Quizás se estaba convirtiendo en obsesión mirar la hora, tal vez el saber que han pasado exactamente 48 horas con 30 minutos y 10 segundos era una señal de que, definitivamente, se regocijó en la locura que le causa el ser ignorado tan abiertamente por el científico malvado. Como agente secreto, las cosas se mantuvieron en una normalidad que rozó, como siempre, en la anormalidad; seguían optando en la lucha casi coreografiada que culminaba en una pequeña charla que sostuviera, de alguna forma, los fragmentos que continuaban sobresaliendo de esa inquietante cabeza, sin embargo, cuando se trataba más allá de su trabajo, no conseguía nada. Perry el ornitorrinco seguía existiendo, como un némesis, un amigo, un agente secreto del lado del bien mientras que Bartholomew lucía como una vaga alucinación que ha preferido ignorar, en cambio, Heinz prosiguió en mantener la rutina de su vida, con las historias de fondo, los monólogos vehementes elocuentes que narraban los pasos de su conquista visualizada, las trampas variadas hacia su persona e incluso los imparciales momentos en que ninguno estaba en un lado de la balanza, donde ambos estaban en la misma zona gris que les permitía atreverse a tratarse como una relación sin etiquetas claras que conserva demasiados sentimientos que los volvían indescriptibles ante ojos ajenos.
No obstante, sigue existiendo tanta bruma en sus ojos, en esos destellos que no pueden olvidar completamente el recuerdo de un hombre que irrumpió su vida de forma tan misteriosa como su propia despedida, el agente siempre lo veía en sus ojeras, en la forma en que se perdía mirando a la incertidumbre de la ciudad en espera de algo, de él, de todas las respuestas que se incineraron en ese día.
Aun así, nunca se atrevió a mandar otro mensaje, ni a preguntarle si acaso ha recibido noticias del susodicho que le ha roto el alma cuando está en el papel de agente secreto. Temía errar en las palabras escritas o en los mensajes silenciosos que pueden crearse entre ellos; ya hizo demasiado haciendo nada, no quería hacer algo que acabara por enterrar toda su existencia; apenas podía palmear su espalda, o cogerlo del hombro para tratar, de alguna forma, hacerlo sentir acompañado en ese duelo.
Solo que se estaba engañando, parcialmente, porque esperaba desesperado escuchar deseos fáciles o algún anhelo sobre esa sombra en su vida, alguna idea de cómo conseguir su perdón sin que quedasen cicatrices de por medio. Por supuesto, lo único que obtenía y obtendrá era y será un silencio incómodo, reconfortante, una ausencia verbal que le agradecía sostenerlo al mismo tiempo que le suplica tiempo para poder cerrar toda posibilidad de curación.
Pero no curaría porque esa herida sigue fresca.
Nunca sanaría porque nunca la entendería.
48 horas con 50 minutos y 12 segundos fue el tiempo suficiente para hacerlo entender, posterior a su encuentro, que el único enemigo ahí era su propia incapacidad para controlar al verdadero yo que tuvo que encerrar al dedicar su vida a la lucha entre el bien y el mal; en realidad, la única redención existente, pensó, era serle sincero frente a frente. Contarle la única verdad que hubo en ese gesto ingenuo:
Un impulso incontrolable.
El cual solo buscaba ser perdonado por cometer tantos daños colaterales.
De pronto se encuentra en el reflejo de su espejo con el mismo humo en la mirada que el inventor. Cansado, confundido, cargando con el peso de sus acciones. Estaba en un bucle mental en el cual se acusaba de ser un culpable con intenciones inocentes.
Parpadea un par de veces antes de mantener los ojos cerrados, respirando con la mayor lentitud posible ante la sensación de que su hogar no será un hogar hasta que se reconcilié su quebrantado ser con los fragmentos que ocasionó en la entidad que, esperaba, lo perdonara sin importar que lo odiara. Solo necesita con desesperación no ser parte de la lista que le da motivos para no ser la gran persona que en el fondo podría ser.
Se deshace de su típica vestimenta y, después de mucho tiempo, usa las prendas de civil que se habían quedado arrinconadas en espera de ser usadas por la persona que es fuera del papel de agente de la O.W.C.A.
El sudor frío comienza a calar cuando puede sentir sus palmas húmedas persistir sin importar cuantas veces pueda secarlas sobre su pantalón, incluso sus dedos tiemblan ante la sola idea de tocar sobre la madera o intentar girar el pomo de la puerta en un acto desesperado de asegurarse que la barrera no será atascada por otro objeto que le impida ingresar. Mas lo último hace que se cuestione de su actuar, ya que la invasión a propiedad privada solo era justificable cuando su intención era detenerlo, no encontrarlo para resolver un suceso extraoficial del trabajo.
Se siente como en el pasado, en su primer día en la agencia, en su primer trabajo, incluso cuando se enfrentó por primera vez en la vida solo.
Ansioso, extraño, incapaz de sostener la inquietud durante todo el proceso de misterio. Desearía poder ser capaz de aceptar el miedo que se esconde debajo de todo el entrenamiento de agente. Infortunadamente, debe seguir siendo alguien que no posee temor de nada, ni siquiera del fracaso, de perder todo lo que ama ahora. Debía ser el tipo rudo que no puede quebrantarse si todo lo que conoce se viene abajo.
Contiene todas sus emociones en su pecho cuando comienza un suave golpetear en la puerta, que insiste en ser atendido lo más pronto posible sin tener la mínima consideración de que pronto oscurecería. Solo que el valor parecía apenas presentarse cuando el sol se ocultaba, puesto era sinónimo de que era tiempo de cambiar la identidad con la que ahora se presentaba. Eso o que a duras penas fue capaz de arrastrarse hasta ese lugar.
«Heinz» trató de llamar con su enmudecida voz. «Heinz, de verdad, yo-».
Puede sentir como la puerta es abierta apenas pronuncia sin sonido las palabras que no podía expresar con sus manos; da un paso hacia atrás, esperando que alguna figura sobresalga sobre la tenue oscuridad que acompaña el edificio, solo que no aparece nadie como tampoco existe una persona que le impida entrar al interior del departamento. Duda por segundos que acción debería realizar: si la de ingresar o el esperar a que una voz apareciera como una señal divina de buen fortunio.
¿Realmente estaba considerándolo?
Aprieta los puños, se recita la misma frase motivadora que alguna vez fue su mantra en la agencia y, por último, suplica en sus pensamientos que Heinz Doofenshmirtz pueda ser capaz de aceptarlo aun cuando está batallando con una pierna en recuperación y un corazón estrujado.
Es incapaz de no contar sus pasos al sentirse con la guardia bajo, sobretodo en el momento en que su pierna izquierda marca el número 30 para acabar suspendido en el aire, enredado entre varias cuerdas que le impedirían escapar fácilmente si trataba de seguir con el papel de civil promedio.
—Tú no eres el repartidor de pizza —escucha cuando la repentina presencia de luz hace borrosa su vista. Una vez lo enfoca, vestido como siempre y un aparato en sus manos, teme a que haya ido con la vestimenta incorrecta. —Tampoco eres Perry el ornitorrinco, así que espero que un desconocido tenga una buena excusa para venir a mi casa a estas horas e interrumpir como si nada.
Una explicación suena razonable, si acaso pudiera explicarse. La trampa pareciera ser consciente de que sus manos son su único medio de comunicación, ya que estás están atadas a los costados de su cuerpo.
Estaba planeado para su persona, lo supo desde que el desconocido aparato se posó en su cabeza como una banda elástica para hacer aeróbicos.
—Generalmente mis inadores tienen un motivo que expreso a mi némesis, pero dada que la situación es otra, creo que puedo ir por una taza de café antes de explicarte cómo funciona el sinceratodoinador.
No puede reclamar por el regocijo evidente que hay en su venganza, mucho menos cuando, después de todo ese tiempo, puede ver un brillo de esperanza en el azul que no parecía abandonar las tinieblas. Eso era una señal.
Forcejea una vez queda solo en la habitación, intentando poco a poco aflojar los nudos hasta un punto ideal que le permitiría escapar de la trampa en el momento oportuno de ese encuentro mezclado entre lo familiar y lo ajeno.
El aroma a café comienza a impregnar la habitación, dándole la oportunidad de saborear la bebida que se le ofrece, irónicamente, en la mesa que se aferra al suelo mientras su existencia continúa funcionando como un adorno colgante. —Espero que el descafeinado no sea un problema, no soy lo suficientemente malvado para tomar un café cargado a mitad de la noche y hacer planes malvados motivados por la cafeína. Aunque sus efectos secundarios realmente podrían ser un inador que me lleve a la conquista del Área Limítrofe —los murmullos se turnan con los sorbos de la bebida, haciéndole desear estar abajo, a su lado, compartiendo tiempo como lo han hecho en todo ese juego. —¿Qué era lo que estaba diciendo?
Trató de indicar con su cabeza el aparato que persistía en ella.
—Oh, sí, el sinceratodoinador. Verás, últimamente hay muchas cosas confusas en mi vida así que me quedé pensando "¿qué es lo que realmente hace confuso estás cosas?" y me di cuenta que es la falta de respuestas —puede sentir la directa sobre sus hombros, apretujando. —En un principio pensé en un respuestatodoinador, pero me di cuenta que las respuestas no ciertamente tienen que ver con las cosas que piensa la persona, así que decidí irme por la única cosa segura: la verdad. Es un arma de doble filo que puede ocasionar la resolución o la creación de problemas, algo verdaderamente malvado ¿no te parece? —no hay contestación de su parte, o eso pareciera, porque al verse mutuamente, algo suyo a reflejado una respuesta involuntaria. —¿Crees que eso es invadir la privacidad de las personas y no es bueno? Pues tengo noticias para ti, amigo, ¡soy malvado!
No, a sus ojos, solo es incomprendido, un genio y alguien con talento para ocasionar un desastre colateral no intencional. Alguien quien a pesar de todas sus genialidades, conservaba la naturaleza de ser torpe.
Por supuesto, ese pensamiento no evitaría que ahora las manos delgadas y largas de su anfitrión rodeen su cabeza activando todos los botones para su función; hecho que debería ser más preocupante si no se terminara distrayendo por su propio corazón latiendo con dolor y emoción; duele porque es su culpa todo lo que está pasando, se emociona porque no lo había visto tan motivado desde hace días. Vuelve a la realidad cuando un nuevo movimiento lo hace tragar saliva involuntariamente.
Siente una especie de gargantilla aprisionar la piel de su cuello, como si buscara hundir todo el exterior a la altura del cartílago cricoides. —No tienes ni idea de lo complicado que es hacer medidas sin tener una referencia, haz hecho muchas cosas complicadas para mí pero ahora ¡finalmente puedo probarlas con alguien quien no sea Norm! Él es un dolor de cabeza cuando se trata de estas cosas.
Es incapaz de entender el punto principal de su discusión.
—¿Qué debería preguntar primero? —lo ve volver al objetivo, cosa que le facilita el relajar sus pensamientos.
—No tienes que hacer esto, Dr. D —una voz robótica irrumpe, llevándolo a tratar de encontrar el dueño mecánico de la voz que se ha sincronizado con el movimiento involuntario de su boca articulando palabras que, supone, deberían estar sin sonido.
Solo que están ellos solos y Heinz, después de tanto, se encuentra callado como asombrado. —No puedo creer que funcionara... ¡puedes hablar! Eso hará las cosas más fáciles.
Negó la cabeza de forma repetitiva. —Es imposible —volvió a sonar la voz fría. —Yo no- —sus pensamientos coincidían con lo que sus oídos percibían. Entonces ¿esa cosa en su cuello de alguna forma lograba replicar lo que trataba de decir con su boca? Palideció, aterrado. Puede que no sea su voz, puede que tenga años sin siquiera hablar, solo que al final, es volver hacer algo que nunca creyó podría volver a pasar.
Y no quería que pasara, menos cuando lo único que puede contar es la verdad que siente y resuena en su cabeza.
Está tan hundido en ocultar todas sus emociones que no es capaz de percatarse que el ajeno ha vuelto a su lugar con toda tranquilidad. —Muy bien, Bartholomew ¿estás listo para el show de preguntas? —las luces estrepitosas contra su persona lo hacen parpadear hasta que pueda superar el aturdimiento.
Los focos blancos en su dirección le hacen sentir en las viejas clases de interrogatorio.
—No —contestó, entendiendo que no es quien tiene el control de la situación. —No soy fanático de este programa.
Respira.
—¿Entonces por qué-
—Heinz —irrumpió su pregunta. Si la verdad es el único camino viable, entonces, construiría su escape con base a ello. —En verdad, yo…lo siento, no pude evitar desaparecerme después de ese día —maldice el inador en el fondo, no quería admitir que el desaparecer fue voluntario. —Pero nunca quise hacerte daño, solo estaba —intenta mantener su boca cerrada, aterrado finalmente de las cosas que pudieran salir en contra de su voluntad.
—¿Estabas?— escucha en un eco, comprendiendo que presionaban la voluntad contradictoria de su ser.
—Asustado —suelta, deseando que no haya más.
Solo que su boca continúa expresando ese más.
—No espero que realmente me perdones después de esto, no estoy seguro si yo me perdonaría. Sé que hice las cosas mal y que no actúe de la manera correcta, tienes razón —no quiere mezclar su trabajo con su vida privada, el problema es que ambas partes coincidían en que su comportamiento no era válido. —Pero eso no significa que me preocupes, o que no quiera arreglar las cosas o que no me haya inquietado tú silencio cuando eres la persona que más habla en este lugar.
—Yo no hablo demasiado —el verlo refutar solo ocasiona un cosquilleo en su estómago.
No es una buena señal.
—Dr. D, no quiero volverme una tragedia en su vida, ha tenido tan malas experiencias y no quisiera que mis- —muerde sus labios, recio a evitar decir lo que el aparato intenta arrebatar de su sistema.
No debe decirlo, no puede decirlo.
Su vida depende de esa puerta cerrada que se ha negado abrir de forma consciente.
La tensión en el aire se espesa hasta que el filo del auto denominado villano corta el ambiente que cubre a los dos. —Creo que es suficiente, no creo que quiera-.
Mares inundados, un cielo roto.
Hay tanto en su mirada que ninguna de sus identidades puede soportar mentirle, mentirse.
Es Bartholomew, no Perry, es un civil ahora, no un agente.
—Doofenshmirtz.
Hace un último movimiento para liberarse de la trampa.
—¿Qué va a pasar después de que escuches la verdad?
Una duda que permanece hasta que su cuerpo cae precipitadamente contra el suelo.
