola grieta, y el lugar era tan amplio como su antiguo salón (cocina incluida). Al fondo había un vestidor, por el momento vacío, repleto de estanterías y colgadores metálicos. Junto a él, una gran cómoda que hacía las veces de tocador, con un espejo rectangular y un taburete acolchado en su flanco izquierdo. En el centro del cuarto se encontraba la cama y justo al frente había un televisor cuya envergadura le parecía irrisoria, ya que prácticamente ocupaba toda la pared.

Se puso en pie, estirando los hombros, y salió de la habitación. Un silencio sepulcral (del tipo que le habría gustado tener la noche anterior) invadía el apartamento, así que agradeció llevar puestos los calcetines para amortiguar el sonido de sus pisadas. Aún tenía que pasar por delante del dormitorio de Regina para llegar a las escaleras que bajaban al salón y no quería hacer ni el menor ruido. Caminó a tientas, sirviéndose de la poca luz que pasaba a través las claraboyas del techo, casi como un fantasma o un espectro.

Cuando alcanzó el reposamanos metálico de las escaleras, suspiró de alivio. Lo peor ya había pasado. Ya sólo le quedaba tomarse su infusión y volver a la cama para intentar descansar. Cruzó el salón en un santiamén, caminando bastante más ligera, pero conforme se fue acercando a su destino sintió una punzada en el pecho. Desde el comedor podía ver la luz de la cocina encendida y eso, lamentablemente, sólo quería decir una cosa: no estaba sola. Respiró hondo, calmando el palpitar de sus nervios, y continuó avanzando.

Regina se encontraba sentada en uno de los taburetes, sosteniendo una taza de café con su mano izquierda y el teléfono con la derecha. Tenía el cabello húmedo y por la piel le correteaba alguna que otra gota de agua que le confería un aspecto de lo más brillante. Al menos la que se dejaba entrever, pues su cuerpo estaba cubierto por una bata de algodón bastante gruesa. La mujer dejó el smartphone sobre el mármol y le sonrió.

—Buenos días —saludó, la voz aterciopelada.

La rubia rodó los ojos, bordeando la isla hasta llegar a la fregadera.

—La gente suele responder cuando alguien le dice eso —añadió, dándole un sorbo al café.

Buenos días —resopló Emma.

La morena rió, la taza aún recostada en sus labios, y negó con la cabeza para después volver a su teléfono móvil. Ella decidió ignorarla y se dispuso a preparar su infusión. Ya tenía el vaso con agua, así que ahora sólo le quedaba calentarlo al microondas y preparar la bolsita con el preparado de hierbas. Se llevó la mano al bolsillo de su pantalón y un sudor frío le corrió por la espalda. «Mierda…», apretó los labios.

—Te has puesto pálida en un segundo, ¿estás bien? —le preguntó Regina.

—Sí, es sólo que me he dejado la bolsita con la infusión en el cuarto —farfulló.

—Pues coge de las que hay aquí. Creo que en el segundo armario, empezando por la izquierda, había infusiones y tés de todo tipo —le señaló el lugar con la mano—. Nunca las gasto y, de hecho, no sé en qué piensan cuando me las regalan. Si me conocieran un mínimo sabrían que yo sólo tomo café o vino —añadió.

Emma optó de nuevo por responder con su silencio y se puso de puntillas para alcanzar el estante superior del armario. Aquella mujer tenía razón, había una gran variedad de cajas y latas de distintos tamaños. Echó un vistazo, moviéndolas para alcanzar a ver las que había en el fondo, hasta que dio con una que le convenció. Se trataba de una cajita en la que había escrito «relax». Eso serviría, ¿no? Tiró de ella, sacándola con cuidado.

—Estás muy callada —observó la morena—. Diría que me alegra saber que tu mal humor es algo que te acompaña ya desde buena mañana, pero mentiría —sentenció, ladeando una sonrisilla.

—Si tanto te desagrada mi mal humor, la solución es sencilla: no me hables —contestó, los carrillos tensos.

Regina se echó a reír y dejó la taza en el mármol, descansando los codos sobre la superficie y apoyando el mentón en la palma de su mano. Sus ojos se le clavaron como alfileres y la rubia notó que se le erizaba la piel. Aquella mirada siempre la hacía sentir vulnerable.

—Ya no me dejas pasar ni una pequeña broma, niña.

—No te equivoques, nunca he aceptado tus bromas —la corrigió, sacando el vaso del microondas.

—Cierto, pero hoy estás especialmente reacia a ellas. ¿Has pasado mala noche? ¿El colchón no era de tu agrado o ...? —le interrogó.

—O igual lo que ocurre es que no he podido pegar ojo por culpa de una compañera de piso de lo más escandalosa —apostilló ella.

Regina se mordió el labio y acentuó su sonrisa. Casi parecía que disfrutara al haberla oído decir eso. Esa mujer tenía un sentido del bochorno nulo o una autoestima demasiado elevada.

—¿Nos escuchaste anoche? —alzó una ceja, divertida, y Emma asintió—. Vaya… Aunque, a decir verdad, no era yo quien estab-...

—¡Calla, calla! —la interrumpió, aspeando la mano que le quedaba libre—. No quiero (ni necesito) saber nada más, suficiente tuve que aguantar ya. ¿Es que no pensaste en mí ni un momento?

—Lo hice —se apresuró a aclarar.

—¿Qué? —parpadeó, frunciendo el ceño—. No sé de qué me estás hablando, ¿pensar en mí es hacer semejante jaleo hasta las malditas tres y media de la mañana? ¿Qué habría pasado si hubiera tenido que trabajar al día siguiente? Entiendo que esta es tu casa y son tus normas, pero fuiste tú la que me propuso venir, así que ahora hazte cargo de las consecuencias.

La morena apretó los labios en una fina línea, dubitativa, aunque terminó por ponerse en pie y acercarse a ella. Emma estaba cruzada de brazos, esperando a que la infusión acabara de hacerse, pero no la perdió de vista. Aquella mujer era un peligro en las distancias cortas.

—Tienes razón y lo siento. Es cierto que no pensé en ti en ese sentido… —le dijo, sosteniéndole la mirada de frente—. He vivido mucho tiempo sola, estoy acostumbrada a hacer las cosas a mi manera y no tuve en cuenta que podría molestarte. Sin embargo, eso no quiere decir que anoche no pensara en ti —puntualizó.

Ella estaba dispuesta a responderle, pero el súbito acercamiento de Regina le cortó la respiración. La mujer sólo se había inclinado hacia delante para alcanzar la fregadera, dejando en remojo su taza de café, y aún así había logrado que todo su cuerpo se tensara. Emma sintió la suavidad de sus pechos rozándole el brazo, su aliento acariciándole el cuello al pasar y aquel dulce aroma a champú flotando en el aire. Tragó saliva, consciente de que tantas sensaciones empezaban a nublarle la mente. Ni siquiera había tenido tiempo de procesar qué había querido decir con su última frase.

—¿No tendrías que volver ya con tu… lo que sea? —murmuró, las palabras se le tropezaban al salir.

—¿Danielle? Se fue hace un rato, estamos solas —le contestó y la rubia se extrañó al sentirse aliviada. ¿Por qué se alegraba? No podía pensar, lo único que hacía era respirar cada vez más rápido. El olor de esa mujer la estaba matando.

—Ah.

Regina rió y eso provocó que se le encendieran las mejillas.

—Qué elocuente eres, niña —bromeó, ladeando una sonrisilla.

—Es que aún no me he despertado del todo —se excusó, intentando salir del paso, pero la mujer volvió a reír y su rubor se acentuó—. ¿Y tú no tienes trabajo hoy? Que tienes que estar aquí molestándome...

—Es que me gusta mucho molestarte —subrayó y Emma respondió con un bufido. Regina dejó escapar un suspiro—. En realidad, sí que tengo bastante trabajo pendiente, así que saldré para la oficina en un rato. ¿Estarás bien aquí sola o me echarás de menos? —preguntó, los ojos traviesos.

La rubia la fulminó con la mirada y ella la enervó aún más con el sonido de su risa.

—Vale, vale. Ya paro —canturreó, sacando un paquete de Marlboro de uno de los cajones. Aquella mujer tenía cigarrillos escondidos por toda la casa—. Si necesitas algo, lo que sea, llámame, ¿de acuerdo?

Tras esa sugerencia y una última y fugaz sonrisa, Regina se dio la vuelta y se dispuso a marcharse. A ella, sin embargo, aún había algo que le rondaba por la cabeza.

—¿Q-qué has querido decir antes? —alcanzó a decir. La mujer se ladeó, las cejas arqueadas y el cigarrillo apresado ya entre sus labios—. Con eso de que anoche sí que pensaste en mí, me refiero..

La morena la miró, risueña, mientras prendía el cigarro.

—Creo que está bastante claro, pero si no lo ves... Tendrás que averiguarlo por ti misma —zanjó, para después darse la vuelta y dejarla sola en la cocina con sus tumultuosos pensamientos.

[...]

Cada vez que expiraba, su aliento se convertía en una nebulosa de vaho que subía con la primera corriente de aire que encontrara. El frío era tal que podía sentirlo acariciar sus mejillas, adentrarse en su piel y enroscarse en sus huesos. Y pese a lo poco que le gustaba salir en invierno y lo mucho que odiaba cuando el clima le resecaba y cuarteaba la piel, no se arrepentía ni en lo más mínimo de haberlo hecho. Las vistas merecían la pena.

Toda Coney Island resplandecía en aquella época, libre de la marabunta de turistas que solía frecuentarla cuando venía el buen tiempo. El paseo estaba despejado, siendo recorrido únicamente por unos pocos transeúntes que paseaban casi agazapados, resguardándose del frío. A su izquierda, decenas de tiendas ya habían encendido sus luces y los colores teñían la noche en vibrantes tonalidades de neón. Olía a tostado, un aroma delicioso que se mezclaba con el dulzor que provenía de los puestos de bebidas calientes, y a sal. No en vano el paseo flanqueaba la costa del mar.

El agua estaba en calma, casi no podía ni oír el romper de las olas, y la superficie bien parecía ser un reflejo del propio cielo. Emma caminaba de la mano de Graham, cuya mirada centelleaba al ritmo de las luces de la gigantesca noria que coronaba el paseo. Un artilugio metálico que no dejaba de rodar ni aún cuando no había quien quisiera subirse. Sonrió al sentir el calor del cuerpo del castaño apegarse al suyo cuando la soltó de la mano para rodearle la cintura.

No, no se arrepentía de estar ahí en lo más mínimo.

—¿Vas a decirme ya a dónde te has mudado? Has estado esquivando el tema toda la tarde, a pesar de quejarte una y otra vez de lo cansada que estás por haberte pasado la mañana desempaquetando tus cosas —insistió, la ceja arqueada.

Emma frunció los labios en una mueca de indecisión y murmuró un desorden de palabras.

—Cariño, te das cuenta de que eso no es una respuesta, ¿verdad? —la interpeló, divertido.

—Es que no quiero que pienses mal de mí si te lo digo —admitió.

—No pensaría mal de ti jamás —respondió él, acercándose para besarle la frente. Sus labios estaban calientes y el roce hizo que se sonrojara.

Aún no se creía que estuviera paseando por aquel maravilloso lugar junto a un hombre como él. Esa noche, con el rostro iluminado por Coney Island y aquel atuendo desenfadado (una chaqueta bómber, tejanos y botas de piel del mismo tono que su gorro de lana) estaba aún más guapo que de costumbre. Graham cumplía con «la regla de las tres A» de la que Mary siempre hablaba: era alto, apuesto y de lo más agradable. Atributos de los que ella carecía y por lo que no creía que su relación, fuera cual fuera, durase más que unas pocas semanas. Tarde o temprano acabaría encontrando a una mujer más digna de estar con él. Una chica a la que no la persiguieran las deudas y el bochorno de vivir bajo el mismo techo que su prestamista. «Pero por el momento está contigo y merece que seas sincera», respiró hondo.

—¿Recuerdas que te mencioné a una mujer a la que le debo dinero? —comentó. Graham asintió y ella volvió a coger aire—. Pues estoy viviendo con ella.

—Vale.

—¿Y ya está? ¿Sólo «vale»? —le cuestionó, incrédula—. Pensaba que te resultaría extraño.

—Me esperaba algo mucho peor después de todas tus evasivas a contármelo. Creía que estabas compartiendo piso con algún tipo de alien, eso como mínimo —exageró él, entre risas, y Emma le dio un empujoncito, dejando caer el cuerpo hacia un lado—. ¡No te enfades! Claro que me resulta curioso que vivas con tu prestamista, pero tampoco me parece nada del otro mundo.

—Eso es porque no conoces toda la historia…

—Pues cuéntamela —la instó, apretándola contra él—. Soy periodista, me encantan las historias.

—¡Oh! Sólo si me promete que no lo publicará, señor periodista. No quisiera que mi nombre apareciera en todos los titulares —bromeó, sonriente.

—Descuide, yo siempre protejo a mis fuentes —le aseguró con solemnidad. Ambos rieron y Emma se detuvo a mirarle durante unos segundos.

Tal vez sí podía decírselo, sincerarse y liberar algo del peso que cargaba. A fin de cuentas, Mary tampoco había reaccionado tan mal, ¿no? Chasqueó la lengua. No podía apuntarse ese tanto, ya que eso no había sido gracias a ella, sino al encanto desmedido de la dichosa Regina Mills. Traer su nombre a la conversación hizo que recordara su encuentro de esa mañana, el perfume de su cabello, la suavidad de su cuerpo… «¡Basta!», parpadeó, sacudiendo la cabeza.

—Bien, te lo contaré —carraspeó, aclarando la garganta—. Pero quiero un gofre a cambio, ¿te parece bien?

—Vaya, vaya. Así que ponemos condiciones, ¿eh? Veamos... —tanteó Graham, frotándose la barbilla—. Permíteme que te haga una última pregunta: ¿El gofre lo quieres con chocolate y nata?

Emma se echó a reír y se abrazó a él. Incluso el frío invierno neoyorquino parecía desaparecer cuando estaba entre sus brazos. Los dos siguieron caminando por el paseo, deambulando sin rumbo fijo, mientras ella le explicaba toda su historia.

Tal como había hecho con Mary hacía días, no omitió apenas detalle. Sentía que Graham podría aceptar quién era, aunque fuera sólo por un tiempo. Quién sabría qué ocurriría después, pero en aquel instante sólo le importaba entregarse completamente a esa persona. Sin fingir, sin esconderse. Él la escuchó en silencio. Tan sólo le preguntaba por más detalles o para poder reafirmar algo acerca de lo que tenía alguna duda. El único momento en el que pareció realmente preocupado fue cuando le relató el monto total que debía su padre. Su expresión se endureció y sus ojos se estremecieron.

—¿Cómo ha podido hacerte algo así…? ¿Quién deja a su hija sola con tantas cargas? Es una verguenza, no pued-...

—Graham —le interrumpió ella, sujetándole de las manos. Él tenía la nariz sonrosada y parecía alterado—. Entiendo que te moleste, pero es mi padre. No quiero que hables mal de él, ¿de acuerdo? —exigió, besándole los nudillos—. Además, estoy bien. Gracias al (casi) millón de dólares que debo, ahora vivo en el enorme apartamento de la señorita Regina Mills.

—Espera, espera… ¿Regina Mills? ¿Esa es la mujer a la que le debéis dinero?

—Sí, ¿qué pasa? —cuestionó, perpleja. Graham parecía haberse puesto aún más nervioso.

—¿Por qué no me dijiste antes su nombre?

—No lo creí necesario, no sé —titubeó—. No me mires así, Graham, simplemente no pensé que fuera importante, ¿qué demonios pasa con ella?

El castaño cogió algo de aire y se apartó de ella, las manos temblorosas. Empezó a caminar de lado a lado, mirándola de soslayo, y con el temple más serio que jamás le había visto. Emma le observó en silencio, incapaz de descifrar qué era lo que le ocurría o por qué parecía haberle trastornado tanto oír el nombre de esa mujer. Dio un par de pasos hacia él y le agarró del borde de la chaqueta.

—¿Qué pasa con ella? —insistió.

—Oh, Emma, ¡todo! —bufó él, llevándose las manos a los bolsillos. Le costaba respirar—. ¿Recuerdas aquel reportaje del que te hablé? Llevo meses persiguiendo a una familia muy poderosa y con mucha influencia en nuestra sociedad. No sólo en la esfera económica, sino también en la política y en otros ámbitos que ni siquiera sospecharías. Omití el nombre por precaución, pero imagina cuál es mi sorpresa al saber que tú estás viviendo con su heredera.

—¿Qué?

Graham intentó continuar, pero frunció los labios y se detuvo. Tras un largo suspiro, alzó la mirada.

—¿Alguna vez has indagado un poco sobre el tipo de persona que es la mujer con la que vives, la mujer a la que le debes tanto dinero? ¿Sabes a qué se dedica? ¿Lo que hace en su empresa? —le preguntó.

—No, la verdad…

—Tampoco es algo comúnmente conocido, te habría costado dar con la información —rió él, casi exasperado—. Sí, hay muchísimas páginas (wikipedia, sin ir más lejos) con la biografía del ilustre Henry Mills, así como de su hija, Regina Mills. No obstante, pocas mencionan aquello a lo que se dedican realmente, a lo que deben su fama y fortuna.

—Graham, me estás asustando... —el corazón le dolía. Cada latido parecía clavársele en el pecho, desgarrando sus pulmones.

—No son prestamistas, Emma. Sea cual sea el motivo por el que parece que Regina Mills tiene interés en ti, dudo que sea ese. El artículo que estoy haciendo servirá para desenmascarar de una vez por todas la verdad: Son traficantes. Armas, drogas… les es indiferente —anunció él, la voz severa—. Estás en peligro. Tienes que marcharte de ese piso de inmediato.

«¿Traficantes…? ¿Ella es así? ¿Estoy en peligro?», la cabeza le daba vueltas y las piernas empezaron a temblarle, incapaces de sostener el peso de su cuerpo. Hacía rato que sentía un inquieto hormigueo en la yema de los dedos y un nudo en el estómago que amenazaba con devorarla desde dentro. Todo su entorno empezó a teñirse de negro, ya no podía ver las luces de Coney Island. Intentó decir algo, pero los labios no le respondían y sólo alcanzó a emitir un balbuceo ronco. Graham continuaba hablando, pero su voz no la alcanzaba. Nada podía hacerlo. Se sentía perdida, mareada. Quería desaparecer como lo hacía el mundo a su alrededor, tornándose más y más oscuro.

Cayó al suelo.


¿Qué os ha parecido esta revelación?

¿Cómo creéis que reaccionará Emma? ¿Y Regina?

¡Nos leemos!