Disclaimer: Rick Riordan es el autor de la saga Percy Jackson
-Zero: Iba a comentar que Rachel es genial (cosa que lo es, y es una pena que no tenga más protagonismo), pero la verdad es que no sé si te refieres a ella o a Atenea, ya que, si no recuerdo mal, también es su primera aparición en la saga.
-I19: Esto... sí, subir capitulo más seguido... por supuesto...
-Guest: Bueno, primero de todo gracias por comentar. Ahora vayamos por partes, ya que mencionas unas cuantas cosas interesantes. En primer lugar, esta el tema de los libros. Aunque es cierto que de leer, van a "leer" todos los libros (es decir la saga de Los dioses del Olimpo, la de Los Héroes del Olimpo y la de Las Pruebas de Apolo, aquí solo veremos la primera saga y ya. Es decir que cuando terminen con El Último Dios del Olimpo la serie terminará allí y ellos, por su cuenta, empezarían con El Héroe Perdido aunque eso ya lo leerían por su cuenta. Las otras dos sagas se harían en historias diferentes a esta.
Respecto al personaje de Artemisa, el hecho de que este en una relación con Orión y todo eso, solo diré que tengo pensado desde hace bastante tiempo ya (más o menos desde principios del segundo volumen) para Artemisa, la Caza y demás.
Y respecto al tema de que Artemisa sea asexual, pues sencillamente en esta saga de historias no ocurrirá, ya que cuando empecé a escribir todo esto apenas había terminado de leer La Marca de Atenea y, como es obvio aún habían muchas cosas que no se sabían acerca de los personajes. Pero ya digo que tanto en las historias que haga sobre Los Héroes del Olimpo (que en realidad los primeros capítulos ya están hechosbajo el título de Los Libros sobre los Héroes) y en el de Las Pruebas de Apolo Artemisa si que será asexual.
Después de que Hestia terminase de leer el siguiente capítulo, hubo unos momentos de silencio. Finalmente alguien levantó la mano.
—Me gustaría leer el siguiente —anunció Zoë Belladona. Hestia le paso el libro, y la teniente de las Cazadoras de Artemisa comenzó a leer el siguiente capítulo—. Lucho a brazo partido contra el primo malvado de Papá Noel... Y yo qué pensaba que los títulos no podían ser más raros...
—Pues pensabas mal —dijo Thalia.
—Ya veo, ya veo.
—Avísame cuando esto haya terminado —me dijo Thalia, apretando los párpados.
La estatua nos sujetaba con fuerza; no podíamos caer, pero aun así ella se aferraba a su brazo de bronce como si le fuera la vida en ello.
Thalia tembló, como si todavía estuviese volando montada en una estatua de bronce gigante. Annabeth y Luke la miraron con preocupación.
—Todo va bien —la tranquilicé.
—¿Volamos… muy alto?
Miré hacia abajo. A nuestros pies desfilaba a toda velocidad una cadena de montañas nevadas. Estiré una pierna y le di una patada a la nieve de un pico.
—No —dije—. No tan alto.
—¿Qué? —se defendió Percy en cuanto Thalia le fulmino con la mirada—. No dije que no volásemos alto. Solo dije que no volábamos TAN alto.
—¡Estamos en las Sierras! —gritó Zoë.
—Bonito lugar —admitió Artemisa.
Ella y Grover volaban en brazos de la otra estatua—. Yo he cazado por aquí. A esta velocidad, llegaremos a San Francisco en unas horas.
—¡Ah, qué ciudad! —suspiró nuestro ángel—. Oye, Chuck, ¿por qué no vamos a ver a esos tipos del Monumento a la Mecánica, ese grupo escultórico de bronce que hay en el centro de la ciudad? ¡Ésos sí que saben divertirse!
—¿Las estatuas de bronce salen a divertirse? —cuestionó Piper, con una ceja levantada.
—Claro. ¿Por qué no lo harían? —replicó Beckendorf.
—¡Ya lo creo, chico! —respondió el otro—. ¡Decidido!
—¿Vosotros habéis visitado San Francisco? —pregunté.
—Los autómatas también tenemos derecho a divertirnos de vez en cuando
—Eso mismo —asintió Beckendorf.
—repuso nuestra estatua—. Los mecánicos nos llevaron al Museo Young y nos presentaron a esas damas esculpidas en mármol, ¿sabes? Y…
—¡Hank! —lo interrumpió Chuck—. ¡Que son niños, hombre!
—Unas estatuas tienen una mejor vida romántica que yo... —masculló Leo. Jason le dio un par de palmaditas en la espalda.
—Ah, cierto. —Si las estatuas de bronce pueden sonrojarse, yo juraría que Hank se ruborizó
—No, no espera —dijo Afrodita—. Necesito saber que ocurrió entre Hank y Chuck y esas encantadoras señoritas de mármol.
—¿De verdad te esta interesando la vida sexual de unas estatuas? —le cuestionó Atenea con una mirada exasperada.
—. Sigamos volando.
Aceleramos. Era evidente que los dos ángeles estaban entusiasmados. Las montañas se fueron convirtiendo en colinas y pronto empezamos a sobrevolar tierras de cultivo, ciudades y autopistas.
Grover tocaba sus flautas para pasar el rato. Zoë, aburrida, se puso a lanzar flechas a las vallas publicitarias que desfilaban a nuestros pies.
—Hay que practicar para no oxidarse —dijo Zoë antes de volver a retomar la lectura del libro.
Cada vez que pasábamos un gran centro comercial —y los vimos a docenas—, ella le hacía unas cuantas dianas al rótulo de la entrada a ciento sesenta por hora.
Thalia mantuvo los ojos cerrados todo el trayecto. No paraba de murmurar entre dientes, como si estuviera rezando.
—Antes lo has hecho muy bien —la animé—. Zeus te ha escuchado.
No era posible saber lo que pensaba con los ojos cerrados.
—Quizá
—Bueno, si los ángeles se han movido, es que tu padre te ha escuchado, Thalia —dijo Annabeth.
Thalia se limitó a encogerse de hombros mientras observaba a su padre. Este simplemente estaba mirando el vacío, aparentemente inconsciente que su hija lo estaba mirando.
—Fingir desinterés no te hace parecer más guay —le susurró Poseidón.
—Cállate —gruñó Zeus, con las mejillas levemente coloreadas.
—respondió—. ¿Y tú cómo te has librado de los esqueletos en la sala de los generadores? ¿No has dicho que te tenían acorralado?
—Uf, se libró gracias a la chica que casi ensarte como un pincho moruno —dijo Rachel.
Le hablé de aquella extraña mortal,
—¿Cómo qué extraña? —se quejó Rachel.
—No creo que la haya descrito mal.
—Para mí es una buena descripción.
—Definitivamente es extraña.
—¡Dejad de hablar, o sus golpeo!
Rachel Elizabeth Dare, que al parecer era capaz de ver a través de la Niebla. Pensé que iba a decirme que estaba loco, pero ella asintió.
—Hay mortales así —dijo—. Nadie sabe por qué.
Y entonces se me ocurrió algo que nunca había pensado. Mi madre era así.
Sally asintió.
Ella había visto al Minotauro en la Colina Mestiza y lo había identificado a la primera. Tampoco se había sorprendido el año anterior cuando le dije que mi amigo Tyson era un cíclope. Quizá ya lo sabía desde el principio.
—Por supuesto —dijo Sally—. Desde que era pequeña, llevo viendo cosas sobrenaturales. Al principio era bastante confuso el hecho de ver cosas que los demás no veían. Luego, simplemente aprendí a vivir con ello.
Rachel asintió. Para ella ver cosas extrañas, que los demás no veían, era el pan de cada día. Siempre que mencionaba una de esas extrañas visiones las personas a su alrededor, ya fuesen sus padres, amigos, etc, simplemente lo dejaban pasar como si fuese simples invenciones de Rachel.
Finalmente, hasta la misma Rachel pensaba que eran alucinaciones suyas. No fue hasta que conoció a Percy, que por fin se dio cuenta de lo que todo eso era real y no una invención como ella creía.
No era de extrañar que pasase tanto miedo por mí mientras me criaba. Ella veía mejor que yo a través de la Niebla.
—Bueno, esa chica era un poco pesada —continué—. Pero me alegro de no haberla pulverizado. Lo habría sentido mucho.
Thalia asintió.
—Debe de ser bonito ser un mortal como los demás.
Lo dijo como si hubiese pensado mucho en ello.
—Creo que todos hemos pensado eso alguna vez —dijo Annabeth.
—¿Dónde queréis aterrizar, chicos? —preguntó Hank, despertándome de una pequeña siesta.
Miré hacia abajo.
—Uau.
Había visto San Francisco en fotografías, pero nunca había estado allí. Era la ciudad más bonita que había visto en mi vida:
Los que habían estado en San Francisco se mostraron de acuerdo con las palabras del hijo de Poseidón.
una especie de Manhattan más pequeño y más limpio, rodeado de colinas verdes. Había una gran bahía, barcos, islas y botes de pesca, y el puente Golden Gate destacaba entre la niebla. Tenía la sensación de que debía sacar una fotografía o escribir una postal: «Besos desde San Francisco. Todavía sobrevivo. Ojalá estuvieses aquí».
—No sé si esa postal me hubiese tranquilizado o puesto más nerviosa.
—Allí —propuso Zoë—. Junto al edificio Embarcadero.
—Buena idea —dijo Chuck—. Hank y yo podemos camuflarnos entre las palomas.
—¿Funcionaría? —preguntó Leo.
—Me parece que no. Bueno, con la Niebla si que es posible. Pero entonces serían palomas gigantes.
Todos nos lo quedamos mirando.
—Era broma —se apresuró a aclarar—. ¡Uf! ¿Es que las estatuas no pueden tener sentido del humor?
—Bueno, si son creaciones de Hefesto, dudo que tengan sentido del humor —dijo Hermes.
Al final, resultó que no había necesidad de camuflarse. Era muy temprano y casi no había gente circulando. Eso sí: dejamos completamente flipado a un vagabundo que andaba por el muelle.
—Pobre tipo —dijo Chris, aunque eso no le quitaba la sonrisa divertida.
El hombre dio un alarido al vernos aterrizar y salió corriendo y gritando que venían los marcianos.
Varios se echaron a reír.
Hank y Chuck se despidieron y salieron volando para irse de juerga con sus colegas de bronce. Y entonces caí en la cuenta de que ignoraba nuestro próximo paso.
Atenea soltó un suspiro y estuvo a punto de soltar un comentario mordaz. Pero una rápida mirada de Hestia hizo que sé tragase sus palabras.
Habíamos llegado a la costa Oeste. Artemisa tenía que estar allí, en algún sitio. También Annabeth esperaba. Pero no sabía cómo íbamos a encontrarlas y al día siguiente era el solsticio de invierno.
—Ni que fuese la primera vez que vais apurados de tiempo —dijo Leo.
—Sí —asintió Percy.
Tampoco tenía la menor idea sobre el monstruo que Artemisa había estado persiguiendo. Se suponía que él saldría a nuestro encuentro durante la búsqueda, que él nos «mostraría la senda», según el Oráculo. Pero no había sido así. Y ahora estábamos allí atascados, en el muelle de los transbordadores, con escaso dinero, sin amigos y sin suerte.
—Bueno, que no lo hayáis encontrado, eso no significa que no lo hagáis allí —dijo Meg.
—En realidad ya han encontrado al monstruo —señaló Lester.
Tras un breve cambio de opiniones, llegamos a la conclusión de que había que averiguar quién era aquel monstruo misterioso.
—¿Y cómo vamos a averiguarlo? —pregunté.
—Nereo —dijo Apolo.
—Nereo —respondió Grover.
Lo miré.
—¿Cómo?
—¿No es lo que te dijo Apolo? ¿Qué encontraras a Nereo?
El dios asintió.
Asentí. Había olvidado por completo mi última conversación con el dios del sol.
—¿Cómo puedes olvidarte de una conversación conmigo? —se quejó Apolo.
—El viejo caballero del mar —recordé—. Por lo visto, tengo que encontrarlo y obligarlo a que nos diga lo que sabe. Pero ¿Cómo lo encuentro?
—Por el olor —respondió Poseidón con una mueca.
—¿Cómo?
—¿Qué?
Varios se quedaron perplejos ante eso.
Zoë hizo una mueca.
—¿El viejo Nereo?
—¿Lo conoces? —preguntó Thalia.
—Mi madre era una diosa del mar. Sí, lo conozco. Por desgracia, nunca es demasiado difícil de encontrar.
—Pero eso es bueno, ¿no? —dijo Hazel—. Al menos para ese caso.
—Sinceramente preferiría no tener que encontrarme con él, ni para algo bueno ni para algo malo —dijo Zoë antes de reanudar la lectura.
Simplemente, has de seguir el olor.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Ven —dijo ella sin ningún entusiasmo—. Te lo mostraré.
Comprendí que estaba metido en un lío cuando nos detuvimos en un local de ropa de beneficencia. Cinco minutos más tarde, Zoë me había equipado con una andrajosa camisa de franela y unos tejanos tres tallas más grandes, además de unas zapatillas rojas y un enorme gorro multicolor.
—Lo de vestirse de vagabundo... ¿es necesario? —preguntó Piper perpleja.
Los que conocían a Nereo asintieron.
—¡Ya lo creo! —dijo Grover, a punto de estallar en carcajadas—. Ahora pasas completamente desapercibido.
—Sigo preguntándome por que solamente tuve que ser yo el que se disfrazase —murmuró Percy.
—Porque la información de que teníamos que buscar a Nereo te la dieron a ti —dijo Grover.
—Eso y que no queríamos ir contigo —añadió Thalia.
—También es verdad.
Zoë asintió satisfecha.
—Un típico vagabundo.
—Muchas gracias —refunfuñé—. ¿Para qué tengo que vestirme así?
—Ya te lo he dicho. Para no desentonar.
Nos condujo de nuevo al muelle. Tras un buen rato buscando, Zoë se detuvo en seco. Señaló un embarcadero donde un grupo de vagabundos se apretujaban cubiertos de mantas, aguardando a que abrieran el comedor de beneficencia.
—Tiene que estar allá abajo —dijo Zoë—. Nunca se aleja demasiado del agua. Le gusta tomar el sol durante el día.
—¿Cómo sabré quién es?
—Lo sabrás —dijo Poseidón.
—Tú acércate a hurtadillas. Actúa como un vagabundo. Lo reconocerás. Huele de un modo… distinto.
—Eso es una forma sutil de decir que apesta —aclaró Afrodita.
—Estupendo. —Preferí no pedir más detalles—. ¿Y cuando lo encuentre?
—Agárralo. Y no lo sueltes. Él hará todo lo posible para librarse de ti. Haga lo que haga, no lo dejes escapar. Oblígalo a que te hable de ese monstruo.
—Nosotros te cubrimos las espaldas —dijo Thalia mientras me quitaba algo en la espalda de la camisa: un trozo de pelusa. A saber de dónde procedía—. Eh… bueno, pensándolo bien, te las cubriremos a distancia.
Grover alzó los pulgares, deseándome suerte.
—Gracias por el apoyo —murmuró Percy.
Yo farfullé que era un privilegio tener unos amigos con semejantes arrestos y me dirigí al embarcadero.
—Es un placer —dijo Thalia.
Me calé bien el gorro y caminé dando tumbos, como si estuviese a punto de desmayarme, lo cual no me costaba demasiado con lo cansado que estaba. Pasé junto al vagabundo que nos había visto aterrizar. Estaba previniendo a los demás de la llegada de unos ángeles metálicos de Marte.
—La que habéis liado —dijo Nico.
No olía bien, pero no tenía un olor… distinto. Seguí adelante.
Un par de tipos mugrientos con bolsas del súper en la cabeza me examinaron de arriba abajo cuando me acerqué.
—Lárgate, chaval —murmuró uno de ellos.
Me aparté. Apestaban, pero lo normal. Nada fuera de lo común.
Había una dama con un carrito de la compra lleno de flamencos de plástico. Me lanzó una mirada enloquecida, como si fuese a robárselos.
Al final del embarcadero, en un trecho iluminado por el sol, vi a un tipo tirado en el suelo que parecía tener un millón de años.
—Creo que ese es el tipo que andan buscando —dijo Leo.
Llevaba un pijama y un mullido albornoz que en tiempos habría sido blanco. Era gordo y tenía una barba blanca que se había vuelto amarillenta. Algo así como un Papá Noel arrastrado por un vertedero.
—Pues sí, es el primo malvado de Papá Noel —dijo Chris.
¿Y su olor?
Al acercarme, me quedé de piedra.
—Han habido personas que hasta se han desmayado al olerlo —dijo Afrodita.
Apestaba, sí, pero con un tufo marino. Una mezcla de algas recalentadas, peces muertos, salmuera…
Varios hicieron una mueca de asco.
Si el océano aún contenía algún olor repulsivo, era aquél.
—Sin duda —dijo Poseidón.
Procuré contener las arcadas y me senté a su lado como si estuviera muy cansado. El hediondo Papá Noel abrió un ojo con suspicacia.
—Normal que dude. ¿Cuántas personas estarían dispuestas a sentarse junto a él? —se preguntó Hera.
Noté cómo me observaba, pero no miré. Mascullé algo sobre unos padres estúpidos y un colegio todavía peor, pensando que así resultaría más creíble.
—Ni que vaya a tragarse unas mentiras tan obvias —bufó Atenea.
Papá Noel volvió a dormirse.
—Al final se ha tragado la historia —dijo Hermes, mirando con burla a su media-hermana.
Me preparé. Era consciente de que aquello iba a parecer muy raro, y tampoco sabía cómo reaccionarían los demás vagabundos. Pero salté sobre él.
—Pues sí que parece raro —dijo Will.
—Imagino que simplemente pensaran que es una típica pelea de vagabundos —respondió Luke, encogiéndose de hombros. Había visto algunas de ellas cuando se había escapado de casa.
—¡Aaaaahhh! —gritó. Yo pretendía agarrarlo, pero era él más bien quien me agarraba a mí. Como si no hubiera estado durmiendo, sólo fingiendo.
—Lo cual demuestra que no se había tragado la mentira de Jackson —exclamó Atenea.
Desde luego no parecía un viejo endeble. Tenía una presa de acero
—Bueno, técnicamente es un dios, así que...
—. ¡Socorro! —chillaba mientras me estrujaba con un abrazo mortal.
—¡El que necesitaba ayuda era yo! —protestó Percy.
—¡Menudo espectáculo! —gritó otro vagabundo—. Un chaval peleándose y revolcándose con un anciano.
—Joder, que mal ha sonado eso —murmuró Lester.
En efecto, nos revolcamos por el embarcadero hasta que me di un porrazo contra un poste.
Percy hizo una mueca, al recordar ese golpe.
Me quedé aturdido un segundo y Nereo aflojó su presa y trató de escapar. Antes de que lo consiguiera, me recobré y le hice un placaje por la espalda.
—¡No tengo dinero! —gritó.
—¿De verdad se piensa qué esta tratando de robarle? —preguntó Jason.
—A lo mejor esta fingiendo para que Percy se piense que es un simple vagabundo —respondió Reyna con algo de duda.
Intentó levantarse y salir corriendo, pero lo sujeté con fuerza desde atrás. Su olor a pescado podrido era espantoso, pero no lo solté.
Percy hizo una mueca, mientras se ponía verde.
—No quiero dinero —le dije mientras seguíamos luchando—. ¡Soy mestizo! ¡Quiero información!
—No han sido las mejores palabras —dijo Apolo.
Aún se encabritó más.
—¡Héroes! ¿Por qué os metéis siempre conmigo?
—¡Porque lo sabes todo!
—Es un buen motivo —asintió Deméter.
Él gruñó y trató de zafarse. Era como sujetarse en una montaña rusa. Se revolvía violentamente y me hacía perder el equilibrio, pero apreté los dientes y lo aferré con más fuerza. Mientras nos tambaleábamos hacia el borde del embarcadero, se me ocurrió una idea.
—¡No! —grité—. ¡Al agua no!
—¿Eh? Pero si en el agua tendría más fuerza —dijo Connor.
—Esta claro que le esta mintiendo para que le lleve justo allí —suspiró Lou Ellen.
El plan funcionó. Gritando victorioso, Nereo saltó sin pensárselo y nos hundimos juntos en la bahía de San Francisco.
—Idiota —murmuraron algunos.
Debió de sorprenderse cuando lo estrujé todavía más, con el vigor extra que el océano me proporcionó de inmediato.
—Eso debió pillarle por sorpresa —dijo Beckendorf.
Pero a él aún le quedaban algunos trucos. Cambió de forma y, sin más ni más, me vi aferrado a una foca lustrosa y resbaladiza.
—Vaya, eso si que no me lo esperaba —dijo Leo.
A veces la gente bromea sobre lo difícil que es atrapar a un cerdo untado de grasa, pero os diré una cosa: mantener sujeta a una foca en el agua es mucho más difícil.
—Dudo mucho que mucha gente haya tenido ese... placer —señaló Alyson.
Nereo se lanzó hacia las profundidades, retorciéndose y nadando en círculo por las oscuras aguas. Si yo no hubiera sido hijo de Poseidón, no habría podido retenerlo.
—Y por eso debías de ser tú quien fuese a por él, Percy —exclamó Thalia.
—Solo me mandasteis a mí, porque ninguno de vosotros quería acercarse —replicó Percy.
—Por supuesto —asintieron Grover y Thalia. Zoë no dijo nada, ya que ella no había estado allí. Pero por dentro se mostro de acuerdo con el sátiro y la hija de Zeus.
Luego se puso a girar sobre sí mismo y a expandirse, hasta transformarse en una ballena asesina, pero yo me aferré a su aleta dorsal mientras emergía estruendosamente a la superficie.
Los turistas exclamaron todos a una:
—¡Uaaau!
—Imaginaros ser un turista en San Francisco y toparos de repente con un vagabundo haciendo un rodeo con una ballena asesina... No creo que eso se olvide fácilmente.
—Tendríamos un problema si alguien olvidase algo así con facilidad —replicó Frank.
Me las arreglé para saludarlos con una mano, como diciendo: «Sí, esto lo practicamos todos los días en San Francisco como gimnasia matinal».
—La típica gimnasia matinal de hacer rodeos con ballenas asesinas —dijo Lester, encogiéndose de hombros—. ¿Quién no la ha hecho?
Nereo se sumergió de nuevo y se convirtió en una anguila viscosa. Yo empecé a anudarla hasta que él se dio cuenta y volvió a adoptar su forma humana.
—¿Por qué no te ahogas de una vez? —aulló, aporreándome con los puños.
—Soy hijo de Poseidón —le espeté.
—¡Maldito sea ese advenedizo! ¡Yo llegué primero!
Poseidón soltó un gruñido.
—Deja de quejarte ya, viejo cascarrabias —murmuró el dios del mar.
Finalmente, tocamos tierra y Nereo se derrumbó junto a un embarcadero de botes de pesca. Por encima de nosotros se extendía uno de esos muelles turísticos plagados de tiendas: como un centro comercial al borde del agua. Nereo jadeaba, exhausto. Yo me sentía perfecto. Habría podido continuar todo el día, pero no se lo dije. Quería que creyera que había librado un buen combate.
—Bien pensado. Así estará más dispuesto a vender información si cree que te ha costado derrotarle —admitió Atenea casi con un gruñido.
Mis amigos bajaron corriendo los escalones.
—¡Lo tienes! —dijo Zoë.
—No hace falta que lo digas tan asombrada.
—Bueno, Nereo no es fácil de atrapar precisamente —dijo Zoë.
—Créeme, me di cuenta —asintió Percy.
Nereo soltó un gemido.
—Ah, magnífico. ¡Una audiencia completa para presenciar mi humillación!
—Mejor que no sepa que ahora hay más gente que ha presenciado su humillación —dijo Alana.
¿El trato de siempre, supongo? O sea, me dejas ir si respondo a tu pregunta.
—Tengo más de una —repliqué.
—Sólo una pregunta por captura. ¡Son las reglas!
—Eso quiere decir qué si quieres hacerle más preguntas, ¿debes atraparlo de nuevo? —preguntó Frank.
—Así es —asintió Atenea.
Miré a mis compañeros.
Aquello no me gustaba.
—Ni a ti ni a nadie —replicó Grover.
Tenía que encontrar a Artemisa y averiguar cuál era la criatura del fin del mundo. También quería saber si Annabeth seguía viva y cómo rescatarla. ¿Cómo podía ingeniármelas para plantearlo todo en una sola pregunta?
Una voz interior me gritaba: «¡Pregunta por Annabeth!».
—¿Pasa algo?
Afrodita simplemente sonrió inocentemente mientras hacía esa pregunta.
Era lo que más me importaba.
Pero imaginé lo que me habría dicho ella misma; Annabeth nunca me lo perdonaría si la salvaba a ella y no al Olimpo.
Annabeth asintió.
Por su parte, Zoë debía de querer que preguntase por Artemisa. Pero Quirón nos había dicho que el monstruo era aún más importante.
—Atraparon a mi señora por estar persiguiendo a ese monstruo —dijo Zoë—así que sí, es nuestra mayor prioridad.
Suspiré.
—Muy bien, Nereo. Dime dónde puedo encontrar a ese monstruo terrible que podría provocar el fin de los dioses. El que Artemisa estaba persiguiendo.
El viejo caballero del mar sonrió, enseñando sus dientes verdes y enmohecidos.
—Ah, muy fácil —dijo en tono malvado—. Está aquí mismo. —Y señaló el agua a mis pies.
—Eso ha sido fácil —dijo Leo.
—¿Dónde? —pregunté.
—¡Yo ya he cumplido el trato! —repuso, regodeándose. Y con un chasquido, se convirtió en un pez de colores y saltó al agua.
—Pues la parte de volverlo a atrapar se ha complicado un poco —dijo Butch.
—¡Me has engañado! —grité.
Thalia abrió unos ojos como platos.
—¿Qué es eso?
—¡Muuuuuu!
—Pues una vaca.
Bajé la vista y allí estaba mi amiga, la vaca-serpiente, nadando junto al embarcadero.
—Me sigue haciendo gracia que lo estábamos buscando, apareciese como si nada casi al principio de la historia —murmuró Artemisa.
Me dio un golpecito con el hocico y me miró con sus tristes ojos castaños.
—Bessie —dije—. Ahora no.
—No, ahora sí.
—¡Muuuu! —insistió.
Grover sofocó un grito.
—Dice que ni se llama Bessie ni es una hembra.
Varios rieron por eso.
—Me sorprende con que facilidad a veces confundes los géneros —dijo Annabeth con una sonrisa divertida. Seguramente estaría pensando en el momento en que Percy se refirió a Blackjack como una yegua.
—¿Puedes entenderla, digo… entenderlo?
—Los sátiros pueden entenderse con cualquier animal, Pete Johnson —resopló Dionisio.
—Ya me viste hablando con un chihuahua, ¿recuerdas? —señaló Grover.
—Aún sigo pensando qué fue por el efecto de unos hongos —murmuró Percy.
Grover asintió.
—Es una forma muy arcaica de lenguaje animal.
—¿Con lo de arcaico quiere decir que habla muy culto? —preguntó Leo.
—¿A qué viene esa pregunta? —masculló Piper junto a él.
Grover asintió.
—Habla muy culto.
Pero dice que es un taurofidio.
—¿Tau… qué?
—Significa toro-serpiente en griego —explicó Thalia—. Pero ¿Qué está haciendo aquí?
—Haciendo turismo en San Francisco —respondió Percy—. Ya sabes, ¿a quién no le apetece hacer turismo cerca de una zona donde hay un grupo que en el pasado te abrieron el canal y te arrancaron las tripas?
—¡Muuuu!
—Dice que Percy es su protector —explicó Grover—. Y que está huyendo de los malos.
—Pues mantenerse cerca de Percy no sé si es la mejor manera de huir de ellos —dijo Thalia.
Dice que están muy cerca.
—Demasiado cerca —murmuró Grover.
Me pregunté cómo se las arreglaba para sacar todo aquello de un simple «muuuu».
—Es que el idioma vaca es muy elocuente —dijo Grover.
—Espera —dijo Zoë mirándome—. ¿Tú conoces a esta vaca?
Empezaba a impacientarme, pero les conté la historia.
Thalia sacudió la cabeza, incrédula.
—¿Y habías olvidado contárnoslo?
—Bueno, ¡ni siquiera sabía que Bessie era el monstruo que estábamos buscando! —se quejó Percy.
—Y por eso necesitas conocer bien los mitos —suspiró Annabeth.
—Bueno… sí.
Resultaba absurdo, ahora que me lo decía. Todo había ido tan deprisa que Bessie, el taurofidio, me había parecido un detalle sin importancia.
—¡Seré idiota! —dijo Zoë de pronto—. ¡Yo conozco esta historia!
Zoë chasqueó la lengua. La historia era tan evidente que no se había parado mucho a pensar en ella.
—¿Qué historia?
—La guerra de los titanes. Mi padre me la contó hace miles de años. Esta es la bestia que estamos buscando.
—¿Bessie? —Miré al taurofidio—. Pero si es… una monada. ¿Cómo podría querer destruir el mundo?
—Bueno, técnicamente él no quiere destruir el mundo —señaló Quirón.
—En eso estribaba nuestro error —prosiguió Zoë—. Habíamos previsto un monstruo enorme y mortífero, pero el taurofidio no acabará con los dioses de ese modo. Él debe ser sacrificado.
—¡Muuuu!
—Creo que esa palabra con «s» no le gusta —dijo Grover.
—Y no me extraña —dijo Frank.
Le di a Bessie unas palmaditas en la cabeza para calmarlo. Me dejó rascarle la oreja, pero temblaba.
—¿Cómo se atrevería alguien a hacerle daño? —pregunté—. Es inofensivo.
—Justo por eso matarlo puede otorgar tanto poder —dijo Quirón.
Zoë asintió.
—Ya, pero matar a un inocente encierra un poder. Un terrible poder. Hace eones, cuando nació esta criatura, las Moiras hicieron una profecía. Aquel que matase al taurofidio y sacrificara sus entrañas, dijeron, tendría el poder de destruir a los dioses.
—¡Muuuu!
—Eh… creo que tampoco deberíamos hablar de «entrañas» —nos advirtió Grover.
—¡Si es que no se puede hablar de nada con él! —exclamó Travis.
Thalia contempló asombrada al toro-serpiente.
—El poder de destruir a los dioses… ¿cómo? Es decir, ¿Qué pasaría?
—Nadie lo sabe —respondió Zoë—. La primera vez, durante la guerra de los titanes, un gigante que se había aliado con ellos mató al taurofidio, pero tu padre, Zeus, envió un águila para que les arrebatara sus entrañas antes de que pudieran arrojarlas al fuego. Lo logró por muy poco.
—Realmente fue por muy poco —asintió Hera.
—Fue por tan poco que se le quemaron un poco las plumas de la cola al águila —dijo Zeus.
Ahora, tres mil años después, el taurofidio ha vuelto a nacer.
Thalia se acuclilló y alargó una mano. Bessie acudió a su lado. Cuando ella le puso la mano en la cabeza, se estremeció.
Thalia se estremeció y observó su mano. Recordaba la sensación que le había embargado al tocar a Bessie. El poder de matar a los dioses al alcance de sus manos... Era demasiado tentador.
Me inquietaba la expresión de Thalia. Casi parecía… hambrienta.
Jason observó a su hermana. A pesar de no haber estado allí, podía decir como se sentía Thalia. Al fin y al cabo, él mismo se sentía de una manera similar a pesar de estar solamente leyendo sobre ello.
Y si se sentía de esa manera solamente por leer sobre ello, no quería ni llegar a pensar como sería estar delante de Bessie. Ese pensamiento era demasiado aterrador.
—Tenemos que protegerlo —le dije—. Si Luke le pone las manos encima…
—Luke no vacilaría —musitó ella—. El poder de derrocar al Olimpo. Es… una pasada.
—Y por eso es tan peligroso —dijo Quirón con voz suave, mirando a Thalia.
—Lo sé, Quirón —suspiró ella—. Por eso hice lo que hice.
—Sí, querida. Así es —dijo una voz masculina con acento francés—. Y ese poder lo vas a desencadenar tú.
—Tiene sentido —murmuró Atenea—. Thalia tiene quince y su cumpleaños esta al caer. Es lógico pensar que ella sería el desencadenante.
El taurofidio soltó una especie de lamento y se sumergió.
Alcé la vista. Estábamos tan absortos que habíamos dejado que nos tendieran una emboscada.
Atenea resopló.
A nuestra espalda, con sus ojos bicolores reluciendo de maldad, estaba el doctor Espino. La mantícora en persona.
—Esto es peggg-fecto —dijo la mantícora, relamiéndose.
Llevaba un andrajoso impermeable negro sobre el uniforme de Westover Hall, también manchado y desgarrado. El pelo, antes al cero, le había crecido y se le veía erizado y grasiento. Tampoco se había afeitado últimamente y empezaba a asomarle una barba de brillos plateados.
—Debería cuidar un poco mejor su imagen —dijo Afrodita con una mueca.
En resumen, no tenía mucho mejor aspecto que los tipos del comedor de beneficencia.
—Imagino que adoptaría esa apariencia para pasar desapercibido —dijo Butch.
—Hace ya mucho tiempo, los dioses me desterraron en Persia —prosiguió la mantícora—. Me vi obligado a buscarme el sustento en los confines del mundo; tuve que ocultarme en los bosques y alimentarme de insignificantes granjeros. Nunca pude combatir con un héroe. ¡Mi nombre no era temido ni admirado en las antiguas historias!
—¿Pero a la Mantícora no la mató un tío llamado Velero o algo así? —señaló Leo.
—Supongo que te refieres a Belerofonte. Y no, Belerofonte mató a la quimera, no a la mantícora —respondió Annabeth.
Pero todo eso va a cambiar. ¡Los titanes me honrarán y yo me daré un banquete con carne de mestizo!
—Pues espera sentado —resopló Clarisse.
Tenía dos guardias a cada lado armados hasta los dientes. Eran algunos de los mercenarios mortales que había visto en Washington.
—Todavía me sorprende ver a mortales trabajando para criaturas sobrenaturales que buscan aniquilar el mundo —dijo Frederick.
—Mucha gente esta dispuesta a hacer barbaridades a cambio de dinero —suspiró Hermes.
Dos más se habían apostado en el siguiente embarcadero, por si tratábamos de escapar. Había turistas por todas partes, caminando junto a la orilla o haciendo compras en las tiendas del muelle, aunque yo sabía que eso no frenaría a la mantícora.
—Es evidente que no —dijo Chris.
—¿Y los esqueletos? —le pregunté.
Él sonrió, desdeñoso.
—¡No necesito a esas estúpidas criaturas de ultratumba!
Nico levantó una ceja.
—Dirá lo que quiera, pero me parece muy estúpido de su parte no contar con el apoyo de unos rastreadores que pueden localizar y buscar a su objetivo de forma incansable y, que además de eso, tienen buen trabajo de equipo, son fuertes y existen muy pocas maneras de acabar con ellos —resopló.
—Aunque no me costó mucho engañarlos en la Presa Hoover —señaló Rachel.
—He dicho que trabajan bien en equipo, no que sean inteligentes —replicó Nico, encogiéndose de hombros.
¿El General me había tomado por un inútil?
—Razón no le falta —dijo Thalia.
¡A ver qué dice cuando sepa que te he derrotado por mi cuenta!
—Todavía estamos esperando a eso —dijo Percy.
Necesitaba pensar. Ante todo, tenía que salvar a Bessie. Podía zambullirme en el agua, desde luego, pero ¿Cómo iba a emprender la fuga con un toro-serpiente de trescientos kilos?
—Dudo mucho que Bessie no estuviese dispuesto a ir contigo —dijo Annabeth.
¿Y qué pasaría con mis amigos?
—Ya te derrotamos una vez —le dije.
—A ver, más bien fuimos nosotras quienes le vencimos —replicó Alana.
—¡Ja! Apenas tuvisteis que combatir, con una diosa a vuestro lado. Pero, ay… esa diosa está muy ocupada en este momento. Ahora no contáis con ayuda.
Percy casi dejó escapar un bufido y estuvo a punto de reírse. ¡Y pensar que al final contaron con la ayuda de un dios!
Zoë sacó una flecha y le apuntó directamente a la cabeza. Los guardias que lo flanqueaban alzaron sus pistolas.
—¡Espera! —la detuve—. ¡No lo hagas!
—¡Pero no la detengas! —se quejó Ares.
—Si hubiese atacado, los guardias habrían disparado —replicó Atenea.
—¿Y?
La mantícora sonrió.
—El chico tiene razón, Zoë Belladona. Guárdate ese arco. Sería una lástima matarte antes de que puedas presenciar la gran victoria de tu amiga Thalia.
—Mucho me temo que jamás podrá presenciar mi gran victoria —exclamó Thalia con dramatismo.
—¿De qué hablas? —gruñó Thalia, con el escudo y la lanza preparados.
—Está bien claro —dijo la mantícora—. Éste es tu momento. Para eso te devolvió a la vida el señor Cronos. Tú sacrificarás al taurofidio. Tú llevarás sus entrañas al fuego sagrado de la montaña y obtendrás un poder ilimitado. Y en tu decimosexto cumpleaños derribarás al Olimpo.
Nos quedamos todos mudos. Era tremendamente lógico.
—Era tan lógico que a nadie se le pasó por la cabeza —dijo Grover.
Sólo faltaban dos días para que Thalia cumpliera los dieciséis. Ella era hija de uno de los Tres Grandes. Y ahora tenía ante sí una elección: una terrible elección que podía implicar el fin de los dioses. Era tal como había predicho la profecía. No supe si sentirme aliviado, horrorizado o decepcionado.
—¿Y esas tres por qué? —preguntó Meg.
—Bueno... aliviado porque yo no era el de la profecía y el destino del Olimpo no dependía de mí; horrorizado porque el fin del mundo estaba a punto de suceder y la expresión de Thalia no me tranquilizaba precisamente (no te molestes por esto, Cara Pino); y decepcionado porque después de haberme estado los dos últimos años comiéndome el tarro con ser yo el tipo de la profecía, de repente me echaban a un lado como si nada.
A fin de cuentas, yo no era el protagonista de la profecía. El fin del mundo tenía lugar en aquel mismo momento.
—Joder, el fin del mundo esta a punto de darse en los muelles de San Francisco —murmuró Travis.
—Pues menudo lugar para iniciar el Apocalipsis —añadió Connor.
Aguardé a que Thalia le plantase cara a la mantícora, pero ella titubeó. Parecía estupefacta.
Thalia se estremeció. Las palabras del monstruo se habían clavado con demasiada fuerza en su cabeza en aquel momento.
—Tú sabes que ésa es la opción correcta —continuó él—. Tu amigo Luke así lo entendió.
Ya no estoy tan seguro de que sea la opción correcta pensó Luke.
Ahora volverás a reunirte con él. Juntos gobernaréis el mundo bajo los auspicios de los titanes.
Thalia tuvo que reprimir una carcajada. ¿Qué los titanes iban a permitir que Luke y ella gobernasen el mundo? ¡Y qué más! Estaba bastante segura de que Cronos se habría desecho de ella lo antes posible.
Tu padre te abandonó, Thalia. Él no se preocupa por ti.
Zeus no dijo nada. Se limito a quedarse en silencio, mirando el libro con el ceño fruncido.
Y ahora lo superarás en poder. Aplasta a los olímpicos, tal como se merecen. ¡Convoca a la bestia! Ella acudirá a ti. Y usa tu lanza.
—Thalia —dije—, ¡despierta!
Ella me miró tal como me había mirado la mañana en que despertó en la Colina Mestiza, aturdida y vacilante. Era casi como si no me reconociera.
—Yo… no…
—Tu padre te ayudó —le dije—. Envió a los ángeles de metal. Te convirtió en un árbol para preservarte.
Su mano asió con fuerza la lanza.
Miré a Grover, desesperado. Gracias a los dioses, comprendió a la primera lo que necesitaba.
—No soy tu mejor amigo por nada —dijo el sátiro.
Se llevó su flauta a los labios y tocó un estribillo muy rápido.
—¡Detenedlo! —ordenó la mantícora.
Los guardias seguían apuntando a Zoë y, antes de que entendieran que el tipo de las flautas era un problema más acuciante,
—Y ahí esta el problema de tener a mortales trabajando para criaturas mitológicas. Son incapaces de percibir el verdadero peligro —dijo Atenea.
empezaron a brotar ramas de las planchas de madera del muelle y se les enredaron en las piernas. Zoë lanzó un par de flechas que explotaron a sus pies y levantaron un sulfuroso humo amarillento. ¡Flechas pestilentes!
—Hombre, esas flechas son geniales cuando las usan contra otros —dijo Travis.
—Y no tan geniales cuando las usan contra nosotros —añadió Connor con un estremecimiento.
Los guardias se pusieron a toser como locos. La mantícora disparaba espinas, pero rebotaban en mi abrigo de león.
—Grover —ordené—, dile a Bessie que baje a las profundidades y no se mueva de allí.
—¡Muuuu! —tradujo Grover.
Confiaba en que Bessie hubiese recibido el mensaje.
—Y tanto que lo captó —dijo Grover—. Imagino que, el hecho de que le abriesen el canal en el pasado, ayudo bastante.
—La vaca… —murmuraba Thalia, aún confundida.
—No pienses ahora en la vaca —dijo Jason.
—¡Vamos! —La arrastré escaleras arriba hacia el centro comercial.
Corrimos como posesos, abriéndonos paso entre los turistas, y doblamos la esquina de la tienda más cercana. Oí que la mantícora gritaba a sus secuaces:
—¡Prendedlos!
La gente chilló al ver a los guardias disparando al aire.
—¿Están locos? ¡Podrían darle a alguien! —exclamó Hestia.
—Dudo que eso les preocupe mucho —dijo Deméter.
Llegamos al final del muelle y nos ocultamos tras un quiosco lleno de baratijas de cristal, como móviles de campanillas o cazadores de sueños que destellaban al sol. Había una fuente muy cerca. Abajo, un grupo de leones marinos tomaban el sol en las rocas. Toda la bahía de San Francisco se desplegaba ante nosotros: el Golden Gate, la isla de Alcatraz y, más allá, hacia el norte, las colinas verdes cubiertas de niebla. Un momento ideal para una foto, salvo por el pequeño detalle de que íbamos a morir y estaba a punto de llegar el fin del mundo.
—Sí, esos detalles suelen fastidiar esas cosas —dijo Leo como si fuese lo más normal del mundo. Aunque quizás para un mestizo lo sea.
—¡Salta por allí! —me dijo Zoë—. Tú puedes huir por el agua, Percy. Pídele auxilio a tu padre. Tal vez puedas salvar al taurofidio.
—Eso es lo más importante. Hay que mantener al taurofidio alejado del bando del Señor del Tiempo —asintió Atenea.
Tenía razón, pero no podía hacerlo.
—No os abandonaré —contesté—. Combatiremos juntos.
—Percy, no es momento para heroicidades —le regañó Sally.
—Lo sé. Pero aún así no podía abandonarlos.
—¡Tienes que avisar al campamento! —dijo Grover—. Para que al menos sepan lo que sucede.
—Con un Mensaje Iris —dijo Butch al instante.
Me fijé en las baratijas de cristal, que formaban más de un arco iris a la luz del sol. Y había una fuente al lado.
—Pues menuda suerte que habéis tenido —dijo Chris.
—Avisar al campamento —murmuré—. Buena idea.
Destapé a Anaklusmos y corté de un tajo la parte superior de la fuente. El agua manó a borbotones de la tubería y nos roció a todos.
Thalia jadeó al contacto con el agua. La niebla que velaba sus ojos pareció disiparse.
—¿Estás loco? —me dijo.
—Aunque gracias por eso —añadió.
Pero Grover me había entendido. Ya estaba hurgando en sus bolsillos para encontrar una moneda. Lanzó un dracma de oro al arco iris que se había formado en la cortina de agua y gritó:
—¡Oh, diosa, acepta mi ofrenda!
La niebla empezó a ondularse.
—¡Campamento Mestizo! —clamé.
Temblando entre la niebla, surgió la imagen de la última persona que hubiera querido ver en aquel momento:
—¿Alguien quiere apostar para ver de quién se trata? —preguntó Connor.
—Creo que es bastante evidente —replicó Beckendorf.
la del señor D, con su chándal atigrado, husmeando en la nevera.
Quirón levantó una ceja y miró al señor D. El dios simplemente se limitó a resoplar y miró a Percy.
—No creas que a mí me hace especial ilusión verte, Peter Johnson —gruñó Dionisio.
Levantó la vista con aire perezoso.
—¿Dónde está Quirón? —lo apremié a gritos.
—Veo que los modales no son lo tuyo —dijo Dionisio.
—Los están persiguiendo —suspiró Ariana.
—¡Qué grosería! —El señor D bebió un trago de una jarra de zumo de uva—. ¿Así es como saludas?
—Hola —me corregí—. ¡Estamos a punto de morir! ¿Dónde está Quirón?
El señor D reflexionó. Yo quería gritar que se apresurase, pero sabía de antemano que no serviría de nada. Oía pasos y gritos cerca. Las tropas del mantícora estrechaban el cerco.
—A punto de morir… —musitó—. ¡Qué emocionante! Me temo que Quirón no está. ¿Quieres dejarle un recado?
Miré a mis amigos.
—Estamos perdidos.
—Eso es positivismo —murmuró Apolo.
Thalia aferró su lanza. Ahora parecía otra vez la Thalia furiosa de siempre.
Annabeth asintió.
—Esa Thalia es la mejor Thalia.
—Moriremos luchando —aseveró.
—Aunque si sobrevivimos, mejor.
—¡Cuánta nobleza! —dijo el señor D, sofocando un bostezo—. ¿Cuál es el problema exactamente?
No creía que sirviese de nada, pero le hablé del taurofidio.
—Humm… —Estudió los estantes del frigorífico—. Así que es eso. Ya veo.
—Eres consciente de que si consiguen matar al taurofidio, todos, y eso te incluye a ti también, estaríamos jodidos ¿no? —señaló Hermes.
—Para que eso suceda la mocosa de Zeus debe matarlo. Y es evidente que no lo hará —comentó Dionisio con aburrimiento.
—¡Ni siquiera le importa! —chillé—. ¡Preferiría vernos morir!
—Hombre, claro que no... Aunque no me importaría mucho si eso sucediese.
—Veamos. Me parece que me apetece una pizza esta noche.
Quería dar un tajo a través del arco iris y desconectar, pero no tuve tiempo,
Por suerte pensó Percy, con cierta molestia, recordando lo que el señor D le había pedido hacer.
porque la mantícora gritó «¡Allí!», y de inmediato nos vimos rodeados. Dos guardias permanecían detrás de él. Los otros dos aparecieron en el techo de las tiendas que quedaban sobre nuestras cabezas. La mantícora se quitó el impermeable y adoptó su auténtica forma, con sus garras de león y su cola puntiaguda y erizada de púas venenosas.
—Magnífico —dijo. Echó un vistazo a la imagen de la niebla y sonrió con desdén.
Estábamos solos, sin ninguna ayuda tangible. Fantástico.
—Podrías pedir socorro —murmuró el señor D, como si encontrara divertida la idea—. Podrías decir «por favor».
—Vaya, Percy debe caerte bien —silbó Apolo—. A otro semidiós, le habrías cortado la llamada a la mitad.
Dionisio resopló.
—¿Un mestizo y, además, un engendro de Poseidón? ¡Venga ya! Prefiero antes que padre me deje sin vino durante toda la eternidad que llevarme bien con un mocoso como ese.
«Cuando los cerdos tengan alas», pensé.
—Ni una palabra —señaló Percy a Annabeth.
No iba a morir suplicándole a un zángano como el señor D sólo para que pudiera reírse mientras nos mataban a tiros. Zoë preparó sus flechas. Grover se llevó a los labios sus flautas. Thalia alzó su escudo y reparé en una lágrima que resbalaba por su mejilla. De repente lo recordé: aquello ya le había sucedido una vez. Ella había quedado acorralada en la Colina Mestiza y había dado su vida de buena gana por sus amigos. Pero ahora no podría salvarnos.
—Te fijas en demasiadas cosas —masculló Thalia.
—Culpa del THDA —susurró Percy.
No podía permitir que volviera a sucederle lo mismo.
—Por favor, señor D —murmuré—. Socorro.
—Mmm... ¡Oh!, perdona. ¿Has dicho algo?
—¡Dionisio! —gritaron la mayoría de dioses de la sala.
Por supuesto, no pasó nada.
La mantícora sonrió de oreja a oreja.
—Dejad a la hija de Zeus con vida. Ella se nos unirá muy pronto. A los demás, matadlos.
Los tipos nos apuntaron con sus pistolas. Y entonces pasó algo muy raro.
—Siempre que esta involucrado Dionisio pasan cosas extrañas —murmuró Hefesto. Algún día llegaría a descubrir como Hermes había acabado atado a un palo y dando vueltas sobre una hoguera.
¿Conoces esa sensación, cuando toda la sangre te fluye de golpe a la cabeza (si por ejemplo te has puesto cabeza abajo y te levantas deprisa)? Yo sentí alrededor una oleada parecida y un sonido que recordaba a un gran suspiro. El sol se tiñó de color morado. Me llegó un olor de uvas y de algo más agrio: de vino.
Percy tuvo un breve estremecimiento, recordando todo lo que les había pasado a sus enemigos.
¡Crac!
Era el ruido de muchas mentes descuajaringándose al mismo tiempo. El sonido de la locura.
—Un sonido realmente fascinante —dijo Dionisio, haciendo aparecer una copa de vino y alzándola al cielo, como si estuviese brindando con alguien invisible.
Un guardia se metió la pistola entre los dientes como si fuera un hueso y empezó a correr a cuatro patas. Otros dos tiraron sus armas y se pusieron a bailar un vals. El cuarto acometió lo que parecía una típica danza irlandesa. Habría resultado incluso divertido si no hubiéramos estado tan aterrorizados.
—La verdad es que visto fuera de peligro, es bastante divertido —dijo Grover.
—Sí... aunque en ese momento no lo fuese mucho —asintió Percy.
Thalia también asintió, de acuerdo con su primo.
—¡Qué os pasa, maldita sea! —chilló la mantícora—. ¡Yo me encargaré de vosotros!
Su cola se erizó, lista para disparar, pero entonces brotaron enredaderas del suelo entarimado y empezaron a envolver su cuerpo a una increíble velocidad.
Por todas partes surgían hojas y racimos de uvas verdes que maduraban en cuestión de segundos mientras la mantícora se debatía y daba alaridos. En un abrir y cerrar de ojos, fue engullida por una masa de enredaderas, hojas y racimos de uva morada. Cuando las uvas dejaron de cimbrearse, tuve la sensación de que la mantícora había sucumbido allí dentro.
—Vaya, eso se ve increíble —murmuró Pólux.
Él, como hijo de Dionisio, tenía el poder de la cloroquinesis (es decir manipulación de plantas) hasta cierto punto y de embriagar a alguien. Pero, ¿hacer crecer vides capaces de atrapar a alguien y enterrarlo, aparte de volverlos locos? Ni de cerca.
—Bueno —dijo Dioniso, cerrando el frigorífico—, ha sido divertido.
Lo miré horrorizado.
—¿Cómo ha…? ¿Cómo…?
—Soy un dios, Peter Johnson —gruñó Dionisio.
—Menuda gratitud —murmuró—. Los mortales se recuperarán. Habría que dar muchas explicaciones si volviera permanente su estado. No soporto tener que escribirle informes a mi padre.
—Pues deja de volver loca a la gente —dijo Zeus con un suspiro.
—Y tú deja de acostarte con todo lo que pillas —gruñó Dionisio.
—¿Qué has dicho?
—Nada.
Miró a Thalia con rencor.
—Confío en que hayas aprendido la lección, chica. No es fácil resistir la tentación del poder, ¿verdad?
Thalia se ruborizó, avergonzada.
—Señor D —dijo Grover, atónito—. Nos… nos ha salvado.
—Todavía no me lo creo —murmuró el sátiro. Dionisio simplemente miró al sátiro, sin decir nada.
—Hum… No hagas que me arrepienta, sátiro. Y ahora, en marcha, Percy Jackson.
—¡¿CÓMO?!
—¡¿Ha dicho correctamente su nombre?!
—¡A qué de verdad es el fin del mundo!
Solamente te he hecho ganar unas horas como máximo.
—El taurofidio —dije—. ¿Podría llevárselo al campamento?
El señor D arrugó la nariz.
—Yo no transporto ganado.
—¿Quién te crees que soy? ¿Hermes?
Eso es problema tuyo.
—¿Y adónde vamos?
Dioniso miró a Zoë.
—Creo que eso lo sabe la cazadora.
—Demasiado bien... —murmuró Zoë.
Tenéis que entrar hoy a la puesta de sol, ¿entiendes?, o todo estará perdido. Y ahora, adiós. Me espera mi pizza.
—Señor D —dije. Él se volvió y arqueó una ceja—. Me ha llamado por mi nombre correcto. Me ha llamado Percy Jackson.
—Eso ha sido lo más sorprendente del capítulo —dijo Travis.
—Por supuesto que no, Peter Johnson.
—Uf, puede que lo de antes fuese una falsa alarma.
¡Y ahora largaos!
Se despidió con una mano y su imagen se disolvió en la niebla.
Los secuaces de la mantícora continuaban haciendo locuras alrededor de nosotros. Uno de ellos se había tropezado con aquel vagabundo y ambos se habían enzarzado en una conversación muy seria sobre los ángeles metálicos de Marte.
—Deberíamos ver si en nuestra época hay un grupo que hable sobre ángeles metálicos marcianos —dijo Leo.
—¿Y eso para qué? —preguntó Frank.
—Por curiosidad.
Otros se dedicaban a molestar a los turistas, haciendo ruidos guturales y tratando de robarles los zapatos.
Miré a Zoë.
—¿Es verdad que tú sabes adónde tenemos que ir?
—Por desgracia, sí.
Tenía la cara tan blanca como la niebla. Me señaló al otro lado de la bahía, más allá del Golden Gate. A lo lejos, una montaña se elevaba por encima de las primeras capas de nubes.
—Al jardín de mis hermanas —contestó—. Debo volver a casa.
—Volviendo a casa por Navidad, ¿eh?
—Vuelve, a casa vuelve por Navidad —cantó Leo.
—¿Qué cojones estas cantando, Valdez? —le preguntó Piper con una ceja levantada.
—Pues no sé, algo que escuché por la tele hace tiempo. Creo que era de un anuncio —respondió Leo.
—Cómo sea. El capítulo termina aquí —anunció Zoë.
Muy buenas gente.
Décimo noveno capítulo subido. Han pasado casi tres meses desde que subí el último capítulo, que se dice pronto. La verdad es que me pase cerca de tres semanas sin escribir nada y después de eso, cuando escribía, escribía muy poco en un día (estoy hablando que, a lo mejor en un día, hacía una frase y me quedaba tan pancho). Así que ayer decidí darle un poco más de prioridad al capítulo y me puse en serio, y más o menos en poco más de una tarde, lo termine. No lo publique antes porque tenía que hacer nota de autor y demás.
Bueno, es posible que le dé cierta prioridad a esta serie, ya que me quedan solamente cinco capítulos para terminarla (iba a decir a ver si la terminamos antes de que acabe el 2020, pero no lo veo factible).
Pues bien, eso es todo. Espero que el capítulo os haya gustado.
Se despide,
Grytherin18-Friki.
