Adrien salió del agua, transformándose al instante, y echó a andar hacia Marinette, que le esperaba sentada en la arena con los ojos cerrados sintiendo el sol en la cara. El chico esquivó a un grupo de niños que jugaban a la pelota en la playa bajo la atenta mirada de sus padres y carraspeó al llegar al lado de la morena, que abrió los ojos con una sonrisa.
—Buenos días, ex-alteza—dijo, tendiéndole un amasijo de telas—. Te he traído ropa porque sé que tienes pánico a que se te vea el culete.
—Muy amable—contestó mientras comenzaba a vestirse.
La pelota pasó volando por encima de su cabeza y Adrien vio como caía en el agua. Los niños comenzaron a reír y se desvistieron, saltando también al mar. Se transformaron rápidamente y siguieron jugando, ahora en forma de marino. Adrien sonrió cuando vio cómo sus padres se levantaban para recoger la ropa que los niños habían dejado tirada.
—Me gusta como son las cosas—dijo Marinette, mirando también a los niños—. Espero que sigan así.
—Yo también—coincidió Adrien, tendiendo la mano a la chica para que se pusiera en pie y empezar a andar hacia la muralla—. Y si las cosas empeoran voy a enfadarme muchísimo.
—¿Y eso?
—Te recuerdo que, para llegar a esta situación, la persona que tiene pánico a que se le vea el culete tuvo que transformarse en seco delante de todo su pueblo.
Marinette soltó una carcajada y puso los ojos en blanco con ironía, pasando por debajo del arco que conducía a los jardines del palacio.
—Tienes que superarlo. Si yo he podido pasar página de torturas e intentos de asesinato, estoy segura de que tu podrás olvidar que algunos desconocidos te vieron los muslos.
Adrien sacudió la cabeza con una sonrisa y llamó a la puerta del palacio. En el mes y medio que había pasado desde la reconciliación, el edificio había dejado de ser privado y se había convertido en una especie de centro comunitario donde se solucionaban temas que afectaban a ambos grupos, secos y marinos. A Adrien aún se le hacía raro que esa ya no fuera su casa, pero prefería ver el palacio lleno de gente y no tan solitario como cuando vivía ahí la familia real.
La puerta se abrió y apareció Caline con una sonrisa.
—¡Adrien! ¡Marinette! Pasad, pasad—dijo, apartándose de la puerta—. Alya está a punto de terminar.
Ambos entraron en el recibidor y escucharon voces que venían de una de las salas. Con el reciente choque de ambas culturas, había sido necesario crear reuniones para que los más reticentes pudieran comprender mejor la situación a la que se enfrentaban. En el caso de los secos, las charlas tenían lugar en el palacio y Alya se había apuntado como voluntaria para explicar cómo eran los marinos de primera mano, algo que Marinette valoraba enormemente. Sabía que toda esta buena voluntad hacia los secos no era fácil para su amiga.
—Hola— Escucharon a su espalda. Se giraron y vieron a Nino acercándose a ellos—. ¿Venís también por Alya?
Adrien asintió y dio un fuerte abrazo a Nino, que después chocó el puño con Marinette.
—Sí, y luego vamos a pasar el día a la cascada. ¿Tú?
—He venido a ver qué tal le va—contestó—. Sé que es su primer día y pensé que le gustaría ver una cara conocida cuando terminase.
Marinette sonrió ampliamente y Nino se sonrojó, incómodo.
—Y... eso de la cascada... ¿Puedo ir también? Prometo no volver a apuñalarte, Adrien.
Marinette se tensó recordando cómo, la última vez que estuvieron ahí, Nino intentó matar a Chatnoir ante sus ojos mientras la detenía para llevarla ante Gabriel. El chico la miró, notando su tensión, y apretó los labios en señal de disculpa.
Adrien, totalmente ajeno a esto, asintió mientras reía. Estaba claro que no guardaba ningún rencor.
—Por supuesto, vente.
—Lo siento, Nino— se disculpó Marinette—. No te habíamos dicho nada porque pensábamos que tendrías que entrenar con Fu.
El chico asintió con comprensión. Las sospechas de Marinette y Alya habían resultado ser ciertas, y Fu lo había reconocido inmediatamente como Maestro. Desde aquella noche, había dedicado casi todo su tiempo a acompañar al anciano y aprender a utilizar sus habilidades, por lo que entendía que no hubieran contado con él en un principio.
—Hoy tengo el día libre. Pensé que, si algo salía mal con la clase, Alya querría... no sé, tener alguna distracción.
Adrien y Marinette cruzaron una mirada y sonrieron. Nino comenzó a sonrojarse de nuevo y pareció a punto de decir algo, pero en ese momento las puertas de la sala se abrieron y los asistentes empezaron a salir. Algunos hablaban emocionados entre sí y otros parecían pensativos, pero en general el ambiente era positivo. Por último salió Alya, sonriente pero con la frente sudorosa.
—¿Qué tal?—preguntaron los tres al unísono.
Alya rio y se abanicó con la mano.
—Mejor de lo que esperaba, aunque un poco... ¿Raro?— Sacudió la cabeza y empezó a andar hacia el exterior de palacio, seguida por sus amigos—. No estoy acostumbrada a que me escuche tanta gente.
—Gracias por la parte que nos toca—dijo Marinette con una sonrisa irónica.
Alya fingió estar ofendida y los contó con los dedos.
—Disculpe, señorita, pero yo aquí sólo cuento tres personas, no las veinticinco que he tenido hoy en clase. Además, nadie de aquí podría tener esa cara hostil mientras hablo de cosas de marinos—añadió, dando un codazo a Nino—. Salvo tú de vez en cuando.
Nino soltó una carcajada en respuesta.
—Yo ya no hago esas cosas, ahora sois de los míos.
—Hablando de los tuyos—dijo Marinette, mirándolo con expectación—. ¿Qué tal con tu familia?
Nino se frotó la nuca y suspiró sin saber qué decir. Las chicas habían acertado con su suposición, y al preguntar a Fu descubrió que su nombre marino era Carapace y que, a los cinco años, había desaparecido sin dejar rastro. Su familia lo había buscado durante años, pero nunca encontraron ninguna pista en el mar —ni siquiera un cuerpo— por lo que supusieron que había muerto devorado por alguna criatura marina. incluso Fu creyó esta explicación, ya que nunca pensó que se hubiera podido alejar tanto del Arrecife como para alcanzar la playa. Al enterarse de eso, Nino se había sentido muy culpable: en una situación así, los marinos no habían culpado a los secos, algo que él sí que había hecho sin dudar.
Por suerte, Fu había contactado inmediatamente con su familia y había podido conocer a sus padres y su hermano pequeño, Chris. Nunca había imaginado tener padres de nuevo, y mucho menos un hermano, por lo que ahora estaba feliz pero a la vez terriblemente confuso.
—Sinceramente, no sé qué decir— Adrien asintió con comprensión y Nino se encogió de hombros—. Son muy agradables y creo que con el tiempo podremos llegar a ser realmente una familia, pero... Todavía es un poco incómodo. Aún no nos conocemos bien.
—Es normal—contestó Alya—. Pero, por suerte, es un problema que tiene solución.
—Lo sé—asintió el chico—. Hemos quedado esta noche para cenar de nuevo.
Marinette sonrió y Adrien le apretó los hombros en señal de apoyo, adelantándose después para empezar a escalar las rocas. El camino se había hecho corto gracias a la conversación y ahora ya estaban ante la entrada de la cueva por la que pretendían cruzar al otro lado de la isla. Marinette agarró la mano que Adrien le tendía y comenzó a subir, soltando una exclamación cuando entró en la cueva y encontró las runas iluminadas.
—¿Wang?—llamó Nino al entrar y ver el brillo de las paredes.
Alya miró con sorpresa a Marinette ante la confianza que tenía su amigo con el Maestro y siguieron a los chicos hacia el centro de la cueva. Allí, sentado entre los conos, el anciano los miraba con diversión.
—¿Maestro? ¿Qué haces aquí?
—Hola, Marinette—contestó el hombre con una sonrisa—. Nino, no sabía que pensabas unirte a nuestra clase de adaptación de hoy.
—No, Wang, sólo estamos de paso— Fu asintió y el grupo miró al moreno, sin saber a qué se referían. Nino se encogió de hombros antes de explicarse—. Sigue habiendo gente que no se atreve a transformarse, así que hemos organizado algunas reuniones aquí para que esas personas puedan hacerlo acompañadas. Supongo que en un rato empezarán a llegar participantes.
—También es una buena manera de que Carapace entrene su sensibilidad hacia las emociones de los demás—añadió Fu—. Aún tiene mucho que aprender sobre sus habilidades como Maestro.
—¿Como cuáles?—preguntó Adrien, sentándose en el suelo junto al anciano y dando a entender que pensaba pasar un buen rato ahí. Los otros tres se sentaron junto a él, dispuestos a escuchar, aunque Nino parecía un poco avergonzado por ser el centro de atención.
—Los Maestros somos... Individuos especiales, especialistas en comunicación… o algo así—comenzó Fu mirando a Adrien, que era quién desconocía esta información—. Sabes, porque lo has vivido en tus carnes, que los marinos somos capaces de emitir ondas conscientes con nuestros pensamientos e incluso sensaciones, y casi todos a nuestro alrededor son capaces de captar esas señales— Adrien asintió y Alya desvió la mirada con una sonrisa, recordando lo torpe que el chico había sido al principio en su forma marina—. En nuestro caso, los Maestros somos mucho más sensibles, y también podemos captar todas las ondas inconscientes; es decir, podemos saber si alguien se siente incómodo, nervioso, en peligro... incluso aunque quiera ocultarlo.
—¿Y sólo los Maestros pueden hacer eso?
—De hecho, no—contestó Fu, sorprendiendo a Alya y Marinette—. La percepción no es igual para todo el mundo, y hay marinos normales que también son capaces de sentir un poco de estos mensajes. De todas formas, en nuestro caso es extremo: lo sentimos tan claramente como las ondas conscientes, y además desde una distancia mucho mayor.
—Pero eso no es todo, ¿no?
Marinette y Alya se miraron entre sí, dándose cuenta de que, en ese momento, tenían la misma información que Adrien.
—No, no lo es, pero hasta ahora no podía hablar sobre ello—contestó, mirando con diversión a las chicas—. Los Maestros también podemos sentir todas estas señales cuando provienen de formas secas aunque sea más difícil, algo que nadie más puede hacer— Nino les miró con suficiencia, dando a entender que su famosa "intuición" tenía una base más seria que simples corazonadas—. Y también tenemos mucho más control sobre nuestras propias ondas; podemos elegir no utilizarlas, incluso en nuestra forma marina, y por tanto utilizar las cuerdas vocales para comunicarnos con los secos— Señaló a su alrededor, a las paredes llenas de runas luminiscentes—. Además, podemos hacer esto.
El grupo miró las luces sin comprender su significado.
—Cuando entré aquí con Nino la noche en la que creímos que Marinette estaba en peligro, la cueva también se iluminó así—dijo Adrien—. Y nunca había pasado antes.
—Esta cueva, así como la cueva marina que Marinette lleva años inspeccionando "a escondidas", son lugares diseñados por Maestros y para Maestros—contestó Fu, asintiendo mientras desviaba la mirada hacia la chica.
Marinette se inclinó hacia delante, ansiosa.
—¿Y para qué sirven? ¿Has descifrado las runas? ¿Por qué nunca me dijiste nada de esto o me acompañaste a la otra cueva?
Fu se echó a reír y el resto sonrieron ante el nerviosismo de Marinette, aunque esperaron a que el anciano respondiese.
—No podía acompañarte porque, de haberlo hecho, el lugar entero habría brillado como un calvo al sol— Nino soltó una carcajada y Marinette permaneció callada, expectante—. Y en cuanto a las runas... No he tenido que descifrarlas, no es necesario.
—Pero... ¿No nos lo vas a decir?—preguntó, al borde del infarto—. ¡Llevo AÑOS buscando respuestas! ¿Son leyendas? ¿Normas? ¡Fu, por favor!
—Es un manual de instrucciones, Marinette—contestó Fu, divertido—. Un manual para Maestros sobre cómo utilizar las cuevas.
—¿Y? ¿Cómo se utilizan? ¿Para qué?
—Estas dos cuevas son amplificadores. Desde aquí, los Maestros somos capaces de proyectar nuestras ondas a mucha más distancia de la normal, y por tanto comunicarnos tanto con marinos como con secos— Marinette miró a su alrededor de nuevo, absorta—. No sé qué dicen las runas exactamente porque ha pasado mucho tiempo desde que esta lengua desapareció, pero los Maestros hemos transmitido el uso de las cuevas de generación en generación.
—Y Nino...
—Efectivamente, Alya. Ese era uno de los motivos por los que ha sido importante descubrir que Carapace, el único sucesor que tenía, estaba vivo.
Nino se rascó la nuca, visiblemente incómodo porque su desaparición infantil fuera el foco de atención. Marinette, sin embargo, continuó ajena a todo lo que no fuera la cueva.
—¿Y cómo funciona? ¿Qué pasa si se usan las dos cuevas a la vez? — Abrió los ojos con entusiasmo y agarró a Nino del brazo— ¡¿Podemos probarlo?!
Fu la miró mientras sus comisuras luchaban por no sonreír.
—Marinette, cálmate un poco, por favor.
—Eso es imposible—murmuró Alya, aunque todos la escucharon. En respuesta, su amiga entrecerró los ojos con falso enfado.
—Las cuevas se activan poniendo la mano en las huellas que están grabadas en la piedra— Señaló a la pared más alejada de la entrada del agua, donde se veía una palma tallada en la roca que brillaba con más intensidad que el resto de las runas. Marinette y Adrien asintieron, recordando la huella paralela que había en la roca submarina—. Esos son los puntos más indicados para la transmisión de las ondas, algo así como el mejor punto de acústica.
» Respecto a tu segunda pregunta, si las dos cuevas se utilizasen a la vez, podrían suceder dos cosas—prosiguió Fu, bajo la atenta mirada de los jóvenes—. Esta cueva es para los secos, porque está diseñada para transmitir nuestras ondas en vibraciones por la propia isla. Por otro lado, la tuya, Marinette, sirve para transmitir a enormes distancias por el mar, cubriendo todo el territorio en el que está el Arrecife. Por tanto, si dos Maestros utilizasen las dos cuevas a la vez, el mensaje llegaría a los dos grupos, pero no sucedería nada más— Marinette asintió, un poco decepcionada, y Fu ladeó la cabeza—. Sin embargo, las cuevas también están conectadas entre sí; pueden transmitir mensajes de una cueva a la otra, a pesar de la distancia. Es decir, pueden actuar individualmente como altavoz, ya sea a la vez o juntas; o pueden servir de conector para los que estén dentro de las cuevas, siempre que las activen Maestros— Los tres abrieron ojos con interés y Fu prosiguió—. Por último... No, no podemos probar las cuevas, no podemos usarlas sin motivo. Estos sistemas pueden llegar a ser muy invasivos, así que es mejor utilizarlos sólo en caso de necesidad.
Marinette asintió y echó un vistazo a Nino, que la miraba con tranquilidad, como si él ya conociese toda esta información.
—¿Y cuáles podrían ser esos casos de necesidad?— preguntó Alya, interviniendo por primera vez.
—Pues... Avisar de alguna noticia importante o que afecte a todo el mundo—contestó Fu—. Antes, cuando nuestras poblaciones eran mayores y además se movían libremente entre la superficie y el agua, las cuevas se utilizaban muy a menudo para organizar asambleas.
—¿Alguna vez has usado la cueva marina, Fu?—preguntó Marinette tras un breve silencio.
Fu negó lentamente, con los labios fruncidos.
—Nunca. A día de hoy somos pocos en el Arrecife, así que todos podemos enterarnos de las cuestiones importantes sin necesidad de usar la cueva.
—¿Pero no sería más cómodo?
—Marinette, las cuevas pueden ser peligrosas si utilizan mal—dijo el anciano con seriedad—. Y nunca me encontré ante una situación que no pudiera solucionarse de una forma más simple, por lo que no ha sido necesario recurrir a la cueva que teníamos.
—¿Pero... cómo pueden ser peligrosas?—preguntó Adrien—. Sólo sirven para enviar mensajes.
—No, Adrien, sirven para enviar ondas, ondas de Maestro. Y eso cambia totalmente la situación—contestó Fu. De pronto, el hombre sonrió con picardía y miró a los cuatro jóvenes—. ¿Queréis saber quién utilizó las cuevas por última vez?
Marinette, Alya y Adrien asintieron con fuerza mientras Nino se recostaba contra uno de los conos de roca. Ya había oído esta historia unos días atrás, y sabía que sus amigos la disfrutarían. Fu asintió, entrelazando los dedos de sus manos en una postura cómoda.
—Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando aún éramos un único pueblo que vivía en ambos lugares a la vez, la isla y el mar. En aquel momento éramos muchos más, y había poblaciones a lo largo de toda la isla y el mar que la rodea, no sólo en la ciudad amurallada y el Arrecife— Los jóvenes se miraron entre ellos, sorprendidos—. Evidentemente, el uso de las cuevas era mucho más habitual, ya que con tanta población y tanto movimiento era difícil organizarse. Sin embargo, su principal función era en las asambleas: en aquel momento los Guardianes, dirigentes de las poblaciones, eran elegidos por el pueblo, y éstos se reunían periódicamente en las cuevas para tomar decisiones que pudieran afectar al conjunto. En estos casos se utilizaba el sistema que os he comentado: un Maestro en cada cueva que las activaban al mismo tiempo, y de esta forma todos los Guardianes podían escucharse unos a otros, independientemente de la distancia— Fu observó sus ojos atentos y sonrió—. Y, por supuesto, los Maestros en aquel momento no eran otros que Félix y Marinette.
Nino soltó una pequeña risa al ver las caras de estupor de sus amigos, especialmente la de Alya y Marinette.
—Pe...pero—balbuceó ésta última— ¡Es un cuento infantil!
—Lo que vosotras conocéis es la historia que se ha transmitido de generación en generación, bastante más poética que lo que sucedió en realidad—contestó Fu—. En un momento dado, uno de los Guardianes terrestres, llamado André, terminó su mandato legítimo. Él quería que su sucesora fuera su propia hija, pero muchos de sus ciudadanos no estaban de acuerdo, especialmente los que vivían en el agua y veían desde la distancia la actitud de la joven. El día de las elecciones, en el que André sería sustituido, todos los que apoyaban a su hija Chloé prepararon un Golpe de Estado: en caso de no salir elegida, se encargarían de ponerla en el poder.
—¿Pero por qué la quería esa gente? —preguntó Marinette—. Si tan mala opción era, no entiendo tanto interés.
—André era un hombre poderoso—contestó Fu—. Muchos de ellos sabían que recibirían recompensas y poder a cambio de apoyar a su hija, y otros muchos esperaban que a ellos también les beneficiase. Desgraciadamente, el egoísmo puede mover muchos actos, Marinette.
» En este caso, Chloé perdió estrepitosamente, y el plan se puso en marcha de inmediato. Sus apoyos exterminaron a todos los que estaban en la cueva seca —esta cueva— y se apostaron a lo largo de toda la costa para evitar que nadie pudiera salir del agua. Al fin y al cabo, sabían que sus mayores detractores eran los que vivían en el mar.
—¿Por qué mataron a todos lo de la cueva?— susurró Alya, cautivada por la historia.
—A estas alturas sabían quiénes apoyaban a Chloe y quienes no, así que todos los que permanecían en la cueva eran los que no conocían el plan y, por tanto, gente contraria a Chloé—explicó el anciano—. En cuanto al Maestro, Félix, fue eliminado el primero para asegurarse de que la isla quedaba aislada. Si Félix hubiera mandado un mensaje de aviso a la cueva marina antes de tiempo, podría haber echado a perder sus planes.
—Entonces... ¿Esa fue la última vez que se usaron las cuevas? ¿En aquella asamblea?—preguntó Marinette, conmovida.
—No—respondió Fu—. El cuento infantil tiene más que decir, y por tanto la historia real también. Durante los días que siguieron al Golpe de Estado, Chloé fue proclamada reina de la isla, y se estableció en la ciudad amurallada. Era el lugar más protegido y el más seguro al estar en la zona opuesta al Arrecife, que era la mayor población de marinos y por tanto la mayor amenaza. La gente entonces tuvo que tomar una decisión: podían permanecer en tierra, asumiendo que tendrían que someterse a Chloe; podían quedarse en el mar, aunque sin poder pisar tierra firme nunca más; o podían luchar.
» Hubo mucha gente que intentó pelear y volver a la situación anterior, aunque no salió como esperaban. Aquellos que lucharon en tierra vieron como Chloé y los suyos les derribaban con facilidad desde la muralla cuando intentaban acercarse por la montaña, y poco tiempo después comenzaron incluso a hacer incursiones hacía el bosque para exterminar o reclutar a aquellos que quedasen con vida. Todos los poblados de este lado de la isla—dijo, señalando hacia la apertura de la cueva que llevaba al bosque—fueron destruidos. Los pocos que no murieron o se unieron a la ciudad amurallada tuvieron que abandonarlo todo y escapar al Arrecife.
» Por otro lado, los detractores de Chloé que intentaron acercarse a la ciudad desde la playa se enfrentaron a los arpones, algo que nunca había estado ahí antes del Golpe.
—¿Alguien intentó infiltrarse?—preguntó Adrien.
—Sí, muchos lo intentaron—respondió Fu—. Y un gran número de ellos fueron detectados rápidamente gracias a un nuevo signo que marcaba la pertenencia al grupo de la ciudad, algo tan simple como la ropa— Los tres miraron con sorpresa sus propios cuerpos cubiertos y Alya bufó, molesta—. En principio era un símbolo, ya que nunca antes se había utilizado algo parecido; la ropa puede ser muy molesta al nadar, por lo que, al ponérsela, este grupo declaraba su rechazo por el agua. Lo que no esperaban es que esto les sirviera también para detectar a los intrusos, ya que estos no tenían nada que ponerse y eran fáciles de identificar. Y de todos los capturados... Los que no murieron decidieron rendirse y establecerse ahí, pero fue una minoría la que recibió esa oportunidad.
» Esos días fueron una matanza. Nuestra población quedó diezmada y desmoralizada, recluida en el Arrecife. Las poblaciones marinas cercanas a la ciudad vieron como Chloé y los suyos colocaban a los muertos en la playa para que permaneciesen transformados en marinos como recordatorio. Todo aquel que trataba de acercarse a los cadáveres era atacado por los arpones, lo que causó aún más muertes. A los pocos días, todos esos poblados ya estaban completamente abandonados y sus habitantes, refugiados en el Arrecife. Nuestra sociedad cambió para siempre, y Marinette lo pasó especialmente mal. Ella no sólo había perdido al otro Maestro y se había quedado completamente sola como líder ante esta situación, sino que también podría percibir el dolor de todas las demás pérdidas del Arrecife gracias a sus habilidades.
» Sabiendo que ella sola no podría enfrentarse a todos los guardias de Chloé, Marinette decidió hacer lo que pudo por su pueblo. Subió sola a esta cueva, la cueva terrestre, y utilizó su capacidad para amplificar al máximo sus ondas, haciendo vibrar tanto los receptores de todos los secos que estos perdieron la consciencia— Fu hizo una pausa, pero el grupo estaba tan absorto ante esto que nadie emitió ningún sonido—. Esto le dio el tiempo suficiente como para acercarse al palacio sin que la detuvieran o atacasen, pero al llegar ante Chloé vio que los secos ya habían recuperado sus sentidos.
» Marinette tuvo que tomar una decisión en ese momento: podía enfrentarse a Chloé, puede que incluso saliendo vencedora, pero con la certeza de que no podría escapar viva de aquel edificio; o podía llevar consuelo a su pueblo y sobrevivir para ayudarlos a recomponerse. Como ya he dicho—dijo Fu—, los Maestros somos muy importantes, siempre debe haber uno vivo, y Marinette eligió lo mejor para su gente a largo plazo. Por tanto, exigió a Chloé que le permitiese llevar los cadáveres de todos los caídos al Arrecife para que sus familias pudieran despedirse.
» Chloé, intentando humillarla, le dijo que solo le permitiría hacer un viaje y que debía escoger bien, enseñándole todos los cadáveres en el agua. Marinette, al ver la enorme cantidad de muertos que había en la playa, decidió llevarse una escama de cada uno de los cuerpos, ya que no podría cargar con nada más. En cuanto a Félix, su cuerpo estaba completamente destrozado, pero fue capaz de rescatar la última escama de la cola, la más cercana a las aletas.
—Eso es lo que dice el cuento—recordó Marinette, conmovida—. Aunque en esa historia no pasaba nada tan horripilante.
—Esto pasó hace muchísimo tiempo, de ahí que la historia haya cambiado—contestó Fu con una sonrisa triste—. Lo que no ha cambiado a lo largo de todos estos años es nuestro conflicto, o al menos no lo ha hecho hasta ahora.
—Y yo soy descendiente de esa tal Chloé?—preguntó Adrien con voz cuidadosamente neutra, evitando mirar a sus amigos a los ojos. Nino se fijó en que el rubio temblaba ligeramente.
El anciano asintió suavemente con amabilidad en los ojos.
—Si, Adrien; pero lo que hicieran tus antepasados no define quién eres tú— Marinette cogió la mano del chico y apretó ligeramente, transmitiéndole apoyo—. Esta historia es el motivo por el que mi principal condición, al firmar la paz con tu padre, fue que volvierais a tener Guardianes electos. Se lo debía a todos aquellos a los que les robaron el derecho a elegir.
Adrien asintió, comprendiendo. Muy poco después de que comenzasen las negociaciones, su padre y él habían abandonado el palacio, y su padre anunció que renunciaría al trono. Afirmó que, si en el futuro continuaba al frente de la ciudad, lo haría con la certeza de que le querían ahí. Adrien había pensado que aquello había sido idea de su propio padre pero, incluso ahora que sabía que no, seguía estando orgulloso de Gabriel. Al fin y al cabo, había terminado ganando las elecciones y ahora parecía mucho más confiado en su puesto como Guardián, y la gente también se mostraba más satisfecha con sus decisiones.
Además, ambos se habían instalado en una preciosa casa de madera cerca de la plaza, por lo que ahora Adrien sentía que por fin formaba parte del pueblo en lugar de ser un mero observador.
—Además, tu padre también desconocía el origen de vuestro reinado—siguió Fu, sonriendo levemente a Adrien—. Habéis vivido de acuerdo con vuestras tradiciones, por lo que no tiene sentido culparse por algo que no decidisteis vosotros.
—Maestro Fu...—interrumpió Alya—. Si sabías que los secos podían ser tan peligrosos con los infiltrados, tal y como nos has contado en la historia... ¿Por qué dejaste que Marinette fuera sola?
Marinette inspiró con fuerza, pero Alya mantuvo la mirada en el hombre con seriedad. Fu asintió, devolviéndole el gesto.
—Tienes razón, fue muy peligroso. Nunca podré pedir perdón las suficientes veces a Marinette por el riesgo al que la expuse— El anciano frunció los labios, mirando a la morena—. Por desgracia, cualquier otra opción hubiera sido mucho peor. Era necesario enviar a alguien desde hacía algunos años, ya que yo era el último Maestro que quedaba al haber desaparecido Carapace— Nino se removió, incómodo—. Si yo hubiera muerto sin sucesor, el Arrecife podría haber colapsado en unos cuantos años en caso de seguir limitados a vivir bajo el mar, de ahí que fuese tan urgente acabar con el conflicto. Y, de acuerdo con lo que la propia Marinette me había dicho, parecía haber secos receptivos a los marinos, así que era el momento adecuado.
» En cuanto a por qué ella—prosiguió el hombre—, gracias a sus escapadas y observación era quien más sabía acerca de los secos, aparte de mí. Yo no podía ir, así que la única opción que tuve fue enviarla a ella.
—¿Por qué no podías ir tú?—insistió Alya.
—¿Recuerdas lo poderoso que puede ser el poder de un Maestro? Si hubiera caído en malas manos, podría haber provocado el fin del Arrecife. Reconozco que esto lo planeé pensando que los secos conocíais de la existencia de los Maestros—añadió, mirando a Adrien—. Si hubiera sabido que habíais perdido todo el conocimiento sobre vuestro pasado, y por tanto de mis habilidades, hubiera salido yo. Claro que a mí no me hubieras podido besar, jovencito.
Adrien empalideció y Alya volvió y chasquear la lengua, ignorando el último comentario.
—De acuerdo, puedo entender eso. ¿Pero darle información? ¿Armas?
—¡Alya!
—Tranquila, Marinette; tiene motivos para cuestionarme—contestó Fu con tranquilidad—. Desgraciadamente, la información que tenía de los secos en ese momento era completamente obsoleta, ya que venía del momento de la separación. No tenía más información para darle, y eso sí que lo hubiera hecho de haber podido. Respecto a las armas, necesitaba un enfoque conciliador, y las armas hubieran alertado a todos los secos. Era mejor que fuera con sus mejores intenciones, y le di lo único que pensé que podría protegerla, un vestido para ocultar que era marina.
Marinette recordó el vestido blanco y pensó en lo que podía implicar algo tan simple. Miró a Fu y frunció los labios.
—También me diste pociones para transformarme. Eran totalmente inútiles, ¿Verdad?
—Sí—contestó con simpleza Fu, sonriendo—. Fueron para darte sensación de seguridad. Los Maestros no podemos hacer pócimas mágicas, no somos brujas del mar salidas de un cuento.
De pronto, un chapoteo asustó al grupo, que miró rápidamente hacia el agua. Allí, un marino de mediana edad los observaba con la boca entreabierta.
—No, no se preocupe, la reunión es aquí—contestó Nino rápidamente a la pregunta que el hombre parecía haber transmitido por ondas—. Mucha suerte.
El hombre asintió con la cabeza en agradecimiento y los cuatro se pusieron en pie, despidiéndose de Fu. Marinette gimió con decepción al ver que la sesión de descubrimientos se había acabado, pero agarró la mano de Adrien y siguió a sus amigos hacia la apertura. Salieron por el otro lado de la cueva en silencio, asimilando lo que habían oído, y caminaron hacia la cascada.
—¿Que opináis?—preguntó Nino de pronto—. ¿Veis las cosas diferentes ahora?
—Realmente no—contestó Marinette, encogiéndose de hombros—. Estamos dejando atrás un conflicto que, en nuestra generación, lo único que ha hecho es perjudicar a secos y a marinos. Creo que cómo empezase ese conflicto no cambia nada.
—Coincido—dijo Alya para sorpresa de todos—. Estoy haciendo amigos entre los secos, y que hace mil años una panda de estúpidos psicópatas declarase una guerra no cambia quienes sois ahora.
Nino y ella cruzaron una mirada rápida, sonrojándose, y Marinette guiñó un ojo a Adrien.
—Por lo menos ahora sabemos por qué tienes tanto pánico a que se te vean las pantorrillas, ex-alteza—dijo, fingiendo una reverencia y aprovechando para pellizcar uno de los gemelos de Adrien—. Podrías correr peligro si alguien ve tu piel y te confunde con un infil...
—¿Y este muslo?—exclamó el rubio, agarrando a Marinette como un saco de patatas— ¿Se puede ver este muslo?
Saltó al agua con ella en brazos y ambos se transformaron en el acto, riendo. Ladybug mandó ondas maldiciendo y Nino soltó una carcajada al percibirlas. Alya, al sentirse excluida, entrecerró los ojos con fingida indignación y empujó a Nino al agua. Justa antes de caer, éste consiguió agarrar el brazo de la chica y aterrizaron juntos en el agua, haciéndose un lio en el amasijo de telas.
«En serio, odio la ropa» transmitió Alya mientras luchaba por quitarse el vestido bajo el agua.
Nino fue a ayudarla y Chatnoir y Ladybug se quedaron a un lado, viendo el espectáculo. Al cabo de unos segundos, Chatnoir cogió la mano de Ladybug y aprovechó para enviarle una débil onda de amor y confianza. Ladybug sintió como la onda pasaba por su brazo y miró a Chat con nerviosismo, acercando con timidez sus aletas a las de él. Chat, sintiendo su tensión, se lanzó y le dio un suave beso en los labios, ante lo que Marinette sonrió ampliamente y le devolvió el beso.
Los marinos no se daban besos, pero esa costumbre a estas alturas daba igual. Ellos ya no eran marinos, y ya no eran secos. Eran una única especie que podía hacer lo que quisiera, y lo mismo ellos.
Porque ellos no eran las dos caras de una misma moneda, ni eran medias naranjas. Eran individuos completos que, juntos, podrían hacer lo que quisiesen.
