Disclaimer: Nada me pertenece, más que mis alocadas fantasías Helsa. D:


Oneshot de Halloween resubido alv, debido al deficiente funcionamiento de este sitio. ò.ó ¡Esperen más actualizaciones nuevas en los próximos días!


5to año.


El Misterio del Bosque Prohibido


—¿Qué tienes para mí, Al?

—Solo lo mejor. Traje conmigo algunas cosas interesantes de mi última visita a Londres.

—Muéstrame.

Los ojos de la alegre pelirroja brillaron cuando Aladdin desplegó todo un arsenal de cachivaches sobre la alfombra de la sala común de Gryffindor. La mitad del botín consistía en objetos que no había visto jamás, y la otra yacía conformada por cosas que le eran sumamente familiares. Cintas musicales de los años 80, auriculares de diversos tamaños, relojes de pulsera electrónicos, un par de marcapasos y una cámara polaroid desvencijada…

La muchacha emitió un chillido emocionado al reconocer un teléfono inteligente, que se apresuró a tomar en sus manos. Cualquier muggle habría desestimado ese modelo de iPhone viejo y desactualizado al instante, pero para la joven bruja, sin duda era un tesoro.

—¡He escuchado hablar de esto! Los muggles lo utilizan para llamarse los unos a los otros desde distintos lugares, sin necesidad de usar magia —Ariel tomó el teléfono y miró como se encendía con fascinación—, ¡Dios mío! ¡Está funcionando de verdad! —la chica miró al moreno con los ojos muy abiertos— ¿Cómo haces para conseguir estas cosas tan excelentes?

—Tengo mis contactos.

—Robaste todo esto, ¿verdad, Aladdin? —Moana lo miró con una ceja alzada.

—¡Oye! Nadie necesitaba estos objetos, ¿de acuerdo? La mayoría de esto es basura para los muggles . Este teléfono por ejemplo, le fue incautado a un tipo que vendía drogas en Sussex. Creo que trató de golpear a un policía o algo, aún hay manchas de sangre en una de las esquinas.

—¡Por Dios, es verdad! —Ariel contempló un borde abollado del teléfono con sorpresa— El mundo muggle es tan fantástico como emocionante —su mirada se perdió en el infinito, con expresión soñadora—, a veces desearía contemplar ese vasto mundo con mis propios ojos. Yo quisiera… quisiera formar parte de él.

—Viejo, tienes un problema con esto de robar —dijo Eric—, juro que entre tú y esa lacra venenosa de Fitzherbert, ya no sé quien está más perturbado.

—¿Acabas de compararme con un Slytherin? Eso sí me ofende.

—Oye, yo solo digo que tal vez deberías buscar un pasatiempo más legal o algo…

—¿Pasatiempo? Para mí esto es un estilo de vida, Fitzherbert solo lo hace para llamar la atención. Por lo menos yo tengo buenas intenciones, me gusta practicar el altruismo.

—¿Altruismo? ¿Con quién?

—¡Déjalo, Eric! Ya lo escuchaste, los muggles no quieren estas cosas —lo atajó su novia—, ¡me encanta mi nuevo teléfono muggle! Es justo lo que estaba buscando para mi colección. ¡Es increíble como esa gente puede crear todo tipo de artefactos para sobrevivir sin magia!

—Vaya Ariel, coleccionas muchas porquerías —dijo Mérida, mientras analizaba una cinta musical desgastada—, yo no sé que le ves de fascinante a esto. ¿Quién mierda es Michael Jackson?

—Coleccionar cosas muggles es como acumular basura, solo un demente querría hacer algo así —intervino una chillona vocecita a sus espaldas.

—Nadie te preguntó, Anna —le espetó la pelirroja con el ceño fruncido.

—Hey, yo solo digo la verdad. Quiero decir, ¿qué clase de objetos son estos? ¿Quién los necesita teniendo magia? —la aludida se acercó campechanamente hasta el montón de cachivaches desparramados y tomó un reloj medio descompuesto para agitarlo burlonamente— Entiendo que para un mestizo como tú sea lo normal Aladdin, después de todo creciste rodeado de estos desperdicios. Pero los magos y brujas somos mucho mejores que esto, en especial los que provenimos de familias puras y de abolengo. Me pregunto que diría mi abuelo si supiera que estás comerciando con objetos muggles en Hogwarts, oh, sería una lástima que se enterara…

—Tu abuelo puede chuparme las bolas, Anna. Todo mundo sabe que no tienes las agallas para llamarlo de verdad.

—¿Ah no? ¡¿Quieres ver?!

—Dios Anna, ¿por qué no vas a lamerle el culo a Hans o algo? A nadie le interesan tus amenazas —Mérida rodó los ojos, hastiada, mientras sus amigos soltaban algunas risas.

La colorada enfureció y los fulminó con la mirada.

—¡Yo no le estoy lamiendo el culo a nadie! Para su información, Hans y yo tenemos algo serio. Claro que nosotros no tenemos tiempo para ocuparnos de tonterías muggles como estas, estamos esperando el momento adecuado para formalizar nuestra relación.

—Sí, sí, suerte tratando de convencerlo de eso —Ariel la apuntó con la cámara del iPhone no bien hubo descubierto como usarla, con la rápida intervención de Aladdin—. Solo recuerda lo que te digo: Hans no ama a nadie en este mundo, ni siquiera a sí mismo. Tal vez quiera un poco a su gato, pero eso es porque Sitron es un ser malcriado y estúpido como él. Tú no eres un gato, Anna, solo eres su perra y cuando dejes de serle útil, te va a mandar a la mierda como al resto de sus otras perras. Y cuando eso pasé, yo estaré allí, lista para capturar el momento con mi teléfono muggle y añadirlo a mi flamante colección.

Ariel dejó escapar una serie de ladridos que rápidamente fueron secundados por sus compañeras, y entonces todos volvieron a reír, haciendo enrojecer a la nieta del ministro. Anna apretó los dientes y aferró su varita dentro del bolsillo…

—Que mal que no seas Elsa Sorensen, así al menos llamarías genuinamente la atención de ese psicópata. El acoso escolar que ella recibe es más honesto que la falsa consideración que tiene hacia ti.

—Eso es muy enfermo, Mérida —Moana se volvió hacia ella con un semblante consternado.

—Ya sé. Pero es la verdad.

Los chicos volvieron a reír. Anna estaba a punto de sacar su varita, cuando una mano la detuvo.

—Déjalos, Anna, no valen la pena. Dejemos que se diviertan con su basura muggle —Giselle la tomó del brazo y la asió para alejarla de sus compañeros.

—Eso es, váyanse zorras y no interfieran con nuestros negocios —les ordenó Ariel, al tiempo que sacaba unas cuantos galeones de su bolsillo para extendérselos a su compañero—. Y si le dices de esto a alguien, Anna, yo misma te voy a colgar de un perchero para darte una lección que nunca se te va a olvidar, ¿entendiste, enana?

—¡Guárdate tus estúpidas amenazas, Ariel! No me interesan sus asuntos de muggles, son unos raros y unos vulgares. ¡Eso es lo que son! Especialmente tú, Aladdin.

—Chupa mis bolas mestizas, Anna.

Todos rieron de nuevo. La mencionada les miró con desdén por última vez, antes de alejarse al lado de su amiga con la nariz en alto.


Tener un teléfono muggle no era tan complicado como se había imaginado. Había un montón de símbolos en la pantalla del dispositivo que no terminaba de comprender, y el hecho de que la batería funcionase con electricidad era algo inconveniente (al menos hasta que descubrió que un toque de su varita bastaba para extender la carga del aparato), pero fuera de eso, Ariel estaba disfrutando como una niña.

Risueña y alborotada, la muchacha caminó por los pasillos menos concurridos del colegio, con el móvil en mano, grabando cuanto podía a través de la cámara. De vez en cuando llamaba la atención que algún que otro estudiante que pasaba por su lado.

La posibilidad de capturar secuencias en movimiento sin necesidad de usar una cámara mágica, no dejaba de fascinarla. En especial cuando estas literalmente podían llevarse en el bolsillo.

"Ojalá hubiera algo más interesante que ver por aquí", pensaba, apuntando con el teléfono hacia una solitaria lechuza que revoloteaba fuera del ventanal.

—… ¡ya deja de empujarme, Hans! ¡Eres peor que un mocoso!

—¡Suelta mi corbata, sangre sucia!

—¡Te odio, maldita serpiente del mal!

Ariel miró por encima de su hombro, sobresaltada al escuchar un par de voces familiares. La discusión provenía de una puerta entreabierta al final del solitario pasillo, el gabinete especial de la profesora Gothel, si mal no recordaba.

Curiosa, se aproximó hasta la habitación y ajustó el encuadre del iPhone. Aquello sí era algo digno de filmar.

Elsa y Hans estaban insultándose como de costumbre. La rubia muchacha tenía cogido a su primo por la característica corbata esmeralda con rayas del uniforme, y lo zarandeaba con exasperación, al tiempo que él cerraba las manos sobre sus delicadas muñecas, en un intento vano de controlarla.

Al menos no estaban usando las varitas.

—¡Esto es tu culpa, Westergaard! Si no hubieras arrojado esas asquerosas patas de gallina a mi caldero, no estaríamos aquí, ¡otra vez!

—Por favor, eres tan estúpida que de cualquier manera ese caldero habría estallado de todas formas. Ni siquiera te acordabas bien de la receta para el brebaje…

—¡¿Cuál es tu problema conmigo?! ¡¿Por qué siempre tienes que estar acosándome?! ¡¿Te gusto o qué?!

—¡¿Gustarme?! ¿Bebiste de nuevo o algo, Sorensen?

—¡Pues no sé por qué estás tan obsesionado conmigo!

—¡No estoy obsesionado contigo! Apuesto a que eso te encantaría, ¿tengo que recordarte lo que pasó en la taberna de Hogsmeade después de aquel partido? —los enemigos se miraban con tal intensidad y estaban tan cerca, que sus narices casi se rozaban.

—¡Eso no viene al caso! Y para que conste, ¡esa vez sí estaba ebria! —las mejillas de Elsa adquirieron una tonalidad tan intensa como el cabello del muchacho— ¿De qué otra forma podría acercarme a un tipo tan repugnante como tú, si no es con alcohol de por medio?

—No parecía repugnarte demasiado, a juzgar por la forma en la que me besabas —Hans esbozó una sonrisa torcida y llena de malignidad—, realmente lo disfrutaste, ¿no es así, mujerzuela?

—Quien parece que lo disfrutó es otro, de lo contrario no me habrías sujetado como un pervertido —aún ruborizada, Elsa imitó el gesto maligno de sus labios, mientras el de él se desvanecía de golpe—. ¿Qué pasa, Hans? ¿Te pongo nervioso? ¿No será que en realidad lo que te pone son las brujas de sangre impura como yo? Eso sí sería enfermo de tu parte…

—Quien está enferma eres tú, sangre sucia. Jamás tendría una fantasía con un fenómeno.

—¡¿Cómo me llamaste?!

—¡Me escuchaste, zorrita!

—¡Te voy a congelar tanto las bolas que no vas a poder ni ir al baño en lo que resta de la semana, imbécil…!

Ariel escuchó un estruendo y lo siguiente que supo, fue que la puerta se había abierto de una patada. Dos pares de ojos celestes y jade se posaron en ella de modo fulminante.

—¿Qué mierda haces allí, Ariel? —le espetó Hans— ¿Qué es esa basura que tienes en la mano?

—¿Es eso un teléfono muggle? ¿Estabas grabándonos? —inquirió la blonda con indignación.

—¿Qué? ¿Cómo que teléfono muggle…?

—¡Oh, no me hagan caso! Yo solo pasaba por aquí, ya saben, ocupándome de mis asuntos y todo eso. Escuché algo extraño y quise venir a cerciorarme de que todo estaba bien —se apresuró a decir la pelirroja, escondiendo el teléfono tras su espalda—, lo cual veo que es así, quiero decir, es normal que ustedes quieran matarse y todo eso, así que en fin, debería marcharme…

—Alto —Elsa le dirigió una mirada que le dio escalofríos—, ¿que tanto grabaste?

—Nada.

—¿Cómo nada? Sé bien lo que estabas haciendo.

—¿Yo? Pero si ni siquiera sé como funciona esta cosa —Ariel intentó aparentar inocencia.

—Otra vez coleccionando esas cosas muggles, por eso nunca te destacas en nada que sea mínimamente útil Ariel, lo único que sabes hacer es acumular toda esa basura de mierda —le dijo Hans con desdén.

—¡No es basura de mierda! ¡Son cachivaches interesantes que no le hacen daño a nadie y conllevan un gran nivel de creatividad! —estalló la chica—, ¡son mi pasión! ¿Acaso no puedes comprender lo que es perseguir algo que te apasione? ¡A ti te apasiona hacer miserable a Elsa, ¿no?! ¡Así que cierra la boca!

—Le voy a decir a tus hermanas.

—¿Ah sí? Pues yo le voy a decir a tus hermanos que estabas manoseándote con Elsa en el gabinete de la profesora Gothel, y veremos quien jode a quien.

—¡Yo no me estaba manoseando con él!

—No te atreverías…

—¿Quieres averiguarlo?

—¡Ya basta! —Hans sujetó la muñeca de la colorada y trató de arrebatarle el teléfono— ¡Dame eso, zorra!

—¡Nunca!

—¡Oh sí! ¡Vas a borrar todo lo que hayas grabado! —Elsa la aferró por la otra mano.

—¡Suéltenme perras, suéltenme!

Los tres se pusieron a forcejear dentro del diminuto habitáculo, sin percatarse de como las estanterías atestadas de frascos, vasijas y otros recipientes de contenido escabroso, se balanceaban peligrosamente a su alrededor. El primero en inclinarse fue un tazón lleno de alas de murciélago, las cuales se desparramaron como una cascada viscosa por encima de sus cabezas.

Luego, como en un efecto domino, el resto de los contenedores se derrumbó liberando todo tipo de ingredientes. De un instante a otro, vapores de distintos colores se elevaron en el interior del gabinete, envolviéndolos en una neblina espesa que al disiparse reveló un escenario de pesadilla.

—¡¿Pero qué demonios?! —los ojos inquisitivos de la profesora Gothel se abrieron con horror al descubrir lo que había ocurrido con su valioso suministro.

Todas sus hierbas, menjunjes, pócimas y demás, yacían desperdigados en el suelo conformando una estampa lamentable. Algunas de las sustancias aún desprendían vapor o emitían ruidos extraños. Muy pocos frascos habían sobrevivido al desastre. En el centro del cuarto, tres figuras sucias no paraban de toser y frotarse los ojos.

—¡Mi precioso gabinete! ¡¿Qué fue lo que hicieron, animales?!

Ariel gritó al escuchar los alaridos de la mujer, como si estuviera delante de un monstruo.

—¡Todo es culpa de Sorensen, profesora!

—¡No! ¡Él empezó todo…!

—¡Basta! —Gothel los acalló con una señal exasperada de la mano.

Estaban acostumbrados a verla de mal humor, mas nunca su semblante había irradiado tanta locura y enfado hacia ningún estudiante; ni siquiera esa misma mañana, cuando en la clase de Pociones habían peleado como era habitual y provocado otro desastre a menor escala.

Por extraño que pareciera, de pronto Gothel parecía haber envejecido unos diez años. Una vena le palpitaba en la sien.

—Tenían una única tarea —espetó entre dientes—, ordenar este sitio e inventariar los ingredientes para la clase. Les pedí una sola cosa, confiando en que no serían tan estúpidos como para arruinarlo de nuevo…

—Bueno, esas son dos cosas… —musitó Ariel tímidamente.

—… ¡¿y qué es lo que me encuentro?! —la mujer levantó la voz— ¡A ustedes, sabandijas abyectas, convirtiendo mi gabinete en un maldito vertedero! ¡Mírense! ¡¿No son capaces de estar siquiera en el mismo lugar sin romper o hacer estallar algo?! ¡Qué infierno! ¡No sé porque creí que podía confiarles algo de responsabilidad!

—Cielos profesora, esa no fue una decisión muy inteligente —habló Ariel, tras deslizar disimuladamente su teléfono en el bolsillo de la túnica—, quiero decir, ¿Hans y Elsa solos en una habitación minúscula y repleta de cosas como estas? Tiene suerte de que no haya objetos afilados por aquí o todo estaría lleno de sangre. Los hubiera castigado quitándoles sus escobas o enviándolos a limpiar los baños del segundo piso, eso es más efectivo —sugirió, en tanto los aludidos la asesinaban con la mirada.

—¡Usted cállese! —la pelirroja se apresuró a ocultarse detrás de Elsa, intimidada—. Estoy tan harta de ustedes dos. Son los peores y más mezquinos estudiantes a los que he tenido la desgracia de enseñar en mi vida.

—Creí que sus peores estudiantes eran Eugene y Rapunzel —apuntó Elsa, mirándose las manos entrecruzadas con vergüenza.

—Ellos solo son los más estúpidos. Ustedes son deleznables —replicó Gothel con frialdad—, a lo largo de su paso por este colegio, han hecho gala de una detestable arrogancia que solo es equiparable a su ineptitud, y que en más de una ocasión me ha hecho replantearme mi vocación como docente. Son una vergüenza para sus casas y para este colegio. Especialmente usted Westergaard, no es digno de llevar el apellido de su ilustre familia.

Hans soltó un respingo y clavó la mirada en sus zapatos, molesto.

—Ravenclaw y Slytherin tienen cien puntos menos —prosiguió la malvada mujer. Ariel liberó un suspiro de alivio por lo bajo—, ¡y Gryffindor también! —la colorada hizo una mueca de espanto—. Ahora, ¿cómo piensan reponer todos los ingredientes que han malgastado?

—Pagaré por todo si es lo que quiere —dijo el muchacho con amargura—. Solo tiene que enviarle un mensaje a mi padre y ya.

—Cree que todo se arregla con dinero, ¿no es así, Westergaard? No, eso sería demasiado sencillo —los labios de la bruja se curvaron en una irónica sonrisa—, esta vez no será tan fácil. Después de limpiar hasta el más minúsculo rincón de este cuarto, los tres harán ese inventario e irán al Bosque Prohibido a buscar las plantas necesarias para reemplazar los faltantes. ¡Y no quiero que se olviden de uno solo!

—¿Qué? —Elsa la miró alarmada— ¡Pero no está permitido ir allí! ¡Solo somos estudiantes!

—Por favor, como si ustedes hicieran el menor caso de las reglas —la hechicera rodó los ojos—. No solo tienen mi permiso para ir hasta ahí, sino que es una orden. Y no pienso permitir que vuelvan a entrar en el castillo hasta que cumplan como es debido.

—¡Pero es muy peligroso! —lloriqueó Ariel.

—Eso lo hubieran pensado antes de ponerse a jugar como unos mocosos —la riñó Gothel—. ¡Irán y harán lo que les ordeno, o voy a reprobarlos tajantemente durante lo que resta del año!


El Bosque Prohibido era un lugar tan siniestro como lo recordaba de niña. Solo en una ocasión, Elsa se había internado en los parajes de aquel sitio boscoso y lleno de misterios, y las cosas no habían terminado bien.

Esa misma tarde, la profesora Gothel los había escoltado en persona hasta las lindes de la foresta, acompañada por el señor Garfio. El malhumorado guardabosques no dejó de mascullar palabrotas y lanzarles miradas asesinas, obviamente no le hacía la menor gracia ser despertado de su siesta de la tarde para un recorrido improvisado. Moviendo el afilado ganchillo que decoraba el muñón de su mano, se encargó de quitar algunas de las ramas que les estorbaban en el camino.

—No debería meter a estos mocosos al bosque, me va a meter en un problema.

—Cállese y siga avanzando, estos miserables delincuentes tendrán el escarmiento que se han ganado.

—Vieja decrépita —murmuró Garfio por lo bajo.

Equipados con no más que sus varitas y un mapa preparado por la maestro, tuvieron que resignarse al castigo. El mapa marcaba algunas zonas donde ella les aseguró, no tendrían problemas para recolectar todos los ingredientes que necesitaba sin peligro.

—¡Y mejor no se olviden de nada! —fue lo último que exclamó Gothel, antes de dejarlos marchar.

Estaba a punto de oscurecer cuando apenas habían recogido la mitad de las cosas de la lista, que la rubia había inventariado con antelación. Elsa dio un respingo y se incorporó detrás del matorral donde se encontraba, colocando unas cuantas hierbas en un frasco y metiéndolo en la cesta que sostenía Ariel.

—¿Saben qué es lo que dicen últimamente acerca de este bosque? —inquirió la colorada— Dicen que puede haber un monstruo rondando por aquí, Eric me contó que el señor Garfio ha encontrado arañazos en la corteza de algunos árboles. ¡Incluso una vez halló un roble que había sido derribado!

—Eso solo son habladurías, Ariel —le dijo Elsa.

—¿Lo son? Porque nadie en mi casa deja de hablar de eso, incluso muchas estudiantes de otras casas han asegurado haber escuchado ruidos raros provenientes de aquí. Como, rugidos y esas cosas.

—No me extraña que tú les creas —musitó Hans.

—Acónito… belladona… hiedra… dulcamara… ¡parece que esto nunca se va a terminar! —Elsa suspiró, preocupada.

—¡Esta cosa es fantástica! ¡Puede grabar hasta de noche! —Ariel sujetaba el iPhone en alto, sin dejar de impresionarse como una niña— Es la cosa más fascinante de muggles que he tenido, ¡he capturado muchos momentos geniales desde que estamos aquí!

—Mierda, ¡deja ya de estar jugando, Ariel! —la riñó Hans—, la sangre sucia tiene razón, ¡ya casi se hace de noche y seguimos aquí!

La blonda lo miró con una ceja enarcada.

—Se preocupan demasiado, chicos, Gothel no habría preparado un mapa para nosotros si intuyera que hay algún peligro.

—Supongo que en eso tienes razón —le concedió su primo.

—¿Verdad? Además, podemos volver con lo que tenemos y simplemente decir que no pudimos encontrar lo demás; solo tenemos que fingirnos cansados y hacerle ver que de verdad hemos escarmentado, no creo la maestra que nos deje afuera.

—Sí lo hará —dijo Elsa arrugando el ceño.

—Claro que no, Elsie, relájate. Después de todo, yo no creo que ningún profesor se arriesgara a jugar con la seguridad de sus alumnos.

—¿Ah no? Porque yo creo que eso es justo lo que algunos maestros no dejan de hacer en esta escuela —Elsa apartó de un manotazo el teléfono, en cuando la colorada la enfocó con la cámara—, no olvides que Gothel se la pasa usando a Rapunzel como su conejillo de Indias en la clase. ¡Igual que ese odioso profesor de Defensa contra las Artes Oscuras en cuarto año! ¿Recuerdas a Jaffar? ¡Kristoff casi se muere por su culpa! ¿Y qué me dices de Facilier? ¡Convirtió en sapos a dos estudiantes en tercero y solo le dieron una reprimenda! Tendrían que haberlo despedido.

—Pero él es negro, Elsa, obviamente no lo iban a despedir así como así. Gothel no es una minoría, tiene que andarse con un poco más de cuidado. Lidiar con los efectos secundarios que una poción o un hechizo puedan tener en un par de estudiantes blancos es una cosa, pero créeme, ella no va a arriesgarse a tanto como para hacer que nos maten en el bosque.

—¿Sabes, Ariel? Realmente puedes no ser tan estúpida cuando quieres.

—Gracias Hans.

—¡No hay nada de sentido en lo que acabas de decir, Ariel! Dios sabe que Gothel sí nos pondría en peligro con tal de castigarnos —replicó la platinada—, igual que lo estuvieron Tiana y Naveen al estar saltando esa vez sin supervisión por ahí, ¡y ellos son de color!

—¿Ves? Si el hechizo hubiera sido realizado por un maestro blanco, él o ella ahora estaría en la calle.

—¡Ese no es el punto aquí…!

—Deja de quejarte, sangre sucia. Ariel tiene razón, ningún profesor de mierda en este colegio se arriesgaría tanto al poner en verdadero peligro a ningún estudiante.

—¡Hace un momento yo era quién tenía la razón! —Elsa encaró irritada al bermejo.

—Pues ya no. Cierra la boca y pásame la lista para tachar la cicuta —espetó Hans con aburrimiento—. No pienso seguir un segundo más en este desagradable lugar.

—¡No, no te voy a pasar la lista!

—¡Entonces táchala tú para largarnos de una buena vez!

—¡No me des órdenes, idiota!

—Ay, me encanta cuando están peleando —Ariel sonrió y volvió a alzar el teléfono—, ya sé que voy a poner cuando quiera hacer reír a los demás en Gryffindor.

—¡Deja de apuntarme con esa cosa! —Hans la señaló con el índice, amenazador— Me tienes harto.

—Oh vamos, no es para tanto.

—Te lo estoy advirtiendo, Ariel.

—¿Sabes qué es lo que necesitas, Hans? Necesitas sentarte y beber un largo sorbo de "deja de ser un maldito amargado", ¿sí?

—Y tú necesitas dejar de ser una perra consentida que colecciona esta clase de mierda.

—¡Oye, mi teléfono! —la chica protestó en cuanto el pelirrojo logró arrebatarle el aparato y lanzarlo lejos— ¡Eres un imbécil, Hans!

—¡Ariel, espera! ¡No debemos alejarnos! —Elsa fue detrás de la chica cuando salió corriendo, alejándose del área de seguridad delimitada en el mapa.

Elsa desenvainó su varita y trató de seguir a la pelirroja, pero rápidamente le perdió la pista. Qué fácil era extraviarse en aquel lugar.

—¿Ariel? ¡Ariel!

Un gruñido insólito le heló la sangre. Elsa permaneció inmóvil donde estaba y apretó con fuerza su varita. Algo se movía muy cerca, cobijado por la espesura de los árboles. Algo muy grande y muy pesado. El sol acababa de ponerse, impidiéndole ver más allá de unos cuantos metros.

Una mano helada aferró su muñeca y ella gritó, aterrorizada.

—¡Soy yo! ¡Maldita sea, soy yo! —Hans la sujetó por los hombros e intentó tranquilizarla, al ver que levantaba la varita— Tranquila, está bien, tranquila.

Elsa se llevó una mano al corazón y respiró agitadamente.

—¿Dónde está esa loca?

—No sé, yo…

—Mierda, tenemos que encontrarla —ahora el pelirrojo estaba tan pálido como ella—, no puede extraviarse, no en este lugar.

—Hay algo acechando cerca.

—¿De qué estás hablando?

—Escuché algo…

El espeluznante sonido de ramas quebrándose bajo los pasos de alguien, de algo, los hizo callar al instante. El bermejo se llevó un dedo a los labios, indicándole que se quedara en silencio. Elsa tragó saliva, asustada. En ese instante volvió a escuchar las pisadas, acercándose hacia ellos con la astucia de un depredador.

Sus dedos aferraron la varita, sin dejar de mirar a su compañero, preparada para lo que fuera que estuviera al acecho. Los pasos se acercaban lentamente…

—¡Expelliarmus! —el hechizo brotó de la varita de Hans en el mismo instante en el que una criatura descomunal saltaba entre la maleza, rugiendo y enseñando los colmillos.

El suelo tembló al recibir el impacto de la criatura, que aterrizó a un par de metros de los dos. Para su sorpresa, el hechizo del joven mago no llegó a embestirla, sino que rebotó en su contra, rozando los cabellos de ambos, como si un escudo protector envolviera a la quimera.

—¡¿Qué carajos…?! —Hans abrió los ojos como platos e intentó usar su magia de nuevo, solo para descubrir que esta yacía poderosamente limitada por alguna especie de encantamiento en la zona.

Elsa sintió que su labio inferior temblaba. Visto de cerca, el monstruo era mucho más grande y aterrador. A simple vista, cualquiera habría podido decir que se trataba de una especie de oso aunque su cabeza se asemejaba más a la de un búfalo con enormes cuernos. Su mandíbula, sus dientes y su melena, emulaban a los de un león, mientras que sus patas y su cola eran las de un lobo. Dos pares de colmillos afilados como los de un jabalí, completaban la grotesca estampa.

La bestia volvió a gruñir y corrió hacia ellos.

—¡CUIDADO! —Hans la aferró entre sus brazos y la empujó hacia el suelo, evadiendo el ataque de la quimera.

Elsa se sintió rodar sobre la tierra y cerró los ojos con fuerza, quedando debajo de su compañero. El pelirrojo sintió un escozor en la pierna derecha y constató, con horror, que la tela de sus pantalones yacía hecha jirones. Escuchó a la bestia rugir y en un impulso, haló a la muchacha, colocándola boca abajo y cubriéndola con su cuerpo para protegerla.

—¡NO!

Una enorme barrera de hielo se materializó frente a ellos, deteniendo a la bestia. El animal chocó contra el muro y se desplomó, gimiendo de furia y dolor. Los adolescentes alcanzaron a ver como se perdía nuevamente en la foresta, antes de que la muralla creada por Elsa se desvaneciera.

—Dios mío… —Hans se sujetó el brazo, estremeciéndose al sentirlo húmedo y caliente—, ¿Elsa? ¿Te encuentras bien?

La rubia se incorporó, mareada. Ese simple despliegue de sus poderes, en un ambiente claramente encantado para mantener la magia al mínimo, la había agotado en segundos.

—¿Qué era eso? —se escuchó preguntar.

—No sé y no quiero averiguarlo.

—Estás herido —Elsa contempló con temor la sangre que manaba de su pierna.

—Estaré bien, creo … ¡maldita sea! ¿Quién iba a decir que Ariel tendría razón?

La aludida apareció tras un árbol, con el teléfono muggle en la mano y su varita en la otra.

—¡Dios mío! ¿Se encuentran bien? —la chica palideció al ver la herida de Hans.

—Está herido —dijo Elsa con apuro—, tenemos que sacarlo de aquí. ¡Pero no sé que dirección tomar! ¡Perdí el mapa!

—Acabo de ver una cabaña a pocos pasos de aquí, creo que no hay nadie. Llevémoslo hasta allá antes de que se esa criatura regrese.

Entre las dos consiguieron levantar al pelirrojo haciendo que les rodeara los hombros con cada uno de sus brazos, y echaron a andar lo más aprisa que les fue posible en la dirección que indicaba la chica.

—¡Todo esto es tu culpa, Ariel! ¡Tenías que venir a jugar con tu patético juguete muggle!

—¡Si no me lo hubieras arrebatado, ya estaríamos de vuelta, idiota!

—¡¿Quieren parar de pelear?! ¡No es momento para hacer reclamos!

Una pequeña casa de madera no tardó en aparecer ante ellos. La puerta, notaron, se hallaba extrañamente entreabierta.

Un rugido voraz se escuchó a sus espaldas. Los tres corrieron a refugiarse justo cuando unos pasos gigantescos retumbaron tras ellos. Elsa cerró la puerta de golpe y echó el pestillo, estremeciéndose con otro bramido de la criatura, que pareció hacer temblar el bosque completo.

—Eso estuvo cerca —dijo sin aliento.

Todos miraron a su alrededor.

La cabaña era pequeña pero muy acogedora, aunque estaba un poco desordenada. Además de la habitación principal en la que se encontraban, decorada con una enorme chimenea, solo había un cuarto de baño y una cocina diminuta. Una cama desgastada y de gran tamaño ocupaba el centro de la estancia, junto con un diván que se encontraba volcado. Parecía como si un torbellino hubiese pasado por ahí, antes de salir disparado a través de la puerta. Alguien había dejado encendido el fuego.

—¿Quién vivirá aquí? —se preguntó Ariel.

—No importa, no creo que vuelva nadie esta noche con esa bestia rondando en las afueras —la atajó Elsa—, vamos, hay que recostarlo ahí.

Las chicas avanzaron hasta la cama y ayudaron a Hans a acostarse, quien soltó un gruñido de dolor. Ariel hizo una mueca al mirarle la pierna.

—¡Dios mío, Hans! Mírate, eso se ve muy mal, espero que no tengan que amputarte la pierna…

—¡Cállate, Ariel! —Elsa le llamó la atención en tanto el muchacho la fulminaba con los ojos— No digas tonterías, hay que conservar la calma. Tenemos que limpiarle la herida antes de que se infecte.

—¡Estamos jodidos! ¡Míranos! Encerrados en una cabaña tenebrosa mientras un monstruo nos acecha, sin que nadie nos pueda ayudar —lloriqueó la otra—, ¡y justo en la noche de brujas! ¡Apuesto a que están reunidas allá afuera, esperando para matarnos!

—Ariel, nosotras somos brujas.

—¡Hablo de brujas realmente malas! Como los mortífagos que practican hechizos prohibidos y esas cosas. O las que hacen aquelarres y bailan desnudas alrededor de fogatas siniestras. Seguramente Gothel es una de ellas y nos envío deliberadamente hasta aquí con la intención de sacrificarnos por arruinar su gabinete.

—Dios, eres tan estúpida a veces —musitó Hans rodando los ojos.

—Estoy segura de que vendrán a buscarnos, Gothel enviará a alguien en cuanto se percate de que no hemos vuelto —la tranquilizó la rubia—. Solo hay que esperar. ¿Por qué no vas y calientas un poco de agua mientras reviso a tu primo? En la cocina debe haber agua.

La colorada asintió y se dirigió al mencionado lugar, en tanto la joven Ravenclaw se inclinaba sobre el bermejo.

—¿Qué tal está? —inquirió él, sin atreverse a mirar directamente su pierna lastimada.

Elsa se mordió el labio inferior, preocupada. Los zarpazos de la bestia eran tan profundos que le habían desgarrado el pantalón, empapándolo de sangre.

—Lo único que me falta es que Ariel tenga razón. Sería tan jodidamente irónico…

—No seas absurdo, solo hay que frenar la hemorragia. Voy a arremangarte el pantalón.

Con algo de esfuerzo, el chico se incorporó un poco para permitirle que retirara la destrozada tela de su prenda inferior. Elsa acomodó unos almohadones y le hizo volver a recostarse.

—¡Encontré agua! —Ariel volvió en ese instante con un cuenco de agua que acababa de calentar con la varita—, creo que aquí nuestros poderes no están tan restringidos. En la cocina también hay algo de comida, creo que alguien sí vive aquí.

—Que extraño —Elsa entró en el baño y tomó la primera toalla limpia que encontró.

Acto seguido, sumergió el paño en el agua y procedió a curar la herida del Slytherin con sumo cuidado. Ariel observó incómoda la sangre y apartó los ojos casi de inmediato.

—Bueno, voy a preparar un poco de té, no creo que al dueño le moleste mucho. Y vaya que lo necesitas, Hans.

—Buena idea —le dijo la rubia, mirándola desaparecer de nuevo en la cocina.

La chica exprimió el paño y lo colocó con cuidado sobre las heridas abiertas, arrancándole un gemido doliente a su compañero.

—Lo siento, tengo que limpiarla bien —le advirtió Elsa—. No te muevas.

—¿Estás segura de lo que haces? ¿Desde cuándo eres enfermera?

—De hecho, tomé un curso de primeros auxilios mágicos en verano con Rapunzel.

—¿Curso de primeros auxilios? Solos ustedes, zorras empollonas, pensarían en algo así para divertirse.

—¡Oye! Solo cállate y déjame hacer, ¿quieres? Dios Hans, ¿cómo es que siempre tienes que estropearlo todo? Trato de ayudarte.

El aludido se encogió de hombros. Elsa le lanzó una mirada molesta y se concentró en su tarea.

—Gracias por salvarme —musitó, terminando de limpiar la herida—, esa cosa pudo herirme a mí… me sorprendes, Westergaard.

—Solo actúe por instinto —repuso él con indiferencia, desviando la mirada.

Su cara estaba sumamente ruborizada, no supo si atribuirlo al efecto de la carrera en el bosque, al calor de la chimenea o algo más.

—De todas maneras gracias —dijo Elsa, devolviendo el paño manchado al agua—. Mmm… por aquí debe haber algo que podamos usar para vendarte.

—¿Qué tal una de esas sábanas? Ya están estropeadas de todos modos —Hans señaló las desordenadas sábanas que colgaban de la cama sin hacer y medio rotas, como si alguien las hubiese desgarrado.

Quien fuera que viviera allí no era un fanático del orden.

—Bien.

Ignorando el ardoroso rubor que se apoderó de sus mejillas, la muchacha le arremangó lo que quedaba del lado derecho de sus pantalones hasta el muslo, tratando de permanecer estoica ante cada centímetro de piel tersa y dorada que aparecía a su vista. Descubrió la pantorrilla torneada del adolescente y tragó saliva.

—¿Y? ¿Vas a vendarme o no? Ya sé que estoy bueno, pero no es para que te quedes pasmada.

—¡Ay, cierra la boca Westergaard! —espetó ella, abochornada— Ni siquiera herido puedes dejar de decir estupideces.

Hans curvó los labios con prepotencia, haciendo bufar a la albina. Como detestaba su sonrisa astuta de gato.

—Ya está —habló, tras desgarrar la camisa e improvisar un vendaje sobre la lastimada pierna del pelirrojo.

Este examinó su trabajo y pareció satisfecho.

—¿Quién lo diría?

Elsa puso los ojos en blanco. En ese momento, Ariel regresó cargando una bandeja con un servicio completo de té.

—Aquí viene el té —canturreó—, esto te ayudará a relajarte Hans, te voy a servir una taza bien calentita. ¡Vaya! Mira que bien te ha vendado Elsa, espero que le hayas dado las gracias correctamente en vez de ser una perra como de costumbre.

—¿Por qué no te callas de una buena vez, Ariel?

—¡Refunfuñón!

Elsa le agradeció a la pelirroja por su taza de té y tomó un sorbo.

—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Ariel— ¿En serio vamos a quedarnos aquí a esperar que venga alguien?

—Creo que no tenemos más opción. Pronto va a oscurecer.

—¡Exacto! ¿Qué pasará si nadie viene?

—Supongo que tendremos que pasar la noche aquí —Elsa hizo un mohín con los labios—, dormiremos en el diván mientras Hans se queda en la cama.

—Yo puedo ocupar el diván —dijo él repentinamente.

—¿Seguro?

—Es más práctico, ustedes caben mejor aquí.

—Pues… está bien —accedió, más descolocada que nunca por su repentina caballerosidad—. Aunque espero que alguien venga a buscarnos antes.

Ariel suspiró y sacó su teléfono.

—Algo me dice que será una larga noche.


Tras un par de horas de haber entrado en la cabaña y al ver que oscurecía, los tres habían optado por dormir un poco, al convencerse de que tendrían que pasar la noche. Poco después de haberse acomodado en la amplia cama junto a Ariel, Elsa despertó al escuchar un quejido.

La muchacha se removió ligeramente. De espaldas a ella, la pelirroja dormitaba con profundidad, emitiendo suaves murmullos entre sueños sobre un pez y un cangrejo, por lo que consiguió discernir.

Se dio la vuelta y descubrió a Hans con los dientes apretados y los ojos clavados en el techo. Su mano derecha oprimía los vendajes que le había colocado.

—¿Qué haces? —el joven mostró sorpresa al encontrarla despierta.

Hasta hacía unos pocos minutos la había estado mirando dormir, intentando distraerse de la molestia latente de sus heridas. Por un instante había funcionado, el mago se mantuvo absorto en el cálido rubor con el que el cálido ambiente de la cabaña iluminaba la piel de alabastro de sus mejillas, las pecas diminutas que se esparcían por encima de su nariz de muñeca y lo largas que eran sus pestañas; hasta que el dolor se volvió insoportable.

Al menos no lo había descubierto observándola.

—¿Sientes dolor? No te muevas —antes de que pudiera replicar algo, Elsa había saltado de la cama y ahora se encontraba junto a él, asiendo su pierna con cuidado—, déjame ver, tal vez tenga que cambiar los vendajes…

—Está bien, no es nada… —Hans intentó retirar la extremidad, pero ella se lo impidió.

—Puede ser grave…

—¡Ya te dije que no es nada! Regresa a la cama…

—¡Dios Hans, en serio eres un niño! ¡Te dije que me dejaras ver!

Estaba a punto de espetarle un reclamo, cuando una exclamación a sus espaldas los sobresaltó a ambos. Ariel se removió murmurando, sin dar indicios de despertar.

—Bajo el maaaaar… —los bisbiseos de la chica se convirtieron en una retahíla incongruente de palabras, que poco a poco fue bajando de volumen, hasta volver a convertirse en un ligero ronquido.

La rubia y el pelirrojo fruncieron el ceño. Elsa revoloteó los ojos y se dispuso a revisar las vendas de su compañero.

—Ten cuidado cretina, me duele.

—Lo siento, trato de ayudar —la chica lo miró con enfado y colocó una mano sobre su pierna herida, emitiendo un algo de frío. Una luz azul surgió de la palma y se extendió sobre el vendaje, aliviando un poco su molestia—, ¿mejor?

—Un poco.

—Tengo que mirar esto, Hans.

Concentrada, la joven bruja se dispuso a retirar las vendas e hizo una mueca al descubrir la piel debajo. La hemorragia había sido contenida, pero aún manaba sangre fresca de las heridas, que tenían un aspecto fatal.

—Dios mío, debí saber que vendarte no sería suficiente. ¡necesitas ver a un medimago pronto, Hans!

—Brillante conclusión. ¿Ves a alguno por aquí? ¿Por qué no usas otro de tus primeros auxilios?

—¡No es momento para tus sarcasmos, idiota! Voy a tener que cambiarte las vendas por ahora —Elsa volvió a buscar agua para limpiar las heridas de nuevo, rogando por que alguien fuera a buscarlos pronto.

Diligentemente, improvisó una venda limpia y se deshizo de los paños ensangrentados que habían resguardado la hemorragia hasta entonces, volviendo a aplicar algo de frío. El pelirrojo emitió un suspiro de alivio.

—Ya no sé que hacer, si tan solo pudiéramos salir de aquí…

—¿Quién lo diría? La reina de las nieves preocupándose por mí, debo interesarte mucho más de lo que imaginaba, Elsa.

La chica parpadeó con sorpresa y se sintió ruborizar al instante.

—No te des tanta importancia Hans, me preocuparía por cualquiera en una situación como la tuya. Podría ser tu prima quien se estuviese quejando de dolor y no habría diferencia alguna.

—No te creo. Admítelo,

—Piensa lo que quieras.

—¿Por qué te cuesta tanto aceptarlo?

—¡Ni siquiera porque estás a punto de perder el brazo puedes dejar de comportarte como un megalómano de mierda!

—¿Un qué? ¿Disculpa?

—¡Megalómano!

—¿Qué mierda es eso?

—¡Es lo que eres tú! ¡Un monstruo hambriento de atención que se cree superior a los demás, a pesar de ser una mierda! Consigue un diccionario, idiota.

—Y tú búscate mejores insultos.

—¿Sabes qué, Hans? Las heridas siempre se conservan mejor bajo el hielo, debería congelarte el brazo.

—No te atrevas a tocarme.

—¿Miedo? Solo será un poquito de escarcha —Elsa sonrió de forma burlona y maligna, alzando la mano derecha—, a menos claro que pierda el control, suele pasar cuando me enfado.

—No es gracioso, Elsa, basta —la muchacha hizo ademán de tocarlo y le lanzó un rayo de hielo—, ¡dije basta, pedazo de zorra! —el pelirrojo alzó una mano a la defensiva, en tanto ella reía y lo amenazaba.

—Que falta de sentido del humor.

—No estoy para tus bromas, sangre sucia.

—¿Quién es el que debe buscarse mejores insultos ahora? ¿No te cansas de repetir lo mismo? —la blonda conjuró un copo de nieve en su mano.

El bermejo bufó y se encogió en el diván, buscando su varita.

—Deja de hacer eso, me pones nervioso.

—¿Nervioso tú? Creí que todos los Westergaard tenían un temperamento a prueba de cualquier tipo de magia.

—Hablo en serio, Elsa.

—Es divertido tenerte a mi merced.

—No estoy a tu merced.

—¿Entonces por qué te encoges como si fuera a atacarte?

—Para con eso —Hans aferró su muñeca, mirando el copo de nieve como si fuera alguna especie de arma mortal—, Dios Elsa, estoy muriéndome aquí y lo único que haces es ponerte a jugar como si tuvieras tres años, ¿cuándo vas a madurar?

—¡¿Yo tengo que madurar ahora?!

—Sí, ahora detente con eso antes de que te obligue.

—Pues no me da la gana. ¿Y qué? —la bruja se desprendió de su agarre— ¿Qué harás al respecto?

Ninguno de los dos fue capaz de predecir lo que ocurrió enseguida. Dominado por un poderoso impulso, Hans extendió una mano y la colocó tras la nuca de la muchacha, enredando sus falanges entre las sedosas hebras platinadas para atraerla hacia sí. Sus labios se entrelazaron con los de Elsa en un beso voraz, deseoso de darle su merecido. Al menos así conseguiría que se callara.

La chica se resistió. El mago aumentó la presión hasta que finalmente, cedió, moviendo su boca a la par para corresponderle con la misma furia e intensidad con los que le había besado aquel día en la taberna de Hogsmeade, que ahora parecía tan lejano…

Un rugido furioso hizo temblar la cabaña entera. La pareja se separó al instante y Ariel saltó de la cama.

—¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ PASA?! ¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!

Una inmensa mole se estrelló contra la puerta, como si tratase de derribarla. Las chicas gritaron. Hans empuñó su varita, siendo imitado al instante por la rubia Ravenclaw. Ariel trató de buscar la suya en el bolsillo, con torpeza; temblaba tanto que no sería capaz siquiera de sujetarla.

Tras una serie de golpes, escucharon como la bestia se apartaba de la cabaña y un par de voces que hablaban por lo bajo. Lentamente, el picaporte comenzó a girar y los tres se colocaron en posiciones defensivas…

La puerta se abrió de par en par con un estruendo y Ariel gritó aterrorizada. Una figura ataviada con la túnica de Hogwarts apareció bajo el umbral, iluminada espectralmente por la luz de la luna.

—¡Elsa! —Rapunzel ingresó en la cabaña como un torbellino, corriendo a estrecharla entre sus brazos.

La albina la recibió, sobresaltada y llena de alivio.

—¡Oh, amiga! Me preocupé mucho cuando no regresaste al dormitorio —Rapunzel se separó de ella y la miró, sujetándola por los hombros— ¿Qué hacen aquí? ¿Estás bien?

—Estoy bien, Punzie, pensé que nadie vendría a buscarnos. Tuvimos que resguardarnos en este lugar cuando una criatura nos atacó. ¿Cómo es que estás aquí?

—Bella sugirió que viniésemos a buscarte, dijo que tenía un presentimiento sobre donde podías estar…

Los ojos de la platinada se abrieron con miedo al divisar la silueta de la bestia, justo a espaldas de Rapunzel.

—¡Cuidado!

—¡Ahhhhh! —Ariel volvió a gritar, metiéndose bajo las sábanas de la cama.

Una joven de cabellos pardos se hizo presente, alzando las manos en señal de paz.

—¡Basta! ¡¿Quieren calmarse?! Todo está bien.

—¿Bella?

—Shhh, no se asusten, lo tengo bajo control —Bella colocó una mano en el costado de la bestia y le hizo una caricia. La criatura cerró los ojos y emitió un suave gruñido—. Eso es cariño, entra. Todo está bien.

Todos observaron estupefactos como la muchacha conducía a la descomunal criatura al interior de la cabaña. Elsa y Rapunzel se apartaron de inmediato de su camino. Hablándole con palabras suaves y gentiles, su compañera fue capaz de hacer que el animal se tumbara delante de la chimenea y entrara en un estado de letargo.

—¿Qué carajo está pasando aquí? —murmuró Hans, tratando de incorporarse con un quejido.

—¿Bella? —Elsa la miró, confundida.

—No se preocupen, no les hará daño en tanto no lo molesten. Es muy importante que conserven la calma y sobre todo —se volvió hacia Ariel—, no griten. Odia el ruido.

La pelirroja se abrazó a sí misma, con los ojos abiertos como platos y fijos en el ser.

—¿Bella, qué sucede aquí? —inquirió Elsa.

—Lo que sucede, es que uno de los miembros de la casa de Slytherin se ha estado ocultando en el Bosque Prohibido a causa de una peligrosa transformación. Este amiguito al que ven aquí, es nada más y nada menos que Adam Leblanc.

—¡¿Qué?! —todos miraron con sorpresa a la criatura.

—¿Eso es un estudiante? —Rapunzel señaló con su índice al transformado joven—, wow Bella, cuando dijiste que Elsa podría estar metida en un lío, definitivamente no esperaba encontrarme con esto.

—Sé que estamos en una escuela de magia, pero esto me resulta difícil de creer —Elsa miró a la bestia de arriba a abajo. Era increíble que se tratase del mismo ser que horas atrás, había intentado destrozarlos.

—Sé que es bastante impactante, pero van a tener que creerlo.

—Mierda —masculló Hans—, así que por eso se estaba ausentando tanto últimamente.

—¡Tienes que hacer algo, Rapunzel! ¡Mi primo se está muriendo! —Ariel chilló histérica y tiró del brazo de su compañera, recibiendo una mirada malhumorada del mencionado— ¡Usa tus poderes de curación para que no le amputen la pierna!

La aludida miró al pelirrojo e hizo una mueca de horror al notar la extremidad afectada.

—¿Cómo supieron que estábamos aquí? —inquirió Elsa, mirando como Bella colocaba una enorme manta sobre el lomo de la peluda criatura que ahora reposaba frente al fuego, somnolienta.

—Es algo largo de contar —dijo la castaña—, digamos que, sé de este sitio desde hace unos cuantos meses. Y sabía también que Adam está transformándose pues… en esto.

—Así que es a este lugar a donde estabas viniendo con tanta frecuencia por las noches, la biblioteca no es tan interesante ni siquiera para ti, amiga —afirmó Rapunzel al tiempo que deshacía su trenza.

—Todo comenzó cuando empecé a asesorar a Adam para que subiera sus notas en algunas materias; desde que su situación empeoró no ha tenido mucha energía para concentrarse en los estudios, así que el profesor Mattias me pidió ayuda. Al principio no estaba muy conforme con la situación, ya saben lo que pensaba de él. Pero, digamos que cuando lo conoces un poco mejor, te das cuenta de que no es tan egoísta ni malhumorado como parece.

—¡Aww, que dulce! ¡Me encantan las historias de amor! —exclamó Ariel con ojos soñadores.

—Bueno, eso es algo difícil de creer para tratarse de un Slytherin, pero supongo que no todos los chicos en esa casa son unos hijos de puta —habló Rapunzel alegremente, mientras tomaba una enorme hebra de cabello y la envolvía alrededor de la pierna de Hans, ignorando su semblante sombrío.

—Así es. Eventualmente quiso confiarme su secreto y poco después, el profesor me confirmó que lo estaba ayudando para lidiar con su transformación. Tanto él como el director habían decidido que iban a evacuarlo de la escuela en cuanto mostrara señales de estar transformándose, por su seguridad y la de los demás. Es por eso que acondicionaron esta cabaña para él.

—Asumo que por eso también colocaron el encantamiento que nos impedía usar nuestra magia al máximo —agregó Elsa, observando como su rubia amiga tarareaba su habitual canción, haciendo resplandecer su cabellera.

—Sí. Normalmente es el profesor quien viene hasta acá para asegurarse de que todo está en orden; me costó mucho convencerlo de aceptar mi ayuda. Creí que Adam podría mejorar un poco si convivía con alguien más que no fuera un maestro. Por eso es que vengo a visitarlo cuando puedo. No es tan peligroso como parece, de hecho, diría que hasta es más gentil que en su forma humana —murmuró Bella, temiendo despertar al animal.

—¡Pero nos atacó! ¡Mira lo que le hizo a Hans! —exclamó Ariel.

—Debieron asustarlo, nadie suele venir por aquí a excepción del profesor Mattias o de mí, y lo desconocido tiende a alterarlo. Normalmente es inofensivo.

—¿Asustarlo nosotros?

—Vaya —Elsa miró a su compañero, anonadada—. Entonces, ¿Adam también tiene una habilidad especial? ¿Es una especie de animago como Maui?

—Es más complicado que eso, personas como Maui y ustedes nacieron con sus habilidades. Pero él adquirió esta transformación cuando era un niño; no es un asunto del que le guste hablar demasiado. Realmente lo ha pasado mal tratando de mantenerlo bajo control.

—Entiendo —Elsa se miró las palmas de las manos pensativa, y de pronto sintió una inmensa compasión hacia el joven Slytherin.

Nacer con habilidades extraordinarias, como un cabello capaz de curar diversos malestares o la capacidad de adoptar la forma de cualquier animal, era algo útil y maravilloso. Pero cuando una persona con dichas habilidades podía desatar desastrosas consecuencias, el asunto dejaba de ser divertido.

Comprendía porque un muchacho como Adam siempre parecía solitario y taciturno.

—¡No puedo creer que no nos dijeras esto, Bella! Podríamos haberte ayudado —replicó Rapunzel, retirando su pelo de la pierna del bermejo—, si alguien entiende lo que es atravesar por una situación así, somos Elsa y yo.

—Dios mío —Hans parpadeó con incredulidad al ver como las heridas de su pierna yacían completamente cicatrizadas. Todo rastro de dolor había desaparecido en un instante—, ¡estoy curado! —una amplia sonrisa se extendió por sus labios. Su mano tocó las cicatrices, aún sin dar crédito del todo a lo que acababa de suceder.

—Lo siento, Punzie, sé que no nos ocultamos nada pero Adam tiene derecho a mantener su privacidad. Y yo les prometí a él y al profesor que iba a actuar con prudencia. Tanto su condición como la existencia de esta cabaña debían ser un secreto para todo el colegio.

—Y así había sido, hasta este momento —habló una voz desde el umbral de la cabaña.

Ni siquiera se habían percatado del instante en el que la puerta se abría de nuevo.

La subdirectora Yelena se encontraba de pie ahí, mirándolos con su semblante sereno, al lado del señor Garfio. Tras ellos, surgieron otros dos profesores y un estudiante, que contemplaba el interior de la cabaña con sorpresa.

—¡Eric! —Ariel chilló y se abalanzó sobre el muchacho, quien a su vez la abrazó sobresaltado— ¡Sabía que vendrías a buscarme! ¡Estaba tan asustada! ¡Creí que iba a morirme aquí mismo!

—Señorita Østergaard, modérese, por el amor de Dios —la atajó la profesora Ellinor, frunciendo el ceño—, es muy inapropiado que una jovencita se comporte así con un muchacho.

—¿Están todos bien? —el profesor Mattias se adentró en la cabaña y miró al resto de los estudiantes— ¿Alguien se encuentra herido?

—Todo está bien, profesor. Nuestro compañero está bajo control —Bella señaló a la enorme bestia que dormitaba frente a la chimenea, mansa y perezosa como un gato—, tuvo una noche pesada.

—Afortunadamente llegó a tiempo, señorita Dupond. Temía que hubiera sucedido alguna desgracia.

—¡Pero así fue! ¡Hans resultó lastimado! —exclamó Ariel, aún aferrada a su novio, como si este fuera un gigantesco oso de peluche— ¡Pensábamos que nadie vendría por nosotros!

Alarmado, el hombre acudió a revisar al muchacho pelirrojo, quien ya se había puesto de pie, comprobando que podía caminar con normalidad. Entretanto Ellinor trataba de tranquilizar a su pupila.

—Afortunadamente pudimos percatarnos de lo que pasaba a tiempo —dijo Yelena—. Nos pusimos en marcha en cuanto la profesora Dunbroch emitió la alerta de que había tres estudiantes en el bosque y la señorita Corona me notificó que sus amigas no estaban en el dormitorio.

—Me temo que todo esto fue producto de un inmenso malentendido, la profesora Gothel no debió enviarlos aquí sin ninguna supervisión. ¡Y usted no debió permitirlo! —Ellinor miró a Garfio con desaprobación.

—¿Va a echarme la culpa? ¡Le advertí a esa vieja momia que me metería en un lío y no quiso escuchar! ¡Nunca nadie lo hace!

—Por suerte el señor Madsen me había avisado con anterioridad de que Ariel no regresó a la sala común —dijo su colega—. Puede darle las gracias a su compañero, señorita Østergaard. Ahora, es la última vez que se lo repito, quiero al menos cinco centímetros de distancia entre ambos.

La colorada hizo un puchero y soltó a Eric.

—La herida ha cicatrizado por completo —dictaminó el maestro, tras analizar el brazo de Hans—, supongo que esto es obra suya, señorita Corona.

—En realidad Elsa hizo casi todo el trabajo, ella le limpió y le vendó el brazo. Yo solo intervine al final —afirmó Rapunzel, mirando a su amiga con orgullo.

—Las dos han hecho un buen trabajo. Se encuentran bien, ¿no?

—Estamos bien, profesor —asintió Elsa.

—Me parece que es hora de que todos vuelvan al colegio y descansen un poco —dijo Yelena—, ¡vamos marchando! El señor Westergaard debería acudir a la enfermería.

—¿Qué pasará con Adam, profesora? —Rapunzel miró al animal cuyos ronquidos inundaban la estancia.

—Yo me quedaré aquí con él, creo que tendremos que sostener una larga conversación en cuanto despierte —dijo Mattias—, lo de esta noche no puede volver a repetirse.

—Estoy de acuerdo, vamos —la subdirectora indicó a todos que salieran y juntos emprendieron el camino de vuelta al castillo.

Rapunzel rodeó a cada una de sus amigas con un brazo; las tres caminaban aliviadas y alegres detrás de las mujeres que encabezaban la comitiva y discutían entre sí sobre lo que harían al llegar al colegio. Ariel tomó la mano de Eric y se puso a parlotear sobre su aventura, contentándose con las respuestas cortas pero animadas del joven.

Detrás de todos, Hans avanzaba silencioso y pensativo. Elsa lo contempló por el rabillo del ojo, pero no se atrevió a mencionar una sola palabra.

Nada más entrar en el amplio vestíbulo de Hogwarts, la profesora Gothel los recibió con su acostumbrada sonrisa despectiva.

—Miren quienes han vuelto, espero que reunieran todo lo que les pedí.

—¿Le parece bien enviar a tres adolescentes solos al bosque? —inquirió Elinor con molestia— Francamente maestra, me sorprende de una mujer preparada como usted. Sus métodos, junto con los del señor Facilier, siempre me han parecido inapropiados y poco pragmáticos, ¡pero esto es el colmo!

—¡Bah! ¿Qué tan malo pudo ser? Al fin y al cabo, veo que todos están ilesos.

—¡Oiga, casi nos morimos allá afuera! —exclamó Ariel, haciendo mohínes como una niña pequeña.

—Habrían estado bien si hubiesen permanecido en las zonas del mapa —le espetó la mujer, mirándola como a un insecto—, debí imaginar que lo echarían a perder como de costumbre —añadió, volviéndose hacia Hans y Elsa con actitud desdeñosa—. Ustedes dos son peor que una plaga.

—Oiga, la culpa no fue nuestra —espetó el chico.

—Pese a todo profesora, esto continua siendo una gravísima falta de criterio —le señaló Yelena.

—Pero que exageración —replicó Gothel encogiéndose de hombros—. Tomen esta experiencia como una valiosa lección de supervivencia. Todos los alumnos de esta escuela deberían recibir lecciones más duras de vez en cuando.

—La profesora Dunbroch y yo tendremos que hablar seriamente con el director acerca de esto —le advirtió Yelena.

—Si tienen que hacerlo. Aunque yo no perdería mi tiempo si fuera ustedes, señoras.

Sin decir una palabra, Elsa tomó el cesto que había cogido antes de salir de la cabaña y se lo entregó a Gothel, con un semblante gélido.

—¿Solo esto? —la bruja enarcó una ceja— Bien, supongo que es algo.

—Acompáñeme a la enfermería, Westergaard, creo que no estaría de más que la señora Potts le revise —ordenó Yelena—. Ya me encargaré de avisar a Facilier sobre su estado.

—En realidad, creo que estoy bien profesora, la cicatriz se está desvaneciendo. La verdad es que estoy cansado.

Yelena escrutó la pierna del joven con la mirada, mostrándose sorprendida al ver que tenía razón. Lo que antes era una inmensa cicatriz, había remitido hasta convertirse en un apenas una marca tenue que por lo visto, no tardaría en desaparecer.

—Muy bien —dijo—, todos a sus dormitorios. Hablaremos de esto por la mañana.

—Pero cuantas molestias por unos chicos revoltosos —Gothel se alejó en dirección a su oficina, arrogante como de costumbre.

Los estudiantes emprendieron el camino fuera del vestíbulo.

—Bueno, esa sí que ha sido toda una experiencia —afirmó Eric, entrelazando de nuevo su mano con la de su novia.

—¡Lo sé! Muero por contarle a todos nuestra gran aventura de Halloween, ¡grabé muchas cosas interesantes con mi teléfono muggle!

—No puedes hacer eso, Ariel, recuerda que todo el asunto de la cabaña es un secreto —le dijo Bella con el ceño fruncido—, Adam se sentirá muy avergonzado si alguien más lo descubre. Todavía le cuesta mucho dominar su transformación.

—No creo que sea el secreto mejor guardado de todos si ya lo saben tantas personas.

—Sí, no es como si esto fuera lo más extraño que ha pasado en el colegio, quiero decir, mira a tus amigas. Yo creo que debería decírselo a todo el mundo.

—Eso lo van a decidir entre él y el profesor Mattias. ¡Ahora prometan todos que no dirán nada a nadie!

—Bueno —Ariel hizo un puchero—, no diré lo de Adam. Pero sí voy a decir que Hans se lastimó mientras deambulaba por el bosque y que tus amigas lo curaron.

Hans miró a su prima con fastidio.

—No me jodas, Ariel.

—¿Por qué no? ¿Te da vergüenza? Pues déjame decirte que sí deberías avergonzarte —la pelirroja lo encaró con las manos en la cintura—, siempre estás molestándolas por tener poderes especiales y aún así te ayudaron. Sobre todo Elsa, de no haber sido por ella seguro te habrías puesto peor por la pérdida de sangre. ¡Deberías dar las gracias!

El bermejo bufó, maldiciendo para sus adentros. Como odiaba cuando esa chica tenía tanta razón.

—Está bien, Ariel, no hace falta. Sabemos como es tu primo.

Hans se volvió y le dirigió una mirada severa a Elsa, cuya expresión de hielo no había cambiado.

—¡Claro que hace falta, Elsa! Después de todo lo que mi primo te ha hecho, fuiste lo bastante noble como para abrir tu corazón y ayudarlo; cualquier persona en tu lugar le habría dado la espalda y echado a correr para dejarlo desangrándose en el bosque. Pero tú no, a final de cuentas atendiste sus heridas y fuiste amable con él, demasiado amable diría yo…

—¡No! No, en serio está bien —la aludida la interrumpió abruptamente, sintiéndose ruborizar. A su lado, Bella alzó una ceja—, miren, solo quiero ir a mi habitación y dormir un poco. Y si todos pudiéramos olvidarnos de esta noche, creo que sería genial…

—Ariel tiene razón —habló Hans repentinamente, cruzándose de brazos. Sus ojos, arrogantes y serios, se clavaron en los suyos—, me ayudaste Elsa, a pesar de que somos rivales. Las dos me ayudaron. Podré ser un Slytherin con orgullo, pero sé darle la razón a alguien cuando tiene argumentos.

Todos lo miraron, atónitos. Elsa suavizó un poco su semblante, claramente confundida.

—Aún así pienso que son un par de fenómenos —prosiguió él— pero gracias por curarme… supongo.

La albina volvió a fruncir el ceño, ¿es que ese idiota nunca podía pronunciar una sola frase que fuese sincera?

—Ay, vete al carajo Hans, tu agradecimiento me lo paso por las nalgas —le dijo Rapunzel con desidia—. Solo te ayudé porque tu prima me lo pidió y porque siempre me has dado muchísima lástima. Eres un mago demasiado estándar como para haber nacido en una familia con tanta influencia como la tuya, por eso es que siempre has sentido celos de nuestros poderes especiales. Si yo fuera tú, también me revolcaría de envidia al no poseer un cabello tan sedoso y fantástico como el mío.

—No vale la pena un poder como el tuyo si tienes que pasar tanta vergüenza, arrastrando esa maraña de pelo por todas partes. Eres una bruja demasiado básica como para haber nacido con semejantes habilidades, Rapunzel —replicó el colorado venenosamente, haciendo eco de sus palabras.

—Eso también me lo paso por el centro de mis nalgas suaves y pulcras —alegó la muchacha de pelo dorado—, ¡vamos chicas! ¡Nuestras camas nos esperan!

La joven giró hacia el pasillo que conducía a la casa de Ravenclaw y se dirigió hacia allá, canturreando y dando saltitos. Eric y Ariel hicieron lo mismo tras darles las buenas noches, emprendiendo el camino hacia Gryffindor mientras la colorada se colgaba del brazo del moreno.

—A veces en serio me sorprendes Hans, justo cuando creo que no puedes ser más imbécil, abres la boca y vuelves a dejar la vara en alto.

—Te agradecí, ¿no?

—Sí, vaya agradecimiento —pronunció Elsa con sarcasmo, rodando los ojos.

—¿Qué quieres? ¿Una jodida medalla o algo por el estilo? Te recuerdo que también me debes una, resulté herido por salvarte de esa bestia —la chica bufó al sentirlo acercarse con una sonrisa maliciosa para hablarle al oído—, a como yo lo veo, estamos a mano.

—Espero que lo recuerdes de ahora en adelante, antes de volver a meterte conmigo.

—Mmm... —el cálido aliento del bermejo le acarició la mejilla, haciéndola estremecer—, no tienes tanta suerte, querida. ¿Qué puedo decir? Molestarte es un deporte y me gusta mantenerme en forma.

Hans se apartó de ella lentamente y ensanchó su sonrisa maligna.

—Buenas noches, reina de las nieves.

Elsa le miró darse vuelta y alejarse en dirección a Slytherin, con la elegancia y prepotencia que lo caracterizaban. Soltó un respingo, enfadada y se volvió para toparse con la expresión extrañada de Bella.

—¿Qué fue eso? —inquirió la castaña, mirándola inquisitivamente.

—¿Qué?

—Tú y Hans —Bella entrecerró los ojos, llena de suspicacia—, demasiado cerca el uno del otro... ¿acaso hay algo aquí de lo que me estoy perdiendo?

—¡¿Qué?! ¡No! ¿Qué dices? —Elsa trató de disimular ante la mirada escéptica de su amiga— Lo único que pasa entre ese mentecato y yo es que no nos soportamos como de costumbre, y tuvimos que pasar toda una noche en esa cabaña tenebrosa y fue desagradable y nefasto y horrible... —Bella enarcó sus cejas al escuchar la verborrea de la rubia—, ¡ash! ¡Westergaard es de lo peor! Eso es todo lo que sé. ¿Podemos ir a dormir? En serio estoy exhausta.

Bella asintió, no muy convencida y las dos fueron detrás de Rapunzel.

Al meterse entre las sábanas de su lecho, Elsa refunfuñó, descubriendo que era incapaz de conciliar el sueño, con todo y la fatiga que la asediaba. Cada vez que cerraba los ojos, lo único que podía rememorar era aquel instante surreal en la cabaña, reflejándose en la mirada de su némesis, disfrutando del roce de sus labios contra los suyos...

¡Por Dios, el cansancio la estaba volviendo loca!

"Estúpido Hans", pensó, con el corazón latiéndole de forma acelerada en el pecho mientras finalmente se dejaba arrastrar por la inconsciencia.


Nota de autor:

Aquí la tía Frozen, contribuyendo con la magia oscura y halloweensca que se ha apoderado del fandom. Hemos tenido un mes muy movidito, con tantas chiquillas helsosas trayéndonos nuevas historias y yo no me podía quedar atrás.

¿Cómo ven a nuestros amigos? Ya era hora de darle un poco de protagonismo a la Bestia, ciertamente es un personaje que si o sí tiene lugar en un especial de Halloween. Me inspiré en Remus Lupin para crear su trama, (quienes leyeron y/o vieron Harry Potter 3 saben de lo que estoy hablando). adam obviamente no es un licántropo, pero digamos que su caso es muy similar al del profesor.

Mi Gothel perra como siempre, Garfio un pobre amargado (lo adoro) y Ariel, pues es Ariel, coleccionando cachivaches muggles como esa sirenita a la que le encanta acumular basura de los humanos. En fin, todos los participantes en este oneshot tuvieron su momento para brillar, creo, especialmente la parejita. Y se vienen más de esos momentos.

A estas alturas la atracción Helsa es más que evidente, por cierto, desde el incidente a principios de año escolar en El Patito Modosito, como que van agarrando más confianza el uno con el otro, si no fueran tan orgullosos podrían empezar a salir de una vez pero esto es Helsa, ya saben, y las cosas ocurren a su debido tiempo. El noviazgo lo dejamos para más adelante. *w*

¿A ustedes qué les pareció? ¿Les gustó? ¿Lo odiaron? ¡Coméntenme!

genesis: Amor-odio es exactamente la definición de lo que estos dos pajartos sienten el uno por el otro, jajaja. Gracias por leer. :D

Nos leemos muy pronto en una nueva aventura del Helsa, calabacitas. ¡Felliz Halloween!